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Adorno: sobre escribir (en Minima Moralia)

Imagen: Dos ediciones alemanas del Minima Moralia. Reflexiones sobre la vida dañada, de Theodor Adorno, escrito entre 1944 y 1947 y publicado por primera vez en 1951.

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Selección y traducción de José Pérez de Lama

Referencia: Theodor Adorno, 2020 [1951, 1945-47], Minima Moralia. Reflections from the Damaged Life, Verso, Londres – Nueva York

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Introducción

Reproduzco a continuación la traducción que hice del inglés del «aforismo» –así los llama Adorno– 51, el primero de la segunda parte, titulado Memento — Recuerda / Recordatorio. Presenta aquí Adorno unas ideas bastante exigentes sobre la escritura, defendiendo primero una cierta claridad, — diría yo que — una idea moderna de la belleza, y más adelante el no dejarse llevar por los trucos o las trampas de la razón… De una manera sugerente explica que es un buen escrito [filosófico, asume uno], y sería algo alejado del puro racionalismo, del «positivismo»… y en buena medida participante de lo poético o literario… La imagen final en que compara el texto con una casa en que se establece el escritor me gustó bastante… Sigue la traducción a partir de aquí.

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Memento. – Una primera precaución para escritores: en todo texto, toda pieza, todo párrafo comprobar si el motivo central destaca con suficiente claridad. Cualquiera que quiere expresar algo se ve tan arrastrado [por ello] por lo que quiere expresar que deja de reflexionar [sobre ello]. Demasiado próximo a su intención, «en sus pensamientos», se olvida decir lo que quiere decir.

Ninguna mejora es demasiado pequeña o trivial para no ser valiosa. La extensión de un trabajo es irrelevante, y el miedo a que no haya demasiado escrito, infantil. Nada debe considerarse que merezca existir simplemente porque exista, porque haya sido escrito. Cuando varias frases parecen variaciones sobre la misma idea, con frecuencia sólo representan diferentes intentos de comprender [grasp] algo que el autor aún no ha dominado. En esos casos, debe elegirse y desarrollarse la mejor de las formulaciones. Es parte de la técnica de la escritura el poder descartar ideas, incluso ideas fértiles, si la construcción lo pide. La riqueza y el vigor beneficiarán otras ideas que de momento están reprimidas. Igual que, en la mesa, uno no debe comerse hasta la última miga, ni beberse los posos. Si no, lo tomarán a uno por pobre.

El deseo de evitar clichés no debería, a riesgo de caer en la coquetería vulgar, limitarse a las palabras individuales. La gran prosa francesa del siglo XIX era particularmente sensible a esta clase de vulgaridad. Una palabra es raramente banal por sí sola: en música es igual, la nota individual es inmune a la banalidad. Los clichés más abominables, como los que Karl Krauss criticaba con dureza, son, para bien o para mal, combinaciones de palabras, [implemented and effected]. Porque en éstas, la corriente fangosa del lenguaje manido [stale] hace remolinos sin sentido, en lugar de ser contenida, y luego liberada, por la precisión de las expresiones del escritor.

Esto no solo se aplica a la combinación de palabras, sino a la construcción de formas completas. Si un dialéctico, por ejemplo, marca los puntos de cambio del avance de sus ideas empezando con un «Pero» en cada cesura, el esquema literario desvelará lo poco esquemático de [la intención] de su pensamiento.

La espesura no es una arboleda sagrada [sacred grove]. Existe el deber de clarificar todas las dificultades que resultan de la mera complacencia esotérica. Entre el deseo de un estilo compacto adecuado a la profundidad del objeto tratado [subject matter] y la tentación del desorden [slovenliness] recóndito y pretencioso no hay una distinción obvia: examinar las sospechas siempre es saludable. Precisamente el escritor menos dispuesto a hacer concesiones al vulgar sentido común debe guardarse de revestir las ideas, en sí mismas banales, con los recursos del estilo. Las lugares comunes de Locke no son justificación para las oscuridades de Hamann. [Nota: sobre Hamann, autor protoromántico puede verse: https://en.wikipedia.org/wiki/Johann_Georg_Hamann%5D

Si el texto terminado, de la extensión que sea, suscita incluso la más leve de las aprensiones [misgivings], éstas deben tomarse con toda seriedad, en un grado completamente fuera de proporción respecto de su aparente importancia. La implicación afectiva en el texto, y la vanidad, tienden a reducir cualquier escrúpulo. Lo que se deja pasar como una pequeña duda podría indicar la objetiva carencia de valor del trabajo.

La procesión de danzantes de Echternach no es la marcha del Espíritu del Mundo; la limitación y la reserva no son la manera de representar la dialéctica. Más bien, la dialéctica avanza por medio de extremos, conduciendo los pensamientos en todas sus consecuencias hasta el punto en que se vuelven sobre sí mismos, en lugar de cualificándolos. La prudencia que nos retiene de aventurarnos demasiado lejos en una frase es habitualmente sólo un agente del control social y, por tanto, de la idiotización [stupefaction]. [Nota en el texto traducido: Echternach es un pueblo de Luxemburgo, cuya procesión de Pentecostés [Whitsun] avanza con un movimiento de tres pasos adelante y dos pasos atrás.]

Se suele recurrir al escepticismo cuando se presenta la frecuente objeción de que un texto, una formulación, es demasiado «bella». El respeto por el asunto expresado o incluso por el sufrimiento, pueden racionalizar con facilidad lo que es mero resentimiento contra un autor que es incapaz de exhibir las huellas, en la forma «reificada» del lenguaje, de la degradación infligida sobre la humanidad. El sueño de una existencia sin vergüenza, al que se aferra la pasión por el lenguaje, aun estando prohibido como contenido, tiene que ser rencorosamente estrangulado. El escritor no debería reconocer distinción alguna entre expresión bella y [expresión] adecuada. No debería suponer esta distinción en la mente ansiosa del crítico ni tolerarla en la suya propia. Si logra por completo decir lo que quiere, será bello. La belleza de expresión por sí misma no es de ningún modo «demasiado bella», sino ornamental, muestra de falta de oficio», fea. Pero aquel que, con el pretexto de la falta de egoísmo, sirve sólo al tema que quiere tratar, olvidándose de la pureza de expresión, también traicionará al tema mismo.

Los textos bien [properly] escritos son como telas de araña: ajustados [tight], concéntricos, transparentes, bien hilados [well-spun] y firmes. Atraen hacia sí a todas las criaturas del aire. Las metáforas que los atraviesan revoloteando se convierten en las presas que los alimentan. El objeto del que tratan [subject matters] se aproxima aleteando. La robustez [soundness] de una concepción puede ser juzgada por la manera en que hace que una afirmación llame [summons] a la siguiente. Donde el pensamiento ha abierto una celda de realidad, debe, sin violencia por parte del sujeto, penetrar la siguiente. Demuestra su relación con el objeto tan pronto como otros objetos cristalizan en torno a él. En la luz que proyecta sobre la sustancia elegida, otras comienzan a brillar.

En su texto, el escritor establece [sets up] su casa. Así como lleva papeles, libros, lápices, documentos, desordenadamente, de un cuarto a otro, crea el mismo desorden en su pensamiento. Se convierten en muebles en los que se hunde [that he sinks into], contento o irritable. Los acaricia afectuosamente, los desgasta, los mezcla, los reorganiza, los estropea. Para alguien que ha dejado de tener una patria, la escritura se convierte en un lugar en el que vivir. En el que inevitablemente produce, como una vez lo hizo su familia, deshechos y cosas que inservibles [lumber]. Pero ahora carece de cuarto trastero, y es difícil en cualquier caso deshacerse de lo que sobra. Así que empuja estas cosas delante suya, con el peligro de acabar llenando sus páginas con ellas. La exigencia de endurecerse frente a la autocompasión implica la necesidad técnica de contrarrestar cualquier debilitamiento de la tensión intelectual con la mayor alerta, para eliminar cualquier cosa que haya empezado a incrustarse en el trabajo o a seguir ahí inútilmente, que si al principio podía haber servido como cotilleo, para generar la atmósfera amable conducente al crecimiento, ahora se ha quedado atrás, plana y pasada [flat and stale]. Al final, al escritor ni siquiera le es permitido vivir en su propia escritura.#

 

The Ministry for the Future, de Kim Stanley Robinson (2020): unos comentarios

Imagen: Walker Evans, 1928-30, Workers Loading Neon «Damaged» Sign into Truck,  New York City. Fair use / uso educativo y cultural. Fuente: https://www.metmuseum.org/art/collection/search/272437

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Comentarios de José Pérez de Lama

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Referencia completa: Kim Stanley Robinson, 2021 [2020], The Ministry for the Future, Orbit Hachette Book Group, Nueva York

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Probablemente el libro de cli-fiction más importante de los últimos años … cli-fiction o cli-fi se viene llamando así a los libros de ciencia ficción centrados en la cuestión climática y posiblemente tampoco sea un género tan antiguo… aunque recuerda uno algunos libros de Ballard y seguro que habrá más.

Kim Stanley Robinson [KSR], conocido de muchos. José Luis de Vicente lo llevó a Barcelona hace pocos años. Me impresionó y me alegró ver a José Luis en los agradecimientos de Ministry.

Por mi parte había leído dos de los tres volúmenes de su serie sobre Marte (rojo, verde, azul – 1992, 1993, 1996): trilogía de muchas páginas sobre la colonización de Marte, que tenía como uno de sus temas principales el proceso de creación de una biosfera para hacer habitable el planeta para los humanos – término fetiche sería el de «terraformación», aunque como se trata de Marte, KSR también usa «marteformación» y «aresformación» (de Marte y Ares). Terraformación en el caso de KSR (leía hace poco al antropólogo Arturo Escobar que lo usaba en un sentido diferente) designaría el empleo de técnicas de «geoingeniería» y «geobiología», o quizás podrían llamarse también «ingeniería evolutiva», para dar lugar a la emergencia, donde antes no existía, de un medio que hace posible la vida, y a continuación de la vida misma – microorganismos, hongos, plantas… – emulando lo que suponemos que ocurrió hace millones de años en el planeta Tierra; una especie de evolución dirigida y acelerada… Y más allá de las cuestiones tecnocientíficas ya bastante interesantes, la serie trataba de los conflictos sociotécnicos y políticos, quizás también subjetivos, de las «economías del deseo», podría decirse, en torno a estos procesos a lo largo de sucesivas generaciones. Una historia que en ocasiones y en muchos aspectos hacía recordar la historia del origen de los Estados Unidos (aunque sin indígenas). Obra muy interesante desde el punto de vista tecnocientífico y político, aunque literariamente, seguramente, algo menos.

Tras otras dos novelas más que trataban del cambio climático (2312 y New York 2140) –que aún no leí– en 2020 KSR publicó este Ministry for the Future, que diversos amigos, en especial Pablo DeSoto, me instaban con insistencia a leer. Y tenían razón. (En mi opinión) la novela está muy-muy-muy bien. Muy interesante para los que estamos preocupados por el cambio climático. Pero también me parece que está bastante bien desde el punto de vista literario, particularmente el primero tercio de la novela – que me pareció notablemente mejor desde este punto de vista que mis anteriores lecturas del autor.

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El libro tiene 563 páginas de letra más bien pequeña (mi edición es la de paperback de Orbit). Imagina las próximas décadas de emergencia climática y los esfuerzos desde diversas instancias para responder a la emergencia. Aunque no se especifican las fechas, mi estimación es que los hechos objeto de la narración se extenderían entre el casi-presente y la década de 2040, los años críticos según se estima actualmente, para detener, o no, el cambio climático, antes de que se produzcan cambios irreversibles en la biosfera. Años que muchos de nosotros probablemente viviremos. ¿Se producirá en 2025 el peak (el máximo) de las emisiones como estima el IPCC que será necesario para no superar los 1.5 (¿o son 2ºC?) de calentamiento global? ¿Se habrán reducido la emisiones en un 45% para el 2030 como recomienda con mucha seriedad el IPCC? Como son fechas que están a la vuelta de la equina los jóvenes y las personas de mediana edad podremos ver qué pasa – si es que recordamos estas previsiones y advertencias en el maremágnum informativo que cada vez más parece dominar el mundo.

Dedicado a Fredric Jameson. Ha llamado la atención que el volumen esté dedicado a Fredric Jameson, el profesor y autor marxista (autor de Postmodernism, or, the Cultural Logic of Late Capitalism, 1991), cuya afirmación tal vez provocativa suele citarse con frecuencia, «[Hoy en día] es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo». Según leo, Jameson fue el director de tesis doctoral de KSR. Y en cierto modo, pensé leyendo Ministry que era una respuesta simpática a la afirmación de Jameson. Hasta cierto punto. Al final volveré sobre esto.

¿Un grupo de lectura sobre este libro? Estas notas me costaron más de la acostumbrado… Al final los comentarios que siguen son sobre algunas de las cosas que me llamaron más la atención y sobre otras que me plantean preguntas y dudas. Algún buen colega viene hablando desde hace un tiempo de montar un grupo de lectura/estudio sobre este libro; pienso que podría estar muy bien. Yo tendría que volverlo a leer otra vez, más atento a las cosas que plantea, en lugar de la lectura más gozosa y despreocupada que hice en la primera ocasión, y a partir de la que hago estos comentarios.
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Spoilers. A partir de ahora todo serán spoilers para l*s que aún no hayáis leído el libro.
Pues eso, a partir de aquí voy a discutir cosas sobre la trama y el final. O sea, que l*s que aún no lo hayáis leído el libro y os guste la intriga, dejad esta lectura para cuando lo hayáis leído.

Se centra el libro en torno a dos personajes, lo que ya es una cierta proeza narrativa: que una narración sobre el planeta y el mundo, pueda desplegarse con bastante verosimilitud a partir de la vida de dos personas. Pero me parece que sí que funciona, planteando así, incluso, la tensión entre el cambio «estructural» y el papel de los individuos en estos cambios.

Todo comienza con una ola de calor letal en la India. Uno de estas personajes es Frank May, un trabajador de una ONG, que en una fecha no muy clara, que uno tiende a pensar que podría ser el año que viene, o dentro de dos o tres años, está en el norte de la India cuando se produce la primera gran ola letal de calor – estos días de mayo de 2022, precisamente, se está produciendo una extraordinaria ola de calor en el norte de la India que l*s lectores de KSR percibimos con aprensión… En la novela, las temperaturas suben tanto durante unas semanas que dan lugar a la muerte de decenas de miles de personas. May es uno de los pocos, si no el único, que se salva. Pero queda profundamente afectado por la experiencia … Intenta incorporarse a un grupo activista, quizás terrorista, surgido en la India tras el holocausto climático, los Children of Kali, pero no lo aceptan. Poco después lo encontramos en Zurich, Suiza, con sus problemas de salud mental. Colabora allí en un centros de acogida de refugiados climáticos.

La ministra del Futuro. El otro personaje, tal vez más importante que May, es Mary Murphy, ministra del Futuro para la ONU. El Ministerio del Futuro que da nombre a la novela es una entidad creada por Naciones Unidas para tratar de impulsar el cumplimiento de los Acuerdos de París (el IPCC, las COP, etc.), para dar respuesta al escaso compromiso de los países y los grandes actores internacionales en relación con la emergencia climática. Además de una figura literaria-narrativa esta idea de un Ministerio del Futuro me parecería una propuesta tremendamente sugerente «más acá de la ficción»: tanto a nivel Naciones Unidas como de cada país, o quizás incluso región y ciudad… Es cierto que en España, por ejemplo, tenemos una Vicepresidencia que es ministra para la Transición Ecológica, pero también es cierto, como vemos con el tema de la energía, que tiene una capacidad de acción muy modesta, por decirlo de manera prudente… En realidad hay muchas cosas que me parece que funcionan así en el libro: figuras de la narración que podrían tomarse a la vez como propuestas políticas o de otro tipo para aplicar en la realidad.

Resulta interesante y actual que la protagonista principal sea una mujer madura, se la imagina uno al principio con 50+ años (al final de la historia se jubila). Había personajes así en la trilogía de Marte (mujeres maduras, poderosas y carismáticas), pero aquí la figura de Mary Murphy es aún más destacada.

Como suele ocurrir en la vida real, – ya decía de España–, el Ministerio es una entidad relativamente modesta para su misión: tiene pocos recursos y escasa autoridad para la tarea que se le encomienda: nada menos que cambiar el mundo…. Sí que tiene especialistas en múltiples áreas, y esa idea de transversalidad en un «ministerio» también es bien interesante. Se asume que la transformación del mundo que pretende impulsar no es algo sólo técnico, político, jurídico o económico, etc., sino que tiene que ser una composición de todas estas cosas y algunas más. Entre otras el Ministerio tiene áreas tecnológico-energética, económico-financiera, legal-jurídica, política-geoestratégica, digital, de comunicación, filosófica…

Mary Murphy, la ministra se encarga fundamentalmente de las relaciones, –el trabajo relacional que decía en algún momento–. Hacia el interior de su equipo, en le conexión, la comunicación y la coordinación entre las diferentes áreas de trabajo; y hacia afuera, con los países, agentes financieros, grupos de poder económico, incluso movimientos sociales y grupos activistas… En este sentido, me resulta interesante, que la configuración del Ministerio pretendería tener una cierta homología con los grandes procesos de transformación del mundo. Se intuye que si lo que queremos transformar es un sistema-red o una máquina socio-técnica, tecno-política, etc., los medios para impulsar estos cambios deberían tener una cierta «homología» con aquello que se quiere cambiar…Podría pensarse que su organización se habría concebido como una máquina para generar procesos, o para intervenir en procesos ya existentes… procesos de un carácter más bien emergente. Y aunque sea una observación más bien trivial por mi parte, KSR nos invita a imaginar un ministerio-monstruo más bien ajeno a la burocracia – y también a la práctica tan habitual de «¡El agua es mía! ¡La vivienda es nuestra!» que experimenté las últimas veces que intenté ayudar a «partidos progresistas» con sus programas. KSR no entra en muchos detalles organizativos, sólo hace sugerencias; pero uno tiende a imaginar este tipo de cosas.

Y a pesar de este buen planteamiento, las cosas no avanzan. Me parece reconocer aquí lo que contaba Bifo hace unos años sobre la impotencia, incluso ocupando las supuestas sedes del poder político: Obama, siendo presidente del país más poderoso del mundo, no fue capaz de cerrar Guantánamo aunque había sido uno de sus destacados compromisos de campaña… «El sistema-red», «la megamáquina» o como lo queramos llamar era más poderosa.

Asesinato, secuestro & … Así las cosas, ocurren algunos de los episodios clave del libro. Una fiesta en Zurich, junto al lago, invitados de todo el mundo, coches de lujo, champagne, quizás fuegos artificiales. Alguien desde la playa no deja de observar, sin moverse, durante largo tiempo; algunos en la fiesta se sienten molestos. Cansado de la situación, y algo ebrio, uno de los invitados baja a la playa y se aproxima al hombre que sin mediar palabra le dispara y lo mata. Para desaparecer a continuación, sin más explicación. Los lectores van intuyendo que el asesino es Frank May, quien pasa a vivir oculto en los bosques de los alrededores de Zurich, como una sombra.

En su siguiente aparición, May secuestra a Mary Murphy, la ministra, una noche en que está volviendo a casa de una cena con los colegas de trabajo. A Murphy le parece un hombre enajenado. May le dice que no le hará daño pero quiere toda su atención Quizás cuenta a la ministra su experiencia en la India, y le dice, amenazante, que el Ministerio no está haciendo lo suficiente. La ministra pasa miedo. Frank es finalmente detenido cuando se va de la casa. Pero el acontecimiento afecta mucho a Mary Murphy. Reconoce que el loco tenía razón en lo que le planteaba. Ella ya lo sabía, pero el shock del secuestro hace que ese saberlo se convierta en algo más.

Unas recientes declaraciones nada más y nada menos que de Antonio Guterres, el secretario general de Naciones Unidas me hicieron pensar en este episodio de KSR. Decía así, en Twitter: «A veces nos presentan a l*s activistas climáticos como peligrosos radicales. Pero lo radicales verdaderamente peligrosos son los países que están incrementando la producción de combustibles fósiles. Invertir en nuevas infraestructuras de combustibles fósiles es una locura moral y económica.» ( https://twitter.com/antonioguterres/status/1511294073474367488).

También la evocación de Greta Thunberg que hacían David Bollier y la recientemente fallecida Silke Helfrich en su último libro, Fair, Free, and Alive. The Insurgent Power of the Commons (2019): «No podemos salvar el mundo siguiendo las reglas [actuales]. Tenemos que crear unas nuevas reglas.» Y: «Tenemos que cambiar nuestro marco de pensamiento y pasar a preguntarnos ¿Qué es lo que podemos hacer juntos? ¿Cómo podemos hacerlo fuera de las instituciones convencionales que nos están fallando?» (https://freefairandalive.org/read-it/)

En el proceso de recuperación de su secuestro, hablando con uno de sus más próximos colaboradores Murphy descubre que gente del propio Ministerio, sin su conocimiento, ha venido apoyando acciones violentas. Desviando dinero… Dentro del propio ministerio había personas que sentían como Frank, y como los Children of Kali – nosotros, en el mundo no literario, podríamos pensar en los más modestos Extinction Rebellion. Mary prefiere no enterarse demasiado, dando así su apoyo tácito a este brazo secreto y violento. Lo que todos imaginamos que hacen la CIA, la KGB o como se llame ahora, y tantas organizaciones. Hmm. Poco tolstoiano o gandhiano el asunto… El lado oscuro de la novela…

Con esto quedaría planteado el drama: la catástrofe de la India, la inoperancia de los Acuerdos de París y la creación del bienintencionado pero relativamente inoperante Ministerio del Futuro, la «caída del caballo» – si usamos el símil de San Pablo – de la Ministra del Futuro, además de la intuición de la emergencia de una militancia climática violenta…

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Un «final feliz». A partir de aquí, la narración va tejiendo las acciones de unos y de otros, los conflictos, las dificultades … hasta que finalmente, y quizás sea esto parte de la buena recepción del libro, el mundo, la sociedad global, consigue, en algún momento de la década de 2040, controlar, parar y devolver a un cauce saludable, los principales procesos causantes del cambio climático: recorte drástico, casi total, de las emisiones de CO2 y gases equivalentes, y como consecuencia de esto, de la proporción de CO2 y gases equivalentes en la atmósfera, principales causantes del calentamiento.

El proceso y la articulación de los diferentes elementos que hacen posible este «final feliz» resultan moderadamente verosímiles. Y en cualquier caso, para mi al menos, resultan del mayor interés como forma de visualizar cómo podría ser un proceso así. Produce una cierta alegría, que sin embargo no invita a pensar, «ah, pues entonces ya no hay que preocuparse», sino que es otra cosa. Como pistas para pensar y hacer señalaré algunas cuestiones que me llaman la atención y algunas preguntas que el Ministry me ha hecho que me haga.

La principal pregunta, que ya avancé, es la de ¿cómo se produce un cambio histórico del calibre que sería necesario para afrontar con éxito la emergencia climática?

Lo cierto es que muchos autores vienen tratando de ayudarnos a imaginar cómo podrían ser este proceso. Algunos que he estudiado, e incluso comentando en este blog, son Rifkin (2011, 2014), Raworth (2017), Pettifor (2019), Mike Berners-Lee (2021), … Y es de imaginar que los instituciones que se toman en serio esta cuestión del cambio climático, y que vienen estableciendo políticas con este fin tendrán una idea de cómo imaginan que se producirá el cambio. No cabe duda, también, de que hay proyectos diferentes… El del capitalismo verde y los oligarcas digitales, o el de los decrecentistas (por ejemplo, Latouche, 2009), por mencionar dos casos bastante diferentes…

Pensar desde las relaciones de poder reales. El interés de la propuesta de KSR, en mi opinión, es que toma como referencia fundamental las actuales relaciones de poder, el capitalismo financiero y digital. Todo planteamiento que no parta de eso, y se base principalmente en la razón, lo que sería razonable hacer, o en los buenos sentimientos me parece de muy poco valor práctico – aunque se triste decirlo. Lo interesante adicionalmente en KSR es que no plantea una solución basada en el capitalismo verde, algo tipo Bill Gates o Unión Europea. Su propuesta, eso me parece a mí, sería más bien poscapitalista… Y sería en ese sentido en el que responde a su «director de tesis» Jameson, me parece. Lo que plantea KSR sería una revolución, pero una revolución diferente de las clásicas leninistas, maoistas o castristas, o del otro lado, fascistas. Más sobre esto más adelante.

Parte de las condiciones reales que no pueden obviarse al plantearse esta transición son los conflictos geopolíticos, y los cambios a esta escala que serían necesarios, derivados tanto de la asimetría entre países en cuanto a responsables y afectados del cambio climático, como de la que se deriva de las diferencias en cuanto a la disponibilidad de recursos fósiles (algunos de los países más ricos durante el último siglo gracias a esto quizás dejarían de serlo) o de las condiciones diferenciales para la producción de renovables (superficie, sol, viento, etc.). Tal vez, algunos de los aspectos más creativos del Ministry tengan que ver con estas cuestiones, destacando por ejemplo el papel de liderazgo que asume primero la India, en respuesta a la gran catástrofe en su territorio, y más adelante, China, no se sabe del todo bien por qué, cuando se transforma el sistema financiero global. Suiza, finalmente, para mi de forma un poco incomprensible, es para KSR otro de los modelos de racionalidad ilustrada, podría decirse, que contribuye a que se hagan posibles los grandes cambios globales.

Una recomposición de los mundos ya existentes. La transformación sería el resultado de cambios en múltiples aspectos del mundo. Aunque a la vez, quizás todos los cambios que KSR imagina son cosas que ya existen, no sólo en cuanto a las ideas, sino en su mayoría en cuanto a las prácticas. Esto se ve en un bonito capítulo de la parte final, en que típicamente se muestran las buenas prácticas, y la propia Mary Murphy se da cuenta de que tantas cosas que pasan en el mundo, y ni ella misma, en su posición de observadora privilegiada tenía una conciencia clara de la importancia y la magnitud de todo aquello. Tal vez esté pasando eso mismo ahora, eso es lo que creo que siguere KSR a los lectores. Lo que sí que ocurre es que actualmente todavía son prácticas minoritarias o relativamente marginales o poco visibles: la agricultura ecológica o la permacultura, la producción más o menos distribuida de energías renovables, los estilos de vida más austeros, los sistemas de monedas alternativas, las aplicaciones de la llamada Teoría Monetaria Moderna (MMT por sus siglas en inglés), las organizaciones comunales para la gestión de los recursos y la reproducción social, la economía cooperativa, la relocalización de partes de la economía, la arquitetcura y el urbanismo «bioclimáticos» o «regenerativos», y tantas otras.

Lo que plantea KSR que la sociedad mundial consigue llevar a cabo son recomposiciones, nuevas modulaciones relativas de las prácticas, las instituciones, las subjetividades… y también, claro, limitaciones drásticas en las actuales prácticas oligárquicas y monopolísticas… y la reducción drástica o la eliminación radical de otras que son ya hoy obviamente insostenibles.

También, la aceleración del desarrollo de ciertas tecnologías en el sentido más tradicional del término, tecnologías que parecen ya viables pero que aún tardan en ser usadas de manera generalizada: la captura de CO2 atmosférico, la producción y el uso de hidrógeno verde para el almacenamiento de energías renovables, y algunas otras menos evidentes. KSR dedica bastantes páginas a los trabajos para frenar la velocidad de los glaciares en la Antártida, que parece ser un factor fundamental del aumento del nivel del mar – pero no tengo el conocimiento suficiente para valorar si esto funciona como una ilustración del tipo de trabajos de geoingeniería que habría que acometer, y de los procesos de prueba y error con que se parece que habría que llevarlos a cabo, o qué exactamente.

La violencia. En contraste con otras visiones más técnicas de la transición verde –pienso ahora mismo en Raworth y Mike Berners-Lee, que comenté anteriormente en este mismo blog–, en el Ministry todo esto no sucede como si fuera un cuento de hadas, en el marco de una Humanidad racional y más o menos iluminada. La parte más oscura e intrigante para mí de la novela, como para otros comentaristas, es que en paralelo a la diplomacia, las negociaciones, la persuasión, las alianzas, el miedo de los más afectados, etc., como ya dijimos, hay una guerra más o menos subterránea: lo normal hasta cierto punto; casi lo raro es que en la novela no sea una guerra más visible como lo es desde hace décadas en Asia Occidental / Oriente Próximo.

Es éste uno de los aspectos más llamativos de toda la historia, pues el Ministerio para el Futuro, vamos descubriendo, y Mary Murphy sólo se entera tras su secuestro, parece que tiene una línea de trabajo secreta en la que apoya a grupos a movimientos que llevan a cabo acciones violentas como ataques a centrales térmicas y al transporte marítimo de contenedores, tal vez incluso asesinatos de ciertos personajes clave del mundo que se resiste a cambiar. También hay alguna acción mediática singular, como el secuestro de todo el Foro de Davos, obligando a los asistentes ver una serie de vídeos sobre las situaciones más graves de la emergencia climática. O ataques informáticos a los sistemas financieros globales, en particular a la banca suiza –que en la versión de KSR, guiada por su pragmatismo histórico opta por apoyar con mayor firmeza las demandas de los activistas climáticos. Se trata pues de un clásico de la «guerra sucia», que hace pensar en el Marx que decía algo así como que «sólo hay un camino para acortar, simplificar y concentrar la agonía asesina de la vieja sociedad y los dolores de parto de la nueva sociedad, y este camino es el terror revolucionario». Como contrapartida… en la novela, el equipo del Ministerio es también objeto de atentados terroristas, una bomba en las oficinas centrales, Mary Murphy pasa bastante tiempo escondida y rodeada de guardaespaldas y una de sus principales colaboradoras y amigas, la directora del área jurídico-legal del Ministerio, que se dedicaba entre otras cosas a pleitear contra países y corporaciones, muere asesinada.

Toda esta trama que discurre en un segundo plano en la novela es su parte más oscura… Y a la vez la que la distancia de una visión simplista y edulcorada del asunto. Y nos deja a muchos en suspense… Yo personalmente, que quiero creer en el derecho, la ley, la paz, etc., no se qué pensar. Tal vez, presentar así el asunto en una novela pudiera tener un efecto psicológico interesante…

Las finanzas: el dinero como dispositivo tecnopolítico clave. Otro tema. En la línea de las sorpresas, quizás la mayor para mí, es que uno de las principales palancas de cambio la pone en juego el consejo de los principales bancos centrales del mundo: EEUU, Europa, China… quizás también algunos de los BRICS. Se trata de la introducción de una moneda ecológica, una carbon coin, que podemos imaginar que sustituye al dollar USA como principal moneda global y cuyo valor es garantizado en el plazo de la transición necesario, el 2050 quizás, por la federación de bancos centrales mundiales. Se trata de nuevo de un plan discutido en términos generales por múltiples autores, la refundación del sistema monetario mundial para crear una nueva forma de dinero que no favorezca la especulación financiera, el crecimiento indiscriminado… Mucha literatura y algunos experimentos interesantes sobre el tema. El valor de la carbon coin de KSR, Mary Murphy y sus expertos, sería el propio valor de la reconstrucción medioambiental del mundo… (véase por ejemplo un post sobre Ann Pettifor en este mismo blog). La creación de una nueva moneda verde sería algo parecido a un Bretton Woods verde, quizás pudiera decirse, el acuerdo hacia el final de la II Guerra Mundial en el que se rediseña la economía mundial basándose en el dollar USA entre otras cosas. Para los detalles, que ahora no soy capaz de poner en pie, tendréis que ir al libro.

¿Y cómo explica KSR Robinson que pudiera llegar a producirse ese cambio? La tenacidad de Mary Murphy, la viabilidad de la propuesta, el apoyo de China, que no se entiende bien si es algo personal, – es una mujer la directora y parece establecer una cierta relación de confianza o simpatía intelectual con Murphy– o geopolítico; tal vez, incluso, KSR podría imaginar que la gravedad de la situación, la razón y la empatía pudieran haber influido en la decisión de los bancos centrales. KSR no lo explica y nos deja a los lector*s imaginar, tratar de explicar por qué podrían haber sucedido así las cosas.

Comunicación y nuevas subjetividades. Aunque KSR no profundiza demasiado en el asunto, no quiere dejar de mencionar, otros dos elementos del cambio global que aparecen en el libro. Por un lado, el Ministry genera una nueva red social digital, cuyos datos son propiedad de los usuarios y cuyos algoritmos de gestión de la información son más transparentes, y quizás favorezcan la organización, la autorganización en múltiples escalas para la transición verde. Lo que uno siempre imaginó que los estados o las instituciones públicas tendrían que promover en cuanto a la digitalización: software y redes libres, etc. De nuevo la red, tiene dificultades en su inicio, ataques diversos… pero con el tiempo se convierte en un componente relevante del cambio.

El segundo aspecto… me gustó especialmente, también en la parte final, una fiesta-ritual global simultánea, que era como una celebración del planeta y a la vez de la mente-corazón global que compondrían todos los humanos, y por qué no, también los no-humanos… Siempre me interesaron la fiesta y los ritos como modos de producción de mundo y de subjetividad… Ecologías de la mente, podríamos decir, rescatando el concepto de Bateson, aunque aquí la emoción compartida parece ser más importante. Por otra parte, la propia Mary Murphy y sus amigos, Frank May entre otros, también ejemplifican la nueva subjetividad que haría posible este otro mundo: además del secuestro, Murphy tiene singulares «epifanías» en medio de la naturaleza, en los Alpes, por ejemplo, cuando trataba de escapar de las amenazas. O cuando se jubila, pasa a vivir en una especie de comuna, vivienda compartida, no es una celebrity tipo los expresidentes que tod*s conocemos que van dando conferencias y consejos que nadie pide, o de consejo en consejo de administración de grandes corporaciones. Murphy se dedica a nadar en el lago, pasear por la montaña, ayudar a refugiados como había hecho su amigo Frank, en su cooperativa de vivienda todos viven según la regla de los 2.000 W diarios (bien interesante por otra parte, otro proyecto real más que recoge KSR, la 2000 Watts Society: https://www.2000-watt-society.org/). O va de una parte a otra del mundo … pero usando barcos y trenes, o en zepelín con un antiguo amigo de Frank, y en lugar de hacer el viaje en unas horas, se extiende durante meses, y el consumo energía, mucho menor, en su mayor parte renovables, claro… y la conexión con la geografía y el paisaje, la extensión de la Tierra…

¿Qué clase de revolución? ¿Qué fin del capitalismo? Con estas preguntas acababan mis comentarios. Lo estoy pensando, no lo tengo muy claro. No se hasta qué punto KSR responde a su profesor Jameson. O quizás sugiera que su declaración no era del todo correcta… Lo que sí me parece claro es que un mundo dominado de manera tiránica por los valores del capitalismo es un mundo difícilmente viable. Quizás la diferencia entre «capitalista» y «capitalístico» que hace en alguna ocasión Félix Guattari (Las tres ecologías) sea oportuna aquí. El capitalismo en cuanto a proceso por el que se componen y circulan dinero, trabajo, tecnologías y mercancías, en un cierto marco empresarial, puede que siga siendo una forma práctica de producir algunas cosas necesarias; incluso otras no tan necesarias pero deseables para algunos; pero el dominio de su lógica del beneficio, el crecimiento y la aceleración, sobre el resto de aspectos que constituyen la vida social y biológica parece tremendamente absurdo. Mi pregunta es si es posible poner límites al capitalismo. Hacerlo compatible con otros modos de producción; con el buen vivir de la mayoría. Lo bueno es que posiblemente vayamos a tener bastantes respuestas a estas preguntas en las próximas décadas. Parar el cambio climático, con la mayor probabilidad, sólo será posible si logramos poner importantes límites al capitalismo. Esto por supuesto, da para mucho más. La gente viene discutiendo y pensando sobre estas cosas desde hace ya tanto tiempo. Pero aquí lo dejo… Será más bien la práctica, y no la teoría o el bla-bla-bla, de la que aprendamos qué vaya a ser posible, qué hacer, qué esperar… Pero aun así, en mi opinión, libros como este del Ministry for the Future nos ayudan… aunque no sepa bien a qué… A tratar de entender mejor lo que está pasando. Y a tener algo de esperanza, quizás.

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Principales referencias

Mike Berners-Lee, 2021, There Is No Planet B. A Handbook for the Make or Break Years. Updated Edition, Cambridge University Press, Cambridge

Félix Guattari, 2000 [1989], Las tres ecologías, Pretextos, Valencia

Serge Latouche, 2009, Pequeño tratado del decrecimiento sereno, Icaria, Barcelona

Ann Pettifor, 2019, The Case for the Green New Deal, Verso, Londres

Kate Raworth, 2017, Doughnut Economics. 7 ways to Think Like a 21st Century Economist, Chelsea Green, White River Junction

Jeremy Rifkin; 2014, The Zero Marginal Cost Society: The Internet of Things, the Collaborative Commons, and the Eclipse of Capitalism, Palgrave MacMillan, New York

Jeremy Rifkin, 2011, The Third Industrial Revolution. How Lateral Power is Transforming Energy, The Economy, and The World, Palgrave MacMillan, New York

Kim Stanley Robinson, 2021 [2020], The Ministry for the Future, Orbit Hachette Book Group, Nueva York

Virilio + Lotringer, Pure War (1983), reseña

Imagen de la guarda de la reedición de Pure War a los 25 años de la edición original, diseño de Marc Alary / Hedi El Kholti para Semiotext(e)

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Virilio + Lotringer: Pure War (1983), una reseña

Por José Pérez de Lama

Referencia completa: Paul Virilio & Silvère Lotringer, 2008, Pure War, Semiotext(e), South Pasadena

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Tal vez por la guerra en Ucrania. También por un texto al que ando dando vueltas sobre los paisajes de la violencia y el miedo, me puse a leer con seriedad este Pure War de Virilio y Lotringer, que tenía por la biblioteca, pero que hasta ahora solo me había atrevido a ojear. Los dos murieron recientemente (Virilio en 2018; Lotringer hace unos meses), y quizás también por eso sea un modesto un homenaje.

En el libro Lotringer, editor de Semitext(e) entrevista a Virilio. Se trata principalmente de las ideas de Virilio, eso creo. La primera edición de Pure War es de 1983, al final de la Guerra Fría, aún existía la URSS. Esta edición que celebraba los 25 años, incorpora varios materiales adicionales: un nuevo prólogo de Virilio; una nueva conversación (postscript) en 1997, titulada Infoguerra, y otro postscript de 2007 titulado Guerra contra las ciudades. Los cambios mundiales entre unas fechas y otras son muy significativos: disolución de la URSS, guerra del Golfo, ataque a las torres gemelas, y atentados varios en Madrid, París, Londres… guerra de Irak y guerra contra el terrorismo… Me centraré no obstante en este comentario en el texto / entrevista original de 1983 donde ya se plantean ideas e hipótesis bien intrigantes.

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La guerra precede a la economía. La principal tesis de Virilio es que la guerra precede a la economía. Para entender esto me acuerdo de Marx, que otorgaba a la economía, al menos para su tiempo, un carácter «infraestructural», que atribuía — al capitalismo industrial en cuanto modo y relaciones de producción — la condición de ser la base sobre la que se construían las sociedades y desde la que podían explicarse y entenderse. Para Virilio este papel correspondería a la guerra. Tal vez podríamos pensar que se tratase de la violencia, en otro sentido clásico, de la particular relación de los estados con la violencia (el famoso «monopolio»…). Esta es mi interpretación.

Esta idea de la «precedencia de la guerra», aunque Virilio no lo dice explícitamente, me hace pensar en la «acumulación originaria o primitiva» de Marx: los procesos de acumulación de riqueza previos al capitalismo propiamente dicho, que hicieron posible su transformación en capital para poder iniciar la circulación característica de la producción industrial a partir de los siglos XVIII y XIX. Acumulación originaria que autores como David Harvey vienen defendiendo recientemente que no es algo que ocurrió sólo en el origen del capitalismo, sino que es algo que ocurre de manera constante como condición para su continuidad — en las relaciones coloniales y poscoloniales, en la mercantilización de los bienes comunes, en la conversión en mercancía de aspectos de la vida social o cultural que no lo eran previamente…

Véase al final en las notas adicionales la cita «La guerra, la logística como el fenómeno general».

Pura guerra. Virilio escribe durante la Guerra Fría, obsesionado por la carrera nuclear y la política de la disuasión (deterrence en inglés). El armamento (nuclear) ha llegado a tener un potencial tan destructiva, de la especie, que aún no llegándose a usar, es el elemento de referencia geopolítica y social fundamental.  «La guerra» para él, esta Pure War, pura guerra, sería un estado que estaría caracterizado por «la logística», la preparación para la guerra, que para él dominaría las sociedades contemporáneas. Y sería por medio de la logística que la guerra se se convertiría en economía. Una guerra permanente, que aparenta ser paz, en la que la clase militar tendería a confundirse con las clases política y capitalista.

Otro modo de pensar. Resulta oportuno, pienso, hace un comentario sobre el estilo — o el método, tal vez — de Virilio. Cuenta a Lotringer [2008: 52-53]:

[PV] No creo en las explicaciones. Creo en la sugerencia, en la cualidad obvia de lo implícito. Siendo urbanista y arquitecto, estoy demasiado acostumbrado a construir sistemas claros, máquinas que funcionan bien. No creo en que la tarea de la escritura consista en lo mismo. No creo en el tipo de escritura «dos-más-dos-igual-a-cuatro» […]

[SL] Cuando se dice todo, nada queda. Su aproximación por contra es resueltamente telescópica. En el momento mismo en que engancha algo, lo deja ir, salta a un lado en lugar de saturar el área que ha estado tratando. Es toda una política de la escritura. No es un discurso de guerra organizado, incluso menos, un discurso sobre la guerra; es un discurso en guerra. Escribir en estado de emergencia.

[PV] Trabajo en escalones — alguna gente se ha dado cuenta. Empiezo una frase, trabajo una idea, y cuando la considero suficientemente sugerente, salto un escalón a otra idea sin preocuparme del desarrollo. Los desarrollos son los episodios. Yo intento alcanzar la tendencia. La tendencia es el cambio de nivel.

[SL] Esto es algo hasta cierto punto nuevo en el campo de la escritura teórica.

[PV] Sí, absolutamente. En L’Esthétique de la disparition tuve la revelación de la importancia de la interrupción, del accidente, de las cosas que se paran para dejar de ser productivas. Es completamente diferente de lo que Gilles Deleuze hace en Mille Plateaux, Él progresa por arrebatos, mientras que yo manejo cortes y ausencias. El hecho de parar y decir, «vayamos a otro sitio» es muy importante para mí. Lo relaciono con cosas como la huelga. Lo esencial en una huelga es la ausencia.

[SL] Cada escalón es la interrupción del trabajo teórico. Para que otra cosa pueda suceder.

[PV] Para que otra cosa pueda suceder y para que pueda aparecer un espacio. La pretensión de rodear completamente una cuestión es absurda. No se le puede dar forma. Uno no debería intentar rodear completamente una cuestión. Sólo hay perspectivas sucesivas.

Se trata de una escritura muy alejada de lo que yo llamaría analítico, de una dialéctica en el sentido clásico, de un desarrollo racional  y lógico. Al menos en estos diálogos, lo describiría más bien como un estilo poético, carismático, profético, que aún así tiene un cierto efecto de verdad», o que al menos nos produce, me produce a mí de eso no tengo duda, una mezcla de intriga e inquietud. Supongo también que es parte de su atracción un poco oscura. A la razón más o menos científica de los discursos dominantes se opone este extraño hablar, «oracular» lo he llamado en otras ocasiones. Me recordaba un amigo recientemente los discursos de los años 60-70 sobre las tensiones entre significado y significante (tema lacaniano), la lucha contra lo que Guattari creo que llamaba la «dictadura del significante» que también reconocemos con facilidad en su escritura. Y en efecto, Virilio y Guattari trabajaban en un libro conjunto cuando éste último murió.

También hay algún parecido con los planteamientos de Benjamin y Adorno. Éste último planteaba la imposibilidad de llegar a una identidad, a una perfecta homología entre el mundo de las cosas y la vida y el de las ideas o conceptos, que tienen un carácter cualitativamente diferente.

Logística. Volvamos tras este comentario sobre el estilo del pensamiento viriliano a alguna de sus «no-explicaciones» sobre la logística:

[PV] Hay tres fases en el conocimiento militar. La fase táctica es la primera, puesto que se origina con las sociedades cazadoras. La táctica es el arte de la caza. La estrategia aparece junto con la política — la política en el sentido de la polis, la ciudad griega — el estratega que gobernaba la ciudad, la organización de un teatro de operaciones con murallas y todo el sistema militar-político de la ciudad tradicional. Por supuesto, las tácticas siguen existiendo, pero ahora hay, digamos, una supremacía que se da a la soberanía sobre las tácticas que además explica el desarrollo de las élites militares, particularmente del caballero, tanto del jinete romano como del caballero medieval que lo sucedió. Hacia la década de 1870, aparece de pronto la economía de la guerra. Lo apreciamos en los presupuestos ingleses y después franceses con el desarrollo de la artillería naval y el barco de guerra. Todo esto culmina, así lo hemos visto, en la sorpresa técnica de la Primera Guerra Mundial. Finalmente, tenemos la gran sorpresa, ya no técnica sino científica, una sorpresa de otro tipo: la aparición de la bomba nuclear. Ya no es un problema cuantitativo lo que sorprende a los estamentos militares, y así a los estados: ahora es un problema cualitativo: el arma definitiva. La logística toma el poder.

[SL] ¿Qué es lo que quiere decir exactamente, en este momento, con «logística».

[PV] Logística es una palabra que la gente no entiende. Es un término que viene del Prix de Rome, logiste, «competidor», y que fue usado por Henri Jomini, el adversario teórico de Clausewitz. En su tratado sobre la guerra, Jomini tiene una largo capítulo que es el primero que aparece sobre logística, y es una indagación: ¿Qué es aquello que hace que ya no sea suficiente tener inteligencia-de-guerra — pongo mi batallón a la izquierda, cargo por la derecha, los sorprendo al amanecer, etc.? ¿Cómo es que los medios llegan a hacerse tan importantes? Jomini se da cuenta de son las guerras napoleónicas, ya guerras de masas, guerras técnicas, con artillería y el telégrafo de Chappe lo que aparece en aquellos tiempos. Entre esta ya sofisticada artillería y el telégrafo, tienes una situación — por supuesto que primitiva — pero que sin embargo representa bastante bien lo que se desarrollará más adelante en el campo audiovisual, con la artillería de largo alcance, y finalmente con los misiles. La logística ocurre en el tiempo de las guerras napoleónicas porque estas guerras sacaron a millones de hombres a las carreteras, y junto a ellos, los problemas de la subsistencia. Pero lo subsistencia no lo es todo: la logística no es solo la comida, también son las municiones y el transporte. Como dijo Abel Ferru, «El problema de las municiones corre en paralelo con el del transporte». Los camiones trayendo municiones y los proyectiles volantes trayendo muerte están emparejados en un sistema de vectores, de producción, transporte, ejecución. Ahí tenemos toda un tabla de flujos que es logística en sí misma. Para entender lo que es esta revolución logística a-nacional — Eisenhower — hay una declaración del Pentágono de 1945-50 que es extraordinaria: «La logística es el procedimiento según el cual el potencial de una nación se transfiere a sus fuerzas armadas, tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra».

[SL] La revolución logística significa, en resumen, que el civil se ve discriminado frente a un tipo de cristalización de lo científico y lo militar […]

La tesis es que este dominio de la logística, que no define mucho mejor de lo que se hace en los párrafos precedentes, tal vez indirectamente en repetidas ocasiones, sería tanto lo que caracterizarían el estado de Pura Guerra, propio de la Guerra Fría, y menos de la actualidad, como el predominio de la guerra, de los militar sobre el estado, la economía, la sociedad, la ciudad…

Velocidad. Virilio propone una interesante serie en esta construcción, que sería la que relacionaría guerra-tecnologías-velocidad. La velocidad, la vitesse, es otro de los conceptos clave de Virilio. El dominio creciente de la velocidad, o más propiamente la aceleración, sería una de las manifestaciones de la guerra para Virilio. (La tecnología sería la que habilita esta velocidad creciente.) De ahí sus conocidas nociones de «dromología» y «dromoscopia». Dromología, de dromos, carrera en griega, estudio de la velocidad. Y dromoscopia, la visión de las cosas y el mundo en las condiciones actuales de aceleración permanente.

Véase al final en las notas adicionales «Sobre la tecnología».

Endocolonización. Otra idea interesante es lo que Virilio llama «endocolonización». El dominio de la guerra sobre la civilización, en particular, en la situación en que la disuasión es su aspecto fundamental,  da lugar, según Virilio, a un proceso de colonización de las poblaciones de los propios estados, una colonización interior. Como ya vimos que a Virilio no le gustan las explicaciones, tenemos que imaginar algo que por otra parte intuimos y resulta más que verosímil, la «logística» se aplica de diferentes maneras al control social de las poblaciones. El caso de Internet, que Virilio no tratará hasta los postcripts, resulta ilustrativo: su origen militar, y posteriormente sus aplicaciones dominantes relacionadas con la producción de subjetividad, el llamado capitalismo de la vigilancia y la captura de las beneficios de la cooperación social global.

Idolatría. Frente a la pretendida racionalidad que caracterizaría a las sociedades modernas, Virilio plantea que esta relación con la guerra, y el armamento nuclear en particular, donde se encuentra ciencia y guerra, se corresponden mejor con lo que solemos entender como idolatría. La ciencia en particular dejó de estar vinculada a unos fines prácticos, pasando a una situación en que ésta no reconoce ningún límite, una situación en que la finalidad de la ciencia sería la ciencia misma: la ciencia por la ciencia.

Los postscripts: 1983, 1997, 2007/8 son las fechas de los sucesivos textos recogidas en esta edición que se publica a los 25 años del primer Pure War. No comentaré sobre los comentarios posteriores, salvo decir que el ejercicio es interesante. Tratándose de tesis que algunos percibimos como de un carácter «profético» como decía, resulta curioso ver en qué cosas llevaba razón y en qué no. La actual guerra en Ucrania (2022), con la renovación de la amenaza nuclear, posiblemente da nueva relevancia al texto de 1983. El lenguaje, quizás también por los temas, que trata, más familiares, — la infoguerra, los ataques terroristas en las grandes capitales — también me resulta más comprensible.

Como cierre: considerando que en este libro lo que se  recogen son conversaciones — también en el Administration of Fear que leí hace un tiempo —  tendría sin duda que leer alguno de los textos escritos propiamente por Virilio para hacer una valoración menos parcial: Speed and Politics (1986), tal vez pueda ser una buena opción.

Vale.#

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Citas y comentarios adicionales

La guerra, la logística como el «fenómeno general» [2008: p. 20]

[SL] El fenómeno general no es la economía, es la guerra.

[PV] Llamémoslo logística, La logística es el principio de la economía de la guerra, que luego se convertirá simplemente en economía, hasta el punto de sustituir a la economía política.
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Militarización del espacio [2008: p. 18]

[SL] ¿Existe un espacio de la guerra?

[PV] El espacio militar es algo de lo que la gente no habla con demasiada frecuencia. Se encuentra en Clausewitz, pero realmente no se ha retomado desde entonces. La gente habla de la historia de la guerra, de los campos de batalla, de las muertes en la familia, pero nadie habla del espacio militar como la constitución de un espacio que tiene sus propias características. Mi trabajo se sitúa en el interior de este concepto. De pronto comprendí que la guerra era un espacio en sentido geométrico, incluso más que geométrico: cruzando Europa de norte a sur, de los refugios de las ciudades alemanas a la Línea Sigfrido, pasando por la Línea Maginot y la Muralla Atlántica, le hace a uno darse cuenta de la amplitud de la Guerra Total. Y de la misma manera se aprecia la dimensión mítica de la guerra extendiéndose no sólo a través de Europa, sino por todo el mundo. Los objetos, bunkers, refugios antiaéreos, bases submarinas, etc. son como puntos de referencia o monumentos a la naturaleza totalitaria de la guerra en el espacio y en el mito.

Comentario: Esta cita me hizo pensar en la expresión o el concepto «militarización del espacio» usado algunos años después por Mike Davis para tratar de explicar la configuración del espacio en Los Ángeles, California. Luego retomada, diría, por autores como Soja, Graham, Weizman y otros. Weizman en especial enfatiza su carácter de proyecto y de producción de un cierto mundo, que aprecio en la cita de Virilio – más que como «algo que ocurre» como uno lo había tendido a interpretar.

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Sobre la tecnología [2008: pp. 76-77]

[SL] ¿Es la tecnología, entonces, no tanto progreso como alienación?

[PV] Desde el siglo dieciocho –desde la Edad de la Ilustración, por usar la terminología bien conocida– hemos creído que la tecnología y la razón avanzaban de la mano hacia el progreso, hacia un «futuro glorioso», según se dice. No era necesario decir que encontraríamos la solución: a la enfermedad, la pobreza, la desigualdad. La encontramos, de acuerdo, pero era final, no óptima. Fue la solución del mundo terminando con una guerra nuclear, en la Guerra Total, en la exterminación y el genocidio. Entonces, mi intención es decir: No más ilusiones sobre la tecnología. No controlamos lo que producimos. Que sepamos cómo hacerlo no significa que sepamos qué estamos haciendo. Intentemos ser un poco más modestos e intentemos entender el enigma [riddle] de lo que producimos. Las invenciones, las creaciones de los científicos son enigmas que expanden el campo de lo desconocido, que expanden lo desconocido, por así decirlo. Y ahí tenemos una inversión. La inversión no es pesimista per se, es una inversión del principio. Ya no partimos de una idea positivista o negativista, partimos de una idea relativista. El problema es el siguiente: la tecnología es un enigma; así que empecemos a trabajar en el enigma y dejemos de trabajar sólo en la tecnología.
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[2008: p. 148]

[SL] La tecnología no es neutral.

[PV] No es neutral; es un continente negro.
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Sobre el «nuevo academicismo» en las universidades españolas – y quizás algunas otras

Imagen: El Greco, hacia 1600, Expulsión de los mercaderes del templo, National Gallery, Londres. Fuente: Wikipedia / The Yorck Project (2002) 10.000 Meisterwerke der Malerei.

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Esta entrada es una versión un poco extendida del texto publicado en el número 51, marzo de 2022, del Topo Tabernario, (Sevilla). Enlace de descarga del número 51 (PDF): https://eltopo.org/leer-descargar-el-topo/

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José Pérez de Lama

Dedicado a mi tío PRdS

La primera parte del Quijote acaba con algunos versos que Cervantes atribuye a unos «académicos de la Argamasilla». Por recordar el espíritu de aquello reproduzco el último de los poemillas, supuesto epitafio en la sepultura de la dama de Don Quijote. Su presunto autor tiene el curioso y actual nombre de «Tiquitoc». Los versos dicen así: «Reposa aquí Dulcinea, / y, aunque de carnes rolliza, / la volvió en polvo y ceniza / la muerte espantable y fea. / Fue de castiza ralea / y tuvo asomos de dama; / del gran Quijote fue llama / y fue gloria de su aldea». Se ve que, ya entonces, a Cervantes aquello de las academias le parecía asunto para tratar con algo de guasa.

Otro episodio en la gran literatura sobre esto de las academias es el de Tristram Shandy, uno de cuyos temas es la parodia de la erudición grandilocuente pero vacía del pobre padre de Tristram. En la escena, Yorick, trasunto del autor, va con Shandy-padre a ver a los sabios de la ciudad para una consulta, y aquello acaba con una castaña asada que cae de la fuente, rueda tremendamente caliente por la mesa, para acabar metiéndose subrepticiamente por la portañuela del sumo sacerdote de aquella academia que peroraba en aquel momento, con un desenlace tan grotesco como pueda imaginarse.

Cuando el autor de estas líneas era joven, estudiante de arquitectura y aficionado al arte, la «academia» era algo de lo que había que mantenerse lo más alejado posible. La Modernidad, las vanguardias de principios del siglo XX, se habían construido como una crítica a todo aquello. Y de nuevo en los 60 y 70 hubo otro gran ciclo de rechazo hacia lo académico. De aquel rechazo supongo que éramos nosotros herederos: mis «héroes» y «heroínas» intelectuales y artísticas, y por supuesto, revolucionarias, encarnaban todo lo contrario de lo académico –Buñuel… los situacionistas… Deleuze, Guattari, Foucault… –¡ah, esos malditos pervertidores de la juventud! – … ¡y Camarón! … Y mi campo más concreto de trabajo de aquella época, el de los pioneros de la arquitectura medioambiental y «bioclimática», que así se llamaba por entonces, era en aquellos años bastante marginal… Y algo más tarde, lo mismo con los colegas «hackers», y la gente de los «medialabs» y los centros sociales. Todo lo que me gustaba, que me hacía querer ser parte del mundo de la cultura, del arte y, hasta cierto punto, de la Universidad, era siempre lo contrario de lo que uno imaginaba como ser «académico». Un tío mío, que fue quizás el que me inspiró el deseo de ser profesor –como él– había estudiado en París en los 60, y contaba que durante el 68 habían ido a pedir consejo a Federica Montseny, la ministra anarquista de la República, y que lo que les dijo antes de nada fue: «¡Lo primero que tenéis que hacer es cortaros el pelo!». Aquellas historias… ¡para mí verdaderas aventuras del aprendizaje y el conocimiento!

Frente a aquel paisaje, seguro que algo romántico, hoy veo a amigos y colegas jóvenes –ahora soy yo el profesor veterano– presentándose a sí mismos, con orgullo, como «académicos». Y «me chirría» bastante. Me suena a querer «hablar la lengua del amo» que decía Audre Lorde. Lo que parece haber ocurrido es que nos pusimos a usar el término tal como se hace en el mundo anglo-estadounidense, donde academic se emplea para referirse a un profesor o investigador universitario o asimilado. Aunque también allí, en el lenguaje popular, quizás activista, se solía decir que algo era «académico» para indicar que se trataba de una cosa superficial y sin ninguna relevancia práctica. Y es que esto de que los universitarios se llamasen a sí mismos «académicos», en España hace quince o veinte años, no era así. Al menos en mi campo. Aunque sí que me dicen que es diferente en otras tradiciones: en antropología o sociología, por ejemplo.

Volvamos algo más atrás para intentar comprender mejor el asunto: el origen del término «academia», como casi todo el mundo habrá oído alguna vez, viene del jardín o parque en el en las afueras de la Atenas clásica, cuyo nombre honraba a un antiguo héroe de nombre Academos. Y que era el lugar donde Platón tenía su escuela, en la que pretendía formar a las élites atenienses para que gobernaran la ciudad de manera sabia y prudente – eso explica Emilio Lledó. La escuela de Aristóteles, quizás más científica y menos política, se llamaba el Liceo. El lugar en que se reunían los seguidores de Epicuro era un jardín o huerto más modesto. Otras escuelas enseñaban en la calle: paseando por el ágora, los llamados sofistas; o los estoicos, que deben su nombre efectivamente a las «estoas», los grandes soportales de los espacios públicos de las ciudades helenísticas. Diógenes, el cínico, sabemos que vivía en la calle, en un tonel o un tinajón, como un mendigo, medio desnudo. El nombre de academia parece entonces una elección bastante pertinente para lo que siglos después vendrían a ser las academias. Ya se ve que a nadie se le ocurrió llamarlas «estoas», ni mucho menos «toneles».

Uno no ve mal que existan academias, todo lo contrario. Ha tenido y tiene familiares y amigos en academias varias, y está orgulloso de eso. Como recordaba Whitehead, y seguro que otros muchos, el mantenimiento de los saberes y conocimientos es fundamental para la continuidad de la vida social. El problema es cuando este aspecto conservador, que con tanta facilidad se entrelaza con la reproducción y ampliación del statu quo, domina en exceso las otras dimensiones de la cultura, las ciencias, las prácticas… Mi hipótesis, entonces, es que el uso del término «académico/a» para referirse a profesores o profesoras o investigadores universitarios no es inocente. Incorpora, aunque sea inconscientemente, una cierta manera de entender y desempeñar este tipo de trabajo, que se caracteriza por valores como la sumisión a la autoridad, la normalización, la jerarquización y cosas así – entre las que, con la mayor frecuencia, prolifera la pasión desmedida por lo burocrático.

Así, la idea del «nuevo academicismo» funciona, siempre a mi juicio, como un marco de «disciplinamiento» o control de los universitarios y de la institución Universidad. En varios sentidos. Uno de ellos sería el de tener ocupados a los profesores y profesoras, compitiendo entre sí, escribiendo los llamados artículos «académicos», para que no se vayan a hablar con gente como Federica Montseny, tal vez. Éstas son las nuevas «carreras» universitarias: correr todo el tiempo para ver quién llega a ser más académico; y así conseguir una mejor retribución, más seguridad en el trabajo, mayor reconocimiento… Otro sentido del disciplinamiento sería el de orientar el tipo de preguntas que se plantean los investigadores. Los sistemas de «calidad» del nuevo academicismo –la publicación en revistas internacionales «indexadas» y la participación en proyectos financiados mediante «convocatorias competitivas»– dan lugar a que lo importante no sean tanto las ideas y las acciones en sí mismas como los requisitos formales e indicadores cuantitativos. Lo que me hace acordarme del bueno de Thomas Pynchon cuando decía que «si consiguen que te estés haciendo las preguntas equivocadas, no necesitarán preocuparse por las respuestas». Las que leáis de vez en cuando artículos académicos –que en el argot, por cierto, se llaman «artículos científicos»– sabréis de qué hablo. Vale.

«The Dawn of Everything» –de Graeber & Wengrow– unas notas urgentes tras acabar la lectura

Imagen: Wengrow (izq.) y Graeber, collage publicado en el sitio web occupy.com: https://www.occupy.com/article/dawn-everything-graeber-and-wengrow-place-imagination-center-humanity-s-journey

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Reseña de José Pérez de Lama

Referencia bibliográfica: David Graeber & David Wengrow, 2021, The Dawn of Everything. A New History of Humanity, Farrar, Straus and Giroux, Nueva York

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Para el próximo martes 22 de marzo de 2022, de 17:30 a 19:30 h [lo trasladamos del 15 inicialmente programado] hemos convocado una conversación sobre el libro en la que de salida creo que intervendremos Marcos García, Alberto Corsín y yo mismo, y a la que estáis todxs invitadxs. Próximamente espero que podamos anunciar los detalles de la convocatoria.

En enlace para acceder a la conversación en la fecha indicada es éste: https://zoom.us/j/98899781825

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Ayer terminé de leer The Dawn of Everything, como muchxs sabréis, es el último libro de David Graeber, publicado ya póstumanente – con su amigo David Wengrow –hace unos pocos meses. Uno es muy fan de Graeber, un pensador provocador, divertido y de la estirpe de Kropotkin, Murray Bookchin y algunos otros también preferidos. Para los que no estén familiarizados, Graeber fue uno de los animadores del movimiento Occupy – el equivalente neoyorkino de las Primaveras Árabes y el 15M-Esp. Ya antes había escrito un libro muy interesante y de gran éxito, sobre el dinero en tanto que construcción social, titulado en castellano, La deuda. Los 5.000 primeros años. Publicado al hilo de la crisis financiera que estalló en 2007 y que quizás aún no hayamos superado. Después escribió un par de libros más sobre lo que él mismo había bautizado como bullshit jobs, idea que a mí me afectó profundísimamente… [1]

Con Dawn parece que los dos David se propusieron algo parecido a lo que Graeber había llevado a cabo en Debt, pero enfocado ahora sobre la historia del Estado y de las relaciones de dominación, desigualdad y violencia que el discurso hegemónico pretende consustanciales al mundo contemporáneo. Graeber y Wengrow se proponen demostrar que estos son mitos interesados, que han contribuido históricamente a sostener el orden occidental, colonial y patriarcal. Creo que lo consiguen demostrar, y la hipótesis posiblemente sea bastante más fina de lo que yo he expresado.

Desbancar el mito del buen salvaje

Los mitos fundacionales serían el de Rousseau, en principio más progresista, y el de Hobbes, más reaccionario. Se parecen ambos al mito judeo-cristiano del paraíso y su pérdida, diría. Rousseau en el que termina centrándose Dawn, suponía la existencia de un «buen salvaje», inocente, que quizá, dice algún crítico actual – espantando a los autores – se parecería mucho en su estar en el mundo a nuestros parientes próximos los primates. Unos buenos salvajes que con la aparición de la agricultura, las ciudades y los estados perderían su condición de felicidad inocente y tendrían que pasara a vivir sometidos a reyes o gobernantes y guerras periódicas, a cambio de poder disfrutar de los avances de la cultura y la civilización. Y ese sería el mito de desbancar: sería falso este pretendido intercambio de progreso y bienestar a cambio de aceptar dominación, desigualdad y la amenaza de la violencia. Tan actual hoy con la nueva versión del complejo tecnológico-financiero-militar… Habría que decir, no obstante, que Graeber y Wengrow no caen en ningún tipo de actitud «conspiranoica» ni nada del estilo… Eso me parece.

El mundo es algo que hacemos…

Uno de los más célebres axiomas o eslóganes de Graeber ayuda a entender sus planteamientos, traduzco un poco libremente: «la verdad definitiva, y escondida, es que el mundo es algo que hacemos y que por tanto podríamos hacer de otro modo».[2] Y el método consiste en demostrar eso, como me parece recordar que también hacía en Debt – y como leía recientemente en su prólogo a la edición por el 50 aniversario del libro de su profesor Marshall Sahlins, Stone Age Economics, que tan presente me parece que está en Dawn.

Graeber y Wengrow multiplican los casos de estudio arqueológicos y antropológicos, basándose en trabajos de las últimas décadas que según nos cuentan cuestionan radicalmente las grandes narrativas el origen del Estado, de las «desigualdades», de las sucesivas revoluciones – agrícola, urbana, de la aparición del Estado, con mayúsculas, incluso como sabemos que se escribe formalmente. Los argumentos son prolijos y los casos numerosos, lo que hace que a lectores como yo, no demasiado familiarizados con este tipo de literatura, se nos haga a veces algo difícil de seguir, más por lo aburrido que por lo conceptualmente difícil – a uno quizás le gusta más el vértigo de los conceptos o de las emociones que la lentitud de las descripciones algo repetitivas que son necesarias cuando se trata de demostrar precisamente eso que son norma más que excepción. Aún así, la cosa, siendo el equipo Graeber, no deja de estar puntuada por momentos deslumbrantes, incluso de ocasionales carcajadas.

Una ciencia ficción retrospectiva

Esto del método arqueológico, – y en parte también el antropológico – que a partir de huellas muy parciales tiene que reconstruir mundos, me ha llamado la atención, recordándome mucho a la ciencia ficción, como si fuera una especie de ciencia ficción retrospectiva, que a la vez, extrañamente, se proyecta sobre el presente y hacia el futuro.

Una de las ideas más deslumbrantes de esta «ficción retrospectiva» es la de que las discusiones sobre libertad e igualdad de la Ilustración en Europa estuvieron muy influenciadas por las noticias e historias que llegaban de los encuentros con los nativos americanos. Y ya sabemos cual fue el siguiente episodio, «libertad, igualdad y fraternidad». Estos indígenas, defienden muy bien los autores recurriendo a múltiples y variadas fuentes históricas no eran los inocentes «buenos salvajes» que se quiso imaginar, sino pueblos acostumbrados a pensar filosófica y políticamente sobre cómo organizar sus sociedades, sobre las libertades, sobre cómo evitar las concentraciones de poder, sobre el autogobierno, etc. Esta parte del libro es fascinante, y las análisis a mi me resultan de gran verosimilitud. La reacción a esta ilustración indígena y a su recepción por parte de una parte de la intelectualidad europea que describen los autores también es de gran interés, y es la que daría forma duradera a los mitos que Graeber y Wengrow se proponen deconstruir. Hablaba estos días con Pablo DeSoto, que está familiarizado con el pensamiento reciente brasileño, sobre figuras como Viveiros de Castro, Arturo Escobar o Ailton Crenak – y muchxs otrxs – que representan ahora este reencuentro con las culturas indígenas, ya no como «buenos salvajes», sino de una manera mucha más parecida a la que describen Graeber y Wengrow en diversas situaciones en los siglos XVII y XVIII.

La pregunta equivocada por el origen de la desigualdad

Graeber y Wengrow proponen que preguntarse por el origen de la desigualdad es una pregunta equivocada, porque en cierto modo supone asumir que la desigualdad es parte necesaria de nuestro mundo. La pregunta que ellos plantean en su lugar tiene relación con tres libertades, como son, 1/ la libertad de irnos de un lugar en que no nos encontramos bien; 2/ la libertad de desobedecer las órdenes que puedan impartirse en las comunidades de las que formamos parte; y 3/ la libertad de experimentar con las relaciones sociales. En aquellas situaciones en que se han construido estas libertades, dicen, es en las que se dieron sociedades «igualitarias» – nos es más fácil imaginar estas libertades en los mundos antiguos, más «vacíos» y relativamente más abundantes, quizás, que los actuales. Y lo que demuestran en este sentido los autores es que efectivamente se han dado muchas situaciones en la historia de la humanidad en que han existido sociedades que disfrutaban razonablemente de estas libertades. Y que esto no sólo fue en los períodos originarios de las pequeñas bandas de cazadores-recolectores; sino en muchos otros momentos históricas, más tempranos y más tardíos – la idea de una evolución social consistente y progresiva, no es cierta, nos dicen Graeber y Wengrow –, y en muy diferentes partes del mundo: Medio Oriente, Norte, Centro y Sur América, diversas partes de Asia y de África… ciertas zonas de la actual Europa, incluso. Y más importante: la existencia de esta multiplicidad de casos que no encajan en los esquemas narrativos que solemos asumir, según parecen demostrar los autores, era principalmente el resultado de la producción intencionada, consciente y reflexiva de las sociedades que se auto-construían a sí mismas según sus aspiraciones e ideales; o también a veces, por el rechazo a otros modelos conocidos o experimentados.

Desbancar el mito del Estado como necesidad histórica

La segunda parte del libro se centra en lo que podríamos llamar la cara contraria de las «sociedades igualitarias»: ¿cómo se torció aquello?, se preguntan los autores, ¿qué ocurrió para que en la actualidad se hayan impuesto los estados como algo que damos por supuesto, con sus relaciones de dominación, respaldadas por la amenaza, nunca demasiado lejana, de la violencia? ¿Y que las «sociedades igualitarias» nos parezcan un sueño imposible más allá de los pequeños grupos de afines?

Los autores argumentan que la actual percepción de los estados como resultado evolutivo necesario es un segundo mito que es necesario desmontar. Para tratar de hacerlo, proponen hacer el experimento de pensar la historia de las formaciones sociales suponiendo la emergencia que la emergencia de los estados se produce como composición de tres principios independientes: 1/ el de la soberanía basada en la violencia; 2/ el del control del conocimiento que suele declinarse como burocracia en tanto conjunto de técnicas de de gobierno; y 3/ el del liderazgo y la autoridad carismática (de la que participaría la competencia política contemporánea). El método con el que pretenden explicar que el Estado no es el destino natural, necesario que se presume, sino una composición coyuntural de diferentes elementos que podrían componerse de diferentes maneras, es constatar cómo a lo largo de la historia estas composiciones fueron efectivamente diferentes, y que lo que se tiende a presuponer como la historia cuasi-sagrada del origen de este Estado con mayúsculas puede muy bien interpretarse de otras maneras. Como ocurría con la sociedades igualitarias, los proto-estados, reinos o imperios, convivieron y se sucedieron históricamente con ciudades libres, federaciones de pueblos, «anfictíones» – eso os lo dejo que lo busquéis en el diccionario o enciclopedia. Más bien al contrario del destino único, el panorama que nos ofrecen Graeber y Wengrow es el de una gran diversidad y variabilidad, y el de una extraordinaria capacidad de inventar y experimentar con diferentes formas de vida en común. Un panorama que invita al optimismo, aunque sea un optimismo moderado y escéptico.

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No todo en las redes son elogios

Además de elogios, el libro también viene recibiendo bastantes críticas. Algunas he leído. Una de las más evidentes es la que puede hacerse a una nueva historia universal, que no puede sino ser algo muy general, una selección muy reducida de ejemplos que se pretenden representativos, algo de una cierta «brocha gorda»… Ya no nos creíamos estas cosas. O ya no las leemos, al menos en ciertos ámbitos. Explican lo autores que lo saben, pero que aún así el imaginario colectivo y el político está dominado por esas otras narraciones míticas que sí que plantean grandes narraciones – y parecen estar algo preocupados con la proyección de personajes como Yuval Noah Hariri o Jared Diamond – y estiman que es necesario, cuestionar y desbancar estos discursos tan al servicio de la confirmación de la realidades hoy dominantes.

Cada cual, como es normal, hace críticas en su ámbito de interés o mayor conocimiento. En este sentido, como aficionado a Foucault, no dejaba de pensar en lo esquemático de la teoría del poder del libro. Aunque entiendo que éste es posible definirlo y analizarlo a múltiples escalas de aproximació o niveles, por lo que el thought experiment de los tres elementos de que se compondría el estado no deja de parecerme interesante. Uno que se considera «composicionista» ha usado en alguna ocasión el método propuesto por Graeber y Wengrow para cuestionar el carácter monolítico del estado — por ejemplo para intentar repensar las relaciones entre globalización, capitalismo financiero y tecnologías digitales: aquello era precisamente una de las hipótesis clave del «proyecto de hackitetcura» al que dediqué bastantes años. Y de algún otro.

Un boceto de 526 páginas

Por otra parte, si comparamos Dawn con las típicas obras superproducidas de la academia actual, en particular la estadounidense, tan cerradas, tan apabullantes, me parece como un boceto, una obra muy abierta, algo fragmentaria, en la que se esbozan, efectivamente, ideas, hipótesis, sin que se lleguen a desarrollar completamente. Algo que veo como una virtud, en cuanto que invita a lxs lectores a hacerse preguntas, – mejores preguntas de las que se hacían  insisten los autores – , a no creernos las historias heredadas… Esto carácter de boceto se observa bien en la hipótesis que se enuncia a diez páginas del final, – aunque ya se ha ido mencionando a lo largo del libro – dejándola como una pregunta flotando en el aire.  Graeber y Wengrow nos cuentan que esta pregunta que parece inquietarlos se inspira en el pensador judío de entreguerras Franz Steiner y aquí no me puedo resistir a recordar el dramático final de su vida: dos días después de que Iris Murdoch, la escritora, aceptara su propuesta de matrimonio Steiner murió de un infarto al corazón, a los cuarenta y tres años de edad. Y la hipótesis lanzada al aire en la últimas páginas no es baladí: propone que el domino actual de la forma estado pudiera estar relacionado con el vínculo entre violencia y cuidados; cuidados – como el que ciertas autoridades antiguas daban a las viudas y los huérfanos, o a los prisioneros de guerra, y que fácilmente se traducía en dominio despótico – o se intuye sin demasiada perspicacia, como el cuidado que nos otorgaban a sus ciudadanos las modernas sociedades del bienestar… Disculpen lxs lectores estas últimas líneas que tal vez hayan sido una digresión desproporcionada…

Escribir con prisa

El carácter boceto, las ideas deslumbrantes que deja como regalos para que lxs lectorxs nos quedemos rumiándolas, las historias que se multiplican, pareciera, a veces, que con una cierta superficialidad, las exclusiones para algunos tremebundas, los saltos mortales de unos temas a otros… Me hacían pensar que Graeber escribía con una cierta prisa, que sabía – como a veces sabemos todos – que no le quedaba tanto tiempo, y que era importante dejar por escrito todas estas ideas… Y como sabemos bien sus seguidores, resultó que murió de repente, no tan joven como Steiner, pero sí bastante joven, a los cincuenta y nuevo, el pasado 2020, pocas semanas de dar el libro por terminado. El libro me parece un hermoso testamento intelectual que nos dejó David Graeber. Sirvan estas líneas también un poco más rápidas de lo que quizás convendría, como un nuevo modesto homenaje al autor querido. Enhorabuena y agradecimiento también por tan sugerente trabajo a su colega David Wengrow.

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Posdata: Sobre los rituales como laboratorios sociales

Un tema relativamente lateral que me interesó mucho es el de la aproximación que hacen los autores a la cuestión de los rituales en las culturas antiguas. Quizás los rtiuales y el juego. Proponen que en ocasiones tenían una importante dimensión de experimentación de otras formas de relación social, de otras maneras de hacer mundo. Aunque el tema creo que atraviesa el libro en su conjunto, lo presentan en las páginas 116-117: «Los momentos rituales verdaderamente potentes son los de caos colectivo, efervescencia, ritos de paso («liminalidad») o juego creativo, de los cuales pueden surgir nuevas formas sociales […] permiten a la gente imaginar que otras composiciones y distribuciones son posibles  […] fomentando la auto-conciencia política […] como laboratorios de posibilidades sociales». Tengo que repasarlo y quizás pueda hacerlo con algunos amigos que vienen pensando y experimentando con estas cuestiones.

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Referencias

David Graeber & David Wengrow, 2021, The Dawn of Everything. A New History of Humanity, Farrar, Straus and Giroux, Nueva York

Es de destacar un artículo de 2018 donde los autores avanzaban sus ideas: es una buena introducción al libro. Hay traducciones de este texto a varios idiomas, pero no al Esp: igual podíamos montar un equipo colaborativo y hacerla, ¿alguien sea anima?

David Graeber y David Wengrow, 2018, How to change the course of human history (at least, the part that’s already happened), disponible en: https://www.eurozine.com/change-course-human-history/ | accedido 12/02/2022

Wengrow con motivo de la COP26:

David Wengrow, 31/10/2021, Humanity is not trapped in a deadly game with the Earth – there are ways out, en: https://www.theguardian.com/commentisfree/2021/oct/31/man-not-trapped-in-deadly-game-with-earth-there-are-ways-out | accedido 12/02/2022

Y estas dos reseñas que me gustaron en su momento y me animaron a leer el libro:

William Deresiewicz, 18/10/2021, Human History Gets a Rewrite. A brilliant new account upends bedrock assumptions about 30,000 years of change, en: https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2021/11/graeber-wengrow-dawn-of-everything-history-humanity/620177/ | accedido 12/02/2022

David Priestland, 23/10/2020, The Dawn of Everything by David Graeber and David Wengrow review – inequality is not the price of civilisation, en: https://www.theguardian.com/books/2021/oct/23/the-dawn-of-everything-by-david-graeber-and-david-wengrow-review-inequality-is-not-the-price-of-civilisation | accedido 12/02/2022

Un recuerdo de Sylvère Lotringer, editor de Semiotext(e)

Portada de Mad like Artaud, de Sylvère Lotringer, 2015. Fuente: https://caligaripress.com/Part-2

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Selección, traducción y comentarios de José Pérez de Lama

Murió hace unas semanas Sylvère Lotringer (Paris, 1938 – Baja California, 2021). McKenzie Wark le dedicó un bonito escrito de despedida, también tuiteó diversos enlaces sobre él. Me sonaba vagamente, quizás como un colega de Deleuze y Guattari, y me fui dando cuenta leyendo de qué. Esta año pasado, o el otro, había leído un libro suyo con entrevista larga con Paul Virilio, el importante The Administration of Fear. Y en fin, era uno de los principales editores de Semiotext(e), editorial mítica para mí, sin tener del todo claro por qué, en la que he leído [en inglés, mezcla de manía y necesidad por no leer francés] además de a Virilio, a Guattari (Chaosophy en especial) y hace ya un tiempo a Baudrillard (Simulations, cuando el concepto, durante unos años, a mediados de los 90 del siglo pasado, se convirtió en un must). Wark en su reseña en un blog o algo así de la New Left Review, lo llamó, con algo de guasa, “Theory Daddy” – que podríamos traducir como «Papito de la Teoría»?! como si hubiera sido un pusher o un pimp o un pervertidor de las jóvenes mentes por medio del «pensamiento radical francés», empezando por Nueva York y de ahí de vuelta a todo el mundo – sí, de esos autores que yo mencionaba y algunos más. También Bifo y el propio Wark, últimamente, han publicado en Semiotext(e).

Leyendo las entrevistas y bíos es impresionante toda la gente que conoció, con la que colaboró, que eran sus colegas, en sus sucesivas etapas en París, Nueva York y Los Ángeles. Además de los citados, mi preferido es Perec, con quien parece ser que trabajo en la edición de una revista casi de adolescente – Lotringer y Perec solo un poco mayor pero ya con un cierto aura de genio si no lo entendí mal.

L*s que os queráis enterar, leed los enlaces al final, son buenas introducciones – eso me parece – se que algun*s colegas de Tw ya los han leído, por lo menos Theory Daddy.

A continuación reproduzco traducidos algunos párrafos que había anotado de las entrevistas cuando las leí. Supongo que nos ocurrirá a todos algunas vez lo que me ocurrió. Me acordé de algo que contaba en estas entrevistas, lo que cómo ciertas «máquinas» de dominación nos hacen «pequeños, pequeños, pequeños…». Pero no lograba acordarme dónde lo había leído, ¿Adorno con el que andaba estos días? ¿Graeber? No lo localizaba. Y de pronto buscando otra cosas encontré las notas y me di cuenta que era algo de Lotringer. Aquí os lo dejo. Están relacionados con sus experiencia de bastante años como profesor en Columbia (NY) y por qué siempre trató de poner una cierta distancia con aquello y vivir diversos mundos a la vez… Sirva este post como discreto homenaje. Probablemente mi selección  no será ni mucho menos lo más importante que Lotringer tuviera que decir, pero a mí me llamó bastante la atención en su momento supongo que porque tenían que ver con cosas que andaba yo mismo pensando.

Siguen los párrafos traducidos, y luego el original en inglés. La fuente es: Jonathan Thomas (Interview by), 2015, Sylvère Lotringer, The Man Who Disapperead. Part 03: New York & After, in: Caligary. A Periodical of Cinema, Arts and Letters, 2021, en: https://caligaripress.com/Sylvere-Lotringer-The-Man-Who-Disappeared | visitado 12/01/2022

[SL:] Me gusta esta apertura. Lo que no me gustaba era la pequeñez – mezquindad – de todo en cuanto se convierte en un grupo pequeño de personas. En los departamentos académicos por todo el país, la gente pasando el tiempo molestándose unos a otros, poniéndose celososo, lamentando alguna promoción.

[JT:] Los artistas hacen eso también.

[SL:] Sí, pero yo tengo experiencia de primera mano de la «academia», y sabía que no era solo en la academia. Se hace a la gente pequeña, se hace que sus intereses sean sólo reactivos, en lugar de activos. Desconfío de la naturaleza humana cuando existe eso. Una de las razones por la que tomé estos caminos es porque no quiere que me arrinconen en algo. Me sorprendo a mi mismo a veces siendo envidioso, siendo resentido, y trato de borrarlo haciendo otra cosa en su lugar. […]

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[Cuando empezó de profesor en Columbia/…] tenía un apartamento en el Upper West Side que era un apartamento de Columbia. Estaba justo detrás de Barnard [la facultad]. Los estudiantes estaban en el mismo edificio que la administración y los profesores. Era un apartamento muy bueno de tipo burgués, así que después de dos años, pienso, ya no pude aguantar seguir viviendo allí. Porque no creo que la gente no sea afectada por su entorno. Si te colocas en el campus, que eso era aquello, entonces te conviertes en un académico. Vas en el ascensor, hablas con la gente allí, compras la leche y te encuentras con tu estudiante que te dicen, voy retrasado con mi trabajo. Entonces tu vida empieza a encogerse y encogerse y encogerse.

Realmente pienso que es muy importante estar en diferentes sitios y estar en diferentes mentes [estados mentales], si quieres mantener tus cosas en equilibrio. […]

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Y este otro párrafo más en positivo, sobre la «teoría» o el «hacer teoría» – muy guattariano:

Es un hecho que cosas muy simples pueden cambiar mucho. Y eso es lo que yo esperaba de la teoría. Esperaba que la gente reconociera que cuando lees un libro hay cosas que de pronto llaman tu atención, y pensé que la teoría sería eso. Escoge simplemente lo que quieras. No tienes que asumir todo el sistema. No tenemos que ser totalizantes, no tenemos que saberlo todo. Tan solo tenemos que experimentar. Y cuando cambias un elemento o varios elementos, cuando los mezclas, entonces has experimentado con nuevas ideas – entonces te has convertido de alguna manera en filósofo[a]. No tienes que haber estudiado Filosofía.

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El original en inglés:

I like this openness. What I didn’t like is the pettiness of everything as soon as it turns into a small group of people. In academic departments throughout the country, people are spending their time picking on each other, getting jealous, resenting some promotion.

Artists do this too.

Yes, but I have first hand experience in the academy, and I knew that it was not just the academy. You make people small, you make their interests so reactive, instead of active. I distrust human nature if that exists. One of the reasons I took these paths is that I don’t want to be cornered in something. I catch myself sometimes being envious, being resentful, and I try to brush it away by doing something else instead. […]

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I had a big apartment on the Upper West Side that was Columbia’s apartment. I was just behind Barnard. The students were in the same building with the administration, and teachers. It was a very good bourgeois kind of apartment, so I think after two years I couldn’t stand living there. Because I don’t trust that people are not affected by their environment. If you put yourself in the campus, which is what it was, then you become an academic. You go in the elevator, you talk to people there, you go to get your milk and you find your student who says, I’m late with my essay. So your life starts to shrink and shrink and shrink.

I really think it’s very important to be in different places and to be in different minds, if you want to keep your things in balance. […]

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It’s a fact that very simple things can change a lot. And that’s what I expected with theory. I expected people to recognize that when you read a book there are things that suddenly draw your attention and I thought theory would be that. Just pick up what you want. You don’t have to be responsible for the whole system. We don’t have to be totalizing, we don’t have to know everything. We just have to be experimental with it. And when you change one element or several elements, when you mix them, then you experimented with new ideas — then you become a philosopher of sorts. You don’t have to be trained to be a philosopher.

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Referencias:

Jonathan Thomas (Interview by), 2015, Sylvère Lotringer, The Man Who Disapperead. Part 03: New York & After, in: Caligary. A Periodical of Cinema, Arts and Letters, 2021, en: https://caligaripress.com/Sylvere-Lotringer-The-Man-Who-Disappeared | visitado 12/01/2022

McKenzie Wark, 2021, Theory Daddy, in: Side Car New Left Review, disponible en: https://newleftreview.org/sidecar/posts/173 | accedido 12/01/2022

Semiotext(e): http://semiotexte.com/ | accedido 12/01/2022

Wikipedia, sf, Semiotext(e), en: https://en.wikipedia.org/wiki/Semiotext(e) | accedido 12/01/2022

Jardines y parques según Vladimir Nabokov

Imagen: Vladimir Nabokov de joven con su hijo Dimitri con quien pasearán, como exiliados, –también con su mujer / madre Vera– , por los jardines de Europa entre 1934 y 1940, que es lo que se cuenta en el texto que sigue. La foto procede del libro Speak, Memory, capítulo 13, tomada en 1937 en Menton, en el Mediterráneo francés.

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Selección, traducción y comentarios de José Pérez de Lama

De la autobiografía de Nabokov, Speak, Memory, 1951, revisada en 1966 — traducción y comentario de unos sugerentes párrafos sobre jardines y parques.

Referencia bibliográfica: Vladimir Nabokov, 1979 [1966, 1951], Speak Memory. An Autobiography Revisited, The Putnam Publishing Group, Nueva York; capítulo 15, pp. 295-310. [Anteriormente publicado, al menos en parte, como Gardens and Parks, 1950].

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Hace unos meses comentaba con unxs amigxs arquitectos-jardineros sobre esto que había leído de Nabokov – un libro que en realidad tengo desde 1988 y leo periódicamente para avivar mi «fuego artístico», y de amor al arte por el arte … digamos.

La cosa es que me había quedado en una última lectura con la imagen de Nabokov de haber tratado de recorrer la difícil Europa de entonces, – como exiliados rusos, entre 1934 y 1940, con su hijo pequeños  -, como si se tratara de un continuo de parques y jardines, una «federación de luz y sombras», que unían París, con Praga, con algunos lugares en los Alpes y con las ciudades costeras del Sur de Francia… La imagen de esta Europa de los parques y jardines me pareció muy sugerente.

Ahora, leyéndolo con detenimiento necesario para traducirlo — Nabokov no es precisamente fácil — he apreciado más cosas. Por un lado, la idea de que esta secuencia de parques y jardines los presenta como amigos, que lo conectaban con su pasado ruso, y que aportaba a su hijo cosas que no eran normalmente posibles — lo que hoy quizás llamaríamos un «espacio de cuidados»…; otra, que efectivamente, la narración se presenta en ocasiones como is fueran los jardines los que viajaban por Europa, y a ellos como una especie de pasajeros… Y otra más, que el texto trata, además de los hechos concretos, el amor por su hijo y su mujer, de la memoria, de la percepción del mundo, y de una vida artística y literaria. El capítulo, no siendo de los más llamativos de la autobiografías, o eso me parece, sí que es el último, y como tal puede leerse como una especie de conclusión…

Dejo entonces una selección de este último capítulo, el Quince, traducida por mí en un primer borrador. A continuación reproduzco el inglés; siendo Nabokov, por supuesto, solo copiar sus  escritura ya es un buena práctica de «inglés avanzado» __ o con un sentido menos práctico, un gran placer. __ Hay unos primeros párrafos introductorios, y luego una selección de las partes que se centran más en los jardines y parques. Cabe acalarar, por acabar, que el texto de Nabokov se dirige retóricamente a su mujer, Vera, a quien por otra parte, si no me equivoco, dedicó todos sus libros.

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Quince

[Párrafos introductorios, pág. 295-296]

Están pasando, deprisa, deprisa, los años volanderos– por usar la conmovedora inflexión horaciana. Los años están pasando, querida, y muy pronto nadie sabrá lo que tú y yo sabemos. Nuestro hijo está creciendo; las rosas de Paestum, de la borrosa Paestum, murieron; idiotas de mentes mecánicas están jugando a manipular fuerzas de la naturaleza que mansos matemáticos, para su propia secreta sorpresa, parece que habían presagiado; así que quizás haya llegado el momento de examinar viejas fotografías, pinturas rupestres de trenes y aviones, estratos de juegos en el pesado armario.

Nos iremos aún más atrás, hasta una mañana de mayo de 1934, y dibujaremos con respecto a este punto fijo el gráfico de una sección de Berlín. Allí estaba yo, caminando hacia casa a las 5 a.m., volviendo del hospital cerca de la Bayerischer Platz, al que te había llevado unas horas antes. Flores de primavera adornaban los retratos de Hindenburg y Hitler en el escaparate de una tienda que vendía marcos y fotografías en color. Grupos de gorriones izquierdistas celebraban sonoras sesiones matutinas en lilas y limas. Un amanecer límpido había desvelado por completo uno de los lados de la calle vacía. En el otro lado, las casas aún se veían azules de frío, y varias sombras largas iban siendo recogidas, a la manera práctica en la que el joven día toma el lugar de la noche en una ciudad bien cuidada, bien regada, en la que el olor del pavimento asfaltado está por debajo de los sentimentales olores de los árboles de sombra; pero a mí la parte óptica de aquel asunto me parecía bastante nueva, como una forma inusual de poner la mesa, porque nunca antes había visto aquella calle concreta al amanecer del día, a pesar de que, por otra parte, había pasado por allí con frecuencia, sin hijos, en tardes soleadas.

En la pureza y el vacío de la hora poco familiar, las sombras estaban en el lado equivocado de la calle, dotándolo de un cierto sentido, no inelegante, de inversión, [quizás podía cortar aquí…] como cuando uno ve reflejado en el espejo de la barbería el ventanal hacia el que vuelve su mirada el melancólico barbero, mientras detiene su cuchilla (como hacen todos en ese momento), y, enmarcado en esta ventana reflejada, un trecho de acera, en el que el reflejo hace que una procesión de caminantes indiferentes vaya en la dirección equivocada, hacia un mundo abstracto que de pronto deja de ser gracioso y libera un torrente de terror. […]

[298] A lo largo de los años de la infancia de nuestro niño, en la Alemania de Hitler y la Francia de Maginot, nosotros pasamos bastantes penurias, pero maravillosos amigos se ocuparon de que él tuviera las mejores cosas entonces disponibles. Aunque impotentes para hacer nada sobre aquello, tú y yo juntos mantuvimos un ojo celoso sobre cualquier posible falla entre su infancia y nuestros propios «incunables» en el opulento pasado, y allí es donde entraron aquellos amistosos hados, cuidando de la grieta cada vez que amenazaba con abrirse […]

[Empiezan ya aquí los párrafos más centrados en los jardines, págs. 302-3]

Nunca en mi vida me he sentado en tantos bancos y sillas de parque, losas de piedra y escalones de piedra, parapetos de terrazas y bordes de fuentes como hice durante aquellos años […]

[304] Me gustaría acordarme de todos los pequeños parques a los que fui; me gustaría tener la capacidad que el profesor Jack, de Harvard y el Arboretum Arnold, contó a sus estudiantes que tenía, de identificar ramas con los ojos cerrados, tan solo por el rumor que hacían al darles el aire («carpe, madreselva, álamo de Lombardía. Ah – un periódico doblado»). Bastantes veces, por supuesto, puede determinar la posición geográfica de este o aquel parque por algún rasgo particular o combinación de rasgos: bordes de boj enano a lo largo de estrechos caminos de grava, que acaban todos encontrándose como la gente en una obra de teatro; un banco bajo contra un seto de tejo con forma cuboide; un cuadro de rosas enmarcado por un borde de heliotropos – estas características están obviamente asociadas a las pequeñas áreas de parque en las intersecciones de calles del Berlín suburbano. Con la misma claridad, una fina silla de hierro, con su sombra de tela de araña debajo, a un lado, un poco descentrada, o los agradablemente desdeñosos, aunque sin duda psicopáticos, aspersores rotatorios, con sus arco-iris privados colgando de los chorritos de agua sobre la hierba brillante, describen un parque parisino; pero, como entenderás, el ojo de la memoria está tan fijo sobre una pequeña figura en cuclillas en el suelo (cargando de piedras un camión de juguete o contemplando la goma brillante y mojada de la manguera a la que se ha adherido un poco de la grava por la que un jardinero la acaba de arrastrar), que los varios lugares – Berlín, Praga, Franzensbad, París, la Riviera, París otra vez, Cap d’Antibes y así – pierden toda soberanía, juntan sus caminos interconectados, y se unen en una federación de luz y sombra a través de la que graciosos niños de rodillas desnudas se deslizan sobre ruidosos patines.

[306-9] A medida que pasaba el tiempo y la sombra de la historia hecha-por-tontos viciaba hasta la exactitud de los relojes de sol, nosotros nos movíamos por Europa sin parar, y parecía que no éramos nosotros sino que eran aquellos jardines y parques los que viajaban. La avenidas radiantes y los complicados parterres de Le Nôtre fueron dejados atrás, como trenes apartados en vías laterales. En Praga, adonde viajamos para que mi madre viera a nuestro hijo en la primavera de 1937, estaba el parque Stromovka con su atmósfera de lejanía libre y ondulante, más allá de los pabellones y arboledas modelados por la mano del hombre [traducción un poco libre tras ver unas fotos]. También recordarás aquellos jardines de rocas de plantas alpinas – sedum y saxífragas – que nos escoltaron, por decirlo así, hasta los Alpes Saboyanos, uniéndose a nuestras vacaciones (pagadas por algo que mis traductores habían vendido), y que después nos siguieron de vuelta a los pueblos de las llanuras. Manos de madera con ourños de camisa clavadas en postes en los viejos parques de los balnearios apuntando en la dirección desde la que llegaba la percusión atenuada de una banda de música. Un paseo inteligente acompañaba la vía principal; no era paralelo en todo el recorrido pero reconocía libremente su guía, y de lago de los patos a estanque de los nenúfares saltaba de vuelta a la procesión de puros árboles en este o en aquel punto en el que el parque había desarrollado una fijación con los padres de la patria e imaginado un monumento. Raíces, raíces de vegetación recordada, raíces de memoria y plantas punzantes [pungent], raíces, en una palabra, están dotadas de la capacidad de atravesar largas distancias superando obstáculos, penetrando otros, insinuándose a sí mismas en estrechas grietas. Así aquellos jardines y parques atravesaron Europa Central con nosotros. Caminos de grava se reunían y se detenían en una rond-point para mirarte a ti o a mí agacharnos y suspirar al buscar una pelota bajo un seto de alheña donde, en la oscura y húmeda tierra, no podía detectarse sino un billete de tranvía de color malva, perforado, o un trozo sucio de gasa y algodón. Un asiento circular rodeaba un grueso tronco de roble para ver quién estaba sentado al otro lado y encontrar a un hombre mayor leyendo un periódico extranjero y metiéndose el dedo en la nariz. Árboles de hojas perennes y brillantes que cerraban un cuadro de césped en el que nuestro hijo descubrió su primera rana viva y se abrían a un laberinto podado con labor topiaria, y tu dijiste que pensabas que iba a llover. En alguna etapa posterior, bajo cielos menos plomizos, había un gran exhibición de glorietas de rosas [dells] y de pequeños paseos entrelazados, y rejas meciendo sus trepadoras, listas para convertirse en pérgolas vegetales y columnadas, si no, para revelar el más pintoresco de los aseos públicos, un affair tipo chalet de dudosa limpieza, con una mujer de negro atendiéndolo, haciendo punto negro en el porche.

Por una pendiente, bajaba con cuidado un camino empedrado, poniendo siempre el primer pie en cada escalón, atravesando un jardín de lirios; bajo hayas; y entonces se transformaba en un camino de tierra que se movía rápidamente marcado con toscas huellas de pezuñas de caballo. Los jardines y parques parecían moverse aún más rápido a medida que las piernas de nuestro hijo se hacían más largas, y cuando tenía más o menos cuatro, los árboles y los arbustos en flor se volvieron resueltamente hacia el mar. Como un jefe d estación aburrido de pie solo en el anden recortado por la velocidad de una pequeña estación en la que nuestro tren no para, este o aquel guarda del parque se quedaba atrás mientras que el parque fluía y fluía, llevándonos al sur hacia los naranjos y los madroños y la pelusa-de-pollito de las mimosas y la pâté tendre [tierna mezcla de colores en pintura tierna] de un cielo impecable.

Jardines escalonados en laderas, una sucesión de terrazas, cada uno de cuyos escalones de piedra eyectaba un alegre saltamontes, con los olivos y las adelfas casi tratando de ponerse unos por encima de los otros en su prisa por alcanzar a tener vista de la playa. Allí nuestro niño se arrodilló inmóvil para ser fotografiado en la calina temblorosa del sol contra el centelleo del mar, que es una mancha lechosa en las fotografías que hemos preservado pero era, en la vida, azul plateado, con grandes manchas de azul-morado más alejadas, causadas por las corrientes cálidas en colaboración con y corroboración de (¿oyes las piedras arrastradas por las olas que se retiran?) viejos poetas elocuentes y sus sonrientes símiles.

Y entre los vidrios desgastados por el mar como suaves caramelos redondeados – limón, cereza, menta – y las piedras anilladas, y las pequeñas conchas con forma de flautas e interiores lustrados, a veces pequeñas trozos de cerámica, aún bellos en color y brillo, aparecían. Nos lo traían a ti o a mí para inspección, y si tenían líneas chebronadas de color añil, o bandas con ornamentos de hojas, o algún otro tipo de alegre emblema, y eran juzgados preciosos, caían con un «clic» en el cubo de juguete, y, si no, un «plop» y un destello marcaban su vuelta al mar. No dudo que entre aquellos pedacitos de mayólica ligeramente convexos encontrados por nuestro hijo había algunos cuyo borde de volutas encajaba exactamente, y continuaba, el patrón de un fragmento encontrado por mí en 1903 en aquella misma costa, y que los dos se correspondían con un tercero que mi madre encontró en aquella playa de Menton en 1882, y con un cuarto encontrado por su madre cien años atrás – y siguiendo así, hasta que esta colección de piezas, si todas hubieran sido preservadas, pudieran haberse juntado para recomponer el cuenco completo, absolutamente completo, roto por algún niño italiano, Dios sabe dónde y cuándo, y restaurado ahora con estas grapas de bronce.

En el otoño de 1939, volvimos a París, en torno al 20 de mayo del año siguiente estábamos de nuevo cerca del mar, esta vez en la costa occidental de Francia, en St. Nazaire. Allí un último pequeño jardín nos rodeaba, mientras que tú y yo, y nuestro hijo, ya con seis años, entre nosotros, lo atravesábamos de camino a los muelles, donde, detrás de los edificios que teníamos enfrente, nos esperaba el transatlántico Champlain para llevarnos a Nueva York. Aquel jardín era lo que los franceses llaman, fonéticamene, skuarr, y los rusos skver, quizás porque es el tipo de cosa que se encuentra habitualmente en o cerca de las plazas públicas [square] en Inglaterra. Dispuesto en los últimos límites entre el pasado y al filo del presente, permanece en mi memoria solo como un diseño geométrico que sin duda podría rellenar con facilidad con los colores de flores plausibles, si fuera lo suficientemente descuidado de romper el susurro de la pura memoria que (excepto, quizás, por el tínitus ocasional debido a la presión de mi propia sangre cansada) he dejado sin perturbar, escuchándola humildemente, desde el principio […]

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Sigue la transcripción del original en inglés para lxs que gusten.

Fifteen

[P. 295-6] They are passing, posthaste, posthaste, the gliding years– to use the soul-rending Horatian inflection. The years are passing my dear, and presently nobody will know what you and I know. Our child is growing; the roses of Paestum, of misty Paestum, are gone; mechanically minded idiots are tinkering and tampering with forces of nature that mild mathematicians, to their own secret surprise, appear to have foreshadowed; so perhaps it is time we examined ancient snapshots, cave drawings of trains and planes, strata of toys in the lumbered closet.

We shall go still further back, to a morning in May 1934, and plot with respect to this fixed point the graph of a section of Berlin. There I was, walking home at 5 A.M., from the maternity hospital near Bayerischer Platz, to which I had taken you a couple of hours earlier. Spring flowers adorned the portraits of Hindenburg and Hitler in the window of a shop that sold frames and colored photographs. Leftist groups of sparrows were holding loud morning sessions in lilacs and limes. A limpid dawn had completely unsheathed one side of the empty street. On the other side, the houses still looked blue with cold, and various long shadows were gradually being telescoped, in the matter-of-fact manner young day has when taking over from night in a well-groomed, well-watered city, where the tang of tarred pavements underlies the sappy smells of shade trees; but to me the optical part of the business seemed quite new, like some unusual way of laying the table, because I had never seen that particular street at day-break before, although, on the other hand, I had often passed there, childless, on sunny evenings.

In the purity and vacuity of the less familiar hour, the shadows were on the wrong side of the street, investing it with some sense of not inelegant inversion, as when one sees reflected in the mirror of the barbershop the window toward which the melancholy barber, while stropping his razor, turns his gaze (as they all do as such times), and, framed in that reflected window, a stretch of the sidewalk shunting a procession of unconcerned pedestrians in the wrong direction, into an abstract world that all at once stops being droll and loosens a torrent of terror.

[298] Throughout the years of our boy’s infancy, in Hitler’s Germany and Maginot’s France, we were more or less hard up, but wonderful friends saw to his having the best things available. Although powerless to do much, you and I jointly ketp a jealous eye on any possible rift between his childhood and our own incunabula in the opulent past, and this is where those friendly fates came in, doctoring the rift every time it threatened to open. […]

[302-3] Never in my life have i sat on so many benches and park chairs, stone slabs and stone steps, terrace parapets and brims of fountain basins as i did in those days. The popular pine barrens around the lake in Berlin’s Grunewald we visited but seldom. […]

[304] I would like to remember every small park we visited; I would like to have the ability Professor Jack, of Harvard and the Arnold Arboretum, told his students he had of identifying twigs with his eyes shut, merely from the sound of their swish through the air (“Hornbeam, honeysuckle, Lombardy poplar. Ah–a folded Transcript”). Quite often, of course, I can determine the geographic position of this or that park by some particular trait or combination of traits: dwarf-box edgings along narrow gravel walks, all of which meet like people in plays; a low bench against a cuboid hedge of yew; a square bed of roses framed in a border of heliotrope – these features are obviously associated with small park areas at street intersections in suburban Berlin. Just as clearly, a chair of thin iron, with its spidery shadow lying beneath it a little to one side of center, or pleasantly supercilious, although plainly psychopathic, rotary sprinklers, with a private rainbow hanging in its spray above gemmed grass, spells a Parisian park; but, as you will understand, the eye of memory is so firmly upon a small figure squatting in the ground (loading a toy truck with pebbles [305] or contemplating the bright, wet rubber of a gardener’s hose to which some of the gravel over which the hose has just slithered adheres) that the various loci–Berlin, Prague, Franzensbad, Paris, the Riviera, Paris again, Cap d’Antibes and so forth–lose all sovereignty, pool their interlocked paths, and unite in a federation of light and shade through which bare-kneed, graceful children drift on whirring roller skates.

[306] As time went on and the shadow of fool-made history vitiated even the exactitude of sundials, we moved more restlessly over Europe, and it seemed as if not we but those gardens and parks traveled along. Le Nôtre’s radiating avenues and complicated parterres were left behind, like side tracked trains. In Prague, to which we journeyed to show our child to my mother in the spring of 1937, there was Stromovka Park, with its atmosphere of free undulating remoteness beyond man-trained arbors. You will also recall those rock gardens of Alpine plants – sedums and saxifrages – that escorted us, so to speak, into the Savoy Alps, joining us on a vacation (paid for by something my translators had sold), and then followed us back into the towns of the plains. Cuffed hands of wood nailed to boles in the old parks of curative resorts pointed in the direction whence came a subdued thumping of bandstand music. An intelligent walk accompanied the main driveway; not everywhere paralleling it but freely recognizing its guidance, and from duck pond or lily pool gamboling back to join the procession of plane [307] trees at this or that point where the park had developed a city-father fixation and dreamed up a monument. You will also recall those rock gardens of Alpine plants – sedums and saxifrages – that escorted us, so to speak, into the Savoy Alps, joining us on a vacation (paid for by something my translators had sold), and then followed us back into the towns of the plains. Cuffed hands of wood nailed to boles in the old parks of curative resorts pointed in the direction whence came a subdued thumping of bandstand music. An intelligent walk accompanied the main driveway; not everywhere paralleling it but freely recognizing its guidance, and from duck pond or lily pool gamboling back to join the procession of plane [307] trees at this or that point where the park had developed a city-father fixation and dreamed up a monument. Roots, roots of remembered greenery, roots of memory and pungent plants, roots, in a word, are enabled to traverse long distances by surmounting some obstacles, penetrating others and insinuating themselves into narrow cracks. So those gardens and parks traversed Central Europe with us. Gravel walks gathered and stopped at a rond-point to watch you or me bend and wince as we looked for a ball under a privet hedge where, on the dark, damp earth, nothing but a perforated mauve trolley ticket or a bit of soiled gauze and cotton wool could be detected. A circular seat would go around a thick oak trunk to see who was sitting on the other side and find there a dejected old man reading a foreign-language newspaper and picking his nose. Glossy-leaved evergreens enclosing a lawn where our child discovered his first live frog broke into a trimmed maze of topiary work, and you said you thought it was going to rain. At some further stage, under less leaden skies, there was a great show of rose dells and pleached alleys, and trellises swinging their creepers, ready to turn into vines of columned pergolas, or, if not, to disclose the quaint of quaintest public toilets, a miserable chalet-like affair of doubtful cleanliness, with a woman attendant in black, black-knitting on its porch.

Down a slope, a flagged path stepped cautiously, putting the first foot first every time, through an iris garden; under beeches; and then was transformed into a fast-moving earthy trail patterned with rough imprints of horse hooves. The gardens and parks seemed to move ever faster as our child’s legs grew longer, and when he was about four, the tress and flowering shrubs turned resolutely towards the sea. Like a bored stationmaster seen standing alone on the speed-clipped platform of some small station at which one’s train does not [308] stop, this or that gray park watchman receded as the park streamed on and on, carrying us south toward the orange tress and the arbutus and the chick-fluff of mimosas and the pâté tendre of an impeccable sky.

Graded gardens on hillsides, a succession of terraces whose every stone step ejected a gaudy grasshopper, dropped from ledge to ledge seaward, with the olives and the oleanders fairly toppling over each other in their haste to obtain a view of the beach. Their our child kneeled motionless to be photographed in a quivering haze of sun against the scintillation of the sea, which is a milky blur in the snapshots we have preserved but was, in life, silvery blue, with great patches of purple-blue farther out, caused by warm currents in collaboration with and corroboration of (hear the pebbles rolled by the withdrawing wave?) eloquent old poets and their smiling similes. And among the candy-like blobs of sea-licked glass – lemon, cherry, peppermint – and the banded pebbles, and little fluted shells with lustered insides, sometimes small bits of pottery, still beautiful in glaze and color, turned up. They were brought to you or me for inspection, and if they had indigo chevrons, or bands of leaf ornament, or any kind of gay emblemata, and were judged precious, down they went with a click into the toy pail, and, if not, a plop and a flash marked their return to the sea. I don not doubt that among those slightly convex chips of majolica ware found by our child there was one whose border of scroll-work fitted exactly, and continued, the pattern of a fragment I had found in 1903 on the same shore, and that the two tallied with a third my mother found on that Menton[e] beach in 1882, and with a fourth peace of the same pottery that had been found by her mother a hundred years ago – and so on, until this assortment of parts, if all had been preserved, might have been put together to make the complete, [309] the absolutely complete, bowl, broken by some Italian child, God knows where and when, and now mended be these rivets of bronze.

In the fall of 1939, we returned to Paris, and around May 20 of the following year we were again near the sea, this time on the western coast of France, at St. Nazaire. There one last little garden surrounded us, as you and I, and our child, by now six, between us, walked through in our way to the docks, where, behind the buildings facing us, the liner Champlain was waiting to take us to New York. That garden was what the French call, phonetically, skwarr, and the Russians skver, perhaps because it is the kind of thing usually found in or near public squares in England. Laid out on the last limits of the past and on the verge of the present, it remains in my memory merely as a geometrical design which no doubt I could easily fill with the colors of plausible flowers, if I were careless enough to break the hush of pure memory that (except, perhaps, for some chance tinnitus due to pressure of my own tired blood) I have left undisturbed, and humbly listened to, from the beginning. […]

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Kundera: ser «moderno» hoy es estar con el statu quo

Milan Kundera, 2009 [edición original en francés de 2005] traducción de Beatriz de Moura, El telón. Ensayo en siete partes, Tusquets Editores, Barcelona; pp. 71-73

Selección y comentario de José Pérez de Lama

El Telón. Ensayo en siete partes es un libro de Milan Kundera en que cuenta sus ideas sobre la novela, y también un poco sobre literatura más en general, la cultura europea y más cosas. Estoy encantado con este libro. Lo he leído ya tres o cuatro veces.  Podría destacar muchas cosas. Una por ejemplo, es la idea que atribuye a Flaubert, de que el objeto de su obra, de sus novelas, era tratar de «llegar al alma de las cosas» (pp. 77-78) — aunque los caminos para llegar ahí sean bastante insospechados, añado yo.

El libro lo adquirí gracias a la recomendación de Nguyen Baraldi, me gusta mucho lo que escribe, lo sigo por Tuiter 🙂

Reproduzco aquí una sección que me parece hoy de gran actualidad, aunque en un contexto diferente. Lo que se plantea desde el título es más bien una pregunta y una problemática más que una afirmación incondicional, al menos por mi parte. Comentaré algo más al final.

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La modernidad antimoderna

«Hay que ser absolutamente moderno», escribió Arthur Rimbaud. Unos sesenta años más tarde Gombrowicz [1] no estaba tan seguro de eso fuera necesario. En Ferdydurke (publicado en Polonia en 1938), la familia Lejeune está dominada por la hija, una «colegiala moderna». A la chica le encanta llamar por teléfono; desprecia a los autores clásicos; cuando un señor llega de visita, «se limita a mirarlo y, mientras se mete entre los dientes un destornillador que sostiene en la mano derecha, le alarga la mano izquierda con total desenvoltura».

También su madre es moderna; es miembro del «comité para la protección de los recién nacidos»; milita contra la pena de muerte y a favor de la libertad de costumbres; «ostensiblemente, con aire desenvuelto, se dirige hacia el retrete», del que sale «más altiva de lo que ha entrado»; la modernidad se vuelve para ella indispensable como único «sustituto de la juventud».

¿Y su padre? Él también es moderno; no piensa nada, pero hace todo lo posible para gustar a su hija y su mujer.

Gombrowicz captó en Ferdydurke el giro fundamental que se produjo durante el siglo XX: hasta entonces, la humanidad se dividía en dos, los que defendían el statu quo y los que querían cambiarlo; ahora bien, la aceleración de la Historia tuvo consecuencias: mientras que, antaño, el hombre vivía en el mismo escenario de una sociedad que se transformaba lentamente, llegó el momento en que, de repente, empezó a sentir que la Historia se movía bajo sus pies, como una cinta transportadora: ¡el statu quo se ponía en movimiento! ¡De golpe, estar de acuerdo con el statu quo fue lo mismo que estar de acuerdo con la Historia que se mueve! ¡Al fin se pudo ser a la vez progresista y conformista, biempensante y rebelde!

Acusado de reaccionario por Sartre y los suyos, Camus dio la célebre réplica a los que «han colocado su sillón en el sentido de la Historia»; Camus vio acertadamente, sólo que no sabía que ese hermoso sillón tenía ruedas, y que desde hacía ya algún tiempo todo el mundo lo empujaba hacia delante, los colegiales modernos, sus madres, sus padres, así como miembros del comité para la protección de los recién nacidos y, por supuesto, todos los políticos que, mientras empujaban el sillón, volvían sus rostros sonrientes al público que corría tras ellos, y que también reía, a sabiendas de que sólo el que se alegra de ser moderno es auténticamente moderno.

Fue entonces cuando una parte de los herederos de Rimbaud comprendieron algo inaudito: hoy, la única modernidad digna de ese nombre es la modernidad antimoderna.
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Comentario

[1] Esta historia de finales de los años 30 en la que se cuenta que «ser moderno», estar a favor del cambio, de las innovaciones tecnológicas y sociales, se había convertido en «lo correcto», «lo políticamente correcto» diríamos quizás hoy, me ha recordado a nuestra relación actual con la digitalización. Y seguramente hace un par de décadas con la globalización.

Lo de la digitalización: con todo el mundo encantado haciéndose usuarios entusiastas de Guguel y MacOS, los gobiernos poniendo sus/nuestros datos en los servidores de Amazon haciendo como si eso fuera un gesto futurista, los usuarios de a pie renunciando felices a su privacidad e intimidad con sus Alexas, usando como gesto de distinción las plataformas digitales desde Uber a Amazon, las autoridades universitarias usando otro tipo de plataformas comerciales para alojar las redes y conocimientos de sus comunidades… Parafraseando a Gombrowicz, «¿Y el padre — pongan aquí a otras autoridades — qué dice? Él también es moderno; no piensa nada, pero hace todo lo posible para gustar a su hija y su mujer».

Este asunto me hace pensar en la defensa del patrimonio y la ecología. Desde al menos los 60, estas habrían sido dos instancias de resistencia a lo moderno, lo que se autodenomina «avanzado», al crecimiento, a la destrucción del mundo tal como lo conocíamos — hoy quizás a la innovación sin más criterio que su supuesto interés mercantil y la seducción de lo — ya cada vez menos — nuevo.

[2] Sobre esta necesidad de discernir entre las innovaciones y lo que es «bueno», o por lo menos conveniente, y lo que no lo sea tanto, me acuerdo de una afirmación que suele repetir Alba Rico — no es que sea un fan boy, pero lo veo sugerente cuando dice ser «revolucionario en lo económico, reformista en lo político y conservador en lo antropológico». La cosa sería que los paquetes de «a favor« o «en contra» ya no son perfectamente compactos e indivisibles. Tal vez deberíamos estar a favor de la autonomía o el aumento de la capacidad de hacer que nos permite, por ejemplo, el ordenador personal, pero no la dependencia de los gestores de la nube a la que nos fuerza un sistema operativo como el Android de nuestros móviles. O se puede estar a favor de la existencia del dinero y el crédito, por decir algo, pero no a favor del sistema financiero como un todo compacto y necesario. Hay que tratar de pensar, entender las grandes máquinas por las que tendemos a ser fagocitados, hay que tratar de hilar más fino. Pero para eso hace falta tiempo, para empezar. También que existan alternativas, y que los sistemas se puedan entender, lo que no interesa a sus gestores y beneficiarios … no creernos sin más la «propaganda» más o menos disfrazada de nuevas verdades o de conocimiento experto… Uno tiende a pensar que hay poco que hacer … pero por lo menos «rajaremos» un poco…

[3] A Kundera le encanta Gombrowicz. Pero también cita el Bouvard y Pécuchet de Flaubert, — (1881), en los mismos años de Rimbaud, que parece que iba en eso por detrás de Flaubert –, cuyo tema, seguramente interpretado de manera mucho más ácida, no es muy diferente: la asunción bobalicona y acrítica del progreso y su mitología, en su caso, 50 o 60 años antes que Gombrowicz — la cosa viene de lejos. Cito de memoria, creo que a Kundera, que cuenta también que uno de los grandes descubrimientos de Flaubert fue que el Progreso, el avance de las ciencias y técnicas, etc., no eliminaba la sottise, la necedad, sino que ambos, progreso y sottise, crecían en paralelo… Lo decía Flaubert, me limito a plantearlo como pregunta… Hm.

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Notas

[1] Witold Gombrowicz (1904-1969), polaco que se exilió a Argentina, es uno de los novelistas preferidos de Kundera. Ferdydurke es una de sus más importantes novelas. La problemática de la novela y la cultura de los países pequeños, de una cierta subalternidad frente a las grandes culturas europeas, es uno de los temas que trata Kundera en el libro, a mi juicio con gran interés. No he leído a Gombrowicz aún, pero me resulta curioso que uno de mis mejores amigos de joven quería ser director de cine para filmar historias como las de Gombrowicz… Luego se hizo notario y ya no volvimos a hablar de aquello. Igual aún tengo algún libro de relatos de Gombrowicz que me pasó aquel amigo hace ya 30 o 40 años, y que — oh my dog! — me limité a hojear.

Paisajes de la tristeza [y sus contrarios]

Imagen: Mural-pintada con un Fernando Pessoa anamórfico amenazado por los tecnócratas, o algo así… reivindicando los espacios de la Escuela de Arquitectura de Sevilla como lugares de expresión y experimentación, que hicimos algunos profesores y estudiantes en 1999 cuando trataron de prohibirnos montar instalaciones con los trabajos de curso en el hall, los pasillos…. La historia es más larga, claro, y algunos la recordarán aún.

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Selección y comentario de José Pérez de Lama

Este que sigue es un texto muy conocido, — y muy querido por mí, y seguro que por muchxs más–, de Gilles Deleuze y Claire Parnet, del libro Diálogos:

LA TRISTEZA, LOS AFECTOS TRISTES son todos aquellos que disminuyen nuestra potencia de obrar.

Y los poderes establecidos necesitan de ellos para convertirnos en sus esclavos. El tirano, el cura, el ladrón de almas, necesitan persuadirnos de que la vida es dura y pesada. Los poderes tienen más necesidad de angustiarnos que de reprimirnos, o, como dice Virilio, de administrar y de organizar nuestros pequeños terrores íntimos. […]

No es fácil ser un «hombre» libre: huir de «la peste», organizar los encuentros, aumentar la capacidad de actuación, afectarse de alegría, multiplicar los afectos que expresan o desarrollan un máximo de afirmación. Convertir el cuerpo en una fuerza que no se reduzca al organismo, convertir el pensamiento en una fuerza que no se reduzca a la conciencia.

Claire Parnet & Gilles Deleuze, 1980, Sobre Spinoza, Diálogos,  págs. 71-72, Pre-textos, Valencia. [Edición original: Flammarion, París, 1977.]

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A partir de este texto pensaba y me preguntaba si no existirán en nuestras ciudades «paisajes de la tristeza», que siguiendo a Deleuze-Parnet-Spinoza podríamos imaginar como los paisajes que reducen la potencia de obrar, de hacer. Leía por ahí también cosas sobre «los afectos como infraestructuras», entre otros, del traductor de Deleuze al inglés, Brian Massumi: plantea que ciertos afectos pudieran estar construidos como elementos a partir de los cuales se desarrolla la vida en un determinado entorno. Algo que me recuerda un poco a algunas cosas situacionistas… Y andaba relacionando estos hipotéticos paisajes de la tristeza con los «paisajes del miedo», incluso con los «paisajes de la violencia», o por otro nombre, recurrente en los últimos años, «paisajes de la necropolítica» (Mbembe; o E. Weizman cuando habla de que el urbanismo y la arquitectura pueden ser una «violencia lenta»).

Por otra parte, también me gustaría  cuestionar la idea spinoziana de la alegría como aquello que aumenta la potencia de obrar, que me parece un pensamiento demasiado de jóvenes, y que fácilmente podría caer en el hiperactivismo.  Tengo que pensar un poco sobre eso. Sí me resulta claro que la tristeza, o al menos ciertas formas de tristeza, reducen — o quizás incluso llegan a acabar con — nuestra potencia de hacer.

Y volviendo a los paisajes, se trataría de buscar y de producir lo contrario a estos paisajes de la tristeza. Ya os contaré cuando vaya avanzando. Tengo prometido un texto a mis amigos de Alicante sobre estas cosas. Y no debería tardar mucho. Seguramente no es nada nuevo, pero igual la perspectiva diferente nos permite ver mejor algunos aspectos.

«Lo visible está siempre en medio de lo invisible», y suele ser lo determinante [lo invisible] en la mayoría de las situaciones. Eso decía, más o menos, sin ninguna intención espiritualista, John Dewey.

Salud y aire.

Latour: algunos diagramas de «Nunca fuimos modernos»

Diagrama 1: Bruno Latour, 1993, We Have Never Been Modern, Fig. 1.1, p. 11
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Reseña con diagramas / José Pérez de Lama

Continuando una entrada previa del blog [ver referencias al final] presento a continuación unas notas sobre el libro de Bruno Latour We Have Never Been Modern [Nunca fuimos modernos – mi reseña es de la edición en inglés de 1993, editada por Harvard, algo modificada respecto de la edición francesa original de 1991]. Diría que este fue el primer libro por el que se conoció internacionalmente a Latour (nacido en 1947), más allá de su ámbito de origen, el de los Science and Technology Studies. Desde entonces ha escrito mucho, y según entiendo ha ido desarrollando lo que aquí presentaba – y también cambiando y añadiendo otras cosas. Para hacerse una idea de esta evolución, sus publicaciones y proyectos están bien documentados en su web, donde se puede descargar bastantes artículos [aquí la página con las referencias a las diferentes ediciones y múltiples traducciones de WHNBM: http://www.bruno-latour.fr/node/108.html%5D. El libro tiene en cualquier caso cerca de treinta años, por lo que muchas de las ideas que se enuncian como nuevas o provocadoras, al menos para los que estamos en estas cuestiones, son ya prácticamente lugares comunes – aunque no por eso dejen de ser valiosas, claro.

Tengo muchos amigos estudiosos de Latour. Estos días había una interesante conversación en «Tuiter» de amigos-expertos que sin duda sabrán mucho más que yo. Me aventuro, no obstante, a hacer estos comentarios, apoyándome en la experiencia de haber trabajado desde hace ya tiempo en esto de las redes materiales y mentales, de las que nosotros mismos somos parte y que muchos tomamos como configuración principal para la compresión del mundo y para su transformación. Mi aproximación –o nuestra, si incluyo mis años con hackitectura.net–, fue sin embargo desde otros marcos teóricos, que comentaré un poco más abajo. Con la lectura de Latour, aparte de conocer un poco mejor lo que dice un autor tan reconocido, lo que trato es de encontrar nuevos matices y enriquecer las aproximaciones al mundo de las redes, los ensamblajes, las máquinas, los dispositivos, los cyborgs o como prefiramos llamarlos– en tanto que realidades clave las transformaciones del mundo actual según ya decía.

Para conducir el comentario usaré una selección de los diagramas que se van sucediendo en el libro, que en general me gustan bastante por el carácter tan espacial con que describen las cosas — aunque como casi siempre, los arquitectos, podríamos imaginarlos más afinados o más atractivos visualmente.

[1] Naturaleza y Sociedad

En el primero de los diagramas, que aparece en el libro como «Figure 1.1 Purification and Translation» [la primera imagen, al inicio del post], se presenta la hipótesis principal del libro. La Modernidad habría explicado el mundo, y actuado en consecuencia, como si estuviese conformado, organizado, en dos polos excluyentes, el de la Naturaleza y el de la Cultura o la Sociedad. Latour multiplica los términos que asocia a uno y otros polo, entre otros: no-humanos y humanos, objetos y sujetos, ciencias y letras, palabras y cosas – sí, como en aquel libro –, saber y poder-política, y algunos más que me dejo atrás. Esta «primera dicotomía» según la expresa Latour constituiría la visión comúnmente aceptada del mundo moderno.

A veces estos pares se hacen menos claros. Pero yo que tuve un padre Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, creo lo entendí muy bien. Se trata de la capacidad moderna de separar lo que se consideran cuestiones, hechos, del ámbito de lo tecnocientífico, de lo objetivo, y otras que puedan ser del ámbito de lo moral o simplemente del mundo de los sentimientos, de lo subjetivo. Esta primera dicotomía también tendría que ver con la crítica clásica de la Posmodernidad a la definición de las disciplinas, de los conocimientos y prácticas, su pretendida rigurosa separación. En mi caso como arquitecto, en la Escuela se insiste en que un arquitecto se tiene que ocupar de la función, la construcción, la belleza. Pero cuando alguien llama la atención sobre las implicaciones sociales o económicas, y hasta hace muy poco, ecológicas, de la arquitectura en el sistema o contexto más amplio, etc., rápidamente aparece alguien con autoridad afirmando que «eso no es arquitectura» o que de eso no podemos ocuparnos; que o bien es un asunto político, o bien habrá  otros saberes o profesiones para eso. [Puede verse post en este mismo sobre Isabelle Stengers y su discusión sobre «el buen investigador» en que trata de asuntos muy parecidos.]

Al trabajo moderno que se produce para destilar el mundo en Naturaleza o Cultura/Sociedad, Latour lo llama «trabajo de purificación». Al principio me resultó algo mixtificadora esta denominación. Luego me fui dando cuenta de que tiene que ver con el deseo de pureza de los modernos, definir esencias, separar en categorías excluyentes y el consecuente rechazo de lo híbrido, lo contaminado, lo cambiante, etc. Lo de las «ideas claras y distintas» que decía el viejo filósofo.

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[2] Las redes, los híbridos

Siguiendo con el primer diagrama — la figura 1.1: está dividido en arriba y abajo por una línea horizontal a la que el autor llama la «segunda dicotomía». Lo que hay por debajo constituiría, me parece a mí, la principal aportación de Latour en este libro. Mientras que arriba hay un mundo de humanos y de cosas, puros, separados como decíamos en Naturaleza y Cultura, por debajo, se encontraría un [sub]mundo de híbridos o de redes – esos son los dos términos que usa el autor en el diagrama. Mientras que lo de arriba sería la representación moderna del mundo, todo ordenado y clasificado, con Naturaleza y Sociedad – con sus leyes científicas, sociales, psicológicas – como referentes, por debajo lo que pasa es bien distinto: humanos y cosas se componen unos con otros, y esa es en realidad, para Latour, la manera en que suceden las cosas, la manera en que se produce mundo. Aunque Latour parece contarlo como un descubrimiento suyo, se me viene a la cabeza el ejemplo de la fábrica según Marx, una composición de máquinas, sistemas organizativos, cuerpos, relaciones de producción… que producen un cierto mundo, unas ciertas relaciones sociales, unas ciertas subjetividades, etc. (véase un comentario sobre esto, por ejemplo, en Deleuze-Guattari, 1972).

Lo principal que obtengo de Latour, es precisamente ésto: lo que hace funcionar el mundo tal como lo hace, o los mundos, son estas redes-híbridos o «cuasi-objetos-cuasi-sujetos» –otro nombre que les da–, en la cual los objetos tiene agencia, son participantes que afectan de manera determinante lo que ocurre, lo que se puede hacer y lo que no. Un ejemplo recurrente, algo simple, para explicar este carácter de los objetos en tanto que participantes en la acción o «actantes» es el de la comparación entre clavar una puntilla con la mano desnuda, el hacerlo con un martillo o con una pistola de clavos: las maneras en que se produce la acción, e incluso los resultados, son notablemente diferentes.

Entonces, nos dice Latour, donde tenemos que fijarnos para comprender cómo funcionan las cosas no es en las ideas abstractas – que se corresponderían con ese mundo imaginado como oposición entre Naturaleza y Sociedad – sino en las redes más bien materiales y concretas que hacen que las cosas suceden tal como lo hacen. No se trata de explicar las cosas con grandes ideas abstractas como podrían ser el Humanismo, el Capitalismo o la Globalización, por citar tres, sino entendiendo como se producen concretamente en cada situación, los objetos técnicos, las prácticas, las normas, las — habitualmente intrincadas — relaciones y concatenaciones entre unos y otros. En otras obras posteriores, pero me parece que ilustra bien esta idea, Latour defiende la idea de «descripción densa» de los procesos frente a la aplicación o construcción de conceptos abstractos que pretenderían explicarlos (2007).

A los trabajos que ocurren en esta parte baja del diagrama, Latour, de nuevo algo crípticamente para mí, lo llama «trabajos de traducción» – es de suponer que traducción entre los objetos y los humanos que componen las redes de híbridos; quizás la traducción que permiten esas composiciones entre heterogéneos. En otras ocasiones creo que también los llama «trabajos de mediación» – un término importante en la jerga latouriana: «mediar» aquí significa que aquello que «media» afecta el resultado — no es un elemento «transparente» o neutro en el proceso en cuestión. En español castellano, siguiendo a Latour, suelo diferenciar entre «mediante» o «por medio» y «a través», para denotar estas dos tipos de participación. Estos matices son muy pertinentes cuando intentamos pensar el papel de tecnologías digitales concretas en nuestra actividad.

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[3] Las relaciones entre Naturaleza-Sociedad e híbridos

Esto es otro aspecto singular, complementario del anterior, de la propuesta latouriana, al menos en este libro. Su discusión ocupa buena parte del volumen, y según Latour sería algo que diferenciaría a los modernos de los pre-modernos o de los no-modernos. Es en este sentido en el que enuncia –lo que uno lee como una cierta provocación– de que en realidad «nunca fuimos modernos». Entonces, según el autor, para los modernos la producción de híbridos habría sido una especie de operación secreta, no reconocida, clandestina dice en algún momento. Los modernos sólo habrían querido ver el mundo como formado por Naturaleza y Sociedad en tanto que realidades completamente separadas. Y la paradoja, sería, siempre según Latour, que éste no estar dispuesto a reconocer «oficialmente» la existencia y la relevancia de los híbridos es lo que hizo posible su proliferación, proliferación que sería característica de la Modernidad; la proliferación de las redes, de las grandes estructuras. Proliferación que caracterizaría las sociedades modernas frente a las pre-modernas, mucho más resistentes a los cambios, la innovación permanente, eso que se llamó Progreso.

Por tratar de proponer algunos ejemplos de híbridos: pensemos en la circulación de capital, los mercados financieros o los mercados en general, la vivienda o la producción de la energía – o estos días tan de actualidad –, todos ellos híbridos técnocosociales, diríamos ahora, que sin embargo, se siguen tratando de presentar como realidades puramente técnicas, pensemos en el caso de los mecanismos de fijación del precio de la electricidad que se comentan estos días  [en este caso serían de técnica económica en tanto que lo económico pretende explicarse como un espacio de lo técnico]. Ocurre que la crisis de lo moderno, para Latour, consistiría precisamente en que ya no es posible seguir ocultando estos híbridos, el carácter híbrido de estas realides… Y quizás por eso, treinta años después de la edición del libro, ya todos casi lo damos por supuesto: por ejemplo, que el mercado financiero es una realidad mixta, híbrida, que produce mundo, que produce precisamente Sociedad. Y que según Latour también produciría Naturaleza – más sobre esto en breve.

En algún momento del libro –tendría que recuperar la cita que ahora no encuentro– dice el autor que hablar de los híbridos llega a tener el carácter de un tabú. Me gustó muchísimo eso, sí. Basta ver cómo las diversas autoridades eluden considerar esta dimensión teconopolítica en la manera que promueven la llamada transición digital.

Más Latour: la proliferación de los híbridos tiene lugar a la luz del día, pero sin que se hable del asunto. Ocurre «por debajo de la mesa», lo que nos recuerda al over the counter del mundo financiero. Hay una rica variedad de procedimientos para mantener un velo sobre estas cosas… El argumento me recuerda en buena medida al de la sexualidad en el XIX según Foucault. En su Historia de la sexualidad proponía que en la era victoriana no es que la gente copulara menos, sino que lo que ocurría es que no se hablaba abiertamente de aquello. Y que ese no hablar del asunto le daba una presencia-ausencia y una potencia singular. El argumento es tan similar que me parece que funciona como una especie de doble elipsis; la de los modernos y la extraña elipsis del propio Foucault en el discurso de Latour – más sobre esto en los comentarios finales. Confirmo el significado de «elipsis» para la R.A.E. que dice: «Omisión intencionada de algún elemento del discurso para suscitar determinados efectos en el lector».

¿Y por qué los modernos habrían optado por esta extraña manera de organizar el mundo? La hipótesis de Latour es que éste no reconocer las redes de híbridos que producían el mundo, y en su lugar conducirse por el sistema más abstracto de Naturaleza y Sociedad, objetos y sujetos puros, era precisamente lo que permitía la transformación acelerada del mundo, la experimentación continua sin tener que tener en cuenta sus consecuencias más generales, el Progreso en fin. Se preguntaría uno si el avance arrollador del «capitalismo» – el otro compañero de Foucault en las elipsis, el otro innombrable, excluido del discurso en esta pieza de Latour. En un libro que trata sobre Modernidad y tecno-ciencia, intentando explorar sus relaciones con la sociedad y la cultura, el término capitalismo sólo aparece 3 veces hasta casi el final del libro. Hasta el punto de que parecería una especie de proyecto perec-iano – de Georges Perec – como el de aquella en que Perec escribió un libro entero sin usar la letra «e», la más frecuente en francés.

Volviendo una vez más al argumento de la invisibilidad de los híbridos. Se comprende bastante bien, con la explicación que da Latour sobre las sociedades pre-modernas. En éstas las relaciones entre híbridos, sociedad y naturaleza eran bien reconocidas, por lo que los cambios en las prácticas reales eran sometidos a una lenta reflexión: tendrá efectos negativos sobre nuestro medio natural, acabará con nuestra organización social tal como la conocemos, etc. [ver también, más abajo, el diagrama 5].
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[4] Híbridos y escala

Me limito a dejar apuntada una afirmación de Latour que me llamó la atención. Aparte de esta invisibilidad, la principal diferencia entre los híbridos modernos y los de las sociedades pre-modernas es la escala (scale). Las redes o híbridos modernos aspiran como sabemos a unas escalas o dimensiones nacionales, continentales, globales – mientras que los de las sociedades pre-modernas tenían por lo general un alcance mucho más local. Uno piensa que habrá otras diferencias, pero Latour lo deja ahí, quizás con la actitud un poco provocativa, por ejemplo, frente a las llamadas en aquellos años «grandes narraciones» que atraviesa el libro en su conjunto. –«grandes narraciones» que hablarían quizás de híbridos capitalistas o socialistas y cosas así.
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Diagrama 2: Bruno Latour, 1993, We Have Never Been Modern, Fig. 3.1, p. 51

Diagrama 3: Bruno Latour, 1993, We Have Never Been Modern, Fig. 3.4, p. 86

[5] Los ejes modernos y pre-modernos. El espacio del devenir

Del segundo y del tercer diagrama [Figure 3.1 Purification and mediation & Figure 3.4 The Modern Constitution and its practice] me limitaré a comentar el eje vertical, que Latour también llama el eje o la dimensión no-moderno, y el movimiento que se produce a lo largo de este eje, desde un estado inestable, de devenir [becoming], en la parte inferior, a un estado de estabilización o fijación, en la parte superior. En este eje vertical,  por debajo de su intersección con el eje horizontal indica Latour que se daría una condición de «existencia»; por encima una de «esencia».

Esto es que ocurre por debajo del eje moderno serían procesos de experimentación, y recombinación – algo parecido, se me ocurre, al estado «caosmótico», de orden inestable y cambiante, que decía Guattari. Los híbridos no tendrían una forma estable… Lo que ocurre por encima, correspondería a la fijación de ciertas modalidades de los híbridos, conceptualizados o comprendidos en esa parte superior como compuestos por entidades puras, claramente separadas, que estarán bien del lado de las cosas, bien del lado de los humanos – de la Naturaleza y las ciencias de un lado, o de la Sociedad, la cultura y la política del otro… En la figura 3.4 se representan la evolución de la máquina de vacío de Boyle, desde un dispositivo tecno-social en proceso de transformación — la propia máquina, los técnicos que participaban en los experimentos y fueron perfeccionando las prácticas, el público que asistía a las sesiones como productores de verdad…– hasta su «purificación» como un instrumento perfectamente definido como artefacto científico.

La cuestión es que ese estado de devenir, de experimentación, de recombinación entre los modernos, siempre según Latour, se haría de una forma proliferante, pero que cómo decíamos, a la vez, tiene una cierto carácter secreto, o al menos innombrable.

Podemos adelantar, que en sus conclusiones en este mismo libro, con lo que llama «Parlamento de las Cosas», y en trabajos posteriores, como el hecho para el ZKM con Peter Weibel, explícitamente titulado Making Things Public, su propuesta girará en torno a hacer visibles, debatibles y democráticos los procesos de producción de híbridos.

«La Constitución» que aparece en el título de la Figura 3.4 es como Latour llama al acuerdo tácito de la distribución entre Naturaleza-objetos, Sociedad-humanos e híbridos, y a las relaciones entre unos y otros, que venimos comentando. Como figura retórica o de pensamiento sería algo parecido al «contrato social» del que se habla en ciertas tradiciones de filosofía política, y al «contrato social» de su maestro o colega más veretano Michel Serres. (Ya lo había comentado en un post anterior, pero sirva como aclaración para los que no estén al tanto.)
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Diagrama 4: Bruno Latour, 1993, We Have Never Been Modern, Fig. 4.1, p. 95

[6] Partir de los híbridos para explicar la Naturaleza y la Sociedad, los objetos y los sujetos

Otra cuestión más del discurso de Latour, que se explicita en el cuarto diagrama [Figure 4.1 The principle of symmetry], tendría precisamente que ver con su propuesta de redistribución o recomposición –sorting, es uno de los términos que usa el autor con frecuencia– de las relaciones entre los tres componentes principales del diagrama, Naturaleza, Sociedad e híbridos (o redes): Naturaleza y Sociedad no serían realidades más o menos dadas a partir de las cuales explicaríamos el mundo, sino al contrario: sería a partir de los híbridos, las redes, a partir de los cuales explicaríamos la naturaleza y la sociedad, o los objetos y los sujetos. Los que sean estos pares, Naturaleza y Sociedad, objetos y sujetos, no estaría dado de partida, sino que serían, en cada situación, producto de los híbridos, de las redes.

Aquí, en esta idea de que objeto-y-sujeto, son productos de un proceso, más que datos a priori, me parece reconocer alguna semejanza con Whitehead, al quien espero dedicar algunas entradas del blog próximamente. También con Dewey.

naturaleza y sociedad (o cultura), como decía, tienen que ser explicados desde el estudio de los híbridos. Y se trataría, más precisamente, siempre según Latour, de «natur-culturas», pares de grandes sistemas conceptuales interdependientes — término que han adoptado, autoras como Donna Haraway o María Puig de la Bellacasa, que hemos comentando en este blog.

Tengo pendiente de lectura otro libro posterior de Latour, Poltics of Nature, en que entiendo que desarrolla más esta cuestión. Podemos aproximarla contrastando las ideas de naturaleza y cultura características del Progreso industrial moderno, y las de cualquier sociedad pre-moderna o las actualmente emergentes ligadas a la preocupación por la catástrofe ambiental o el decrecimiento.

En este mismo diagrama 4, se entiende también un nombre con que se autodenominaban hace unos años los participantes en esta línea de pensamiento, como era el de la «sociología simétrica». Viendo el diagrama creo que no es necesaria mucha explicación.
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[7] El último de los diagramas que aquí reproduzco, a continuación, estimo que presenta con claridad la que llamaba la hipótesis principal del libro que venimos comentando, contrastando diferentes nociones de los modernos [us / nosotros, según dice el diagrama] y los premodernos o no-modernos [them / ellos].

Diagrama 5: Bruno Latour, 1993, We Have Never Been Modern, Fig. 4.3, p. 102

[8] Comentarios finales

Como he ido sugiriendo, el aspecto que a mí particularmente me interesa de este Latour es su propuesta de fijarnos en lo que llama híbridos, cuasi-objetos-cuasi-sujetos o redes para desde ellos tratar de entender mejor cómo funciona el mundo. La singularidad de la conocida como escuela ANT [hormiga en inglés, por lo de trabajo de hormiga, pero a la vez Actor-Network Theory] sería su aproximación etnográfica, minuciosa y concreta al estudio de estos híbridos. Para mí sería como un nuevo empirismo nominalista, que en este segundo aspecto sostendría que todo lo que existe es particular, que rechazaría las grandes abstracciones. Para mí particularmente, de nuevo, que entiendo la mente en un sentido batesioniano o guattariano natural y material este empirismo me resulta de gran interés.

Por otra parte, esto de mirar las redes o los híbridos, que Latour parecía querer enunciar en 1991 como un hallazgo provocador, a mí me parece más bien un topos o un lugar común de nuestro tiempo. No en el sentido peyorativo moderno flaubertiano o nabokoviano de la idea de lugar común — las críticas de la sottise o el «filisteísmo», tan divertidas, de estos autores — sino en el sentido clásico de temas conocidos por la gente culta que cada autor trata de versionar o interpretar, generando así conjuntamente una cierta veta del pensamiento de una época. El tema de la vita beata para los humanismos, por ejemplo, que comentaba hace poco en otro post del blog.

Así, me parece y suelo citarlo de esas manera, que Latour con esta idea de los híbridos contribuye y dialogo con discursos parecidos sobre redes, máquinas, dispositivos, ensamblajes, ecosistemas, etc. y también con otros que tienen que ver con el proceso y el devenir y con el cuestionamiento de las ideas de sujeto y objeto clásicos.

Dejo aquí de momento estas notas, que serían un recordatorio más bien personal, pero que publico como vengo haciendo desde hace unos años, por si fueran de utilidad para otr*s.

Vale.

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Referencias

Bruno Latour [traducción de Catherine Porter], 1993 [1991], We Have Never Been Modern, Harvard University Press, Cambridge

____, 2004, Politics of Nature, How to Bring the Sciences into Democracy, Harvard University Press, Cambridge

____, 2007 [edición original de 2005], Reassembling the Social. An Introduction to Acto-Network Theory, Oxford

Bruno Latour & Peter Weibel (eds.), 2005, Making Things Public. Atmospheres of Democracy, ZKM Center for Art and Media Karlsruhe & MIT, Cambridge

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Fernando Broncano, 2021, El error de Latour, en: http://laberintodelaidentidad.blogspot.com/2021/08/el-error-de-latour.html

Gilles Deleuze and Félix Guattari, 1972, Balance-Sheet of Desiring-Machines, translated by Robert Hurley, Appendix to 2nd edition of Anti_Oedipe, Minuit, Paris; in: Félix Guattari, 2009, Chaosophy. Texts and Interviews 1972-1977, Semiotext(e), Los Angeles

Michel Foucault, 2009 [edición original en francés de 1976], Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber, Siglo XXI, Madrid

Félix Guattari, 1995 [traducción de Paul Baines & Julian Pefanis; edición original en francés 1992], Chaosmosis. An ethico-aesthetic paradigm, Indiana University Press, Bloomingdale-Indianapolis

Georges Perec, 1969, La Disparition

A.N. Whitehead, 1967 [1933], Adventures of Ideas, The Free Press, Nueva York

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Algunos posts mencionados en el texto en este mismo blog:

2021, Los cuasi-objetos de Bruno Latour explicados por Izaskun Chinchilla: https://arquitecturacontable.wordpress.com/2021/08/08/los-cuasi-objetos-latour-izaskun-chinchilla/

2021, «Tener madera de investigador», de Isabelle Stengers (2/3): el casto asceta y el sonámbulo fóbicos: https://arquitecturacontable.wordpress.com/2021/07/24/tener-madera-de-investigador-stengers-2-asceta_sonambulo/