«Apuntes sobre arquitectura bioclimática», entrevista para el Topo Tabernario

Entrevista realizada por Jose Sánchez-Laulhé  a José Pérez de Lama, «osfa» para la revista sevillana El Topo Tabernario, sobre el origen, evolución y actualidad de la arquitectura bioclimática en la emergencia climática — en homenaje a uno de sus promotores, el recientemente fallecido Jaime López de Asiain.

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¿Cómo definirías la «arquitectura bioclimática»?

AB es una denominación que surge a finales de la década de 1970 para describir una práctica arquitectónica preocupada por el ahorro energético, las relaciones más amplias entre medio construido y medio ambiente más en general y el desarrollo de unos modelos de vida más ecológicos, en mayor armonía con la naturaleza, o quizás los flujos naturales de materia y energía. El aspecto más destacado en los inicios era la intención de usar lo que se llamaba «sistemas pasivos» que consistían en tratar de lograr el acondicionamiento ambiental – temperaturas en verano e invierno, iluminación… – mediante el propio diseño arquitectónico y la selección de materiales y sistemas constructivos. Se trataba de recuperar en estos aspectos las prácticas de la arquitectura tradicional o «vernácula», actualizada con los nuevos materiales y recursos tecnocientíficos cuando fuera necesario.

¿Cómo se ha transformado el concepto de AB en estos cuarenta años?

En las publicaciones fundacionales del Seminario de Arquitectura Bioclimática (grupo de investigación de Jaime López de Asiain el promotor de todo esto en Sevilla y recientemente fallecido) el énfasis se situaba en dos cuestiones, el tema energético y el desarrollo de una arquitectura — y luego una ciudad — más ecológica, en mayor armonía con la naturaleza y la cultura local. El «bio» de bioclimática pretendía hacer referencia a eso, a otra forma de vida, podría haberse llamado climática solo y plantear soluciones ultratecnológicas, pero no era el caso. Desde la perspectiva actual me parece que el verbo «bioclimatizar» funciona mejor que el sustantivo: climatizar aprovechando, modulando, los flujos naturales, pero también en el contexto de las culturas locales.

Hoy en día con el cambio climático la cuestión se ha hecho mucho más urgente, y poco a poco se está generando una preocupación más general sobre el asunto, entre la gente y entre las autoridades. Ya no es un problema de ahorro o de recursos escasos en un futuro no demasiado preciso. Por otra parte, la crisis ambiental se ha revelado en estas décadas como mucho más multifacética: no sólo es el cambio climático, sino que hay otros ocho o diez procesos que están llevando la biosfera a posibles cambios cualitativos. Y, por no extenderme demasiado, creo también que en estas décadas se ha ido poniendo cada vez más de manifiesto las estrechas relaciones entre crisis ambiental y capitalismo y crecimiento.

¿Cómo fue recibido el tema del «bioclimatismo» en la Expo 92? Desde la perspectiva del olvido actual — hasta muy recientemente — parece que hubiera sido un tema menor.

En su día creo que fue objeto de bastante interés, tanto por parte de los gestores de la Expo, como del público y los medios de comunicación, como de los especialistas. Yo creo que frente a las críticas muy evidentes que se podían hacer a la exposición universal, aquello fue una gran contribución tanto a la escena científica como a la urbanística y ciudadana. Quizás el sector que lo recibió como más suspicacia fue el de los propios arquitectos consolidados, que lo veían, como era en parte, una crítica a su forma de hacer arquitectura.

Ocurrió que luego la cosa se difuminó bastante. Situándonos en Sevilla, incluso quizás Andalucía, — y me cuesta expresarlo — me parece que hemos carecido de liderazgo y audacia política y estratégica: tanto la Junta como el Ayuntamiento como la Universidad, las instancias que uno puede observar, se limitan a implementar normas, recomendaciones y políticas que vienen de fuera. Siempre detrás. El horror o la incapacidad de tomar la iniciativa y a la experimentación. ¡Una pena!

Ahora bien, resulta interesantísimo cómo está resurgiendo el interés en estas cuestiones con la creciente preocupación por el cambio climático. Me encanta la idea de que la presión de una asociación de madres y padres de estudiantes, «Escuela de calor», haya logrado estos últimos años la aprobación en el Parlamento Andaluz de una Ley de Bioclimatización, para el acondicionamiento térmico natural de colegios e institutos. Aunque me cuentan los responsables que la Junta no la está implementando debidamente…

¿Qué pasa con la emergencia climática y qué podemos esperar de las formas de abordarlas?

Uno tiende a creer en que efectivamente está sucediendo, principalmente como resultado de la acción humana, y que efectivamente se trata de una emergencia. La instancia que parece liderar todo esto, el IPCC ,es una institución que recopila y evalúa el trabajo de cientos o quizás miles de científicos y sus conclusiones actualmente son para preocupar, y que todxs más o menos conocemos… Es una situación rara, no cabe duda, ya que la mayoría de la población no podemos comprender los modelos computacionales en que se basa el diagnóstico. Pero tenemos que confiar en la comunidad científica.

En estos momentos se puede esperar cualquier cosa. Durante un tiempo me obsesionaba la idea de que técnicamente, incluso financieramente, parece ser viable, y desde luego deseable para la mayoría, hacer la transición energética, incluso civilizatoria. Pero los únicos que se toman el asunto como algo grave y urgente, jóvenes y una minoría de científicos, por ejemplo en torno a Extinction Rebellion son considerados como radicales. Por ello, el escenario más probable que imagino es uno en el que una minoría convertirá todo esto en un negocio, como están haciendo las energéticas, y se atrincherarán en sus guetos privilegiados y bien acondicionados, dejando que la mayoría de la población sufra los peores efectos del cambio.

Entre las propuestas recientes me atrae la que Donna Haraway viene haciendo con el término, un poco en broma, del Chthuluceno, donde se relacionan prácticas de hacer mundo – worlding dice la autora – y se componen de formas nuevas humanos, no humanos, máquinas, recursos, lugares… en experimentos locales que valen por sí mismos además de su posible valor general… Sin desesperación, aunque tampoco sin un exceso de esperanza. Nec spe, nec metu … La vida misma…

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Enlace al Topo 55, 11.2022: https://eltopo.org/wp-content/uploads/2022/11/eltopo55.pdf

Recientemente publicamos un artículo sobre López de Asiain y la Expo 92: José Pérez de Lama, José Sánchez-Laulhé & Rafael Herrera Limones, 2022, Recordando los trabajos para el acondicionamiento bioclimático de la Expo92 en Sevilla. Y a Jaime López de Asiain, su principal promotor, Revista Tiempo y Clima Vol. 5 Núm. 78: Octubre 2022 [Publicado: 2022-10-29] Edición digital. ISSN: 2340-6631 pp. 32-37 https://doi.org/10.30859/ameTyCn78p32

Reyner Banham, 1965, «Un hogar no es una casa»

Imagen: François Dallegret, 1965, The Environmental Bubble. Se debe mencionar que el dibujo no representa exactamente lo que Banham describe en el texto sino una interpretación libre.

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Reyner Banham, con ilustraciones de François Dallegret. A Home is not a House, Art in America #2, 1965, pp. 109 a 118. Traducción de José Pérez de Lama, 11.2022.

Un hogar no es una casa

N. del T.: Algunos comentarios sobre la traducción. Las que había visto tenían partes confusas que he intentando hacer aquí más claras. En general se trataba de expresiones que podríamos llamar idiosincrásicas del lenguaje californiano de la década de 1960 o muy contextuales. Creo que ofrezco opciones que responden mejor al sentido general del texto. También he optado por traducir los clásicos America, American, etc. por EEUU y estadounidenses. Finalmente, he definido apartados y les he puesto títulos, espero que para hacer más fácil la lectura.

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[Instalaciones vs arquitectura]

[P. 109] Cuando tu casa contiene tantas tuberías, chimeneas, conducciones, cables, enchufes, luces, rejillas de entrada y salida, hornos, fregaderos, trituradores de basura, frigoríficos, calentadores, sistemas de sonido, antenas – cuando tiene tantas instalaciones que los equipos podrían sostenerse por sí mismos sin ayuda de la casa, ¿para qué tener una casa para sostenerlos? Cuando el coste de todo esta parafernalia es más de la mitad del coste del conjunto (o más, como ocurre en ocasiones), ¿para que sirve la casa si no es para ocultar tus «partes pudendas mecánicas» de las miradas de la gente en la calle?

Una o dos veces, recientemente, ha habido edificios con los que el público ha estado genuinamente desconcertado tratando de discernir qué era estructura y qué instalaciones – a muchos visitantes de los laboratorios de Louis Kahn en Filadelfia les lleva un tiempo darse cuenta de que las plantas del edificio no están soportadas por los paralelepípedos de ladrillo con las instalaciones que las flanquean, y cuando se dan cuenta, se preguntan si mereció la pena el trabajo de darles una estructura resistente independiente.

No cabe duda, de que buena parte de la atención que han recibido estos laboratorios se debe al intento de Kahn de mostrar el drama de las instalaciones mecánicas – y si al final no llega a hacerlo convincentemente, la importancia psicológica del gesto sí que queda, al menos a los ojos de sus colegas arquitectos.

Las instalaciones son un tema sobre el que la práctica arquitectónica ha alternado caprichosamente entre el descaro y la timidez – hubo el gran viejo período del «dejémoslo todo visto», cuando todo techo era un lío de entrañas alegremente pintadas, como en la sala de consejo del edificio de NU, y también ha habido ataques de pudor durante los cuales el más inocente detalle anatómico se ha tapado rápidamente con un techo suspendido.

Básicamente hay dos razones para este ir de un extremo al opuesto. El primero es que las instalaciones son demasiado nuevas como para haber sido incorporadas a la proverbial sabiduría de la Arquitectura: ninguno de los grandes eslóganes – La forma sigue a la función, Accusez la structure (Hacer visible la estructura), Firmeza, comodidad y belleza, Verdad de los materiales, Menos es más – es de demasiada utilidad para tratar con la invasión de las instalaciones. Lo más próximo, en un sentido significativamente negativo, es el «Para Ledoux era fácil, sin tubos», de Le Corbusier, que parece estar convirtiéndose en la expresión de una profunda nostalgia de la edad de oro anterior a la era de las instalaciones.

La segunda razón es que la invasión de las instalaciones es un hecho, y los arquitectos – especialmente los arquitectos estadounidenses – lo sienten como una amenaza cultural a su posición en el mundo. Y tienen razón para sentirlo así, porque su especialidad profesional, el arte de crear espacios monumentales, nunca ha estado sólidamente establecida en este continente. Sigue siendo un trasplante de una cultura más antigua, a la que los arquitectos estadounidenses están constantemente tratando de volver. La generación de Stanford White y Louis Sullivan era propensa a comportarse como si hubieran sido emigrés franceses, Frank Lloyd Wright se refugiaba en germanismos como Lieber Meister, los grandes muchachos de los 30 y 40 habían nacido en Berlín y Aquisgrán y los que vienen marcando las tendencias en los 50 y 60 son personas de cultura internacional como Charles Eames o Philip Johnson, como lo son también, de muchas maneras, los personajes más actuales, como es el caso de Myron Goldsmith.

[Un caparazón ligero y un espacio único]

A sus anchas, los estadounidenses no monumentalizan ni hacen Arquitectura. De los cottages de Cape Cod, al baloon frame, pasando por la perfección de los paneles de aluminio acabados en textura de madera, han tendido a construir una chimenea de ladrillo sobre la que se apoya a una colección de cobertizos. Cuando Groff Conklyn escribió (en La casa adaptada al clima) que «una casa es fundamentalmente un caparazón vacío … un caparazón es todo lo que una casa o una estructura en la que viven los humanos realmente es. Y la mayoría de los caparazones en la naturaleza son barreras para el calor o el frío extraordinariamente ineficientes…», estaba expresando una visión extremadamente estadounidense, respaldada por una larga tradición popular.

Y como la tradición está de acuerdo con Conklyn en que el caparazón vacío de los estadounidenses es una barrera tan ineficiente para el calor, los estadounidenses han estado siempre dispuestos a bombear más calor, luz y electricidad en sus alojamientos de lo que lo hacen otros pueblos. El espacio monumental estadounidense, supongo, es el gran espacio abierto – el porche, la terraza, las llanuras del ferrocarril de Whitman, la carretera infinita de Kerouac, y ahora, el espacio exterior allá arriba [the Great Up There].

Incluso dentro de la casa los estadounidenses pronto aprendieron a prescindir de [p.110] las particiones [paredes] que los europeos necesitan para que sus espacios sean arquitectónicos y estén bajo control, y mucho antes de que Wright empezara a eliminar las paredes que subdividían la arquitectura decorosa en cuarto estar, cuarto de juego, card room, gun room, etc. los estadounidenses más humildes ya habían tendido a un modo de vida adaptado a interiores informales que eran efectivamente grandes espacios únicos.

Y ocurre que los grandes espacios envueltos en finos caparazones tienen que ser iluminados y calentados de una manera bastante diferente, y más generosa, que los interiores compuestos de cubículos de la tradición europea en torno a la que la cristalizó inicialmente el concepto de arquitectura doméstica. Desde el principio, desde la estufa Franklyn y la lámpara de queroseno, el interior estadounidense tuvo que tener mejores instalaciones para poder ser soporte de una cultura civilizada, y ésta es una de las razones por las que los Estados Unidos han sido la vanguardia de las instalaciones mecánicas en los edificios – de forma que si hay algún sitio en que las instalaciones se deban percibir como una amenaza, tiene que ser allí.

[EEUU y los olores]

«El fontanero es el intendente de la cultura de los Estados Unidos», escribió Adolf Loos, padre de todos los tópicos sobre la superioridad de la fontanería norteamericana. Loos sabía de lo que estaba hablando; su breve visita a los EEUU en los noventa [década de 1890] lo convenció de que las virtudes más destacadas del American way of life eran la informalidad (no era necesario llevar sombrero de copa para visitar a los funcionarios locales) y la limpieza – algo que necesariamente tenía que ser constatado por un vienés con una importante colección de compulsiones freudianas como era Loos. Esta obsesión con lo limpio (que puede ser uno de las mayores absurdos de la cultura norteamericana del olor a desinfectante y los Kleenex) fue otro motivo psicológico que llevó los condujo a las instalaciones mecánicas. Las primeras justificaciones del aire acondicionado no eran solo que la gente tenía que respirar: Konrad Meier (Reflexiones sobre calefacción y ventilación, 1904) escribió con meticulosidad sobre «[…] el exceso de vapor de agua, olores insanos de los órganos respiratorios, dientes sucios, sudor, ropa descuidada, presencia de microbios debida a circunstancias varias, aire pesado de alfombras y cortinajes polvorientos … que causan grandes molestias y problemas de salud».

(Dense un lavado antes de volver al siguiente párrafo.)

La mayoría de los pioneros del aire acondicionado parecería que hubieran estado obsesionados con el olfato: los mejores amigos de los EEUU que se sentían en la obligación de hablarle de su mal olor corporal (nacional), y a continuación, – vendedores compulsivos –, recomendarle su propia panacea patentada para ventilar el mal olor. De alguna manera, entre este conjunto de conceptos – limpieza, caparazón ligero, instalaciones mecánicas, informalidad e indiferencia por los valores arquitectónicos monumentales y pasión por el aire libre – siempre me pareció que acechaba algún concepto elusivo que nunca acababa de enfocar.

[La máquina en el jardín]

Finalmente me resultó claro y legible en junio de 1964, en las circunstancias más apropiadas y sintomáticas. Estaba metido en el agua hasta la altura del pelo del pecho haciendo películas caseras (gozo de este «subidón estilo NASA» llevando equipos caros a ambientes hostiles) en la playa del campus de [la universidad de] Southern Illinois. Esta playa combina el aire libre y la limpieza en un modo altamente estadounidense – como escena es el tradicional lugar de baño tipo Huckleberry Finn, pero adecuadamente vigilado (por estudiantes trabajando como salvavidas sentados en sillas Eames sostenidas sobre pilares sobre el agua) y además ¡está tratada con cloro! Desde donde estaba no sólo veía enormes barbacoas y picnics familiares sobre la arena esterilizada; también, a través y por encima de los árboles, divisaba la superficie textil de una cúpula experimental de Buckminster Fuller. Y me di cuenta entonces de que si la sucia Naturaleza pudiera mantenerse bajo un grado de control adecuado (manteniendo el sexo pero dejando fuera los estreptococos), por el medio que fuera, los Estados Unidos estarían contentos de poder prescindir completamente de la arquitectura y los edificios.

A Bucky Fuller por supuesto le gusta mucha esta propuesta: su famosa pregunta no retórica, «Señora, ¿sabe usted cuánto pesa su edificio?» articula una sospecha subversiva sobre lo monumental. Esta sospecha es compartida menos articuladamente por miles de estadounidenses que se han deshecho ya del peso muerto de la arquitectura doméstica y viven en viviendas móviles, que aunque puede que nunca lleguen efectivamente a moverse, ofrecen un mejor funcionamiento en tanto que alojamiento que las estructuras ancladas al suelo y que cuestan como mínimo tres veces más y pesan como mínimo diez veces más.

[El standard of living package]

Si alguien inventase un paquete que efectivamente [p. 112] permitiera desconectar la vivienda móvil del cableado de la red eléctrica urbana, las bombonas de gas precariamente colgadas y los inefables arreglos del saneamiento que derivan del no estar conectados a la red – veríamos entonces algunos cambios de verdad. Y puede que no sea algo tan lejano; los recortes en el gasto militar pueden hacer que las empresas aeroespaciales se dediquen a otras cosas, y que ese tipo de talento para la miniaturización aplicado a un «paquete de vida estándar» [standard-of-living package] autónomo y regenerativo, que pueda ser remolcado por una autocaravana, o enganchado de alguna manera, pudiera producirse como una unidad de alquiler para ser recogida o dejada en almacenes distribuidos por todo el país. Avis todavía podría convertirse en la primera empresa de alquiler de servicios mientras continúa en un digno segundo puesto en el alquiler de coches.

Esto podría dar lugar a una revolución doméstica que haría que la arquitectura moderna pareciese un juego de construcción de niños [Kiddibrix], porque se podría llegar a prescindir de la autocaravana misma. Un paquete de vida estándar (la frase y el concepto son de Bucky Fuller) que de verdad funcionase podría, como tantos inventos sofisticados, volver a acercar el Hombre al estado natural a pesar de su cultura compleja (algo parecido a cómo la sustitución del telégrafo Morse por el teléfono Bell restauró el poder de la voz a escala nacional).

[El modelo del fuego de campamento]

El Hombre empezó con dos formas básicas de controlar su entorno: una, evitando el asunto y escondiéndose bajo una roca, un árbol, una tienda o un techo (lo que llevó a la arquitectura tal como la conocemos) y la otro, interfiriendo efectivamente con la meteorología local, normalmente por medio de un fuego de campamento, que, en un modo más elaborado, podría llevar al tipo de situación que trato ahora de discutir. A diferencia del espacio habitable que encerraba a nuestros antepasados bajo una roca o una cubierta, el espacio en torno a un fuego tiene muchas cualidades singulares que la arquitectura no puede aspirar a igualar, sobre todo, su libertad y variabilidad.

[P. 112] La dirección y fuerza del viento determinará la forma y dimensiones de ese espacio, alargando la zona de calor tolerable en un largo óvalo, y el área de iluminación tolerable será un círculo solapado con el óvalo de calor. Habrá así una gama de alternativas ambientales equilibrando luz y calor de acuerdo con la necesidad y el interés. Si quieres hacer trabajo de detalle, como reducir una cabeza humana, te sientas en un lugar, pero si quieres dormir te acurrucas en un sitio diferente; el juego de las tabas se situará en un lugar bastante diferente del que era apropiado para el encuentro del comité de los ritos de iniciación … y todo esto sería maravilloso si los fuegos de campamento no fueran tan ineficientes, inestables, llenos de humo y todo lo demás.

Pero un paquete de vida estándar bien diseñado, impulsando el aire caliente desde el suelo (en lugar de chupando el aire frío desde abajo como un fuego de campamento), irradiando una luz suave y con Dionne Warwick sonando en un cálido [aparato de sonido] estéreo, con proteínas bien envejecidas asándose al resplandor infrarrojo en la rotisserie, y la máquina de hielo discretamente llenando de cubitos los vasos de un bar desplegable – esto mejoraría mucho más un arroyo del bosque o una roca próxima a una garganta que cualquier cosa que pudiera inventar Playboy para su penthouse. Pero ¿cómo se llevaría toda esa tecnología al fondo de la garganta? No tiene que ser muy voluminoso, las necesidades de los viajes espaciales, por ejemplo, han hecho [p. 114] cosas tremendas con la tecnología del estado sólido [electrónica], produciendo incluso minúsculos transistores refrigerantes. No absorben gran cantidad de calor, pero, ¿qué vas a hacer en este arroyo en cualquier caso; congelar un buey profundamente? Tampoco la tendrías que cargar – podría trasladarse sobre un colchón de aire (su propia salida de aire acondicionado, por ejemplo) como un hovercraft o un aspirador doméstico.

[El coche como modelo de proto-vivienda y fuente de energía]

Todo esto consumirá bastante energía, aunque sea con transistores. Pero debemos recordar que pocos estadounidenses están habitualmente alejados de una fuente de potencia de entre 100 y 400 caballos – el coche. Unas baterías mejoradas y un cable autoenrollable lograrían que el aroma de bourbon caliente flotase sobre el edén mucho antes de que lleguen la transmisión de energía vía microondas o las plantas de energía atómica miniaturizadas. El coche ya es el más poderoso elemento en el arsenal medioambiental estadounidense, y un componente esencial de un anti-edificio no-arquitectónico, con el que está familiarizada la mayor parte de la nación – el autocine [drive-in movie house]. Aunque el término casa [del nombre en inglés] sea una denominación manifiestamente equivocada – tan solo un terreno llano en el que la empresa que lo gestiona ofrece imágenes y sonido, y el resto de la situación llega sobre ruedas. Té llevas tu propio asiento, calefacción y protección como parte del coche. También llevas Coca Cola, galletas, Kleenex, Chesterfields, ropa extra, zapatos, la píldora y lo que sea que no se vende en tiendas de sonido.

[Una cubierta inflable]

El coche, en resumen, ya está haciendo bastante del trabajo del paquete de vida [standard of living package] – la pareja romántica bailando con la música de la radio en el descapotable aparcado ha creado un salón de baile en medio de la naturaleza (pista por cortesía de la Dirección de Carreteras, por supuesto) y todo es paradisíaco hasta que empieza a llover. Aún así no te mojas – es necesaria muy poca presión de aire para inflar una cúpula de plástico transparente, la salida de aire acondicionado de tu living package móvil puede hacerlo, con o sin una ligera mejora, y la cúpula misma, plegada en una mochila de paracaídas, puede ser parte del paquete. Desde dentro de tu hemisferio de 10 m de cálido espacio vital [Lebensraum] tendrías vistas espectaculares de primera fila del viento derribando árboles, la nieve en el arroyo, el fuego del bosque sobre la colina o Constance Chatterley corriendo hacia quien tú sabes bajo la tormenta.

[Una plataforma sólida sobre la que colocar el paquete de vida estándar]

Pero … seguro, esto no es una casa, ¿no es posible sacar adelante una familia en una bolsa de polietileno? Algo así nunca podrá sustituir al tradicional edificio estilo rancho en tres niveles que se alza orgulloso en un paisaje de cinco arbustos derrotados, flanqueado a un lado por otro tradicional edificio estilo rancho en tres niveles con seis arbustos y al otro por otro rancho en tres niveles con cuatro niños pequeños y yermo privado. Si los muchos estadounidenses que están criando familias en trailers me disculpan, tengo algunas sugerencias que hacer a los aún más numerosos estadounidenses que están tan inseguros que tienen que esconderse en falsos monumentos de piedra artificial y tejados prefabricados. Existen, hay que admitirlo, sólidas ventajas cotidianas derivadas de tener una buena alfombra sobre un suelo firme bajo los pies, en lugar de agujas de pino y hiedra venenosa. Los pioneros estadounidenses lo reconocieron cuando construían sus casas construyendo habitualmente sus chimeneas de ladrillo sobre soleras también de ladrillo. Una cúpula transparente podría ser anclada a una base así tan fácilmente como una estructura ligera de madera [baloon frame], y el paquete de vida estándar podría flotar sobre una especie de zona de barbacoa glorificada en medio de la solera.

[Salir y entrar de la cúpula: una cortina de aire]

Pero una bóveda inflable no es el tipo de cosa en la que los niños o alguien comiendo calabaza distraídamente pueden entrar y salir con comodidad – creedme, tratar de salir de una cúpula inflable puede ser peor que tratar de salir de una tienda de campaña empapada si empiezas con la maniobra equivocada. Pero la relación del kit de servicios con la plataforma puede ser reorganizada para superar esta dificultad, todos los cacharros del estándar de vida pueden ser reorganizados en la parte superior de la membrana que flota sobre el suelo, radiando hacia abajo calor, luz y lo que sea, dejando todo el perímetro abierto para salir como se quiera, y también para entrar, supongo. Este loco movimiento moderno de interpenetración de interior y exterior podría llegar a ser real por fin aboliendo las puertas. Técnicamente, por supuesto, sería bastante viable hacer que la membrana de energía flotase literalmente, estilo hovercraft. [Sin embargo,] cualquiera que haya tenido tenido que estar bajo las aspas de un helicóptero sabrá que es algo poco recomendable si no es para deshacerse instantáneamente de algún papel. El ruido, el consumo de energía y la incomodidad física [p. 115] serían algo tremendo. Pero si la membrana de energía pudiera sostenerse en una columna o dos, aquí y allá, o incluso en una unidad de aseo construida con ladrillo, entonces estaríamos en el camino de lo técnicamente posible antes de que la Gran Sociedad se haga mucho más vieja.

La propuesta básica es sencillamente que la membrana energética genere una cortina de aire caliente/frío/acondicionado en el perímetro de la «des-casa», por el lado del viento, permitiendo que en el resto el clima del entorno continúe en el espacio habitable, cuya relación en planta con la membrana superior no será de uno-a-uno. La membrana tendría que extenderse probablemente más allá del límite de la solera de base, en todo caso, para evitar que la lluvia llegue dentro, aunque la cortina de aire estaría activa precisamente por el lado por el que la lluvia esté cayendo, y estando acondicionada, tenderá a absorber la humedad. La distribución de la cortina de aire estaría gobernada por varios sensores electrónicos de luz y temperatura, y por esa invención radical llamada veleta. Para un tiempo verdaderamente malo se necesitarían puertas o persianas de tormenta automatizadas, pero en todos los climas salvo los más impredeciblemente inconstantes debería ser posible diseñar el equipo de acondicionamiento para tratar con las condiciones climáticas la mayor parte del tiempo, sin que el consumo de energía llegue a ser ridículamente mayor que el de una ineficiente casa de tipo monumental.

Obviamente, el consumo será significativamente mayor, pero toda esta discusión [p. 116] se desarrolla a partir de la observación de que es parte del American way of life gastar en servicios y mantenimiento en lugar de en estructura perimetral, en contraste con las culturas campesinas del Viejo Mundo. En todo caso, no sabemos dónde estaremos en la próxima década con cosas como la energía solar, y a cualquiera que le interese imaginar una visión casi posible de aire acondicionado completamente gratis, permítanme que les recomiende Shortstack (otro truco inteligente con un tubo de polietileno) en el número de diciembre de 1964 de la revista Analog.

[Contestando algunas objeciones: ruido, bichos, privacidad…]

De hecho, bastantes de las objeciones de sentido común que se pueden hacer a la «des-casa» podrían evaporarse solas: por ejemplo, el ruido puede no ser un problema porque no habrá paredes alrededor para rebotarlo de vuelta al espacio habitable, y, en todo caso, el rumor de la cortina de aire supondría un aceptable umbral de volumen que los sonidos tendrían que superar antes de hacerse perceptibles y así llegar a molestar. ¿Bichos? ¿Vida silvestre? En verano no será mucho peor que con las puertas y ventanas abiertas en una casa convencional; en invierno, las criaturas sensatas bien migran, bien hibernan, pero, en todo caso, ¿por qué no estimular los procesos normales de competición darwiniana para ordenar la situación en nuestro lugar? Todo lo que se necesita es iniciar el proceso por medio de un señuelo de carácter general; éste emitiría llamadas para el apareamiento y olores sexy, atrayendo así a todo tipo de predadores y presas mutuamente incompatibles a una lucha inenarrable. Una cámara conectada a un circuito cerrado de televisión podría retransmitir el estado del juego a una pantalla en el interior de la vivienda y ofrecer un programa de 24 horas que dejaría en nada la audiencia de Bonanza.

¿Y la privacidad? En los EEUU esto parece ser más una idea abstracta que algo que tenga que ver con cómo se vive de hecho, por lo que es difícil pensar que a alguien le preocupe seriamente. La respuesta, en las condiciones suburbanas que suponen esta argumentación, es la misma que se dio para las casas de vidrio que los arquitectos diseñaban tan activamente hace diez años: más paisajismo sofisticado. Esto, después de todo, es el país del bulldozer y los trasplantes de árboles adultos – ¿por qué vamos a dejar que el Jefe de Parques y Jardines se quede con toda la diversión?

[El sueño jeffersoniano de la buena vida]

Según se dijo, esta argumentación supone que, para bien o para mal, los EEUU quieren vivir en suburbia. No tiene nada que decir sobre la ciudad, que, como la arquitectura, en EEUU es un realidad insegura que procede de fuera. Lo que [p. 117] discutimos aquí es una extensión del sueño jeffersoniano más allá del sentimentalismo agrario del Broadacre usoniano de Frank Lloyd Wright – el sueño de la buena vida en un campo limpio, de una vida hogareña en un jardín de electrodomésticos paradisíaco. Este sueño de la «des-casa» puede sonar muy antiarquitectónico, pero lo es sólo en grado, una arquitectura despojada de sus raíces europeas, pero que trata de desarrollar unas nuevas en un suelo extraño ya ha sido experimentado una o dos veces. Wright no bromeaba cuando hablaba de la destrucción de la caja, aunque la promesa espacial de la frase es raramente hecha completamente realidad en el mundo sólido de los hechos. Arquitectos populares de las regiones centrales de los EEUU como Bruce Goff y Herb Greene han producido casas cuya supuesta forma monumental es claramente de poca relevancia para el desarrollo de la vida cotidiana en su interior y su entorno.

[El modelo de la casa de cristal de Philip Johnson]

Pero es en un edificio que a primera vista no parece otra cosa que forma monumental donde la amenaza o la promesa de la «des-casa» se ha demostrado con mayor claridad – la casa Johnson en New Canaan. Se han dicho tantas cosas engañosas (por el propio Johnson y por otros) para probar que esta casa es una obra de arquitectura en el sentido de la tradición europea que hacen que no se aprecien sus muchos e intensos rasgos estadounidenses. Y sin embargo debajo de toda la erudición sobre Ledoux, Malevich y Palladio y de lo que se ha publicado, un sugestivo prototipo permanece sin poder ser borrado – la persistencia en la mente de Johnson, admitida por él mismo, de la imagen visual de un pueblo incendiado en Nueva Inglaterra, los caparazones ligeros de las casas consumidos por el fuego dejando tan solo los suelos y las chimeneas de ladrillo. La casa de New Canaan consiste esencialmente en esos dos elementos, un suelo calefactado de ladrillo y una unidad vertical que es una chimenea/hogar por un lado y un cuarto de baño por el otro.

Alrededor de esto se ha colocado precisamente el tipo de caparazón insustancial que planteaba Conklyn, solo que aún más insustancial. La cubierta, sin duda, es sólida, pero psicológicamente la casa está dominada por la ausencia de un cierre visual alrededor. Tal como han notado muchos peregrinos al lugar, la casa no se acaba en el vidrio, y la terraza, incluso los árboles más allá, son parte visual del espacio en invierno, física y operativamente también en verano cuando las cuatro puertas están abiertas. La «casa» es poco más que un núcleo de servicios emplazado en el espacio infinito, o alternativamente, un porche exento que mira en todas direcciones hacia al espacio exterior. En verano, en efecto, los vidrios serían un sinsentido si los árboles no los protegieran del sol, y en el reciente otoño, tan caluroso, el sol llegando al interior a través de los árboles desnudos creaba un efecto invernadero tal que estar en ciertas zonas se hacía muy incómodo – se habría estado mejor en la casa sin los cerramientos de vidrio.

[P. 118] Cuando Philip Johnson dice que la casa no es un ambiente controlado, sin embargo, no son estos aspectos de los cerramientos de vidrio los que tiene en mente, sino que «cuando hace frío me tengo que acercar al fuego y cuando ya tengo demasiado calor me alejo». Lo que ocurre es que está simplemente aprovechando el fenómeno del fuego de campamento (también pretende que el suelo calefactado no hace que toda la superficie sea habitable, que sí que lo hace) y en todo caso, ¿a qué se refiere con un ambiente controlado? No es lo mismo que un ambiente uniforme, es sencillamente un ambiente adecuado a lo que vas a hacer a continuación, y ya construyas un monumento de piedra, te alejes del fuego o enciendas el aire acondicionado, se trata del mismo gesto humano básico.

[Conclusión: en contra del monumento]

Sólo que el monumento es una solución tan pesada que me asombra que los estadounidenses estén todavía dispuestos a usarla, si no es por alguna profunda sensación de inseguridad, una incapacidad persistente de deshacerse de los hábitos mentales que querían dejar atrás escapando de Europa. En la sociedad de fachadas abiertas, con su movilidad social y personal, su intercambiabilidad de componentes y personas, sus aparatos y su flexibilidad casi universal, la persistencia de la arquitectura-como-espacio-monumental podría parecer la evidencia del sentimentalismo de los duros.

N. del T.: El significado de este final se me escapa y parece algo anticlimático. Quizá tenga que ver con que Banham consideraba la sociedad californiana en particular como excesivamente romántica.

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Referencias varias

Versión en inglés PDF con ilustraciones: https://studio4postindustrial.files.wordpress.com/2011/04/banham-home-is-not-a-house-1.pdf

Ilustraciones de François Dallegret: https://socks-studio.com/2011/10/31/francois-dallegret-and-reyner-banham-a-home-is-not-a-house-1965/

Otra versión en esp: https://pablomadridra.wordpress.com/2012/11/25/a-home-is-not-a-house-traduccion-al-castellano/

Otra versión más en esp en: Almudena Ribot, Gaizka Altuna Charterina & Diego García-Setién (editores), Prototipar. Cómo industrializar casi cualquier cosa, Colaboratorio, Madrid; p.78-88

Vinciane Despret, «A la salud de los muertos», un comentario

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Portada de A la salud de los muertos. Relatos de quienes quedan, edición de La Oveja Roja y fotografía de la autora, Vinciane Despret.

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Selección y comentario de José Pérez de Lama

Reseña de: Vinciane Despret, 2022 [2015], A la salud de los muertos: relatos de quienes quedan, La Oveja Roja, Madrid

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Extraño libro que me mantuvo intrigado, aunque en general me decepcionó.  O quizá era eso lo que pretendía la autora, que los lectores construyeran su contra-lectura… con sus propias experiencias y percepción sobre cómo mantenemos vivos a los muertos, sus diversos «modos de existencia» — Latour dixit — …

Ya decía Marx en el Brumario «La tradición de todas las generaciones muertas gravita como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos”.» Y por el lado positivo, entre otros muchos podemos citar a Newton, «vemos tan lejos porque estamos sobre hombros de gigantes», por mencionar dos historias conocidas. Los muertos, si bien de otro modo, continúan existiendo y afectando a los vivos, — eso dice Despret –. Y ocurre también,  y lo vemos cotidianamente, que la acción de los vivos también «afecta» al modo de existencia con que continúan presentes los muertos: les hace justicia, completa o destruye sus obras, o sus intenciones, desarrolla o reinterpreta sus pensamientos, reordena su recuerdo…

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Lo arriba expuesto es lo que la autora explica en la parte inicial del libro, y me resulta lo más interesante, en las formas relativamente más convencionales en que cuenta cómo sucede: gente que sigue conversando con sus muertos, que les escribe cartas, que los recuerda en ciertos lugares y circunstancias… Una amiga, Queti Naranjo, comentando sobre el libro me decía que siempre que está guisando y poner laurel se acuerda de su madre; ayer yo tuve un intenso recuerdo de mi padre al encontrar un sitio de desayuno dominical donde ponían unos churros maravillosos, algo que era una fiesta para él, como lo es para mí.

Una de las argumentos del libro efectivamente es en contra de la vigente teoría del duelo, que si no entendí mal, la autora califica de freudiana, según la cual un duelo saludable es el que se supera y permite olvidar al difunto. En contra de esto Despret defiende y expone otras prácticas de duelo que tendrían que ver con cultivar el recuerdo de una manera no dolorosa, o en la que el dolor no es la más importante; — al contrario, serían prácticas que hacen por mantener la presencia, la salud, de los muertos.

Hay varios temas, «diagonales» los llamaría, que en el desarrollo del libro parece que interesan más a la autora que lo que enuncia de partida, y que esto de los muertos le permite explorar. Uno sería una interpretación pragmatista de ciertos comportamientos «irracionales», quizás el más destacado. Y en cierto modo, a mí que soy persona racional y que me interesaba lo planteado inicialmente, es lo que me fastidió del libro: la mayor parte se dedica a cosas como las presencias tipo fantasmas o apariciones, los sueños, el espiritismo, ciertas prácticas populares de religiosidad… que en general me parecen formas extravagantes de hacer presentes a los muertos, frente a otras mucho más comunes y por eso, para mí, más interesante. La aproximación de Despret a estas «prácticas irracionales», no obstante, es interesante: trata de evitar las explicaciones y se centra en los efectos, en cómo generan y afectan los modos de existencia otro de los muertos, la continuidad de su presencia entre los vivos.

Una segunda cuestión, compleja para mí, sería la de una especie de «neoanimismo» — en la línea latouriana de las cosas que son actores en la medida que afectan lo que acontece.

Una tercera sería la de su interés por el contar historias o relatos, en este caso como manera fundamental por la que se mantienen presentes, y en cierto modo vivos, los que ya no están. Un contar historias que no sería mapa sino territorio, que sería la experiencia misma de la presencia. Un tema muy de mi interés que ando tratando de escribir sobre mi padre, sus padres y otros temas familiares en esta línea de mantener la presencia, cuidar la memoria… Dejo para acabar cita sobre esto de Despret, de las últimas páginas del libro. Los relatos son las experimentaciones donde se fabrica el ser, dice la autora.

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Cita larga del libro, pp. 175 y sigs.

[Sobre muertos y contar historias]

[…] el movimiento que imprime el relato. B. se basa en un presupuesto no cuestionado; que estas historias [las historias sobre muertos, presencias…] tiene la función de describir algo que sucedió. Conozco [sin embargo] pocas historias que correspondan a esta definición. Las historias hacen, y hacen que algo suceda. Crean. Son sensibles y conmueven. Hacen existir cosas y mundos.

Asumir que las historias describen acontecimientos […] es imaginar [p. 176] a las personas en la misma postura que asumen quienes las interrogan [antropólogos, investigadores], que van a describir y pensar a partir de descripciones. Por supuesto, en eso consiste su labor de investigación, al igual que consiste en no confundir el mapa y el territorio, sus descripciones y lo que éstas describen, las historias que ellos fabrican y eso a partir de lo cual lo fabrican. Pero aquí no hay mapa, la historia es el territorio.

[…] Las historias mantienen presente la presencia, mantienen vivo al muerto. Las historias insisten en su reformulación. Re-suscitan vacilaciones. Son performances.

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Por lo tanto, la historia que permite fabricar una presencia no relata el acontecimiento, la historia mismo es un acontecimiento. Se vive esa presencia, se la revive, es decir también, se la revivifica. Contar este tipo de historias compete a las artes de la experimentación. Los que escriben para descubrir o explorar lo que piensan, saben que la escritura es del mismo material que el pensamiento. […] Los relatos no están «después» de la experiencia, son plenamente parte de ella. Comienzan con ella, prolongan las vacilaciones y las reactivan. […] la historia es del mismo material que la experiencia. Se trata de un mismo lienzo que se pliega y se despliega al mismo ritmo.

Los relatos cultivan el arte de prolongar la experiencia de la presencia. Es el arte del ritmo y del pasaje entre varios mundos, el arte de hacer sentir varias voces. Vacilar, caminar en el medio, un verdadero medio, no el de una línea, sino el de líneas múltiples.

[P. 177] […] su forma de eficacia […] consiste en hacer sentir, es decir, en hacer existir. […] Son enunciados que actúan, o más precisamente, son relatos que transmiten las presencias que afectan y que hacen actuar. Daniel Bensaid escribía: «Los muertos convocan a los vivos para que despierten a los muertos». Aquí comienza y se prolonga un relato, Por el medio.

[P. 178] […] convocan siempre otras versiones; son deseos de continuar, deseo de otras historias, deseo de vitalidad, encantamiento. Estas historias no encantan el mundo, como se dice a menudo, sino que se resisten a su desanimación. No luchan contra la ausencia, sino que componen con la presencia. En sus mismas formas, en la enorme inventiva de sus formas. Los relatos que hacen hacer los muertos son historias sin fin, deliberadamente sin fin, siempre pueden volver a abrirse; reformulaciones. Son historias que acogen, que toman nota de algo que hace pensar, lo cual quiere decir dudar y fabular. Activamente. Los relatos son experimentaciones. Son los talleres donde se fabrica el ser.

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Hacer collage, según Antonio Lafuente

Imagen: Man Ray, ca. 1920, Dancer-Danger, collages fotográficos.

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Selección y comentario de José Pérez de Lama del libro de Antonio Lafuente, 2022, Itinerarios comunes. Laboratorios ciudadanos y cultura experimental, NED ediciones, Madrid, pp. 13-15

Leyendo a mitad de camino el libro del querido Antonio Lafuente, con su admirable índice: Componer, Experimentar, Comunalizar y Cuidar, en el que podría decirse que recoge sus años de experiencia y reflexión sobre el Media Lab Prado y por extensión los laboratorios ciudadanos.

Se pregunta uno, que también ha sido «acompañante teórico» de proyectos de acción, hasta qué punto estas teorizaciones son particulares de Lafuente, forman parte de una conversación práctica con otros participantes en el proyecto o representan efectivamente el pensamiento colectivo del proceso.

Reproduzco una de las entradas del libro como muestra, que me gustó particularmente, por su relación con «lo compositivo», hacer collage sería parecido a hacer mapa o rizoma en otros sistemas, componer agenciamientos o ensamblajes, y cosas de ese orden. O eso me parece.

Espero que este fragmento sirva entre otras cosas para que los/as posibles lectores se animen a continuar con el libro.

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Colla(ge)borar, por Antonio Lafuente

Habitamos un mundo manifiestamente mejorable y es normal que intentemos cambiarlo. No sorprende, por ejemplo, que queramos liberarlo de los muchos prejuicios de raza, de clase, de género, de cultura o de edad. No es raro entonces que deseemos «lavarlo» y «hacer colada», en su expresión literal y en la figurada. Tenemos que hacer collage.

Comentario: Usa Lafuente aquí un juego de palabras entre colada – poner cola, encolado, quizás, y colada de lavar la ropa – pero no estoy muy seguro que que funcione bien… Collage en francés sería encolado, de poner cola, colle, pegar…

«Hacer la colada» es también un juego que desafía el orden estético, simbólico y político heredado o que promueven las elites dominantes. Hacer collage es conectar cosas que nunca estuvieron juntas, hacer visibles mundos imaginados, ensayar en otro orden posible, iniciar un relato inaudito, suspender los significados normalizados: hacer volver a ver, no tanto en el sentido de revisar, como en el de renacer.

Más allá de una acción individual, el collage nos invita a colaborar porque necesitamos juntar cosas que fueron separadas por decisiones administrativas, estéticas, políticas o epistémicas. Tal vez queramos otras configuraciones menos funcionales, o quizás sea que nos atrae lo desconocido, lo marginado, lo minúsculo, lo desechado, lo irregular, lo inútil: el hecho es que necesitamos acercarnos a otros mundos o al mundo de otras personas si queremos experimentar con la diferencia, limpiarnos los ojos y ensanchar nuestra sensorialidad. ¡Hagamos colada!

Los materiales del collage pueden ser muy variados: cosas improvisadas que ignorábamos, cosas imaginadas que se hacen reales, cosas que unen experiencias comunes, cosas que existieron o fueron abandonadas, cosas futuras, cosas prometidas o indescifrables, cosas guardadas o cosas encontradas. Caben las cosas que tienes o no tienes, como también las que conoces o ignoras, las que deseas o abo- [p. 44] minas, las que sueñas, las que barruntas y las que son mistéricas. En un collage pueden entrar las cosas más vulgares y las más extraordinarias, los secretos, las profecías, los versos y todas las otras máquinas que nos rodean. En efecto, nada puede ser más abierto e inclusivo que un collage. Nada puede ser más creativo ni más político (Adamowicz, 1998).

Nada puede ser tampoco más sencillo. Se puede hacer «colada» en el colegio y en todos los espacios convivenciales. Más aún, se debe. Es un juego y basta con jugar. Para ello les pedimos a los que participan que cada uno traiga una cosa que le importe mucho, porque le trae recuerdos o tiene algún valor. También valdría traer el más insignificante de los objetos que posea porque está harto de su presencia o de su irrelevancia. En fin, nuestro juego tiene reglas fáciles de recordar.

Una vez que ya contamos con los objetos, pasamos a la segunda parte: jugar con otros. Es decir, mezclar nuestras cosas, trenzarlas y despersonalizarlas. Ponerlas en red.

Y al remezclarlas surgirán alternativas, se abrirán posibilidades, emergerán significados (Yuen, 2016).

El primer paso entonces puede ser crear un relato que explique ese encuentro, tropezón o avistamiento. Hacer collage entonces es una forma de inventar historias. El relato en el collage es importante porque nos muestra maneras de (re)presentar el mundo mediante objetos contingentes, situados, propios. Inventamos historias e historias que nos inventan, Inventamos [a] un nosotros (Yurkievich, 1984).

Cada una de las cosas escogidas y aportadas al collage conecta con nuestro inconsciente y al mezclarlas dan vida a un nosotros emergente; es decir, contamos una historia que parte de lo personal, pero que el proceso transforma en «colla(ge)borativa». Colla(ge)borar es un juego sin reglas. Podemos [no] descubrir nada y divertirnos poco. Depende de la actitud y de la situación. A veces, conviene aceptar nuestra mediocridad y no exigirnos demasiado. Pero nada nos impide ponernos juguetones, especulativos o desafiantes. Nadie nos obli- [p. 45] ga a ser convencionales y previsibles. Podemos arriesgar una hipótesis improbable o una combinación de objetos absurda. Podemos ser absurdos como nuestro inconsciente, imprevisibles como la fortuna o mágicos como los músicos de una jam session. También podemos ser tenaces como las hormigas, solidarios como los donantes o confiados como los niños. Podemos, en fin, ser colla(ge)borativos.

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Donna Haraway: sobre el exceso de la crítica y la crisis ecológica

Fabrizio Terranova (guion & dirección), 2020, Donna Haraway: Story Telling for Earthly Survival [vídeo, disponible con subtítulos en español en: https://lalulula.tv/cine/100076/donna-haraway-cuentos-para-la-supervivencia-terrenal%5D

Fragmento sobre la parálisis inducida por los excesos de la crítica. Mins. 49.11 hasta 54.40. [transcripción]

Selección y traducción de José Pérez de Lama

Todo el fragmento es Donna Haraway hablando a la cámara o al director.

No tengo alternativa, no tenemos alternativa, el Antropoceno ha aparecido. Es una palabra suficientemente buena, hay mucho trabajo. Yo lo habría hecho diferente, mala suerte. ¿Qué más da? [jajaja, se ríe] En serio ¿qué más da? Trabajamos con lo que tenemos. Y hay lugares en los que trabajar en los que esta terminología, estos aparatos y esos modelos son realmente importantes. Aunque quizás lo estén haciendo demasiado grande, demasiado importantes. Siempre estos relatos – Antropoceno, Capitaloceno, lo-que-sea-ceno – siempre se hacen demasiado grandes, y en el momento en que se hacen demasiado grandes, actúan como si se apoderasen de todo.

Y si vamos a cambiar el relato [the story, la historia] no podemos hacer eso. Yo propuse el Chthuluceno, bueno, y eso era en cierto modo una broma, porque eso también amenaza también con hacerse demasiado grande.

Entonces Isabelle [Stengers] aquí [se pone las gafas para leer unos papeles] me hace esta provocación. Ella y Philippe Pignarre y otros, ella está muy preocupada por la manera en que el capitalismo y la crítica del capitalismo y la crítica del capital nos hacen estúpidos. Y nos hacen estúpidos de una manera particular. Nos hacen creer que no hay ninguna otra cosa posible en el mundo. La clase de estupidez que viene de la constante repetición, cada vez más nueva, cada vez más inteligente, al minuto, la última versión de la crítica del capital. La más inteligente posible, sabes, ¡realmente buena! [risas] El marxismo que realmente nunca abandonaré. Me niego a abandonarlo –Bruno dice que no nos hace falta– pero yo creo que sí que necesitamos el marxismo, y también muchas otras cosas. Pero cómo hacerlo parte de lo que sumamos al juego del cordel [cat’s cradle]? ¿De una forma inteligente?

Porque la cosa estúpida es quedarse tan hipnotizado [mesmerized, embobado] con el último y más brillante análisis del capital que perdemos todo el sentido de lo que es realmente importante en el mundo. Y la razón para hacer este importante trabajo analítico es aprender a contar otra historia. Y aprender como contribuir al trabajo de aquellxs que ya están historiando de otra manera [storying otherwise, contando].
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La único que puede hacerse en el mundo que habitamos es rebelarse [to revolt]. Es como Emily Carr [*], es una insurrección. Una insurrección que rechaza … que rechaza la parálisis de la crítica, que el mundo está acabado, porque sabemos cómo funciona. «Y tú eres estúpido, porque no sabes cómo funciona. Y eres sólo un activista. O una bruja o lo que sea. [min 52.00] Sólo crees en todas esas cosas estúpidas… […] Nosotros sabemos cómo funciona el mundo de verdad» … Esa clase de arrogancia, la arrogancia de los scholars, de los intelectuales. Nuestro veneno … con el que envenenamos aquello mismo que estamos haciendo. Pensamos que estamos contribuyendo a construir una historia diferente y estamos llenando de veneno con nuestro … ser más listos que todos los demás, con la versión última de nuestra teoría.
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Tenemos que practicar la guerra. Tenemos que estar a favor de unos mundos y no de otros. Estamos en contra de algunas maneras de hacer el mundo. Estamos verdaderamente en contra de construir el oleoducto de Keystone [**], y de chupar la tierra hasta dejarla seca de combustibles fósiles. Y muchas otras cosas. Es muy importante estar en la revuelta. A favor de ciertos modos de vida y no de otros. Es una clase de guerra entre mundos, pero es una guerra de mundos como parte de una proposición [***] de paz, de una proposición arriesgada.

Entonces, creo que hay un desplazamiento, que hay un desplazamiento en el mundo, y tenemos un poco de tiempo. «Nosotros» –«nosotros» [hace un gesto con las manos sugiriendo un nosotros más amplio]– estamos viviendo un período de tiempo –corto o largo, no lo sé – No es algo instantáneo, pero puede que no sea largo. Hay un poco de tiempo para hacer una diferencia, puede que no demasiado. Después del cual las consecuencias, lo que hemos provocado, no sólo nosotros en el sentido humano, sino significativamente … ah … No se, no es el «anthropos». De verdad pienso … no es sólo el capitalismo, por supuesto, no es sólo el capitalismo. Pero mientras podamos tener un solo nombre, sabes, los últimos 500 años de dejar la tierra seca … convirtiéndola en recurso para extracción como riqueza en forma de capital. Es un análisis bastante bueno [risa breve] de lo que los últimos 500 años han hecho a esta mundo. Y tenemos un poco de tiempo para «heredar las consecuencias» [hacernos cargo de]. Y tenemos [no se entiende] para ver si la paz es posible.

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Notas

* https://en.wikipedia.org/wiki/Emily_Carr

** https://en.wikipedia.org/wiki/Keystone_Pipeline

*** Uso «proposición» en la traducción porque DH ya lo usó anteriormente como término filosófico que atribuye a A.N. Whitehead y que se refiriría a algo que no existe pero es posible que pudiera llegar a existir.

Walter Benjamin: sobre fantasmagorías y flâneurs

Walter Benjamin, hacia la dé cada de 1930. Fuente: parisinstitute.org

Traducción y comentarios de José Pérez de Lama; recordando a mi abuela Lolita que llamaba flanear a ir a pasear viendo escaparates y haciendo algunas compras

Traducción del inglés de unos fragmentos de Paris, capital del siglo XIX (versión de 1939). En construcción.

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De la Wikipedia: https://en.wikipedia.org/wiki/Paris,_Capital_of_the_19th_Century

«En París, capital del siglo XIX Walter Benjamin trata de la co-evolución de arquitectura, planeamiento urbano, formas artísticas y subjetividades».

«Al final de los años 20, WB empezó a recopilar materiales e ideas sobre la historia de la emergencia del capitalismo urbano de la mercancía (urban commodity capitalism) en París en torno a 1850 (un estudio que se transformó posteriormente en el Proyecto de los Pasajes [Das Passagenwerk].»

«París, capital del siglo XIX está organizado en seis secciones: (1) Fourier o los pasajes; (2) Daguerre o los panoramas; (3) Grandville o las exposiciones mundiales; (4) Luis Felipe o el interior; (5) Baudelaire o las calles de París; (6) Hausmann o las barricadas. Cada título de capítulo empareja una figura importante de la historia de la ciudad con una innovación contemporánea de la arquitectura propia de París.»

En la «exposición» de 1939, las seis secciones son precedidas por unos párrafos sobre la fantasmagoría que caracterizarían la modernidad urbana. Fantasmagorías eran las proyecciones de sombras y luces que se pusieron de moda en los siglos anteriores… una especie de protocine.

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Paso a traducir esta introducción sobre la fantasmagoría.

La historia es como Jano, tiene dos caras. Bien mire hacia el pasado, bien al presente, ve las mismas cosas. ~ Maxime du Camp, París, vol. 6, p. 315.

El objeto de este libro es una ilusión expresada por Schopenhauer con la siguiente fórmula: para capturar la esencia de la historia es suficiente comparar a Herodoto con el periódico de la mañana. Lo que se expresa aquí es un sentimiento de vértigo característico de la concepción de la historia del siglo XIX. Corresponde a un punto de vista de acuerdo con el cual el curso del mundo es una interminable serie de hechos congelados en forma de cosas [things]. El residuo [resultado] característica de esta concepción es lo que se ha llamado «Historia de la Civilización», la cual hace un inventario, punto por punto, de las formas de vida y creaciones de la humanidad. Las riquezas así amasadas en el erario de la civilización aparecen como si estuvieran identificadas para siempre. Esta concepción de la historia minimiza el hecho de que estas riquezas deben, no sólo su existencia, sino también su transmisión a un constante esfuerzo de la humanidad – un esfuerzo por el que, además, estas riquezas son extrañamente alteradas.

Nuestra investigación se propone mostrar cómo, como consecuencia de esta reificante representación de la civilización, las nuevas formas de conducta y las nuevas creaciones basadas en la economía y las tecnologías que debemos al siglo XIX entran en el universo de la fantasmagoría. Estas creaciones son objeto de esta «iluminación» no sólo de manera teórica, por transposición ideológica, sino también en la inmediatez de su presencia perceptible. Se hacen manifiestas como fantasmagorías. Así aparecen los pasajes –primer caso en el campo de la construcción en hierro; así aparecen las exposiciones mundiales, cuya conexión con la industria del entretenimiento [ocio] es significativa. También se incluye en este orden de fenómenos la experiencia del flâneur, que se abandona a sí mismo a la fantasmagoría del mercado. Correspondiéndose con estas fantasmagorías del mercado, donde la gente aparece sólo como tipos, están las fantasmagorías del interior, constituidas por la imperiosa necesidad del hombre de dejar la huella de su existencia privada e individual en los cuartos que habita. En cuanto a la fantasmagoría de la civilización misma, encontró su gran campeón en Hausmann y su manifestación expresa en la transformación de París.

Aún así, la pompa y el esplendor con que la sociedad productora de mercancías se rodea a sí misma, así como su ilusorio sentido de seguridad, no son inmunes al peligro; el colapso del Segundo Imperio y la Comuna de París se lo recuerdan. Durante el mismo período, el más temido adversario de esta sociedad, Blanqui, le reveló, en su último escrito, los terroríficos rasgos de la fantasmagoría. La humanidad aparece ahí como condenada. Todo lo nuevo que pudiera esperar resulta ser una realidad que ya ha estado siempre presente: y esta novedad tendrá tan poca capacidad de dotarla de una solución liberadora como una nueva moda es capaz de rejuvenecer la sociedad. La especulación cósmica de Blanqui transmite esta lección: que la humanidad estará presa de una angustia mítica mientras la fantasmagoría ocupe un lugar en ella.

Comentario:

Más o menos se entiende: se produce una confusión entre presente y pasado: el presente se sigue interpretando con esquemas del pasado: en esto consisten las fantasmagorías.. Los objetos del pasado no se interpretan de forma nueva – como parece plantear WB que debería ocurrir.

Las fantasmagorías, más literalmente, serían proyecciones de sombras y luces, ilusiones, que nos impiden ver las cosas «como son». Y tienen que ver, parece ser, con la historia.

La mención al mercado y la mercancía, a la «reificación» de los procesos históricos – ver los productos de la historia como «cosas» – me hace pensar en el discurso del fetichismo de la mercancía de Marx. También el final de Blanqui, con el tema de la novedad…

Aún así, no comprendo por qué da tanta importancia a este asunto… Y por qué no está expresado con mayor claridad.

Si la explicación fuera en la línea de lo que se cuenta en la de la Wikipedia se entendería mucho mejor: «Al final de los años 20, WB empezó a recopilar materiales e ideas sobre la historia de la emergencia del capitalismo urbano de la mercancía (urban commodity capitalism) en París en torno a 1850». Y «en París, capital del siglo XIX Benjamin trata de la co-evolución de arquitectura, planeamiento urbano, formas artísticas y subjetividades».

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Sigue a continuación la traducción de los párrafos sobre  sobre el flâneur.

Baudelaire o las calles de París

I

Para mí todo se convierte en alegoría. ~ Baudelaire, Le Cygne

El genio de Baudelaire, que se alimentan de melancolía, es un genio alegórico. Con Baudelaire París se convierte por primera vez en objeto de poesía lírica. Esta poesía del lugar es lo contrario a la poesía de la tierra. La mirada que el genio alegórico vuelve sobre la ciudad revela, en su lugar, una profunda alienación. Es la mirada del flâneur, cuya forma de vida esconde tras un espejismo benéfico la ansiedad de los futuros habitantes de nuestras metrópolis. El flâneur busca refugio en la muchedumbre. La muchedumbre es el velo que transforma, para el flâneur, la ciudad familiar en fantasmagoría. La fantasmagoría en que la ciudad aparece ahora como paisaje, ahora como habitación, parece haber inspirado más tarde la decoración de los grandes almacenes, que ponían así a trabajar la flânerie para producir beneficio. En cualquier caso, los grandes almacenes son el nicho definitivo de la flânerie.

En la persona del flâneur, la intelectualidad se familiariza con el mercado. Se rinde al mercado pensando que está tan sólo mirando, aunque de hecho está ya buscando un comprador. En este estado intermedio, en el que aún tiene mecenas pero empieza a plegarse a las demandas del mercado (en la forma del folletín), constituye la bohème. La incertidumbre de su posición económica se corresponde con la ambigüedad de su función política. Esta última se manifiesta especialmente en la figura de los conspiradores profesionales, que son reclutados entre la bohème. Blanqui es el más destacado representante de este grupo. Nadie en el siglo XIX tuvo una autoridad revolucionaria comparable con la suya. La imagen de Blanqui pasa como un relámpago por las Litanías de Satán de Baudelaire. Sin embargo, la rebelión de Baudelaire es siempre la de un hombre asocial: está en un impasse. Su única comunión sexual es con una prostituta.

II

Eran los mismos, se habían levantado del mismo infierno,
aquellos gemelos centenarios. ~ Baudelaire, Les sept viellards

El flâneur juega el papel del explorador en el mercado. Como tal también es el explorador de la muchedumbre. En el interior del hombre que se abandona a ella, la muchedumbre inspira una especie de ebriedad, una que es acompañada de unas ilusiones muy específicas: el hombre se satisface a sí mismo cuando al ver a alguien que pasa arrastrado por la muchedumbre lo clasifica precisamente, viendo directamente a través de los pliegues más profundos de su alma – todo sobre la base de la apariencia externa. Las fisiologías de la época abundan en la evidencia de esta singular concepción. La obra de Balzac ofrece excelentes ejemplos. Los típicos caracteres vistos al pasar producen tal impresión en los sentidos que uno no puede sorprenderse de que la curiosidad resultante empuje a ir más allá para captar la especial singularidad de cada persona. Pero la pesadilla que corresponde a la ilusoria perspicacia del mencionado fisonomista consiste en ver rasgos distintivos – rasgos propios de la persona – que se revelan como nada más que elementos de un nuevo tipo: de manera que en el análisis final la persona de la mayor individualidad termina por ser el espécimen de un cierto tipo. Esto apunta a una fantasmagoría angustiosa [agonizante] en el corazón de la flânerie. Baudelaire la desarrolla con gran fuerza en Les sept viellards, un poema que trata de las siete apariciones de un viejo de aspecto repulsivo. El individuo, presentado como si fuera siempre el mismo en su multiplicidad, da testimonio de la angustia del habitante de la ciudad que es incapaz de romper el círculo mágico del tipo incluso cultivando las más excéntricas peculiaridades. Baudelaire describe la procesión como «infernal» en su apariencia. Pero la novedad a la búsqueda de la que estuvo toda su vida consiste nada más que en esta fantasmagoría de lo que es «siempre lo mismo». (La evidencia que uno podría citar para mostrar que este poema transcribe los sueños de un comedor de hachís de ningún modo debilitan esta interpretación.)

III

¡Profundizar en los Desconocido para encontrar lo nuevo! ~ Baudelaire, Le Voyage

La llave a la forma alegórica en Baudelaire está ligada al significado específico que la mercancía adquiere en virtud de su precio. La singular desvalorización [debasement] de las cosas a través de su significado, algo característico de la alegoría del siglo XVII, se corresponde con la desvalorización de las cosas a través de su precio como mercancía. Esta degradación de la que las cosas son objeto al poder ser tasadas como mercancías es contrarrestada en Baudelaire por el inestimable valor de la novedad. La nouveuauté representa aquel absoluto que no es accesible a interpretación ni comparación alguna. Se convierte en la última trinchera del arte. El poema final de Les fleurs du mal: Le Voyage, «Muerte, viejo almirante, leva anclas ya». El viaje final del flâneur: la muerte. Su destino: lo nuevo. La novedad es una cualidad independiente del valor de uso de la mercancía. Es la fuente de la ilusión de la que la moda es incansable proveedora. El hecho de que la última línea de resistencia del arte coincida con la línea de ataque más avanzada de la mercancía – esto habría de mantenerse velado a Baudelaire.

Spleen e idéal – en el título de este primer ciclo de poemas en Les fleurs du mal, el préstamo léxico más antiguo de la lengua francesa se unía al más reciente. Para Baudelaire no hay contradicción entre los dos conceptos. Reconoce en el spleen la última transfiguración del ideal; el ideal le parece la primera expresión del spleen. Con este título, en el que lo supremamente nuevo se presenta al lector como lo «supremamente antiguo», Baudelaire ha dado la forma más viva a su concepto de lo moderno. El eje de toda su teoría del arte es la «belleza moderna», y para él la prueba de modernidad parece ser ésta: estár marcada por la fatalidad de ser un día antigüedad, y esto lo revela a cualquiera que asista a su nacimiento. Aquí nos encontramos con la quintaesencia de lo imprevisto que para Baudelaire es una cualidad inalienable de lo bello. La misma cara de la modernidad estalla con su mirada inmemorial. Aquélla era la mirada de Medusa para los griegos.

Comentario:

En la primera sección Fourier y los pasajes también sale el flaneur, paseante que habita los pasajes. Y el falansterio de Fourier se describe como una composición de pasajes. La combinación de ambas cosas me hace recordar a los situacionistas, y la New Babylon de Constant.

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Referencias

Walter Benjamin [traducción de Howard Eiland & Kevin McLaughlin], 1999, The Arcades Project, The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge Londres

Córdoba, número y forma (un poema… quizás)

Nenúfares y calas en el estanque del patio de entrada del palacio renacentista de los Páez de Castillejo (Museo Arqueológico), Córdoba . Fotografía del autor, 2022.

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José Pérez de Lama

Encontré en las notas del móvil esto que escribí hace unos meses y que al releerlo no me disgustó. Trata de un mediodía de paseo por Córdoba el pasado mayo. Uno no se considera poeta, desde luego, pero… creo que sí que funciona como recuerdo de aquella bonita ocasión. Siguen «los versos»:

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Anduve por Córdoba / y quedé embelesado, / una vez más,/ con las macetas en el agua / –calas y nenúfares– / en el antiguo palacio renacentista.

Boceto del autor de uno de los capiteles del patio de la Mezquita hecho «el día de autos».

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Para abstraerme de las multitudes / de turistas como yo, / hermanas, pero algo bárbaras / –y a veces incluso vulgares… para el gusto / de este poeta y dibujante aficionado–, / me puse a medir / con mi propio cuerpo / el patio de la Mezquita; / a contar ladrillos; pies y medios pies, tablas y testas / –lápiz y cuaderno en mano– / tratando de descifrar / las proporciones, patrones y ritmos / del paraíso.

Y durante algunas horas, / a la deriva entre el sol ya tan alto de mayo / y la sombra demasiado débil de naranjos y palmeras / y los reflejos ondulados del agua, / en medio de la muchedumbre / estuve solo / en el mundo mágico del número: / 1, 2… 3, 4, 5… 8… 12… / y la forma: / la altura de la parte baja del capitel / es –me parece– / igual al diámetro superior de la columna.

O / el fuste de la columna / termina en una curva tan delicada, / que, sin duda, / habría seducido al capitel / de haber sido una y otro / orquídea y abeja.

Y durante algunas horas / me sentí, a la vez, / en medio de la turba / y solo / en el mundo mágico del número y la forma, / de los patrones que entrelazan la naturaleza / y los sencillos materiales / de este arte modesto / a la vez que extraordinario, / entre el jardín y la arquitectura.

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Sobre políticas de la naturaleza según Latour (y el ficus de San Jacinto en Sevilla)

Imagen: verano de 2022 en Sevilla, España. Por un lado (izqda) vecinas y activistas trataban de defender un ficus centenario en el barrio de Triana; por el otro (dcha), el párroco de la iglesia con el apoyo del Ayuntamiento comenzó su tala, pero finalmente tuvieron que pararla… Fotografías de la red en defensa del ficus publicadas en redes sociales durante las acciones de resistencia.

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Traducción y comentarios de José Pérez de Lama – entrada en construcción

[El texto de Latour en negro, mis comentarios en color.]

Politics of Nature (2004), Políticas de la naturaleza, es quizás el libro más famoso de Bruno Latour junto con el Nunca fuimos modernos (1993). Politics of Nature desarrolla parte de los argumentos de Nunca fuimos... Una creo buena reseña de este último puede leerse en este mismo blog.

Diría que Politics tiene dos aspectos principales. Uno es una crítica de las relaciones entre Ciencia – en lugar de ciencias -, política y poder. Esta crítica la veo en una línea de pensamiento muy francesa, en la que podría estar Ellul, Latouche, Virilio probablemente, y buena parte de la cultura hacker de aquel país en la década de 2000: entre éstos mi colega Ewen Chardronnet que comisarió el primer proyecto de WikiPlaza (París, 2009). En esta línea también me parece que hay pensadores norteamericanos como Mumford o Bookchin, y cosmopolitas como Iván Illich. El subtítulo del libro, Cómo llevar las ciencias a la democracia, es explícito en este sentido. La crítica particular de Latour también la sitúo dentro de las llamadas Science Wars de finales del siglo XX.

El segundo aspecto, ya que estamos, es la propuesta de una nueva Constitución -la llama así Latour- en que se reorganizarían los papeles de la política y las ciencias, la economía, la moralidad, el Estado… para hacer posible un mundo más democrático, y con capacidad de abordar más eficazmente problemas complejos como los del cambio climático. Este aspecto, que constituye la mayor parte del libro, suena a veces a ciencia ficción especulativa; otras a «arbitrismo» barroco… Como ocurre con frecuencia, al menos a mí, me resultan más interesantes las preguntas que el texto nos hace plantearnos que las soluciones más concretas que propone. Aunque en realidad parte de estos procesos descritos por Latour, dice, y uno está de acuerdo, son maneras de funcionar el mundo que ya existen, pero que no tienen el reconocimiento formal que el autor querría establecer.

Como no sabía cómo hacer la reseña de este libro tremendamente articulado, casi al estilo cartesiano diría uno, opté por traducir un capítulo final en que Latour escribe un resumen de sus ideas, que en algún momento llama «una chuleta para los lectores vagos o con poco tiempo».

Como se verá en este resumen-chuleta, la claridad no es una virtud de Latour, lo cual me sorprende considerando que se trata de un texto con la teórica ambición de cambiar el sistema de gobierno en Occidente, y que uno imagina debería tratar de convencer a lxs lectorxs. Para tratar de paliar un poco lo que me parece desafortunada oscuridad iré comentando tras los bloques del texto de Latour, aunque no sé hasta qué punto podrá servir de ayuda. En estos comentarios recordaré algunas cuestiones de la reciente controversia sobre la tala del ficus centenario de San Jacinto (Triana, Sevilla), que a mi juicio pone en práctica este nuevo estilo de democracia para actores humanos y no-humanos que Latour trata de indagar.

Es posible que todo esto no sea más que un entretenimiento «académico». Pero, bueno, hay gente como yo a la que efectivamente entretienen estas cosas. La importante, en todo caso, es que con teoría alambicada o sin ella en el caso del ficus centenario las redes ciudadanas construyeron un interesante poder y lograron que el árbol continúe en pie y con vida…

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Bruno Latour [translated by Catherine Porter], 2004, Politics of Nature. How to Bring the Sciences into Democracy, Harvard University Press, Cambridge

Notas de trabajo & traducción: septiembre de 2022
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Políticas de la naturaleza. Cómo traer las ciencias a la democracia

Traducción y comentario del Sumario del argumento (para lectores con prisa…) (pp. 231-235)

Nota introductoria de BL: Aparecen en cursiva los títulos de la tabla de contenidos del libro; marcados con asteriscos los términos que se recogen en el glosario [también en el libro].

Introducción:

Este libro es un trabajo de filosofía política de la naturaleza, o epistemología política. [El trabajo] se pregunta qué podemos hacer con la ecología política (p. 1). Para responder a esta pregunta no es suficiente con hablar de naturaleza y de política; también tenemos que hablar de ciencia. Pero aquí es donde aprieta el zapato: el ecologismo no puede ser sólo la introducción de la ecología en la política, puesto que no sólo la idea de naturaleza sino también la de política, por contraste, dependen de una cierta concepción de la ciencia. Tendremos así que reconsiderar tres conceptos a la vez: polis, logos y physis.

Latour plantea que las actuales relaciones entre Ciencia y política, entre naturaleza y sociedad, dificultan las posibilidades de abordar los problemas de gobierno y democracia de la actualidad. Piensa uno en  la emergencia climática. Propondrá una nueva relación entre polis (política), logos (ciencias) y physis (naturaleza).

Capítulo 1:

¿Por qué la ecología política debe separarse de [liberarse de, abandonar] la naturaleza? (p. 9). Porque la naturaleza no es una esfera particular de la realidad sino el resultado de una división política, de una Constitución* que separa lo que es objetivo e indisputable de lo que es subjetivo y disputable [discutible]. Para implicarnos en ecología política, entonces, antes que nada tenemos que salir de la Caverna (p. 16), distinguiendo Ciencia del funcionamiento práctico de las ciencias*. Esta distinción nos permite hacer una segunda [distinción], entre la filosofía oficial del ecologismo por un lado y las múltiples [florecientes] prácticas [del ecologismo] por otro. Mientras que la ecología se asimila a cuestiones sobre la naturaleza, en la práctica se centra en embrollos [imbroglios] que implican ciencias, moralidad, leyes y política. Como resultado, el ecologismo se sostiene, no sobre las crisis de la naturaleza, sino sobre las crisis de la objetividad (p. 18). Si la naturaleza* es una manera particular de totalizar [reconocer y sumar, asumir] los miembros que comparten el [un] mismo mundo común, haciéndolo en lugar de la política, entendemos con facilidad por qué el ecologismo marca el fin de la naturaleza (p. 25) en la política, y por qué no podemos aceptar el término tradicional «naturaleza», que fue inventado para reducir la vida pública a un limitado parlamento [rump]. Por supuesto, la idea de que la noción occidental de naturaleza es una representación social* históricamente situada se ha convertido en un lugar común. Pero no podríamos asumirla [la noción occidental de naturaleza] sin dejar de mantener la «política de la Caverna» – puesto que no hacerlo significaría distanciarnos aún más de la realidad de las cosas mismas que quedarían intactas en manos de la Ciencia.

Para dar su lugar a la ecología política, tenemos entonces que evitar los peligros [bajos, shoals] de la representación de la naturaleza (p. 32), y aceptar los riesgos de la metafísica. Afortunadamente, para este tarea nos podemos beneficiar de la frágil ayuda de la antropología comparativa [comparada] (p. 42). En efecto, ninguna cultura salvo la occidental ha usado la naturaleza para organizar su vida política. Las sociedades tradicionales no viven en armonía con la naturaleza: la desconocen [they are unacquainted with it]. Gracias a la sociología de las ciencias, a la práctica del ecologismo, a la antropología, podemos entonces entender que la naturaleza es sólo una de las dos casas [cámaras, parlamentos] de un colectivo* instituido para paralizar la democracia. La pregunta clave de la ecología política puede ahora ser formulada: ¿podemos encontrar sucesor [la sucesión] al colectivo [moderno] de las dos cámaras (p. 49), naturaleza y sociedad*?

La idea es que la noción occidental de naturaleza — y me gusta pensarla en relación con «naturalizar», lo que es objeto de las ciencias, lo que es objetivo, se constituye en una instancia de presunta verdad que deja muy poco espacio a la política: pensemos en los saberes económicos y tecnológicos… Esta parte del argumento es la que creo que me resulta más difícil. No ayuda que Latour prefiere no poner ejemplos. El argumento en realidad se desarrolla en bastante detalle en un libro anterior (1993) We Have Never Been Modern.

Capítulo 2:

Una vez dejada a un lado la naturaleza, surge otra pregunta –¿cómo reunir al colectivo? (p. 53)– que será el heredero de la vieja naturaleza y la vieja sociedad. No podemos simplemente reunir objetos* y sujetos*, pues la división entre naturaleza y sociedad no está hecha de tal manera que podamos ir más allá. Para escapar a estas dificultades para componer el colectivo (p. 67), tenemos que considerar que el colectivo está hecho de humanos y no humanos susceptibles de ser sentados [being seated] como ciudadanos, siempre que procedamos a un nuevo reparto [apportionment] de capacidades. La primera clase de división consiste en redistribuir la palabra [el habla, speech] entre humanos y no humanos, a la vez que aprendemos a ser escépticos respecto de todo tipo de portavoces (p. 62)– de aquellos que representan a humanos así como de los que representan a no humanos. El segundo reparto consiste en redistribuir la capacidad de actuar como actor social , mientras que consideramos solamente asociaciones de humanos y no humanos (p. 70). Es en estas asociaciones y no en la naturaleza en lo que tiene que centrarse la ecología. Esto no significa que los ciudadanos del colectivo pertenezcan al mundo del lenguaje o al mundo de lo social [y no al mundo de la real], pues, por medio de un tercer reparto, los sectores también son definidos por su realidad y recalcitrancia [carácter recalcitrante, persistencia, permanencia, terquedad] (p. 77). El conjunto de los tres repartos nos permite definir el colectivo en tanto que compuesto por proposiciones*.

Para convocar al colectivo ya no tenemos que interesarnos en la naturaleza y la sociedad sino solamente en saber si las proposiciones que lo componen están mejor o peor articuladas (p. 82). El colectivo según llegue a ser finalmente reunido permitirá una vuelta a la paz civil (p. 87), al redefinir la política como la composición progresista de un mundo común*.

La nueva forma de gobierno que propone Latour tendría como aspecto principal la incorporación como actores sociales de las asociaciones de humanos y no humanos; uno diría, que los sistemas socioténicos. De nuevo si pensamos en Internet o en las finanzas globales, dos de las fuerzas más potentes de la contemporaneidad, vemos que se trata de este tipo de asociaciones entre humanos y máquinas en este caso. Latour propone unos nuevos repartos para hacer esto posible: de la palabra, del reconocimiento en la acción, de la persistencia.

A estas nuevas formaciones Latour las llama «colectivos», de haber recolectado diferentes cosas que ahora veremos. Y lo que se reúne en el colectivo, que me parece otro punto clave, no son esencias, sino más sencillamente proposiciones, las proposiciones que articulan los elementos que componen las asociaciones…

Capítulo 3:

¿No iremos a encontrar en el colectivo la misma confusión a la que nos enfrentábamos con la abandonada noción de naturaleza? –esto es, una unificación demasiado prematura. En orden a evitar este riesgo vamos a perseguir una nueva separación de poderes (p. 91) que hará posible la rediferenciación del colectivo. Es imposible, por supuesto, volver a la vieja separación entre hechos [facts] y valores, pues esa separación sólo tiene desventajas, aunque parezca indispensable para el orden público. Hablar de hechos [facts] supone mezclar una moralidad [moral] que es impotente frente a los hechos establecidos con una jerarquía de prioridades que carece ya del derecho de eliminar hecho alguno. [Esa vieja separación] paraliza tanto a las ciencias como a la moralidad.

Restauramos el orden en estas asambleas si distinguimos otros dos poderes: el poder de tener en cuenta [tener en consideración] y el poder de poner en orden (p. 102). El primer poder retendrá de los hechos el requerimiento de la perplejidad*, y de los valores el requerimiento de la consulta*. El segundo [poder] recuperará de los hechos el requerimiento de la jerarquía*, y de los valores el requerimiento de la institución*. En lugar de la distinción imposible entre hechos y valores tendremos dos poderes de representación del colectivo (p. 108) que son a la vez distintos y complementarios. Aunque la relación hechos-valores parecía que nos daba seguridad, no nos permitía mantener las garantías esenciales (p. 116) que la nueva Constitución requiere mediante la invención de un estado de derecho [State of law] para las proposiciones. El colectivo ya no se construye a sí mismo como una sociedad dentro de una única naturaleza, sino que crea una nueva exterioridad (p. 121), definida como la totalidad de todo lo que ha excluido mediante el poder de poner en orden y que obliga al poder de tener en cuenta a volver al trabajo. La dinámica de la composición progresiva del mundo común difiere tanto de la política de los humanos como de la naturaleza bajo la vieja Constitución.

La Constitución o el parlamento se reorganiza para trabajar con proposiciones y construir el colectivo. Se organiza en dos casas o cámaras, la primera encargada del poder de tener en cuenta: quién estará incluido en el colectivo – por ejemplo, los árboles urbanos? La segunda es la encargada de poner en orden: a partir del trabajo de la primera, ¿qué quiere ser tenido en cuenta? o ¿qué debe o puede ser tenido en cuenta? – ¿qué jerarquía se establece? – es más importante la seguridad o la belleza, los turistas o la vida no humana?

Capítulo 4:

Ahora se hace posible definir las habilidades [skills] del colectivo (p. 128), siempre que previamente evitemos las disputas entre las dos «ecociencias» que nos harían confundir la ecología política con la economía política. Si la economía se presenta a sí misma como el sumatorio del colectivo, ésta usurparía las funciones de la ecología política y paralizaría simultáneamente las ciencias, la moralidad y la política, al imponer una tercera forma de naturalización. Pero una vez vaciada de sus pretensiones políticas, se convierte en un colectivo indispensable para el funcionamiento de la nueva Constitución, y cada uno de sus miembros, a través de la mediación de las habilidades individuales, una contribución individual al amueblamiento [furnishing] de las casas (p- 136). La contribución de las ciencias (p. 137) será mucho mayor que la [antigua] contribución de la Ciencia, puesto que soportará [bear] todas las funciones a la vez: perplejidad, consulta, jerarquía e institución, a las que tenemos que añadir el mantenimiento de la separación de poderes y la escenificación [representación] del conjunto*. La gran diferencia es que la contribución de los políticos (p. 143) se soportará también en las mismas seis tareas, permitiendo así una sinergia que era antes imposible, cuando la Ciencia se ocupaba de la naturaleza y la política de los intereses. Estas funciones se harán aún más realizables al añadirse las contribuciones de los economistas (p. 150) y las de los moralistas (p. 154), para definir un solar de construcción común (p. 161) que tomará el lugar del imposible cuerpo político del pasado.

Gracias a esta nueva organización las dinámicas del colectivo se está haciendo cada vez más clara. Se sostiene sobre el trabajo de las dos casas (p. 164), de las que la casa alta representa el poder de tener en cuenta, y la otra, la casa baja, representa el poder de organizar en orden de rango. La recepción en la casa alta (p. 166) no tiene nada que ver con el viejo triaje entre naturaleza y sociedad: se basa en dos investigaciones, la primera llevada a cabo para satisfacer el requerimiento de la perplejidad, y la otra para satisfacer el requerimiento de consulta. Si esta primera asamblea ha hecho un buen trabajo, hará la recepción por parte de la casa baja (p.172) mucho más difícil porque cada proposición habrá llegado a ser inconmensurable con el mundo común ya recolectado [collected, reunido]. Y aún así es aquí donde la investigación sobre las jerarquías* que son compatibles entre ellas debe empezar, junto con la investigación sobre la designación del enemigo* cuya exclusión será instituida por la casa baja mediante un procedimiento explícito. Esta sucesión de etapas hace posible definir una casa común (p. 180), un estado de derecho en la recepción de las proposiciones, que finalmente hacen que las ciencias sean compatibles con la democracia.

Esta nueva forma de organización política necesitará de nuevas habilidades. Ningún grupo -los científicos, los políticos, los economistas…- dominará al resto. Todos tendrán cosas que aportar. Me llama la atención cómo las diferentes tareas y funciones de la nueva Constitución se basarían para Latour en trabajos de investigación.

Capítulo 5:

Un colectivo cuyas dinámicas han sido redefinidas según lo visto ya no se encuentra a sí mismo enfrentado a la alternativas entre una única naturaleza y múltiples culturas. Tendrá así que reabrir la cuestión del número de colectivos mediante la exploración de mundos comunes (p. 184). Pero sólo puede empezar esta exploración si abandona la definición de progreso. Hay, en efecto, no una sino dos flechas del tiempo (p. 188); la primera, moderna, va hacia una cada vez mayor separación entre objetividad y subjetividad, y la otra, no moderna, va hacia asociaciones [attachments] cada vez más intrincadas. Sólo la segunda hace posible definir el colectivo por su curva de aprendizaje (p. 194) – siempre que añadamos a los dos poderes precedentes un tercer poder, el poder del seguimiento de los procesos [the power to follow up] que nos trae de manera renovada la cuestión del Estado (p. 200). El Estado de la ecología política está aún por inventar, puesto que ya no está basado en ninguna trascendencia sino en la cualidad del seguimiento del experimento colectivo. Es de esta cualidad, del arte de gobernar sin dominación [mastery], que dependerá la civilización capaz de poner fin al estado de guerra. Pero para hacer posible la paz, aún necesitaremos del ejercicio de la diplomacia (p. 209). El diplomático renueva el contacto con los otros, pero habiendo dejado de usar la división entre mononaturalismo y multiculturalismo*. El éxito de la diplomacia determinará que las ciencias estén en guerra o en paz (p. 217).

La negociación con el exterior del Colectivo, aquellos que la casa baja decide dejar fuera, será permanentemente revisable. Esta exclusión se hace de manera formal y de no manera más o menos subrepticia como ocurría en la Modernidad. Para el seguimiento del proceso progresivo de un buen mundo común, una quinta categoría de personajes es necesaria: los diplomáticos.

Conclusión:

a) Puesto que la política siempre ha sido conducida bajo el auspicio de la naturaleza, nunca habíamos dejado atrás el estado de naturaleza, y el Leviatán sigue pendiente de ser construido.

b) Un primer estilo de ecología política creía que estaba innovando al introducir la naturaleza en la política, cuando en efecto sólo estaba exacerbando la parálisis de la política causada por la vieja naturaleza.

c) Para dar nuevo significado a la ecología política, tenemos que abandonar la Ciencia en beneficio de las ciencias concebidas como maneras de socializar a los no humanos, y tenemos que abandonar la política de la Caverna en beneficio de una política definida por la progresiva [progressive] composición de un buen mundo común*.

d) Todas las instituciones que permiten esta nueva ecología política existen ya en forma tentativa en la realidad contemporánea, incluso si esta existencia nos obliga a redefinir las posiciones de derecha e izquierda.

e) A la famosa pregunta del «¿Qué hacer?» sólo hay una respuesta: «¡Ecología política!» (p.221) – con la condición de que modifiquemos el significado del término incorporándole la metafísica experimental* para que esté a la altura de las nuevas ambiciones.

De estas conclusiones, la que más me gusta es la que estas configuraciones ya existen, aunque sea informalmente. Pensaba que el caso de la controversia por la tala del ficus centenario de Triana (Sevilla), anticipaba este tipo de Constitución que reúne a humanos y no humanos sobre la que escribe Latour.

Al final los comentarios quizás resulten algo pobres. Profundizar más en la lectura latouriana de este asunto parece que sería un trabajo mucho más prolijo, que habrá que esperar para poder abordar en otra ocasión. ¡Salud y árboles urbanos bien cuidados! ¿Y gracias a los múltiples activistas que se vienen movilizando en Sevilla por estas cuestiones!

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¿Cuánto CO2 emite su vivienda, Mr Foster?

Imagen: Philippe Rahm, 2010, Convective Apartments. Fuente: urbannext.net/philipperahm/

Por José Pérez de Lama _ entrada en construcción

Recordando a mi padre, que murió hace aproximadamente un año y nueve meses, que me inculcó el interés por el conocimiento de los «grandes números» de los temas que queremos estudiar. A él quizás le venía de Aguirre, uno de sus profesores preferidos en la Escuela de Caminos de los años 50 en Madrid. Mi padre no era un convencido radical del calentamiento global, pero tras múltiples conversaciones en sus últimos años sí que asumió el «principio de precaución» de Jonas: es algo posible y más vale actuar en consecuencia. También tengo que decir que hacia 1982 encargó -entonces como delegado del MOPU (Ministerio de Obras Públicas) en Sevilla- el primer proyecto de vivienda social bioclimática del que tengo conocimiento, las 128 viviendas en Osuna (Sevilla) de López de Asiain, Domínguez, Alberich y el Seminario de Arquitectura Bioclimática de la Universidad de Sevilla. Muy visionario en este aspecto, me permito afirmar.

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«¿Cuánto pesa su edificio, Mr Foster?» es la pregunta que hizo el ingeniero y polímata Buckminster Fuller hacia finales de los 70 a un  joven Norman Foster, -hoy famosísimo arquitecto, incluso reconocido como «Sir» en el Reino Unido. Era la época del inicio del estilo «high tech» y personajes como Fuller consideraban la ligereza como una virtud principal. Pasados cerca de 50 años, vengo diciendo que la pregunta que habría que hacer hoy, en lugar de la de Fuller, es la que da título a estos párrafos, «¿Cuánto CO2 emite su edificio, Sr. Foster?», cuestión que denotaría la virtud -y tal vez la belleza, como dice Philippe Rahm- de un edificio contemporáneo.

¿Cuánto CO2 emite su vivienda, Mr Foster? Unos números muy generales

Según el proyecto Entranze financiado por la UE en España la vivienda media consume entre 100 y 200 kWh / m2 / año.

Para una vivienda de 100 m2 (supongamos que construidos) esto supondría entre 10.000 y 20.000 kWh/año / vivienda.

Para estimar las emisiones de CO2 correspondientes a este consumo encontré una web de la Generalidad de Cataluña. El supuesto que es toda la energía sea de procedencia eléctrica. Dice esta web que para el mix eléctrico de 2020 (combinación de diferentes fuentes de producción típicas) las emisiones son de 250 gCO2/kWh.

Usando estos datos nos daría un rango de emisiones para la vivienda que hemos considerado típica, de 100 m2 de superficie, entre 2.5 T de CO2 / año y 5 T de CO2 / año.

Las emisiones globales anuales son del orden de 30-40.000 millones de toneladas de CO2 (o 30-40 GT). Las emisiones de España se estimaban en 2020 en torno a los 200 millones de T de CO2 / año o 0.2 GT (hay que considerar quizás que el 2020 fue el año del COVID y hubo un descenso global en el consumo de energía y por tanto de las emisiones). Las emisiones per cápita de España para 2020 se estiman en torno a las 4.5 T de C02 /persona/ año; hacia 2005 habían alcanzado un máximo superior a 8 T de CO2 /persona/ año. Fuente: https;// ourworldindata.org/

Contrastando estos datos teóricos con el consumo real de una vivienda en Sevilla (España) -de unas facturas que tengo a mano- se observa que no están demasiado desviados; las cantidades de la factura real son ligeramente inferiores, pero se trata de una vivienda que cuenta con gas natural además de electricidad. Y cabe señalar que las necesidades de calefacción en Sevilla -parte principal del consumo de energía típico de una vivienda- en Sevilla son inferiores a la media de España.

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Otros datos relacionados que propone Philippe Rahm

Rahm es un arquitecto suizo-francés con una obra muy experimental y artística centrada en las relaciones entre el clima y la arquitectura (imagen al principio del post). En un libro titulado Escritos climáticos, de reciente traducción al español, ofrece los siguientes datos que me parecieron de gran interés. Aunque los datos térmicos de edificios concretos pueden por supuesto calcularse con los múltiples programas de eficiencia o certificación energética (Hulc y BREEAM, Verde, Leed [EEUU], Passivhaus [Alemania] … Ladybug, Diva, etc.), estos requieren un proceso más o menos complejo, más bien esotérico para los no iniciados, y lo interesante de Rahm es su capacidad de simplificación, y como decíamos al principio, de darnos una idea del orden de magnitud de la cuestión. Cito y resumo a  continuación (Rahm, 2021: 93-98):

[…] la arquitectura y la construcción son responsables de aproximadamente el 40% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. Un tercio de este porcentaje se libera durante la construcción del edificio -en este porcentaje- se incluyen los materiales de construcción empleados y su huella de carbono. Los otros dos tercios provienen de la energía consumida en el funcionamiento del edificio durante toda su vida últil. Esto ocurre principalmente al calentar el edificio en invierno y refrigerarlo en verano. El 84.7% de la energía que alimenta la calefacción y el aire acondicionado de un edificio provenían en 2018 [en Francia, suponemos] de fuentes de energía a base de carbono. Para extraer de ellas la energía se precisa una combustión que desprende un gas de efecto invernadero, el CO2 -este porcentaje se correspondería con lo que en el punto anterior incorporábamos como el «mix eléctrico» […]

Durante los últimos años, se han llevado a cabo numerosos trabajos de rehabilitación energética que, en esencia, consisten en forrar los muros de fachada de las viviendas existentes, así como las cubiertas y forjados de planta baja, por medio de un material de alta capacidad aislante (fibra de vidrio, lana de roca, celulosa, cáñamo, etc.) y un espesor entre 10 y 24 cm. En Francia estas intervenciones comenzaron en 1974 […] a consecuencia de crisis del petróleo de 1973. En aquel momento el objetivo era reducir el consumo energético de los edificios por debajo de los 225 kWh/m2/año. Se estima que los edificios construidos entre 1950 y 1970 consumían unos 300 kWh/m2/año […]

Antes de 1974 los edificios carecían de cualquier tipo de aislamiento térmico […] y es fácil entender que que el frío invernal atravesaba sin demasiada dificultad [las fachadas de la época] para llegar al interior de la vivienda, pues la transmitacia térmica de estas fachadas era bastante pobre, del orden de 4.5 W/m2 ºK.

Las normativas térmicas francesas posteriores, de 1978 y 1980 [en España la norma CT-1979], contemplarán la colocación de verdaderos materiales aislantes, escogidos específicamente para esta función, como el poliestireno, al que apenas se daba un espesor de 3 cm y que se superponía a los materiales de la estructura […] Fue un gran paso […] porque fue la primera vez desde finales del siglo XIX que se recubrían los muros de los edificios con un material no portante […] como se hacían antaño con los tapices, las cortinas o las alfombras. Se estima que la transmitancia térmica U [de los edificios] en este período rondaba los 1.05 W/m2 ºK.

A partir de 1974 se fue aumentando progresivamente el espesor del aislamiento [siempre en Francia] hasta rondar los 10 cm necesarios para conseguir un valor de U de 0.5 W/m2 ºK estipulado [actualmente] en la normativo francesa. […]

Desde 1970, el consumo energético [de las viviendas] en Francia se ha dividido por seis, y en Suiza por ocho y medio. El objetivo anunciado para la [nueva] normativa francesa consiste en alcanzar los 12 kWh/m2/año, lo que supondrá dividir por 25 el consumo energético respecto a 1970. La nueva normativa francesa debería estar a la altura de los mejores estándares europeos, como Minergie en Suiza o Passivhaus en Alemania, que imponen un espesor de aislamiento de 20 cm para alcanzar una transmitancia térmica de 0.12 W/m2 ºK.

Puede verse un cuadro resumen con los datos expuestos por Philippe Rahm al final del post.

Hasta aquí Rahm. Hago a continuación, para terminar, algunas consideraciones adicionales.

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Viviendas «net-zero» y de energía positiva

Eficiencia energética + producción de energías renovables. Siendo bien interesante esto de la eficiencia energética conviene no olvidar cuál es la razón principal de que nos preocupemos por el asunto. El consenso general [IPCC] es que habría que mantener 1.5ºC el aumento de la temperatura del planeta por debajo de los 1.5ºC — y la cosa es que desde que se formulé ese objetivo en 2015 ya subió entre 1.2 y 1.3ºC. Para lograr no superar los 1.5ºC se supone que para el año 2050 habría que haber transformado el sistema en su conjunto, incluida la edificación, en un sistema net zero de emisiones, ese decir que las emisiones netas de CO2 sean igual a cero. Hay unas ciudades europeas que incluso han firmado un compromiso para transformarse en net zero para el 2030 — lo creamos o no Sevilla es una de ellas, aunque la declaración, como siempre tiene sus trucos…

Para lograr este objetivo los edificios, y kas viviendas en particular, tendrían que ser también net zero o incluso producir más energía (renovable, eso sí) de la que consumen. A eso es a lo que se llama edificios de energía positiva. Por tanto, para alcanzar el objetivo 1.5ºC no sólo habría que ahorrar energía por medio de la eficiencia energética -según comentamos arriba- sino que habría que hacer la transición del recurso predominante a las energías fósiles -87% era el dato de Rahm, como referencia- al un uso de energías renovables. Cabe señalar, eso sí, que como ocurre con tantas cosas, la producción de energía para las viviendas puede hacerse en un amplio rango de escalas, desde la producción en la propia vivienda (vg con paneles fotovoltaicos en cubierta), a la producción comunitaria más o menos local (para las viviendas colectivas, tal vez asociadas con espacios urbanos libres o equipamientos), a la producción más convencional en grandes instalaciones de escala comarcal o regional. Y todo eso para antes del 2050…

Financiación. Me preguntaba cuando buscaba los datos y preparaba las notas ¿cómo habría que financiar todo esto? Para empezar las obras para forrar todas las viviendas con 10-20 cm de aislamiento… Y se me ocurre que sólo se podrá hacer con un pago directo por parte de los gobiernos… una especie de renta básica energética… contra la que habría que ver las posibles contraprestaciones por las ayudas de los particulares a lo público… Igual era una ocasión para transformar el mercado inmobiliario… pero eso se lo dejo a los colegas economistas y de políticas públicas… Si es una emergencia (climática), es una emergencia, pero ya se ve que la mayoría no se lo acaba de creer…

Formación, escuelas y facultades. Como tercera y última observación es la de las escuelas de Arquitectura. No me parece tampoco que en su mayoría se estén tomando en serio lo de la «emergencia». Uno pensaría que habría que priorizar todas estas cosas en la formación de los arquitectos y arquitectas, al menos de aquí a 2030-40. Así se lo vengo diciendo, sin demasiado éxito, a los colegas y responsables actuales de la mía… Pero ya que el blog se llama «arquitecturaContable» igual es algo que tendría que hacer otras facultades y escuelas, por ejemplo, la de Económicas. Y seguro que unas cuantas más.

Aquí lo dejo por hoy. Vale.

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Agradecimientos

Entre otros a José Sánchez-Laulhé por recomendarme y prestarme el libro de Philippe Rahm que comento. Y a Antonio Abellán y los colegas de Nomad Garden, por una conversación que tuvimos sobre Rahm a principios del verano.

Referencias

Entranze, 2013-2022, Total unit consumption per m2 in residential (at normal climate), disponible en: https://entranze.enerdata.net/total-unit-consumption-per-m2-in-residential-at-normal-climate.html | accedido el 22/08/2022

Gencat Cambio Climático, [actualización 2022], Factor de emisión de la energía eléctrica: el mix eléctrico, disponible en: https://canviclimatic.gencat.cat/es/actua/factors_demissio_associats_a_lenergia/ | accedido el 22/08/2022

IDAE, 2015, Calificación de la eficiencia energética de los edificios, disponible en: https://energia.gob.es/desarrollo/EficienciaEnergetica/CertificacionEnergetica/DocumentosReconocidos/normativamodelosutilizacion/20151123-Calificacion-eficiencia-energetica-edificios.pdf

[De la nota introductoria] Jaime López de Asiain, 1996, Vivienda social bioclimática. Un nuevo barrio en Osuna. Y 38 viviendas en Arboleas. Proyectados y construidos desde el enfoque bioclimático, Escuela Técnica Superior de Arquitectura, colección Textos de Arquitectura núm. 4, Sevilla

Our World in Data, 2022, varias páginas del sitio web, https://ourworldindata.org | accedido el 22/08/2022

Philippe Rahm, 2021, Escritos climáticos, Moisés Puente editores

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Tabla resumen datos de Ph. Rahm

Período Consumo energético (kWh/m2/año)«U-value» vivienda (W/m2 ºK)
1945-19733004.50
1978-792251.05
2020-objetivo futuro próximo120.12
Evolución características térmicas de las viviendas en Francia 1945-2020, según Ph. Rahm (2021)

«Todo es un lab», comentarios sobre The Lab Book, de Wershler, Emerson & Parikka

Imagen: «Food lab» del programa de Economía doméstica de la Universidad de Manitoba, 1914 o 1915; fuente: https://news.umanitoba.ca/five-stories-105-years/

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Referencia completa del libro: Darren Wershler, Lori Emerson, Jussi Parikka, 2021, The Lab Book. Situated Practices in Media Studies, University of Minnesota, Minneapolis

Comentario de José Pérez de Lama [en construcción]

Hoy en día «todo es un lab» dicen las autoras. Yo, por ejemplo, tengo un lab con mi madre, en su casa –también participa mi hermana–, en el que hacemos reproducciones de piezas familiares usando fotogrametría, impresión 3D y moldes de silicona flexible (una técnica que aprendí en la Fab Academy). Nuestra principal obra hasta ahora son reproducciones de un busto de mi abuela-niña, esculpido por su padre en 1925 — para regalarlas a la familia. Eso aparte del «laboratorio de costura» y del de «hacer cosas con cuentas» de mi madre; de la cocina; o de la propia casa para los experimentos con la vida misma como decía un joven catedrático de mi departamento universitario (F. González de Canales). Bromas aparte, de eso más o menos trata el libro de Wershler, Emerson y Parikka: de la proliferación de los laboratorios más allá de los clásicos laboratorios científicos. ¿A qué se debe? ¿Qué puede significar? ¿Cómo son, qué hacen y que tienen en común todos estos «laboratorios» que encontramos por todos lados?

La aproximación que plantean las autoras la hacen desde los Science and Technology Studies (STS), los estudios culturales, tal vez, y más específicamente, desde la «arqueología de los medios» [media archeology], la disciplina que parecen compartir las autoras, sobre la que volveremos un poco más adelante. Con esto quizás quiero sugerir que no es lo que imagino que leerían la mayoría de mis colegas del fab lab, que son más de tutoriales de YouTube, máquinas, software, cosas de makers… Es un libro más bien teórico y especulativo. A mí, que soy un poco de ambos gremios –manuales y tutoriales de YouTube y «lecturas latourianas»–, la lectura me ha sido bastante interesante; a veces quizás un poco densa. Conviene aclarar que tampoco es un libro específicamente sobre fab labs, hacklabs y cosas del estilo. El foco de atención principal podría decirse que se sitúa sobre esa cosa no tan fácil de imaginar, al menos para mí, como son los llamados «laboratorios de humanidades digitales»…

La lectura en todo caso me hizo plantearme muchas nuevas preguntas, encontrar afinidades con situaciones que desconocía, sentirme acompañado en lo que pensaba como errores y fracasos y que, quizás, a la vista de lo que cuenta el Lab Book puede que no lo fueran tanto… Seguramente también me sugirió nuevas herramientas, incluso «armas» –en sentido metafórico, desde luego– para movernos por los mundos del saber/poder…

Traduzco a continuación algunos párrafos introductorios originales, para dar una idea del tono, y para dejar que l*s autor*s lo expliquen con sus propias palabras:

Introducción: Todo es un lab

Los labs están por todos lados y no podemos dejar de hablar de ellos.

Medialabs, zonas hacker, makerspaces, laboratorios de humanidades, fab labs, incubadoras tecnológicas, centros de innovación, hacklabs y laboratorios de arqueología de los medios: estos espacios híbridos, que a veces solo tienen un vago parecido con los laboratorios científicos de los que toman parte de su inspiración, son espacios fronterizos [liminal] pero cada vez más potentes. Aparecen en universidades y escuelas, encajados con ciertas dificultades entre departamentos y facultades tradicionales. También están en sótanos, almacenes, zonas comerciales y casas ocupadas. Son estables en grados variables, muchos tienen la misma dirección desde hace bastante tiempo y un elenco itinerante de ocupantes. Algunos aparecen en un lugar durante unos pocos días, y a continuación se trasladan a otro. A veces incluso están en vehículos móviles [mobile trucks] en las calles, llevando herramientas y experiencias a niños en colegios y al público en general. Cuando los administradores organizan clusters de herramientas y talento para producir valor económico, puede ocurrir que los laboratorios se alineen con los inversores capitalistas [venture capitalists] más duros; en otros casos son lugares abiertos para su uso libre por parte de cualquiera, desdeñosos de las motivaciones comerciales.

La primera dificultad para hablar de laboratorios con algo de precisión es que la metáfora del lab ha permeado la cultura contemporánea hasta el grado de que se puede aplicar a casi cualquier cosa. A lo largo de este libro, argumentamos que los laboratorios siempre fueron híbridos y que necesitamos una heurística [un método relativamente simple e intuitivo] para poder estudiarlos. Idealmente, esta heurística debería ayudar a todo tipo de labs para describirse a sí mismos, con especial atención a las cuestiones de cómo la composición específica de cada laboratorio los [p. 2] habilita para la tarea de producir conocimiento. Mientras reuníamos escritos sobre aquellos laboratorios que considerábamos más instructivos se iban repitiendo ciertas categorías analíticas : espacio, aparato, infraestructura y políticas, gente, imaginarios y técnicas. Cada una de ellas ofrecía una perspectiva potente, si bien parcial, de nuestro sujeto / objeto de estudio. Tras pensarlo un poco, y tras docenas de entrevistas con directores y participantes en laboratorios alrededor del mundo, empezamos a darnos cuenta de que las diferencias entre los tipos de análisis que estas categorías producían no eran un problema [liability]. Al consideralos conjuntamente, comparativamente, emergía una manera de cartografiar la indudable complejidad de las relaciones del mundo de los laboratorios. Como resultado, estas categorías se convirtieron en las componentes de nuestra heurística a la que llamamos el «modelo extendido de laboratorio». Finalmente, también se convirtieron en los principios estructurantes de este libro, con cada capítulo centrado en una categoría. Cada capítulo también incluye varios casos de estudio, algunos de los cuales usan materiales de nuestra colección de entrevistas, que ofrecen la posibilidad de pensar a través de las relaciones activas entre el aspecto del laboratorio objeto específico de estudio en el capítulo correspondiente  y algunos, si no todos, de los otros aspectos del laboratorio extendido. […]

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[1] Laboratorios híbridos. Como suelo hacer últimamente, comentaré unas pocas cuestiones que me llamaron la atención de la lectura. La primera tiene que ver con la condición de «híbridos» de los laboratorios que se menciona en las párrafos anteriores. Esto me tenía algo confundido al principio, y no fue hasta la segunda lectura de la introducción –tengo esa costumbre últimamente, volverme a leer la introducción una vez acabado el libro, muy recomendable, por cierto– que me parece que comprendí bien esto de los laboratorios híbridos o la condición híbrida de los labs. Resulta que es un término o un concepto latouriano bastante específico que es necesario explicar un poco. En Nunca fuimos modernos (1993), por ejemplo, lo explica Latour. Dice allí que la Modernidad se basó en separar con nitidez dos ámbitos diferentes, ámbitos que correspondían a este tipo de pares: naturaleza-sociedad, ciencia-política, objetos-sujetos, y algunos otros más. Pero dice también, que mientras ésta era la «historia oficial» la realidad se producía subrepticiamente mezclando estos pares en teoría nítidamente separados, produciendo híbridos, natur-culturas, cuasi-objetos-cuasi-sujetos… que constituían/constituyen la textura real del mundo. Éste sería el discurso de los sistemas sociotécnicos, las tecnopolíticas, etc. Puede verse en este mismo blog un post sobre el asunto en que creo que se explique esta cuestión bastante mejor (ver más abajo referencias). El diagrama a continuación del propio Latour quizás ayude también a comprenderlo.

Diagrama: Bruno Latour, 1993, We Have Never Been Modern, Fig. 1.1, p. 11

La idea de los autores de que los laboratorios sean híbridos se refiere entonces a que los sitúan en este espacio en que se componen ciencia y política, cuasi-objetos y cuasi-sujetos, etc. El espacio donde se producen mundos, sujetos, etc. También un espacio en el que están bien presentes las relaciones saber-poder que el esquema oficial moderno trata de obviar con su pretensión de una ciencia objetiva, ajena a las cuestiones de los intereses y el poder. Continuando con el lenguaje latouriano, los labs, o los nuevos labs, para los autores, serían lugares en que se trabaja ya no con matters of fact (hechos objetivos), sino con matters of concern (cosas que nos preocupan, nos interesan) – y por qué no, con los matters of care (cosas que queremos cuidar) que decía María Puig de la Bellacasa… (ver también post en este blog sobre esto, en referencias).

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[2] Modelo extendido de laboratorio. Para analizar estos laboratorios híbridos, o donde se experimenta con las hibridaciones, proponen los autores el mencionado «modelo extendido de laboratorio», que compone seis categorías o perspectivas diferentes para tratar de entenderlos. Como decía en los párrafos traducidos estas perspectivas –«categorías analíticas» (sic)– son: espacio, aparato, infraestructura, gente, imaginarios y técnicas. Me produjo curiosidad esta estructuración; algo diferente de la que nosotros, por ejemplo, hemos venido usando cuando hemos tratado de explicar los fab labs, que suele hacer un mayor énfasis en las máquinas, aunque también trata de las personas, los procesos de aprendizaje, prácticas y conocimientos compartidos, las redes, las cosas que se producen… y, más o menos implícitamente, el discurso sobre su significado en el contexto cultural, histórico, productivo… En primera instancia podría decirse que no hay tanta diferencia. Pero ocurre que cuando las autoras empiezan a desarrollar sus categorías, teóricamente y sobre todo con multitud de ejemplos y casos de estudio, aquello en que se fijan y de lo que hablan es bastante diferente de lo que uno había imaginado –uno con mente arquitectónica-ingenieril, aunque con algunos estudios STS y de teoría crítica… Cuando tratan de los espacios, por ejemplo, dedican una parte importante a la situación de los labs dentro de los espacios administrativos, culturales, de financiación… en que se alojan o de los que forman parte, no cabe duda que un aspecto de lo más crítico. El capítulo de «aparato[s]» no habla tanto de máquinas o software como de la idea de composición o «agenciamiento»: los labs como composiciones de elementos heterogéneos, entre los cuales las máquinas son relevantes, como lo son las personas, los conocimientos y prácticas, etc. También la idea de lab como «agenciamientos de agenciamientos»… O en el capítulo de «infraestructura», en el que se usa un concepto antropológico o etnográfico de infraestructura, en lugar del que pensaría un arquitecto o ingeniero, y del que en algún momento se dice que –de esta interpretación de infraestructura– que podría ser equivalente a la idea de «cultura». Aquí se ofrece una muy interesante referencia, en la que parece que se propone esta acepción de «infraestructura» originalmente como es el artículo de Susan Leigh Star (1999) The Ethnography of Infrastructure, que está accesible en Internet y que me resultó de interesante lectura (ver referencias al final). La burocracia –tan querida de David Graeber, a quien no dejamos de echar de menos– y el talento en su gestión serían para las autoras un elemento fundamental de la infraestructura.

El adjetivo «extendido» nos dice que para entender los laboratorios es fundamental tratar de comprender los ecosistemas o ecologías más amplios de los que forman parte.

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[3] Los imaginarios de los labs. Mi capítulo preferido es posiblemente el que se dedica a los «imaginarios» de los labs, que trata de las ideas y discursos con que estos se promueven, se explican, se justifican así mismos, y que los propios labbers construyen y usan para situarse en el mundo, para explicarse a sí mismos qué hacen, por qué lo hacen, quiénes son… Habiendo participado del movimiento fab lab desde bastante temprano, y con el paso del tiempo habiendo desarrollado una cierta distancia crítica aunque manteniendo el entusiasmo, los ejemplos y argumentaciones de este capítulo me resultaron familiares y divertidos. En este y otros capítulos las autoras critican con dureza al MIT Medialab, que pareciera que fuese una de sus «bestias negras» particulares – con disculpas por la probablemente poco correcta expresión. Por un lado, en los primeros capítulos explican muy bien cómo la idea de un laboratorio de innovación tecnológica no es algo nuevo, salido de la nada, que los promotores del Medialab hubieran inventado, como parece deducirse de sus discursos. Los ejemplos que se presentan son múltiples, y entre los más interesantes, aunque no sea ni mucho menos el único, el de Menlo Park, el laboratorio de Thomas Edison, que también se discute con sus luces y sombras. La otra gran crítica que se hace del Medialab de MIT, y ésta si no recuerdo mal es en el capítulo de los imaginarios, es relativa a su carácter venal, podríamos decir, por debajo del discurso de la innovación y de los sabios extravagantes. Los autores no se perdonan en este respecto unos párrafos muy críticos sobre el caso de la implicación financiera, simbólica e institucional de Jeffrey Epstein con el Medialab de MIT.

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[4] Media archeology. Como mencionaba al principio, y si no lo entendí mal, el campo específico de trabajo de la/os tres autores/as es el de la «arqueología de los medios», y algunos de los laboratorios que comentan entre los casos de estudio trabajan en esto –Media Archeology Fundus –MAF– y el Signal Laboratory, ambos de la Universidad Humboldt en Berlín –universidad en la que trabaja mi querido profesor-amigo Francisco Jarauta–, el Residual Media Depot de la Universidad Concordia de Montreal o el Media Archeology Lab –MAL– de la Universidad de Colorado Boulder, dirigido por una de las autoras, Lori Emereson. En ocasiones los describen como parte de los laboratorios de humanidades digitales – lo que me hizo pensar en los colegas del Medialab UGR (Granada).

La verdad es que nunca había prestado demasiada atención a esta idea de la arqueología de los medios, asociándola sin particular reflexión a los entornos académicos o artísticos hiperespecializados –pensé que se dedicaban a rescatar los viejos juegos de ordenador y a conservar las antiguas máquinas tipo Atari o los primeros Apple y cosas así– pero leyendo aquí sobre el tema me ha resultado de mucho más interés. Como era fácil de imaginar el uso del término «arqueología» es de tipo foucaultiano aludiendo a asuntos históricos que se encuentran «enterrados» bajo las interpretaciones convencionales y que es necesario «excavar» y en ese proceso encontramos otras explicaciones de las cosas, con frecuencia más interesantes, otros posibles pasados y otros posibles futuros, etc.

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[5] Lab techniques. Otro capítulo que me gustó bastante es el que corresponde a la última categoría analítica del modelo extendido de laboratorio, la de las técnicas. Se trata aquí, hasta cierto punto, de una aproximación más convencional que la de las otras categorías, aunque tampoco tanto. Me limito a enumerar las técnicas que comentan las autoras. Uno se queda con ganas de un mayor desarrollo de cada una de estas técnicas. Todas se enuncian en gerundio, tiempo verbal de las acciones o acontecimientos que están ocurriendo, devenires que diríamos algunos; aunque en inglés también funcione como sustantivo, lo que no ocurre en español. Opté por traducir con infinitivos. La lista de técnicas es la siguiente: imprimir en 3D –la más sorprendente para mí por materialmente concreta, aunque desarrolla el tema como composición de diferentes tecnologías y prácticas–, colaborar, coleccionar, desmontar/montar, experimentar, fallar/fracasar (failing), living labs, prototipar, testear (probar, ensayar).

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6] Una enorme variedad de labs. En mi percepción del libro, finalmente, uno de las cuestiones más destacadas es la enorme y diversa colección de laboratorios que comenta los autores, tanto el par de casos que se desarrollan con mayor atención para ejemplificar cada una de las categorías / capítulos del libro, como los muchos otros que se comentan en menor detalle a lo largo del texto. Cabe señalar que aún siendo amplia y variada la selección se centra sobre todo en el entorno norteamericano y algo en Europa central, que los laboratorios científicos y ciertos casos paradigmáticos como el Medialab de MIT se discuten sobre todo como contrapunto de los laboratorios híbridos que interesan a los autores, y que, como ya dije al principio, los fab labs, hacklabs etc. tampoco son objeto del estudio.

Mis dos casos preferidos de entre todos estos labs son el de Economía Doméstica (Home Economics) de la Universidad de Manitoba en Canadá (aprox. 1910-1945), que imaginé como un laboratorio centrado en la reproducción social, la reproducción de la vida social y el mundo que constituye, tal vez el tema más crítico del presente (capítulo Lab Infrastructure). El otro la Tuskegee Agricultural Experiment Station, y proyectos derivados, de la Universitdad de Tuskegee en Alabama(1896-1942?) (también en el capítulo Lab Infrastructure) centrado en dar apoyo técnico-científico a los agricultores pobres afroamericanos, llevando a cabo análisis de suelos, testeo y recomendaciones sobre semillas y fertilizantes. Este caso me parece relevante como posible modelo o inspiración en la actual transición energética, tanto para temas de agricultura ecológica / soberanía alimentaria como de energías renovables. Estos dos casos preferidos contaban con dispositivos que extendían la actividad del laboratorio más allá de sus sedes institucionales, el primero contó hasta con un tren en el que llevaban sus innovaciones y propuestas a toda la región. El segundo, más modesto, contó primero con carruaje tirado por dos mulas (1906), y más tarde con una furgoneta o camión motorizado (1918), la llamada Booker T. Washington School on Wheels.

Entre la multitud de casos estudiados y comentados fui descubriendo muchas cosas relacionadas con mi propia experiencia poniendo en marcha y a continuación trabajando en el Fab Lab Sevilla (2009-2017). Con una cierta, y relativamente agradable sorpresa, fui leyendo cómo muchas cosas que yo había considerado errores o mala gestión o resultado de la falta de talento o trabajo por nuestra (mi) parte en el fab lab eran las mismas que comentaban los responsables o participantes en muchos de estos fab labs: la [pesada carga de la] burocracia como factor clave –«infraestructural»– para el funcionamiento básico de este tipo de proyectos, los conflictos más o menos evidentes con las estructuras de saber-poder preexistentes –y aunque no se explicite quizás en el libro, la centralidad de estas cuestiones en muchos de estos proyectos que en buena parte son instrumentos para cuestionar las instituciones o entornos en que más o menos milagrosamente llegan a prosperar–, la difícil interdependencia entre las situaciones más o menos institucionales y los proyectos y la energía de las personas que los intentan llevar adelante, la ambivalencia de la innovación, la lucha por el alma de estos proyectos… And so on, como diría Vonnegut.

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Un libro sin duda interesante para los que participamos de alguna manera en este «movimientos de los labs» en el sentido más amplio de la expresión, y tenemos una cierta preocupación teórica por el asunto. Una referencia, posiblemente –entre la historia, la crítica y la «arqueología de los medios»– sobre los labs para las próximas décadas…

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Agradecimientos: A Lori Emerson y la University of Minnesota Press por el envío del libro. Era nuestra intención tener en algún momento una conversación pública online sobre el libro con Marcos García, Alberto Corsín y alguna otra colega, aunque de momento no tenemos fecha.

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Referencias

Darren Wershler, Lori Emerson, Jussi Parikka, 2021, The Lab Book. Situated Practices in Media Studies, University of Minnesota, Minneapolis

Bruno Latour [traducción de Catherine Porter], 1993 [1991], We Have Never Been Modern, Harvard University Press, Cambridge

Susan Leigh Star, 1999, The Ethnography of Infrastructure, American Behavioral Scientist, 1999; 43; 377; disponible en: https://www.imtfi.uci.edu/files/articles/Star.pdf | accedido 7/8/2022

Otros posts en este blog citados en el texto:

Latour: algunos diagramas de «Nunca fuimos modernos», 2021, disponible en: https://arquitecturacontable.wordpress.com/2021/08/18/latour-diagramas-nunca-fuimos-modernos/

Matters of care – asuntos de cuidados, de cariños, de sostenibilidad de la vida… Sobre el libro de María Puig de la Bellacasa, 2017, disponible en: https://arquitecturacontable.wordpress.com/2017/07/08/matters-of-care-asuntos-de-cuidados-de-carinos-de-sostenibilidad-de-la-vida-sobre-el-libro-de-maria-puig-de-la-bellacasa/