20 años pensando y experimentando sobre el mundo digital — catálogo de artículos de J. Pérez de Lama

Imagen: Medialab cyberpunk en Tánger, al lado de la antena que hacía la conexión wifi con la otra orilla en Tarifa, durante la primera convocatoria de Fadaiat, en 2004. Aparecen en la imagen, entre otros Jaume Nualart e Iván Pizarro que fueron en muy buena parte, junto con psand.net, los ingenieros responsables de la conexión. Foto de Indymedia Barcelona.

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Cita introductoria: Thinking, in Arendt’s sense, is not a process for evaluating information and argument, for being right or wrong, for judging oneself or others to be in truth or error. All of that is important, but not what Arendt had to say about the evil of thoughtlessness that I want to bring into the question… ____ Donna Haraway, 2016

Pensar, en el sentido de Arendt, no es un proceso de evaluar información y argumento, para estar en lo cierto o no, para juzgar si uno mismo o los demás están en la verdad o en el error. Todo eso es importante, pero no lo que Arendt tenía que decir sobre la maldad del no pensar que yo quiero traer [aquí] a colación…

José Pérez de Lama

Algunas notas de trabajo para la introducción

Hice esta recopilación, para visibilizar y, quizás, valorar mejor la labor de un par de décadas intentando pensar, haciendo teoría y práctica, sobre las maneras en que lo digital afectaba nuestras vidas, a la arquitectura y las ciudades; — sobre cómo tratar de dar forma a aquel «futuro que aterrizaba sobre nosotros» — como decíamos entonces — tomando prestada una expresión de Howard Rheingold [Smart Mobs, 2002]. Uno de los modestos placeres de hacerse mayor, es ver si ciertas intuiciones se verifican o no, poder ver qué ocurre con las propuestas, iniciativas y proyectos propios y ajenos, cómo se transforman, triunfan o fracasan, perduran o desaparecen… and so on.

La mayor parte de los escritos, según sugería Haraway en el epígrafe introductorio, y seguramente siguiendo a Deleuze y Guattari, no son científicos en el sentido algo pacato – y excluyente – de lo que se entiende hoy en día por este término, sino que son, diría uno, más bien artísticos o filosóficos, empeñados en contribuir a la producción de ciertos mundos, en tratar de inventar el presente y el futuro, más que en explicar las cosas tal como existen o tratar de predecir lo que ocurrirá… Trataban de contribuir a la producción de nuevos acontecimientos de lo real que decían Deleuze y Guattari… De hacer worlding como dice más recientemente Donna Haraway [Staying with the Trouble, 2016] retomando un concepto de A.N. Whitehead… Leyendo estos días los Diálogos de Gilles Deleuze y Claire Parnet, donde se prefiguran muchos temas de Mil Mesetas, he recordado muchas cosas olvidadas, que explican buena parte de nuestras, — o al menos de mis –, actitudes de finales de la década de 1990 y principios de los 2000.

Por aquel entonces nos imaginábamos como parte de una contracultura y de un movimiento social, político dentro del cual escribir académicamente hubiera sido una vergüenza — la academia, ya sabemos, siempre estará al servicio de la reproducción y ampliación del mundo tal como existe. Lectores aquellos años del subcomandante Marcos o de Lipstick Traces de Greil Marcus, donde plantea que los tres movimientos artísticos más importantes del siglo XX habían sido Dadá, el situacionismo y el punk, haber tratado de hacer lo que hoy se llaman papers académicos habría sido una profunda vergüenza. Sigue leyendo 20 años pensando y experimentando sobre el mundo digital — catálogo de artículos de J. Pérez de Lama

Ursula K. Le Guin: La teoría de la bolsa de transporte de la ficción


Imagen: Ursula K. Le Guin, fotografiada en su primer año como investigadora Fullbright en Marsella, hacia 1953. Fotografía: archivo de Theo Downes_Le Guin; procedencia: theguardian.com, fair use. Probablemente en aquella situación llevaría encima algún tipo de bolsa de transporte.
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La teoría de la bolsa de transporte de la ficción

Ursula K. Le Guin
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Ursula K. Le Guin: The Carrier Bag Theory of Fiction, 1986. Fuente original en inglés: https://theanarchistlibrary.org/library/ursula-k-le-guin-the-carrier-bag-theory-of-fiction | Traducción: Kamen Nedev, con la colaboración de José Pérez de Lama
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En las regiones templadas y tropicales en las que parece que los homínidos evolucionaron para transformarse en seres humanos, el principal alimento de la especie eran los vegetales. Entre un sesenta-y-cinco y un ochenta por ciento de lo que los humanos comían en aquellas regiones en el Paleolítico, el Neolítico y los tiempos prehistóricos era recolectado [como cuando decimos cazadores-recolectores]; solo en el Ártico extremo era la carne el alimento básico. Los cazadores de mamuts ocupan espectacularmente las paredes de las cuevas y nuestras mentes, pero lo que efectivamente hacíamos para seguir vivos y gordos era recoger semillas, raíces, brotes, pequeñas plantas, hojas, frutos varios y cereales, añadiéndoles insectos y moluscos, y atrapando pájaros, peces, ratas, conejos y otros pequeños animales sin colmillos, para aumentar las proteínas. Y ni siquiera teníamos que trabajar duro para todo aquello – mucho menos duro que los campesinos esclavizados en los campos de otros después de que la agricultura fuera inventada, mucho menos duro que los trabajadores asalariados desde que la civilización fuera inventada. La persona prehistórica típica podía vivir bastante bien trabajando unas quince horas a la semana.

Quince horas de trabajo a la semana para sobrevivir dejan un montón de tiempo para otras cosas. Tanto tiempo que es posible que algunos inquietos, que no tuvieran un niño cerca para darles vida, o habilidad haciendo cosas o cocinando o cantando, o pensamientos muy interesantes que pensar, decidieran salir de aventuras y cazar mamuts. Los cazadores habilidosos volverían con un cargamento de carne, un montón de marfil y un relato. La carne no era lo importante. Lo importante era el relato.

Es difícil contar un relato verdaderamente apasionante de cómo arranqué una semilla de avena brava de su vaina, y luego otra, y luego otra, y luego otra, y luego otra, y luego me rasqué las picaduras de mosquitos, y Ool dijo algo gracioso, y fuimos al arroyo a beber agua y ver las salamandras un rato, y luego encontré otra mata de avena… No, no es comparable, y no puede competir con cómo le di una estocada con mi lanza al enorme flanco peludo, mientras Oob, empalado en el enorme colmillo, se retorcía chillando, y la sangre brotaba por todas partes en borbotones rojos, y Boob fue hecho papilla cuando el mamut le cayó encima, mientras yo disparaba mi certera flecha directa del ojo al cerebro de la bestia.

Este relato no solo tiene Acción, también tiene un Héroe. Y los Héroes son poderosos. Antes de que nos demos cuenta, los hombres y mujeres de la mata de avena brava y sus niños y los saberes de los hacedores y los pensamientos de los pensativos y las canciones de los cantores serán parte de ello, serán conminados al servicio del relato del Héroe. Pero este relato no es el de ellos. Es el relato de él.

Mientras planificaba el trabajo para el libro que terminó siendo Tres guineas, Virginia Woolf apuntó un encabezado en su cuaderno: «Glosario». Había pensado en reinventar el inglés de acuerdo con su nuevo plan, para poder contar un relato diferente. Una de las voces en este glosario es heroísmo, definido como «botulismo». Y héroe, en el diccionario de Woolf, es «botella»: una severa revisión. Propongo ahora la botella como héroe.
No solo la botella de ginebra o de vino, sino la botella en su sentido más antiguo de contenedor en general, como algo que contiene otra cosa.

Si no tienes dónde ponerla, la comida se te escurrirá, incluso si es algo tan poco combativo y hábil como la avena. Puedes meterte tantas como puedas en el estómago mientras las tengas a mano, siendo la mano el primer contenedor, pero ¿qué pasará mañana por la mañana cuando te despiertes y hace frío y llueve? ¿No estaría bien tener por lo menos un poco de avena para llevarte a la boca y para darle a la pequeña Oom para hacer que se calle? Pero ¿cómo llevar más de un estómago y más de un puñado a casa? Así que te levantas y vas a la maldita mata de avena mojado bajo la lluvia, y ¿no estaría bien poder poner al bebé Oo Oo en algo para que puedas coger avena con ambas manos? Una hoja un calabacín una red una bolsa un cabestrillo un saquito una botella una olla una caja un contenedor. Algo que contenga. Un recipiente.

El primer artefacto cultural probablemente fuera un recipiente… Muchos teóricos creen que los primeros inventos culturales debían de ser un contenedor para productos recolectados, y alguna forma de cabestrillo o red.

Es lo que dice Elizabeth Fisher en Women’s Creation (McGraw-Hill, 1975). Pero no, esto no puede ser. ¿Dónde está esa maravilla, esa cosa grande, larga, dura, creo que un hueso, con el que el Hombre Mono primero golpeó a alguien en la película, y luego, rugiendo en éxtasis al haber llevado a cabo el primer asesinato, lanzó el hueso al aire, y ahí, girando en el cielo, se convirtió en una nave espacial, penetrando el cosmos para fertilizarlo y producir, al final de la película, un feto precioso (un niño, por supuesto), que flota por la Vía Láctea sin (extrañamente) útero o matriz alguna? No lo sé. Ni siquiera me importa. No es el relato que estoy contando. Lo hemos oído, todos hemos oído de los palos y las lanzas y las espadas, las cosas para atizar y para pinchar y para golpear, las cosas largas, duras, pero todavía no hemos oído de la cosa que sirve para poner cosas dentro, el contenedor para el contenido. Esto es un nuevo relato. Esto es algo nuevo.

Pero es, a la vez, algo viejo. Antes – si lo piensas bien, seguramente mucho antes – del arma, una herramienta tardía, ociosa, superflua; mucho antes de los útiles cuchillo y hacha; junto con las indispensables herramientas para machacar, moler, y cavar – porque ¿de qué te sirve cavar un montón de patatas si no tienes nada para llevar las que no te puedas comer a casa? – al mismo tiempo que, o antes de la herramienta que expulsa energía hacia fuera, creamos la herramienta que lleva energía a casa. Esto tiene sentido para mí. Soy una seguidora de lo que Fisher llama la Teoría de la Bolsa de Transporte de la evolución humana.

Esta teoría no solo explica grandes zonas de oscuridad teórica, y evita grandes zonas de despropósitos teóricos (en general, habitadas por tigres, zorros, y otros animales muy territoriales); también me ancla a tierra, personalmente, en la cultura humana de una forma de la que nunca me he sentido anclada hasta ahora. Mientras la cultura se explicaba como algo originado en, y desarrollado a partir del uso de objetos largos y duros para pinchar, atizar, y matar, nunca pensé que tuviera, o quisiera tener, nada que ver con ella. («Lo que Freud confundió con su falta de civilización es la falta de lealtad a la civilización de la mujer», observó Lillian Smith). La sociedad, la civilización de la que estaban hablando estos teóricos, era, evidentemente, la suya. Era su posesión, les gustaba. Eran humanos, completamente humanos, atizando, apuñalando, penetrando, matando. En mi deseo de ser también humana, busqué pruebas de mi humanidad. Pero, si esto era un requisito previo, el crear un arma y matar con ella, entonces yo era o extremadamente defectuosa como ser humano, o no era ser humano en absoluto.

Así es, dijeron. Lo que eres es una mujer. Posiblemente en absoluto humana, y ciertamente defectuosa. Ahora guarda silencio mientras seguimos contando el Relato del Ascenso del Hombre Héroe.

Seguid, dije, de camino a la avena brava, con Oo Oo en el cabestrillo y con Oom cesto en mano. Seguid contando cómo el mamut se abalanzó sobre Boob y cómo Caín se abalanzó sobre Abel, y cómo cayó la bomba sobre Nagasaki y cómo cayó la gelatina ardiente sobre los habitantes del pueblo, y cómo caerán los misiles sobre el Imperio del Mal, y todos los demás pasos del Ascenso del Hombre.

Si es humano poner algo que quieres, porque es útil, comestible, o hermoso, en una bolsa, o un cesto, o en un poco de corteza enrollada o en una hoja, o en una red hecha con tu propio pelo, o lo que sea, y luego llevártelo a casa, siendo la casa otro tipo diferente de saquito o bolsa, un recipiente para personas, y más tarde sacarlo y comértelo o compartirlo o guardarlo para el invierno en un contenedor más sólido, o ponerlo en el botiquín o en el altar o en el museo, en el lugar sagrado, en el área que contiene lo sagrado, y luego al día siguiente probablemente hacer más de lo mismo – si hacer esto es humano, si esto es lo que se pide, entonces, resulta que sí soy humana, a pesar de todo. Completamente, libremente, alegremente, por primera vez.

No, huelga decir, un ser humano poco agresivo o poco combativo. Soy una señora mayor enfadada, arreando mi bolso para mantener a raya matones y rufianes. Pero no me considero, ni nadie debería considerarse, heroica por hacer esto. Es simplemente una de esas malditas cosas que tienes que hacer para poder seguir recolectando avena brava y contando relatos.

El relato es lo importante. Es el relato el me escondió mi propia humanidad, el relato que contaron los cazadores de mamuts sobre atizar, penetrar, violar, matar, el relato del Héroe. El maravilloso, envenenado relato del Botulismo. El relato del asesino.

A veces, parece que este relato está tocando a su fin. Para que no se llegue a la situación de que ya no quede nadie contando relatos, algunos de nosotros aquí entre la avena brava, entre el maíz alienígena, creemos que es mejor empezar a contar otro relato, que quizás la gente pueda seguir desarrollando cuando el antiguo relato haya terminado. Quizás. El problema es que nos hemos permitido ser parte del relato asesino, y puede que su fin también sea el nuestro. Por eso es con cierta sensación de urgencia que busco la naturaleza, el sujeto, las palabras del otro relato, del nunca contado, del relato de la vida.

Es un relato extraño, no se nos da con facilidad, no se nos pone en la punta de la lengua con la misma facilidad con la que lo hace el relato asesino. Aun así, «nunca contado» fue una exageración. La gente lleva siglos contando el relato de la vida, en muchos tipos de palabras y maneras. Mitos de creación y transformación, relatos de picaresca, cuentos folclóricos, bromas, novelas.

La novela es un tipo de relato fundamentalmente anti-heroico. Por supuesto que el Héroe se ha apoderado de la novela con frecuencia, siendo así su naturaleza imperial y su impulso irrefrenable, para tomar todo y gobernarlo con duros decretos y leyes para controlar su incontrolable impulso de asesinarlo. Así que el Héroe ha decretado a través de sus portavoces, los Legisladores, primero, que la forma adecuada de la narrativa es la de la flecha o la lanza, que comienza aquí y va recta hacia allí y ¡ZAS! da en su blanco (que cae muerto); segundo, que la preocupación central de la narrativa, incluida la novela, es el conflicto; y en tercer lugar, que el relato no vale para nada si él no figura en él.

Estoy en desacuerdo con todo esto. Diría incluso que la forma natural, correcta, adecuada de la novela quizás sea la de un saco, o una bolsa. Un libro contiene palabras. Las palabras contienen cosas. Portan significados. Una novela es un botiquín, que contiene cosas en una relación particular, poderosa, entre sí, y con nosotros.

Una relación posible entre elementos en una novela bien podría ser la de un conflicto, pero reducir la narrativa al conflicto es absurdo. (He leído un manual-de-cómo-escribir que decía «Un relato debe entenderse como una batalla», y luego hablaba de estrategias, ataques, victoria, etc.). El conflicto, la competición, la presión, la lucha, etc., dentro de una narrativa concebida como una bolsa/vientre/caja/hogar/botiquín, podrían ser vistos como elementos necesarios de un todo que, en sí, no se puede caracterizar ni como un conflicto ni como armonía, ya que su propósito no es ni la resolución ni la inmovilidad, sino un proceso continuado.

Finalmente, está claro que el Héroe no queda bien en esta bolsa. Necesita un escenario, o un pedestal, o una cima. Lo metes en una bolsa y parece un conejo, o una patata.

Por eso me gustan las novelas: en lugar de héroes, contienen personas.

Así que, cuando comencé a escribir novelas de ciencia ficción, llegué arrastrando este saco grande y pesado lleno de cosas, mi bolsa llena de peleles y patosos, y pequeños granos de cosas más pequeñas que un grano de mostaza, y redes intricadas que, al ser laboriosamente desenhebradas, dejan ver que contienen un guijarro azul, un cronómetro impertérrito que marca la hora en otro mundo, y la calavera de un ratón; lleno de principios sin finales, de iniciaciones, de pérdidas, de transformaciones y traducciones, y muchos más trucos que conflictos, muchos menos triunfos que trampas y espejismos; lleno de naves espaciales que se quedan encalladas, misiones que fracasan, gente que no entiende. Dije que era difícil contar un relato apasionante de cómo sacamos la avena brava de sus vainas, no dije que fuera imposible. ¿Quién dijo que escribir una novela fuera fácil?

Si la ciencia ficción es la mitología de la tecnología moderna, entonces su mito es trágico. La «tecnología», o la «ciencia moderna» (uso estas palabras de la manera común, como una abreviatura no-cuestionada de ciencias «exactas» y alta tecnología fundadas sobre un crecimiento económico continuo), es una gesta heroica, hercúlea, prometeica, concebida como un triunfo, y, por tanto, finalmente una tragedia. La ficción que da cuerpo a este mito será, y ha sido, triunfadora (el Hombre conquista la tierra, el espacio, los alienígenas, la muerte, el futuro, etc.) y trágica (Apocalipsis, Holocausto, entonces o ahora).

Si, en cambio, una evita el modo linear, progresivo, de flecha-que-mata-el-Tiempo de lo tecno-heroico, y redefine la tecnología y la ciencia como fundamentalmente una bolsa de transporte más que como un arma de dominación, un agradable efecto secundario de esto es que la ciencia ficción puede ser entendida como un campo mucho menos rígido y estrecho, no necesariamente prometeica o apocalíptica en absoluto, y, de hecho, un género mucho menos mitológico que realista.

Es un realismo extraño, pero es que es una realidad extraña.

La ciencia ficción, concebida de la manera correcta, como toda ficción seria, por muy humorística que pueda resultar, es una manera de intentar describir qué está pasando realmente, qué es lo que la gente realmente hace y siente, cómo se relaciona la gente con todo lo demás en este apilamiento, este vientre del universo, este útero de cosas por venir y tumba de cosas que fueron, este relato sin fin. En ella, como en toda ficción, hay espacio suficiente para mantener incluso al Hombre en el lugar que le corresponde, en su lugar en el esquema general de las cosas; hay tiempo suficiente para recoger mucha avena brava y también para sembrarla, y para cantar al pequeño Oom, y para escuchar el chiste de Ool, y para mirar las salamandras, y el relato todavía no ha terminado. Todavía quedan semillas por recolectar, y todavía queda espacio en la bolsa de estrellas.

Sobre la idea de caja de herramientas, y su aplicación en arquitectura

Imagen: Cubierta del libro de Santiago Cirugeda / Recetas urbanas, que usa este discurso de la cajas de herramientas, o recetas urbanas en su caso — 2004, Editorial Tenov, Barcelona.

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La idea de caja de herramientas en la teoría y la práctica de la Arquitectura

Notas de José Pérez de Lama

Planteamos este año a dos grupos de estudiantes de Arquitectura, como ejercicio de curso, construir una caja de herramientas de/para sus propios proyectos. Nos parecía algo que no necesitaba demasiada explicación. Y sin embargo parece haberles resultado, hasta ahora y a la mayoría, algo bastante incomprensible.

Para el personal que anduvo metido en cuestiones más o menos teóricas-culturales-filosóficas durante las décadas de 1990 y 2000, la idea de llamar caja de herramientas a un conjunto de conceptos o recursos  es algo bastante convencional, me parece. Las citas de Foucault o de Deleuze usando la expresión salen de inmediato en los buscadores; — por ejemplo, estas dos de Foucault:

Me gustaría que mis libros fueran una especie de caja de herramientas en la que la gente pueda rebuscar para encontrar una herramienta para usarla según le convenga cada cual en su propio campo […] Me gustaría que el pequeño volumen que quiero escribir sobre los sistemas disciplinarios fuera útil para un educador, un guardia, un magistrado, un objetor de conciencia. Yo no escribo para una audiencia; escribo para usuarios, no para lectores. (1974)

Todos mis libros son pequeñas cajas de herramientas. Si la gente los quiere utilizar, usar esta frase o aquella idea como si fuera un destornillador o unos alicates, para cortocircuitar, para desacreditar los sistemas de poder, incluyendo en última instancia aquellos de los que surgieron mis libros … tanto mejor. (1975) [ver referencias al final para la procedencia de ambas citas]

Los ejercicios propuestos, por otra parte, no lo ponen demasiado difícil, o eso pensábamos — luego veremos algo sobre las dificultades no previstas (punto [4]). Se proponía concretamente elegir una serie de casos (casos de estudio) que interesasen a los autores de los trabajos, y extraer de estos, alguno o algunos de los aspectos que les llamen la atención, y conceptualizarlos como herramientas, para así, poderlos usar en otras situaciones u otros contextos parecidos; — o para poder componerlos en otras configuraciones, también podría decirse.

Los profesores considerábamos que algo así se hacía, más o menos, habitualmente: vemos un proyecto o una obra que nos gusta e intentamos hacer una distribución parecida, darle una solución similar a la cubierta, usar una estrategia de captación de la iluminación natural o de la radiación solar análoga. Etc.

Tal vez para hacerlo más claro, lo que esperamos de los estudiantes habría que formularlo mejor como una caja de herramientas, materiales y componentes; o recursos. Como aún hay que acabar los ejercicios, quedará así formulado a partir de ahora.

Recojo aquí algunas notas adicionales sobre el asunto — que aprovecho para compartir más allá de la clase. Espero que algunas contribuyan a aclarar el asunto. Pero no se si otras tal vez lo enturbiarán más que aclararlo.

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[1] Herencia del pragmatismo estadounidense: las ideas tienen efectos prácticos

Posiblemente una fuente de esta idea de las «cajas de herramientas» para Deleuze y para Foucault venga de los pragmatistas estadounidenses.


Nota: Desde hace años tengo esta intuición en la que tendría que tratar de profundizar: que hay una gran influencia de los pensadores estadounidenses en Deleuze y Guattari. Estos días en Diálogos (Deleuze & Parnet, 1977) leía sobre el agradecimiento de Deleuze a Jean Wahl (1888-1974), experto en William James (1842-1910), y releía sobre su gran interés por la literatura estadounidenses. En algún sitio vi algo sobre las dificultades de Deleuze intentando explicar cosas de Whitehead (1861-1947) — era en algún sitio relacionado con Stengers, si no me equivoco. Guattari, en Las tres ecologías, basa dos de ellas en Bookchin (1921-2006) y Bateson (1904-1980). Leyendo a Dewey (por ejemplo, Experience and Nature, 1929), diría que se encuentran muchas cosas similares a las que luego Deleuze-Guattari enuncian de una manera quizás más audaz y literaria. Etc.


En una famosa ocasión, verano de 1898 en Berkeley, California, William James define el pragmatismo filosófico, — comentando a su vez  unos párrafos de Charles S. Peirce de 1878 –, tal que así:

Las cosas en que creemos [*], en resumen, son realmente reglas para la acción; y toda la función del pensar no es sino un paso en la producción de hábitos de acción. Si hubiera alguna parte de un pensamiento que no supusiera diferencia alguna en cuanto a las consecuencias prácticas de ese pensamiento, entonces, esa parte no sería una parte propiamente dicha de la significación [significance] del pensamiento en cuestión. Así, el mismo pensamiento puede vestirse con palabras distintas, pero si las diferentes palabras no sugieren diferentes conductas, serán meras acreciones superficiales, y no tendrán papel alguno en la signficación del pensamiento. Y sin embargo, si determinan las conductas diferentemente, serán partes esenciales de la significación. «Por favor, abre la puerta», y «Veuillez ouvrir la porte», en francés, significan exactamente lo mismo; pero «Maldito seas, abre la puerta», aunque en español, significa algo diferente. Así, para desarrollar la significación de un pensamiento tan sólo tenemos que determinar qué conducta es la que tendría que producir; esta conducta es para nosotros su única significación. Y el hecho tangible en la raíz de todas nuestra diferenciaciones en cuanto al pensamiento, por muy sutiles que sean, es que no hay ninguna tan fina como para que no consista en otra cosa que en una diferencia de la práctica. Para lograr la perfecta claridad en nuestro pensamiento sobre un objeto, entonces, tenemos que considerar qué efectos concebibles en el orden de lo práctico puede implicar, — qué sensaciones tenemos que esperar del objeto, y qué reacciones tenemos que preparar. Nuestra concepción de estos efectos será para nosotros, entonces, todo lo que constituya nuestra concepción del objeto, — en tanto en cuanto esta concepción tenga alguna significación positiva.

Éste es el principio de Peirce, el principio del pragmatismo. Yo pienso que debe ser formulado con mayor amplitud de lo que lo expresa el Mr. Peirce. La prueba definitiva para nosotros de lo que una verdad significa es, en efecto, la conducta que dicta o inspira. Pero inspira esa conducta porque primero anticipa [first foretells some particular turn] cierto giro a nuestra experiencia que invocará precisamente esa conducta de nosotros. Y para nuestros propósito de esta tarde preferiré expresar el principio de Peirce diciendo que el significado [meaning] efectivo de cualquier proposición filosófica puede siempre reducirse a una consecuencia particular, sobre nuestra futura experiencia práctica, ya sea activa o pasiva; siendo el punto clave que la experiencia sea particular [concreta], y no que tuviera que ser activa.

Hasta aquí la cita de James explicando y extendiendo a Peirce. Sigue leyendo Sobre la idea de caja de herramientas, y su aplicación en arquitectura

Didion y Vonnegut sobre el (self-respect) respeto por uno/a mismo/a

Imagen: A riderless Dessie in Kempton Park. — Tw: @CDChistory 20/12/2020 – ver también: https://en.wikipedia.org/wiki/Desert_Orchid. El texto de Vonnegut que sigue usa algunas imágenes de las carreras de caballo con obstáculos, del llamado steeplechase.

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Joan Didion y Kurt Vonnegut sobre el self-respect — el respeto por uno mismo

Selección, traducción y comentario de José Pérez de Lama

Joan Didion, nació en 1934. En 1961, cuando escribe la pieza, una de sus más famosas, tenía 26 o 27 años. Kurt Vonnegut, nació en 1922 y murió en 2007. En 1996, cuando escribió la pieza que aquí se recoge, de su libro Timequake, tenía 73 o 74 años.

Lo de self-respect, respeto por uno mismo, me parece que no es una expresión tan habitual en español-castellano como en inglés. Aquí quizás hablemos más de amor propio, amor por uno mismo, autoestima… en otros tiempos, quizás, «honor»…

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Joan Didion

Para sus seguidores es conocido que ésta es una pieza que escribe para la revista Vogue, y que además lo hace deprisa y corriendo, para rellenar el espacio de un artículo que no había llegado a tiempo. En mi opinión empieza de forma algo convencional, y luego al final, toma bastante más intensidad. Aquí una cita de esta parte final:

To have that sense of one’s intrinsic worth which, for better or for worse, constitutes self-respect, is potentially to have everything: the ability to discriminate, to love and to remain indifferent.

Tener ese sentido del propio valor, que, para bien o para mal, constituye el respeto por una misma, es tener potencialmente todo: la capacidad de discriminar, de amar y de mantenerse indiferente.

Joan Didion, On Self Respect

Texto completo original aquí: https://www.vogue.com/article/joan-didion-self-respect-essay-1961

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Kurt Vonnegut

1998 [1997], Timequake, Vintage, Nueva York; capítulo 55, pp. 182-185

[Around self-respect]

Nota preliminar del traductor: A Vonnegut, siempre, y quizás incluso más en esta novela, le encanta jugar con el lenguaje, usar modismos varios, coloquiales y más artísticos. Traducirlo bien-bien tal vez sea imposible. Aún así me gusta mucho hacerlo. Casi en casa párrafo he añadido una nota que tiene que ver con la traducción. Esto para muy aficionados…

Mientras que la primera mitad del texto de Vonnegut se centra bastante en su idea de self-respect, la segunda se van transformando en un cierto delirio sobre el tema — así es la mayor parte del libro, y no lo digo de forma peyorativa, sino al contrario, pues me gusta muchísimo.

Sigue mi prueba de traducción – con las notas en azul:

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Conocí al escritor Dick Francis en el Derby de Kentucky hace ya años. Sabía que había sido un jinete campeón de steeplechase [carreras en pista con obstáculos – se suelen llamar en España también por su nombre en inglés]. Le dije que era un tío mucho más grande de lo que había esperado. Me contestó que se necesitaba un hombre grande para mantener a un caballo de una sola pieza [*] en un steeeplechase. Creo que esta imagen se me quedó durante tanto tiempo tan claramente grabada en la memoria porque la vida misma se puede parecer un montón a algo así: un asunto de hacer lo necesario para mantener firme y de una sola pieza, para que no se descomponga, el respeto por uno mismo, en lugar del caballo, pues es de esperar que el respeto por uno mismo tenga que saltar  bastantes obstáculos y setos y agua.

Me parece que Lily, mi querida hija de trece años, habiéndose convertido en una bonita adolescente, como la mayoría de los adolescentes estadounidenses, está manteniendo su respeto por sí misma lo mejor que puede en un steeplechase bastante complicado.

* La afortunada expresión en inglés es hold a horse together — cuya traducción no me satisface en exceso. El texto en inglés dice así: He replied that it took a big man to “hold a horse together” in a steeplechase. This image of his remained in the forefront of my memory so long, I think, because life itself can seem a lot like that: a matter of holding one’s self-respect together, instead of a horse, as one’s self-respect is expected to hurdle fences and hedges and water.
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Hace unos años dije a los nuevos graduados de la Butler University, no mucho mayores que Lily, que aunque los estuvieran llamando la Generación X, a dos clicks del final, – eran tan de la Generación A como lo habían sido Adán y Eva. ¡Qué tontería!

Esprit de l’escalier! [*] ¡Más vale tarde que nunca! Sólo en este preciso momento en 1996, cuando estoy a punto de escribir la siguiente frase, me he dado cuenta de lo insensata que tuvo que sonar a aquella joven audiencia la imagen del Jardín del Edén, – en un mundo tan poblado de gente secretamente asustada como ellos, y tan saturado de trampas explosivas, naturales y fabricadas por el hombre.

La siguiente frase: Tendría que haberles contado que eran como Dick Francis cuando Dick Francis era joven y estaba subido a un animal lleno de orgullo y de pánico, en el cajón de salida de un steeplechase.

* Dice la querida Wikipedia: L’esprit de l’escalier (en español: el ingenio de la escalera) es una expresión francesa que describe el acto de pensar en una respuesta ingeniosa cuando es demasiado tarde para darla. Fue acuñada por Denis Diderot, el enciclopedista francés, en su Paradoxe sur le comédien.

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Y algo más: Si un caballo de carreras renuncia una y otra vez a saltar los obstáculos, se lo retira y se lo manda a pastar. En Estados Unidos, el respeto por uno mismo de la mayoría de la gente de clase media de mi edad o mayor [KV nació en 1922], y que todavía sigue viva, está ahora pastando; no es mal sitio para estar. Masticando. Rumiando.

Si el respeto por uno mismo se rompe una pierna, la pierna nunca puede recuperarse. Su dueño tiene que sacrificarlo de un tiro. Mi madre y Ernest Hemingway y mi antiguo agente literario preferido y Jerzy Kosinski y mi renuente director de tesis en la Universidad de Chicago […] todos ellos me vienen a la mente. [*]

Pero no Kilgore Trout. Su indestructible respecto por sí mismo es lo que yo admiraba más de Kilgore Trout. [**] […]

* Todos, familiares, amigos y conocidos del autor que se suicidaron; la mayoría de sus historias se han contado previamente en el libro.

** Kilgore Trout, novelista de ciencia ficción y vagabundo que aparece en diversas novelas de KV y que es uno de los protagonistas, quizás el protagonista principal, de Timequake.

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Mucha gente fracasa porque sus cerebros, sus «esponjas de tres-libras-y-media-empapadas-en-sangre», sus «desayunos-de-perro»,* no funcionan suficientemente bien. El motivo del fracaso puede ser simplemente ese. Alguna gente, aún esforzándose todo lo que puede, ¡nunca podrán satisfacer lo que se espera de ellos!* ¡Así es!

Tenía un primo de mi edad al que le iba fatal en Shortridge High School, [el instituto de su barrio en Indianapolis]. Era un enorme primera línea [de fútbol americano], y muy amable. Llevó a casa una cartilla de notas horribles. Su padre le preguntó, «¿Que significa esto?» Mi primo le respondió como sigue: «¿No lo sabes, Padre? Soy tonto, soy tonto».

* Expresiones absurdistas, y en fin, en este caso podríamos llamarlas inmanentistas o muy escépticas, posiblemente atribuidas a Kilgore Trout, que KV repite de vez en cuando a lo largo del libro.

** Some people, try as they may, can’t cut the mustard! — expresión ésta última de la mostaza que significa algo así como «tener éxito, llegar a cumpliar las expectativas»…

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Pon esto en tu pipa y fúmatelo: Mi tío-abuelo materno Carl Barus fue uno de los fundadores y presidente de la American Physical Society. Un edificio en la Universidad de Brown llevá su nombre en su honor. Tío Carl Barus fue profesor allí durante muchos años. Yo nunca lo conocí. Mi hermano mayor sí que lo conoció. Hasta el verano de 1996, Bernie [su hermano, prestigioso científico en estudios sobre el clima] y yo siempre lo habíamos imaginado como alguien que había contribuido serenamente, con modestas pero ordenadas aportaciones, al entendimiento humano de las leyes de la Naturaleza.

El pasado junio, sin embargo, se me ocurrió pedirle a Bernie que me contara algún descubrimiento concreto, aunque fuera pequeño, que hubiese hecho nuestro distinguido tío-abuelo, cuyos genes Bernie había heredado de manera tan sobresaliente. La respuesta de Bernie fue cualquier cosa menos rápida, cualquier cosa menos inmediata. A Bernie le hizo gracia darse cuenta después de tanto tiempo que el tío Carl Barus, que le había hecho atractiva la idea de hacerse físico, nunca le había contado nada de lo que él mismo había logrado.

«Tengo que mirarme al tío Carl a ver qué es lo que hizo», me dijo Bernie.
¡Agárrense a sus sombreros!

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Escuchen: Tío Carl, en 1900 o por ahí, experimentó con los efectos de los rayos X y la radiactividad sobre la condensación en una cámara de niebla, un cilindro de madera lleno de niebla que él mismo había confeccionado. Concluyó, y así lo publicó como cosa cierta, que la ionización era de relativamente poca importancia para la condensación.

En torno a la misma fecha, amigos y vecinas, el físico escocés Charles Thomson Rees Wilson llevó a cabo experimentos similares con una cámara de niebla hecha de cristal. El astuto escocés probó que los iones producidos por los rayos X y la radiactividad tenían mucho que ver con la condensación. Criticó a Tío Carl por ignorar la contaminación derivada de las paredes de madera de su cámara, por su tosco método de generar las nubes y por no proteger su niebla del campo eléctrico de su aparato de rayos X.

Wilson fue más allá: por medio de su cámara de niebla hizo visibles a simple vista las trayectorias de las partículas cargadas eléctricamente. En 1927, compartió el premio Nobel de Física por haber hecho aquello.

¡Tío Carl debió sentirse «como algo con lo que se había drogado el gato»! [*]

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Alternativa a esta última frase… ¡Tío Carl debió sentirse como algo que había arrastrado el gato!

* Uncle Carl must have felt like something the cat drug in! – dice el original. Diría que es un juego de palabras que KV repite múltiples veces en Timequake. Dice en el capítulo 5, página 16, que era una de las expresiones preferidas de Kilgore Trout. La expresión original de la que parte la cosa parece que sería, “look what the cat’s dragged in” – mira lo que trajo el gato, como cuando un gato trae un pájaro muerto o cualquier cosa así rara que se haya encontrado. Esta primera expresión se dice cuando aparece por ejemplo una persona inesperada a la que hace mucho que no se veía. Otra variante, “it looks like something the cat dragged in” – Y esta parece que podría ser la que KV convierte en “drug in,” que deja de tener sentido literal, pero que, creo, no deja de entenderse, y que al menos a mí me hace reír: la traducción que propongo, por la absurda, me parece que está bien.

Unas notas sobre decrecimiento: el caracol de Ivan Illich y alguna otra cosa

Fosil deParkinsonia parkinsoni procedente de Sherborne, Dorset, en el Natural History Museum de Londres. Fuente: https://en.wikipedia.org

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Comentarios y selección de José Pérez de Lama

Leyendo estos días sobre decrecimiento, en particular a Serge Latouche (Pequeño tratado del decrecimiento sereno); se ve que es un asunto de autolimitación y de proporciones; aunque una idea de la proporción algo diferente, quizás, de la de los arrquitectos clásicos.

La famosa cita de los años 60 del economista ecológico Kenneth E. Boulding nos sugiere esta idea de proporción:

Anyone who believes that exponential growth can go on forever in a finite world is either a madman or an economist.” Esto es, «Quien crea que el crecimiento exponencial pueda continuar indefinidamente en un mundo finito es un loco o un economista».

Dicen a su vez Latouche/Illich:

«El caracol – nos explica Ivan Illich – construye la delicada arquitectura de su concha sumando, una a una, espiras cada vez más grandes, luego se detiene bruscamente y empieza ahora a hacer giros decrecientes. Una sola espira más haría que la concha fuera dieciséis veces más grande, lo que en lugar e contribuir al bienestar del animal, lo sobrecargaría. A partir de entonces cualquier aumento de su productividad servirá solamente para paliar las dificultades creadas por una concha que ha crecido más allá de los límites fijados por su finalidad. Pasado el punto límite de amplitud de las espiras, los problemas del sobrecrecimiento se multiplican en progresión geométrica, mientras que la capacidad biológica del caracol sólo puede, en el mejor de los casos, seguir una progresión aritmética.

Sigue Latouche:

«Este divorcio del caracol respecto de la razón geométrica, a la que se había unido durante algún tiempo, nos muestra el camino de «decrecimiento», en la medida de lo posible, sereno y amable.»

Serge Latouche, 2009, Pequeño tratado…, p. 32-33, citando a Ivan Illich, en Le genre vernaculaire

Y otra cita más de Latouche:

«El crecimiento hoy en día sólo es un asunto rentable a condición de que el peso y el precio recaigan en la naturaleza, en las generaciones futuras, en la salud de los consumidores , en las condiciones de trabajo de los asalariados y, más aún, en los países del Sur. Por eso es necesario hacer una ruptura. Todo el mundo o casi todo el mundo está de acuerdo en esto, pero nadie se atreve a dar el primer paso.»

Serge Latouche, 2009, Pequeño tratado…, p. 43

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Lo de la proporción, por otra parte, casi siempre fue algo artístico; en la cocina, en la arquitectura, en la literatura, en las relaciones humanas… Aunque seguro que también hay maneras de abordarla desde lo científico.

El dandismo o la producción artistica de sí mismo según Foucault-Baudelaire

Michel Foucault, riendo en kimono — o más bien yukata. Fuente: https://garage.vice.com/en_us/article/wjwjvx/accidental-style-icon-michel-foucault

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Selección y notas de José Pérez de Lama

Unos párrafos que había releído este año y no he dejado de recordar del muy bello texto de Foucault ¿Qué es la Ilustración? — en la que entre otras cosas plantea la continuidad entre Ilustración y Modernidad.

Así extraídos del texto quedan algo descontextualizados. Sobre lo que quería llamar la atención, sin embargo, es sobre esta idea de la producción del yo o del propio ser como obra de arte. Algo que tal vez eche de menos en la actualidad. Cuando yo era joven, en los 80, me parece que había un consciencia de este asunto mucho más potente.

El asunto, por supuesto, es viejo. Leía también estos días a Emilio Lledó sobre el descubrimiento entre los filósofos de la Antigüedad de esta misma idea.

Hoy, estima uno, la producción de uno mismo, de nosotros mismos, como obra artística o de otro tipo, parece una instancia fundamental en el mundo de la sobreinformación y el semiocapitalismo que dice por ejemplo Bifo.

Dejo, en fin, los párrafos de Foucault.

3. […] para Baudelaire la modernidad no es simplemente una forma de relación con el presente; es, también, un modo de relación que hay que establecer consigo mismo. La actitud voluntaria de modernidad está ligada a un ascetismo indispensable. Ser moderno no es aceptarse a sí mismo tal como se es en el flujo de momentos que pasan; es tomarse a sí mismo como objeto de una elaboración ardua y compleja; es lo que Baudelaire llama, según el vocabulario de la época, el “dandismo”. No recordaré aquí pasajes bien conocidos y referidos ora a la naturaleza “vulgar, terrenal, inmunda”, ora a la rebelión indispensable del hombre contra sí mismo, ora a la “doctrina de la elegancia” que impone “a sus ambiciosos y humildes discípulos” una disciplina más despótica que las más terribles de las religiones; pasajes, en fin, sobre el ascetismo del dandy que hace de su cuerpo, de su comportamiento, de sus sentimientos y pasiones, de su existencia, una obra de arte. El hombre moderno, para Baudelaire, no es aquel que se lanza al descubrimiento de sí mismo, de sus secretos y de su verdad escondida; es aquel que intenta inventarse a sí mismo. Esta modernidad no “libera al hombre en su propio ser”, lo obliga a la tarea de elaborarse a sí mismo.

4. Finalmente agregaré una sola palabra. Este irónico “hacer heroico” del presente, este juego de la libertad con lo real para su transfiguración, esta elaboración ascética de sí, no concibe Baudelaire que puedan encontrar su lugar en la sociedad misma o en el cuerpo político. Pueden producirse sólo en otro lugar diferente: el que Baudelaire llama el arte.

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Yo había leído la traducción de Ángel Gabilondo, en el tomaco de las Obras esenciales. Esta versión es de Jorge Dávila, de 1994, accesible aquí: https://vulneraull.files.wordpress.com/2017/02/foucault-quc3a9-es-la-ilustracic3b3n.pdf

Fernando Broncano sobre el Movimiento de Vida Independiente

Exoesqueletos Atoun (Japón) para ayudar con carga. En algunos casos aún experimentales se han diseñado para ayudar a los ancianos a moverse con autonomía. Fuente: https://atoun.co.jp/en/products/atoun-model-y/

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Fernando Broncano sobre el Movimiento de Vida Independiente

Selección y comentario de José Pérez de Lama

Las citas largas que siguen corresponden a dos textos de Fernando Broncano, el filósofo y profesor, de su blog El laberinto de la identidad, de una entrada de 2018 titulada ¿Cansado del transhumanismo? otra tecnología es posible, y de un libro reciente, Puntos ciegos. Ignorancia pública y conocimiento privado (2019). El texto del libro extiende un algo el del blog.

Aunque el libro se centra en cuestiones relativas al conocimiento, con algunas secciones de gran interés sobre las fake news, por ejemplo — de los mejores textos que he leído sobre el asunto –, en aun momento trata del Movimiento de Vida Independiente, sobre el que ya había leído hace tiempo, pero que tal como las presenta Broncano aquí, me parecieron de enorme pertinencia para proponérselas a los estudiantes de Arquitectura, tanto para pensar como proyectar inclusivamente para personas con diversidad funcional como específicamente para personas mayores y ancianas.

La idea que plantean Broncano y el MVI es que las capacidades e incapacidades son, más que realidades en sí mismas, construcciones entre lo social, lo material, lo espacial y lo tecnológico. Es decir que son los diseños de los espacios y equipamientos y de los dispositivos que utilizamos, así como ciertas expectativas sociales, los que determinan que alguien sea considerado como capacitado o se vea discapacitado. Más abajo se matizará el asunto con más finura.

Algo de esto, sin embargo, lo he podido experimentar personalmente durante los últimos meses, viendo como los espacios a los que estamos acostumbrados como personas que nos consideramos «normales», se convierten en incapacitadores de las personas que de pronto se ven afectadas por una diferente condición de movilidad: suelos llenos de escalones, irregularidades y obstáculos, recorridos estrechos y tortuosos, asientos excesivamente bajos o altos, etc.

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Os dejo el texto a continuación, en el que he entrelazado partes del blog y del libro, tratando de destacar las cuestiones que me han parecido de mayor relevancia para jóvenes arquitectos/as. En cualquier caso recomiendo la lectura completa de una y otra fuente. En el blog se presentan varios ejemplos que aclaran bastante algunas de las ideas, y que a la vez resultan muy emotivos.

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Fernando Broncano, 2018 & 2019: notas seleccionadas sobre el Movimiento de Vida Independiente

No se ha reparado lo suficiente en la cultura común en la importancia que tienen algunos movimientos sociales en la lucha contra el determinismo tecnológico, contra la idea de que las trayectorias de la innovación ya están escritas y que lo único que nos queda es adaptarnos a ellas.

Sin embargo, varios estudiosos han dado el nombre de undone science (ciencia inacabada) al fenómeno de cómo las presiones de algunos movimientos sociales han cambiado la ciencia y la tecnología hacia objetivos que no habrían sido establecidos en otro caso. Hay muchos ejemplos, uno de ellos ha sido el activismo de los padres de niños con Síndrome de Asperger y autismo, que a lo largo de décadas han logrado que la neurología, psicología y pedagogía se interesen por esta condición. Gracias a ellos, la psicología cognitiva experimentó una revolución en los años ochenta, cuando se comenzó a estudiar lo que se denominó “teoría de la mente” o capacidad de entender a otras mentes. […]

El propósito de estas líneas es destacar cómo un movimiento en apariencia modesto y humilde, reivindicativo de una minoría, ha significado y está significando una resistencia cultural, filosófica, social a la ideología transhumanista, que, al menos en sus formulaciones popularizadas no es sino un humanismo para élites. Me refiero al Movimiento de Vida Independiente, un movimento nacido en los años 60-70 en Estados Unidos y extendido por todo el mundo. Es un movimiento de las personas que se niegan a decir que sufren una incapacidad sino que aspiran a llevar una vida humana, independiente y plena y plantean una transformación socio-técnica para hacer un mundo habitable para las personas en situación más frágil. Querría expresar lo filosóficamente revolucionarios que son sus principios y lo políticamente avanzados de sus planteamientos [y cómo su modestia es, sin embargo, una audaz propuesta de transformación general del entorno tecnológico].

El carácter revolucionario es muy fácil de comprobar: cuando le he contado a colegas, incluso colegas con una altísima sensibilidad moral, las demandas de este movimiento, o cuando he observado cómo han escuchado a activistas del movimiento expresarse, noto cómo, cuando ya no están en un contexto políticamente correcto mueven la cabeza y dicen “sí, claro,… pero vaya putada sufrir en la vida esta discapacidad”. Bueno, pues sí. Este es el problema que nace en una construcción culturalmente definida de lo que es la persona normativamente constituida por sus capacidades mentales y fisiológicas. [La ideología del transhumanismo no es diferente ni lejana a esta concepción de las capacidades como algo que se posee internamente, no como un espacio social y material que las hace posibles. Es precisamente esta concepción que descentra de lo corporal y lo personal las capacidades y señala nuestros hábitats y nichos tecnológicos como capacitadores o incapacitadores, llenos de barreras invisible que impiden las posibilidades de vida otra, lo que, insisto, hace de este un movimientos revolucionario también en lo cognitivo y epistémico.]

[…]

[2019: 238] Sostiene el movimiento que no hay capacidades intrínsecas humanas, sino sociedades capacitadoras o incapacitadoras. […] Es una transformación metafísica profunda: no hay planes cósmicos sino planicies de capacitación de las que toda la sociedad es responsable en sus diseños políticos, institucionales, tecnológicos. Se trata de convertir el mundo en un mundo en el que todos, los más débiles y frágiles primero, puedan llevar a cabo planes de vida independientes sin ser «dependientes» del «cuidado» de los más adaptados y mejores. Mucha de la filosofía del «cuidado», nacida con las mejores voluntades del mundo está impregnada de una filosofía asimétrica de la dependencia. Como si los cuidadores no dependieran de los cuidados. En la filosofía transgresora del Movimiento de Vida Independiente, todos dependemos de todos y todos buscamos crear independencias y autonomías para nuestros prójimos.

También tecnológicamente. La ideología dominante es la de la creación de continuas dependencias tecnológicas. Seguimos pensando en los discapacitados como seres frágiles que dependen de otros, de la tecnología y de sus cacharros cuando lo cierto es que el entorno técnico que se impone de forma determinista nos convierte a todos cada vez más en discapacitados, dependientes de la última versión de nuestro gadget favorito.

Lo que plantea el Movimiento de Vida Independiente es que las capacidades o incapacidades han de ser referidas a una interacción continua entre el cuerpo, la sociedad y el contexto material técnico y social.

Planteado en términos tan simples, no parecería más que una de tantas demandas de minorías, pero la audacia de su planteamiento inmediatamente activa la presencia de las metacegueras sobre las múltiples modalidades de barreras con las que se construyen los hábitats humanos. Es como si la ciudad [o incluso la propia casa], que antes sentíamos como un espacio de habitación común, se descubriese de pronto como un campo de vallas a la coexistencia, de imposibilidades sistémicas de acceso que podrían ser corregidas si las trayectorias tecnológicas se centrasen en derribarlas y abrir caminos a los planes de vida de todos. Me arrepiento de mi expresión: no se tratar de «derribar» vallas arquitectónicas, sino de añadir arquitecturas para la diversidad de la vida, lo que no se limitará a corregir nuestros entornos degradados, sino que implicará poner en marcha trayectorias cognitivas, técnicas y sociales que transformen estas arquitecturas en capacitadoras de los planes de vida de todos.

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Referencias

Fernando Broncano, 2019, Puntos ciegos. Ignorancia pública y conocimiento privado, Lengua de Trapo, Madrid; pp. 236-239

Blog de Fernando Broncano, 7 de octubre de 2018, ¿Cansado del transhumanismo? otra tecnología es posible, en: https://laberintodelaidentidad.blogspot.com/2018/10/cansado-del-transhumanismo-otra.html [accedido 08/11/2020]

William James: “A difference that makes a difference.”

William James, 1898, Philosophical Conceptions and Practical Results – University Chronicle, Volume 1 September 1898 No. 4 — An address delivered before the Philosophical Union, at Berkeley, August 26, 1898, by William James, M.D., LL.D., Professor of Psychology in Harvard University [24 págs]. Fuente: https://classes.matthewjbrown.net/teaching-files/american/James-PhilosophicalConceptions.pdf

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William James: “A difference that makes a difference.” [Una diferencia que determina una diferencia]

Selección y comentarios de José Pérez de Lama

[0] Desde hace un par de años intentando aprender sobre el pragmatismo filosófico clásico — Peirce, James & Dewey. Recojo aquí una cuestión relativamente anecdótica, — ¿o quizás no?

[1] Leí por primera vez, hacia 2003 o 2004, y utilicé con frecuencia la expresión que William Mitchell usaba en su libro Me++. The Cyborg Self and the Networked City: A bit is a difference that makes a difference — un bit es una diferencia que determina una diferencia; o una diferencia que produce una diferencia. Usaba Mitchell esta expresión para argumentar en aquellos años que lo que entonces se venía llamando virtual, era algo material y concreto, que no se limitaba a una dimensión imaginaria o simbólica como se tendía a pensar entonces. Un bit 1/0 determina que se realice una operación real, que se vea un pixel blanco o negro, se abra una puerta, se lance un torpedo, etc.

[2] Algo después, me pareció descubrir la procedencia de esta idea sobre la diferencia en Gregory Bateson, en su modelo de circuito cibernético, en el que la percepción era siempre cuestión de una diferencia: el organismo que percibe recibe y reconoce una diferencia de las señales que le llegan de su entorno. esta diferencia será la que active la emisión de posibles respuestas y en segunda instancia, cuando el ciclo mental se repita sucesivas veces, el aprendizaje, que sería equivalente a la creación de patrones mentales y hábitos de conducta en el modelo batesoniano [ver enlace al final]. Mitchell cita efectivamente a Bateson como una de sus principales referencia.

Tendría que ver cómo aparece la idea de diferencia en Claude Shannon, que fue quien conceptualizó propiamente la cuestión de los bits como diferencia, abierto-cerrado, uno-cero.

[3] Leo hace un par de años, que esta expresión, A difference that makes a difference, se la debemos en realidad a los pragmatistas, a Charles Peirce, primero, si no lo he entendido mal, y William James que la elabora y la sitúan como idea fundamental del pragmatismo. Lo leí hace tiempo, pero hace un par de semanas, di con la conferencia en la que James parece que lo empieza a difundir, — una conferencia de 1898 en Berkeley, California, adonde viajó en el verano de aquel año, — sin duda en los trenes transcontinentales entonces de relativamente reciente construcción.

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Transcribo a continuación, entonces, unos párrafos del excelente Dewey de Steven Fesmire; — de la introducción en la que sitúa la figura de John Dewey en su tiempo. Y después, reproduzco una parte de la conferencia de James de 1898, con su expresivo título, Philosophical Conceptions and Practical Results, — el pdf completo enlazado al final. Esta transcripción de momento en inglés; la iré traduciendo en los próximas semanas. O eso espero.

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Fesmire, 2015, pp. 2-3 [traducción de J. Pérez de Lama]

Los pragmatistas clásicos estadounidenses desestabilizaron la percepción popular de que, parafraseando a Henry David Thoreau, los filósofos son constructores de lujosos castillos conceptuales que en ningún punto llegar a tocar la Tierra. El lógico Peirce, interesado en los laboratorios inicio el pragmatismo 1878 como un medio para clarificar el significado general de los conceptos, trazando las consecuencias experimentales que los diferentes conceptos implicaban.

El humanista e individualista [William] James reinterpretó el principio de Peirce para clarificar los conceptos, extendiéndolo al término “verdad,” lanzando el movimiento pragmatista con su ensayo de 1898 Philosophical Conceptions and Practical Results.[*]

El objetivo principal de James era el destacar la importancia práctica concreta de las diferentes creencias filosóficas. No estaba acotando el territorio [staking out, expresión que utiliza en el ensayo] de una posición familiares  o que devendría antecedente de los problemas para la la filosofía del lenguaje o la filosofía de la mente del siglo XX, como podrían ser problemas lingüísticos o cognitivos significativos [esto parece un comentario para los filósofos analíticos que a mí no me dice nada.] Insistía en que las preguntas filosóficas importantes son aquellas que suponen una diferencia en nuestras vidas, y por implicación que algunas preguntas característicamente filosóficas carecen de importancia.

En 1907 escribió en Pragmatism: “No puede haber una diferencia en un sitio que no determine una diferencia en otro sitio.” [There can be no difference anywhere that doesn’t make a difference elsewhere.”] — una diferencia en una verdad abstracta que no exprese en sí misma una diferencia en un hecho concreto y en la conducta consecuente de ese hecho, impuesta sobre alguien, de alguna manera, en algún lugar, en algún momento.”

[Comentario: veremos a continuación que esta misma cita la hace James en el texto de 1898 — según parece.]

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William James, 1898, Philosophical Conceptions and Practical Results, pp. 290-292 [con algún comentario]

I refer to Mr Charles S. Peirce, with whose very existence as a philosopher i dare say many of you are unaquainted. He is one of the most original of contemporary thinkers; – and the principle of practicalism – or pragmatism –, as he called it, when i first heard him enunciate it in Cambridge in the early ’70’s – is the clue or compass i by following which i find myself more and more confirmed in believing we may keep our feet upen the proper trail.

Peirce’s principle, as we may call it, maybe expressed in a variety of ways, all of them very simple. In the Popular Science Monthly, for January, 1878, he introduces it as follows: The soul and meaning of thought, he says, can never be made to direct itself towards anything but the production of belief, belief being the demicadence which closes a musical phrase in the symphony of our intellectual life.

[Comentario 1: esto del belief o creencia conecta con el empirismo inglés y en concreto con Hume, que pensaba que todo conocimiento tiene un cierto carácter de incertidumbre y provisionalidad y por eso lo llamaba creencia, aunque con un sentido científico-empirista del término].

[Comentario 2: demicadence: imagen o metáfora algo crítptica para mí; literalmente: (Mus.) An imperfect or half cadence, falling on the dominant instead of on the key note. – Podría ser como una conclusión provisional… vinculado al ritornelo, podría ser…].

[Comentario 3: No me resulta claro cuándo se cierra la cita de Peirce; si se cierra aquí o continúa.]

Thought in movement has thus for its only possible motive the attainment of thought at rest. But when our thought about an object has found its rest in belief, then our action on the subject can firmly and safely begin.

Beliefs, in short, are really rules for action, and the whole function of thinking is but one step in the production of habits of thought.

[Comentario: los patterns de Bateson; puede que también algo similar en Dewey.]

If there were any part of thought that made no difference in the thought’s practical consequences, then that part would be no proper element of the thought’s significance. Thus the same thought may be clad in different words: but if the different words suggest no different conduct, there are mere outer accretions, and have no part in the thought’s meaning. If, however, they determine conduct differently, they are essential elements of the significance. “Please open the door,” and “Veuillez ouvrir la porte,” in French, mean just the same thing; but “D–––n you, open the door,” although in English, means something very different. Thus to develop a thought’s meaning [291] we need only to determine what conduct is fitted to produce; that conduct it is fitted to produce; that conduct is for us its sole significance. And the tangible fact at the root of our thought-distinctions, however subtle, is that there is no one of them son fine as to consist in anything but a possible difference of practice. To attain perfect clearness in out thoughts of an object, then, we need only consider what effects of a conceivably practical kind the object may involve – what sensations we are to expect from it, and what reactions we must prepare. Our conceptions of these effects, then, is for us the whole of our conception of the object, so far as that conception has positive significance at all.

This is the principle of Peirce, the principle of pragmatism. I think myself that it should be expressed more broadly than Mr. Peirce expresses it. The ultimate test for us of what truth means is indeed the conduct that it dictates or inspires. But is inspires that conduct because it first foretells some particular turn to our experience which shall call for just that conduct from us. And I should prefer for our purposes this evening to express Peirce’s principle by saying that the effective meaning of any philosophic proposition can always brought down to some particular consequence, in our future practical experience, whether active or passive; the point lying rather in the fact that the experience must be particular, that in the fact that it must be active.

[Comentario: esto de que la experiencia tiene que ser particular me llama la atención, aunque aún no se bien qué significa exactamente; tiene que ver sin duda con el empirisimo y la experiencia, valga la redundancia.]

To take in the importance of this principle, one must get accustomed to apply it to concrete cases. Such use as I am able to make of it convinces me that to be mindful of it in philosophical disputations tends wonderfully to smooth out misunderstandings and to bring peace. If it did nothing else, then, it would yield a valuable rule of method of discussion. So I shall devote the rest of this precious hour with you to its elucidation, because I sincerely think that if you once grasp it, it will shut your steps out from many an old flase opening, and head you in the true direction of the trail.

[Comentario: nueva alusión a la bonita metáfora del trail-blazing en la selva con que inicia la conferencia.]

[292] One of its first consequences is this. Suppose there are two different philosophical definitions, or propositions, or maxims, or what not, which seem to contradict each other, and about which men dispute. If, by supposing the truth of the one, you can forsee no conceivable practical consequence to anybody at any time or place, which is different from what you would foresee of you supposed the truth of the other, why then the difference between the two propositions is no difrerence, – it is only specious and verbal difference, unworthy of further contention. Both formulas mean radically the same thing, although they may say it in such different words. It is astonishing to see how many philosophical disputes collapse into insignificance the moment you subject them to this simple test.

There can be no difference which doesn’t make a difference – no difference of concrete fact, and of conduct consequent upon the fact, imposed on somebody, somehow, somewhere, and somewhen.

It is true that a certain shrinkage of values often seems to occur in our general formulas when we measure their meaning in this prosaic and practical way. They diminish. But the vastness that is merely based on vagueness is a false appearance of importance, and not a vastness worth retaining. The x‘s, y‘s, and z‘s always do shrivel, as I have heard a learned friend say, whenever at the end of our algebraic computation they change into so many plain a‘s, b‘s, and c‘s; – but the whole function of algebra is, after al, to get them into that more definite shape; and the whole function of philosophy ought to be to find out what definite difference it will make to you and me, at definite instants of our life, if this world-formula or that world-formula be the one which is true.

[Esta última sería una buena aproximación al objetivo que se plantea el pragmatismo filosófico: ayudarnos en la vida real, concreta – en lugar de construir los castillos conceptuales que tratan de explicar el ser, el mundo, etc. en términos asbtractos que con frecuencia acaban teniendo poca relación con las vidas reales de cada cual; o en el peor de los casos una relación perniciosa por su excesiva desconexión o idealismo.]

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Referencias

William James, 1898, Philosophical Conceptions and Practical Results – University Chronicle, Volume 1 September 1898 No. 4 — An address delivered before the Philosophical Union, at Berkeley, August 26, 1898, by William James, M.D., LL.D., Professor of Psychology in Harvard University [24 págs]. Fuente: https://classes.matthewjbrown.net/teaching-files/american/James-PhilosophicalConceptions.pdf

Steven Fesmire, 2015, Dewey, Routledge, Nueva York

Mitchell J. Mictell, 2003, Me++. The Cyborg Self and the Networked City, The MIT Press, Cambridge

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Sobre Gregory Bateson en este blog: JPL; 2018, Traducción de Forma, sustancia y diferencia, texto de Gregory Bateson sobre la ecología de la mente: https://arquitecturacontable.wordpress.com/2018/01/01/forma-sustancia-y-diferencia-gregory-bateson/

Sobre Claude Shannon en este blog: JPL, 2018, Unas notas sobre Shannon, fundador de la era de la Información: https://arquitecturacontable.wordpress.com/2018/11/30/shannon-fundador-era-de-la-informacion/

Sobre la muerte: unos comentarios epicúreos

Imagen: Lámina botánica del pimiento — que tengo en mi huerto casero. Leo en Tuiter, de donde procede la imagen, que en el calendario de la Revolución Francesa hoy sería 27 de Vendimiario, día del pimiento. Fuente: https://twitter.com/Ererepublicaine/status/1317601312876359680 Igual la imagen no es la más adecuada; tal vez la cambie más adelante…

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Notas de José Pérez de Lama

Estos últimos meses, seguramente años, pensando bastante sobre la muerte: muchos personas de la familia cada vez más ancianos, algunos  que se han ido muriendo, — uno mismo cada vez más viejo –, y por supuesto la pandemia global. Hace un par de días tuvimos una de nuestras regulares conversaciones con Antonio Sáseta; — la dedicamos al tema de la muerte; resultó especialmente bonita e intensa.

Dos citas de las más preferidas de este período. Una de Maite Larrauri explicando la relación con la muerte de los epicúreos — a la muerte nos has de temer, es una de las máximas que componen el llamado tetrafarmakon epicúreo.

Escribe Larrauri:

«Sea cuando sea el momento de su muerte, la mayoría querría vivir algo más, como dicen casi todos, para poder hacer o culminar lo que todavía no han realizado. La filosofía, en cambio, nos enseña que las vidas, como los jardines, nunca pueden darse por acabadas y perfectas. Eso es lo que querían expresar las sabias palabras de un epicúreo como Montaigne: “que la muerte me encuentre plantando coles, pero no preocupándome de ella y aún menos de la imperfección de mi jardín”. El tiempo se terminará para todos nosotros, habremos quitado hierbas y habremos podado y plantado hasta donde hayan llegado nuestras fuerzas, la belleza de lo que habremos hecho se encontrará ya realizada y, aunque imperfecta, no aumentará con otra primavera.

»Si la naturaleza pudiera tomar la palabra — dice Lucrecio — nos diría que aun cuando viviéramos miles de años ella no podría añadir ningún nuevo placer a los que ya conocemos, y por lo tanto, lo único que podríamos obtener es una repetición de lo mismo. Por eso es importante no comportarnos como una vasija agujereada. Así siempre podremos sacar de dentro los bienes que no hemos dejado escapar, como hace Epicuro el día de su muerte. En la carta que dirige a Idomeneo, Epicuro le dice que en ese día en el que está agonizando puede echar mano del goce que le procura el recuerdo de las conversaciones filosóficas que mantuvieron ellos dos.»

Con lo que dice en el segundo de los párrafos estoy algo menos de acuerdo, aunque sí que me parece un buen motivo de meditación para la vejez, y para tratar de prepararnos para la vejez.

La segunda de las citas, es un poco más cínica. Viene de Turgenev vía Nabokov, y en realidad se atribuye a un «nihlista». Pero creo que podemos también considerarla, en cierto aspecto, como un pensamiento epicúreo. El que lo dice es uno de los protagonistas de la novela Padres e hijos. El personaje en cuestión, un joven médico, ha contraído una enfermedad contagiosa, y es consciente que va a morir en breve. Dice — en en la traducción al inglés de Nabokov, que me parece deslumbrante, y luego en mi intento de traducción:

«Death is an old trick, yet it strikes everyone as something new».

La muerte es un viejo truco, y sin embargo nos sorprende a todos como si fuera algo nuevo.

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Las citas son de:

Maite Larrauri & Max, 2007, La amistad según Epicuro, Tándem edicions, Valencia; pp: 47-48.

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Vladimir Nabokov, 1981, Lectures on Russian Literature, Harcourt, Orlando; p. 93

 

 

Natalia Ginzburg vs Pessoa: las pequeñas y grandes virtudes

Natalia Ginzburg; fuente de la  imagen: &https://forward.com/culture/426691/the-unbearable-happiness-of-natalia-ginzburg/

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Selección y notas de José Pérez de Lama

Esto de Natalia Ginzburg:

«Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la precaución sino el valor y el desprecio del peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor a la verdad; no la diplomacia sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito sino el deseo de ser y saber».

Natalia Ginzburg, Las pequeñas virtudes, 1960 (Acantilado, Barcelona: 2002)

Y esto otro de Bernardo Soares / Fernando Pessoa:

«En la vida de hoy […] el derecho a vivir y a triunfar se conquista […] con los mismos procedimientos con que se conquista el internamiento en un manicomio: la incapacidad de pensar, la amoralidad y la hiperexcitación».

Fernando Pessoa, fecha indeterminada entre 1912 y 1935, El libro del desasosiego de Bernardo Soares, edición y traducción de Ángel Crespo, Seix Barral, Barcelona: 1984/2011 – capítulo 3 1st Article,  p. 24

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El extraordinario contraste entre uno y otro modelo humano. El de Ginzburg me parece una mezcla de valores judeo-cristianos clásicos, mundo humanista-caballeresco tipo Don Quijote e Ilustración. Más o menos la educación que me dio a mi mi madre, con la que a veces parece uno un corderito al que han dejado en medio de la jungla, si se lo toma uno al pie de la letra, como un tema de honor, o cosas así — a menos, quizás, que tengas las espaldas bien cubiertas…

El contraste también me recuerda al Thorstein Veblen, de la teoría de la leisure class — la clase ociosa. Escribía allí sobre una clase depredadora, heredera del mundo guerrero feudal, aunque fuera heredera espiritual; y otra clase, trabajadora y tranquila, que era sometida por la primera. Creo que se puede pensar que en parte son clases sociales y en parte clases de personas.

Uno se sigue quedando con Ginzburg, aunque intenta no hacerlo con demasiada ingenuidad.

Pues eso… Vale.

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ps/ En realidad tendríamos tres figuras o éticas en estas notas: la de las grandes virtudes humanistas o ilustradas, la de las pequeñas virtudes burguesas-de-clase-media, y la de la psicopatía según Soares; pero bueno, se entenderán seguro la oposición y las incertidumbres que trataba de plantear.