Reyner Banham, 1965, «Un hogar no es una casa»

Imagen: François Dallegret, 1965, The Environmental Bubble. Se debe mencionar que el dibujo no representa exactamente lo que Banham describe en el texto sino una interpretación libre.

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Reyner Banham, con ilustraciones de François Dallegret. A Home is not a House, Art in America #2, 1965, pp. 109 a 118. Traducción de José Pérez de Lama, 11.2022.

Un hogar no es una casa

N. del T.: Algunos comentarios sobre la traducción. Las que había visto tenían partes confusas que he intentando hacer aquí más claras. En general se trataba de expresiones que podríamos llamar idiosincrásicas del lenguaje californiano de la década de 1960 o muy contextuales. Creo que ofrezco opciones que responden mejor al sentido general del texto. También he optado por traducir los clásicos America, American, etc. por EEUU y estadounidenses. Finalmente, he definido apartados y les he puesto títulos, espero que para hacer más fácil la lectura.

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[Instalaciones vs arquitectura]

[P. 109] Cuando tu casa contiene tantas tuberías, chimeneas, conducciones, cables, enchufes, luces, rejillas de entrada y salida, hornos, fregaderos, trituradores de basura, frigoríficos, calentadores, sistemas de sonido, antenas – cuando tiene tantas instalaciones que los equipos podrían sostenerse por sí mismos sin ayuda de la casa, ¿para qué tener una casa para sostenerlos? Cuando el coste de todo esta parafernalia es más de la mitad del coste del conjunto (o más, como ocurre en ocasiones), ¿para que sirve la casa si no es para ocultar tus «partes pudendas mecánicas» de las miradas de la gente en la calle?

Una o dos veces, recientemente, ha habido edificios con los que el público ha estado genuinamente desconcertado tratando de discernir qué era estructura y qué instalaciones – a muchos visitantes de los laboratorios de Louis Kahn en Filadelfia les lleva un tiempo darse cuenta de que las plantas del edificio no están soportadas por los paralelepípedos de ladrillo con las instalaciones que las flanquean, y cuando se dan cuenta, se preguntan si mereció la pena el trabajo de darles una estructura resistente independiente.

No cabe duda, de que buena parte de la atención que han recibido estos laboratorios se debe al intento de Kahn de mostrar el drama de las instalaciones mecánicas – y si al final no llega a hacerlo convincentemente, la importancia psicológica del gesto sí que queda, al menos a los ojos de sus colegas arquitectos.

Las instalaciones son un tema sobre el que la práctica arquitectónica ha alternado caprichosamente entre el descaro y la timidez – hubo el gran viejo período del «dejémoslo todo visto», cuando todo techo era un lío de entrañas alegremente pintadas, como en la sala de consejo del edificio de NU, y también ha habido ataques de pudor durante los cuales el más inocente detalle anatómico se ha tapado rápidamente con un techo suspendido.

Básicamente hay dos razones para este ir de un extremo al opuesto. El primero es que las instalaciones son demasiado nuevas como para haber sido incorporadas a la proverbial sabiduría de la Arquitectura: ninguno de los grandes eslóganes – La forma sigue a la función, Accusez la structure (Hacer visible la estructura), Firmeza, comodidad y belleza, Verdad de los materiales, Menos es más – es de demasiada utilidad para tratar con la invasión de las instalaciones. Lo más próximo, en un sentido significativamente negativo, es el «Para Ledoux era fácil, sin tubos», de Le Corbusier, que parece estar convirtiéndose en la expresión de una profunda nostalgia de la edad de oro anterior a la era de las instalaciones.

La segunda razón es que la invasión de las instalaciones es un hecho, y los arquitectos – especialmente los arquitectos estadounidenses – lo sienten como una amenaza cultural a su posición en el mundo. Y tienen razón para sentirlo así, porque su especialidad profesional, el arte de crear espacios monumentales, nunca ha estado sólidamente establecida en este continente. Sigue siendo un trasplante de una cultura más antigua, a la que los arquitectos estadounidenses están constantemente tratando de volver. La generación de Stanford White y Louis Sullivan era propensa a comportarse como si hubieran sido emigrés franceses, Frank Lloyd Wright se refugiaba en germanismos como Lieber Meister, los grandes muchachos de los 30 y 40 habían nacido en Berlín y Aquisgrán y los que vienen marcando las tendencias en los 50 y 60 son personas de cultura internacional como Charles Eames o Philip Johnson, como lo son también, de muchas maneras, los personajes más actuales, como es el caso de Myron Goldsmith.

[Un caparazón ligero y un espacio único]

A sus anchas, los estadounidenses no monumentalizan ni hacen Arquitectura. De los cottages de Cape Cod, al baloon frame, pasando por la perfección de los paneles de aluminio acabados en textura de madera, han tendido a construir una chimenea de ladrillo sobre la que se apoya a una colección de cobertizos. Cuando Groff Conklyn escribió (en La casa adaptada al clima) que «una casa es fundamentalmente un caparazón vacío … un caparazón es todo lo que una casa o una estructura en la que viven los humanos realmente es. Y la mayoría de los caparazones en la naturaleza son barreras para el calor o el frío extraordinariamente ineficientes…», estaba expresando una visión extremadamente estadounidense, respaldada por una larga tradición popular.

Y como la tradición está de acuerdo con Conklyn en que el caparazón vacío de los estadounidenses es una barrera tan ineficiente para el calor, los estadounidenses han estado siempre dispuestos a bombear más calor, luz y electricidad en sus alojamientos de lo que lo hacen otros pueblos. El espacio monumental estadounidense, supongo, es el gran espacio abierto – el porche, la terraza, las llanuras del ferrocarril de Whitman, la carretera infinita de Kerouac, y ahora, el espacio exterior allá arriba [the Great Up There].

Incluso dentro de la casa los estadounidenses pronto aprendieron a prescindir de [p.110] las particiones [paredes] que los europeos necesitan para que sus espacios sean arquitectónicos y estén bajo control, y mucho antes de que Wright empezara a eliminar las paredes que subdividían la arquitectura decorosa en cuarto estar, cuarto de juego, card room, gun room, etc. los estadounidenses más humildes ya habían tendido a un modo de vida adaptado a interiores informales que eran efectivamente grandes espacios únicos.

Y ocurre que los grandes espacios envueltos en finos caparazones tienen que ser iluminados y calentados de una manera bastante diferente, y más generosa, que los interiores compuestos de cubículos de la tradición europea en torno a la que la cristalizó inicialmente el concepto de arquitectura doméstica. Desde el principio, desde la estufa Franklyn y la lámpara de queroseno, el interior estadounidense tuvo que tener mejores instalaciones para poder ser soporte de una cultura civilizada, y ésta es una de las razones por las que los Estados Unidos han sido la vanguardia de las instalaciones mecánicas en los edificios – de forma que si hay algún sitio en que las instalaciones se deban percibir como una amenaza, tiene que ser allí.

[EEUU y los olores]

«El fontanero es el intendente de la cultura de los Estados Unidos», escribió Adolf Loos, padre de todos los tópicos sobre la superioridad de la fontanería norteamericana. Loos sabía de lo que estaba hablando; su breve visita a los EEUU en los noventa [década de 1890] lo convenció de que las virtudes más destacadas del American way of life eran la informalidad (no era necesario llevar sombrero de copa para visitar a los funcionarios locales) y la limpieza – algo que necesariamente tenía que ser constatado por un vienés con una importante colección de compulsiones freudianas como era Loos. Esta obsesión con lo limpio (que puede ser uno de las mayores absurdos de la cultura norteamericana del olor a desinfectante y los Kleenex) fue otro motivo psicológico que llevó los condujo a las instalaciones mecánicas. Las primeras justificaciones del aire acondicionado no eran solo que la gente tenía que respirar: Konrad Meier (Reflexiones sobre calefacción y ventilación, 1904) escribió con meticulosidad sobre «[…] el exceso de vapor de agua, olores insanos de los órganos respiratorios, dientes sucios, sudor, ropa descuidada, presencia de microbios debida a circunstancias varias, aire pesado de alfombras y cortinajes polvorientos … que causan grandes molestias y problemas de salud».

(Dense un lavado antes de volver al siguiente párrafo.)

La mayoría de los pioneros del aire acondicionado parecería que hubieran estado obsesionados con el olfato: los mejores amigos de los EEUU que se sentían en la obligación de hablarle de su mal olor corporal (nacional), y a continuación, – vendedores compulsivos –, recomendarle su propia panacea patentada para ventilar el mal olor. De alguna manera, entre este conjunto de conceptos – limpieza, caparazón ligero, instalaciones mecánicas, informalidad e indiferencia por los valores arquitectónicos monumentales y pasión por el aire libre – siempre me pareció que acechaba algún concepto elusivo que nunca acababa de enfocar.

[La máquina en el jardín]

Finalmente me resultó claro y legible en junio de 1964, en las circunstancias más apropiadas y sintomáticas. Estaba metido en el agua hasta la altura del pelo del pecho haciendo películas caseras (gozo de este «subidón estilo NASA» llevando equipos caros a ambientes hostiles) en la playa del campus de [la universidad de] Southern Illinois. Esta playa combina el aire libre y la limpieza en un modo altamente estadounidense – como escena es el tradicional lugar de baño tipo Huckleberry Finn, pero adecuadamente vigilado (por estudiantes trabajando como salvavidas sentados en sillas Eames sostenidas sobre pilares sobre el agua) y además ¡está tratada con cloro! Desde donde estaba no sólo veía enormes barbacoas y picnics familiares sobre la arena esterilizada; también, a través y por encima de los árboles, divisaba la superficie textil de una cúpula experimental de Buckminster Fuller. Y me di cuenta entonces de que si la sucia Naturaleza pudiera mantenerse bajo un grado de control adecuado (manteniendo el sexo pero dejando fuera los estreptococos), por el medio que fuera, los Estados Unidos estarían contentos de poder prescindir completamente de la arquitectura y los edificios.

A Bucky Fuller por supuesto le gusta mucha esta propuesta: su famosa pregunta no retórica, «Señora, ¿sabe usted cuánto pesa su edificio?» articula una sospecha subversiva sobre lo monumental. Esta sospecha es compartida menos articuladamente por miles de estadounidenses que se han deshecho ya del peso muerto de la arquitectura doméstica y viven en viviendas móviles, que aunque puede que nunca lleguen efectivamente a moverse, ofrecen un mejor funcionamiento en tanto que alojamiento que las estructuras ancladas al suelo y que cuestan como mínimo tres veces más y pesan como mínimo diez veces más.

[El standard of living package]

Si alguien inventase un paquete que efectivamente [p. 112] permitiera desconectar la vivienda móvil del cableado de la red eléctrica urbana, las bombonas de gas precariamente colgadas y los inefables arreglos del saneamiento que derivan del no estar conectados a la red – veríamos entonces algunos cambios de verdad. Y puede que no sea algo tan lejano; los recortes en el gasto militar pueden hacer que las empresas aeroespaciales se dediquen a otras cosas, y que ese tipo de talento para la miniaturización aplicado a un «paquete de vida estándar» [standard-of-living package] autónomo y regenerativo, que pueda ser remolcado por una autocaravana, o enganchado de alguna manera, pudiera producirse como una unidad de alquiler para ser recogida o dejada en almacenes distribuidos por todo el país. Avis todavía podría convertirse en la primera empresa de alquiler de servicios mientras continúa en un digno segundo puesto en el alquiler de coches.

Esto podría dar lugar a una revolución doméstica que haría que la arquitectura moderna pareciese un juego de construcción de niños [Kiddibrix], porque se podría llegar a prescindir de la autocaravana misma. Un paquete de vida estándar (la frase y el concepto son de Bucky Fuller) que de verdad funcionase podría, como tantos inventos sofisticados, volver a acercar el Hombre al estado natural a pesar de su cultura compleja (algo parecido a cómo la sustitución del telégrafo Morse por el teléfono Bell restauró el poder de la voz a escala nacional).

[El modelo del fuego de campamento]

El Hombre empezó con dos formas básicas de controlar su entorno: una, evitando el asunto y escondiéndose bajo una roca, un árbol, una tienda o un techo (lo que llevó a la arquitectura tal como la conocemos) y la otro, interfiriendo efectivamente con la meteorología local, normalmente por medio de un fuego de campamento, que, en un modo más elaborado, podría llevar al tipo de situación que trato ahora de discutir. A diferencia del espacio habitable que encerraba a nuestros antepasados bajo una roca o una cubierta, el espacio en torno a un fuego tiene muchas cualidades singulares que la arquitectura no puede aspirar a igualar, sobre todo, su libertad y variabilidad.

[P. 112] La dirección y fuerza del viento determinará la forma y dimensiones de ese espacio, alargando la zona de calor tolerable en un largo óvalo, y el área de iluminación tolerable será un círculo solapado con el óvalo de calor. Habrá así una gama de alternativas ambientales equilibrando luz y calor de acuerdo con la necesidad y el interés. Si quieres hacer trabajo de detalle, como reducir una cabeza humana, te sientas en un lugar, pero si quieres dormir te acurrucas en un sitio diferente; el juego de las tabas se situará en un lugar bastante diferente del que era apropiado para el encuentro del comité de los ritos de iniciación … y todo esto sería maravilloso si los fuegos de campamento no fueran tan ineficientes, inestables, llenos de humo y todo lo demás.

Pero un paquete de vida estándar bien diseñado, impulsando el aire caliente desde el suelo (en lugar de chupando el aire frío desde abajo como un fuego de campamento), irradiando una luz suave y con Dionne Warwick sonando en un cálido [aparato de sonido] estéreo, con proteínas bien envejecidas asándose al resplandor infrarrojo en la rotisserie, y la máquina de hielo discretamente llenando de cubitos los vasos de un bar desplegable – esto mejoraría mucho más un arroyo del bosque o una roca próxima a una garganta que cualquier cosa que pudiera inventar Playboy para su penthouse. Pero ¿cómo se llevaría toda esa tecnología al fondo de la garganta? No tiene que ser muy voluminoso, las necesidades de los viajes espaciales, por ejemplo, han hecho [p. 114] cosas tremendas con la tecnología del estado sólido [electrónica], produciendo incluso minúsculos transistores refrigerantes. No absorben gran cantidad de calor, pero, ¿qué vas a hacer en este arroyo en cualquier caso; congelar un buey profundamente? Tampoco la tendrías que cargar – podría trasladarse sobre un colchón de aire (su propia salida de aire acondicionado, por ejemplo) como un hovercraft o un aspirador doméstico.

[El coche como modelo de proto-vivienda y fuente de energía]

Todo esto consumirá bastante energía, aunque sea con transistores. Pero debemos recordar que pocos estadounidenses están habitualmente alejados de una fuente de potencia de entre 100 y 400 caballos – el coche. Unas baterías mejoradas y un cable autoenrollable lograrían que el aroma de bourbon caliente flotase sobre el edén mucho antes de que lleguen la transmisión de energía vía microondas o las plantas de energía atómica miniaturizadas. El coche ya es el más poderoso elemento en el arsenal medioambiental estadounidense, y un componente esencial de un anti-edificio no-arquitectónico, con el que está familiarizada la mayor parte de la nación – el autocine [drive-in movie house]. Aunque el término casa [del nombre en inglés] sea una denominación manifiestamente equivocada – tan solo un terreno llano en el que la empresa que lo gestiona ofrece imágenes y sonido, y el resto de la situación llega sobre ruedas. Té llevas tu propio asiento, calefacción y protección como parte del coche. También llevas Coca Cola, galletas, Kleenex, Chesterfields, ropa extra, zapatos, la píldora y lo que sea que no se vende en tiendas de sonido.

[Una cubierta inflable]

El coche, en resumen, ya está haciendo bastante del trabajo del paquete de vida [standard of living package] – la pareja romántica bailando con la música de la radio en el descapotable aparcado ha creado un salón de baile en medio de la naturaleza (pista por cortesía de la Dirección de Carreteras, por supuesto) y todo es paradisíaco hasta que empieza a llover. Aún así no te mojas – es necesaria muy poca presión de aire para inflar una cúpula de plástico transparente, la salida de aire acondicionado de tu living package móvil puede hacerlo, con o sin una ligera mejora, y la cúpula misma, plegada en una mochila de paracaídas, puede ser parte del paquete. Desde dentro de tu hemisferio de 10 m de cálido espacio vital [Lebensraum] tendrías vistas espectaculares de primera fila del viento derribando árboles, la nieve en el arroyo, el fuego del bosque sobre la colina o Constance Chatterley corriendo hacia quien tú sabes bajo la tormenta.

[Una plataforma sólida sobre la que colocar el paquete de vida estándar]

Pero … seguro, esto no es una casa, ¿no es posible sacar adelante una familia en una bolsa de polietileno? Algo así nunca podrá sustituir al tradicional edificio estilo rancho en tres niveles que se alza orgulloso en un paisaje de cinco arbustos derrotados, flanqueado a un lado por otro tradicional edificio estilo rancho en tres niveles con seis arbustos y al otro por otro rancho en tres niveles con cuatro niños pequeños y yermo privado. Si los muchos estadounidenses que están criando familias en trailers me disculpan, tengo algunas sugerencias que hacer a los aún más numerosos estadounidenses que están tan inseguros que tienen que esconderse en falsos monumentos de piedra artificial y tejados prefabricados. Existen, hay que admitirlo, sólidas ventajas cotidianas derivadas de tener una buena alfombra sobre un suelo firme bajo los pies, en lugar de agujas de pino y hiedra venenosa. Los pioneros estadounidenses lo reconocieron cuando construían sus casas construyendo habitualmente sus chimeneas de ladrillo sobre soleras también de ladrillo. Una cúpula transparente podría ser anclada a una base así tan fácilmente como una estructura ligera de madera [baloon frame], y el paquete de vida estándar podría flotar sobre una especie de zona de barbacoa glorificada en medio de la solera.

[Salir y entrar de la cúpula: una cortina de aire]

Pero una bóveda inflable no es el tipo de cosa en la que los niños o alguien comiendo calabaza distraídamente pueden entrar y salir con comodidad – creedme, tratar de salir de una cúpula inflable puede ser peor que tratar de salir de una tienda de campaña empapada si empiezas con la maniobra equivocada. Pero la relación del kit de servicios con la plataforma puede ser reorganizada para superar esta dificultad, todos los cacharros del estándar de vida pueden ser reorganizados en la parte superior de la membrana que flota sobre el suelo, radiando hacia abajo calor, luz y lo que sea, dejando todo el perímetro abierto para salir como se quiera, y también para entrar, supongo. Este loco movimiento moderno de interpenetración de interior y exterior podría llegar a ser real por fin aboliendo las puertas. Técnicamente, por supuesto, sería bastante viable hacer que la membrana de energía flotase literalmente, estilo hovercraft. [Sin embargo,] cualquiera que haya tenido tenido que estar bajo las aspas de un helicóptero sabrá que es algo poco recomendable si no es para deshacerse instantáneamente de algún papel. El ruido, el consumo de energía y la incomodidad física [p. 115] serían algo tremendo. Pero si la membrana de energía pudiera sostenerse en una columna o dos, aquí y allá, o incluso en una unidad de aseo construida con ladrillo, entonces estaríamos en el camino de lo técnicamente posible antes de que la Gran Sociedad se haga mucho más vieja.

La propuesta básica es sencillamente que la membrana energética genere una cortina de aire caliente/frío/acondicionado en el perímetro de la «des-casa», por el lado del viento, permitiendo que en el resto el clima del entorno continúe en el espacio habitable, cuya relación en planta con la membrana superior no será de uno-a-uno. La membrana tendría que extenderse probablemente más allá del límite de la solera de base, en todo caso, para evitar que la lluvia llegue dentro, aunque la cortina de aire estaría activa precisamente por el lado por el que la lluvia esté cayendo, y estando acondicionada, tenderá a absorber la humedad. La distribución de la cortina de aire estaría gobernada por varios sensores electrónicos de luz y temperatura, y por esa invención radical llamada veleta. Para un tiempo verdaderamente malo se necesitarían puertas o persianas de tormenta automatizadas, pero en todos los climas salvo los más impredeciblemente inconstantes debería ser posible diseñar el equipo de acondicionamiento para tratar con las condiciones climáticas la mayor parte del tiempo, sin que el consumo de energía llegue a ser ridículamente mayor que el de una ineficiente casa de tipo monumental.

Obviamente, el consumo será significativamente mayor, pero toda esta discusión [p. 116] se desarrolla a partir de la observación de que es parte del American way of life gastar en servicios y mantenimiento en lugar de en estructura perimetral, en contraste con las culturas campesinas del Viejo Mundo. En todo caso, no sabemos dónde estaremos en la próxima década con cosas como la energía solar, y a cualquiera que le interese imaginar una visión casi posible de aire acondicionado completamente gratis, permítanme que les recomiende Shortstack (otro truco inteligente con un tubo de polietileno) en el número de diciembre de 1964 de la revista Analog.

[Contestando algunas objeciones: ruido, bichos, privacidad…]

De hecho, bastantes de las objeciones de sentido común que se pueden hacer a la «des-casa» podrían evaporarse solas: por ejemplo, el ruido puede no ser un problema porque no habrá paredes alrededor para rebotarlo de vuelta al espacio habitable, y, en todo caso, el rumor de la cortina de aire supondría un aceptable umbral de volumen que los sonidos tendrían que superar antes de hacerse perceptibles y así llegar a molestar. ¿Bichos? ¿Vida silvestre? En verano no será mucho peor que con las puertas y ventanas abiertas en una casa convencional; en invierno, las criaturas sensatas bien migran, bien hibernan, pero, en todo caso, ¿por qué no estimular los procesos normales de competición darwiniana para ordenar la situación en nuestro lugar? Todo lo que se necesita es iniciar el proceso por medio de un señuelo de carácter general; éste emitiría llamadas para el apareamiento y olores sexy, atrayendo así a todo tipo de predadores y presas mutuamente incompatibles a una lucha inenarrable. Una cámara conectada a un circuito cerrado de televisión podría retransmitir el estado del juego a una pantalla en el interior de la vivienda y ofrecer un programa de 24 horas que dejaría en nada la audiencia de Bonanza.

¿Y la privacidad? En los EEUU esto parece ser más una idea abstracta que algo que tenga que ver con cómo se vive de hecho, por lo que es difícil pensar que a alguien le preocupe seriamente. La respuesta, en las condiciones suburbanas que suponen esta argumentación, es la misma que se dio para las casas de vidrio que los arquitectos diseñaban tan activamente hace diez años: más paisajismo sofisticado. Esto, después de todo, es el país del bulldozer y los trasplantes de árboles adultos – ¿por qué vamos a dejar que el Jefe de Parques y Jardines se quede con toda la diversión?

[El sueño jeffersoniano de la buena vida]

Según se dijo, esta argumentación supone que, para bien o para mal, los EEUU quieren vivir en suburbia. No tiene nada que decir sobre la ciudad, que, como la arquitectura, en EEUU es un realidad insegura que procede de fuera. Lo que [p. 117] discutimos aquí es una extensión del sueño jeffersoniano más allá del sentimentalismo agrario del Broadacre usoniano de Frank Lloyd Wright – el sueño de la buena vida en un campo limpio, de una vida hogareña en un jardín de electrodomésticos paradisíaco. Este sueño de la «des-casa» puede sonar muy antiarquitectónico, pero lo es sólo en grado, una arquitectura despojada de sus raíces europeas, pero que trata de desarrollar unas nuevas en un suelo extraño ya ha sido experimentado una o dos veces. Wright no bromeaba cuando hablaba de la destrucción de la caja, aunque la promesa espacial de la frase es raramente hecha completamente realidad en el mundo sólido de los hechos. Arquitectos populares de las regiones centrales de los EEUU como Bruce Goff y Herb Greene han producido casas cuya supuesta forma monumental es claramente de poca relevancia para el desarrollo de la vida cotidiana en su interior y su entorno.

[El modelo de la casa de cristal de Philip Johnson]

Pero es en un edificio que a primera vista no parece otra cosa que forma monumental donde la amenaza o la promesa de la «des-casa» se ha demostrado con mayor claridad – la casa Johnson en New Canaan. Se han dicho tantas cosas engañosas (por el propio Johnson y por otros) para probar que esta casa es una obra de arquitectura en el sentido de la tradición europea que hacen que no se aprecien sus muchos e intensos rasgos estadounidenses. Y sin embargo debajo de toda la erudición sobre Ledoux, Malevich y Palladio y de lo que se ha publicado, un sugestivo prototipo permanece sin poder ser borrado – la persistencia en la mente de Johnson, admitida por él mismo, de la imagen visual de un pueblo incendiado en Nueva Inglaterra, los caparazones ligeros de las casas consumidos por el fuego dejando tan solo los suelos y las chimeneas de ladrillo. La casa de New Canaan consiste esencialmente en esos dos elementos, un suelo calefactado de ladrillo y una unidad vertical que es una chimenea/hogar por un lado y un cuarto de baño por el otro.

Alrededor de esto se ha colocado precisamente el tipo de caparazón insustancial que planteaba Conklyn, solo que aún más insustancial. La cubierta, sin duda, es sólida, pero psicológicamente la casa está dominada por la ausencia de un cierre visual alrededor. Tal como han notado muchos peregrinos al lugar, la casa no se acaba en el vidrio, y la terraza, incluso los árboles más allá, son parte visual del espacio en invierno, física y operativamente también en verano cuando las cuatro puertas están abiertas. La «casa» es poco más que un núcleo de servicios emplazado en el espacio infinito, o alternativamente, un porche exento que mira en todas direcciones hacia al espacio exterior. En verano, en efecto, los vidrios serían un sinsentido si los árboles no los protegieran del sol, y en el reciente otoño, tan caluroso, el sol llegando al interior a través de los árboles desnudos creaba un efecto invernadero tal que estar en ciertas zonas se hacía muy incómodo – se habría estado mejor en la casa sin los cerramientos de vidrio.

[P. 118] Cuando Philip Johnson dice que la casa no es un ambiente controlado, sin embargo, no son estos aspectos de los cerramientos de vidrio los que tiene en mente, sino que «cuando hace frío me tengo que acercar al fuego y cuando ya tengo demasiado calor me alejo». Lo que ocurre es que está simplemente aprovechando el fenómeno del fuego de campamento (también pretende que el suelo calefactado no hace que toda la superficie sea habitable, que sí que lo hace) y en todo caso, ¿a qué se refiere con un ambiente controlado? No es lo mismo que un ambiente uniforme, es sencillamente un ambiente adecuado a lo que vas a hacer a continuación, y ya construyas un monumento de piedra, te alejes del fuego o enciendas el aire acondicionado, se trata del mismo gesto humano básico.

[Conclusión: en contra del monumento]

Sólo que el monumento es una solución tan pesada que me asombra que los estadounidenses estén todavía dispuestos a usarla, si no es por alguna profunda sensación de inseguridad, una incapacidad persistente de deshacerse de los hábitos mentales que querían dejar atrás escapando de Europa. En la sociedad de fachadas abiertas, con su movilidad social y personal, su intercambiabilidad de componentes y personas, sus aparatos y su flexibilidad casi universal, la persistencia de la arquitectura-como-espacio-monumental podría parecer la evidencia del sentimentalismo de los duros.

N. del T.: El significado de este final se me escapa y parece algo anticlimático. Quizá tenga que ver con que Banham consideraba la sociedad californiana en particular como excesivamente romántica.

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Referencias varias

Versión en inglés PDF con ilustraciones: https://studio4postindustrial.files.wordpress.com/2011/04/banham-home-is-not-a-house-1.pdf

Ilustraciones de François Dallegret: https://socks-studio.com/2011/10/31/francois-dallegret-and-reyner-banham-a-home-is-not-a-house-1965/

Otra versión en esp: https://pablomadridra.wordpress.com/2012/11/25/a-home-is-not-a-house-traduccion-al-castellano/

Otra versión más en esp en: Almudena Ribot, Gaizka Altuna Charterina & Diego García-Setién (editores), Prototipar. Cómo industrializar casi cualquier cosa, Colaboratorio, Madrid; p.78-88

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