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Personalidad colectiva compuesta por Teresa Duarte, David Patiño y José Pérez de Lama, amigos, profesores, activistas

Performances secretas

Performances secretas

José Pérez de Lama

El hombre moderno piensa que todo debe ser hecho en función de algún objetivo, nunca por el propio valor de lo que se hace. Bertrand Russell, 1932, Elogio de la ociosidad [1]

No hay necesidad de tener prisa. No hay necesidad de brillar. No hay necesidad de ser nadie más que uno mismo. Virginia Woolf [2]

Desde hace poco tiempo vengo haciendo algunas performances secretas (performance como en arte). Algunas las hago con mi padre nonagenario. Aunque sea poco cool, tengo que reconocer que con frecuencia nos aburrimos. Invento estas cosas para tratar de entretenernos. Otras las hago yo solo.

Como son secretas habitualmente no las cuento. Pero ésta que hice ayer, como me parece perfectamente inofensiva, la voy a contar.

Resulta que cuando voy al supermercado me gusta escribir la lista a mano en una hoja de papel doblada en tres — como quizás pueda apreciarse en la imagen de arriba. No es que no sepa escribir la lista de la compra en el móvil, incluso subirla a la nube y esas cosas. Pero me gusta escribirla a mano, y, en especial, el gesto de sacar el papel del bolsillo mientras doy vueltas por el súper tratando de leerlo.

En esta ocasión doblé el papel en seis: el habitual pliegue en tres, como un tríptico, y éste luego doblado por la mitad. En la parte de arriba escribí normalmente la lista de la compra. Pero en esta ocasión, en la parte de abajo escribí unas líneas de Kafka, de las Cartas a Milena, que había leído estos días en Twitter y me habían llamado la atención. Decían así:

«Constantemente trato de comunicar algo incomunicable, de explicar algo inexplicable, de contar algo que sólo siento en mis huesos y que sólo puede ser sentido en estos huesos».

Con el papel así escrito me fui a la compra. Bueno, en realidad, una vez que estaba en la calle me di cuenta de que se me había olvidado el papelito y tuve que subir de nuevo a recogerlo.

Recién había estado enfermo con unas fiebres invernales y hacía tiempo que no salía por lo que me sentía un poco raro. Pero llegué al súper, (pos)moderno y limpio, y actué exactamente igual que lo hubiera hecho otras veces. Aunque dentro del supermercado hacía un frío impresionante encontré bastante rápido todas las cosas de la lista, y añadí alguna más.

A la hora de pagar estaba mi cajera pereferida que suele trabajar los sábados. Le pregunté si todo le iba bien, y me contestó bastante formalmente. Pero me dio la sensación de que sí, de que todo le iba bien. Pagué con billetes, — otra lucha que uno mantiene contra los crecientes niveles de abstracción –, metí las cosas en las bolsas políticamente correctas que traía de casa y me despedí y salí y volví a casa como si todo hubiera sido normal y como siempre.

Esa fue la performance. Me lo pasé bastante bien haciéndola.

Saludos.

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#notas

[1] The modern man thinks that everything ought
to be done for the sake of something else, and
never for its own sake.
Bertrand Russell, 1932, In Praise if Idleness

[2] No need to hurry. No need to sparkle. No need to be anyone but yourself. Virginia Woolf

Notas varias sobre la reforma de las universidades Esp

Imagen: Patio del edificio central de la Universidad de Sevilla (la antigua Fábrica de Tabaco). Autor imagen: Zarateman; fuente: Wikipedia.
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Notas varias sobre la reforma de las universidades Esp

José Pérez de Lama

Tenemos nuevo Ministro de Universidades en la persona de Manuel Castells. Algunos amigos de amigos tal vez pudieran andar por allí cerca y me habían comentado estos días, e hice diversas notas, de las que selecciono alguna cosa aquí. Más de 20 años de experiencia universitaria, casi 30 si se cuentan los años de estudiante. En la universidad pública española, en Estados Unidos, en algunas otras partes…

[1] Algo bueno entre cosas malas…

Charlando con un colega profesor italiano, quizás fuera ayer, estábamos de acuerdo en que la Universidad – así con mayúsculas — era irreformable. Lo de ahora es malo, un nuevo sistema también lo será enseguida. Lo bueno es que entre ambas situaciones fuertemente institucionalizadas pueden darse situaciones libres, relativamente provisionales… Me contaba por cierto, que en Italia, donde él trabaja, esto del EEES, al menos en cuanto acreditaciones, «papers», etc. se lo toman con algo más de distancia crítica que nosotros por aquí.

Un espacio de una cierta libertad entre dos situaciones altamente codificadas… Esto estaría relacionada con la idea que comparto desde siempre con diferentes colegas, algo estrafalaria hoy en día, pero de antigua raigambre – de Montaigne a Freire entre muchos otros – de que no puede existir aprendizaje si no es en libertad – lo otro son diferentes modalidades de domesticación… Y lo mismo en cuanto al pensamiento, incluso a eso que en ocasiones se llama «creación»…

Construyendo el argumento de otra manera: convendría no codificar en exceso y hacer que existan espacios de libertad, de diferencia, de experimentación… Los pocos centros universitarios que, de entre los que he conocido, me han deslumbrado profundamente eran así.

En una de mis colaboraciones «algo ilustres», participamos en una red con el famoso MIT, — la red Fab Lab –, y el profesor del Media Lab que lideraba la red nos contaba en alguna ocasión que su principal trabajo era tratar de liberar a sus estudiantes e investigadores de burocracias, papeleos, trabajitos varios… para que se pudieran dedicar de lleno a estudiar, enseñar, investigar… Ni siquiera allí lo conseguía, decía en uno de sus escritos… __ (algún otro comentario sobre esto más abajo).

[2] El sistema universitario Esp es razonablemente bueno

Cualquier reforma, siempre en mi opinión, debe partir de considerar que el sistema universitario Esp es bastante bueno [véase, por ejemplo, World Economic Forum, 2017]. Más o menos está al nivel de Esp en los rankings mundiales en economía y en otros temas; o quizás un poco mejor. Lo del catastrofismo, el rasgarse las vestiduras, etc. conviene tomárselo con algo de distancia; muchas veces es crítica bastante interesada; otras es dejarse llevar por «el verlo todo-todo-todo mal». A veces piensa uno, incluso, que la universidad pública es una de las cosas que mejor funciona en nuestro pobre país… La defensa de la «universidad pública» es de especial importancia en este debate. Por supuesto, hay mucho que mejorar; casi todo lo podemos y tenemos que mejorar ___ aunque también se puede empeorar, que suele ser mucho más fácil; y cabría decir que lo de empeorar sería ir a favor de «la inclinación natural de las cosas»; la entropía y eso. En mi opinión, empeorar es más bien lo que hemos hecho en los últimos 20 años con «Bolonia» – en conjunto, aunque ciertamente no en todo.

[3] Acabar con un sistema de incentivos que ya no funciona

Ahora una cita de Spinoza: «a los esclavos y no a los hombres libres es a quienes se recompensa por su buen comportamiento» [Tratado político, cap. X, 8; citado en Deleuze, 2009]. Una línea de análisis del uso de los incentivos así en general plantea que a partir de un cierto momento, cuando la población a la que se aplica ha desarrollado sus mecanismos de adaptación, los incentivos tienden a producir justo lo contrario de lo que se proponían [SV-POW!, 2017] – Y esto parecería ser así en el sistema universitario Esp. Habría que pensar, como están haciendo diversas universidades europeas, en abandonar el sistema de promoción presuntamente meritocrático, pro-mercados y globalizante de los últimos años, cuyos efectos desde hace tiempo se han hecho más bien perversos: me aventuro a afirmar, la «ciencia» está cada vez alejada de los urgentes problemas de la civilización y el mundo contemporáneos (el caso del cambio climático quizás sea la mayor evidencia); los tipos de subjetividad que se han producido en las universidad son catastróficos («carrerismo», individualismo, utilitarismo cutre, corto-placismo, abandono de la docencia, etc. – véase sobre esto, por ejemplo, La sociedad de control de Deleuze, 1991).
Frente a esto la alternativa que propone el texto que se citaba para optimizar el trabajo universitario me parece de lo más sensata: sueldos normales, buenas condiciones de trabajo, mayor autonomía y disponibilidad del propio tiempo. Lo que dice el artículo que cito es bien sencillo: «But could it be that the best way to get good research and publications out of scholars is to hire good people, pay them the going rate and tell them to do the job to the best of their ability?» Otras autoras hablan de slow professors, haciendo el paralelismo con la slow food y las slow cities — (ps: ver la referencia a un texto de Stengers en los comentarios al artículo).

[4] Necesidad de evaluación seria tras 20 años de la implantación del EEES («Bolonia»)

Sería muy necesaria una evaluación del sistema universitario Esp y europeo – desde la implantación del EEES y el dominio creciente de los estándares globales y de la pretendida fast academy. Decía hace unos días que una de las cosas que bien podría hacer Castells, aprovechando su prestigio global, era impulsar este proceso a nivel europeo, para, entre otras cosas, re-evaluar las actuales tendencias de desarrollo del conocimiento, las ciencias, la innovación, and-so-on.

[5] Una evaluación realista del sistema universitario Esp

Esta evaluación, en mi opinión, tendría que ser hecha, en nuestro caso, desde la situación y la perspectiva de la sociedad y del propio sistema universitario Esp; nuestras fortalezas y debilidades, etc. Otro poco de Spinoza, que es lo que ando leyendo últimamente:

«Los filósofos, [los moralistas… los sacerdotes,] se figuran, sin duda, llevar a cabo una obra sublime y alcanzar la sabiduría más elevada, haciendo elogios incesantes a una naturaleza humana imaginaria, acusando al mismo tiempo de manera implacable a la [naturaleza humana] que de verdad existe. Ya que no conciben a los hombres tal y como son, sino tal y como su filosofía querría que fueran». ___ Tratado político, I, 1 __ citado por F. Lenoir, 2019, 108.

[6] Objetivos propios: una evaluación «situada» del sistema universitario Esp

Uno, que como decía ha «experimentado» – como estudiantes, como profesor-investigador, como conferenciante –, universidades por bastantes partes del mundo, incluyendo algunas de las que se suelen proponer como modelos ideales de referencia – de esas que en ocasiones se hacen aparecer con un carácter cuasi-mágico, – piensa que para hacer una evaluación del sistema universitario español que sea ecuánime, y sobre todo que sirva para algo,  éste debe ser valorado,

a) en un contexto internacional amplio – lo que decía que ocupamos un puesto bastante adecuado a nuestra posición internacional en otras cuestiones;

b) en función de nuestros objetivos específicos (sobre los que habría que pensar, y que comparados con las universidades estadounidenses más famosas serán en principio bastante diferentes);

c) en función de los medios económicos y quizás de otro tipo que se le dedican. Si no, aunque sea un tópico decirlo, sería como comparar en fútbol al Real Madrid con un equipo de Islandia o Japón, por decir algo, o en baloncesto, a los Lakers de Los Angeles con una liga de deporte educativo y saludable.

Uno piensa, y siempre trata de hacerlo ingenuamente, que el sistema universitario Esp tendría que reflexionar sobre unos objetivos específicos: de la universidad pública, de las necesidades y aspiraciones de España, de la situación de la que partimos… Y en ese sentido, tratar de copiar a las universidades más excepcionales del mundo anglo-estadounidense me parece un posicionamiento equivocado, poco ilustrado y «algo provinciano»; como del muchacho de Valladolid – por decir algo – que llega a América y se queda deslumbrado por los rascacielos, las autopistas, los coches y las hamburguesas, etc. y piensa que todo lo suyo era mucho peor… Otra forma de colonialismo…

[7] Repensar los objetivos: reorientación de la producción de conocimiento y saberes

Recordando ahora a Guattari [2000: 14] en lugar de a Spinoza, ya en los 80 y en relación con la crisis ecológica y social – y en lo ecológico desde luego, ahora estamos mucho peor que entonces; como decía está muy claro que siempre se puede empeorar – planteaba que no era tanto en el avance de lo estrictamente tecno-científico en donde tendríamos que centrarnos – con los conocimientos existentes en realidad podríamos resolver casi todos los problemas a los que se enfrenta la humanidad hoy en día – sino en lo que Guattari llamaba ecología social y ecología mental: cómo se organizan las sociedades, que subjetividades producimos – por decirlo de manera rápida y simplificada. Si esto fuera así, y a mi desde luego me parece totalmente verosímil – y nos lo tomásemos en serio como sociedad – , debería suponer una reorientación radical de las ciencias las tecnologías, el general intellect, etc. hacia cosas como la transición energética justa y democrática, la reorientación radical de las finanzas y el desarrollo digital, los problemas de la desigualdad a múltiples escalas, la cuestión del (pos)crecimiento and-so-on. Daríamos entonces una menor importancia a otras cosas que hoy se entienden por la vanguardia de los tecno-científico.

La Humanitas de Cicerón [https://es.wikipedia.org/wiki/Paide%C3%ADa] – de donde vendrá el Humanismo, que se alcanzaba a través de la educación, constituía para los romanos lo que los diferenciaba de los bárbaros. Y hoy, a pesar de tantas críticas a los sucesivos humanismos, habría que seguir pensando en quienes son los bárbaros. Y entre los muchos bárbaros, uno piensa que están los que usan las ciencias y las tecnologías para matar mejor con sus drones y misiles, los que usan las matemáticas para vender más anuncios, generar algoritmos financieros depredadores o tener a la población estrechamente controlada, o los que usan la investigación médico-farmacéutica para ganar dinero antes que ninguna otra cosa. En fin, esa ciencia que imaginamos maravillosa, pero que sin orientación ni límites se convierte en motor de barbarie.

[ps2: Si se consultan la LOU (Ley de Ordenación Universitaria, art. 1) y en mi caso más particular la LAU (Ley Andaluza de Universidades, art. 3) y el Estatuto de la Universidad de Sevilla (arts. 2 y 3), se observa que las funciones, principios informadores, principios básicos y objetivos que se encomiendan y atribuyen a la Universidad en Esp son múltiples y variados,  pero que muchos de los que se relacionan en estos textos legislativos quedan en la práctica en poco más que declaración de intenciones mientras que a través de otros se intenta dominar, de maneras que en ocasiones llegan a ser insidiosas, la vida universitaria].

[8] El tiempo, los plazos

La cuestión del tiempo, de los plazos. ¿Cuánto va a durar este gobierno? ¿Cuatro años, ocho, tres, dos…? ¿Cuánto se tarda en implementar una transformación profunda de un sistema universitario? ¿Veinte años? ¿Veinticinco? __ Parte de lo que se pueda pensar desde el nuevo ministerio tendría que ser en torno a esta cuestión de los tiempos… ¿Qué cosas se pueden hacer en uno o dos años? ¿Qué cosas se pueden plantear para 8, 16, 24 años y que condiciones supone eso para un proyecto que tendría que poder ser continuado por equipos muy diferentes? Porque lo que si que parece claro es que el proyecto de convertir Esp en un país entre los más avanzado en el campo del conocimiento y las ciencia y tecnología tendría que ser un proyecto generacional; – no puede ser algo que vaya el ritmo de las elecciones y los partiditos de turno.

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En fin; como siempre, casi todo lo escrito son más bien preguntas y temas que uno propondría para discutir con los amigos, que pretendidas verdades definitivas. A pesar de que los otros sí que propongan sus cosas como tales… Es lo que tiene, tanto el no tener que tomar decisiones – supongo que lo haría sin problemas si tuviera que hacerlo –, como el haber visto mucho ya y el ser cada vez menos creyente en nada.

¡Vale!

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#referencias

Gilles Deleuze, 2009 [1ª edición fr. 1981; 1ª edición Tusquets, 1984], Spinoza: filosofía práctica, Tusquets, Barcelona

Gilles Deleuze, 1991, Posdata sobre la sociedad de control, disponible, por ejemplo, aquí: http://theomai.unq.edu.ar/conflictos_sociales/Deleuze_Postdata_sociedad_control.pdf | accedido 13/01/2020

Félix Guattari, 2000 [1989], Las tres ecologías, Pretextos, Valencia.

F. Lenoir, 2019, El milagro Spinoza, Ariel, Barcelona

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Las fuentes de opinión son periodísticas aunque con referencia a estudios académicos; considero en cualquier caso que muestran otros sentidos comunes de los que estamos bastante necesitados.

Elizabeth Redden, 2019, Stepping Out of the Rat Race, en: https://www.insidehighered.com/news/2019/01/23/ghent-university-belgium-embraces-new-approach-faculty-evaluation-less-focused | accedido 13/01/2020

SV-POW!, 2017, Every attempt to manage academia makes it worse, https://svpow.com/2017/03/17/every-attempt-to-manage-academia-makes-it-worse/ | accedido 11/01/2020

World Economic Forum, 2017, Which countries provide their citizens with the best higher education? en: https://www.weforum.org/agenda/2017/05/which-countries-provide-their-citizens-with-the-best-higher-education/ accedido 11/01/2020

La figura del “Privatgelehrter”, el intelectual privado, según Benjamin

Imagen: Benjamin (arriba a la derecha) con otros turistas / exiliados en 1933 en un barco en Ibiza. Fuente: https://elpais.com/cultura/2018/05/27/actualidad/1527444858_165788.html
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Las notas que siguen proceden de Hannah Arendt [traducción de Harry Zohn], 1968, Introduction. Walter Benjamin: 1892-1940, en: Walter Benjamin, Illuminations. Essays and Reflections, 2007 [1968], Schocken Books, Nueva York

Selección y comentario de JPL

Ando  entreteniéndome últimamente practicando un poco el alemán que aprendí de niño, y encontré estos días la palabra Gelehrter, – que se traduce al inglés como learned y al español, quizás con menos fortuna, como docto. Lehren es enseñar, pero en la fórmula aparece un poco en pasivo, algo así como los que han sido enseñados o los que han pasado por la enseñanza… La raíz doc – de docere, como en docencia – en doctos posiblemente sugiere también algo así… Lo de Gelehrter lo había encontrado recientemente en Kant en su texto sobre qué es la Ilustración, en el que los Gelehrter se presentaban como los protagonistas de la Aufklärung, y también del debate político público. Ahora lo volví a encontrar en este texto en el que Hannah Arendt intenta poner en valor a su amigo Walter Benjamin, más de 25 años después de su muerte, y tras una primera edición de sus trabajos por parte de T.W. Adorno que, parece ser, consideraba que no le había hecho justicia. Ardent aquí nos presenta a Benjamin, como un aspirante a Privatgelehrter, que podría traducirse quizás como intelectual privado. Esta última expresión la había leído si mal no recuerdo referida a Spinoza – y usada en oposición a la de intelectual público (Larrauri). Ya se ve que se mezclan un poco las cosas.

Arendt decía que Benjamin se había propuesto ser eso, — o argumentado al revés: con su formación y su biografía, no habría sido capaz de hacer o ser ninguna otra cosa –; el problema era que esa figura ya era anacrónica e inviable en su tiempo, a pesar de que él – y algunos otros de su generación – siguieran soñando con aquel tipo de vida. __ Y aun así, es posible que ciertos aspectos de esta figura fantasmática, la del Privatgelehrter, aún sigan presentes de una u otra manera.

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Arendt, 1968: 24

Entonces podría uno decir que Benjamin no se preparó para otra cosa que para la «profesión» de coleccionista privado y estudioso (scholar) totalmente independiente, lo que entonces se llamaba Privatgelehrter. […]

Sigue algunos párrafos más para volver sobre el equivalente en la tradición francesa que sería el homme de lettres:

[p.27] Hoy el homme de lettres nos resulta una figura más bien inofensiva y marginal, como si la debiéramos comparar con la figura del Privatgelehrter que tuvo siempre un cierto toque de comicidad. Benjamin […] probablemente supo del origen del homme de lettres en la Francia pre-revolucionaria así como de su extraordinaria recorrido en la Revolución Francesa. En contraste con los escritores y literati posteriores, los «escrivains et litterateurs», y así son descritos los hommes de lettres incluso por Larousse, estos hombres, aunque en efecto vivían en el mundo de la palabra escrita e impresa y estaban, sobre todo, rodeados [p. 28] por libros, no tenían la obligación ni la intención de escribir y leer profesionalmente, para ganarse la vida. A diferencia de la clase de los intelectuales que ofrece sus servicios al Estado en tanto que expertos, especialistas o funcionarios, o a la sociedad para la diversión o la instrucción, los hommes de lettres siempre se afanaron por mantenerse a distancia de ambos, Estado y sociedad.

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Otra nota de Arendt del mismo texto sobre esta condición de intelectual privado de Benjamin [pp. 3-4]:

[3] En el caso de Benjamin el problema (si es que lo era) puede diagnosticarse retrospectivamente con gran precisión; tras haber leído el ensayo largo sobre Goethe del que era autor alguien completamente desconocido, Hofmannsthal lo calificó como «absolutamente incomparable» (schlechthin unvergleichlich); y el problema es que tenía literalmente razón, no podía compararse con nada de la literatura existente. El problema con todo lo que escribiera Benjamin es que todo resultó ser sui generis.

La fama póstuma, entonces, parece ser lo que le toca a los inclasificables, esto es, a aquellos cuyo trabajo ni encaja en el orden existente ni introduce un género nuevo que se presta a una futura clasificación. Los innumerables intento de escribir à la Kafka, todos fracasos lamentables, sólo han servido para enfatizas la singularidad de Kafka, una absoluta originalidad de la que no pueden trazarse antecedentes ni sufrir seguidores. Esto es una de las cosas que a la sociedad le cuesta más aceptar y a la que será más difícil que de su sello de aprobación. Por expresarlo francamente, sería tan engañoso recomendar hoy a Walter Benjamin como ensayista y crítico literario como lo habría sido recomendar a Kafka en 1924 como novelista y escritor de relatos cortos. Para describir adecuadamente su trabajo y a él mismo como autor dentro de un marco de referencia habitual, uno tendría que hacer muchas enunciaciones negativas, tales como: su erudición era grande, pero no era un erudito [scholar]; su materia de estudio incluía textos y [4] su interpretación, pero no era un filólogo, sentía gran atracción, no por la religión sino por la teología y las interpretaciones de tipo teológico para las que el texto en sí mismo es sagrado, pero no era un teólogo y no estaba particularmente interesado en la Biblia; era un escritor de nacimiento, pero su gran ambición era producir un trabajo enteramente compuesto por citas; fue el primer alemán en traducir Proust (junto con Franz Hessel) y St.-John Perse, y antes de eso había traducido los Tableaux parisiens de Baudelaire, pero no era un traductor; reseñó libros y escribió algunos ensayos sobre escritores vivos y muertos, pero no era un crítico literario; escribió un libro sobre el barroco alemán y dejó inacabado un enorme estudio sobre el siglo diecinueve francés, pero no era un historiador, de la Literatura o de otro tipo; intentaré mostrar que pensaba poéticamente, pero no era ni poeta ni filósofo.

Y ésta era la particular vocación y oficio de Benjamin según Arendt, más allá de su intento de vivir o de ejercer como un Privatgelehrter… [sigue en pág. 4]:

Aun así, en los raros momentos en que se preocupó por definir lo que estaba haciendo, Benjamin pensaba de sí mismo como un crítico literario, y si pudiera decirse que hubiese aspirado a una posición en la vida ésta habría sido la del «único crítico verdadero de la literatura alemana» (tal como lo puso Scholem en una de sus pocas y muy bellas cartas al amigo que se han publicado), excepto que la misma noción de convertirse así en un miembro útil de la sociedad le habría repelido. No hay duda de que estaba de acuerdo con Baudelaire, «Être un homme utile m’a paru toujours quelque chose de bien hideux». En los párrafos introductorios de su ensayo sobre las Afinidades electivas, Benjamin explicó lo que entendía cómo la tarea del crítico literario. Empieza distinguiendo entre el comentario y la crítica. (Sin mencionarlo, quizás incluso sin ser consciente, usó el término Crítica, que en su uso normal tendría el significado de criticar [no funciona del todo la traducción / Kritik (en alemán) y critique], tal como Kant lo usó cuando habló de la Crítica de la Razón Pura). […]

El crítico como un alquimista que practica el oscuro arte de transmutar los elementos fútiles de lo real en el resplandeciente, duradero oro de la verdad, o más bien, que observa e interpreta el proceso histórico que genera esta mágica transfiguración – sea lo que sea que pensemos de esta figura, se corresponderá con dificultad con lo que normalmente podamos tener en la mente cuando clasificamos a un escritor como crítico literario.

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#referencias

Hannah Arendt [traducción de Harry Zohn], 1968, Introduction. Walter Benjamin: 1892-1940, in: Walter Benjamin, Illuminations. Essays and Reflections, 2007 [1968], Schocken Books, Nueva York __ puede encontrarse on line

Sobre la hypolepsis estoica según Marco Aurelio & Larrauri: no basta pensar para pensar bien

Imagen: busto de Marco Aurelio en la Gliptoteca de Munich, fuente: https://es.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:Marcus_Aurelius_Glyptothek_Munich.jpg & https://historia-biografia.com

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Texto principal de Maite Larrauri con comentario previo de José Pérez de Lama

[1] El término griego hypolepsis, importante en las Meditaciones de Marco-Aurelio curiosamente tiene diversas interpretaciones.

Lepsis, según leo viene del verbo lambein, que significa agarrar, y de ahí varios términos, hypolepsis, prolepsis, katalepsis — estos dos últimos leídos a Emilio Lledó en sus comentarios sobre el epicureísmo. Esta idea de agarrar relacionada con la mente es la misma o similar que en nuestros aprehender o comprehender. Aprehender significa además algo así como capturar, detener (a un fugitivo o un criminal) y cosas así.

Hypolepsis, explica Larrauri, ha sido diversamente traducido en el contexto de la filosofía estoica como opinión, juicio de valor – en Lledó veo que lo hace como lenguaje — ella misma en el texto que sigue propone la traducción contemporánea de discurso.

En Lledó (1984), y en el marco de la filosofía epicúrea, veo que prolepsis sería algo así como una pre-noción, con la connotación de suposición; mientras que katalepsis sería comprensión. Para Lledó hypolepsis sería una falsa suposición.

Veo muy por encima que el término hypolepsis también se encuentra en Aristóteles y es algo que se sitúa entre la percepción y la razón, de forma dría que parecida a como lo explica Larrauri a continuación para los estoicos.

[2] Como comentaba en textos anteriores, esto de los ejercicios estoicos, Foucault los comentaba etiquetándolos con la interesante expresión de tecnologías del yo: tecnologías o técnicas mediante las que se trataba de producir o modular el yo, la subjetividad… Por un lado lindan de manera inquietante con la habitualmente vilipendiada auto-ayuda. Por otro, siendo la producción de subjetividad una de las principales áreas del poder contemporáneo (la producción de deseos, valores, formas de ver en el mundo, etc. en cada uno de nosotros…) pues igualmente parece que sería un territorio de resistencia o de batalla fundamental.

Me llamó la atención últimamente la expresión «resistencia íntima» (título de un libro de J:M. Esquirol que no me llegó a entusiasmar, no se bien por qué, igual tendría que volver a leer — y que me había recomendado un amigo, Antonio Piñero, él sí con gran entusiasmo). Si con Guattari pensamos que las subjetividades son producidas colectivamente, y las singularidades podrían ser, quizás, más del ámbito de lo individual, pues esta resistencia estoica a los discursos habría que pensarla, algo más allá que Marco-Aurelio, como colectiva y como individual…

En cualquier caso, la resistencia a los discursos, hoy, parece importante… en múltiples niveles: el de la subjetividad neoliberal, el de la derrota y el catastrofismo y el desaliento y la impotencia… incluso, incluso, en ciertos aspectos de las fake news

Os dejo ya de una vez el texto. A mi me gusta releerlo periódicamente, como un ejercicio de los que proponen Larrauri y Marco-Aurelio.

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El ejercicio según Marco-Aurelio, capítulo «Todo es discurso»

Pasaje de Maite Larrauri: El ejercicio según Marco-Aurelio, pp. 18-24.

[p. 18] Un filósofo en la Antigüedad es alguien que lleva una vida filosófica, que se ha convertido a la vida filosófica. El estoicismo, la escuela de pensamiento que orientó a Marco-Aurelio, sostiene la idea de la auto-transformación, una especie de doctrina del perfeccionamiento mediante la ascesis, o sea, el ejercicio.

La idea de la transformación de uno mismo sólo puede provenir de una concepción según la cual algo en nosotros tiene que desaparecer, convertirse o cambiar y, por lo tanto, hay que llevar a cabo un combate [¿?], no contra algo exterior sino en el interior de nosotros mismos. Mientras se hizo a los dioses responsable de nuestras irracionalidades, de nuestras pasiones, como sucede en la Ilíada, la idea del ejercicio era imposible: el odio o el amor, la ira o la sed de venganza eran fuerzas más potentes que los humanos, fuerzas que los arrastraban inevitablemente a cometer unos determinados actos. No había nada que hacer:los dioses siempre eran más fuertes que los humanos, por lo que se establecía una gran inocencia en la parte [p. 19] de los humanos, y la culpa del mal toda correspondía a la parte de los dioses. Cuando, más adelante, el Cristianismo formuló que era necesaria la intervención de la gracia divina para alcanzar la perfección humana, se puso fin a la vía ascética para lograrlo [¿?]. En medio se desarrollaron las escuelas filosóficas de la Antigüedad greco-romana.

Los primeros filósofos pensaron que el mal y la ignorancia se debían a una orientación errónea en el modo de vida y en el modo de conocer. Una vida demasiado apegada a las cosas materiales, un conocimiento que se deja guiar por los sentidos, son situaciones en la que la parte mejor de nosotros mismos, la parte intelectiva a la que se referían con el nombre de nous, queda arrinconada, aplastada por la parte irracional de nuestra personalidad. Somos entonces víctimas de las pasiones, esclavos de lo que los otros hacen o dicen, alejados de la verdad y de la justicia, en una palabra, del bien.

Según esa concepción, la pasión y la razón intelectiva se oponen. No se puede hacer el mal voluntariamente porque el mal es fruto de la ignorancia a la que conduce una vida basada únicamente en [p.20] el conocimiento que aportan los sentidos.[*] Si, por el contrario, llevamos vidas racionales, conducidas por el nous, conoceremos el bien y lo practicaremos en consecuencia: a esto se le llama «intelectualismo moral». No es que el intelectualismo moral, como se ha dicho en muchas ocasiones, afirme que basta con realizar la operación mental de conocer el bien para practicarlo, sino más bien que la práctica de una vida buena, en la que el conocimiento racional es el centro, conduce al bien. Sócrates siempre defendió un cambio en el modo de vida como condición para alcanzar la virtud. Pero quizás simplificó esta metamorfosis creyendo que se trataba de un camino sin vuelta atrás. De nuevo aquí tampoco parecería, a primera vista, que había espacio para el ejercicio.

[*] Nota del ed.: La típica situación en la que se piensa que conociendo la verdad, que se equipara con «tomar conciencia», ya está todo resuelto… Y bien sabemos que no es así…

Pero después de Sócrates y de Platón, las cosas empezaron a mirarse con más detenimiento, se percibieron problemas donde antes no se veía nada. ¿Por qué Alcibíades – alumno privilegiado de Sócrates – aun conociendo el bien, no persistía en esa vía? ¿Acaso la virtud una vez adquirida puede perderse? ¿Quizá eso quiera indicar que la virtud debe ejercitarse constantemente o de lo contrario amenaza con desaparecer?

Después de todo, Sócrates había afirmado en múltiples ocasiones que una vida sin continuo cuestionamiento no esra digna de ser vivida. Quizá [p. 21] pensaron los estoicos, no se le había escuchado suficientemente en este punto. La vida que analiza sin cesar los principios en los que se basa y las acciones que realiza es como la vida de un atleta del pensamiento, una vida en la que el ejercicio es esencial.

Lo que está claro es que Marco-Aurelio dedica muchas páginas de su libro [¿?] a explicar que el logos o pensamiento racional puede ser un mal logos, deteniéndose en el modo en que hay que entrenarlo para que sea verdadero, lo que indica que para él no basta pensar para pensar bien, para pensar la verdad. Dentro de nuestra mente, el error es posible. Sembrar desconfianza o sospecha respecto al funcionamiento del pensamiento racional constituyó una gran novedad.

Marco-Aurelio repite con insistencia estas dos frases: que «todo es hypolepsis» y que «hay que suprimir la hypolepsis». En la mayoría de traducciones hypolepsis aparece como «opinión». Algún estudioso propone «juicio de valor»: las representaciones, las interpretaciones, los juicios que emitimos sobre las cosas del mundo, sobre las cosas que nos suceden. En la medida en que estas opiniones, representaciones, interpretaciones o juicios de valor están incorporados en el lenguaje que hablamos espontáneamente – y ésa es la vía por la que nos encontramos de entrada sometidos a la influencia de los demás, de la sociedad [p. 22] a la que pertenecemos –, me atrevo a proponer una traducción moderna con la palabra «discurso». Así pues, recogiendo una síntesis del propio Marco-Aurelio: «el mundo no es sino metamorfosis, la vida no es sino discurso». Lo que quiere decir que vivimos en el interior de discursos que pronunciamos, que la experiencia del mundo y de las cosas nos viene a través de los discursos que nos preexisten, que el mundo nos alcanza como un mundo ya interpretado.

«Las cosas, en cuanto tales – afirma Marco-Aurelio –, no tocan en absoluto nuestra alma (psyché): no tiene acceso a ella, no la pueden modificar ni mover. Nuestra alma por sí misma se modifica y se pone en movimiento». En efecto, suena muy moderno: Marco-Aurelio está afirmando que nuestra psyché no se ve afectada por la cosas sino por la interpretación que de las cosas hacen los discursos y, por ello, podemos afirmar que se modela a sí misma. Ellos [los discursos] son los causantes de las alteraciones de la psyché. Y esa es la explicación de todos los imperativos de Marco-Aurelio que formulan la necesidad de suprimir la hypolepsis, los discursos. «No tener hypolepsis y evitar la turbación del alma, puesto que las cosas no tiene la capacidad de crear nuestros juicios».

Así pues, la pasión y la razón no son territorios opuestos: las pasiones sólo son irracionales porque agitan y desestabilizan la mente pero, en la medida que derivan de un razonamiento erróneo, son racionales. Es en el uso de nuestro pensamiento racional donde hay que buscar las causas de nuestros sufrimientos, de nuestras perturbaciones, de nuestros males. Y con este planteamiento, el ejercicio adquiere su sentido más pleno. Porque depende de mi voluntad aceptar o rechazar el discurso que pronuncio, que me digo a mi misma. Se trata de un ejercicio mental que combate contra lo que espontáneamente dice nuestro pensamiento racional, ya que todos nosotros estamos, de entrada, privados de la verdad. Y es un ejercicio que, si no desfallecemos y lo incorporamos a nuestro modo de vida, nos promete la salvación [¿?], la felicidad. «Todo es discurso y el discurso depende de ti. Suprime, pues, cuando quieras, el discurso y como un barco que ha doblado un cabo, encontrarás inmediatamente buen tiempo, todos los elementos en calma y una ensenada al abrigo de las olas».
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«Las cosas no alcanzan la mente, sino que permanecen fuera, inmóviles; cualquier tumulto proviene tan solo del discurso interior».

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Nota del ed.: Puse signos tal que así [¿?] en la transcripción en frase que me causan cierta duda o desacuerdo, a veces por falta de contexto y otras porque no lo veo claro.

#referencias

Maite Larrauri & Max, 2009. El ejercicio según Marco Aurelio, Pretextos, Valencia

Marco Aurelio [traducción de A. Guzmán Guerra], 2018 [1985], Meditaciones o soliloquios, Alianza, Madrid

Emilio Lledó, 1999 [1984], El epicureísmo. Una sabiduría del cuerpo, del gozo y de la amistad, Círculo de Lectores, Barcelona

Los robber barons (según Hobsbawm) y sus – quizás – sucesores actuales

Imagen: G.W. & C.B. Colton & Co, 1882, Mapa del Atlantic & Pacific Railroad. Muestra rutas completadas, rutas en proceso y concesiones de tierras (land granst). Fuente: Wikipedia; https://en.wikipedia.org/wiki/Atlantic_and_Pacific_Railroad#/media/File:Atlantic_&_Pacific_Railroad_Map.jpg
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José Pérez de Lama, notas y traducción

Un pasaje de: Eric Hobsbawm, 1997 [1975], The Age of Capital (1848-1875), Abacus, Londres; (pp. 173-77).

Robber barons (barones ladrones es la traducción habitual al español), es un término usado habitualmente para denominar a los grandes capitalistas estadounidenses de la segunda mitad del siglo XIX. Este pasaje en Hobsbawm me llamó especialmente la atención en su peculiar libro (segunda entrega de la trilogía sobre la historia universal del siglo XIX). No entro demasiado a explicar mi adjetivo «peculiar». Digamos que es un libro interesante, pero irregular, y que adolece del problema casi inevitable que supone tratar de escribir una historia «universal», primero, y segundo, hacerlo desde la perspectiva de un país o una cultura concretas. El libro es muy interesante en cualquier caso; con algunas partes formidables a mi juicio, y una lectura bastante entretenida.

En cuanto a los robber barons. Hobsbawm se supone que es un historiador marxista – aunque a mi juicio en esta obra no se nota demasiado: quizás por tratar de escribir algo más «para todos los públicos». Aún así, titulándose el volumen, La Edad del Capital, por supuesto que presta atención al capitalismo y al trabajo y sus conflictos. Los robber barons fueron unos capitalistas, según se acepta generalmente, particularmente depredadores y despiadados. Lo explica un poco Hobsbawm en los párrafos a continuación. A pesar de eso, o por eso mismo, son algunos de los grandes nombres en la historia de los EEUU, — nombres que llegan con potencia hasta el presente –, en su economía, su política, sus instituciones culturales, sus universidades…

Leo estos días en la Wikipedia (en inglés) – no se acaba uno de dar cuenta de la maravilla que és – el origen del término:

“El término robber baron deriva de Raubritter (en alemán, caballeros ladrones), los señores medievales alemanes que cargaban tasas oficialmente ilegales (no autorizadas por el Sacro Imperio Romano) en los antiguos caminos que cruzaban sus tierras o tasas aún mayores a lo largo del (río) Rin.” Sigue leyendo Los robber barons (según Hobsbawm) y sus – quizás – sucesores actuales

¿Cómo afectan los sesgos psicológicos a la economía pública?

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Howard Miller, J (1942): We Can Do It!, cartel publicitario de Westinghouse, estrechamente relacionado con Rosie the Riveter, poster usado por  la War Production Co-ordinating CommitteeDesde una copia perteneciente al National Museum of American History, Smithsonian Institution. La modelo podría ser Geraldine Doyle (1924-2010) o Naomi Parker (1921-2018). Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Rosie_the_Riveter

David Patiño Rodríguez

Este post fue publicado originalmente en el  Blog de Fueros y Huevos del Diario Expansión el 15/10/2019

En las dos últimas décadas se ha asistido a la popularización de la Economía del Comportamiento hasta el punto de que el psicólogo Kahneman en 2002 y más recientemente, en 2017, el economista norteamericano, asesor de Obama, Richard Thaler; fueron galardonados con el premio Nobel. El enfoque se caracteriza por aplicar métodos y evidencias de otras ciencias sociales, como la sociología, la antropología y, sobre todo, la psicología. Con este instrumental ha dado explicaciones a fenómenos para los que la economía neoclásica convencional no tiene explicación o la que suministra es insatisfactoria. Su análisis se basa en el reconocimiento de que las limitaciones cognitivas de los individuos para entender la información económica y los sesgos psicológicos que poseen les llevan a adoptar frecuentemente decisiones que difícilmente pueden ser catalogadas como racionales. En general, más que contradecir a la economía neoclásica asume que las personas quebrantan sus supuestos de modo frecuente y cometen errores en su comportamiento, que pueden ser identificados. Los primeros desarrollos se basaron en el estudio de comportamientos disfuncionales como la adicción a las drogas o la obesidad, para extenderse al análisis de problemas económicos tradicionales tales como el ahorro, la inversión financiera o la oferta de trabajo. Más recientemente, se ha aplicado al estudio de las políticas económicas acuñándose la etiqueta Behavioural Public Economics, para referirse al estudio de sus efectos sobre el comportamiento y el bienestar.

La Economía del Comportamiento ha definido tres amplias categorías de sesgos psicológicos que pueden provocar comportamientos alejados de los supuestos por la economía convencional: optimización imperfecta, autocontrol limitado y preferencias no convencionales. La optimización imperfecta implica que los individuos no adoptan, necesariamente, decisiones óptimas bien porque no los identifican, porque poseen capacidades limitadas para hacer cálculos mentales o deciden empleando puntos de referencia, por ejemplo, otorgando más relevancia de la que objetivamente tienen a eventos que han tenido lugar cerca de ellos en el espacio o en el tiempo. En cuanto a las preferencias no convencionales se ha constatado que los individuos lejos de ser egoístas se preocupan por el bienestar de los demás, por tomar decisiones justas y equitativas, responden con reciprocidad a los demás, sienten empatía, son patriotas, siguen normas sociales, están influidos por el contexto social en el que se desenvuelven o, como diríamos ahora, por el relato de los acontecimientos. El autocontrol limitado se manifiesta en la discrepancia entre las intenciones de los individuos y su comportamiento efectivo. Es decir, planean comportarse de una manera determinada, pero acaban haciéndolo de otra porque procrastinan, modifican sus elecciones en función de su estado emocional o pequeñas barreras le suponen impedimentos significativos a su acción (Patiño y Gómez-García, 2019).

Las premisas de la Economía del Comportamiento pueden ser útiles para la Economía Pública. La visión convencional supone que los individuos son los mejores garantes de sus propios intereses y saben elegir qué mejorará su bienestar, pero esto no está asegurado si tienen sesgos en sus comportamientos. Si el decisor político ignora dichos sesgos puede adoptar instrumentos de política económica equivocados. Además, justifica la intervención del gobierno en el mercado en supuestos distintos a los basados en los fallos del mercado tradicionales: si mucha gente tiene sesgos cognitivos o ausencia de autocontrol los individuos pueden no liberarse por sí mismos de sus errores de decisión y el papel del gobierno no debería limitarse al de estado mínimo. Si los individuos no optimizan, incluso en mercados que funcionan bien, puede haber posibilidades para obtener ganancias de bienestar si las acciones del gobierno ayudan a que los individuos mejoren sus decisiones individuales. De cara a diseñar actuaciones públicas, es fundamental conocer estos aspectos de manera detallada pues la diferencia entre la intención de los individuos y sus acciones puede variar en función de cambios muy pequeños en el contexto de su elección (Madrian and Shia, 2001). Igualmente, la Economía del Comportamiento plantea también soluciones de política económica novedosas o determina valoraciones diferentes de las que se aplican habitualmente. Por ejemplo, cuando se producen discrepancias entre el comportamiento deseado y el efectivo puede ser necesario algún nudge (Thaler and Sunstein, 2008) que empuje a los individuos a adoptar decisiones que estén en línea con sus propios intereses, en lo que se ha denominado paternalismo libertario. No obstante, esto abre la puerta a la arbitrariedad por lo que incluir esta perspectiva en el diseño de las políticas públicas requiere evaluar, sin género de duda, el grado en el que las utilidades experimentadas por los individuos difieren de las decisiones que adoptan.

El auge de la Economía del Comportamiento ha impulsado la evaluación empírica de las políticas y la búsqueda de medidas que actúen sobre los sesgos cognitivos o los marcos mentales en los que los individuos adoptan sus decisiones que constituyan nudges efectivos para lograr los objetivos perseguidos. Especialmente se buscan intervenciones efectivas de bajo coste presupuestario. Es ya frecuente que las administraciones tributarias de numerosos países traten de elevar el cumplimiento fiscal a través de medidas que inciden en los aspectos no cognitivos que lo explican. En concreto, exploran medidas como el envío de cartas a los contribuyentes que inciden sobre distintos sesgos de su comportamiento cuantificando el grado de éxito en diferentes grupos de población. O también ha llevado a cuestionar las soluciones habituales que se han dado a los problemas tradicionales. Campbell et al. (2011), por ejemplo, han cuestionado la efectividad de la provisión de información obligatoria en presencia de externalidades si los consumidores no entienden dicha información, creen que no es relevante o no saben cómo acceder a ella o usarla. Este marco también se emplea en el diseño de impuestos o de incentivos fiscales y ha llevado a estudiar con detenimiento las opciones por defecto. Éstas, según la visión convencional, no deberían influir en las decisiones pero se ha constatado que conducen a resultados muy diferentes en ámbitos como la donación de órganos o la cantidad que los trabajadores aportan a planes de pensiones. Sesgos como la aversión a las pérdidas de los individuos o la preferencia por el statu quo explican muchas situaciones en las que se ralentizan en el tiempo la adopción de reformas o se obtienen resultados anómalos, por su inconsistencia con el comportamiento racional. Por ejemplo, el efecto del papel atrapamoscas de las finanzas locales sugiere que los fondos públicos se asignan en función al uso original que se les asignó y no en función a dónde sean más útiles o la ilusión de la deuda pública de Buchanan que hace que los individuos no la perciban como impuestos del futuro como predice la racionalidad de la equivalencia ricardiana o la tradicional ilusión fiscal que Puviani puso de relieve hace ya más de un siglo.

 

REFERENCIAS

Campbell J. Y., Jackson, H. E., Madrian, B. C. y Tufano, P (2011), “Consumer Financial Protection”, Journal of Economic Perspectives, 25(1): 91-114.

Madrian B. C. y Shea, D. F. (2001), “The Power of Suggestion: Inertia in 401(k) Participation and Saving Behavior”, Quarterly Journal of Economics, 116(4): 1149-1187.

Patiño, D. y Gómez-García, F. (2019), “Do Quasi-Hyperbolic Preferences Explain Academic Procrastination? An Empirical Evaluation”, Hacienda Pública Española, 230-(3/2019): 95-124.

Thaler, R. H. y Sunstein, C. (2008), Nudge: Improving Decisions About Health, Wealth, and Happiness, Yale University Press, New Haven, CT.

Un informe para una academia, un relato de Kafka

Imagen: Mr Crowley, el primer chimpancé que llegó a Estados Unidos, a finales del siglo XIX; a las pocas semanas había aprendido a comer con cubiertos; pintado por James Henry Beard en 1885, el cuadro se tituló: Its Very Queer Isn’t It . Dada la fama de Mr Crowley en aquel tiempo, no sería extraño que Kafka, tan aficionado a las historias americanas, hubiera sabido de él… | fuente: https://crystalbridges.org/blog/the-sad-true-story-of-mister-crowley-of-central-park

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Un informe para una academia

Franz Kafka, 1917

Traducción original de Francisco Zanutigh Núñez (1938; Losada, 2009), ocasionalmente modificada por José Pérez de Lama.

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Nota introductoria (JPL)

The modern man thinks that everything ought to be done for the sake of something else, and never for its own sake. Bertrand Russell, 1932, In Praise of Idleness

Según sugería Russell, se me antojó, por el gusto de hacerlo, leer despacito e ir copiando éste que es mi cuento preferido de Kafka desde hace ya algún tiempo.

Entre los diferentes temas que el texto sugiere, a mí, quizás, el que más me llame la atención es el de la soledad, — que aparece muy de pasada casi al principio.

Al irlo leyendo, — en la edición de Losada del 70 aniversario, con algunas de las historias incluidas en el volumen traducidas por el propio Borges — entre las cuales ¡nada más y nada menos que la Metamorfosis! — pues ya me puse a mirar la versión original en alemán, otra en inglés que se encuentra fácilmente – y los diccionarios on line, y en fin, a entretenerme un poco con el asunto — y ya puesto pues modifiqué la traducción al español en alguna ocasión en que me parecía que no se entendía del todo bien o que las expresiones eran algo arcaicas. La traducción original es estupenda en cualquier caso.

La traducción lleva mucha comas, que son del traductor original. La principal duda es un término clave, Ausweg, que se repite múltiples veces, y que Zanutigh – se intuye que colega de Borges -tradujo consistentemente como salida, y al que yo he optado por darle diferentes traducciones; salida, fuga, escapatoria, vía de escape… No se si acertadamente;  por probar otra cosa.

Los números de página que se indican tal que así [p. 261] son los de la mencionada edición de Losada.

Y ya que  lo hacía pensé que estaría bien ponerlo en el blog.

¡Sin más, sigue la historia de Kafka!

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Un informe para una academia

[p. 252]

Eminentes señores de la Academia:

Ustedes me han hecho el honor de pedirme presente a la Academia un informe sobre mi simiesca vida anterior.

En este sentido, lamentablemente, no puedo satisfacer la petición. Casi cinco años me separan de la simiedad; un tiempo quizás corto si se lo mide con el almanaque, pero interminablemente largo para cruzarlo al galope, como lo he hecho yo, acompañado, en algunos tramos por personas eminentes, consejos, aprobación y música de orquesta, pero en el fondo solo, ya que toda compañía, para no salirse del cuadro, se mantiene siempre lejos, del otro lado de la barrera. Este logro habría sido imposible si yo hubiera querido aferrarme caprichosamente a los recuerdos de la juventud. Justamente renunciar a todo capricho fue la consigna sagrada a la que me atuve. Yo, mono libre, me sometí a este yugo; pero de esta forma los recuerdos, por su parte, se me niegan cada vez más.

Así como al principio, si los hombres hubiesen querido, mi retorno se habría realizado a través de la puerta que el cielo todo traza sobre la tierra, ésta se me iba estrechando y achatando a medida que continuaba mi forzada evolución hacia adelante; cada vez me sentía más a gusto y más integrado en el mundo de los humanos. La tormenta que me arrancó de mi pasado ya se aplacó; hoy es solamente una corriente de aire que me refresca los talones, y el agujero en la lejanía por el que llega, y por el que yo pasé una vez, se ha vuelto tan pequeño que, suponiendo que tuviese las fuerzas y la voluntad suficientes como para [p. 253] volver hasta allí, aún me sería necesario dejarme el pellejo para poder atravesarlo.

Hablando con franqueza –por más que también a mí me agrade usar imágenes para tratar de estas cosas –hablando con franqueza: la simiedad de ustedes, señores míos, en la medida en que también ustedes tengan algo por el estilo en su pasado, no les va a resultar más lejana que a mí la mía. A todos los que caminan por la Tierra les cosquillea algo en el talón; tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles. Y sin embargo, en un sentido limitadísimo, quizás pueda corresponder a su pedido de un informe, y lo hago inclusive con una gran alegría.

Lo primero que aprendí fue el apretón de manos; un apretón de manos es prueba de sinceridad; pues bien, ojalá que ahora que me encuentro en el cenit de mi carrera pueda agregarse a aquel primer apretón de manos también la palabra franca; no aportará nada nuevo a la Academia y se quedará muy por debajo del nivel de lo que me ha pedido y que yo, a pesar de toda mi buena voluntad, no puedo decir; pero con todo, mostrará las líneas directrices que orientaron a un cierto mono para introducirse en el mundo de los humanos y asentarse en él. Sin embargo, seguramente no podría permitirme decir ni la parte más insignificante de lo que viene a continuación si no estuviese completamente seguro de mí, y mi posición en todos los más importantes escenarios de varietés del mundo civilizado no se hubiese consolidado hasta el punto de la inconmovilidad:

Soy originario de la Costa de Oro. Sobre cómo me cazaron debo remitirme a informes de otras personas.

[p. 254] Una expedición de caza de la firma Hagenbeck (*) –aparte de esto, de entonces ahora llevo ya no pocas botellas de vino vaciadas junto con el jefe– estaba al acecho en unos matorrales de la costa, cuando por la noche corrí, mezclado en el tropel para ir a beber. Se hicieron disparos; yo fui el único que fue alcanzado; recibí dos balazos.

Uno en la mejilla; no fue de importancia, pero dejó una gran cicatriz roja, sin pelos, que valió el repelente, ciento por ciento inadecuado sobrenombre de Peter el Rojo, sobrenombre que parece inventado por un mono, como queriendo significar con eso que sólo por la mancha roja en la mejilla me diferencio yo de aquel mono-animal amaestrado, que era conocido aquí y acullá, y que ya hace mucho que la palmó. Esto sea dicho solamente de paso.

El segundo tiro me alcanzó debajo de la cadera. Fue grave; a eso se debe que aún hoy renquee un poco. Últimamente leí en un artículo de uno de esos miles de lebreles que se explayan sobre mi en los periódicos que mi naturaleza de mono todavía no había sido dominada del todo, que una prueba de ello sería que cuando recibo visitas me complazco en bajarme los pantalones para mostrar el punto por donde entró aquella bala. A ese bribón habría que reventarle uno por uno todos los dedos de la mano con que escribe.

Yo, yo me puedo quitar los pantalones delante de quien se me antoje; no se encontrará ahí más que una piel muy bien cuidada y la cicatriz [p. 255] –elijamos aquí una palabra precisa para un propósito preciso, pero que no pueda ser mal interpretada– la cicatriz de un tiro nefando.(**) Todo queda expuesto a la luz del día; no hay nada que ocultar; cuando se trata de la verdad toda persona de espíritu amplio deja de lado el más preciado de sus buenos modales. Por el contrario, si ese escribiente se quitase los pantalones cuando llega a una visita la cuestión desde luego cambiaría de color y acepto que sea un signo de cordura de su parte que no lo haga. ¡Pero, entonces, que me deje de fastidiar con sus mojigaterías!

Después de aquellos disparos desperté –y aquí empieza, poco a poco, mi propio recuerdo– dentro de una jaula en el entrepuente del vapor de la compañía Hagenbeck. No era una jaula con cuatro paños de barrotes, sino que más bien eran solamente tres paños ajustados a un cajón, de modo que el cajón formaba la cuarta pared. Aquello era demasiado bajo como para poder estar de pie y demasiado angosto como para poder sentarse. Por eso me agachaba, con las rodillas dobladas, que no dejaban de temblar; y, como al principio no quería no ver a nadie y trataba de estar siempre en la oscuridad, estaba dado la vuelta hacia el cajón, mientras que por detrás los barrotes se me iban incrustando en la carne. Se considera provechosa esta forma de tener al principio así enjaulados a los animales salvajes, y actualmente, después de mi experiencia, no puede negar que, considerándolo desde el punto de vista humano, realmente es así. Pero entonces no pensaba así.

Por primera vez en mi vida me encontraba sin salida: por lo menos hacia delante no podía ser; [p. 256] hacia delante tenía ante mí el cajón, con sus tablas bien ensambladas; cierto que entre dos tablas había una rendija que iba de lado a lado, y cuando la descubrí la celebré con el aullido dichoso de la inconsciencia, pero esta abertura no era lo suficientemente ancha para tan siquiera pasar por allí la cola y ni empleando toda mi fuerza simiesca llegaría a poderse ensanchar.

Según me dijeron después. Parece que hacía desacostumbradamente poco ruido, de lo que dedujeron que o bien me extinguiría pronto, o bien, en caso de que lograse sobrevivir el primer período crítico, sería muy fácil de amaestrar.

Sobreviví ese período. Sollozar sordamente, dolorosos despiojamientos, lamer en silencio un coco, golpetear la pared del cajón con el cráneo, chasquear la lengua si alguien se me acercaba fueron mis primeras ocupaciones en la nueva vida; pero detrás de todo aquello se escondía una sola sensación: ninguna salida. Naturalmente, las sensaciones simiescas de entonces hoy solamente las pude transmitir con palabras humanas, y consecuentemente desfiguradas. Pero, aunque ya no me sea posible alcanzar la antigua verdad simiesca, al menos ésta se encontrará en la dirección de mi descripción; de eso no les quepa la menor duda.

¡Yo había tenido hasta entonces tantas vías de escape! … ¡y ahora ninguna! Estaba cogido. Si me hubiesen clavado a la caja, mi libertad de movimiento no habría sido menor. ¿Por qué esto? Ráscate entre los dedos de los pies hasta despellejarte, no encontrarás la razón. Aprieta la espalda contra los barrotes hasta que casi te partas en dos, no encontrarás la razón. No tenía ninguna escapatoria, pero tenía [p. 257] que encontrar alguna, porque sin escapatoria no podía vivir. Siempre contra aquella pared del cajón, inevitablemente habría reventado; pero con Hagenbeck a los monos les corresponde la pared del cajón; así que dejé de ser mono. Una clara, hermosa deducción que de algún modo tuve que haber elucubrado con la barriga, ya que los monos piensan con la barriga.

Temo que no se entienda bien lo que quiero decir con la expresión vía de escape (***). Empleo la expresión en su más completo y corriente sentido. Es a propósito que no digo libertad. No me refiero a esa gran sensación de libertad hacia todos lados. Como mono quizá la haya conocido y he tratado con humanos que la anhelan. Pero en lo que a mí respecta ni entonces pretendí la libertad ni tampoco ahora lo hago. A todo esto, los humanos frecuentemente se engañan. Y así como la libertad es uno de los sentimientos más elevados, también el correspondiente engaño es de los más elevados. Muchas veces, en las salas de varietés, antes de salir a escena, he visto dos artistas allá arriba, en el techo, trabajando en el trapecio. Se mecían, se balanceaban, saltaban, quedando colgados unos de los brazos del otro, uno llevaba al otro por los cabellos suspendido de sus dientes. «También esto es libertad humana», pensaba yo, «la elección soberana». ¡Escarnio de la sagrada Naturaleza! Ningún edificio podría permanecer en pie ante las risas de la simiedad frente a tal espectáculo.

No, yo no quería libertad; solamente quería una salida, a derecha, a izquierda, hacia algún lado. No tenía más pretensiones. Aunque la salida fuese sólo una trampa; la pretensión era pequeña, el engaño no sería mayor. ¡Avanzar! [p. 258] ¡Avanzar! Todo menos quedarse quieto con los brazos en alto, apretado contra la pared de un cajón.

Hoy lo veo claro: sin la mayor tranquilidad interior jamás podría haber escapado. Y de hecho todo lo que he llegado a ser lo debo quizás a la tranquilidad que después de los primeros días se adueño de mí, allá, en el barco; y a su vez esta tranquilidad debo agradecérsela a la gente del barco.

A pesar de todo, son buena gente. Todavía ahora me agrada recordar el sonido de sus pesados pasos, que en aquel entonces retumbaban en mi duermevela. Tenían la costumbre de tomarse todo con extremada lentitud; si alguno quería frotarse los ojos, levantaba la mano como si aguantara un pesado grillo; sus chistes eran burdos, aunque cordiales; sus risas iban siempre acompañadas de una tos que sonaba peligrosa pero que no tenía ninguna importancia. Siempre tenían en la boca algo para escupir y les daba lo mismo adónde lo escupían. Siempre se quejaban de que les saltaban mis pulgas, pero no obstante nunca se enfadaron seriamente conmigo por eso; es que sabían que las pulgas se multiplicaban en mi pelambre y que son saltarinas; con eso se conformaban. Cuando estaban libres de servicio, a veces algunos se sentaban en el suelo haciendo un semicírculo en torno de mí; apenas si hablaban sino más bien se arrullaban entre sí; fumaban en pipa estirados sobre cajones; se golpeaban con las manos en las rodillas no bien hacía yo el menor movimiento, y de tanto en tanto alguno una varilla y me hacía cosquillas ahí donde me resulta agradable. Si hoy me invitaran a hacer un viaje en su barco, con seguridad rechazaría la [p. 259] la invitación, pero de la misma manera es cierto que no sólo serían recuerdos desagradables los que me asaltarían en el entrepuente.

La calma que supe ganarme en el círculo de aquella gente sobre todo me apartó de cualquier intento de fuga. Desde mi actual punto de vista me parece como que hubiese por lo menos presentido que si yo quería vivir tenía que encontrar una salida, pero que dicha salida no se podría encontrar por medio de la fuga. Ya no se si la fuga era posible, pero lo creo; a un mono siempre debe serle posible la fuga. Con mis dientes actuales tengo ya que tener cuidado incluso para partir cocos, pero en aquel entonces habría podido muy bien con el correr del tiempo quebrar a fuerza de mordiscos el candado de la puerta. Pero no lo hice. Además, ¿qué habría ganado con eso? No bien hubiese asomado la cabeza me habrían vuelto a cazar y me habrían encerrado entonces en una jaula aún peor; o quizá, sin darme cuenta, habría huido en dirección a otros animales que estaban enfrente de mí, como eran las serpientes gigantescas, y habría exhalado en sus abrazos el último suspiro; o quizás hubiese logrado escaparme hasta la cubierta, saltar por la borda y durante un momentito me habría mecido sobre el océano y después me habría ahogado. Un proceder desesperado. No calculaba con tanto sentido humano, pero bajo el influjo del medio en el que me hallaba me conduje como si hubiera calculado. No calculaba, pero observaba con toda calma.

Veía a esos hombres ir de un lado a otro, siempre las mismas caras, los mismos movimientos; muchas veces me daba la impresión de que todos fuesen uno sólo; [p. 260] ese hombre o esos hombres se movían sin trabas. Un alto designio fue despertando en mí. Nadie me prometió que si yo me volvía como ellos me retirarían los barrotes. No se hacen tales promesas por cosas que aparentemente no se pueden lograr. Pero si uno comienza a lograrlas, más tarde aparecen las promesas exactamente allí donde antes uno las había buscado en vano. Pues bien, en aquellos hombres no había nada que de por sí me atrajera mucho. Si yo hubiera sido un partidario de la ya mencionada libertad, seguramente habría preferido el océano a la salida que se me mostraba en las embotadas miradas de estos hombres. De todos modos, venía observándolos desde mucho antes de pensar en estas cosas, y esas observaciones acumuladas fueron las que me impulsaron ante todo en aquella determinada dirección.

¡Fue tan fácil imitar a la gente! Escupir pude ya los primeros días. Nos escupíamos unos a otros, después lo hicimos mutuamente en las caras; la única diferencia era que yo después me lamía la cara hasta dejármela limpia, ellos no hacían lo mismos con las suyas. La pipa la fumé pronto como un viejo, después cuando metía el pulgar en la pipa todo el entrepuente aplaudía exaltado; lo único que por mucho tiempo no pude entender era la diferencia entre la pipa vacía y la pipa llena.

Lo que más trabajo me costó fue la botella de Schnaps; el olor me atormentaba; yo me empeñaba [p. 261] con todas mis fuerzas; pero pasaron varias semanas antes de que pudiera sobreponerme. Resulta curioso que la gente haya tomado estas luchas interiores mías más en serio que cualquier otra cosa sobre mí.

Tampoco logro diferenciar en el recuerdo a aquella gente, pero había uno, que volvía todo el tiempo, sólo o con otros camaradas, de día, de noche, a las horas más diferentes; se ponía ante mí con la botella y me daba lecciones. No podía comprenderme; quería resolver la incógnita de mi ser. Descorchaba lentamente la botella y me miraba después para comprobar si yo lo había entendido; concedo que siempre lo miraba con una atención salvaje, arrebatada; ningún instructor de hombres encontrará en toda la redondez de la Tierra semejante aprendiz de hombre; después que había descorchado la botella, se la llevaba a la boca; yo con mi mirada lo seguía hasta la garganta; hacía un gesto con la cabeza, contento conmigo, y se colocaba la botella en los labios; yo, fascinado, por ir aprendiendo poco a poco, chillando, me rascaba a todo lo largo y lo ancho, en cualquier parte; el se alegraba y empinaba la botella y tomaba un trago; yo, impaciente y desesperado por emularlo me ensuciaba en mi jaula, cosa que volvía a llenarlo de satisfacción; entonces, estirando el brazo y alejando de sí la botella, y llevándosela nuevamente a los labios, se inclinaba hacia atrás de una forma exagerada, como para que lo apreciara mejor, y de un trago se la bebía hasta el final. Yo, extenuado por el desproporcionado esfuerzo, no podía seguir más y me quedaba débil colgando de la reja; mientras el finalizaba su enseñanza [p, 262] teórica, restregándose la barriga y sonriendo con satisfacción.

Por fin comienza la ejercitación práctica. ¿No estoy ya demasiado agotado por la clase teórica? Ciertamente, demasiado agotado. Eso pertenece a mi destino. No obstante, tomo, tan bien como puedo, la botella que me es alcanzada; la descorcho temblando; al lograrlo me nacen nuevas fuerzas; levantando la botella –casi no hay ya diferencia con el original–; me la llevo a la boca, y… la arrojo con asco, con asco, a pesar de que está vacía y ahora solamente la llena el olor; y esto para gran desconsuelo de mi maestro, para mayor desconsuelo de mí mismo; ni a él ni a mí mismo consigo desagraviar con la circunstancia de que después de haber tirado la botella no olvido el restregarme a la perfección la barriga ni el sonreír dando muestras de satisfacción.

Con demasiada frecuencia las lecciones transcurrían de esta forma; y debo decir en honor de mi maestro que no se enojaba conmigo; lo que sí, a veces mantenía apretada la pipa encendida contra mi pelambre, hasta que en algún lugar al que yo difícilmente podía llegar comenzaba una lenta combustión, pero entonces él mismo la volvía a apagar con su mano enorme, buena; no se enojaba conmigo; comprendía que luchábamos del mismo lado contra la naturaleza simiesca y que a mí me tocaba la parte más difícil.

¡Qué gran victoria fue, sin lugar a dudas, para él así como para mí, cuando yo una noche, rodeado de un gran círculo de espectadores –quizás era una fiesta: sonaba un gramófono y un oficial se paseaba entre la gente– cuando yo, repito, aquella noche, precisamente cuando nadie me observaba, tomé una botella de Schnaps que por descuido habían dejado junto a mi [p. 263] jaula; ante la creciente expectación de la concurrencia la descorché perfectamente de acuerdo con las reglas, me la acerqué a los labios y sin titubeos, sin torcer la boca, sino como un bebedor profesional, poniendo en blanco los ojos bien abiertos, con el gaznate que subía y bajaba ininterrumpidamente, real, verdaderamente, me la bebí hasta vaciarla, y al arrojar la botella, no lo hice ya con desesperación sino como un artista! Cierto es que olvidé restregarme la barriga; pero en compensación, ya que no tenía otra salida, porque algo me impulsaba a ello, porque tenía los sentidos como delirantes… bueno, que grité: «¡Hola!», irrumpí en el ámbito de los sonidos humanos, y sentí su eco – «¡Oigan! ¡Habla!» – como un beso por todo mi cuerpo chorreante de sudor.

Repito: no me fascinaba imitar a los hombres; los imité porque buscaba una salida, por ninguna otra razón. Tampoco con esa victoria se había logrado mucho. Inmediatamente, la voz dejó de responderme; sólo después de algunos meses volvió a funcionar; la repulsión hacia la botella de Schnaps me volvió, e inclusive intensificada; pero mi dirección estaba ya tomada de una vez por todas.

Cuando en Hamburgo fui puesto en manos del primer domador, en seguida me di cuenta de que tenía dos posibilidades ante mí: el jardín zoológico o el varieté. No titubeé. Me dije: empéñate cuanto puedas para poder llegar al varieté: ésta es la salida; el jardín zoológico no es más que una nueva jaula; si entras allí, estás perdido.

Y aprendí, señores míos. ¡Ah! ¡Cuando lo necesita, uno aprende! ¡Cuando uno quiere encontrar una [p. 263] salida aprende, uno aprende sin andarse con miramientos! Uno se controla a sí mismo con el látigo; uno se fustiga ante las más insignificante resistencia. La naturaleza de mono salió de mí a enorme velocidad y patas arriba, de forma que mi primer maestro, como consecuencia, se convirtió en casi mono, en seguida renunció a seguir dándome clases y tuvo que ser internado en una clínica psiquiátrica. Felizmente pudo salir pronto.

Pero yo inutilicé a varios maestros, y hasta incluso a más de uno al mismo tiempo.

Cuando llegué a estar más seguro de mis habilidades, la fama vino tras de mis pasos; mi futuro empezó a esplender; yo mismo contraté maestros; los hice sentar en cinco habitaciones que estaban ubicadas en hilera y aprendía con todos al mismo tiempo saltando ininterrumpidamente de una a otra.

¿Esos progresos! ¡Ese penetrar los rayos del saber desde todos lados en el cerebro que despertaba! No lo voy a negar: me hacía feliz; pero también sostengo que ya entonces no lo sobrestimaba, ¡cuanto menos ahora! Por obra de un esfuerzo que hasta el momento no se ha repetido en toda la Tierra he alcanzado la instrucción media de un europeo. En sí esto quizás no sea nada, pero sin embargo, es algo en la medida en que me sirvió para salir de la jaula y me procuró esta salida, esta salida humana.

Hay una excelente expresión alemana: «internarse en la espesura». Eso fue lo que hice: me interné en la espesura. No tenía otra camino, siempre partiendo de la base de que no se podía elegir la libertad.

Si reviso mi evolución [p. 265] y lo que ha sido hasta el momento su objetivo, ni me quejo ni estoy satisfecho.

Las manos en los bolsillos de los pantalones, la botella de vino sobe la mesa, estoy mitad sentado mitad acostado en la mecedora y miro por la ventana. Si llega alguna visita, la recibo como es debido. Mi agente está sentado en la antesala; si toco el timbre, viene y escucha lo que tengo que decirle. Por la noche casi siempre hay una representación, y tengo, ciertamente, un éxito que ya apenas si es posible superar. Cuando ya tarde vuelvo a casa de los banquetes, de las sociedades científicas, de agradables reuniones, me espera una pequeña chimpancé semiamaestrada, con la cual lo paso bien al estilo de los monos. Durante el día no quiero verla; es que tiene en la mirada la locura del animal amaestrado, desequilibrado; de esto sólo yo me doy cuenta y es algo que no puedo soportar. De todos modos, en términos generales he logrado lo que quería lograr. Que nadie diga que no valió la pena. Por lo demás, no busco el juicio de los hombres; solamente quiero difundir conocimientos. Yo solamente informo, también a ustedes, ilustres señores de la Academia, solamente les he informado.

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Algunas notas sobre el texto…

* El nombre de la empresa, Hagenbeck, se traduciría literal e inquietantemente como arroyo del bosquecillo o de la floresta

** Toda esta historia del tiro, que no se comprende del todo bien, sí que me recuerda la herida en combate del tío Toby en Tristram Shandy. Ignoro si existe alguna conexión.

*** Ausweg (la salida o escapatoria que repite Kafka numerosas veces), me recordó a Ausgang la palabra que usaba Kant en la primera frase de su artículo Qué es Ilustración (1784): Aufklärung ist der Ausgang des Menschen aus seiner selbstverschuldeten Unmündigkeit: La Ilustración es la salida de la minoría de edad que las propias personas se habían impuesto a sí mismas. ___ Curiosa casualidad que anduviera últimamente con los originales de los dos textos…

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#referencias

El texto se ha copiado del libro Relatos completos I, publicado por la editorial Losada, 2009, Buenos Aires.

La historia fue publicada como parte del volumen de relatos Ein Landarzt (El médico rural). Anteriormente, en 1917, en la revista Der Jude, dirigida por Martin Buber. El texto original en alemán, Ein Bericht für eine Akademie, puede consultarse aquí: https://de.wikisource.org/wiki/Ein_Bericht_f%C3%BCr_eine_Akademie .

Una versión en inglés aquí: http://johnstoi.web.viu.ca//kafka/reportforacademy.htm

Otra versión en español que se encuentran on line… Publicada porlos amigos de UNIA Arte y Pensamiento:

http://ayp.unia.es/dmdocuments/narr_fuga_II_doc02b.pdf

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La cita de Bertrand Russell al inicio está extraído de otro texto, muy diferente, pero también interesante: Bertrand Russell, In Praise of Idleness, ca. 1932 __ que puede leerse aquí: http://www.zpub.com/notes/idle.html

Algo parecido a lo de Russell, leía ayer otra cosa de Sánchez Ferlosio que dejo aquí «anotado».

Lo de R. Sánches Ferlosio, 1992, Juegos y deportes, El País, disponible aquí: https://elpais.com/diario/1992/08/09/opinion/713311212_850215.html | accedido 06/12/2019