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Adorno: sobre escribir (en Minima Moralia)

Imagen: Dos ediciones alemanas del Minima Moralia. Reflexiones sobre la vida dañada, de Theodor Adorno, escrito entre 1944 y 1947 y publicado por primera vez en 1951.

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Selección y traducción de José Pérez de Lama

Referencia: Theodor Adorno, 2020 [1951, 1945-47], Minima Moralia. Reflections from the Damaged Life, Verso, Londres – Nueva York

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Introducción

Reproduzco a continuación la traducción que hice del inglés del «aforismo» –así los llama Adorno– 51, el primero de la segunda parte, titulado Memento — Recuerda / Recordatorio. Presenta aquí Adorno unas ideas bastante exigentes sobre la escritura, defendiendo primero una cierta claridad, — diría yo que — una idea moderna de la belleza, y más adelante el no dejarse llevar por los trucos o las trampas de la razón… De una manera sugerente explica que es un buen escrito [filosófico, asume uno], y sería algo alejado del puro racionalismo, del «positivismo»… y en buena medida participante de lo poético o literario… La imagen final en que compara el texto con una casa en que se establece el escritor me gustó bastante… Sigue la traducción a partir de aquí.

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Memento. – Una primera precaución para escritores: en todo texto, toda pieza, todo párrafo comprobar si el motivo central destaca con suficiente claridad. Cualquiera que quiere expresar algo se ve tan arrastrado [por ello] por lo que quiere expresar que deja de reflexionar [sobre ello]. Demasiado próximo a su intención, «en sus pensamientos», se olvida decir lo que quiere decir.

Ninguna mejora es demasiado pequeña o trivial para no ser valiosa. La extensión de un trabajo es irrelevante, y el miedo a que no haya demasiado escrito, infantil. Nada debe considerarse que merezca existir simplemente porque exista, porque haya sido escrito. Cuando varias frases parecen variaciones sobre la misma idea, con frecuencia sólo representan diferentes intentos de comprender [grasp] algo que el autor aún no ha dominado. En esos casos, debe elegirse y desarrollarse la mejor de las formulaciones. Es parte de la técnica de la escritura el poder descartar ideas, incluso ideas fértiles, si la construcción lo pide. La riqueza y el vigor beneficiarán otras ideas que de momento están reprimidas. Igual que, en la mesa, uno no debe comerse hasta la última miga, ni beberse los posos. Si no, lo tomarán a uno por pobre.

El deseo de evitar clichés no debería, a riesgo de caer en la coquetería vulgar, limitarse a las palabras individuales. La gran prosa francesa del siglo XIX era particularmente sensible a esta clase de vulgaridad. Una palabra es raramente banal por sí sola: en música es igual, la nota individual es inmune a la banalidad. Los clichés más abominables, como los que Karl Krauss criticaba con dureza, son, para bien o para mal, combinaciones de palabras, [implemented and effected]. Porque en éstas, la corriente fangosa del lenguaje manido [stale] hace remolinos sin sentido, en lugar de ser contenida, y luego liberada, por la precisión de las expresiones del escritor.

Esto no solo se aplica a la combinación de palabras, sino a la construcción de formas completas. Si un dialéctico, por ejemplo, marca los puntos de cambio del avance de sus ideas empezando con un «Pero» en cada cesura, el esquema literario desvelará lo poco esquemático de [la intención] de su pensamiento.

La espesura no es una arboleda sagrada [sacred grove]. Existe el deber de clarificar todas las dificultades que resultan de la mera complacencia esotérica. Entre el deseo de un estilo compacto adecuado a la profundidad del objeto tratado [subject matter] y la tentación del desorden [slovenliness] recóndito y pretencioso no hay una distinción obvia: examinar las sospechas siempre es saludable. Precisamente el escritor menos dispuesto a hacer concesiones al vulgar sentido común debe guardarse de revestir las ideas, en sí mismas banales, con los recursos del estilo. Las lugares comunes de Locke no son justificación para las oscuridades de Hamann. [Nota: sobre Hamann, autor protoromántico puede verse: https://en.wikipedia.org/wiki/Johann_Georg_Hamann%5D

Si el texto terminado, de la extensión que sea, suscita incluso la más leve de las aprensiones [misgivings], éstas deben tomarse con toda seriedad, en un grado completamente fuera de proporción respecto de su aparente importancia. La implicación afectiva en el texto, y la vanidad, tienden a reducir cualquier escrúpulo. Lo que se deja pasar como una pequeña duda podría indicar la objetiva carencia de valor del trabajo.

La procesión de danzantes de Echternach no es la marcha del Espíritu del Mundo; la limitación y la reserva no son la manera de representar la dialéctica. Más bien, la dialéctica avanza por medio de extremos, conduciendo los pensamientos en todas sus consecuencias hasta el punto en que se vuelven sobre sí mismos, en lugar de cualificándolos. La prudencia que nos retiene de aventurarnos demasiado lejos en una frase es habitualmente sólo un agente del control social y, por tanto, de la idiotización [stupefaction]. [Nota en el texto traducido: Echternach es un pueblo de Luxemburgo, cuya procesión de Pentecostés [Whitsun] avanza con un movimiento de tres pasos adelante y dos pasos atrás.]

Se suele recurrir al escepticismo cuando se presenta la frecuente objeción de que un texto, una formulación, es demasiado «bella». El respeto por el asunto expresado o incluso por el sufrimiento, pueden racionalizar con facilidad lo que es mero resentimiento contra un autor que es incapaz de exhibir las huellas, en la forma «reificada» del lenguaje, de la degradación infligida sobre la humanidad. El sueño de una existencia sin vergüenza, al que se aferra la pasión por el lenguaje, aun estando prohibido como contenido, tiene que ser rencorosamente estrangulado. El escritor no debería reconocer distinción alguna entre expresión bella y [expresión] adecuada. No debería suponer esta distinción en la mente ansiosa del crítico ni tolerarla en la suya propia. Si logra por completo decir lo que quiere, será bello. La belleza de expresión por sí misma no es de ningún modo «demasiado bella», sino ornamental, muestra de falta de oficio», fea. Pero aquel que, con el pretexto de la falta de egoísmo, sirve sólo al tema que quiere tratar, olvidándose de la pureza de expresión, también traicionará al tema mismo.

Los textos bien [properly] escritos son como telas de araña: ajustados [tight], concéntricos, transparentes, bien hilados [well-spun] y firmes. Atraen hacia sí a todas las criaturas del aire. Las metáforas que los atraviesan revoloteando se convierten en las presas que los alimentan. El objeto del que tratan [subject matters] se aproxima aleteando. La robustez [soundness] de una concepción puede ser juzgada por la manera en que hace que una afirmación llame [summons] a la siguiente. Donde el pensamiento ha abierto una celda de realidad, debe, sin violencia por parte del sujeto, penetrar la siguiente. Demuestra su relación con el objeto tan pronto como otros objetos cristalizan en torno a él. En la luz que proyecta sobre la sustancia elegida, otras comienzan a brillar.

En su texto, el escritor establece [sets up] su casa. Así como lleva papeles, libros, lápices, documentos, desordenadamente, de un cuarto a otro, crea el mismo desorden en su pensamiento. Se convierten en muebles en los que se hunde [that he sinks into], contento o irritable. Los acaricia afectuosamente, los desgasta, los mezcla, los reorganiza, los estropea. Para alguien que ha dejado de tener una patria, la escritura se convierte en un lugar en el que vivir. En el que inevitablemente produce, como una vez lo hizo su familia, deshechos y cosas que inservibles [lumber]. Pero ahora carece de cuarto trastero, y es difícil en cualquier caso deshacerse de lo que sobra. Así que empuja estas cosas delante suya, con el peligro de acabar llenando sus páginas con ellas. La exigencia de endurecerse frente a la autocompasión implica la necesidad técnica de contrarrestar cualquier debilitamiento de la tensión intelectual con la mayor alerta, para eliminar cualquier cosa que haya empezado a incrustarse en el trabajo o a seguir ahí inútilmente, que si al principio podía haber servido como cotilleo, para generar la atmósfera amable conducente al crecimiento, ahora se ha quedado atrás, plana y pasada [flat and stale]. Al final, al escritor ni siquiera le es permitido vivir en su propia escritura.#

 

Jardines y parques según Vladimir Nabokov

Imagen: Vladimir Nabokov de joven con su hijo Dimitri con quien pasearán, como exiliados, –también con su mujer / madre Vera– , por los jardines de Europa entre 1934 y 1940, que es lo que se cuenta en el texto que sigue. La foto procede del libro Speak, Memory, capítulo 13, tomada en 1937 en Menton, en el Mediterráneo francés.

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Selección, traducción y comentarios de José Pérez de Lama

De la autobiografía de Nabokov, Speak, Memory, 1951, revisada en 1966 — traducción y comentario de unos sugerentes párrafos sobre jardines y parques.

Referencia bibliográfica: Vladimir Nabokov, 1979 [1966, 1951], Speak Memory. An Autobiography Revisited, The Putnam Publishing Group, Nueva York; capítulo 15, pp. 295-310. [Anteriormente publicado, al menos en parte, como Gardens and Parks, 1950].

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Hace unos meses comentaba con unxs amigxs arquitectos-jardineros sobre esto que había leído de Nabokov – un libro que en realidad tengo desde 1988 y leo periódicamente para avivar mi «fuego artístico», y de amor al arte por el arte … digamos.

La cosa es que me había quedado en una última lectura con la imagen de Nabokov de haber tratado de recorrer la difícil Europa de entonces, – como exiliados rusos, entre 1934 y 1940, con su hijo pequeños  -, como si se tratara de un continuo de parques y jardines, una «federación de luz y sombras», que unían París, con Praga, con algunos lugares en los Alpes y con las ciudades costeras del Sur de Francia… La imagen de esta Europa de los parques y jardines me pareció muy sugerente.

Ahora, leyéndolo con detenimiento necesario para traducirlo — Nabokov no es precisamente fácil — he apreciado más cosas. Por un lado, la idea de que esta secuencia de parques y jardines los presenta como amigos, que lo conectaban con su pasado ruso, y que aportaba a su hijo cosas que no eran normalmente posibles — lo que hoy quizás llamaríamos un «espacio de cuidados»…; otra, que efectivamente, la narración se presenta en ocasiones como is fueran los jardines los que viajaban por Europa, y a ellos como una especie de pasajeros… Y otra más, que el texto trata, además de los hechos concretos, el amor por su hijo y su mujer, de la memoria, de la percepción del mundo, y de una vida artística y literaria. El capítulo, no siendo de los más llamativos de la autobiografías, o eso me parece, sí que es el último, y como tal puede leerse como una especie de conclusión…

Dejo entonces una selección de este último capítulo, el Quince, traducida por mí en un primer borrador. A continuación reproduzco el inglés; siendo Nabokov, por supuesto, solo copiar sus  escritura ya es un buena práctica de «inglés avanzado» __ o con un sentido menos práctico, un gran placer. __ Hay unos primeros párrafos introductorios, y luego una selección de las partes que se centran más en los jardines y parques. Cabe acalarar, por acabar, que el texto de Nabokov se dirige retóricamente a su mujer, Vera, a quien por otra parte, si no me equivoco, dedicó todos sus libros.

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Quince

[Párrafos introductorios, pág. 295-296]

Están pasando, deprisa, deprisa, los años volanderos– por usar la conmovedora inflexión horaciana. Los años están pasando, querida, y muy pronto nadie sabrá lo que tú y yo sabemos. Nuestro hijo está creciendo; las rosas de Paestum, de la borrosa Paestum, murieron; idiotas de mentes mecánicas están jugando a manipular fuerzas de la naturaleza que mansos matemáticos, para su propia secreta sorpresa, parece que habían presagiado; así que quizás haya llegado el momento de examinar viejas fotografías, pinturas rupestres de trenes y aviones, estratos de juegos en el pesado armario.

Nos iremos aún más atrás, hasta una mañana de mayo de 1934, y dibujaremos con respecto a este punto fijo el gráfico de una sección de Berlín. Allí estaba yo, caminando hacia casa a las 5 a.m., volviendo del hospital cerca de la Bayerischer Platz, al que te había llevado unas horas antes. Flores de primavera adornaban los retratos de Hindenburg y Hitler en el escaparate de una tienda que vendía marcos y fotografías en color. Grupos de gorriones izquierdistas celebraban sonoras sesiones matutinas en lilas y limas. Un amanecer límpido había desvelado por completo uno de los lados de la calle vacía. En el otro lado, las casas aún se veían azules de frío, y varias sombras largas iban siendo recogidas, a la manera práctica en la que el joven día toma el lugar de la noche en una ciudad bien cuidada, bien regada, en la que el olor del pavimento asfaltado está por debajo de los sentimentales olores de los árboles de sombra; pero a mí la parte óptica de aquel asunto me parecía bastante nueva, como una forma inusual de poner la mesa, porque nunca antes había visto aquella calle concreta al amanecer del día, a pesar de que, por otra parte, había pasado por allí con frecuencia, sin hijos, en tardes soleadas.

En la pureza y el vacío de la hora poco familiar, las sombras estaban en el lado equivocado de la calle, dotándolo de un cierto sentido, no inelegante, de inversión, [quizás podía cortar aquí…] como cuando uno ve reflejado en el espejo de la barbería el ventanal hacia el que vuelve su mirada el melancólico barbero, mientras detiene su cuchilla (como hacen todos en ese momento), y, enmarcado en esta ventana reflejada, un trecho de acera, en el que el reflejo hace que una procesión de caminantes indiferentes vaya en la dirección equivocada, hacia un mundo abstracto que de pronto deja de ser gracioso y libera un torrente de terror. […]

[298] A lo largo de los años de la infancia de nuestro niño, en la Alemania de Hitler y la Francia de Maginot, nosotros pasamos bastantes penurias, pero maravillosos amigos se ocuparon de que él tuviera las mejores cosas entonces disponibles. Aunque impotentes para hacer nada sobre aquello, tú y yo juntos mantuvimos un ojo celoso sobre cualquier posible falla entre su infancia y nuestros propios «incunables» en el opulento pasado, y allí es donde entraron aquellos amistosos hados, cuidando de la grieta cada vez que amenazaba con abrirse […]

[Empiezan ya aquí los párrafos más centrados en los jardines, págs. 302-3]

Nunca en mi vida me he sentado en tantos bancos y sillas de parque, losas de piedra y escalones de piedra, parapetos de terrazas y bordes de fuentes como hice durante aquellos años […]

[304] Me gustaría acordarme de todos los pequeños parques a los que fui; me gustaría tener la capacidad que el profesor Jack, de Harvard y el Arboretum Arnold, contó a sus estudiantes que tenía, de identificar ramas con los ojos cerrados, tan solo por el rumor que hacían al darles el aire («carpe, madreselva, álamo de Lombardía. Ah – un periódico doblado»). Bastantes veces, por supuesto, puede determinar la posición geográfica de este o aquel parque por algún rasgo particular o combinación de rasgos: bordes de boj enano a lo largo de estrechos caminos de grava, que acaban todos encontrándose como la gente en una obra de teatro; un banco bajo contra un seto de tejo con forma cuboide; un cuadro de rosas enmarcado por un borde de heliotropos – estas características están obviamente asociadas a las pequeñas áreas de parque en las intersecciones de calles del Berlín suburbano. Con la misma claridad, una fina silla de hierro, con su sombra de tela de araña debajo, a un lado, un poco descentrada, o los agradablemente desdeñosos, aunque sin duda psicopáticos, aspersores rotatorios, con sus arco-iris privados colgando de los chorritos de agua sobre la hierba brillante, describen un parque parisino; pero, como entenderás, el ojo de la memoria está tan fijo sobre una pequeña figura en cuclillas en el suelo (cargando de piedras un camión de juguete o contemplando la goma brillante y mojada de la manguera a la que se ha adherido un poco de la grava por la que un jardinero la acaba de arrastrar), que los varios lugares – Berlín, Praga, Franzensbad, París, la Riviera, París otra vez, Cap d’Antibes y así – pierden toda soberanía, juntan sus caminos interconectados, y se unen en una federación de luz y sombra a través de la que graciosos niños de rodillas desnudas se deslizan sobre ruidosos patines.

[306-9] A medida que pasaba el tiempo y la sombra de la historia hecha-por-tontos viciaba hasta la exactitud de los relojes de sol, nosotros nos movíamos por Europa sin parar, y parecía que no éramos nosotros sino que eran aquellos jardines y parques los que viajaban. La avenidas radiantes y los complicados parterres de Le Nôtre fueron dejados atrás, como trenes apartados en vías laterales. En Praga, adonde viajamos para que mi madre viera a nuestro hijo en la primavera de 1937, estaba el parque Stromovka con su atmósfera de lejanía libre y ondulante, más allá de los pabellones y arboledas modelados por la mano del hombre [traducción un poco libre tras ver unas fotos]. También recordarás aquellos jardines de rocas de plantas alpinas – sedum y saxífragas – que nos escoltaron, por decirlo así, hasta los Alpes Saboyanos, uniéndose a nuestras vacaciones (pagadas por algo que mis traductores habían vendido), y que después nos siguieron de vuelta a los pueblos de las llanuras. Manos de madera con ourños de camisa clavadas en postes en los viejos parques de los balnearios apuntando en la dirección desde la que llegaba la percusión atenuada de una banda de música. Un paseo inteligente acompañaba la vía principal; no era paralelo en todo el recorrido pero reconocía libremente su guía, y de lago de los patos a estanque de los nenúfares saltaba de vuelta a la procesión de puros árboles en este o en aquel punto en el que el parque había desarrollado una fijación con los padres de la patria e imaginado un monumento. Raíces, raíces de vegetación recordada, raíces de memoria y plantas punzantes [pungent], raíces, en una palabra, están dotadas de la capacidad de atravesar largas distancias superando obstáculos, penetrando otros, insinuándose a sí mismas en estrechas grietas. Así aquellos jardines y parques atravesaron Europa Central con nosotros. Caminos de grava se reunían y se detenían en una rond-point para mirarte a ti o a mí agacharnos y suspirar al buscar una pelota bajo un seto de alheña donde, en la oscura y húmeda tierra, no podía detectarse sino un billete de tranvía de color malva, perforado, o un trozo sucio de gasa y algodón. Un asiento circular rodeaba un grueso tronco de roble para ver quién estaba sentado al otro lado y encontrar a un hombre mayor leyendo un periódico extranjero y metiéndose el dedo en la nariz. Árboles de hojas perennes y brillantes que cerraban un cuadro de césped en el que nuestro hijo descubrió su primera rana viva y se abrían a un laberinto podado con labor topiaria, y tu dijiste que pensabas que iba a llover. En alguna etapa posterior, bajo cielos menos plomizos, había un gran exhibición de glorietas de rosas [dells] y de pequeños paseos entrelazados, y rejas meciendo sus trepadoras, listas para convertirse en pérgolas vegetales y columnadas, si no, para revelar el más pintoresco de los aseos públicos, un affair tipo chalet de dudosa limpieza, con una mujer de negro atendiéndolo, haciendo punto negro en el porche.

Por una pendiente, bajaba con cuidado un camino empedrado, poniendo siempre el primer pie en cada escalón, atravesando un jardín de lirios; bajo hayas; y entonces se transformaba en un camino de tierra que se movía rápidamente marcado con toscas huellas de pezuñas de caballo. Los jardines y parques parecían moverse aún más rápido a medida que las piernas de nuestro hijo se hacían más largas, y cuando tenía más o menos cuatro, los árboles y los arbustos en flor se volvieron resueltamente hacia el mar. Como un jefe d estación aburrido de pie solo en el anden recortado por la velocidad de una pequeña estación en la que nuestro tren no para, este o aquel guarda del parque se quedaba atrás mientras que el parque fluía y fluía, llevándonos al sur hacia los naranjos y los madroños y la pelusa-de-pollito de las mimosas y la pâté tendre [tierna mezcla de colores en pintura tierna] de un cielo impecable.

Jardines escalonados en laderas, una sucesión de terrazas, cada uno de cuyos escalones de piedra eyectaba un alegre saltamontes, con los olivos y las adelfas casi tratando de ponerse unos por encima de los otros en su prisa por alcanzar a tener vista de la playa. Allí nuestro niño se arrodilló inmóvil para ser fotografiado en la calina temblorosa del sol contra el centelleo del mar, que es una mancha lechosa en las fotografías que hemos preservado pero era, en la vida, azul plateado, con grandes manchas de azul-morado más alejadas, causadas por las corrientes cálidas en colaboración con y corroboración de (¿oyes las piedras arrastradas por las olas que se retiran?) viejos poetas elocuentes y sus sonrientes símiles.

Y entre los vidrios desgastados por el mar como suaves caramelos redondeados – limón, cereza, menta – y las piedras anilladas, y las pequeñas conchas con forma de flautas e interiores lustrados, a veces pequeñas trozos de cerámica, aún bellos en color y brillo, aparecían. Nos lo traían a ti o a mí para inspección, y si tenían líneas chebronadas de color añil, o bandas con ornamentos de hojas, o algún otro tipo de alegre emblema, y eran juzgados preciosos, caían con un «clic» en el cubo de juguete, y, si no, un «plop» y un destello marcaban su vuelta al mar. No dudo que entre aquellos pedacitos de mayólica ligeramente convexos encontrados por nuestro hijo había algunos cuyo borde de volutas encajaba exactamente, y continuaba, el patrón de un fragmento encontrado por mí en 1903 en aquella misma costa, y que los dos se correspondían con un tercero que mi madre encontró en aquella playa de Menton en 1882, y con un cuarto encontrado por su madre cien años atrás – y siguiendo así, hasta que esta colección de piezas, si todas hubieran sido preservadas, pudieran haberse juntado para recomponer el cuenco completo, absolutamente completo, roto por algún niño italiano, Dios sabe dónde y cuándo, y restaurado ahora con estas grapas de bronce.

En el otoño de 1939, volvimos a París, en torno al 20 de mayo del año siguiente estábamos de nuevo cerca del mar, esta vez en la costa occidental de Francia, en St. Nazaire. Allí un último pequeño jardín nos rodeaba, mientras que tú y yo, y nuestro hijo, ya con seis años, entre nosotros, lo atravesábamos de camino a los muelles, donde, detrás de los edificios que teníamos enfrente, nos esperaba el transatlántico Champlain para llevarnos a Nueva York. Aquel jardín era lo que los franceses llaman, fonéticamene, skuarr, y los rusos skver, quizás porque es el tipo de cosa que se encuentra habitualmente en o cerca de las plazas públicas [square] en Inglaterra. Dispuesto en los últimos límites entre el pasado y al filo del presente, permanece en mi memoria solo como un diseño geométrico que sin duda podría rellenar con facilidad con los colores de flores plausibles, si fuera lo suficientemente descuidado de romper el susurro de la pura memoria que (excepto, quizás, por el tínitus ocasional debido a la presión de mi propia sangre cansada) he dejado sin perturbar, escuchándola humildemente, desde el principio […]

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Sigue la transcripción del original en inglés para lxs que gusten.

Fifteen

[P. 295-6] They are passing, posthaste, posthaste, the gliding years– to use the soul-rending Horatian inflection. The years are passing my dear, and presently nobody will know what you and I know. Our child is growing; the roses of Paestum, of misty Paestum, are gone; mechanically minded idiots are tinkering and tampering with forces of nature that mild mathematicians, to their own secret surprise, appear to have foreshadowed; so perhaps it is time we examined ancient snapshots, cave drawings of trains and planes, strata of toys in the lumbered closet.

We shall go still further back, to a morning in May 1934, and plot with respect to this fixed point the graph of a section of Berlin. There I was, walking home at 5 A.M., from the maternity hospital near Bayerischer Platz, to which I had taken you a couple of hours earlier. Spring flowers adorned the portraits of Hindenburg and Hitler in the window of a shop that sold frames and colored photographs. Leftist groups of sparrows were holding loud morning sessions in lilacs and limes. A limpid dawn had completely unsheathed one side of the empty street. On the other side, the houses still looked blue with cold, and various long shadows were gradually being telescoped, in the matter-of-fact manner young day has when taking over from night in a well-groomed, well-watered city, where the tang of tarred pavements underlies the sappy smells of shade trees; but to me the optical part of the business seemed quite new, like some unusual way of laying the table, because I had never seen that particular street at day-break before, although, on the other hand, I had often passed there, childless, on sunny evenings.

In the purity and vacuity of the less familiar hour, the shadows were on the wrong side of the street, investing it with some sense of not inelegant inversion, as when one sees reflected in the mirror of the barbershop the window toward which the melancholy barber, while stropping his razor, turns his gaze (as they all do as such times), and, framed in that reflected window, a stretch of the sidewalk shunting a procession of unconcerned pedestrians in the wrong direction, into an abstract world that all at once stops being droll and loosens a torrent of terror.

[298] Throughout the years of our boy’s infancy, in Hitler’s Germany and Maginot’s France, we were more or less hard up, but wonderful friends saw to his having the best things available. Although powerless to do much, you and I jointly ketp a jealous eye on any possible rift between his childhood and our own incunabula in the opulent past, and this is where those friendly fates came in, doctoring the rift every time it threatened to open. […]

[302-3] Never in my life have i sat on so many benches and park chairs, stone slabs and stone steps, terrace parapets and brims of fountain basins as i did in those days. The popular pine barrens around the lake in Berlin’s Grunewald we visited but seldom. […]

[304] I would like to remember every small park we visited; I would like to have the ability Professor Jack, of Harvard and the Arnold Arboretum, told his students he had of identifying twigs with his eyes shut, merely from the sound of their swish through the air (“Hornbeam, honeysuckle, Lombardy poplar. Ah–a folded Transcript”). Quite often, of course, I can determine the geographic position of this or that park by some particular trait or combination of traits: dwarf-box edgings along narrow gravel walks, all of which meet like people in plays; a low bench against a cuboid hedge of yew; a square bed of roses framed in a border of heliotrope – these features are obviously associated with small park areas at street intersections in suburban Berlin. Just as clearly, a chair of thin iron, with its spidery shadow lying beneath it a little to one side of center, or pleasantly supercilious, although plainly psychopathic, rotary sprinklers, with a private rainbow hanging in its spray above gemmed grass, spells a Parisian park; but, as you will understand, the eye of memory is so firmly upon a small figure squatting in the ground (loading a toy truck with pebbles [305] or contemplating the bright, wet rubber of a gardener’s hose to which some of the gravel over which the hose has just slithered adheres) that the various loci–Berlin, Prague, Franzensbad, Paris, the Riviera, Paris again, Cap d’Antibes and so forth–lose all sovereignty, pool their interlocked paths, and unite in a federation of light and shade through which bare-kneed, graceful children drift on whirring roller skates.

[306] As time went on and the shadow of fool-made history vitiated even the exactitude of sundials, we moved more restlessly over Europe, and it seemed as if not we but those gardens and parks traveled along. Le Nôtre’s radiating avenues and complicated parterres were left behind, like side tracked trains. In Prague, to which we journeyed to show our child to my mother in the spring of 1937, there was Stromovka Park, with its atmosphere of free undulating remoteness beyond man-trained arbors. You will also recall those rock gardens of Alpine plants – sedums and saxifrages – that escorted us, so to speak, into the Savoy Alps, joining us on a vacation (paid for by something my translators had sold), and then followed us back into the towns of the plains. Cuffed hands of wood nailed to boles in the old parks of curative resorts pointed in the direction whence came a subdued thumping of bandstand music. An intelligent walk accompanied the main driveway; not everywhere paralleling it but freely recognizing its guidance, and from duck pond or lily pool gamboling back to join the procession of plane [307] trees at this or that point where the park had developed a city-father fixation and dreamed up a monument. You will also recall those rock gardens of Alpine plants – sedums and saxifrages – that escorted us, so to speak, into the Savoy Alps, joining us on a vacation (paid for by something my translators had sold), and then followed us back into the towns of the plains. Cuffed hands of wood nailed to boles in the old parks of curative resorts pointed in the direction whence came a subdued thumping of bandstand music. An intelligent walk accompanied the main driveway; not everywhere paralleling it but freely recognizing its guidance, and from duck pond or lily pool gamboling back to join the procession of plane [307] trees at this or that point where the park had developed a city-father fixation and dreamed up a monument. Roots, roots of remembered greenery, roots of memory and pungent plants, roots, in a word, are enabled to traverse long distances by surmounting some obstacles, penetrating others and insinuating themselves into narrow cracks. So those gardens and parks traversed Central Europe with us. Gravel walks gathered and stopped at a rond-point to watch you or me bend and wince as we looked for a ball under a privet hedge where, on the dark, damp earth, nothing but a perforated mauve trolley ticket or a bit of soiled gauze and cotton wool could be detected. A circular seat would go around a thick oak trunk to see who was sitting on the other side and find there a dejected old man reading a foreign-language newspaper and picking his nose. Glossy-leaved evergreens enclosing a lawn where our child discovered his first live frog broke into a trimmed maze of topiary work, and you said you thought it was going to rain. At some further stage, under less leaden skies, there was a great show of rose dells and pleached alleys, and trellises swinging their creepers, ready to turn into vines of columned pergolas, or, if not, to disclose the quaint of quaintest public toilets, a miserable chalet-like affair of doubtful cleanliness, with a woman attendant in black, black-knitting on its porch.

Down a slope, a flagged path stepped cautiously, putting the first foot first every time, through an iris garden; under beeches; and then was transformed into a fast-moving earthy trail patterned with rough imprints of horse hooves. The gardens and parks seemed to move ever faster as our child’s legs grew longer, and when he was about four, the tress and flowering shrubs turned resolutely towards the sea. Like a bored stationmaster seen standing alone on the speed-clipped platform of some small station at which one’s train does not [308] stop, this or that gray park watchman receded as the park streamed on and on, carrying us south toward the orange tress and the arbutus and the chick-fluff of mimosas and the pâté tendre of an impeccable sky.

Graded gardens on hillsides, a succession of terraces whose every stone step ejected a gaudy grasshopper, dropped from ledge to ledge seaward, with the olives and the oleanders fairly toppling over each other in their haste to obtain a view of the beach. Their our child kneeled motionless to be photographed in a quivering haze of sun against the scintillation of the sea, which is a milky blur in the snapshots we have preserved but was, in life, silvery blue, with great patches of purple-blue farther out, caused by warm currents in collaboration with and corroboration of (hear the pebbles rolled by the withdrawing wave?) eloquent old poets and their smiling similes. And among the candy-like blobs of sea-licked glass – lemon, cherry, peppermint – and the banded pebbles, and little fluted shells with lustered insides, sometimes small bits of pottery, still beautiful in glaze and color, turned up. They were brought to you or me for inspection, and if they had indigo chevrons, or bands of leaf ornament, or any kind of gay emblemata, and were judged precious, down they went with a click into the toy pail, and, if not, a plop and a flash marked their return to the sea. I don not doubt that among those slightly convex chips of majolica ware found by our child there was one whose border of scroll-work fitted exactly, and continued, the pattern of a fragment I had found in 1903 on the same shore, and that the two tallied with a third my mother found on that Menton[e] beach in 1882, and with a fourth peace of the same pottery that had been found by her mother a hundred years ago – and so on, until this assortment of parts, if all had been preserved, might have been put together to make the complete, [309] the absolutely complete, bowl, broken by some Italian child, God knows where and when, and now mended be these rivets of bronze.

In the fall of 1939, we returned to Paris, and around May 20 of the following year we were again near the sea, this time on the western coast of France, at St. Nazaire. There one last little garden surrounded us, as you and I, and our child, by now six, between us, walked through in our way to the docks, where, behind the buildings facing us, the liner Champlain was waiting to take us to New York. That garden was what the French call, phonetically, skwarr, and the Russians skver, perhaps because it is the kind of thing usually found in or near public squares in England. Laid out on the last limits of the past and on the verge of the present, it remains in my memory merely as a geometrical design which no doubt I could easily fill with the colors of plausible flowers, if I were careless enough to break the hush of pure memory that (except, perhaps, for some chance tinnitus due to pressure of my own tired blood) I have left undisturbed, and humbly listened to, from the beginning. […]

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Cuerpo del verano, de Odysseas Elytis

Imagen: captura del vídeo AMA de Julie Gautier (2018) que puede verse en Youtube.

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Cuerpo del verano

Dedicado a Eugenia y Sylvia Melián. En recuerdo de Victoria Melián.

Selección y comentario de José Pérez de Lama

Hoy, por primera vez desde el año pasado, tuve algo de frío al salir de la ducha. Pensé: «¡Oh, se acabó el verano!». Este verano algo extendido de Sevilla. Suele hacerlo por estas fechas; de joven, eran los últimos baños en la playa, hasta el año siguiente.

El poema de Odysseas Elytis (Cuerpo del verano, 1943 – de su libro El sol primero), uno de mis preferidos desde hace años, trata de eso, del verano y de su vuelta cada año – al menos de momento, con esto del cambio climático ya no sabemos qué pueda pasar. Al releerlo hace poco, lo asocié con mis amigas Melián, el verano y la naturaleza en las costas gaditanas. Recuerdos de tiempos ya lejanos, pero aún muy presentes.

Reproduzco el poema en inglés, traducción del gran Edmund Keeley – también traductor de Cavafy – y a continuación una versión en español, que he hecho mezclando las de Moreno Jurado y Carandell, y alguna cosa más. Luego añado unas líneas de Gilles Deleuze y Claire Parnet que también leía estos días; para las francoparlantes, siento que sólo tengo la versión en español de esto último.

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Body of the Summer

A long time has passed since the last rain was heard
Above the ants and the lizards
Now the sun burns endlessly
The fruit paints the mouth
The pores in the earth open slowly
And beside the water that drips in syllables
A huge plant gaze into the eye of the sun.

Who is he that lies on the shores beyond
Stretched on his back, smoking silver-burnt olive leaves?
Cicadas grow warm in his ears
Ants are at work on his chest
Lizards slide in the grass of his armpits
And over the seaweed of his feet a wave rolls lightly
Sent by the little mermaid that sang:

“O body o summer, naked, burnt
Eaten away by oil and salt
Body of rock and shudder of the heart
Great ruffling wind in the osier hair
Beneath of basil above the curly pubic mound
Full of stars and pine needles
Body, deep vessel of the day!

“Soft rains come, violent hail
The land passes lashed in the claws of snow-storm
Which darkens in the depths with furious waves
This hills plunge into the dense udders of the clouds
And yet behind all this you laugh carefree
And find your deathless moment again
And the sun finds you again in the sandy shores
As the sky finds you again in your naked health.”

~ Odysseas Elytis, 1943, traducción de Edmund Keeley & Philip Sherrard

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Ahora en español.

Cuerpo del verano

Hace tiempo que oímos la última lluvia
sobre las hormigas y los lagartos.
Ahora, el cielo infinito se inflama.
Los frutos tiñen sus bocas.
Los poros de la tierra se abren lentamente
Y, junto al agua que gotea sílaba a sílaba,
Una enorme planta mira directamente al sol.

Quién es el que yace allí sobre las arenas,
Boca arriba, fumando las plateadas hojas del olivo.
Las cigarras se calienten en su oído.
Las hormigas trabajan en su pecho.
Los lagartos se deslizan sobre la hierba de su axila
Y por las algas de sus pies, pasa graciosa una ola,
Enviada por una sirenita que cantó:

«¡Oh cuerpo desnudo del verano, quemado,
Comido por el aceite y la sal,
Cuerpo de la roca y estremecimiento del corazón,
Gran revuelo de la cabellera de mimbre,
Aliento de albahaca en las rizadas ingles
Llenas de estrellas y agujas de pino,
Cuerpo profundo, bajel del día!

»Vienen lentas lluvias, impetuosos granizos,
Pasan las tierras azotadas por las uñas de la nieve
Que ennegrece en las profundidades, con las olas impetuosas
Las colinas se sumergen en las ubres espesas de las nubes.
Y, a pesar de todo, sonríes con despreocupación
Y encuentras de nuevo tu hora inmortal,
Como en la arena de la playa, te vuelve a encontrar el sol,
Como en tu salud desnuda, el cielo».

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La cita de Deleuze y Parnet (Diálogos, 2013 [1977]: 14-16); cuando la leí me hizo pensar en el cuerpo-geografía de Elytis:

[…] trato de explicar que las cosas, las personas, están compuestas de líneas muy diversas, y que no siempre saben sobre qué línea de sí mismos están, ni por dónde hacen pasar la línea que están trazando: en una palabra que en las personas hay toda una geografía, con líneas duras, líneas flexibles, líneas de fuga, etc. […] ¿Pero qué es exactamente un encuentro con alguien que se ama […] con ideas que nos invaden, con movimientos que nos conmueven, con sonidos que nos atraviesan? ¿Y cómo separar esas cosas? […] somos desiertos poblados de tribus, de faunas y de floras. Empleamos el tiempo en colocar esas tribus, en disponerlas de otra forma, en eliminar algunas, en hacer prosperar otras…

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Algunas referencias

El poema de Elytis en griego: Οδυσσέας Ελύτης – «Σώμα του καλοκαιριού» [Soma tu kalokieriú]: https://www.o-klooun.com/anadimosiefseis/odysseas-elytis-soma-tou-kalokairioy

La versión en inglés de Keeley y Sherrard procede de aquí: http://pgrnair.blogspot.com/2012/07/body-of-summer.html

La versión que atribuyo a José Antonio Moreno Jurado, profesor sevillano, procede de un cuaderno mecanografiado que me regaló Antonio Calvo Laula, y que había compuesto en 1992, Antología de poemas y cuentos para la exposición Andalucía y el Mediterráneo. En la exposición, que se montó en la alcazaba de Almería, los poemas y cuentos se escuchaban saliendo del fondo de uno de los aljibes, como en las historias de las Mil y una noches. La referencia completa de la traducción de Moreno Jurado es: El Sol Primero, Odysseas Elytis, trad. de J. A. Moreno Jurado, Sevilla, Ed. Dendrónoma, 1980.

La versión de Christian Carandell (2008?), procede de aquí: https://laflechanegra.wordpress.com/category/odysseas-elytis/page/2/

La página de Odisseas Elytis en Wikipedia en español: https://es.wikipedia.org/wiki/Odyss%C3%A9as_El%C3%BDtis

«Tener madera de investigador», de Isabelle Stengers (2/3): el casto asceta y el sonámbulo fóbico

Imagen: Virginia Woolf hacia 1937. Los comentarios de Woolf sobre la universidad inglesa de su época son una referencia central en este texto de Isabelle Stengers. Fuente de la imagen:  Harvard Theater Collection, Houghton Library, Harvard University https://es.wikipedia.org/wiki/Virginia_Woolf

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Segunda parte de reseña y traduccción de: Isabelle Stengers: Researchers With the Right Stuff, segunda parte: pp. 33-41, del libro, Another Science is Possible. A Manifesto for a Slow Science [traducción del francés de Stephen Muecke], 2018, Polity, Cambridge & Medford. La conferencia original en que se basa el texto fue pronunciada en la Universidad de Ginebra en el año 2009.

Traducción del inglés al español y comentarios de José Pérez de Lama

Comentario introductorio

Esta entrada es la segunda parte e la reseña del texto de Isabelle Stengers, Tener madera de investigador. La primera parte, en este mismo blog, puede verse aquí.

En el texto en su conjunto Stengers critica la figura del investigador (en parte como construcción generizada, masculinizada) asociado a lo que podríamos llamar capitalismo cognitivo, aunque ella usa preferentemente el término «neoliberalismo». En particular, como dice el título, expone dos figuras sucesivas, que antecederían a la actual, la del «asceta casto» y la del «sonámbulo fóbico» — ahora estaríamos en una cierta crisis de esta última figura.

En esta segunda parte de la reseña he optado por traducir el texto directamente, desde el inglés, para aportar un contrapunto a la traducción al español existente que me parece en ocasiones bastante confusa.

La idea general del texto es la de criticar la ciencia actual y la figura del investigador asociada, pero, para mí, en ningún caso se trataría de «anticientifismo», de una critíca de la ciencia como tal. Sino que de lo que trataría es de construir una ciencia «más científica», más racional, más conocedora de su alcance y de sus limitaciones, y también más consciente de los tipos de sociedades y relaciones y grupos dentro de esas sociedades a los que ha venido sirviendo.

Resistirse a estas figuras de la investigación, resistirse a encarnar nosotrxs mismxs estas figuras, interpretamos que eso es lo que plantea Stengers, sería, no sólo una forma de inteligencia, sino también una práctica de responsabilidad con el mundo.

He introducido algunos subtítulos de secciones para ayudar a la comprensión de la lectura. Sigue ya la traducción de la sección central del texto de Isabelle Stengers.

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La construcción de un verdadero investigador

Isabelle Stengers (2018/2013/2009)

[P. 33] Pensar en esta línea [along these lines] implica resistirse a la nostalgia. No hay duda de que las cosas eran mejores en el pasado, pero lo que está pasando ahora es bastante lógico, y esa lógica ya estaba en funcionamiento en el pasado. Esto es lo que me gustaría desarrollar haciendo un poco de historia, no de las ciencias pero sí de esta «madera de investigador», de este ethos que se pretende que sea sinónimo del espíritu de la ciencia, y que hoy se ha culminado con una definición de la excelencia «basada en hechos». Mi objetivo no es el de actuar como historiadora, sino tan solo tratar de de estimular el interés por otras posibilidades de entender las cosas que corren el riesgo de ser oscurecidas por los enunciados actuales, que se hacen en nombre de un pasado que con facilidad tendemos a idealizar.

[El asceta casto de los hechos]

Mi punto de partida es el trabajo de Elizabeth Potter, cuya importancia fue destacada por Donna Haraway en su libro Modest Witness [1997]. Potter muestra que el género estaba totalmente en juego [p. 34] en los modos de vida experimental que Robert Boyle trataba de promover. Más específicamente, Potter señala la cuestión del género como una dificultad que habría podido causar el colapso de todo el experimento.

En efecto, ¿cómo mantener las cualidades viriles de un hombre que no arriesga la vida heroicamente, que no cultiva su gloria personal o que no se deja llevar por sus propias pasiones y opiniones? ¿Cómo es posible hablar de la virilidad de un hombre que se presenta a sí mismo como un testigo modesto, que se subordina a los datos y no busca más gloria que revelarlos? ¿No estaría en peligro la reputación de un caballero dedicado a la vida experimental si reclamara para sí la modestia y la reserva que habitualmente se esperan del género femenino? Estos seres tan castos, ¿no irán a ser descalificados por falta de virtudes viriles si renunciaran a los placeres de las rimbombantes conquistas retóricas?

Pero resulta que la castidad y la modestia no sólo pertenecían a las mujeres; también definían la correcta disposición del servicio a Dios. Lo que propuso Boyle, entonces, fue el valor de la castidad y la modestia espiritual (no corporal), una disciplina de orígenes monásticos. Aquél que sigue el camino experimental sirve a Dios por la vía del ejercicio disciplinado de la razón. Y está razón es verdaderamente viril en el sentido de que es parte del heroísmo masculino el hacer abstracción de los propios intereses, de los propios prejuicios, y resistir las tentaciones y seducciones de las cuestiones, de las preguntas que lo llevarían a la perdición.

He experimentado personalmente el poder de esta construcción, la manera en que es capaz de asegurar que el orden disciplinario se imponga de manera suprema [rule supreme]. Sucedió cuando era estudiante de química, y renuncié a seguir investigando en el futuro, porque pensaba que me había descarriado irremediablemente. [p. 35] Nadie preguntó en ningún momento si tenía «madera de investigadora» – como en el caso de los pilotos de prueba [* esto de los pilotos de prueba viene de la primera parte del texto]. El juicio es retroactivo, sólo se produce «tras el accidente». En mi caso se produjo tras haberme interesado por los que los científicos llaman «las grandes preguntas», las así llamadas «cuestiones no científicas».

[El sonámbulo como siguiente modelo del científico]

Sin embargo, hay que distinguir entre el investigador casto y modesto de Boyle y lo que me llevó a mí a concluir que «me había perdido para la ciencia». El investigador de Boyle, de caer en la tentación, aún podía arrepentirse – y sin embargo yo consideré irreversible mi descalificación como investigadora. Se daba aquí otro tipo de ethos para definir al «verdadero investigador». Otro que se remonta al siglo XIX y puede ser representado por la imagen del «sonámbulo que no debe ser despertado». Yo me guiaba, aún, por aquella imagen cuando me di cuenta de que, habiéndome despertado, tenía que marcharme.

El sonámbulo está siempre andando a gran altura por la cumbrera de un tejado, subiendo y bajando sin vértigo, miedo o vacilación. No se plantea ninguna pregunta que puediera hacerle perder el equilibrio. La castidad al servicio del conocimiento ha sido sustituida por una especie de antropología de la creatividad, según la tesis de que el investigador debe tener una fe que «moverá montañas», esto es, de que no puede dejar que su camino en busca de la inteligibilidad se vea bloqueado por ningún obstáculo – especialmente cuando estos obstáculos ya han sido gloriosamente apartados como aquello que «cree la opinión» antes de que la «verdadera ciencia» intervenga [real science – antes, real researcher…]. A menudo esta fe se explicita a sí misma de manera negativa: si uno tomase seriamente estas otras dimensiones del problema, entonces la ciencia no sería posible. Y habitualmente termina confirmando la «parábola de la farola» en la que un paseante que se para a ayudar a alguien desesperado buscando [p. 35] sus llaves al pie de una farola en medio de la noche, acaba preguntando: «¿Está seguro que es aquí donde la perdió?» A lo que el otro lo responde: «Para nada, pero es que es la única zona bien iluminada».

«Tener madera», entonces, significa tener fe en que aquello que una pregunta científica hace que no cuente, en efecto, no cuenta; una fe que se define a sí misma contra la duda. La persona que ha sido mordida por la duda ya no recuperará la fe que el investigador necesita. Despertar al sonámbulo mata al investigador.

El científico experimental de Boyle era casto y evitaba cualquier inclinación hacia preguntas teológicas o metafísicas. El ethos de un científico sonámbulo, por otra parte, es más como una fobia. Rechaza cualquier cuestión que considera no-científica, de una manera que puede compararse con la misoginia fóbica del sacerdocio, en el sentido de que les atribuye un poder peligroso, seductor, capaz de llevar al camino sin retorno de la perdición. Más aún, el rango de esta cuestiones se ha hecho cada vez más amplio, puesto que ahora abarca, por ejemplo, cuestiones sobre el rol de las ciencias en la sociedad. Es cierto que estas cuestiones no pueden hacerse desaparecer oficialmente de la misma manera que es posible hacer con las teológicas y metafísicas. Pero aún así, son medio-implícitamente desechadas a través de la sonrisa sutil, la advertencia mal disimulada, o las risitas y el cotilleo sobre fulano de tal «que ha dejado de hacer ciencia». Por el camino, se convertirán en enemigos aquellos que insistan en que los científicos se pregunten a sí mismos ciertas preguntas, o que les pidan que expliquen precisamente qué es lo que están defendiendo en nombre de la ciencia. Lo sonámbulos se niegan a dudar cuando se trata de diferenciar entre lo que es importante para ellos y lo que juzgan secundario o anecdótico. Dejadnos [p. 36] libertad para ser obstinados y agresivos, para descifrar el mundo en términos de conquistas y obstáculos a superar — si no, ¡dejará de haber científicos! Este es el argumento al que se enfrentan aquellas que defienden una nueva aproximación a la formación de los científicos.

Por mi parte, dejé de creer en el interés de los cursos sobre historia de la ciencia, o sobre el papel social de las ciencias, al menos, tal como se imparten actualmente a los estudiantes de ciencias de ambos sexos. Porque todo estudiante matriculado en ciencias («duras») sabe perfectamente que estos cursos «no son ciencia», que, tan pronto como hayan completado las formalidades de los exámenes, lo que allí se ha estudiado no contará realmente [*]. En relación con estos cursos la mayoría son como los científicos invitados a las recepciones de Diotima en El hombre sin atributos de Robert Musil: sonriendo para sus adentros cuando los confrontaban las personas cultas [men of learning]. Los estudiantes escuchan con educación lo que reconocen como grandes ideas, pero ya saben que los «verdaderos científicos» nunca se dejarán infectar por este tipo de cosas.

[*] Nota: Tengo experiencias muy parecidas a lo que cuenta aquí la autora, en mi caso en los estudios de arquitectura — y debe ser una de las razones por las que me gusta tanto este texto. «Esas cosas que cuentas están muy bien, pero eso no es arquitectura». Sí tengo que decir, que como los estudiantes de Stengers, me suelen escuchar con educación, y a veces incluso, me parece sentir, que afecto.

Estas sonrisas sutiles, enraizadas en esta fobia, son una característica natural de las ciencias de las que la gente joven están actualmente desertando [*], para gran consternación de las diversas instancias de nuestros gobiernos. Son estas ciencias las que Thomas Kuhn, en The Structure od Scientific Revolutions, identificó que funcionaban paradigmáticamente, y que empezaba por caracterizar por las maneras en que los estudiantes eran formados. La formación en sociología y psicología contempla un panorama de escuelas rivales, cursos sobre diferentes metodologías, definiciones divergentes y debates, mientras que se introduce a los estudiantes en los textos fundacionales de sus disciplinas, aquellos que plantean las alternativas entre las que deberán optar. Por contra, enfatiza Kuhn, la fuerza del paradigma residen en su invisibilidad. La gente joven que está siendo formada [being trained] [p. 38] están en el camino de convertirse en sonámbulos para los que la manera correcta de hacer una pregunta no plantea ninguna duda: se relaciona con la evidencia incontestable. Desde esta perspectiva educativa, que un estudiantes de ciencias (duras) lea algo que no sean sus libros de texto no es sólo una pérdida de tiempo; es también una señal inquietante, un mal augurio para su futuro, que implica que puede que no tenga «madera de investigador».

[*] Nota: El texto se basa en una conferencia de 2009 y parte de plantear la pregunta de por qué había en la época una crisis de «vocaciones» científicas, especialmente entre las mujeres. No sabría decir si esa situación sigue siendo parecida hoy en nuestros entornos, aunque lo que plantea el  texto más en general sí que me parece que sigue estando muy vigente.

[La relación del sonámbulo fóbico con las fuerzas productivas]

El investigador casto de Boyle tiene una definición suficientemente general de los valores que corresponden a la objetividad científica: requiere la renuncia a «las grandes cuestiones» que seducen a la opinión, que «siempre está errada». Y esta castidad puede ser reclamada por todas las ciencias, en el nombre de no confundir «hechos» con «valores». Por su parte, el «sonámbulo fóbico» pertenece específicamente a aquellas ciencias que, desde el siglo XIX, pueden caracterizarse por su papel crucial en el desarrollo de las llamadas fuerzas productivas. Y esto no es ningún accidente. Los investigadores sonámbulos nacieron en un laboratorio que ya no era asimilable al de la disciplina monástica del cultivo del espíritu en el que perder el tiempo era un pecado. El laboratorio se define ahora por los imperativos del ganar tiempo, la competición y la velocidad. La disciplina ascética ya no es el motivo por el que los investigadores se abstienen de plantear «las grandes preguntas», sino más bien porque su formación, activamente, les ha hecho dar la espalda a estas preguntas. Todo lo que les pueda distanciar de su disciplina ha sido excluido, calificado como «pérdida de tiempo» o, peor, como camino hacia la duda. En otras palabras, el fóbico, para el que la duda es el enemigo, es antes que nada una persona que nunca aprendió a dar un paso hacia el lado, y que por tanto no sabe como reducir su velocidad sin perder el equilibrio.

[P. 39] Pero, a pesar de esto, los «verdaderos» investigadores sonámbulos no son completamente ciegos del mundo que los rodea. No lo ignoran, pero, ciertamente, no le otorgarán el poder de hacerlos vacilar. Descifran el mundo en término de oportunidades. Uno se los puede representar como en estado de alerta, atentos a la posibilidad de que se presente lo que para ellos cuenta, aquello que interesa a quien pueda extraer valor de sus resultados.  Y serán tanto más innovadores y emprendedores, cuanto más ignoren, con apropiado desprecio viril, los múltiples y entrelazados aspectos del problema que se supone que están considerando.

Un ejemplo reciente y llamativo es, por supuesto, la pretensión de los biólogos moleculares de que sus cepas [strains] de plantas genéticamente modificadas podrían resolver el problema del hambre en el mundo. La dimensión generizada [gendered dimension] estaba clara en el desprecio fóbico de las dudas de sus colegas que llamaban la atención sobre las razones socioeconómicas del hambre, las desigualdades sociales que corrían el riesgo de ampliarse, la destrucción de los modos de producción agrícolas existentes o las diferencias entre los OGM creados en el laboratorio y los que se plantan en cientos de miles de hectáreas. En este caso, los científicos sociales y los científicos que trabajan sobre el terreno eran como mujeres con demasiada sensibilidad, que solo pueden hablar de riesgos e incertidumbres. Si las hubiéramos escuchado en el pasado, habríamos pensado que la electricidad era peligrosa, y aún andaríamos en carros y a caballo. Un verdadero investigador debe saber como asumir los riesgos y como aceptar el precio del progreso. Pero en cuanto a saber quién puede quedar expuesto a estos riesgos… Bueno, esa es otra gran pregunta…

[El nuevo escenario y la dócil sumisión]

No confiemos demasiado en que los sonámbulos fóbicos vayan a despertarse debido a los daños de la [p. 40] economía del conocimiento. Puede decirse que de diferentes maneras se ha comunicado a los investigadores que «la fiesta ha terminado» – hoy tienen que someterse a las mismas normas que todo el mundo. Nadie puede escaparse de las exigencias de la flexibilidad y la competencia. Y esto significa la eliminación, en todas las ciencia sin excepción, de aquellos individuos que no tienen – o no hacen – lo necesario para mantener una carrera. La brutal redefinición de sus trabajos sin duda ha hecho refunfuñar a muchos investigadores. Aunque al final, lo hicieran bastante discretamente. Y de forma tragicómica muchos de ellos culparon a «la opinión pública» (sí, una vez más) por su incapacidad de entender que hay que dejar sola a la ciencia para que pueda dar fruto. Los políticos, infectados por esta opinión, han ratificado este «aumento de la irracionalidad» que significa que el «público» ya no respete la ciencia (de ahí la deserción en masa por parte de los jóvenes de los estudios científicos). La idea de que pudiera haber las más mínima relación entre este abandono de las ciencias y lo que está ocurriendo en el mundo parece casi indecible. El avance del conocimiento se debe a sí mismo el perseverar heroicamente en contra de todo tipo de hostilidades.

Es fácil prever que la nueva generación de investigadores sonreirá cínicamente ante las evocaciones de los viejos tiempos cuando los científicos eran los que planteaban sus propias preguntas. Pero no hay duda de que disfrutarán de una nueva «construcción generizada» [* nota pendiente] como recompensa por su coraje haciendo causa común con los empresarios mientas que las almas sensibles denunciaban devastaciones ecológicas y crecientes desigualdades sociales. El «verdadero investigador» será aquel que sepa que el destino humano exige terribles sacrificios y que nada debe obstaculizarlo. Mientras tanto, la nueva construcción tan solo prolongará la animadversión, ya cultivada en nombre del progreso, hacia aquellos «charlatanes de las grandes ideas», que difunden la duda, la preocupación y el desorden. [p, 41] Desde que empecé a comprender con más claridad lo que estaba pasando, incluidas la relativa sumisión y la pasividad de los investigadores, me tomo muy en serio lo que Virginia Woolf ya diagnosticó en su día como «prostitución intelectual» — la docilidad de aquellos que, sin estar atados como lo están los trabajadores asalariados, aceptan trabajar y pensar donde y como les digan. Aunque en realidad, ¿a qué podrían apelar cuando ellos mismos habían venido oponiendo de manera sistemática la objetividad científica y las preocupaciones políticas? ¿Cómo podrían discutir públicamente el desastre cuando no quieren que el público pierda la confianza en «su» ciencia o empiece a entrometerse en cosas que no le conciernen? La «madera del verdadero investigador» y su dependencia de las demarcaciones místicas les prohíben preguntarse, junto a otras, la pregunta de Woolf sobre esta civilización en la que nos encontramos [*]. Este «verdadero investigador» sólo puede quejarse e intentar – aunque siempre, cada hombre por sí mismo – encontrar caminos y medios para tratar de proseguir aquello que llama «buena investigación», aquello que hace que «la ciencia avance».#

[*] Nota: La referencia a Virginia Woolf, en la primera parte del texto, donde proponía la necesidad de que lxs universitarixs, lxs investigadorxs nunca dejarán de preguntarse por el tipo de mundo, de civilización, que con su trabajos y su actitud estaban construyendo.

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A partir de aquí empezaría la tercera parte, con la sección titulada Desmovilización, en la que se formula una cierta propuesta para tratar de mejorar la situación descrita.

Emily Dickinson: «Tan imperceptiblemente como el duelo» — traducción

Imagen: Daguerrotipo de Emily Dickinson, hacia 1846-47. La única foto que parece que nos queda de ella. Fuente: Wikipedia / Amherst College Archives & Special Collections.

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As Imperceptibly as Grief / Tan imperceptible como el duelo

Emily Dickinson

Notas y traducción de José Pérez de Lama

Este poema de Emily Dickinson (Norteamérica, 1830-1886), sobre el verano que pasa, pero también la vida — y quizás, se me ocurría traduciéndolo, sobre la amistad o el amor o las personas que pasan por nuestras vidas.

Va primero el original y luego una prueba de traducción, en proceso — más del sentido de lo que creo que dicen las palabras que con vocación de buscar una forma poética. No encontré de momento ninguna otra traducción al español en Internet. Sigue el poema, primero en inglés, y luego en español.

As Imperceptibly as grief
The summer lapsed away,—
Too imperceptible, at last,
To seem like perfidy.

A quietness distilled,
As twilight long begun,
Or Nature, spending with herself
Sequestered afternoon.

The dusk drew earlier in,
The morning foreign shone,—
A courteous, yet harrowing grace
As guest who would be gone.

And thus, without a wing,
Or service of a keel,
Our summer made her light escape
Into the beautiful.

Y ahora mi versión en español:

Tan imperceptiblemente como el duelo
El verano se iba yendo,—
Demasiado imperceptible, al fin,
Para parecer perfidia.

Una quietud destilada,
Como de anochecer avanzado,
O la Naturaleza, que se fuera deshaciendo
En la tarde secuestrada.

La oscuridad llegó temprano,
la mañana extraña brilló,—
Una cortés, pero dolorosa gracia
como de invitado que se fue.

Y así, sin ala alguna,
O ayuda de quilla,
Nuestro verano hizo su suave huida
hacia lo bello.

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Un par de comentarios sobre la traducción:

Con el Or Nature, spending with herself / Sequestered afternoon aventuré un poco con el deshaciéndose a sí misma — pensé también la posibilidad de consumiéndose, como el fuego o como una persona que se consume… pero la connotación económica-mercantil no me gustó.

En A courteous, yet harrowing grace / As guest who would be gone, el harrowing, el Merriam Webster dice: «acutely distressful or painful», esto es, «agudamente inquietante o doloroso», opté por el «doloroso». También podría ser «desasosegante», rimando con Pessoa, o «angustioso»…

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Nota final del autor de la entrada / traductor: Según informa la plataforma ésta es la entrada número 250 en este blog, ArquitecturaContable, que empezamos en 2014. Un modesto motivo de celebración para lxs editorxs. Nos tomaremos próximamente alguna copilla a la salud de todxs, en especial de lxs lectorxs.

También hoy, hace ocho meses que se murió mi padre. Y aunque él no fuera demasiado aficionado a la poesía, sirva este poema sobre el paso de los veranos y de la vida como testimonio de mi recuerdo.

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Referencias

Emily Dickinson en Wikipedia: https://en.wikipedia.org/wiki/Emily_Dickinson

Litcharts, una explicación en inglés del poema: https://www.litcharts.com/poetry/emily-dickinson/as-imperceptibly-as-grief