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Performances secretas

Performances secretas

José Pérez de Lama

El hombre moderno piensa que todo debe ser hecho en función de algún objetivo, nunca por el propio valor de lo que se hace. Bertrand Russell, 1932, Elogio de la ociosidad [1]

No hay necesidad de tener prisa. No hay necesidad de brillar. No hay necesidad de ser nadie más que uno mismo. Virginia Woolf [2]

Desde hace poco tiempo vengo haciendo algunas performances secretas (performance como en arte). Algunas las hago con mi padre nonagenario. Aunque sea poco cool, tengo que reconocer que con frecuencia nos aburrimos. Invento estas cosas para tratar de entretenernos. Otras las hago yo solo.

Como son secretas habitualmente no las cuento. Pero ésta que hice ayer, como me parece perfectamente inofensiva, la voy a contar.

Resulta que cuando voy al supermercado me gusta escribir la lista a mano en una hoja de papel doblada en tres — como quizás pueda apreciarse en la imagen de arriba. No es que no sepa escribir la lista de la compra en el móvil, incluso subirla a la nube y esas cosas. Pero me gusta escribirla a mano, y, en especial, el gesto de sacar el papel del bolsillo mientras doy vueltas por el súper tratando de leerlo.

En esta ocasión doblé el papel en seis: el habitual pliegue en tres, como un tríptico, y éste luego doblado por la mitad. En la parte de arriba escribí normalmente la lista de la compra. Pero en esta ocasión, en la parte de abajo escribí unas líneas de Kafka, de las Cartas a Milena, que había leído estos días en Twitter y me habían llamado la atención. Decían así:

«Constantemente trato de comunicar algo incomunicable, de explicar algo inexplicable, de contar algo que sólo siento en mis huesos y que sólo puede ser sentido en estos huesos».

Con el papel así escrito me fui a la compra. Bueno, en realidad, una vez que estaba en la calle me di cuenta de que se me había olvidado el papelito y tuve que subir de nuevo a recogerlo.

Recién había estado enfermo con unas fiebres invernales y hacía tiempo que no salía por lo que me sentía un poco raro. Pero llegué al súper, (pos)moderno y limpio, y actué exactamente igual que lo hubiera hecho otras veces. Aunque dentro del supermercado hacía un frío impresionante encontré bastante rápido todas las cosas de la lista, y añadí alguna más.

A la hora de pagar estaba mi cajera pereferida que suele trabajar los sábados. Le pregunté si todo le iba bien, y me contestó bastante formalmente. Pero me dio la sensación de que sí, de que todo le iba bien. Pagué con billetes, — otra lucha que uno mantiene contra los crecientes niveles de abstracción –, metí las cosas en las bolsas políticamente correctas que traía de casa y me despedí y salí y volví a casa como si todo hubiera sido normal y como siempre.

Esa fue la performance. Me lo pasé bastante bien haciéndola.

Saludos.

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#notas

[1] The modern man thinks that everything ought
to be done for the sake of something else, and
never for its own sake.
Bertrand Russell, 1932, In Praise if Idleness

[2] No need to hurry. No need to sparkle. No need to be anyone but yourself. Virginia Woolf

Un informe para una academia, un relato de Kafka

Imagen: Mr Crowley, el primer chimpancé que llegó a Estados Unidos, a finales del siglo XIX; a las pocas semanas había aprendido a comer con cubiertos; pintado por James Henry Beard en 1885, el cuadro se tituló: Its Very Queer Isn’t It . Dada la fama de Mr Crowley en aquel tiempo, no sería extraño que Kafka, tan aficionado a las historias americanas, hubiera sabido de él… | fuente: https://crystalbridges.org/blog/the-sad-true-story-of-mister-crowley-of-central-park

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Un informe para una academia

Franz Kafka, 1917

Traducción original de Francisco Zanutigh Núñez (1938; Losada, 2009), ocasionalmente modificada por José Pérez de Lama.

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Nota introductoria (JPL)

The modern man thinks that everything ought to be done for the sake of something else, and never for its own sake. Bertrand Russell, 1932, In Praise of Idleness

Según sugería Russell, se me antojó, por el gusto de hacerlo, leer despacito e ir copiando éste que es mi cuento preferido de Kafka desde hace ya algún tiempo.

Entre los diferentes temas que el texto sugiere, a mí, quizás, el que más me llame la atención es el de la soledad, — que aparece muy de pasada casi al principio.

Al irlo leyendo, — en la edición de Losada del 70 aniversario, con algunas de las historias incluidas en el volumen traducidas por el propio Borges — entre las cuales ¡nada más y nada menos que la Metamorfosis! — pues ya me puse a mirar la versión original en alemán, otra en inglés que se encuentra fácilmente – y los diccionarios on line, y en fin, a entretenerme un poco con el asunto — y ya puesto pues modifiqué la traducción al español en alguna ocasión en que me parecía que no se entendía del todo bien o que las expresiones eran algo arcaicas. La traducción original es estupenda en cualquier caso.

La traducción lleva mucha comas, que son del traductor original. La principal duda es un término clave, Ausweg, que se repite múltiples veces, y que Zanutigh – se intuye que colega de Borges -tradujo consistentemente como salida, y al que yo he optado por darle diferentes traducciones; salida, fuga, escapatoria, vía de escape… No se si acertadamente;  por probar otra cosa.

Los números de página que se indican tal que así [p. 261] son los de la mencionada edición de Losada.

Y ya que  lo hacía pensé que estaría bien ponerlo en el blog.

¡Sin más, sigue la historia de Kafka!

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Un informe para una academia

[p. 252]

Eminentes señores de la Academia:

Ustedes me han hecho el honor de pedirme presente a la Academia un informe sobre mi simiesca vida anterior.

En este sentido, lamentablemente, no puedo satisfacer la petición. Casi cinco años me separan de la simiedad; un tiempo quizás corto si se lo mide con el almanaque, pero interminablemente largo para cruzarlo al galope, como lo he hecho yo, acompañado, en algunos tramos por personas eminentes, consejos, aprobación y música de orquesta, pero en el fondo solo, ya que toda compañía, para no salirse del cuadro, se mantiene siempre lejos, del otro lado de la barrera. Este logro habría sido imposible si yo hubiera querido aferrarme caprichosamente a los recuerdos de la juventud. Justamente renunciar a todo capricho fue la consigna sagrada a la que me atuve. Yo, mono libre, me sometí a este yugo; pero de esta forma los recuerdos, por su parte, se me niegan cada vez más.

Así como al principio, si los hombres hubiesen querido, mi retorno se habría realizado a través de la puerta que el cielo todo traza sobre la tierra, ésta se me iba estrechando y achatando a medida que continuaba mi forzada evolución hacia adelante; cada vez me sentía más a gusto y más integrado en el mundo de los humanos. La tormenta que me arrancó de mi pasado ya se aplacó; hoy es solamente una corriente de aire que me refresca los talones, y el agujero en la lejanía por el que llega, y por el que yo pasé una vez, se ha vuelto tan pequeño que, suponiendo que tuviese las fuerzas y la voluntad suficientes como para [p. 253] volver hasta allí, aún me sería necesario dejarme el pellejo para poder atravesarlo.

Hablando con franqueza –por más que también a mí me agrade usar imágenes para tratar de estas cosas –hablando con franqueza: la simiedad de ustedes, señores míos, en la medida en que también ustedes tengan algo por el estilo en su pasado, no les va a resultar más lejana que a mí la mía. A todos los que caminan por la Tierra les cosquillea algo en el talón; tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles. Y sin embargo, en un sentido limitadísimo, quizás pueda corresponder a su pedido de un informe, y lo hago inclusive con una gran alegría.

Lo primero que aprendí fue el apretón de manos; un apretón de manos es prueba de sinceridad; pues bien, ojalá que ahora que me encuentro en el cenit de mi carrera pueda agregarse a aquel primer apretón de manos también la palabra franca; no aportará nada nuevo a la Academia y se quedará muy por debajo del nivel de lo que me ha pedido y que yo, a pesar de toda mi buena voluntad, no puedo decir; pero con todo, mostrará las líneas directrices que orientaron a un cierto mono para introducirse en el mundo de los humanos y asentarse en él. Sin embargo, seguramente no podría permitirme decir ni la parte más insignificante de lo que viene a continuación si no estuviese completamente seguro de mí, y mi posición en todos los más importantes escenarios de varietés del mundo civilizado no se hubiese consolidado hasta el punto de la inconmovilidad:

Soy originario de la Costa de Oro. Sobre cómo me cazaron debo remitirme a informes de otras personas.

[p. 254] Una expedición de caza de la firma Hagenbeck (*) –aparte de esto, de entonces ahora llevo ya no pocas botellas de vino vaciadas junto con el jefe– estaba al acecho en unos matorrales de la costa, cuando por la noche corrí, mezclado en el tropel para ir a beber. Se hicieron disparos; yo fui el único que fue alcanzado; recibí dos balazos.

Uno en la mejilla; no fue de importancia, pero dejó una gran cicatriz roja, sin pelos, que valió el repelente, ciento por ciento inadecuado sobrenombre de Peter el Rojo, sobrenombre que parece inventado por un mono, como queriendo significar con eso que sólo por la mancha roja en la mejilla me diferencio yo de aquel mono-animal amaestrado, que era conocido aquí y acullá, y que ya hace mucho que la palmó. Esto sea dicho solamente de paso.

El segundo tiro me alcanzó debajo de la cadera. Fue grave; a eso se debe que aún hoy renquee un poco. Últimamente leí en un artículo de uno de esos miles de lebreles que se explayan sobre mi en los periódicos que mi naturaleza de mono todavía no había sido dominada del todo, que una prueba de ello sería que cuando recibo visitas me complazco en bajarme los pantalones para mostrar el punto por donde entró aquella bala. A ese bribón habría que reventarle uno por uno todos los dedos de la mano con que escribe.

Yo, yo me puedo quitar los pantalones delante de quien se me antoje; no se encontrará ahí más que una piel muy bien cuidada y la cicatriz [p. 255] –elijamos aquí una palabra precisa para un propósito preciso, pero que no pueda ser mal interpretada– la cicatriz de un tiro nefando.(**) Todo queda expuesto a la luz del día; no hay nada que ocultar; cuando se trata de la verdad toda persona de espíritu amplio deja de lado el más preciado de sus buenos modales. Por el contrario, si ese escribiente se quitase los pantalones cuando llega a una visita la cuestión desde luego cambiaría de color y acepto que sea un signo de cordura de su parte que no lo haga. ¡Pero, entonces, que me deje de fastidiar con sus mojigaterías!

Después de aquellos disparos desperté –y aquí empieza, poco a poco, mi propio recuerdo– dentro de una jaula en el entrepuente del vapor de la compañía Hagenbeck. No era una jaula con cuatro paños de barrotes, sino que más bien eran solamente tres paños ajustados a un cajón, de modo que el cajón formaba la cuarta pared. Aquello era demasiado bajo como para poder estar de pie y demasiado angosto como para poder sentarse. Por eso me agachaba, con las rodillas dobladas, que no dejaban de temblar; y, como al principio no quería no ver a nadie y trataba de estar siempre en la oscuridad, estaba dado la vuelta hacia el cajón, mientras que por detrás los barrotes se me iban incrustando en la carne. Se considera provechosa esta forma de tener al principio así enjaulados a los animales salvajes, y actualmente, después de mi experiencia, no puede negar que, considerándolo desde el punto de vista humano, realmente es así. Pero entonces no pensaba así.

Por primera vez en mi vida me encontraba sin salida: por lo menos hacia delante no podía ser; [p. 256] hacia delante tenía ante mí el cajón, con sus tablas bien ensambladas; cierto que entre dos tablas había una rendija que iba de lado a lado, y cuando la descubrí la celebré con el aullido dichoso de la inconsciencia, pero esta abertura no era lo suficientemente ancha para tan siquiera pasar por allí la cola y ni empleando toda mi fuerza simiesca llegaría a poderse ensanchar.

Según me dijeron después. Parece que hacía desacostumbradamente poco ruido, de lo que dedujeron que o bien me extinguiría pronto, o bien, en caso de que lograse sobrevivir el primer período crítico, sería muy fácil de amaestrar.

Sobreviví ese período. Sollozar sordamente, dolorosos despiojamientos, lamer en silencio un coco, golpetear la pared del cajón con el cráneo, chasquear la lengua si alguien se me acercaba fueron mis primeras ocupaciones en la nueva vida; pero detrás de todo aquello se escondía una sola sensación: ninguna salida. Naturalmente, las sensaciones simiescas de entonces hoy solamente las pude transmitir con palabras humanas, y consecuentemente desfiguradas. Pero, aunque ya no me sea posible alcanzar la antigua verdad simiesca, al menos ésta se encontrará en la dirección de mi descripción; de eso no les quepa la menor duda.

¡Yo había tenido hasta entonces tantas vías de escape! … ¡y ahora ninguna! Estaba cogido. Si me hubiesen clavado a la caja, mi libertad de movimiento no habría sido menor. ¿Por qué esto? Ráscate entre los dedos de los pies hasta despellejarte, no encontrarás la razón. Aprieta la espalda contra los barrotes hasta que casi te partas en dos, no encontrarás la razón. No tenía ninguna escapatoria, pero tenía [p. 257] que encontrar alguna, porque sin escapatoria no podía vivir. Siempre contra aquella pared del cajón, inevitablemente habría reventado; pero con Hagenbeck a los monos les corresponde la pared del cajón; así que dejé de ser mono. Una clara, hermosa deducción que de algún modo tuve que haber elucubrado con la barriga, ya que los monos piensan con la barriga.

Temo que no se entienda bien lo que quiero decir con la expresión vía de escape (***). Empleo la expresión en su más completo y corriente sentido. Es a propósito que no digo libertad. No me refiero a esa gran sensación de libertad hacia todos lados. Como mono quizá la haya conocido y he tratado con humanos que la anhelan. Pero en lo que a mí respecta ni entonces pretendí la libertad ni tampoco ahora lo hago. A todo esto, los humanos frecuentemente se engañan. Y así como la libertad es uno de los sentimientos más elevados, también el correspondiente engaño es de los más elevados. Muchas veces, en las salas de varietés, antes de salir a escena, he visto dos artistas allá arriba, en el techo, trabajando en el trapecio. Se mecían, se balanceaban, saltaban, quedando colgados unos de los brazos del otro, uno llevaba al otro por los cabellos suspendido de sus dientes. «También esto es libertad humana», pensaba yo, «la elección soberana». ¡Escarnio de la sagrada Naturaleza! Ningún edificio podría permanecer en pie ante las risas de la simiedad frente a tal espectáculo.

No, yo no quería libertad; solamente quería una salida, a derecha, a izquierda, hacia algún lado. No tenía más pretensiones. Aunque la salida fuese sólo una trampa; la pretensión era pequeña, el engaño no sería mayor. ¡Avanzar! [p. 258] ¡Avanzar! Todo menos quedarse quieto con los brazos en alto, apretado contra la pared de un cajón.

Hoy lo veo claro: sin la mayor tranquilidad interior jamás podría haber escapado. Y de hecho todo lo que he llegado a ser lo debo quizás a la tranquilidad que después de los primeros días se adueño de mí, allá, en el barco; y a su vez esta tranquilidad debo agradecérsela a la gente del barco.

A pesar de todo, son buena gente. Todavía ahora me agrada recordar el sonido de sus pesados pasos, que en aquel entonces retumbaban en mi duermevela. Tenían la costumbre de tomarse todo con extremada lentitud; si alguno quería frotarse los ojos, levantaba la mano como si aguantara un pesado grillo; sus chistes eran burdos, aunque cordiales; sus risas iban siempre acompañadas de una tos que sonaba peligrosa pero que no tenía ninguna importancia. Siempre tenían en la boca algo para escupir y les daba lo mismo adónde lo escupían. Siempre se quejaban de que les saltaban mis pulgas, pero no obstante nunca se enfadaron seriamente conmigo por eso; es que sabían que las pulgas se multiplicaban en mi pelambre y que son saltarinas; con eso se conformaban. Cuando estaban libres de servicio, a veces algunos se sentaban en el suelo haciendo un semicírculo en torno de mí; apenas si hablaban sino más bien se arrullaban entre sí; fumaban en pipa estirados sobre cajones; se golpeaban con las manos en las rodillas no bien hacía yo el menor movimiento, y de tanto en tanto alguno una varilla y me hacía cosquillas ahí donde me resulta agradable. Si hoy me invitaran a hacer un viaje en su barco, con seguridad rechazaría la [p. 259] la invitación, pero de la misma manera es cierto que no sólo serían recuerdos desagradables los que me asaltarían en el entrepuente.

La calma que supe ganarme en el círculo de aquella gente sobre todo me apartó de cualquier intento de fuga. Desde mi actual punto de vista me parece como que hubiese por lo menos presentido que si yo quería vivir tenía que encontrar una salida, pero que dicha salida no se podría encontrar por medio de la fuga. Ya no se si la fuga era posible, pero lo creo; a un mono siempre debe serle posible la fuga. Con mis dientes actuales tengo ya que tener cuidado incluso para partir cocos, pero en aquel entonces habría podido muy bien con el correr del tiempo quebrar a fuerza de mordiscos el candado de la puerta. Pero no lo hice. Además, ¿qué habría ganado con eso? No bien hubiese asomado la cabeza me habrían vuelto a cazar y me habrían encerrado entonces en una jaula aún peor; o quizá, sin darme cuenta, habría huido en dirección a otros animales que estaban enfrente de mí, como eran las serpientes gigantescas, y habría exhalado en sus abrazos el último suspiro; o quizás hubiese logrado escaparme hasta la cubierta, saltar por la borda y durante un momentito me habría mecido sobre el océano y después me habría ahogado. Un proceder desesperado. No calculaba con tanto sentido humano, pero bajo el influjo del medio en el que me hallaba me conduje como si hubiera calculado. No calculaba, pero observaba con toda calma.

Veía a esos hombres ir de un lado a otro, siempre las mismas caras, los mismos movimientos; muchas veces me daba la impresión de que todos fuesen uno sólo; [p. 260] ese hombre o esos hombres se movían sin trabas. Un alto designio fue despertando en mí. Nadie me prometió que si yo me volvía como ellos me retirarían los barrotes. No se hacen tales promesas por cosas que aparentemente no se pueden lograr. Pero si uno comienza a lograrlas, más tarde aparecen las promesas exactamente allí donde antes uno las había buscado en vano. Pues bien, en aquellos hombres no había nada que de por sí me atrajera mucho. Si yo hubiera sido un partidario de la ya mencionada libertad, seguramente habría preferido el océano a la salida que se me mostraba en las embotadas miradas de estos hombres. De todos modos, venía observándolos desde mucho antes de pensar en estas cosas, y esas observaciones acumuladas fueron las que me impulsaron ante todo en aquella determinada dirección.

¡Fue tan fácil imitar a la gente! Escupir pude ya los primeros días. Nos escupíamos unos a otros, después lo hicimos mutuamente en las caras; la única diferencia era que yo después me lamía la cara hasta dejármela limpia, ellos no hacían lo mismos con las suyas. La pipa la fumé pronto como un viejo, después cuando metía el pulgar en la pipa todo el entrepuente aplaudía exaltado; lo único que por mucho tiempo no pude entender era la diferencia entre la pipa vacía y la pipa llena.

Lo que más trabajo me costó fue la botella de Schnaps; el olor me atormentaba; yo me empeñaba [p. 261] con todas mis fuerzas; pero pasaron varias semanas antes de que pudiera sobreponerme. Resulta curioso que la gente haya tomado estas luchas interiores mías más en serio que cualquier otra cosa sobre mí.

Tampoco logro diferenciar en el recuerdo a aquella gente, pero había uno, que volvía todo el tiempo, sólo o con otros camaradas, de día, de noche, a las horas más diferentes; se ponía ante mí con la botella y me daba lecciones. No podía comprenderme; quería resolver la incógnita de mi ser. Descorchaba lentamente la botella y me miraba después para comprobar si yo lo había entendido; concedo que siempre lo miraba con una atención salvaje, arrebatada; ningún instructor de hombres encontrará en toda la redondez de la Tierra semejante aprendiz de hombre; después que había descorchado la botella, se la llevaba a la boca; yo con mi mirada lo seguía hasta la garganta; hacía un gesto con la cabeza, contento conmigo, y se colocaba la botella en los labios; yo, fascinado, por ir aprendiendo poco a poco, chillando, me rascaba a todo lo largo y lo ancho, en cualquier parte; el se alegraba y empinaba la botella y tomaba un trago; yo, impaciente y desesperado por emularlo me ensuciaba en mi jaula, cosa que volvía a llenarlo de satisfacción; entonces, estirando el brazo y alejando de sí la botella, y llevándosela nuevamente a los labios, se inclinaba hacia atrás de una forma exagerada, como para que lo apreciara mejor, y de un trago se la bebía hasta el final. Yo, extenuado por el desproporcionado esfuerzo, no podía seguir más y me quedaba débil colgando de la reja; mientras el finalizaba su enseñanza [p, 262] teórica, restregándose la barriga y sonriendo con satisfacción.

Por fin comienza la ejercitación práctica. ¿No estoy ya demasiado agotado por la clase teórica? Ciertamente, demasiado agotado. Eso pertenece a mi destino. No obstante, tomo, tan bien como puedo, la botella que me es alcanzada; la descorcho temblando; al lograrlo me nacen nuevas fuerzas; levantando la botella –casi no hay ya diferencia con el original–; me la llevo a la boca, y… la arrojo con asco, con asco, a pesar de que está vacía y ahora solamente la llena el olor; y esto para gran desconsuelo de mi maestro, para mayor desconsuelo de mí mismo; ni a él ni a mí mismo consigo desagraviar con la circunstancia de que después de haber tirado la botella no olvido el restregarme a la perfección la barriga ni el sonreír dando muestras de satisfacción.

Con demasiada frecuencia las lecciones transcurrían de esta forma; y debo decir en honor de mi maestro que no se enojaba conmigo; lo que sí, a veces mantenía apretada la pipa encendida contra mi pelambre, hasta que en algún lugar al que yo difícilmente podía llegar comenzaba una lenta combustión, pero entonces él mismo la volvía a apagar con su mano enorme, buena; no se enojaba conmigo; comprendía que luchábamos del mismo lado contra la naturaleza simiesca y que a mí me tocaba la parte más difícil.

¡Qué gran victoria fue, sin lugar a dudas, para él así como para mí, cuando yo una noche, rodeado de un gran círculo de espectadores –quizás era una fiesta: sonaba un gramófono y un oficial se paseaba entre la gente– cuando yo, repito, aquella noche, precisamente cuando nadie me observaba, tomé una botella de Schnaps que por descuido habían dejado junto a mi [p. 263] jaula; ante la creciente expectación de la concurrencia la descorché perfectamente de acuerdo con las reglas, me la acerqué a los labios y sin titubeos, sin torcer la boca, sino como un bebedor profesional, poniendo en blanco los ojos bien abiertos, con el gaznate que subía y bajaba ininterrumpidamente, real, verdaderamente, me la bebí hasta vaciarla, y al arrojar la botella, no lo hice ya con desesperación sino como un artista! Cierto es que olvidé restregarme la barriga; pero en compensación, ya que no tenía otra salida, porque algo me impulsaba a ello, porque tenía los sentidos como delirantes… bueno, que grité: «¡Hola!», irrumpí en el ámbito de los sonidos humanos, y sentí su eco – «¡Oigan! ¡Habla!» – como un beso por todo mi cuerpo chorreante de sudor.

Repito: no me fascinaba imitar a los hombres; los imité porque buscaba una salida, por ninguna otra razón. Tampoco con esa victoria se había logrado mucho. Inmediatamente, la voz dejó de responderme; sólo después de algunos meses volvió a funcionar; la repulsión hacia la botella de Schnaps me volvió, e inclusive intensificada; pero mi dirección estaba ya tomada de una vez por todas.

Cuando en Hamburgo fui puesto en manos del primer domador, en seguida me di cuenta de que tenía dos posibilidades ante mí: el jardín zoológico o el varieté. No titubeé. Me dije: empéñate cuanto puedas para poder llegar al varieté: ésta es la salida; el jardín zoológico no es más que una nueva jaula; si entras allí, estás perdido.

Y aprendí, señores míos. ¡Ah! ¡Cuando lo necesita, uno aprende! ¡Cuando uno quiere encontrar una [p. 263] salida aprende, uno aprende sin andarse con miramientos! Uno se controla a sí mismo con el látigo; uno se fustiga ante las más insignificante resistencia. La naturaleza de mono salió de mí a enorme velocidad y patas arriba, de forma que mi primer maestro, como consecuencia, se convirtió en casi mono, en seguida renunció a seguir dándome clases y tuvo que ser internado en una clínica psiquiátrica. Felizmente pudo salir pronto.

Pero yo inutilicé a varios maestros, y hasta incluso a más de uno al mismo tiempo.

Cuando llegué a estar más seguro de mis habilidades, la fama vino tras de mis pasos; mi futuro empezó a esplender; yo mismo contraté maestros; los hice sentar en cinco habitaciones que estaban ubicadas en hilera y aprendía con todos al mismo tiempo saltando ininterrumpidamente de una a otra.

¿Esos progresos! ¡Ese penetrar los rayos del saber desde todos lados en el cerebro que despertaba! No lo voy a negar: me hacía feliz; pero también sostengo que ya entonces no lo sobrestimaba, ¡cuanto menos ahora! Por obra de un esfuerzo que hasta el momento no se ha repetido en toda la Tierra he alcanzado la instrucción media de un europeo. En sí esto quizás no sea nada, pero sin embargo, es algo en la medida en que me sirvió para salir de la jaula y me procuró esta salida, esta salida humana.

Hay una excelente expresión alemana: «internarse en la espesura». Eso fue lo que hice: me interné en la espesura. No tenía otra camino, siempre partiendo de la base de que no se podía elegir la libertad.

Si reviso mi evolución [p. 265] y lo que ha sido hasta el momento su objetivo, ni me quejo ni estoy satisfecho.

Las manos en los bolsillos de los pantalones, la botella de vino sobe la mesa, estoy mitad sentado mitad acostado en la mecedora y miro por la ventana. Si llega alguna visita, la recibo como es debido. Mi agente está sentado en la antesala; si toco el timbre, viene y escucha lo que tengo que decirle. Por la noche casi siempre hay una representación, y tengo, ciertamente, un éxito que ya apenas si es posible superar. Cuando ya tarde vuelvo a casa de los banquetes, de las sociedades científicas, de agradables reuniones, me espera una pequeña chimpancé semiamaestrada, con la cual lo paso bien al estilo de los monos. Durante el día no quiero verla; es que tiene en la mirada la locura del animal amaestrado, desequilibrado; de esto sólo yo me doy cuenta y es algo que no puedo soportar. De todos modos, en términos generales he logrado lo que quería lograr. Que nadie diga que no valió la pena. Por lo demás, no busco el juicio de los hombres; solamente quiero difundir conocimientos. Yo solamente informo, también a ustedes, ilustres señores de la Academia, solamente les he informado.

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Algunas notas sobre el texto…

* El nombre de la empresa, Hagenbeck, se traduciría literal e inquietantemente como arroyo del bosquecillo o de la floresta

** Toda esta historia del tiro, que no se comprende del todo bien, sí que me recuerda la herida en combate del tío Toby en Tristram Shandy. Ignoro si existe alguna conexión.

*** Ausweg (la salida o escapatoria que repite Kafka numerosas veces), me recordó a Ausgang la palabra que usaba Kant en la primera frase de su artículo Qué es Ilustración (1784): Aufklärung ist der Ausgang des Menschen aus seiner selbstverschuldeten Unmündigkeit: La Ilustración es la salida de la minoría de edad que las propias personas se habían impuesto a sí mismas. ___ Curiosa casualidad que anduviera últimamente con los originales de los dos textos…

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#referencias

El texto se ha copiado del libro Relatos completos I, publicado por la editorial Losada, 2009, Buenos Aires.

La historia fue publicada como parte del volumen de relatos Ein Landarzt (El médico rural). Anteriormente, en 1917, en la revista Der Jude, dirigida por Martin Buber. El texto original en alemán, Ein Bericht für eine Akademie, puede consultarse aquí: https://de.wikisource.org/wiki/Ein_Bericht_f%C3%BCr_eine_Akademie .

Una versión en inglés aquí: http://johnstoi.web.viu.ca//kafka/reportforacademy.htm

Otra versión en español que se encuentran on line… Publicada porlos amigos de UNIA Arte y Pensamiento:

http://ayp.unia.es/dmdocuments/narr_fuga_II_doc02b.pdf

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La cita de Bertrand Russell al inicio está extraído de otro texto, muy diferente, pero también interesante: Bertrand Russell, In Praise of Idleness, ca. 1932 __ que puede leerse aquí: http://www.zpub.com/notes/idle.html

Algo parecido a lo de Russell, leía ayer otra cosa de Sánchez Ferlosio que dejo aquí «anotado».

Lo de R. Sánches Ferlosio, 1992, Juegos y deportes, El País, disponible aquí: https://elpais.com/diario/1992/08/09/opinion/713311212_850215.html | accedido 06/12/2019

El protagonista de la novela negra según Raymond Chandler

Imagen: Elliot Gould como Philip Marlow en The Long Goodbye (basada en la novela de Chandler del mismo título) — en la versión de Robert Altman de 1973; una película bien bonita, que comentaba un poco, y hace ya tiempo, en mi tesis doctoral.

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El protagonista de la novela negra según Raymond Chandler

José Pérez de Lama

Una traducción más, ésta de Raymond Chandler el autor californiano de novela negra de 1930-50. La cosa creo que se me ocurrió tras leer un artículo sobre las grabaciones del espionaje entre presidentes de grandes empresas españolas, que estos días ha salido en los medios. Según recogen varios periodistas, el jefe se seguridad de uno de ellos, ante los costes que querían hacerle pagar por espiar o perjudicar la imagen del contrincante, decía a un personaje de lo que se vienen llamando las cloacas que estaba al otro lado del teléfono: «¡Me sale más barato matarle, macho!» – con el leísmo madrileñero incluido. Uno de los periodistas que lo comentaba en El Salto, @pelorduy, lo calificaba como un clásico instantáneo… Y a mi desde luego me ha enganchado unos cuantos días… Y por eso llegué a Chandler, quiero pensar.

Los párrafos que siguen -primero en español-castellano y luego en el original en inglés – son de un texto El sencillo arte del asesinato, en que expone algunas de sus ideas sobre la novela negra. Termina con una imagen, muy idealizada dirán algunos, del protagonista de la novela negra que el defendía. Leyéndolo, duda uno si la descripción también podría aplicarse a su idea de escritor. O a cualquier ciudadano, y que el mundo contemporánea sea cada vez más parecido a una novela negra… Una tesis nada rara,  por otra parte; es una de las interpretaciones habituales de lo noir.

Siguen pues los textos:

[Traducción JPL, de El sencillo arte del asesinato. Un ensayo; original en inglés al final del post] Sigue leyendo El protagonista de la novela negra según Raymond Chandler

Sobre la brevedad en el hablar y el escribir (notas de Toni Morrison y Montaigne)

Imagen: La carga de la caballería roja es un cuadro del pintor Kazimir Malévich, realizado entre 1928 y 1932. Fuente: Wikipedia.

José Pérez de Lama

Desde hace un tiempo pensando sobre escribir de manera más breve y directa. Los amigos y lectores de este blog igual se sonreirán… Aquí algunas reflexiones sobre el asunto espigadas recientemente entre mis lecturas. Resulta curiosa la coincidencia en ciertas cosas de autores aparentemente tan alejados la una del otro: Toni Morrison, la escritora estadounidense afroamericana, premio Nobel, que murió recientemente; y Michel de Montaigne citando a clásicos varios.

* Sirva también de práctica de inglés al ir traducciones al español/castellano junto con mis fuentes en inglés (en azul).

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Toni Morrison, de la entrevista en la Paris Review, de la serie The Art of Fiction (núm, 134, 1993)
https://www.theparisreview.org/interviews/1888/toni-morrison-the-art-of-fiction-no-134-toni-morrison

En Jazz (una de sus novelas), quería transmitir la sensación que transmite un músico —- que tiene más pero que no te lo va a dar. Es un ejercicio de contención, de retenerse —- no porque no esté ahí, o porque una lo haya agotado, sino por la riqueza, y porque puede hacerse otra vez. Este sentimiento de saber cuándo parar es algo aprendido y no siempre lo tuve. No fue, probablemente, hasta después de escribir Song of Solomon que llegué a sentir la suficiente seguridad como para experimentar lo que significaba ser frugal, ahorrativa, con las imágenes y las palabras y lo demás. Cuando escribía Jazz era muy consciente de que estaba tratando de fundir aquello que es planificado y artificial con la improvisación. Sigue leyendo Sobre la brevedad en el hablar y el escribir (notas de Toni Morrison y Montaigne)

Imaginando el futuro tras la catástrofe climática – William Gibson en “Peripheral”

Imagen: ¿No Future? Pegatina / sticker de 1977; diseño de james Reid / Sex Pistols; fuente: https://www.beatbooks.com/pages/books/37921/the-sex-pistols/no-future-maximum-penalty-5-sex-pistols-gummed-sticker-c-january-1977

“Ya le he contado del malestar y la confusión que producen el viajar en el tiempo.” H.G. Wells; epígrafe que encabeza la novela de W. Gibson.

Introducción y traducción de José Pérez de Lama

El próximo viernes 27 de septiembre hay convocatoria global – incluida Sevilla – para llamar la atención sobre el cambio climático. Con ese motivo, y también, porque me ha gustado mucho el libro, traduzco un capítulo de Peripheral, creo que la última novela de William Gibson (2014), en que se presenta un interesante y a mi juicio bastante verosímil escenario de catástrofe climática y de cómo podría ser mundo, más bien distópico, que surgiera después.

La novela, y trato de no hacer spoiler, va de viajes en el tiempo entre unas fechas próximas a las actuales y finales del siglo XXI; la acción se va configurando poco a poco hasta irse centrando en cómo los personajes del futuro tratan e evitar su propio presente… en fin… y más en particular en sus aspectos eco-tecno-sociales… El final… no cuento más, es más interesante que en los armagedones típicos de otras novelas del género…

En la escena que sigue están hablando dos de los personajes principales, por un lado Flynne Fisher, habitante de nuestro presente, más o menos, y Wilf Netherton, nativo del futuro, pero que está tele-tempo-presente en su pasado. Wilf está explicando a Flynne lo que llaman el Jackpot, la catástrofe climática. Jackpot, significa algo así como “cuponazo” o premio gordo de la lotería… típicamente en Gibson sugiere el espíritu de casino que parece qie nos está llevando por el camino del cambio climático.

Quizás sea lioso el tema del tiempo en el texto que traduzco: hay fundamentalmente tres momentos que se deben tener en cuenta: el presente de Flynne, más o menos 2020 o 2025, el presente de Wilf (posterior al Jackpot, hacia 2090 o 2100, y el tiempo del Jackpot, la etapa más crítica de la catástrofe climática, que estimaría sobre 2050-60).

Referencia: William Gibson, 2014, Peripheral, Penguin; pp. 319-22

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El Jackpot

[…] Y entonces empezó a explicarle lo que llamaba el Jackpot.

Y lo primero de todo es que no había sido una sola cosa. Que fue algo multicausal, sin un comienzo en particular y sin un final. Más un clima que un acontecimiento, no como en las típicas historias apocalípticas en las que hay una gran catástrofe, después de la cual todo el mundo sale con armas […] o tras la que son devorados vivos por algo causado por la catástrofe. Nada parecido.

Fue algo androgénico, dijo, y ella sabía de [los programas de] Ciencia Loca y del National Geographic que significaba causado por la gente. No es que hubieran sabido lo que estaban haciendo, que lo hubieran hecho a posta, que hubieran querido crear los problemas, pero los causaron de todas maneras. Y fue en efecto el propio clima, el tiempo, debido a que había demasiado carbono, lo que impulsó muchas de las cosas. El que siempre fuera a peor y nunca a mejor, y que se considerase normal que fuera así, – algo que estaba pasando. Porque la gente en el pasado, que no tenía ni idea de cómo aquello funcionaba, se lo cargó todo, no fueron capaces de organizar cómo hacer algo, incluso cuando ya sabían que estaba pasando, y luego, ya, pues era demasiado tarde. Sigue leyendo Imaginando el futuro tras la catástrofe climática – William Gibson en “Peripheral”

Una práctica de inglés avanzado: “Like all other writers, he met with disappointments” – un comentario sobre la Tristra-paedia de Walter Shandy

Imagen: John de la Casse, arzobispo de Benevento, héroe y modelo de Walter Shandy; pintura de Jacopo Pontormo, s XVI (fragmento). Fuente: https://en.wikipedia.org/wiki/Giovanni_della_Casa

Like all other writers, he met with disappointments…

José Pérez de Lama

Estos días andaba recordando este capítulo del Tristram Shandy – en el que se introduce uno de mis temas preferidos de uno de mis libros preferidos: tras morir su primogénito, el padre de Tristram decide ponerse a escribir una Tristra-paedia – emulando a Jenofonte con el hijo de Ciro, por cierto – un compendio para dirigir la educación de Tristram, su segundo hijo y el único que le queda;—- siendo ya un hombre mayor: es su última oportunidad, piensa…

Ocurre que el padre tarda tanto con el asunto, «Como todos los escritores, se encontró con decepciones»—-y aquí aparece la historia de John de la Casse / Giovanni della Casa, (el de la imagen que me hizo gracia y me gustó), un sabio-humanista italiano que tardó 40 años en escribir una obra que finalmente resultó ser un pequeño librito—- tarda tanto el hidalgo Shandy, que su hijo va creciendo y superando las sucesivas edades a las que imaginamos que se dedican los episodios de la Tristra-paedia

Tras tres años y pico de trabajo Walter Shandy no ha llegado ni a la mitad de su obra, y mientras tanto tiene a su hijo lo ha tenido completamente olvidado – en lo concreto y material, claro. La suerte para el padre, y para Tristram, – hasta cierto punto -, es que un acontecimiento inesperado y que parecerrá de mayor importancia trastoca la vida familiar y Shandy padre se ve en la obligación de abandonar su gran proyecto literario… Pero eso ya es en el siguiente capítulo.

La historia tiene bastante guasa, también por supuesto la manera en que la cuenta Sterne,—- y esto del autor que no avanza con su libro, un libro que trata del mundo pero que escribe refugiado en su casa, resultará a algunos tremendamente familiar… :-/ Sigue leyendo Una práctica de inglés avanzado: “Like all other writers, he met with disappointments” – un comentario sobre la Tristra-paedia de Walter Shandy

Nabokov sobre lo concreto, la bondad y lo bueno


Imagen: Nabokov en 1968 haciendo como que cazaba mariposas, una de sus grandes aficiones, fotografía de Philippe Halsman; fuente: https://bibliotecaignoria.blogspot.com/2014/12/vladimir-nabokov-el-arte-de-la.html

Nabokov sobre lo concreto, la bondad y lo bueno
[notas de El arte de la literatura y el sentido común]

En recuerdo de Ángel Díaz Domínguez, que me metió en el club de los nabokovianos hace ya tanto tiempo…

Notas introductorias y traducción* de José Pérez de Lama

La traducción la he ido contrastando con la de F. Torres Oliver (1984) que puede verse, junto con el original en inglés en las referencias al final del post ___ por supuesto Nabokov es un gran maestro del lenguaje y es lo que deben leer los que se sientan más o menos cómodos con el inglés.

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Veo que el texto que voy a reproducir parcialmente está bastante repetido por Internet. Aún así, me voy a dar el gusto de reproducirlo yo también, y de traducirlo, con la ayuda de las traducciones disponibles – como muchxs sabrán el lenguaje y el estilo de Nabokov son particularmente ricos y complejos. ___ ¿Por qué volví a Nabokov? Pues supongo que por casualidad como ocurre con tantas cosas. Porque asistí a una presentación de un libro de Juan Bonilla y acabamos hablando de Nabokov; porque ando atrancado con un texto mío, que me parece demasiado vulgar y aburrido, y recordé algunas cosas de Nabokov sobre el estilo y pensé que a lo mejor me ayudaban… Lo del estilo lo comentaré quizás más adelante. Lo de ahora corresponde a una charla recogida al final del su libro de Lectures on Literature – un libro que me encanta por otra parte, al que vuelvo de vez en cuando.

Lo que me llamó la atención de los pasajes que voy a reproducir es la conexión que hace aquí Nabokov  entre lo bueno – y la bondad, deja en est una cierta ambigüedad – y el detalle, lo concreto – por oposición a las generalizaciones y abstracciones. Creo que no es lo que suelen destacar los comentaristas… Frente a la tozudez de los hechos que nos muestran un mundo cada vez más horrible, decía Nabokov, lo concreto, el detalle nos permite ver lo contrario: la bondad de las personas, lo bueno del mundo… ___ algo que a mí me hace falta sin duda. La cosa me recordó a una conversación informal con Antonio Lafuente hace un par de años, a quien hablaba de lo devastador de las lecturas de Marx o – justo aquellos días – de Arrighi – de éste último sobre el capitalismo y la historia de sus alianzas con los poderes político-militares a lo largo de la historia. También a algunas conversaciones – con poco acuerdo – sobre la abstracción y lo concreto, en torno a la modernidad, la cultura algorítmica, la percepción y el arte con mi ex-estudiante Victoria del Rosal – a quien creo que gustarán estas ideas de Nabokov.

La conferencia, citada extensivamente, es bastante “divagadora”… La notas son un poco así – ¿contra la “dictadura del signficante” que decían algunos? … Aquí siguen pues.

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[Sobre la derrota del sentido común …] el segundo resultado es que la irracional creencia en la bondad del hombre* (a la que se oponen tan solemnemente esos caracteres ridículos y fraudulentos que llamamos Hechos) se convierte en algo más que la débil base de filosofías idealistas. Se convierte en una verdad sólida y iridiscente. Esto significa que la bondad se convierte en una parte central y tangible de nuestro propio mundo, un mundo que a primera vista parece difícil de identificar con el mundo moderno de los editores de periódicos y otros brillantes pesimistas, que te contarán que, dicho suavemente, es ilógico aplaudir la supremacía del bien en un tiempo [… ] de terror, estupidez y alambre de espino. […]

¿Qué significan exactamente estos irracionales patrones? [los que viene introduciendo el autor] Significan la supremacía del detalle sobre lo general, de la parte que está más viva que la totalidad, de la pequeña cosa que alguien observa y reconoce con un gesto amistoso del espíritu mientras que la muchedumbre a su alrededor es conducida por el sentido común hacia algún objetivo común. […] Recuerdo un chiste en que aparecía un deshollinador cayendo del tejado de un edificio alto mientras se percataba de que un anuncio tenía una palabra mal escrita y se preguntaba en su vuelo cabeza abajo por qué nadie se habría preocupado de corregirlo. En cierto sentido, todos estamos cayendo hacia nuestras muertes desde la alta historia de nuestros nacimientos hasta las planas losas del patio del cementerio, maravillándonos con una inmortal Alicia en el País de las Maravillas por los patrones de la pared que va pasando. Esta capacidad de maravillarse por minucias – olvidando el peligro inminente – estas digresiones del espíritu, estas notas al margen en el volumen de la vida son las más altas formas de consciencia y es en este infantilmente especulativo estado mental, tan diferente del sentido común y su lógica, que sabemos que el mundo es bueno.

[…] la bondad [¿el bien?] es algo irracionalmente concreto.

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#referencias

Vladimir Nabokov, 1980, The Art of Literature and Commonsense, en: VN, Lectures on Literature, Harcourt, San Diego, pp. 371-380

Referencias online:

Nabokov, V. (1984), Lecciones de literatura. Traducción de Francisco Torres Oliver. Bs.As., Emecé, en: https://www.scribd.com/document/52462712/Nabokov-El-arte-de-la-literatura-y-el-sentido-comun

También en: https://bibliotecaignoria.blogspot.com/2014/12/vladimir-nabokov-el-arte-de-la.html

En inglés: https://www.scribd.com/doc/24008084/The-Art-of-Literature-and-Commonsense