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Natalia Ginzburg vs Pessoa: las pequeñas y grandes virtudes

Natalia Ginzburg; fuente de la  imagen: &https://forward.com/culture/426691/the-unbearable-happiness-of-natalia-ginzburg/

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Selección y notas de José Pérez de Lama

Esto de Natalia Ginzburg:

«Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la precaución sino el valor y el desprecio del peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor a la verdad; no la diplomacia sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito sino el deseo de ser y saber».

Natalia Ginzburg, Las pequeñas virtudes, 1960 (Acantilado, Barcelona: 2002)

Y esto otro de Bernardo Soares / Fernando Pessoa:

«En la vida de hoy […] el derecho a vivir y a triunfar se conquista […] con los mismos procedimientos con que se conquista el internamiento en un manicomio: la incapacidad de pensar, la amoralidad y la hiperexcitación».

Fernando Pessoa, fecha indeterminada entre 1912 y 1935, El libro del desasosiego de Bernardo Soares, edición y traducción de Ángel Crespo, Seix Barral, Barcelona: 1984/2011 – capítulo 3 1st Article,  p. 24

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El extraordinario contraste entre uno y otro modelo humano. El de Ginzburg me parece una mezcla de valores judeo-cristianos clásicos, mundo humanista-caballeresco tipo Don Quijote e Ilustración. Más o menos la educación que me dio a mi mi madre, con la que a veces parece uno un corderito al que han dejado en medio de la jungla, si se lo toma uno al pie de la letra, como un tema de honor, o cosas así — a menos, quizás, que tengas las espaldas bien cubiertas…

El contraste también me recuerda al Thorstein Veblen, de la teoría de la leisure class — la clase ociosa. Escribía allí sobre una clase depredadora, heredera del mundo guerrero feudal, aunque fuera heredera espiritual; y otra clase, trabajadora y tranquila, que era sometida por la primera. Creo que se puede pensar que en parte son clases sociales y en parte clases de personas.

Uno se sigue quedando con Ginzburg, aunque intenta no hacerlo con demasiada ingenuidad.

Pues eso… Vale.

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ps/ En realidad tendríamos tres figuras o éticas en estas notas: la de las grandes virtudes humanistas o ilustradas, la de las pequeñas virtudes burguesas-de-clase-media, y la de la psicopatía según Soares; pero bueno, se entenderán seguro la oposición y las incertidumbres que trataba de plantear.

Unas notas sobre Ellen Janson, cliente del arquitecto RM Schindler

Imagen: Ellen Janson en la casa, durante el proceso de construcción. Fuente de la imagen: https://kostisvelonis.blogspot.com/2012/07/ellen-janson-at-her-house-during.html | R.M. Schindler Archive, University of California Santa Barbara.

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Notas de José Pérez de Lama

Aunque viví en Los Ángeles en varias etapas, y siempre estuve interesado en Schindler, e incluso estuve de residente en uno de sus edificios gracias al programa del MAK Schindler Center, –todo esto entre el final de la década de 1980 y principios de siglo –, sólo más recientemente descubrí y quede bastante fascinado por la casa Janson — que construyó RM Schindler  en 1949 para la poeta Ellen Margaret Janson.

Se lee en Internet que Janson (¿1899-1984?) fue la pareja de Schindler (1887-1953) durante los últimos años de la vida del arquitetco. También que éste pasó los últimos meses antes de morir de cáncer en esta casa que construyeron juntos, — supone uno que al cuidado de Janson. La casa la habían construido sólo 4 años antes de que muriera Schindler. [Ver al final del post las principales referencias usadas, sobre la casa y los personajes.]

Expresándolo en términos deleuziano-guattarianos, se podría imaginar que la casa fue, incluso su proceso de construcción – si atendemos a las fotos más conocidas -,  un medio para un «devenir común» del arquitecto y la poeta.

En términos solterdijkianos — de una vez que estuve en una conferencia suya en Sevilla — la casa podría pensarse como medio para, o componente de, una «poligamia ontológica», que posibilitó que ocurrieran cosas diferentes de las que habrían ocurrido sin su existencia.

También nos sugiere pensar en el clásico «construir/cuidar-habitar-pensar».

Esta idea romántica de la casa, una «fabulación especulativa», tal vez sólo retrospectiva, se basa en algunos, pocos, materiales sueltos que se encuentran en la red, incluyendo algunos comentarios de la propia Janson sobre la casa. También, las fotos más conocidas. Y la observación de la propia casa.

Parece que Janson contó o escribió en algún momento lo siguiente acerca de la casa (Scheine 1995, p245 [1] — tendría que buscar esta referencia):

I had always wanted to live in the sky. Then I came to know a space architect.
The architect asked me, “how would you like a house made of cobwebs?”
“Yes, I should love it, for they wouldn’t shut away the sky at all. But how would you hang up the cobwebs?”
“On sky-hooks”, he said’

Traducción a continuación, aunque suena notablemente mejor en inglés.

Siempre quise vivir en el cielo. Y entonces conocí a un arquitecto espacial. El arquitecto me preguntó, — «¿Qué le parecería una casa hecha de telas de araña?» __ «Sí, me encantaría, porque dejarían el cielo completamente al descubierto. ¿Pero como piensa colgar las telas de araña?»

«Con ganchos del cielo,» me dijo.

* En inglés me parece que suena mucho mejor, por la sencillez y belleza de las palabras y expresiones, cobwebs, skyhooks, que quizás en español/castellano puedan quedar, en 2020, algo kitsch…

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En una página web de Kostis Velonis, se presenta un proyecto sobre la casa Janson que entiendo que desarrolló en una residencia como la que yo hice en el Mak [Schindler] Center de Los Ángeles. Entre otras cosas dice sobre Ellen Margaret – o Margaret-Ellen – Janson:

“Margaret- Ellen […] had an excellent thing […], a soft and low voice. Stillness accompanied her, outer and inner stillness; and when she stood or walked she seemed to rest so lightly on the earth that, though she was tall like her Norwegian forbears, one expected her to float skyward”

[…] In 1948 -1949 R.M.Schindler has built Ellen Janson’s house in Hollywood hills. Between his last period of hospitalization (he was diagnosed with cancer) Schindler was staying at his girlfriend’s house . In 1953 R.M.Schindler died “in the Sky “, in a place “made of cobwebs” and ‘skyhooks” at Janson’s residence site.

Traducción:

Margaret-Ellen tenía una cosa excelente […], voz suave y baja. La tranquilidad la acompañaba, una tranquilidad exterior e interior; y cuando estaba de pie o andaba parecía apoyarse tan ligeramente sobre la tierra que, aunque era alta como sus antepasados noruegos, uno esperaba que pudiera salir flotando hacia el cielo.

[…] en 1948-1949 R.M. Schindler había construido una casa a Ellen Janson en las colinas de Hollywood. Entre sus últimos períodos de hospitalización (le habían diagnosticado un cáncer) Schindler se quedaba en casa de su pareja. En 1953 R.M. Schindler murió .«en el cielo», en un lugar «hecho de telas de araña» y .«ganchos aéreos», en la casa de Janson.

Otra imagen de la casa en construcción; fuente: Rudolph Schindler, architect, “Rudolph Schindler: Janson house (Los Angeles, Calif.),” UCSB ADC Omeka, accessed October 11, 2020, http://www.adc-exhibits.museum.ucsb.edu/items/show/504.

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Me gustó descubrir esta historia, porque conecta curiosamente, literariamente tal vez, con la mucho más conocida de su primera casa propia, la célebre de Kings Road, que se construyó con la participación también muy activa de su primera mujer-compañera en devenires artístico-culturales, Pauline Gibling. [2]

Me resulta curioso también cómo pasan de una casa a otra — 1921 a 1949 — casi treinta años, en los que se desarrolla la carrera bastante excepcional del arquitecto — y que coinciden, ¿no?, con el tiempo que hay que cotizar en la Seguridad Social en España, últimamente, para poder jubilarse, o algo así.

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Encontré algunos poemas de Ellen Janson – que era descrita como una poeta modernista o moderna en los años 20 en Los Ángeles. Este tipo de artistas eran los que frecuentaban a la pareja Schindler en la casa de Kings Road. Creo haber leído en algún lugar que las dos mujeres, Pauline Gibling y Ellen Janson, eran amigas. Tendría que confirmalo, pero parece verosímil, si no seguro, que al menos se conocieran.

Transcribo algunos poemas en inglés.

Japanese Night-Song (1921)

The shadow of a heron’s wing is on the water,
And the pines have drawn slim fingers
Across the moon.
Hush—
Breathe lightly, wind in the plum tree!
Scatter your dreams
Like petals over her heart.

Fuente: http://themargins.net/anth/1920-1929/janson.html

heron : garza
scatter : dispersa, echa al aire…

Dice en esta fuente:

Ellen Janson publicó poemas en oscuras revistas norteamericaas entre 1920 y 1949,  así com [el libro] Poems (Hollywood: E. Janson) en 1952. Japanese Night-Song apareció en Measure: A Journal of Poetry 2, p. 13 (1921)

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Think of Me as a Passer-by

Think of me as a passer-by  who brought
A snatch of melody along the street;
Who sang her own soul, and had not thought
That you would hear–that you would find it sweet.
Think of me as a gipsy-girl whose name
You did not know and did not seek to find,
Content that out of nothingness she came,
And sang, and –singing– passed, and left behind
Only a snatch of music that grew still.
After a while the want of her will die.
And if she saw your eyes across the sill
Is of small count. The world will not ask why
Her song is changed–since still, since still she sings
To her own soul, a song of passing things.

 

We Shall Be Buried Far Apart

We shall be buried far apart.
Perhaps the wild rose on yor grave
Or dripping jasmine boughs will wave
And bloom above your quiet heart.

But I–I shall be buried deep
Under the green hush of the sea,
And ships between the moon and me
Will pass like shadows in my sleep.

We who now lie so close that there
Could be no breath to sever us–
Earth’s hills and waters luminous
Will lie between, and we not care.

Publicados originalmente en: Poetry: A Magazine of Verse, 1923: Fuente: https://www.poetryfoundation.org/poetrymagazine/browse?volume=22&issue=3&page=12

Más poemas de Ellen Janson en: https://www.bartleby.com/300/2485.html

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Notas

[1] Judith Scheine, citada en Robert E. Mace, http://thermschindlerlist.blogspot.com/p/la-1940s.html

[2] Sobre la participación de Pauline Gibling en el proyecto de la casa y su relación más en general con Schindler y el tipo de vida que se hacía en la casa, al menos durante los primeros años, hay múltiples fuentes. Como introducción quizás pueda verse un enlace a un texto mío que está al final de este post.

Referencias y enlaces

Ryan T. Ralston, 2012, Janson House: Reconstructed (excelente reconstrucción gráfica y con maqueta de la casa): https://www.ryantralston.com/janson

Kostis Velonis, 2012, A Little House of Your Own, https://kostisvelonis.blogspot.com/2012/07/ellen-janson-at-her-house-during.html

Rudolph Schindler, architect, “Rudolph Schindler: Janson house (Los Angeles, Calif.),” UCSB ADC Omeka, accessed October 11, 2020, http://www.adc-exhibits.museum.ucsb.edu/items/show/504.

Robert E. Mace, http://thermschindlerlist.blogspot.com/p/la-1940s.html

También, extenso archivo con sus obras maestras y otras más comerciales: https://usmodernist.org/schindler.htm

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Mi propia aproximación a la casa de Schindler en Kings Road, ca. 2006, http://www.hackitectura.net/osfavelados/2006_elretorno/03_01_intro_schindler_web_06.pdf

 

Octavia Butler: Algunas reglas para predecir el futuro

Imagen: portadas de Parables, novelas de Octavia E. Butler de la década de 1990.
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Notas introductorias

Un ensayo de la autora de ciencia ficción Octavia E. Butler; publicado originalmente en la revista Essence [2000] / y reproducido por los editores de exittheapple.com en abril de 2007. Traducción de (((o))) Acoustic Mirror @espejoacustico  & José Pérez de Lama (2020); el original en inglés, a continuación de la versión en español/castellano.

El texto en inglés procede de la Internet Archive /WayBack machine __ https://web.archive.org/web/20150219020855/http://exittheapple.com/a-few-rules-for-predicting-the-future/ — en arquitecturaContable lo pudimos leer gracias al amigo tuitero @espejoacustico que lo recordaba estos días. Tras intercambiar algunos tuits hemos colaborado con él en esta traducción que sigue a continuación.

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Algunas reglas para predecir el futuro

Octavia E. Butler

 

«ENTONCES, ¿CREE USTED REALMENTE que en el futuro vamos a tener el tipo de problemas sobre los que escribe en sus libros?» — me preguntó un estudiante cuando estaba firmando libros al final de una conferencia. El joven se refería al tipo de problemas que yo había descrito en Parábola del sembrador y en Parable of the Talents, novelas que suceden en un futuro próximo en el que proliferan la adicción a las drogas y el analfabetismo, caracterizado por el éxito de las prisiones y el fracaso de las escuelas públicas, la enorme y creciente separación entre los ricos y todos los demás, y toda la desagradable familia de problemas vinculados al calentamiento global.

«No fui yo la que se inventó estos problemas,» le dije. «Lo que hice fue mirar alrededor y fijarme en los problemas que estamos tratando de dejar a un lado ahora mismo, y darles 30 años para que se conviertan en completos desastres.»

«Okay» — me dijo el muchacho desafiante — «Entonces, ¿cuál es la solución?»

«No hay una solución» — le dije.

«¿No hay solución? ¿Quiere decir que estamos condenados?» – Sonrió como si pensara que aquello pudiera ser una broma.

«No,» — le contesté. — «Lo que quiero decir es que no hay una única respuesta que vaya a resolver todos nuestros problemas futuros. No hay una bala mágica. Lo que hay son miles de respuestas – por lo menos. Tú puedes ser una de estas respuestas si eliges serlo.»

Algunos días después, por correo, recibí una copia del artículo de aquel joven, publicado en el periódico de su universidad. Mencionaba mi charla, listaba algunos de mis libros y los futuros problemas sobre los que trataba. Y después citaba su propia pregunta: «¿Cuál es la solución?» El artículo terminaba con las primeras tres palabras de mi contestación, equívocamente aisladas de lo que había seguido: «No hay solución.»

Resulta triste lo fácil que es subvertir el significado, o más precisamente, contar una mentira, usando una cita exacta pero incompleta. En este caso, era frustrante porque algo que ni yo ni mis principales personajes nunca hacemos es abandonar la esperanza cuando contemplamos el futuro. De hecho, el propio acto de tratar de visualizar el futuro, discernir posibilidades y ofrecer advertencias es en sí mismo un acto de esperanza.

Aprende del pasado
Claro que escribir novelas acerca del futuro no me da ninguna habilidad especial a la hora de predecirlo. Pero sí me anima a usar nuestros comportamientos pasados y presentes como guías para la clase de mundo que parece que estamos creando. Por ejemplo, el pasado está lleno de ciclos repetitivos de fuerza y debilidad, sabiduría y estupidez, imperio y cenizas. Estudiar la Historia es estudiar a la Humanidad. E intentar predecir el futuro sin estudiar la Historia es como intentar aprender a leer sin molestarse en aprender el abecedario.

Cuando me estaba preparando para escribir Parable of the Talents, necesitaba pensar en cómo un país podría caer en el fascismo (algo que Estados Unidos hace en los Talents). Así que releí Auge y caída del Tercer Reich [1] y otros libros sobre la Alemania Nazi. No estaba tan interesada en el combate en la Segunda Guerra Mundial como en la historia de preguerra de cómo cambió Alemania mientras sufría problemas sociales y económicos, mientras Hitler amenazaba y seducía, mientras los alemanes respondían a las amenazas y la seducción y a su propia Historia, y mientras Hitler utilizaba esa Historia para manipularlos. Quería comprender cómo la gente necesita auto-engañarse mientras ve, en silencio o con deleite, cómo sus vecinos son extraídos, secuestrados, asesinados. Diferentes versiones de este horror han tenido lugar una y otra vez a lo largo de la Historia. Siguen ocurriendo en lugares como Ruanda, Bosnia, Kosovo y Timor Oriental, en cuanto un grupo de personas permite que sus líderes le convenzan de que, para su propia protección, para la seguridad de sus familias y de su país, deben atacar a sus enemigos, a estos otros alienígenas que hasta ahora habían sido sus vecinos.

Es relativamente fácil reconocer este horror cuando ocurre en otra parte del mundo o en otro momento en el tiempo. Pero, para reconocerlo aquí, en casa, para reconocerlo antes de que pueda crecer e ir a peor, tenemos que prestar atención a la Historia. Me di cuenta de esto hace algunos años, cuando vivía enfrente de una niña de 15 cuyo abuelo me había pedido que le ayudara con los deberes escolares. La niña estaba haciendo un trabajo sobre un hombre que había huido de Europa en los años 30, porque unas personas llamadas (titubeó y pronunció una palabra claramente desconocida para ella) «¿los natsis?». Tardé un momento en darme cuenta de que se refería a los Nazis, y que no sabía absolutamente nada de ellos. Corremos peligro cuando olvidamos la Historia.

Respeta la Ley de Consecuencias
Hace muy poco me quejé a mi médico de que lo que me prescribía tenía un efecto secundario muy molesto.

«Le puedo dar algo que lo contrarreste», dijo mi médico.

«¿Un medicamento que contrarreste los efectos de otro medicamento?», pregunté.

Asintió. «Le será más cómodo».

Empecé a echarme atrás. Odio tomar medicamentos. «El problema no es para tanto.», dije. «Puedo con ello.»

«No tiene que preocuparse.», dijo mi médico. «Este segundo medicamento funciona y no hay efectos secundarios».

Eso hizo que me detuviera en seco. Me hizo ver, con toda certeza, que no quería este segundo medicamento. Me di cuenta de que no creía en los medicamentos que no tuvieran efectos secundarios. De hecho, no creo que podamos hacer nada sin efectos secundarios — también conocidos como consecuencias no deseadas —. Estas consecuencias pueden ser beneficiosas o dañinas. Pueden ser demasiado leves para tener en cuenta o pueden merecer la pena porque los efectos beneficiosos son fantásticos, pero las consecuencias siempre están ahí. En Parábola del sembrador [2] mi personaje lo explica así:

Todo lo que tocas / lo cambias
Todo lo que cambias / Te cambia
La única verdad duradera / Es el cambio
Dios / Es cambio

Sé consciente de tu perspectiva
¿Cuántas combinaciones de consecuencias no deseadas y reacciones de los humanos ante ellas se necesitan para desviarnos hacia un futuro que parece desafiar cualquier tendencia obvia? No muchas. Por eso es tan difícil predecir el futuro con precisión. De entre los errores más graves de predicción que he visto están los de tipo lineal — son los que ignoran lo inevitable de las consecuencias no deseadas, ignoran nuestras típicamente poco lógicas maneras de responder a ellas, y simplemente dicen: «En el futuro, tendremos más y más de lo que focaliza nuestra atención ahora mismo». Si estamos en un momento de prosperidad, entonces, en el futuro, prosperidad es lo que tendremos. Si estamos en período de recesión, en el futuro estamos condenados a más angustia. Claro que predecir un estado imposible de permanente prosperidad bien podría ser un acto de miedo y de esperanza supersticiosa, más que un acto de pensamiento lineal poco imaginativo. Y predecir una fatalidad en tiempos difíciles bien podría tener más que ver con el dolor y la depresión del momento que con una verdadera comprensión de las posibilidades futuras. La superstición, la depresión y el miedo juegan un papel importante en nuestros intentos de predicción.

También es cierto que dónde nos situamos determina qué podemos ver. Desde luego, el lugar donde yo me situaba cuando empecé a prestar atención a los viajes espaciales influyó mucho en lo que veía. Seguí la carrera espacial de finales de los 50 y los 60 no porque era una carrera, sino porque nos llevaba lejos de la Tierra, lejos de casa, lejos, para poder investigar los misterios del Universo y, pensaba yo, para encontrar un nuevo hogar para la Humanidad ahí fuera. Esto me resultaba atractivo, al menos en parte, porque era una adolescente y empezaba a pensar en dejar la casa de mi madre y en investigar los misterios de mi mayoría de edad.

Apolo 11 alcanzó la Luna en julio de 1969. Para entonces, yo ya me había ido de casa, y creía que también estaba viendo a la Humanidad irse de casa. Asumí que íbamos a establecer colonias lunares y que, en algún momento, enviaríamos humanos a Marte. Probablemente lleguemos a hacer esto algún día, pero nunca imaginé que tardaríamos tanto. Moraleja: la mera ilusión es tan poco útil a la hora de predecir el futuro como el miedo, la superstición o la depresión.

Cuenta con sorpresas
Hace no tanto me encontraba hablando a un grupo de estudiantes universitarios, y mencioné el miedo que en su momento habíamos tenido de una guerra nuclear con la Unión Soviética. Los jóvenes a los que me dirigía habían nacido alrededor de 1980, y una de ellos intervino para decir que nunca había tenido una preocupación por la guerra nuclear. Nunca había creído que algo así pudiera llegar a ocurrir — le parecía que toda esa idea era un disparate.

Ella no podía imaginar que durante los días de la Guerra Fría de los sesenta, los setenta, y los ochenta, nadie se hubiera atrevido a predecir una resolución pacífica en los 90. Yo recordaba las simulaciones de ataque aéreo de cuando estaba en primaria, cómo nos acurrucábamos, con las cabezas apretadas contra las paredes de los pasillos y las manos desnudas aparentemente protegiendo nuestros cuellos despejados, con la esperanza de que, si la guerra nuclear llegase a ocurrir, Los Ángeles se libraría. Pero la amenaza de una guerra nuclear ha desaparecido, al menos por el presente, porque para nuestra sorpresa nuestro principal rival, la Unión Soviética, se disolvió. Da igual cuánto nos esforcemos en ver el futuro, siempre están estas sorpresas. La única predicción segura es que siempre estarán.

Entonces ¿por qué intentar predecir el futuro si es tan difícil, si es casi imposible? Porque hacer predicciones es una manera de aviso cuando nos vemos a la deriva en direcciones peligrosas. Porque la predicción es una forma útil de señalar caminos más seguros, más sabios. Sobre todo, porque nuestro mañana es hija de nuestro hoy. En pensamiento y acto ejercemos una gran influencia sobre esta niña, incluso cuando no podemos controlarla del todo. Pero es mejor pensar en ella. Es mejor intentar darle buena forma. Es mejor hacer esto para cualquier niña.


El pasado enero, cuando la Casa Blanca le pidió a Octavia Butler, de 52 años, escribir una nota para el Presidente en el que trazara su visión del futuro, la autora eligió como tema la educación. «Yo era pobre, negra, la hija de un limpiabotas y una sirvienta,», explica Butler. «Cuando decía que quería ser escritora, en el mejor de los casos, se me trataba con una suave condescendencia. Ahora me gano la vida escribiendo. Sin la excelente y gratuita educación pública que pude aprovechar, hubiese encontrado otras cosas que hacer con mis sueños aplazados y ambiciones trucadas». En lugar de ello, ella llegó a hacerse con los honores más altos de la Ciencia Ficción: los premios Hugo y Nebula.

Butler, nacida en Pasadena, California, es autora de 11 novelas de gran éxito de crítica. Sus seguidores vuelven una y otra vez en títulos como Patternmaster, Imago, Parentesco y, más recientemente, Parábola del sembrador, una inquietante novela de carretera feminista, y su más optimista secuela, Parable of the Talents. Ganadora del MacArthur Fellowship de 1995 por su ficción, Butler ahora trabaja y vive en Seattle.
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Notas

[1] (N. del t.) Se trata de The Rise and Fall of the Third Reich: A History of Nazi Germany de William L. Shirer (Simon & Schuster, 1960). Se ha editado en castellano en dos tomos como Auge y caída del Tercer Reich (Planeta, 2013).

[2] (N. del t.) Octavia E. Butler, «Parábola del sembrador», Overol, Chile, 2019. Edición en castellano de su “Parable of the Sower” (1994).

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Imagen: Octavia E. Butler, outline and handwritten notes for Parable of the Sower (1994). Fuente: @espejoacustico.

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A Few Rules For Predicting The Future

An essay by science-fiction author Octavia E. Butler; originally published in Essence magazine in 2000 [“posted from the editors” at exittheapple.com: Apr 19 2007]

“SO DO YOU REALLY believe that in the future we’re going to have the kind of trouble you write about in your books?” a student asked me as I was signing books after a talk. The young man was referring to the troubles I’d described in Parable of the Sower and Parable of the Talents, novels that take place in a near future of increasing drug addiction and illiteracy, marked by the popularity of prisons and the unpopularity of public schools, the vast and growing gap between the rich and everyone else, and the whole nasty family of problems brought on by global warming.

“I didn’t make up the problems,” I pointed out. ‘All I did was look around at the problems we’re neglecting now and give them about 30 years to grow into full-fledged disasters.’

“Okay,” the young man challenged. “So what’s the answer?”

“There isn’t one,” I told him.

“No answer? You mean we’re just doomed?” He smiled as though he thought this might be a joke.

“No,” I said. “I mean there’s no single answer that will solve all of our future problems. There’s no magic bullet. Instead there are thousands of answers–at least. You can be one of them if you choose to be.”

Several days later, by mail, I received a copy of the young man’s story in his college newspaper. He mentioned my talk, listed some of my books and the future problems they dealt with. Then he quoted his own question: “What’s the answer?” The article ended with the first three words of my reply, wrongly left standing alone: “There isn’t one.”

It’s sadly easy to reverse meaning, in fact, to tell a lie, by offering an accurate but incomplete quote. In this case, it was frustrating because the one thing that I and my main characters never do when contemplating the future is give up hope. In fact, the very act of trying to look ahead to discern possibilities and offer warnings is in itself an act of hope.

Learn From the Past
Of course, writing novels about the future doesn’t give me any special ability to foretell the future. But it does encourage me to use our past and present behaviors as guides to the kind of world we seem to be creating. The past, for example, is filled with repeating cycles of strength and weakness, wisdom and stupidity, empire and ashes. To study history is to study humanity. And to try to foretell the future without studying history is like trying to learn to read without bothering to learn the alphabet.

When I was preparing to write Parable of the Talents, I needed to think about how a country might slide into fascism–something that America does in Talents. So I reread The Rise and Fall of the Third Reich and other books on Nazi Germany. I was less interested in the fighting of World War II than in the prewar story of how Germany changed as it suffered social and economic problems, as Hitler and others bludgeoned and seduced, as the Germans responded to the bludgeoning and the seduction and to their own history, and as Hitler used that history to manipulate them. I wanted to understand the lies that people have to tell themselves when they either quietly or joyfully watch their neighbors mined, spirited away, killed. Different versions of this horror have happened again and again in history. They’re still happening in places like Rwanda, Bosnia, Kosovo and East Timor, wherever one group of people permits its leaders to convince them that for their own protection, for the safety of their families and the security of their country, they must get their enemies, those alien others who until now were their neighbors.

It’s easy enough to spot this horror when it happens elsewhere in the world or elsewhere in time. But if we are to spot it here at home, to spot it before it can grow and do its worst, we must pay more attention to history. This came home to me a few years ago, when I lived across the street from a 15-year-old girl whose grandfather asked me to help her with homework. The girl was doing a report on a man who had fled Europe during the 1930′s because of some people called–she hesitated and then pronounced a word that was clearly unfamiliar to her–”the Nayzees?” It took me a moment to realize that she meant the Nazis, and that she knew absolutely nothing about them. We forget history at our peril.

Respect the Law of Consequences
Just recently I complained to my doctor that the medicine he prescribed had a very annoying side effect.

“I can give you something to counteract that,” my doctor said.

“A medicine to counteract the effects of another medicine?” I asked.

He nodded. “It will be more comfortable for you.”

I began to backpedal. I hate to take medicine. “The problem isn’t that bad.” I said. “I can deal with it.”

“You don’t have to worry,” my doctor said. “This second medication works and there are no side effects.”

That stopped me. It made me absolutely certain that I didn’t want the second medicine. I realized that I didn’t believe there were any medications that had no side effects. In fact, I don’t believe we can do anything at all without side effects–also known as unintended consequences. Those consequences may be beneficial or harmful. They may be too slight to matter or they may be worth the risk because the potential benefits are great, but the consequences are always there. In Parable of the Sower, my character put it this way:

All that you touch / You Change
All that you Change / Changes you
The only lasting truth / Is Change
God / Is Change

Be Aware of Your Perspective
How many combinations of unintended consequences and human reactions to them does it take to detour us into a future that seems to defy any obvious trend? Not many. That’s why predicting the future accurately is so difficult. Some of the most mistaken predictions I’ve seen are of the straight-line variety–that’s the kind that ignores the inevitability of unintended consequences, ignores our often less-than-logical reactions to them, and says simply, “In the future, we will have more and more of whatever’s holding our attention right now.” If we’re in a period of prosperity, then in the future, prosperity it will be. If we’re in a period of recession, we’re doomed to even greater distress. Of course, predicting an impossible state of permanent prosperity may well be an act of fear and superstitious hope rather than an act of unimaginative, straight-line thinking. And predicting doom in difficult times may have more to do with the sorrow and depression of the moment than with any real insight into future possibilities. Superstition, depression and fear play major roles in our efforts at prediction.

It’s also true that where we stand determines what we’re able to see. Where I stood when I began to pay attention to space travel certainly influenced what I saw. I followed the space race of the late 1950′s and the 1960′s not because it was a race, but because it was taking us away from Earth, away from home, away to investigate the mysteries of the universe and, I thought, to find new homes for humanity out there. This appealed to me, at least in part, because I was in my teens and beginning to think of leaving my mother’s house and investigating the mysteries of my own adulthood.

Apollo 11 reached the moon in July 1969. I had already left home by then, and I believed I was watching humanity leave home. I assumed that we would go on to establish lunar colonies and eventually send people to Mars. We probably will do those things someday, but I never imagined that it would take as long as it has. Moral: Wishful thinking is no more help in predicting the future than fear, superstition or depression.

Count On the Surprises
I was speaking to a group of college students not long ago, and I mentioned the fear we’d once had of nuclear war with the Soviet Union. The kids I was talking to were born around 1980, and one of them spoke up to say that she had never worried about nuclear war. She had never believed that such a thing could possibly happen–she thought the whole idea was nonsense.

She could not imagine that during the Cold War days of the sixties, seventies and eighties, no one would have dared to predict a peaceful resolution in the nineties. I remembered air-raid drills when I was in elementary school, how we knelt, heads down against corridor walls with our bare hands supposedly protecting our bare necks, hoping that if nuclear war ever happened, Los Angeles would be spared. But the threat of nuclear war is gone, at least for the present, because to our surprise our main rival, the Soviet Union, dissolved itself. No matter how hard we try to foresee the future, there are always these surprises. The only safe prediction is that there always will be.

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So why try to predict the future at all if it’s so difficult, so nearly impossible? Because making predictions is one way to give warning when we see ourselves drifting in dangerous directions. Because prediction is a useful way of pointing out safer, wiser courses. Because, most of all, our tomorrow is the child of our today. Through thought and deed, we exert a great deal of influence over this child, even though we can’t control it absolutely. Best to think about it, though. Best to try to shape it into something good. Best to do that for any child.

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Last January [2000], when the White House asked Octavia Butler, 52, to write a memorandum to the President outlining her vision of the future, the author chose education as her subject. “I was poor, Black, the daughter of a shoeshine man and a maid,” Butler explains. “At best I was treated with gentle condescension when I said I wanted to be a writer. Now I write for a living. Without the excellent, free public education that I was able to take advantage of, I might have found other things to do with my deferred dreams and stunted ambitions.” Instead she went on to garner science fiction’s highest honors, the Hugo and Nebula awards.

Butler, a native of Pasadena, California, is the author of 11 critically acclaimed novels. Her loyalists return again and again to the worlds created in such titles as Patternmaster, Imago, Kindred and, most recently, Parable of the Sower, a haunting coming-of-age, feminist road novel, and its more hopeful sequel, Parable of the Talents. Winner of a 1995 MacArthur Fellowship for her fiction, Butler now lives and works in the Seattle area.

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Derechos originales: 2000 Essence Communications, Inc. & 2000 Gale Group

Recordando a David Graeber: ¿es la actitud moralista en relación con el trabajo la que está acabando con el planeta?

Imagen: captura de un tuit de David Graeber del pasado mes de julio de 2020
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José Pérez de Lama

*** Modesto homenaje de arquitecturaContable a David Graeber

[1] Trabajo, — ya sabemos –, como casi todos los términos interesantes significa cosas contradictoriamente polisémicas. Por un lado, significa lo que hacemos para transformar el mundo y adaptarlo a nuestras necesidades, para hacerlo más habitable,  para obtener los recursos necesarios para la vida. Por otra, en nuestro sistema social, en tanto que empleo, constituye una forma de sujeción y quizás explotación — desde Marx es difícil abandonar la sospecha de esto último. Casi todos necesitamos tener un trabajo porque constituye la forma en que la mayoría nos ganamos la vida, pero a la vez,  mucho de las cosas que tenemos que hacer en nuestros trabajos, por decirlo sin entrar en excesivas complejidades, no son las que haríamos si pudiéramos elegir libremente.

El mes pasado, con su característica brillantez, David Graeber, que murió pocos días después, ponía un par de tuits divertidos sobre este asunto del trabajo, sobre el que sus seguidores saben perfectamente que venía escribiendo durante los últimos años — muchos sabréis que su último libro publicado se tituló Bullshit jobs. A TheoryBullshit jobs es el nombre que inventó para describir la proliferación durante las últimas décadas de trabajos sin sentido, absurdos y poco útiles.

En este par de tuits que recordaba Graeber nos hacía sonreír con su inteligencia burlona y provocadora, haciéndonos dudar de la virtud del trabajar duro, que por temporadas algunos hemos llegado a considerar algo casi sagrado…

Decía así, entonces, el pasado 14 de julio (captura al principio del post del tuit original):

Serie Propuestas inmodestas en Radio 4: el trabajo está destruyendo el planeta. Para salvarnos a nosotros mism*s podemos empezar por

1. eliminar los trabajos inútiles (bullshit jobs)
2. parar de construir sin sentido (batshit construction)
3. terminar con la obsolescencia planificada.

[twitter.com/davidgraeber/status/1283053313735495692]

Y continuaba en el mismo hilo:

esto es,

la cuestión clave: "no es nuestro hedonismo el que está destruyendo el planeta, es nuestro puritanismo," el hecho de que sintamos que todo el mundo debe estar constantemente trabajando, independientemente de que se necesite que algo sea hecho, para justificar nuestros placeres de consumidores.

Por supuesto Graeber relacionaba esto con el debate sobre los trabajos que estos meses atrás, más que nunca, se habían demostrado como «esenciales» — y por contraste los que se revelaron como menos, o como prescindibles, los quizás bullshit jobs, como muchos de los nuestros que andamos leyendo y escribiendo blogs y tuits y cosas así… 🙂 (véanse las entrevistas enlazadas al final). Sigue leyendo Recordando a David Graeber: ¿es la actitud moralista en relación con el trabajo la que está acabando con el planeta?

Tres o cuatro comentarios sobre el tiempo y la vida: Epicuro, Borges, Cavafy…

Sobre el tiempo y la vida

Notas / selección de José Pérez de Lama

Se va uno haciendo mayor, también, claro, los familiares y amigos, y piensa o se fija más en estas cosas del paso del tiempo, la vida y demás.

Leyendo la, para algunos mítica, novela La vida instrucciones de uso de Perec (1978), en contraste con los comentarios y reseñas que leo por ahí, lo que más me ha llamado la atención es la descripción fría de cómo se van sucediendo inquilinos en un inmueble parisino: proyectos de vida, envejecimientos, muertes, muebles y decoraciones. Otro día igual comento lo que casi todos juzgan que es la historia principal del libro, la de los puzzles del Bartlebooth, en la que veo este mismo tema quizás de manera sobresaliente entre todas las otras historias.

Mientras tanto, comparto por aquí  tres o cuatro micro-lecturas sobre estos temas de las que he tomado notas durante los últimos días.

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NACEMOS UNA SOLA VEZ, pues dos veces no es posible, y no podemos vivir eternamente. Tú, sin embargo, aunque no eres dueño de tu mañana, sometes la dicha a dilación. Pero la vida se consume inútilmente en una espera y cada uno de nosotros muere sin haber gozado de la quietud.

Epicuro, Gnomologio vaticano, 14; traducción de Carlos García Gual

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Cuando Alonso Quijano descubre que nunca ha sido Don Quijote, que Don Quijote es una mera ilusión, y que está por morirse, la tristeza nos arrasa, y también a Cervantes.

@BorgesJorgeL, Tw 18/08/2020

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Very seldom

He is an old man. Worn out and stooped,
crippled by the years and by abuses,
walking slowly he crosses the narow street.
But once he goes inside his home to hide
his wretchness and his old age, he ponders
on the share of youth which still belongs to him.

Now, young men recite his own verses.
His visions past before their lively eyes.
Their healthy, sensuous minds,
their elegant, firm bodies,
are stirred by his manifestation of Beauty.

C.P. Cavfy (1863-1933), translation by Evangelos Sachperoglou | fuente: C.P. Cavafy __ @ccavafy Tw 08/07/2018

Traducción «de batalla»:  Raramente

Es un hombre viejo. Cansado y encorvado, / lisiado por los años y por los abusos, / andando despacio cruza la calle estrecha. Pero una vez que entra en su casa para esconder / su desdicha y sus años, pondera / la parte de juventud que aún le pertenece.

Ahora, hombres jóvenes recitan sus propios versos. / Sus visiones pasan por delante de sus ojos llenos de vida. / Sus mentes saludables y sensuales, sus cuerpos elegantes y firmes / son agitados por su manifestación de Belleza.

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Cuando yo era estudiante de Arquitectura, en la década de 1980, entre la gente guai de  la Escuela conocer a Cavafy era un must — ahora supongo que aquellas obligaciones literarias, que también incluían a Nabokov, por ejemplo, eran una mezcla de autores recuperados por la posmodernidad y novedades editoriales. Se mezclan cosas curiosas, por tanto, volviendo a leer en un par de cuentas de Twitter que sigo con gusto.

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La muerte es un viejo truco, y aún así a todo el mundo lo sorprende como algo nuevo.

Turgenev, en Padres e hijos (1862). Bazarov, el héroe un poco malaje de la novela, se lo dice a Anna Odintsova, amor frustrado que lo vela en su agonía __ citado por Nabokov, en su Curso de literatura rusa, (1980, p. 93). En la versión inglesa de Nabokov, mucho mejor que otras que salen en Internet es así: Death is an old trick, yet it strikes everyone as something new.

Epicuro: La amistad baila alrededor del mundo anunciando que despertemos para la felicidad


En la llamada Villa de los Papiros de Herculano, sepultada por la erupción del Vesubio el año 79 dC, se encontró, en el siglo XVIII, una biblioteca de la que laboriosamente se fueron recuperado más de 1.800 papiros [en la imagen un fragmento], que constituye una de las fuentes de los pocos textos epicúreos que nos han llegado desde la Antigüedad. Al menos las primeras de estas excavaciones fueron promovidas por Carlos III de España, quien también era rey de Nápoles. Ver algunos enlaces al respecto al final del post. Fuente de la imagen: Wikipedia.

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Notas de José Pérez de Lama

Este post son unas notas que he ido recogiendo últimamente sobre una máxima epicúrea que he encontrado  en varias situaciones diferentes . La máxima en cuestión, que como dice el título, plantea relaciona la amistad o philía, uno de los grandes principios del epicureísmo, con un despertar a  la felicidad en todo el mundo. Emillio Lledó, en particular, la interpreta como una propuesta de política cosmopolita, de una cosmopolítica que dirán más adelante Kant y mucho más recientemente Stengers, basada en la fraternidad [ver fragmento más abajo].

Tratando de pensar eso que contaba Lledó me encontré con lo que me han parecido algunas curiosidades filológicas que recojo sucintamente a continuación.

La máxima en cuestión procede del llamado Gnomologio Vaticano, documento del siglo XIV redescubierto en 1888 en la biblioteca del Vaticano. En inglés al Gnomologio se lo llama más sencillamente Vatican Sayings.

Con el libro X del Diógenes Laercio [Vida y opiniones de los filósofos eminentes] el Gnomologio constituye  la principal fuente original de texto atribuidos a Epicuro, lo cual es una de las cosas que me parecen interesantes: la práctica inexistencia de textos originales de un filósofo que tiene una extraordinaria influencia en la Modernidad [nota detallada sobre esto en los enlaces sugeridos al final del post]

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La máxima que quiero comentar entonces, que es la número 52 del Gnomologio vaticano:

En griego original [de: http://monadnock.net/epicurus/vatican-sayings.html ]:

ἡ φιλία περιχορεύει τὴν οἰκουμένην κηρύττουσα δὴ πᾶσιν ἡμῖν ἐγείρεσθαι ἐπὶ τὸν μακαρισμόν.

Podemos hacer una aproximación a la traducción de estos  seis términos:

_ philía: amistad, amor, simpatía

_ pericorevi: rodea, [corevi: baila]; se intuye la raíz de coreografía.

_ oikumene: ecumene, mundo habitado, mundo griego, y posteriormente romano… en el que se encuentra la raíz oikos, casa; que también tenemos en español en ecología y en economía… [Alicia García Ruiz @ClaudineLefeble, profesora de Filosofía de la Complutense y amiga de Twitter me sugiere la muy interesante etimología de oikeiôsis: ver enlaces]

_ kiritusá: proclamar, predicar, anunciar como un heraldo

_ egiresthai: tiene que ver con despertarse, levantarse con entusiasmo, levantar un edificio…

_ makarismón: bienaventura, bendición, felicidad. Sigue leyendo Epicuro: La amistad baila alrededor del mundo anunciando que despertemos para la felicidad

Vonnegut, sobre darse cuenta de las pequeñas cosas extraordinarias


Imagen: So it goes, famosa expresión para los vonnegutianos, que nuestro autor usó como un estribillo o ritornello en su novela sobre el bombardeo de Dresden en la II GM, Slaughterhouse 5; — algo ambigua, por supuesto, vendría a significar algo como así es la cosa o así sigue la historia o así es la cosa
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Si esto no es maravilloso, no se qué lo será — Kurt Vonnegut y su Tío Álex

Jose Pérez de Lama

Tiene uno, más o menos en proceso, un libro de ejercicios al estilo estoico en el que lee de vez en cuando máximas y breves reflexiones que sirven para hacer pequeñas meditaciones cotidianas. La versión del libro de ejercicios que tengo ahora empieza con este texto de Kurt Vonnegut, de un libro suyo de memorias que se titula A Man Without a Country (2005), uno de mis libros preferidos. En estos momentos difíciles para casi todos, aunque para unos más que para otros, a lo mejor sirve de ayuda o inspiración a algún amigo o lector. El enclaustramiento y la lentitud obligada de estos días — de nuevo sólo para algunos, aunque seamos muchos — creo que puede dar para este tipo de situaciones que cuenta aquí mi autor. Aquí os lo dejo traducido por mí, — con un par de versiones originales en inglés a continuación. Sirve así también de práctica de inglés 🙂
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»[…] Pero tenía un tío bueno, mi difunto Tío Álex. Era el hermando pequeño de mi padre; un graduado de Harvard sin hijos que era un honesto vendedor de seguros en Indianápolis. Era una persona bien leída y sabia.Y su principal queja acerca de otras personas era que raramente se daba cuando de cuando eran felices. Y así, cuando estábamos en verano tomando una limonada debajo de un manzano, digamos, y charlando perezosamente de esto y aquello, casi zumbando como abejas, mi Tío Álex interrumpía de pronto la agradable charla para exclamar. “Si esto no es una maravilla, no se qué lo será.”

»Así que yo hago lo mismo ahora, como también lo hacen mis hijos y nietos. Y os animo a que por favor os deis cuenta de cuando estáis felices, y a que exclaméis o murmuréis o penséis en algún momento, “Si esto no es una maravilla, no se qué lo será.”
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Ésta es la versión original en inglés de la cual lo he traducido; seguida por una variante que encontré en Internet

But I had a good uncle, my late Uncle Alex. He was my father’s kid brother; a childless graduate of Harvard who was an honest life-insurance salesman in Indianapolis. He was well-read and wise. And his principal complaint about other human beings was that they so seldom noticed it when they were happy. So when we were drinking lemonade under an apple tree in the summer, say, and talking lazily about this and that, almost buzzing like honeybees, Uncle Alex would suddenly interrupt the agreeable blather to exclaim, “If this isn’t nice, I don’t know what is.”
So I do the same now, and so do my kids and grandkids. And I urge you to please notice when you are happy, and exclaim or murmur or think at some point, “If this isn’t nice, I don’t know what is.”

A man without a country, 2005 [2007], p. 132

My uncle Alex Vonnegut, a Harvard-educated life insurance salesman who lived at 5033 North Pennsylvania Street, taught me something very important.
He said that when things were really going well we should be sure to NOTICE it. He was talking about simple occasions, not great victories: maybe drinking lemonade on a hot afternoon in the shade, or smelling the aroma of a nearby bakery; or fishing, and not caring if we catch anything or not, or hearing somebody all alone playing a piano really well in the house next door. Uncle Alex urged me to say this out loud during such epiphanies: “If this isn’t nice, what is?”

Performances secretas

Performances secretas

José Pérez de Lama

El hombre moderno piensa que todo debe ser hecho en función de algún objetivo, nunca por el propio valor de lo que se hace. Bertrand Russell, 1932, Elogio de la ociosidad [1]

No hay necesidad de tener prisa. No hay necesidad de brillar. No hay necesidad de ser nadie más que uno mismo. Virginia Woolf [2]

Desde hace poco tiempo vengo haciendo algunas performances secretas (performance como en arte). Algunas las hago con mi padre nonagenario. Aunque sea poco cool, tengo que reconocer que con frecuencia nos aburrimos. Invento estas cosas para tratar de entretenernos. Otras las hago yo solo.

Como son secretas habitualmente no las cuento. Pero ésta que hice ayer, como me parece perfectamente inofensiva, la voy a contar.

Resulta que cuando voy al supermercado me gusta escribir la lista a mano en una hoja de papel doblada en tres — como quizás pueda apreciarse en la imagen de arriba. No es que no sepa escribir la lista de la compra en el móvil, incluso subirla a la nube y esas cosas. Pero me gusta escribirla a mano, y, en especial, el gesto de sacar el papel del bolsillo mientras doy vueltas por el súper tratando de leerlo.

En esta ocasión doblé el papel en seis: el habitual pliegue en tres, como un tríptico, y éste luego doblado por la mitad. En la parte de arriba escribí normalmente la lista de la compra. Pero en esta ocasión, en la parte de abajo escribí unas líneas de Kafka, de las Cartas a Milena, que había leído estos días en Twitter y me habían llamado la atención. Decían así:

«Constantemente trato de comunicar algo incomunicable, de explicar algo inexplicable, de contar algo que sólo siento en mis huesos y que sólo puede ser sentido en estos huesos».

Con el papel así escrito me fui a la compra. Bueno, en realidad, una vez que estaba en la calle me di cuenta de que se me había olvidado el papelito y tuve que subir de nuevo a recogerlo.

Recién había estado enfermo con unas fiebres invernales y hacía tiempo que no salía por lo que me sentía un poco raro. Pero llegué al súper, (pos)moderno y limpio, y actué exactamente igual que lo hubiera hecho otras veces. Aunque dentro del supermercado hacía un frío impresionante encontré bastante rápido todas las cosas de la lista, y añadí alguna más.

A la hora de pagar estaba mi cajera pereferida que suele trabajar los sábados. Le pregunté si todo le iba bien, y me contestó bastante formalmente. Pero me dio la sensación de que sí, de que todo le iba bien. Pagué con billetes, — otra lucha que uno mantiene contra los crecientes niveles de abstracción –, metí las cosas en las bolsas políticamente correctas que traía de casa y me despedí y salí y volví a casa como si todo hubiera sido normal y como siempre.

Esa fue la performance. Me lo pasé bastante bien haciéndola.

Saludos.

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#notas

[1] The modern man thinks that everything ought
to be done for the sake of something else, and
never for its own sake.
Bertrand Russell, 1932, In Praise if Idleness

[2] No need to hurry. No need to sparkle. No need to be anyone but yourself. Virginia Woolf

Un informe para una academia, un relato de Kafka

Imagen: Mr Crowley, el primer chimpancé que llegó a Estados Unidos, a finales del siglo XIX; a las pocas semanas había aprendido a comer con cubiertos; pintado por James Henry Beard en 1885, el cuadro se tituló: Its Very Queer Isn’t It . Dada la fama de Mr Crowley en aquel tiempo, no sería extraño que Kafka, tan aficionado a las historias americanas, hubiera sabido de él… | fuente: https://crystalbridges.org/blog/the-sad-true-story-of-mister-crowley-of-central-park

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Un informe para una academia

Franz Kafka, 1917

Traducción original de Francisco Zanutigh Núñez (1938; Losada, 2009), ocasionalmente modificada por José Pérez de Lama.

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Nota introductoria (JPL)

The modern man thinks that everything ought to be done for the sake of something else, and never for its own sake. Bertrand Russell, 1932, In Praise of Idleness

Según sugería Russell, se me antojó, por el gusto de hacerlo, leer despacito e ir copiando éste que es mi cuento preferido de Kafka desde hace ya algún tiempo.

Entre los diferentes temas que el texto sugiere, a mí, quizás, el que más me llame la atención es el de la soledad, — que aparece muy de pasada casi al principio.

Al irlo leyendo, — en la edición de Losada del 70 aniversario, con algunas de las historias incluidas en el volumen traducidas por el propio Borges — entre las cuales ¡nada más y nada menos que la Metamorfosis! — pues ya me puse a mirar la versión original en alemán, otra en inglés que se encuentra fácilmente – y los diccionarios on line, y en fin, a entretenerme un poco con el asunto — y ya puesto pues modifiqué la traducción al español en alguna ocasión en que me parecía que no se entendía del todo bien o que las expresiones eran algo arcaicas. La traducción original es estupenda en cualquier caso.

La traducción lleva mucha comas, que son del traductor original. La principal duda es un término clave, Ausweg, que se repite múltiples veces, y que Zanutigh – se intuye que colega de Borges -tradujo consistentemente como salida, y al que yo he optado por darle diferentes traducciones; salida, fuga, escapatoria, vía de escape… No se si acertadamente;  por probar otra cosa.

Los números de página que se indican tal que así [p. 261] son los de la mencionada edición de Losada.

Y ya que  lo hacía pensé que estaría bien ponerlo en el blog.

¡Sin más, sigue la historia de Kafka!

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Un informe para una academia

[p. 252]

Eminentes señores de la Academia:

Ustedes me han hecho el honor de pedirme presente a la Academia un informe sobre mi simiesca vida anterior.

En este sentido, lamentablemente, no puedo satisfacer la petición. Casi cinco años me separan de la simiedad; un tiempo quizás corto si se lo mide con el almanaque, pero interminablemente largo para cruzarlo al galope, como lo he hecho yo, acompañado, en algunos tramos por personas eminentes, consejos, aprobación y música de orquesta, pero en el fondo solo, ya que toda compañía, para no salirse del cuadro, se mantiene siempre lejos, del otro lado de la barrera. Este logro habría sido imposible si yo hubiera querido aferrarme caprichosamente a los recuerdos de la juventud. Justamente renunciar a todo capricho fue la consigna sagrada a la que me atuve. Yo, mono libre, me sometí a este yugo; pero de esta forma los recuerdos, por su parte, se me niegan cada vez más.

Así como al principio, si los hombres hubiesen querido, mi retorno se habría realizado a través de la puerta que el cielo todo traza sobre la tierra, ésta se me iba estrechando y achatando a medida que continuaba mi forzada evolución hacia adelante; cada vez me sentía más a gusto y más integrado en el mundo de los humanos. La tormenta que me arrancó de mi pasado ya se aplacó; hoy es solamente una corriente de aire que me refresca los talones, y el agujero en la lejanía por el que llega, y por el que yo pasé una vez, se ha vuelto tan pequeño que, suponiendo que tuviese las fuerzas y la voluntad suficientes como para [p. 253] volver hasta allí, aún me sería necesario dejarme el pellejo para poder atravesarlo.

Hablando con franqueza –por más que también a mí me agrade usar imágenes para tratar de estas cosas –hablando con franqueza: la simiedad de ustedes, señores míos, en la medida en que también ustedes tengan algo por el estilo en su pasado, no les va a resultar más lejana que a mí la mía. A todos los que caminan por la Tierra les cosquillea algo en el talón; tanto al pequeño chimpancé como al gran Aquiles. Y sin embargo, en un sentido limitadísimo, quizás pueda corresponder a su pedido de un informe, y lo hago inclusive con una gran alegría.

Lo primero que aprendí fue el apretón de manos; un apretón de manos es prueba de sinceridad; pues bien, ojalá que ahora que me encuentro en el cenit de mi carrera pueda agregarse a aquel primer apretón de manos también la palabra franca; no aportará nada nuevo a la Academia y se quedará muy por debajo del nivel de lo que me ha pedido y que yo, a pesar de toda mi buena voluntad, no puedo decir; pero con todo, mostrará las líneas directrices que orientaron a un cierto mono para introducirse en el mundo de los humanos y asentarse en él. Sin embargo, seguramente no podría permitirme decir ni la parte más insignificante de lo que viene a continuación si no estuviese completamente seguro de mí, y mi posición en todos los más importantes escenarios de varietés del mundo civilizado no se hubiese consolidado hasta el punto de la inconmovilidad:

Soy originario de la Costa de Oro. Sobre cómo me cazaron debo remitirme a informes de otras personas.

[p. 254] Una expedición de caza de la firma Hagenbeck (*) –aparte de esto, de entonces ahora llevo ya no pocas botellas de vino vaciadas junto con el jefe– estaba al acecho en unos matorrales de la costa, cuando por la noche corrí, mezclado en el tropel para ir a beber. Se hicieron disparos; yo fui el único que fue alcanzado; recibí dos balazos.

Uno en la mejilla; no fue de importancia, pero dejó una gran cicatriz roja, sin pelos, que valió el repelente, ciento por ciento inadecuado sobrenombre de Peter el Rojo, sobrenombre que parece inventado por un mono, como queriendo significar con eso que sólo por la mancha roja en la mejilla me diferencio yo de aquel mono-animal amaestrado, que era conocido aquí y acullá, y que ya hace mucho que la palmó. Esto sea dicho solamente de paso.

El segundo tiro me alcanzó debajo de la cadera. Fue grave; a eso se debe que aún hoy renquee un poco. Últimamente leí en un artículo de uno de esos miles de lebreles que se explayan sobre mi en los periódicos que mi naturaleza de mono todavía no había sido dominada del todo, que una prueba de ello sería que cuando recibo visitas me complazco en bajarme los pantalones para mostrar el punto por donde entró aquella bala. A ese bribón habría que reventarle uno por uno todos los dedos de la mano con que escribe.

Yo, yo me puedo quitar los pantalones delante de quien se me antoje; no se encontrará ahí más que una piel muy bien cuidada y la cicatriz [p. 255] –elijamos aquí una palabra precisa para un propósito preciso, pero que no pueda ser mal interpretada– la cicatriz de un tiro nefando.(**) Todo queda expuesto a la luz del día; no hay nada que ocultar; cuando se trata de la verdad toda persona de espíritu amplio deja de lado el más preciado de sus buenos modales. Por el contrario, si ese escribiente se quitase los pantalones cuando llega a una visita la cuestión desde luego cambiaría de color y acepto que sea un signo de cordura de su parte que no lo haga. ¡Pero, entonces, que me deje de fastidiar con sus mojigaterías!

Después de aquellos disparos desperté –y aquí empieza, poco a poco, mi propio recuerdo– dentro de una jaula en el entrepuente del vapor de la compañía Hagenbeck. No era una jaula con cuatro paños de barrotes, sino que más bien eran solamente tres paños ajustados a un cajón, de modo que el cajón formaba la cuarta pared. Aquello era demasiado bajo como para poder estar de pie y demasiado angosto como para poder sentarse. Por eso me agachaba, con las rodillas dobladas, que no dejaban de temblar; y, como al principio no quería no ver a nadie y trataba de estar siempre en la oscuridad, estaba dado la vuelta hacia el cajón, mientras que por detrás los barrotes se me iban incrustando en la carne. Se considera provechosa esta forma de tener al principio así enjaulados a los animales salvajes, y actualmente, después de mi experiencia, no puede negar que, considerándolo desde el punto de vista humano, realmente es así. Pero entonces no pensaba así.

Por primera vez en mi vida me encontraba sin salida: por lo menos hacia delante no podía ser; [p. 256] hacia delante tenía ante mí el cajón, con sus tablas bien ensambladas; cierto que entre dos tablas había una rendija que iba de lado a lado, y cuando la descubrí la celebré con el aullido dichoso de la inconsciencia, pero esta abertura no era lo suficientemente ancha para tan siquiera pasar por allí la cola y ni empleando toda mi fuerza simiesca llegaría a poderse ensanchar.

Según me dijeron después. Parece que hacía desacostumbradamente poco ruido, de lo que dedujeron que o bien me extinguiría pronto, o bien, en caso de que lograse sobrevivir el primer período crítico, sería muy fácil de amaestrar.

Sobreviví ese período. Sollozar sordamente, dolorosos despiojamientos, lamer en silencio un coco, golpetear la pared del cajón con el cráneo, chasquear la lengua si alguien se me acercaba fueron mis primeras ocupaciones en la nueva vida; pero detrás de todo aquello se escondía una sola sensación: ninguna salida. Naturalmente, las sensaciones simiescas de entonces hoy solamente las pude transmitir con palabras humanas, y consecuentemente desfiguradas. Pero, aunque ya no me sea posible alcanzar la antigua verdad simiesca, al menos ésta se encontrará en la dirección de mi descripción; de eso no les quepa la menor duda.

¡Yo había tenido hasta entonces tantas vías de escape! … ¡y ahora ninguna! Estaba cogido. Si me hubiesen clavado a la caja, mi libertad de movimiento no habría sido menor. ¿Por qué esto? Ráscate entre los dedos de los pies hasta despellejarte, no encontrarás la razón. Aprieta la espalda contra los barrotes hasta que casi te partas en dos, no encontrarás la razón. No tenía ninguna escapatoria, pero tenía [p. 257] que encontrar alguna, porque sin escapatoria no podía vivir. Siempre contra aquella pared del cajón, inevitablemente habría reventado; pero con Hagenbeck a los monos les corresponde la pared del cajón; así que dejé de ser mono. Una clara, hermosa deducción que de algún modo tuve que haber elucubrado con la barriga, ya que los monos piensan con la barriga.

Temo que no se entienda bien lo que quiero decir con la expresión vía de escape (***). Empleo la expresión en su más completo y corriente sentido. Es a propósito que no digo libertad. No me refiero a esa gran sensación de libertad hacia todos lados. Como mono quizá la haya conocido y he tratado con humanos que la anhelan. Pero en lo que a mí respecta ni entonces pretendí la libertad ni tampoco ahora lo hago. A todo esto, los humanos frecuentemente se engañan. Y así como la libertad es uno de los sentimientos más elevados, también el correspondiente engaño es de los más elevados. Muchas veces, en las salas de varietés, antes de salir a escena, he visto dos artistas allá arriba, en el techo, trabajando en el trapecio. Se mecían, se balanceaban, saltaban, quedando colgados unos de los brazos del otro, uno llevaba al otro por los cabellos suspendido de sus dientes. «También esto es libertad humana», pensaba yo, «la elección soberana». ¡Escarnio de la sagrada Naturaleza! Ningún edificio podría permanecer en pie ante las risas de la simiedad frente a tal espectáculo.

No, yo no quería libertad; solamente quería una salida, a derecha, a izquierda, hacia algún lado. No tenía más pretensiones. Aunque la salida fuese sólo una trampa; la pretensión era pequeña, el engaño no sería mayor. ¡Avanzar! [p. 258] ¡Avanzar! Todo menos quedarse quieto con los brazos en alto, apretado contra la pared de un cajón.

Hoy lo veo claro: sin la mayor tranquilidad interior jamás podría haber escapado. Y de hecho todo lo que he llegado a ser lo debo quizás a la tranquilidad que después de los primeros días se adueño de mí, allá, en el barco; y a su vez esta tranquilidad debo agradecérsela a la gente del barco.

A pesar de todo, son buena gente. Todavía ahora me agrada recordar el sonido de sus pesados pasos, que en aquel entonces retumbaban en mi duermevela. Tenían la costumbre de tomarse todo con extremada lentitud; si alguno quería frotarse los ojos, levantaba la mano como si aguantara un pesado grillo; sus chistes eran burdos, aunque cordiales; sus risas iban siempre acompañadas de una tos que sonaba peligrosa pero que no tenía ninguna importancia. Siempre tenían en la boca algo para escupir y les daba lo mismo adónde lo escupían. Siempre se quejaban de que les saltaban mis pulgas, pero no obstante nunca se enfadaron seriamente conmigo por eso; es que sabían que las pulgas se multiplicaban en mi pelambre y que son saltarinas; con eso se conformaban. Cuando estaban libres de servicio, a veces algunos se sentaban en el suelo haciendo un semicírculo en torno de mí; apenas si hablaban sino más bien se arrullaban entre sí; fumaban en pipa estirados sobre cajones; se golpeaban con las manos en las rodillas no bien hacía yo el menor movimiento, y de tanto en tanto alguno una varilla y me hacía cosquillas ahí donde me resulta agradable. Si hoy me invitaran a hacer un viaje en su barco, con seguridad rechazaría la [p. 259] la invitación, pero de la misma manera es cierto que no sólo serían recuerdos desagradables los que me asaltarían en el entrepuente.

La calma que supe ganarme en el círculo de aquella gente sobre todo me apartó de cualquier intento de fuga. Desde mi actual punto de vista me parece como que hubiese por lo menos presentido que si yo quería vivir tenía que encontrar una salida, pero que dicha salida no se podría encontrar por medio de la fuga. Ya no se si la fuga era posible, pero lo creo; a un mono siempre debe serle posible la fuga. Con mis dientes actuales tengo ya que tener cuidado incluso para partir cocos, pero en aquel entonces habría podido muy bien con el correr del tiempo quebrar a fuerza de mordiscos el candado de la puerta. Pero no lo hice. Además, ¿qué habría ganado con eso? No bien hubiese asomado la cabeza me habrían vuelto a cazar y me habrían encerrado entonces en una jaula aún peor; o quizá, sin darme cuenta, habría huido en dirección a otros animales que estaban enfrente de mí, como eran las serpientes gigantescas, y habría exhalado en sus abrazos el último suspiro; o quizás hubiese logrado escaparme hasta la cubierta, saltar por la borda y durante un momentito me habría mecido sobre el océano y después me habría ahogado. Un proceder desesperado. No calculaba con tanto sentido humano, pero bajo el influjo del medio en el que me hallaba me conduje como si hubiera calculado. No calculaba, pero observaba con toda calma.

Veía a esos hombres ir de un lado a otro, siempre las mismas caras, los mismos movimientos; muchas veces me daba la impresión de que todos fuesen uno sólo; [p. 260] ese hombre o esos hombres se movían sin trabas. Un alto designio fue despertando en mí. Nadie me prometió que si yo me volvía como ellos me retirarían los barrotes. No se hacen tales promesas por cosas que aparentemente no se pueden lograr. Pero si uno comienza a lograrlas, más tarde aparecen las promesas exactamente allí donde antes uno las había buscado en vano. Pues bien, en aquellos hombres no había nada que de por sí me atrajera mucho. Si yo hubiera sido un partidario de la ya mencionada libertad, seguramente habría preferido el océano a la salida que se me mostraba en las embotadas miradas de estos hombres. De todos modos, venía observándolos desde mucho antes de pensar en estas cosas, y esas observaciones acumuladas fueron las que me impulsaron ante todo en aquella determinada dirección.

¡Fue tan fácil imitar a la gente! Escupir pude ya los primeros días. Nos escupíamos unos a otros, después lo hicimos mutuamente en las caras; la única diferencia era que yo después me lamía la cara hasta dejármela limpia, ellos no hacían lo mismos con las suyas. La pipa la fumé pronto como un viejo, después cuando metía el pulgar en la pipa todo el entrepuente aplaudía exaltado; lo único que por mucho tiempo no pude entender era la diferencia entre la pipa vacía y la pipa llena.

Lo que más trabajo me costó fue la botella de Schnaps; el olor me atormentaba; yo me empeñaba [p. 261] con todas mis fuerzas; pero pasaron varias semanas antes de que pudiera sobreponerme. Resulta curioso que la gente haya tomado estas luchas interiores mías más en serio que cualquier otra cosa sobre mí.

Tampoco logro diferenciar en el recuerdo a aquella gente, pero había uno, que volvía todo el tiempo, sólo o con otros camaradas, de día, de noche, a las horas más diferentes; se ponía ante mí con la botella y me daba lecciones. No podía comprenderme; quería resolver la incógnita de mi ser. Descorchaba lentamente la botella y me miraba después para comprobar si yo lo había entendido; concedo que siempre lo miraba con una atención salvaje, arrebatada; ningún instructor de hombres encontrará en toda la redondez de la Tierra semejante aprendiz de hombre; después que había descorchado la botella, se la llevaba a la boca; yo con mi mirada lo seguía hasta la garganta; hacía un gesto con la cabeza, contento conmigo, y se colocaba la botella en los labios; yo, fascinado, por ir aprendiendo poco a poco, chillando, me rascaba a todo lo largo y lo ancho, en cualquier parte; el se alegraba y empinaba la botella y tomaba un trago; yo, impaciente y desesperado por emularlo me ensuciaba en mi jaula, cosa que volvía a llenarlo de satisfacción; entonces, estirando el brazo y alejando de sí la botella, y llevándosela nuevamente a los labios, se inclinaba hacia atrás de una forma exagerada, como para que lo apreciara mejor, y de un trago se la bebía hasta el final. Yo, extenuado por el desproporcionado esfuerzo, no podía seguir más y me quedaba débil colgando de la reja; mientras el finalizaba su enseñanza [p, 262] teórica, restregándose la barriga y sonriendo con satisfacción.

Por fin comienza la ejercitación práctica. ¿No estoy ya demasiado agotado por la clase teórica? Ciertamente, demasiado agotado. Eso pertenece a mi destino. No obstante, tomo, tan bien como puedo, la botella que me es alcanzada; la descorcho temblando; al lograrlo me nacen nuevas fuerzas; levantando la botella –casi no hay ya diferencia con el original–; me la llevo a la boca, y… la arrojo con asco, con asco, a pesar de que está vacía y ahora solamente la llena el olor; y esto para gran desconsuelo de mi maestro, para mayor desconsuelo de mí mismo; ni a él ni a mí mismo consigo desagraviar con la circunstancia de que después de haber tirado la botella no olvido el restregarme a la perfección la barriga ni el sonreír dando muestras de satisfacción.

Con demasiada frecuencia las lecciones transcurrían de esta forma; y debo decir en honor de mi maestro que no se enojaba conmigo; lo que sí, a veces mantenía apretada la pipa encendida contra mi pelambre, hasta que en algún lugar al que yo difícilmente podía llegar comenzaba una lenta combustión, pero entonces él mismo la volvía a apagar con su mano enorme, buena; no se enojaba conmigo; comprendía que luchábamos del mismo lado contra la naturaleza simiesca y que a mí me tocaba la parte más difícil.

¡Qué gran victoria fue, sin lugar a dudas, para él así como para mí, cuando yo una noche, rodeado de un gran círculo de espectadores –quizás era una fiesta: sonaba un gramófono y un oficial se paseaba entre la gente– cuando yo, repito, aquella noche, precisamente cuando nadie me observaba, tomé una botella de Schnaps que por descuido habían dejado junto a mi [p. 263] jaula; ante la creciente expectación de la concurrencia la descorché perfectamente de acuerdo con las reglas, me la acerqué a los labios y sin titubeos, sin torcer la boca, sino como un bebedor profesional, poniendo en blanco los ojos bien abiertos, con el gaznate que subía y bajaba ininterrumpidamente, real, verdaderamente, me la bebí hasta vaciarla, y al arrojar la botella, no lo hice ya con desesperación sino como un artista! Cierto es que olvidé restregarme la barriga; pero en compensación, ya que no tenía otra salida, porque algo me impulsaba a ello, porque tenía los sentidos como delirantes… bueno, que grité: «¡Hola!», irrumpí en el ámbito de los sonidos humanos, y sentí su eco – «¡Oigan! ¡Habla!» – como un beso por todo mi cuerpo chorreante de sudor.

Repito: no me fascinaba imitar a los hombres; los imité porque buscaba una salida, por ninguna otra razón. Tampoco con esa victoria se había logrado mucho. Inmediatamente, la voz dejó de responderme; sólo después de algunos meses volvió a funcionar; la repulsión hacia la botella de Schnaps me volvió, e inclusive intensificada; pero mi dirección estaba ya tomada de una vez por todas.

Cuando en Hamburgo fui puesto en manos del primer domador, en seguida me di cuenta de que tenía dos posibilidades ante mí: el jardín zoológico o el varieté. No titubeé. Me dije: empéñate cuanto puedas para poder llegar al varieté: ésta es la salida; el jardín zoológico no es más que una nueva jaula; si entras allí, estás perdido.

Y aprendí, señores míos. ¡Ah! ¡Cuando lo necesita, uno aprende! ¡Cuando uno quiere encontrar una [p. 263] salida aprende, uno aprende sin andarse con miramientos! Uno se controla a sí mismo con el látigo; uno se fustiga ante las más insignificante resistencia. La naturaleza de mono salió de mí a enorme velocidad y patas arriba, de forma que mi primer maestro, como consecuencia, se convirtió en casi mono, en seguida renunció a seguir dándome clases y tuvo que ser internado en una clínica psiquiátrica. Felizmente pudo salir pronto.

Pero yo inutilicé a varios maestros, y hasta incluso a más de uno al mismo tiempo.

Cuando llegué a estar más seguro de mis habilidades, la fama vino tras de mis pasos; mi futuro empezó a esplender; yo mismo contraté maestros; los hice sentar en cinco habitaciones que estaban ubicadas en hilera y aprendía con todos al mismo tiempo saltando ininterrumpidamente de una a otra.

¿Esos progresos! ¡Ese penetrar los rayos del saber desde todos lados en el cerebro que despertaba! No lo voy a negar: me hacía feliz; pero también sostengo que ya entonces no lo sobrestimaba, ¡cuanto menos ahora! Por obra de un esfuerzo que hasta el momento no se ha repetido en toda la Tierra he alcanzado la instrucción media de un europeo. En sí esto quizás no sea nada, pero sin embargo, es algo en la medida en que me sirvió para salir de la jaula y me procuró esta salida, esta salida humana.

Hay una excelente expresión alemana: «internarse en la espesura». Eso fue lo que hice: me interné en la espesura. No tenía otra camino, siempre partiendo de la base de que no se podía elegir la libertad.

Si reviso mi evolución [p. 265] y lo que ha sido hasta el momento su objetivo, ni me quejo ni estoy satisfecho.

Las manos en los bolsillos de los pantalones, la botella de vino sobe la mesa, estoy mitad sentado mitad acostado en la mecedora y miro por la ventana. Si llega alguna visita, la recibo como es debido. Mi agente está sentado en la antesala; si toco el timbre, viene y escucha lo que tengo que decirle. Por la noche casi siempre hay una representación, y tengo, ciertamente, un éxito que ya apenas si es posible superar. Cuando ya tarde vuelvo a casa de los banquetes, de las sociedades científicas, de agradables reuniones, me espera una pequeña chimpancé semiamaestrada, con la cual lo paso bien al estilo de los monos. Durante el día no quiero verla; es que tiene en la mirada la locura del animal amaestrado, desequilibrado; de esto sólo yo me doy cuenta y es algo que no puedo soportar. De todos modos, en términos generales he logrado lo que quería lograr. Que nadie diga que no valió la pena. Por lo demás, no busco el juicio de los hombres; solamente quiero difundir conocimientos. Yo solamente informo, también a ustedes, ilustres señores de la Academia, solamente les he informado.

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Algunas notas sobre el texto…

* El nombre de la empresa, Hagenbeck, se traduciría literal e inquietantemente como arroyo del bosquecillo o de la floresta

** Toda esta historia del tiro, que no se comprende del todo bien, sí que me recuerda la herida en combate del tío Toby en Tristram Shandy. Ignoro si existe alguna conexión.

*** Ausweg (la salida o escapatoria que repite Kafka numerosas veces), me recordó a Ausgang la palabra que usaba Kant en la primera frase de su artículo Qué es Ilustración (1784): Aufklärung ist der Ausgang des Menschen aus seiner selbstverschuldeten Unmündigkeit: La Ilustración es la salida de la minoría de edad que las propias personas se habían impuesto a sí mismas. ___ Curiosa casualidad que anduviera últimamente con los originales de los dos textos…

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#referencias

El texto se ha copiado del libro Relatos completos I, publicado por la editorial Losada, 2009, Buenos Aires.

La historia fue publicada como parte del volumen de relatos Ein Landarzt (El médico rural). Anteriormente, en 1917, en la revista Der Jude, dirigida por Martin Buber. El texto original en alemán, Ein Bericht für eine Akademie, puede consultarse aquí: https://de.wikisource.org/wiki/Ein_Bericht_f%C3%BCr_eine_Akademie .

Una versión en inglés aquí: http://johnstoi.web.viu.ca//kafka/reportforacademy.htm

Otra versión en español que se encuentran on line… Publicada porlos amigos de UNIA Arte y Pensamiento:

Haz clic para acceder a narr_fuga_II_doc02b.pdf

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La cita de Bertrand Russell al inicio está extraído de otro texto, muy diferente, pero también interesante: Bertrand Russell, In Praise of Idleness, ca. 1932 __ que puede leerse aquí: http://www.zpub.com/notes/idle.html

Algo parecido a lo de Russell, leía ayer otra cosa de Sánchez Ferlosio que dejo aquí «anotado».

Lo de R. Sánches Ferlosio, 1992, Juegos y deportes, El País, disponible aquí: https://elpais.com/diario/1992/08/09/opinion/713311212_850215.html | accedido 06/12/2019

El protagonista de la novela negra según Raymond Chandler

Imagen: Elliot Gould como Philip Marlow en The Long Goodbye (basada en la novela de Chandler del mismo título) — en la versión de Robert Altman de 1973; una película bien bonita, que comentaba un poco, y hace ya tiempo, en mi tesis doctoral.

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El protagonista de la novela negra según Raymond Chandler

José Pérez de Lama

Una traducción más, ésta de Raymond Chandler el autor californiano de novela negra de 1930-50. La cosa creo que se me ocurrió tras leer un artículo sobre las grabaciones del espionaje entre presidentes de grandes empresas españolas, que estos días ha salido en los medios. Según recogen varios periodistas, el jefe se seguridad de uno de ellos, ante los costes que querían hacerle pagar por espiar o perjudicar la imagen del contrincante, decía a un personaje de lo que se vienen llamando las cloacas que estaba al otro lado del teléfono: «¡Me sale más barato matarle, macho!» – con el leísmo madrileñero incluido. Uno de los periodistas que lo comentaba en El Salto, @pelorduy, lo calificaba como un clásico instantáneo… Y a mi desde luego me ha enganchado unos cuantos días… Y por eso llegué a Chandler, quiero pensar.

Los párrafos que siguen -primero en español-castellano y luego en el original en inglés – son de un texto El sencillo arte del asesinato, en que expone algunas de sus ideas sobre la novela negra. Termina con una imagen, muy idealizada dirán algunos, del protagonista de la novela negra que el defendía. Leyéndolo, duda uno si la descripción también podría aplicarse a su idea de escritor. O a cualquier ciudadano, y que el mundo contemporánea sea cada vez más parecido a una novela negra… Una tesis nada rara,  por otra parte; es una de las interpretaciones habituales de lo noir.

Siguen pues los textos:

[Traducción JPL, de El sencillo arte del asesinato. Un ensayo; original en inglés al final del post] Sigue leyendo El protagonista de la novela negra según Raymond Chandler