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Un recuerdo de Sylvère Lotringer, editor de Semiotext(e)

Portada de Mad like Artaud, de Sylvère Lotringer, 2015. Fuente: https://caligaripress.com/Part-2

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Selección, traducción y comentarios de José Pérez de Lama

Murió hace unas semanas Sylvère Lotringer (Paris, 1938 – Baja California, 2021). McKenzie Wark le dedicó un bonito escrito de despedida, también tuiteó diversos enlaces sobre él. Me sonaba vagamente, quizás como un colega de Deleuze y Guattari, y me fui dando cuenta leyendo de qué. Esta año pasado, o el otro, había leído un libro suyo con entrevista larga con Paul Virilio, el importante The Administration of Fear. Y en fin, era uno de los principales editores de Semiotext(e), editorial mítica para mí, sin tener del todo claro por qué, en la que he leído [en inglés, mezcla de manía y necesidad por no leer francés] además de a Virilio, a Guattari (Chaosophy en especial) y hace ya un tiempo a Baudrillard (Simulations, cuando el concepto, durante unos años, a mediados de los 90 del siglo pasado, se convirtió en un must). Wark en su reseña en un blog o algo así de la New Left Review, lo llamó, con algo de guasa, “Theory Daddy” – que podríamos traducir como «Papito de la Teoría»?! como si hubiera sido un pusher o un pimp o un pervertidor de las jóvenes mentes por medio del «pensamiento radical francés», empezando por Nueva York y de ahí de vuelta a todo el mundo – sí, de esos autores que yo mencionaba y algunos más. También Bifo y el propio Wark, últimamente, han publicado en Semiotext(e).

Leyendo las entrevistas y bíos es impresionante toda la gente que conoció, con la que colaboró, que eran sus colegas, en sus sucesivas etapas en París, Nueva York y Los Ángeles. Además de los citados, mi preferido es Perec, con quien parece ser que trabajo en la edición de una revista casi de adolescente – Lotringer y Perec solo un poco mayor pero ya con un cierto aura de genio si no lo entendí mal.

L*s que os queráis enterar, leed los enlaces al final, son buenas introducciones – eso me parece – se que algun*s colegas de Tw ya los han leído, por lo menos Theory Daddy.

A continuación reproduzco traducidos algunos párrafos que había anotado de las entrevistas cuando las leí. Supongo que nos ocurrirá a todos algunas vez lo que me ocurrió. Me acordé de algo que contaba en estas entrevistas, lo que cómo ciertas «máquinas» de dominación nos hacen «pequeños, pequeños, pequeños…». Pero no lograba acordarme dónde lo había leído, ¿Adorno con el que andaba estos días? ¿Graeber? No lo localizaba. Y de pronto buscando otra cosas encontré las notas y me di cuenta que era algo de Lotringer. Aquí os lo dejo. Están relacionados con sus experiencia de bastante años como profesor en Columbia (NY) y por qué siempre trató de poner una cierta distancia con aquello y vivir diversos mundos a la vez… Sirva este post como discreto homenaje. Probablemente mi selección  no será ni mucho menos lo más importante que Lotringer tuviera que decir, pero a mí me llamó bastante la atención en su momento supongo que porque tenían que ver con cosas que andaba yo mismo pensando.

Siguen los párrafos traducidos, y luego el original en inglés. La fuente es: Jonathan Thomas (Interview by), 2015, Sylvère Lotringer, The Man Who Disapperead. Part 03: New York & After, in: Caligary. A Periodical of Cinema, Arts and Letters, 2021, en: https://caligaripress.com/Sylvere-Lotringer-The-Man-Who-Disappeared | visitado 12/01/2022

[SL:] Me gusta esta apertura. Lo que no me gustaba era la pequeñez – mezquindad – de todo en cuanto se convierte en un grupo pequeño de personas. En los departamentos académicos por todo el país, la gente pasando el tiempo molestándose unos a otros, poniéndose celososo, lamentando alguna promoción.

[JT:] Los artistas hacen eso también.

[SL:] Sí, pero yo tengo experiencia de primera mano de la «academia», y sabía que no era solo en la academia. Se hace a la gente pequeña, se hace que sus intereses sean sólo reactivos, en lugar de activos. Desconfío de la naturaleza humana cuando existe eso. Una de las razones por la que tomé estos caminos es porque no quiere que me arrinconen en algo. Me sorprendo a mi mismo a veces siendo envidioso, siendo resentido, y trato de borrarlo haciendo otra cosa en su lugar. […]

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[Cuando empezó de profesor en Columbia/…] tenía un apartamento en el Upper West Side que era un apartamento de Columbia. Estaba justo detrás de Barnard [la facultad]. Los estudiantes estaban en el mismo edificio que la administración y los profesores. Era un apartamento muy bueno de tipo burgués, así que después de dos años, pienso, ya no pude aguantar seguir viviendo allí. Porque no creo que la gente no sea afectada por su entorno. Si te colocas en el campus, que eso era aquello, entonces te conviertes en un académico. Vas en el ascensor, hablas con la gente allí, compras la leche y te encuentras con tu estudiante que te dicen, voy retrasado con mi trabajo. Entonces tu vida empieza a encogerse y encogerse y encogerse.

Realmente pienso que es muy importante estar en diferentes sitios y estar en diferentes mentes [estados mentales], si quieres mantener tus cosas en equilibrio. […]

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Y este otro párrafo más en positivo, sobre la «teoría» o el «hacer teoría» – muy guattariano:

Es un hecho que cosas muy simples pueden cambiar mucho. Y eso es lo que yo esperaba de la teoría. Esperaba que la gente reconociera que cuando lees un libro hay cosas que de pronto llaman tu atención, y pensé que la teoría sería eso. Escoge simplemente lo que quieras. No tienes que asumir todo el sistema. No tenemos que ser totalizantes, no tenemos que saberlo todo. Tan solo tenemos que experimentar. Y cuando cambias un elemento o varios elementos, cuando los mezclas, entonces has experimentado con nuevas ideas – entonces te has convertido de alguna manera en filósofo[a]. No tienes que haber estudiado Filosofía.

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El original en inglés:

I like this openness. What I didn’t like is the pettiness of everything as soon as it turns into a small group of people. In academic departments throughout the country, people are spending their time picking on each other, getting jealous, resenting some promotion.

Artists do this too.

Yes, but I have first hand experience in the academy, and I knew that it was not just the academy. You make people small, you make their interests so reactive, instead of active. I distrust human nature if that exists. One of the reasons I took these paths is that I don’t want to be cornered in something. I catch myself sometimes being envious, being resentful, and I try to brush it away by doing something else instead. […]

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I had a big apartment on the Upper West Side that was Columbia’s apartment. I was just behind Barnard. The students were in the same building with the administration, and teachers. It was a very good bourgeois kind of apartment, so I think after two years I couldn’t stand living there. Because I don’t trust that people are not affected by their environment. If you put yourself in the campus, which is what it was, then you become an academic. You go in the elevator, you talk to people there, you go to get your milk and you find your student who says, I’m late with my essay. So your life starts to shrink and shrink and shrink.

I really think it’s very important to be in different places and to be in different minds, if you want to keep your things in balance. […]

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It’s a fact that very simple things can change a lot. And that’s what I expected with theory. I expected people to recognize that when you read a book there are things that suddenly draw your attention and I thought theory would be that. Just pick up what you want. You don’t have to be responsible for the whole system. We don’t have to be totalizing, we don’t have to know everything. We just have to be experimental with it. And when you change one element or several elements, when you mix them, then you experimented with new ideas — then you become a philosopher of sorts. You don’t have to be trained to be a philosopher.

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Referencias:

Jonathan Thomas (Interview by), 2015, Sylvère Lotringer, The Man Who Disapperead. Part 03: New York & After, in: Caligary. A Periodical of Cinema, Arts and Letters, 2021, en: https://caligaripress.com/Sylvere-Lotringer-The-Man-Who-Disappeared | visitado 12/01/2022

McKenzie Wark, 2021, Theory Daddy, in: Side Car New Left Review, disponible en: https://newleftreview.org/sidecar/posts/173 | accedido 12/01/2022

Semiotext(e): http://semiotexte.com/ | accedido 12/01/2022

Wikipedia, sf, Semiotext(e), en: https://en.wikipedia.org/wiki/Semiotext(e) | accedido 12/01/2022

Jardines y parques según Vladimir Nabokov

Imagen: Vladimir Nabokov de joven con su hijo Dimitri con quien pasearán, como exiliados, –también con su mujer / madre Vera– , por los jardines de Europa entre 1934 y 1940, que es lo que se cuenta en el texto que sigue. La foto procede del libro Speak, Memory, capítulo 13, tomada en 1937 en Menton, en el Mediterráneo francés.

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Selección, traducción y comentarios de José Pérez de Lama

De la autobiografía de Nabokov, Speak, Memory, 1951, revisada en 1966 — traducción y comentario de unos sugerentes párrafos sobre jardines y parques.

Referencia bibliográfica: Vladimir Nabokov, 1979 [1966, 1951], Speak Memory. An Autobiography Revisited, The Putnam Publishing Group, Nueva York; capítulo 15, pp. 295-310. [Anteriormente publicado, al menos en parte, como Gardens and Parks, 1950].

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Hace unos meses comentaba con unxs amigxs arquitectos-jardineros sobre esto que había leído de Nabokov – un libro que en realidad tengo desde 1988 y leo periódicamente para avivar mi «fuego artístico», y de amor al arte por el arte … digamos.

La cosa es que me había quedado en una última lectura con la imagen de Nabokov de haber tratado de recorrer la difícil Europa de entonces, – como exiliados rusos, entre 1934 y 1940, con su hijo pequeños  -, como si se tratara de un continuo de parques y jardines, una «federación de luz y sombras», que unían París, con Praga, con algunos lugares en los Alpes y con las ciudades costeras del Sur de Francia… La imagen de esta Europa de los parques y jardines me pareció muy sugerente.

Ahora, leyéndolo con detenimiento necesario para traducirlo — Nabokov no es precisamente fácil — he apreciado más cosas. Por un lado, la idea de que esta secuencia de parques y jardines los presenta como amigos, que lo conectaban con su pasado ruso, y que aportaba a su hijo cosas que no eran normalmente posibles — lo que hoy quizás llamaríamos un «espacio de cuidados»…; otra, que efectivamente, la narración se presenta en ocasiones como is fueran los jardines los que viajaban por Europa, y a ellos como una especie de pasajeros… Y otra más, que el texto trata, además de los hechos concretos, el amor por su hijo y su mujer, de la memoria, de la percepción del mundo, y de una vida artística y literaria. El capítulo, no siendo de los más llamativos de la autobiografías, o eso me parece, sí que es el último, y como tal puede leerse como una especie de conclusión…

Dejo entonces una selección de este último capítulo, el Quince, traducida por mí en un primer borrador. A continuación reproduzco el inglés; siendo Nabokov, por supuesto, solo copiar sus  escritura ya es un buena práctica de «inglés avanzado» __ o con un sentido menos práctico, un gran placer. __ Hay unos primeros párrafos introductorios, y luego una selección de las partes que se centran más en los jardines y parques. Cabe acalarar, por acabar, que el texto de Nabokov se dirige retóricamente a su mujer, Vera, a quien por otra parte, si no me equivoco, dedicó todos sus libros.

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Quince

[Párrafos introductorios, pág. 295-296]

Están pasando, deprisa, deprisa, los años volanderos– por usar la conmovedora inflexión horaciana. Los años están pasando, querida, y muy pronto nadie sabrá lo que tú y yo sabemos. Nuestro hijo está creciendo; las rosas de Paestum, de la borrosa Paestum, murieron; idiotas de mentes mecánicas están jugando a manipular fuerzas de la naturaleza que mansos matemáticos, para su propia secreta sorpresa, parece que habían presagiado; así que quizás haya llegado el momento de examinar viejas fotografías, pinturas rupestres de trenes y aviones, estratos de juegos en el pesado armario.

Nos iremos aún más atrás, hasta una mañana de mayo de 1934, y dibujaremos con respecto a este punto fijo el gráfico de una sección de Berlín. Allí estaba yo, caminando hacia casa a las 5 a.m., volviendo del hospital cerca de la Bayerischer Platz, al que te había llevado unas horas antes. Flores de primavera adornaban los retratos de Hindenburg y Hitler en el escaparate de una tienda que vendía marcos y fotografías en color. Grupos de gorriones izquierdistas celebraban sonoras sesiones matutinas en lilas y limas. Un amanecer límpido había desvelado por completo uno de los lados de la calle vacía. En el otro lado, las casas aún se veían azules de frío, y varias sombras largas iban siendo recogidas, a la manera práctica en la que el joven día toma el lugar de la noche en una ciudad bien cuidada, bien regada, en la que el olor del pavimento asfaltado está por debajo de los sentimentales olores de los árboles de sombra; pero a mí la parte óptica de aquel asunto me parecía bastante nueva, como una forma inusual de poner la mesa, porque nunca antes había visto aquella calle concreta al amanecer del día, a pesar de que, por otra parte, había pasado por allí con frecuencia, sin hijos, en tardes soleadas.

En la pureza y el vacío de la hora poco familiar, las sombras estaban en el lado equivocado de la calle, dotándolo de un cierto sentido, no inelegante, de inversión, [quizás podía cortar aquí…] como cuando uno ve reflejado en el espejo de la barbería el ventanal hacia el que vuelve su mirada el melancólico barbero, mientras detiene su cuchilla (como hacen todos en ese momento), y, enmarcado en esta ventana reflejada, un trecho de acera, en el que el reflejo hace que una procesión de caminantes indiferentes vaya en la dirección equivocada, hacia un mundo abstracto que de pronto deja de ser gracioso y libera un torrente de terror. […]

[298] A lo largo de los años de la infancia de nuestro niño, en la Alemania de Hitler y la Francia de Maginot, nosotros pasamos bastantes penurias, pero maravillosos amigos se ocuparon de que él tuviera las mejores cosas entonces disponibles. Aunque impotentes para hacer nada sobre aquello, tú y yo juntos mantuvimos un ojo celoso sobre cualquier posible falla entre su infancia y nuestros propios «incunables» en el opulento pasado, y allí es donde entraron aquellos amistosos hados, cuidando de la grieta cada vez que amenazaba con abrirse […]

[Empiezan ya aquí los párrafos más centrados en los jardines, págs. 302-3]

Nunca en mi vida me he sentado en tantos bancos y sillas de parque, losas de piedra y escalones de piedra, parapetos de terrazas y bordes de fuentes como hice durante aquellos años […]

[304] Me gustaría acordarme de todos los pequeños parques a los que fui; me gustaría tener la capacidad que el profesor Jack, de Harvard y el Arboretum Arnold, contó a sus estudiantes que tenía, de identificar ramas con los ojos cerrados, tan solo por el rumor que hacían al darles el aire («carpe, madreselva, álamo de Lombardía. Ah – un periódico doblado»). Bastantes veces, por supuesto, puede determinar la posición geográfica de este o aquel parque por algún rasgo particular o combinación de rasgos: bordes de boj enano a lo largo de estrechos caminos de grava, que acaban todos encontrándose como la gente en una obra de teatro; un banco bajo contra un seto de tejo con forma cuboide; un cuadro de rosas enmarcado por un borde de heliotropos – estas características están obviamente asociadas a las pequeñas áreas de parque en las intersecciones de calles del Berlín suburbano. Con la misma claridad, una fina silla de hierro, con su sombra de tela de araña debajo, a un lado, un poco descentrada, o los agradablemente desdeñosos, aunque sin duda psicopáticos, aspersores rotatorios, con sus arco-iris privados colgando de los chorritos de agua sobre la hierba brillante, describen un parque parisino; pero, como entenderás, el ojo de la memoria está tan fijo sobre una pequeña figura en cuclillas en el suelo (cargando de piedras un camión de juguete o contemplando la goma brillante y mojada de la manguera a la que se ha adherido un poco de la grava por la que un jardinero la acaba de arrastrar), que los varios lugares – Berlín, Praga, Franzensbad, París, la Riviera, París otra vez, Cap d’Antibes y así – pierden toda soberanía, juntan sus caminos interconectados, y se unen en una federación de luz y sombra a través de la que graciosos niños de rodillas desnudas se deslizan sobre ruidosos patines.

[306-9] A medida que pasaba el tiempo y la sombra de la historia hecha-por-tontos viciaba hasta la exactitud de los relojes de sol, nosotros nos movíamos por Europa sin parar, y parecía que no éramos nosotros sino que eran aquellos jardines y parques los que viajaban. La avenidas radiantes y los complicados parterres de Le Nôtre fueron dejados atrás, como trenes apartados en vías laterales. En Praga, adonde viajamos para que mi madre viera a nuestro hijo en la primavera de 1937, estaba el parque Stromovka con su atmósfera de lejanía libre y ondulante, más allá de los pabellones y arboledas modelados por la mano del hombre [traducción un poco libre tras ver unas fotos]. También recordarás aquellos jardines de rocas de plantas alpinas – sedum y saxífragas – que nos escoltaron, por decirlo así, hasta los Alpes Saboyanos, uniéndose a nuestras vacaciones (pagadas por algo que mis traductores habían vendido), y que después nos siguieron de vuelta a los pueblos de las llanuras. Manos de madera con ourños de camisa clavadas en postes en los viejos parques de los balnearios apuntando en la dirección desde la que llegaba la percusión atenuada de una banda de música. Un paseo inteligente acompañaba la vía principal; no era paralelo en todo el recorrido pero reconocía libremente su guía, y de lago de los patos a estanque de los nenúfares saltaba de vuelta a la procesión de puros árboles en este o en aquel punto en el que el parque había desarrollado una fijación con los padres de la patria e imaginado un monumento. Raíces, raíces de vegetación recordada, raíces de memoria y plantas punzantes [pungent], raíces, en una palabra, están dotadas de la capacidad de atravesar largas distancias superando obstáculos, penetrando otros, insinuándose a sí mismas en estrechas grietas. Así aquellos jardines y parques atravesaron Europa Central con nosotros. Caminos de grava se reunían y se detenían en una rond-point para mirarte a ti o a mí agacharnos y suspirar al buscar una pelota bajo un seto de alheña donde, en la oscura y húmeda tierra, no podía detectarse sino un billete de tranvía de color malva, perforado, o un trozo sucio de gasa y algodón. Un asiento circular rodeaba un grueso tronco de roble para ver quién estaba sentado al otro lado y encontrar a un hombre mayor leyendo un periódico extranjero y metiéndose el dedo en la nariz. Árboles de hojas perennes y brillantes que cerraban un cuadro de césped en el que nuestro hijo descubrió su primera rana viva y se abrían a un laberinto podado con labor topiaria, y tu dijiste que pensabas que iba a llover. En alguna etapa posterior, bajo cielos menos plomizos, había un gran exhibición de glorietas de rosas [dells] y de pequeños paseos entrelazados, y rejas meciendo sus trepadoras, listas para convertirse en pérgolas vegetales y columnadas, si no, para revelar el más pintoresco de los aseos públicos, un affair tipo chalet de dudosa limpieza, con una mujer de negro atendiéndolo, haciendo punto negro en el porche.

Por una pendiente, bajaba con cuidado un camino empedrado, poniendo siempre el primer pie en cada escalón, atravesando un jardín de lirios; bajo hayas; y entonces se transformaba en un camino de tierra que se movía rápidamente marcado con toscas huellas de pezuñas de caballo. Los jardines y parques parecían moverse aún más rápido a medida que las piernas de nuestro hijo se hacían más largas, y cuando tenía más o menos cuatro, los árboles y los arbustos en flor se volvieron resueltamente hacia el mar. Como un jefe d estación aburrido de pie solo en el anden recortado por la velocidad de una pequeña estación en la que nuestro tren no para, este o aquel guarda del parque se quedaba atrás mientras que el parque fluía y fluía, llevándonos al sur hacia los naranjos y los madroños y la pelusa-de-pollito de las mimosas y la pâté tendre [tierna mezcla de colores en pintura tierna] de un cielo impecable.

Jardines escalonados en laderas, una sucesión de terrazas, cada uno de cuyos escalones de piedra eyectaba un alegre saltamontes, con los olivos y las adelfas casi tratando de ponerse unos por encima de los otros en su prisa por alcanzar a tener vista de la playa. Allí nuestro niño se arrodilló inmóvil para ser fotografiado en la calina temblorosa del sol contra el centelleo del mar, que es una mancha lechosa en las fotografías que hemos preservado pero era, en la vida, azul plateado, con grandes manchas de azul-morado más alejadas, causadas por las corrientes cálidas en colaboración con y corroboración de (¿oyes las piedras arrastradas por las olas que se retiran?) viejos poetas elocuentes y sus sonrientes símiles.

Y entre los vidrios desgastados por el mar como suaves caramelos redondeados – limón, cereza, menta – y las piedras anilladas, y las pequeñas conchas con forma de flautas e interiores lustrados, a veces pequeñas trozos de cerámica, aún bellos en color y brillo, aparecían. Nos lo traían a ti o a mí para inspección, y si tenían líneas chebronadas de color añil, o bandas con ornamentos de hojas, o algún otro tipo de alegre emblema, y eran juzgados preciosos, caían con un «clic» en el cubo de juguete, y, si no, un «plop» y un destello marcaban su vuelta al mar. No dudo que entre aquellos pedacitos de mayólica ligeramente convexos encontrados por nuestro hijo había algunos cuyo borde de volutas encajaba exactamente, y continuaba, el patrón de un fragmento encontrado por mí en 1903 en aquella misma costa, y que los dos se correspondían con un tercero que mi madre encontró en aquella playa de Menton en 1882, y con un cuarto encontrado por su madre cien años atrás – y siguiendo así, hasta que esta colección de piezas, si todas hubieran sido preservadas, pudieran haberse juntado para recomponer el cuenco completo, absolutamente completo, roto por algún niño italiano, Dios sabe dónde y cuándo, y restaurado ahora con estas grapas de bronce.

En el otoño de 1939, volvimos a París, en torno al 20 de mayo del año siguiente estábamos de nuevo cerca del mar, esta vez en la costa occidental de Francia, en St. Nazaire. Allí un último pequeño jardín nos rodeaba, mientras que tú y yo, y nuestro hijo, ya con seis años, entre nosotros, lo atravesábamos de camino a los muelles, donde, detrás de los edificios que teníamos enfrente, nos esperaba el transatlántico Champlain para llevarnos a Nueva York. Aquel jardín era lo que los franceses llaman, fonéticamene, skuarr, y los rusos skver, quizás porque es el tipo de cosa que se encuentra habitualmente en o cerca de las plazas públicas [square] en Inglaterra. Dispuesto en los últimos límites entre el pasado y al filo del presente, permanece en mi memoria solo como un diseño geométrico que sin duda podría rellenar con facilidad con los colores de flores plausibles, si fuera lo suficientemente descuidado de romper el susurro de la pura memoria que (excepto, quizás, por el tínitus ocasional debido a la presión de mi propia sangre cansada) he dejado sin perturbar, escuchándola humildemente, desde el principio […]

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Sigue la transcripción del original en inglés para lxs que gusten.

Fifteen

[P. 295-6] They are passing, posthaste, posthaste, the gliding years– to use the soul-rending Horatian inflection. The years are passing my dear, and presently nobody will know what you and I know. Our child is growing; the roses of Paestum, of misty Paestum, are gone; mechanically minded idiots are tinkering and tampering with forces of nature that mild mathematicians, to their own secret surprise, appear to have foreshadowed; so perhaps it is time we examined ancient snapshots, cave drawings of trains and planes, strata of toys in the lumbered closet.

We shall go still further back, to a morning in May 1934, and plot with respect to this fixed point the graph of a section of Berlin. There I was, walking home at 5 A.M., from the maternity hospital near Bayerischer Platz, to which I had taken you a couple of hours earlier. Spring flowers adorned the portraits of Hindenburg and Hitler in the window of a shop that sold frames and colored photographs. Leftist groups of sparrows were holding loud morning sessions in lilacs and limes. A limpid dawn had completely unsheathed one side of the empty street. On the other side, the houses still looked blue with cold, and various long shadows were gradually being telescoped, in the matter-of-fact manner young day has when taking over from night in a well-groomed, well-watered city, where the tang of tarred pavements underlies the sappy smells of shade trees; but to me the optical part of the business seemed quite new, like some unusual way of laying the table, because I had never seen that particular street at day-break before, although, on the other hand, I had often passed there, childless, on sunny evenings.

In the purity and vacuity of the less familiar hour, the shadows were on the wrong side of the street, investing it with some sense of not inelegant inversion, as when one sees reflected in the mirror of the barbershop the window toward which the melancholy barber, while stropping his razor, turns his gaze (as they all do as such times), and, framed in that reflected window, a stretch of the sidewalk shunting a procession of unconcerned pedestrians in the wrong direction, into an abstract world that all at once stops being droll and loosens a torrent of terror.

[298] Throughout the years of our boy’s infancy, in Hitler’s Germany and Maginot’s France, we were more or less hard up, but wonderful friends saw to his having the best things available. Although powerless to do much, you and I jointly ketp a jealous eye on any possible rift between his childhood and our own incunabula in the opulent past, and this is where those friendly fates came in, doctoring the rift every time it threatened to open. […]

[302-3] Never in my life have i sat on so many benches and park chairs, stone slabs and stone steps, terrace parapets and brims of fountain basins as i did in those days. The popular pine barrens around the lake in Berlin’s Grunewald we visited but seldom. […]

[304] I would like to remember every small park we visited; I would like to have the ability Professor Jack, of Harvard and the Arnold Arboretum, told his students he had of identifying twigs with his eyes shut, merely from the sound of their swish through the air (“Hornbeam, honeysuckle, Lombardy poplar. Ah–a folded Transcript”). Quite often, of course, I can determine the geographic position of this or that park by some particular trait or combination of traits: dwarf-box edgings along narrow gravel walks, all of which meet like people in plays; a low bench against a cuboid hedge of yew; a square bed of roses framed in a border of heliotrope – these features are obviously associated with small park areas at street intersections in suburban Berlin. Just as clearly, a chair of thin iron, with its spidery shadow lying beneath it a little to one side of center, or pleasantly supercilious, although plainly psychopathic, rotary sprinklers, with a private rainbow hanging in its spray above gemmed grass, spells a Parisian park; but, as you will understand, the eye of memory is so firmly upon a small figure squatting in the ground (loading a toy truck with pebbles [305] or contemplating the bright, wet rubber of a gardener’s hose to which some of the gravel over which the hose has just slithered adheres) that the various loci–Berlin, Prague, Franzensbad, Paris, the Riviera, Paris again, Cap d’Antibes and so forth–lose all sovereignty, pool their interlocked paths, and unite in a federation of light and shade through which bare-kneed, graceful children drift on whirring roller skates.

[306] As time went on and the shadow of fool-made history vitiated even the exactitude of sundials, we moved more restlessly over Europe, and it seemed as if not we but those gardens and parks traveled along. Le Nôtre’s radiating avenues and complicated parterres were left behind, like side tracked trains. In Prague, to which we journeyed to show our child to my mother in the spring of 1937, there was Stromovka Park, with its atmosphere of free undulating remoteness beyond man-trained arbors. You will also recall those rock gardens of Alpine plants – sedums and saxifrages – that escorted us, so to speak, into the Savoy Alps, joining us on a vacation (paid for by something my translators had sold), and then followed us back into the towns of the plains. Cuffed hands of wood nailed to boles in the old parks of curative resorts pointed in the direction whence came a subdued thumping of bandstand music. An intelligent walk accompanied the main driveway; not everywhere paralleling it but freely recognizing its guidance, and from duck pond or lily pool gamboling back to join the procession of plane [307] trees at this or that point where the park had developed a city-father fixation and dreamed up a monument. You will also recall those rock gardens of Alpine plants – sedums and saxifrages – that escorted us, so to speak, into the Savoy Alps, joining us on a vacation (paid for by something my translators had sold), and then followed us back into the towns of the plains. Cuffed hands of wood nailed to boles in the old parks of curative resorts pointed in the direction whence came a subdued thumping of bandstand music. An intelligent walk accompanied the main driveway; not everywhere paralleling it but freely recognizing its guidance, and from duck pond or lily pool gamboling back to join the procession of plane [307] trees at this or that point where the park had developed a city-father fixation and dreamed up a monument. Roots, roots of remembered greenery, roots of memory and pungent plants, roots, in a word, are enabled to traverse long distances by surmounting some obstacles, penetrating others and insinuating themselves into narrow cracks. So those gardens and parks traversed Central Europe with us. Gravel walks gathered and stopped at a rond-point to watch you or me bend and wince as we looked for a ball under a privet hedge where, on the dark, damp earth, nothing but a perforated mauve trolley ticket or a bit of soiled gauze and cotton wool could be detected. A circular seat would go around a thick oak trunk to see who was sitting on the other side and find there a dejected old man reading a foreign-language newspaper and picking his nose. Glossy-leaved evergreens enclosing a lawn where our child discovered his first live frog broke into a trimmed maze of topiary work, and you said you thought it was going to rain. At some further stage, under less leaden skies, there was a great show of rose dells and pleached alleys, and trellises swinging their creepers, ready to turn into vines of columned pergolas, or, if not, to disclose the quaint of quaintest public toilets, a miserable chalet-like affair of doubtful cleanliness, with a woman attendant in black, black-knitting on its porch.

Down a slope, a flagged path stepped cautiously, putting the first foot first every time, through an iris garden; under beeches; and then was transformed into a fast-moving earthy trail patterned with rough imprints of horse hooves. The gardens and parks seemed to move ever faster as our child’s legs grew longer, and when he was about four, the tress and flowering shrubs turned resolutely towards the sea. Like a bored stationmaster seen standing alone on the speed-clipped platform of some small station at which one’s train does not [308] stop, this or that gray park watchman receded as the park streamed on and on, carrying us south toward the orange tress and the arbutus and the chick-fluff of mimosas and the pâté tendre of an impeccable sky.

Graded gardens on hillsides, a succession of terraces whose every stone step ejected a gaudy grasshopper, dropped from ledge to ledge seaward, with the olives and the oleanders fairly toppling over each other in their haste to obtain a view of the beach. Their our child kneeled motionless to be photographed in a quivering haze of sun against the scintillation of the sea, which is a milky blur in the snapshots we have preserved but was, in life, silvery blue, with great patches of purple-blue farther out, caused by warm currents in collaboration with and corroboration of (hear the pebbles rolled by the withdrawing wave?) eloquent old poets and their smiling similes. And among the candy-like blobs of sea-licked glass – lemon, cherry, peppermint – and the banded pebbles, and little fluted shells with lustered insides, sometimes small bits of pottery, still beautiful in glaze and color, turned up. They were brought to you or me for inspection, and if they had indigo chevrons, or bands of leaf ornament, or any kind of gay emblemata, and were judged precious, down they went with a click into the toy pail, and, if not, a plop and a flash marked their return to the sea. I don not doubt that among those slightly convex chips of majolica ware found by our child there was one whose border of scroll-work fitted exactly, and continued, the pattern of a fragment I had found in 1903 on the same shore, and that the two tallied with a third my mother found on that Menton[e] beach in 1882, and with a fourth peace of the same pottery that had been found by her mother a hundred years ago – and so on, until this assortment of parts, if all had been preserved, might have been put together to make the complete, [309] the absolutely complete, bowl, broken by some Italian child, God knows where and when, and now mended be these rivets of bronze.

In the fall of 1939, we returned to Paris, and around May 20 of the following year we were again near the sea, this time on the western coast of France, at St. Nazaire. There one last little garden surrounded us, as you and I, and our child, by now six, between us, walked through in our way to the docks, where, behind the buildings facing us, the liner Champlain was waiting to take us to New York. That garden was what the French call, phonetically, skwarr, and the Russians skver, perhaps because it is the kind of thing usually found in or near public squares in England. Laid out on the last limits of the past and on the verge of the present, it remains in my memory merely as a geometrical design which no doubt I could easily fill with the colors of plausible flowers, if I were careless enough to break the hush of pure memory that (except, perhaps, for some chance tinnitus due to pressure of my own tired blood) I have left undisturbed, and humbly listened to, from the beginning. […]

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Kundera: ser «moderno» hoy es estar con el statu quo

Milan Kundera, 2009 [edición original en francés de 2005] traducción de Beatriz de Moura, El telón. Ensayo en siete partes, Tusquets Editores, Barcelona; pp. 71-73

Selección y comentario de José Pérez de Lama

El Telón. Ensayo en siete partes es un libro de Milan Kundera en que cuenta sus ideas sobre la novela, y también un poco sobre literatura más en general, la cultura europea y más cosas. Estoy encantado con este libro. Lo he leído ya tres o cuatro veces.  Podría destacar muchas cosas. Una por ejemplo, es la idea que atribuye a Flaubert, de que el objeto de su obra, de sus novelas, era tratar de «llegar al alma de las cosas» (pp. 77-78) — aunque los caminos para llegar ahí sean bastante insospechados, añado yo.

El libro lo adquirí gracias a la recomendación de Nguyen Baraldi, me gusta mucho lo que escribe, lo sigo por Tuiter 🙂

Reproduzco aquí una sección que me parece hoy de gran actualidad, aunque en un contexto diferente. Lo que se plantea desde el título es más bien una pregunta y una problemática más que una afirmación incondicional, al menos por mi parte. Comentaré algo más al final.

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La modernidad antimoderna

«Hay que ser absolutamente moderno», escribió Arthur Rimbaud. Unos sesenta años más tarde Gombrowicz [1] no estaba tan seguro de eso fuera necesario. En Ferdydurke (publicado en Polonia en 1938), la familia Lejeune está dominada por la hija, una «colegiala moderna». A la chica le encanta llamar por teléfono; desprecia a los autores clásicos; cuando un señor llega de visita, «se limita a mirarlo y, mientras se mete entre los dientes un destornillador que sostiene en la mano derecha, le alarga la mano izquierda con total desenvoltura».

También su madre es moderna; es miembro del «comité para la protección de los recién nacidos»; milita contra la pena de muerte y a favor de la libertad de costumbres; «ostensiblemente, con aire desenvuelto, se dirige hacia el retrete», del que sale «más altiva de lo que ha entrado»; la modernidad se vuelve para ella indispensable como único «sustituto de la juventud».

¿Y su padre? Él también es moderno; no piensa nada, pero hace todo lo posible para gustar a su hija y su mujer.

Gombrowicz captó en Ferdydurke el giro fundamental que se produjo durante el siglo XX: hasta entonces, la humanidad se dividía en dos, los que defendían el statu quo y los que querían cambiarlo; ahora bien, la aceleración de la Historia tuvo consecuencias: mientras que, antaño, el hombre vivía en el mismo escenario de una sociedad que se transformaba lentamente, llegó el momento en que, de repente, empezó a sentir que la Historia se movía bajo sus pies, como una cinta transportadora: ¡el statu quo se ponía en movimiento! ¡De golpe, estar de acuerdo con el statu quo fue lo mismo que estar de acuerdo con la Historia que se mueve! ¡Al fin se pudo ser a la vez progresista y conformista, biempensante y rebelde!

Acusado de reaccionario por Sartre y los suyos, Camus dio la célebre réplica a los que «han colocado su sillón en el sentido de la Historia»; Camus vio acertadamente, sólo que no sabía que ese hermoso sillón tenía ruedas, y que desde hacía ya algún tiempo todo el mundo lo empujaba hacia delante, los colegiales modernos, sus madres, sus padres, así como miembros del comité para la protección de los recién nacidos y, por supuesto, todos los políticos que, mientras empujaban el sillón, volvían sus rostros sonrientes al público que corría tras ellos, y que también reía, a sabiendas de que sólo el que se alegra de ser moderno es auténticamente moderno.

Fue entonces cuando una parte de los herederos de Rimbaud comprendieron algo inaudito: hoy, la única modernidad digna de ese nombre es la modernidad antimoderna.
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Comentario

[1] Esta historia de finales de los años 30 en la que se cuenta que «ser moderno», estar a favor del cambio, de las innovaciones tecnológicas y sociales, se había convertido en «lo correcto», «lo políticamente correcto» diríamos quizás hoy, me ha recordado a nuestra relación actual con la digitalización. Y seguramente hace un par de décadas con la globalización.

Lo de la digitalización: con todo el mundo encantado haciéndose usuarios entusiastas de Guguel y MacOS, los gobiernos poniendo sus/nuestros datos en los servidores de Amazon haciendo como si eso fuera un gesto futurista, los usuarios de a pie renunciando felices a su privacidad e intimidad con sus Alexas, usando como gesto de distinción las plataformas digitales desde Uber a Amazon, las autoridades universitarias usando otro tipo de plataformas comerciales para alojar las redes y conocimientos de sus comunidades… Parafraseando a Gombrowicz, «¿Y el padre — pongan aquí a otras autoridades — qué dice? Él también es moderno; no piensa nada, pero hace todo lo posible para gustar a su hija y su mujer».

Este asunto me hace pensar en la defensa del patrimonio y la ecología. Desde al menos los 60, estas habrían sido dos instancias de resistencia a lo moderno, lo que se autodenomina «avanzado», al crecimiento, a la destrucción del mundo tal como lo conocíamos — hoy quizás a la innovación sin más criterio que su supuesto interés mercantil y la seducción de lo — ya cada vez menos — nuevo.

[2] Sobre esta necesidad de discernir entre las innovaciones y lo que es «bueno», o por lo menos conveniente, y lo que no lo sea tanto, me acuerdo de una afirmación que suele repetir Alba Rico — no es que sea un fan boy, pero lo veo sugerente cuando dice ser «revolucionario en lo económico, reformista en lo político y conservador en lo antropológico». La cosa sería que los paquetes de «a favor« o «en contra» ya no son perfectamente compactos e indivisibles. Tal vez deberíamos estar a favor de la autonomía o el aumento de la capacidad de hacer que nos permite, por ejemplo, el ordenador personal, pero no la dependencia de los gestores de la nube a la que nos fuerza un sistema operativo como el Android de nuestros móviles. O se puede estar a favor de la existencia del dinero y el crédito, por decir algo, pero no a favor del sistema financiero como un todo compacto y necesario. Hay que tratar de pensar, entender las grandes máquinas por las que tendemos a ser fagocitados, hay que tratar de hilar más fino. Pero para eso hace falta tiempo, para empezar. También que existan alternativas, y que los sistemas se puedan entender, lo que no interesa a sus gestores y beneficiarios … no creernos sin más la «propaganda» más o menos disfrazada de nuevas verdades o de conocimiento experto… Uno tiende a pensar que hay poco que hacer … pero por lo menos «rajaremos» un poco…

[3] A Kundera le encanta Gombrowicz. Pero también cita el Bouvard y Pécuchet de Flaubert, — (1881), en los mismos años de Rimbaud, que parece que iba en eso por detrás de Flaubert –, cuyo tema, seguramente interpretado de manera mucho más ácida, no es muy diferente: la asunción bobalicona y acrítica del progreso y su mitología, en su caso, 50 o 60 años antes que Gombrowicz — la cosa viene de lejos. Cito de memoria, creo que a Kundera, que cuenta también que uno de los grandes descubrimientos de Flaubert fue que el Progreso, el avance de las ciencias y técnicas, etc., no eliminaba la sottise, la necedad, sino que ambos, progreso y sottise, crecían en paralelo… Lo decía Flaubert, me limito a plantearlo como pregunta… Hm.

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Notas

[1] Witold Gombrowicz (1904-1969), polaco que se exilió a Argentina, es uno de los novelistas preferidos de Kundera. Ferdydurke es una de sus más importantes novelas. La problemática de la novela y la cultura de los países pequeños, de una cierta subalternidad frente a las grandes culturas europeas, es uno de los temas que trata Kundera en el libro, a mi juicio con gran interés. No he leído a Gombrowicz aún, pero me resulta curioso que uno de mis mejores amigos de joven quería ser director de cine para filmar historias como las de Gombrowicz… Luego se hizo notario y ya no volvimos a hablar de aquello. Igual aún tengo algún libro de relatos de Gombrowicz que me pasó aquel amigo hace ya 30 o 40 años, y que — oh my dog! — me limité a hojear.

Paisajes de la tristeza [y sus contrarios]

Imagen: Mural-pintada con un Fernando Pessoa anamórfico amenazado por los tecnócratas, o algo así… reivindicando los espacios de la Escuela de Arquitectura de Sevilla como lugares de expresión y experimentación, que hicimos algunos profesores y estudiantes en 1999 cuando trataron de prohibirnos montar instalaciones con los trabajos de curso en el hall, los pasillos…. La historia es más larga, claro, y algunos la recordarán aún.

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Selección y comentario de José Pérez de Lama

Este que sigue es un texto muy conocido, — y muy querido por mí, y seguro que por muchxs más–, de Gilles Deleuze y Claire Parnet, del libro Diálogos:

LA TRISTEZA, LOS AFECTOS TRISTES son todos aquellos que disminuyen nuestra potencia de obrar.

Y los poderes establecidos necesitan de ellos para convertirnos en sus esclavos. El tirano, el cura, el ladrón de almas, necesitan persuadirnos de que la vida es dura y pesada. Los poderes tienen más necesidad de angustiarnos que de reprimirnos, o, como dice Virilio, de administrar y de organizar nuestros pequeños terrores íntimos. […]

No es fácil ser un «hombre» libre: huir de «la peste», organizar los encuentros, aumentar la capacidad de actuación, afectarse de alegría, multiplicar los afectos que expresan o desarrollan un máximo de afirmación. Convertir el cuerpo en una fuerza que no se reduzca al organismo, convertir el pensamiento en una fuerza que no se reduzca a la conciencia.

Claire Parnet & Gilles Deleuze, 1980, Sobre Spinoza, Diálogos,  págs. 71-72, Pre-textos, Valencia. [Edición original: Flammarion, París, 1977.]

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A partir de este texto pensaba y me preguntaba si no existirán en nuestras ciudades «paisajes de la tristeza», que siguiendo a Deleuze-Parnet-Spinoza podríamos imaginar como los paisajes que reducen la potencia de obrar, de hacer. Leía por ahí también cosas sobre «los afectos como infraestructuras», entre otros, del traductor de Deleuze al inglés, Brian Massumi: plantea que ciertos afectos pudieran estar construidos como elementos a partir de los cuales se desarrolla la vida en un determinado entorno. Algo que me recuerda un poco a algunas cosas situacionistas… Y andaba relacionando estos hipotéticos paisajes de la tristeza con los «paisajes del miedo», incluso con los «paisajes de la violencia», o por otro nombre, recurrente en los últimos años, «paisajes de la necropolítica» (Mbembe; o E. Weizman cuando habla de que el urbanismo y la arquitectura pueden ser una «violencia lenta»).

Por otra parte, también me gustaría  cuestionar la idea spinoziana de la alegría como aquello que aumenta la potencia de obrar, que me parece un pensamiento demasiado de jóvenes, y que fácilmente podría caer en el hiperactivismo.  Tengo que pensar un poco sobre eso. Sí me resulta claro que la tristeza, o al menos ciertas formas de tristeza, reducen — o quizás incluso llegan a acabar con — nuestra potencia de hacer.

Y volviendo a los paisajes, se trataría de buscar y de producir lo contrario a estos paisajes de la tristeza. Ya os contaré cuando vaya avanzando. Tengo prometido un texto a mis amigos de Alicante sobre estas cosas. Y no debería tardar mucho. Seguramente no es nada nuevo, pero igual la perspectiva diferente nos permite ver mejor algunos aspectos.

«Lo visible está siempre en medio de lo invisible», y suele ser lo determinante [lo invisible] en la mayoría de las situaciones. Eso decía, más o menos, sin ninguna intención espiritualista, John Dewey.

Salud y aire.

Latour: algunos diagramas de «Nunca fuimos modernos»

Diagrama 1: Bruno Latour, 1993, We Have Never Been Modern, Fig. 1.1, p. 11
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Reseña con diagramas / José Pérez de Lama

Continuando una entrada previa del blog [ver referencias al final] presento a continuación unas notas sobre el libro de Bruno Latour We Have Never Been Modern [Nunca fuimos modernos – mi reseña es de la edición en inglés de 1993, editada por Harvard, algo modificada respecto de la edición francesa original de 1991]. Diría que este fue el primer libro por el que se conoció internacionalmente a Latour (nacido en 1947), más allá de su ámbito de origen, el de los Science and Technology Studies. Desde entonces ha escrito mucho, y según entiendo ha ido desarrollando lo que aquí presentaba – y también cambiando y añadiendo otras cosas. Para hacerse una idea de esta evolución, sus publicaciones y proyectos están bien documentados en su web, donde se puede descargar bastantes artículos [aquí la página con las referencias a las diferentes ediciones y múltiples traducciones de WHNBM: http://www.bruno-latour.fr/node/108.html%5D. El libro tiene en cualquier caso cerca de treinta años, por lo que muchas de las ideas que se enuncian como nuevas o provocadoras, al menos para los que estamos en estas cuestiones, son ya prácticamente lugares comunes – aunque no por eso dejen de ser valiosas, claro.

Tengo muchos amigos estudiosos de Latour. Estos días había una interesante conversación en «Tuiter» de amigos-expertos que sin duda sabrán mucho más que yo. Me aventuro, no obstante, a hacer estos comentarios, apoyándome en la experiencia de haber trabajado desde hace ya tiempo en esto de las redes materiales y mentales, de las que nosotros mismos somos parte y que muchos tomamos como configuración principal para la compresión del mundo y para su transformación. Mi aproximación –o nuestra, si incluyo mis años con hackitectura.net–, fue sin embargo desde otros marcos teóricos, que comentaré un poco más abajo. Con la lectura de Latour, aparte de conocer un poco mejor lo que dice un autor tan reconocido, lo que trato es de encontrar nuevos matices y enriquecer las aproximaciones al mundo de las redes, los ensamblajes, las máquinas, los dispositivos, los cyborgs o como prefiramos llamarlos– en tanto que realidades clave las transformaciones del mundo actual según ya decía.

Para conducir el comentario usaré una selección de los diagramas que se van sucediendo en el libro, que en general me gustan bastante por el carácter tan espacial con que describen las cosas — aunque como casi siempre, los arquitectos, podríamos imaginarlos más afinados o más atractivos visualmente.

[1] Naturaleza y Sociedad

En el primero de los diagramas, que aparece en el libro como «Figure 1.1 Purification and Translation» [la primera imagen, al inicio del post], se presenta la hipótesis principal del libro. La Modernidad habría explicado el mundo, y actuado en consecuencia, como si estuviese conformado, organizado, en dos polos excluyentes, el de la Naturaleza y el de la Cultura o la Sociedad. Latour multiplica los términos que asocia a uno y otros polo, entre otros: no-humanos y humanos, objetos y sujetos, ciencias y letras, palabras y cosas – sí, como en aquel libro –, saber y poder-política, y algunos más que me dejo atrás. Esta «primera dicotomía» según la expresa Latour constituiría la visión comúnmente aceptada del mundo moderno.

A veces estos pares se hacen menos claros. Pero yo que tuve un padre Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, creo lo entendí muy bien. Se trata de la capacidad moderna de separar lo que se consideran cuestiones, hechos, del ámbito de lo tecnocientífico, de lo objetivo, y otras que puedan ser del ámbito de lo moral o simplemente del mundo de los sentimientos, de lo subjetivo. Esta primera dicotomía también tendría que ver con la crítica clásica de la Posmodernidad a la definición de las disciplinas, de los conocimientos y prácticas, su pretendida rigurosa separación. En mi caso como arquitecto, en la Escuela se insiste en que un arquitecto se tiene que ocupar de la función, la construcción, la belleza. Pero cuando alguien llama la atención sobre las implicaciones sociales o económicas, y hasta hace muy poco, ecológicas, de la arquitectura en el sistema o contexto más amplio, etc., rápidamente aparece alguien con autoridad afirmando que «eso no es arquitectura» o que de eso no podemos ocuparnos; que o bien es un asunto político, o bien habrá  otros saberes o profesiones para eso. [Puede verse post en este mismo sobre Isabelle Stengers y su discusión sobre «el buen investigador» en que trata de asuntos muy parecidos.]

Al trabajo moderno que se produce para destilar el mundo en Naturaleza o Cultura/Sociedad, Latour lo llama «trabajo de purificación». Al principio me resultó algo mixtificadora esta denominación. Luego me fui dando cuenta de que tiene que ver con el deseo de pureza de los modernos, definir esencias, separar en categorías excluyentes y el consecuente rechazo de lo híbrido, lo contaminado, lo cambiante, etc. Lo de las «ideas claras y distintas» que decía el viejo filósofo.

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[2] Las redes, los híbridos

Siguiendo con el primer diagrama — la figura 1.1: está dividido en arriba y abajo por una línea horizontal a la que el autor llama la «segunda dicotomía». Lo que hay por debajo constituiría, me parece a mí, la principal aportación de Latour en este libro. Mientras que arriba hay un mundo de humanos y de cosas, puros, separados como decíamos en Naturaleza y Cultura, por debajo, se encontraría un [sub]mundo de híbridos o de redes – esos son los dos términos que usa el autor en el diagrama. Mientras que lo de arriba sería la representación moderna del mundo, todo ordenado y clasificado, con Naturaleza y Sociedad – con sus leyes científicas, sociales, psicológicas – como referentes, por debajo lo que pasa es bien distinto: humanos y cosas se componen unos con otros, y esa es en realidad, para Latour, la manera en que suceden las cosas, la manera en que se produce mundo. Aunque Latour parece contarlo como un descubrimiento suyo, se me viene a la cabeza el ejemplo de la fábrica según Marx, una composición de máquinas, sistemas organizativos, cuerpos, relaciones de producción… que producen un cierto mundo, unas ciertas relaciones sociales, unas ciertas subjetividades, etc. (véase un comentario sobre esto, por ejemplo, en Deleuze-Guattari, 1972).

Lo principal que obtengo de Latour, es precisamente ésto: lo que hace funcionar el mundo tal como lo hace, o los mundos, son estas redes-híbridos o «cuasi-objetos-cuasi-sujetos» –otro nombre que les da–, en la cual los objetos tiene agencia, son participantes que afectan de manera determinante lo que ocurre, lo que se puede hacer y lo que no. Un ejemplo recurrente, algo simple, para explicar este carácter de los objetos en tanto que participantes en la acción o «actantes» es el de la comparación entre clavar una puntilla con la mano desnuda, el hacerlo con un martillo o con una pistola de clavos: las maneras en que se produce la acción, e incluso los resultados, son notablemente diferentes.

Entonces, nos dice Latour, donde tenemos que fijarnos para comprender cómo funcionan las cosas no es en las ideas abstractas – que se corresponderían con ese mundo imaginado como oposición entre Naturaleza y Sociedad – sino en las redes más bien materiales y concretas que hacen que las cosas suceden tal como lo hacen. No se trata de explicar las cosas con grandes ideas abstractas como podrían ser el Humanismo, el Capitalismo o la Globalización, por citar tres, sino entendiendo como se producen concretamente en cada situación, los objetos técnicos, las prácticas, las normas, las — habitualmente intrincadas — relaciones y concatenaciones entre unos y otros. En otras obras posteriores, pero me parece que ilustra bien esta idea, Latour defiende la idea de «descripción densa» de los procesos frente a la aplicación o construcción de conceptos abstractos que pretenderían explicarlos (2007).

A los trabajos que ocurren en esta parte baja del diagrama, Latour, de nuevo algo crípticamente para mí, lo llama «trabajos de traducción» – es de suponer que traducción entre los objetos y los humanos que componen las redes de híbridos; quizás la traducción que permiten esas composiciones entre heterogéneos. En otras ocasiones creo que también los llama «trabajos de mediación» – un término importante en la jerga latouriana: «mediar» aquí significa que aquello que «media» afecta el resultado — no es un elemento «transparente» o neutro en el proceso en cuestión. En español castellano, siguiendo a Latour, suelo diferenciar entre «mediante» o «por medio» y «a través», para denotar estas dos tipos de participación. Estos matices son muy pertinentes cuando intentamos pensar el papel de tecnologías digitales concretas en nuestra actividad.

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[3] Las relaciones entre Naturaleza-Sociedad e híbridos

Esto es otro aspecto singular, complementario del anterior, de la propuesta latouriana, al menos en este libro. Su discusión ocupa buena parte del volumen, y según Latour sería algo que diferenciaría a los modernos de los pre-modernos o de los no-modernos. Es en este sentido en el que enuncia –lo que uno lee como una cierta provocación– de que en realidad «nunca fuimos modernos». Entonces, según el autor, para los modernos la producción de híbridos habría sido una especie de operación secreta, no reconocida, clandestina dice en algún momento. Los modernos sólo habrían querido ver el mundo como formado por Naturaleza y Sociedad en tanto que realidades completamente separadas. Y la paradoja, sería, siempre según Latour, que éste no estar dispuesto a reconocer «oficialmente» la existencia y la relevancia de los híbridos es lo que hizo posible su proliferación, proliferación que sería característica de la Modernidad; la proliferación de las redes, de las grandes estructuras. Proliferación que caracterizaría las sociedades modernas frente a las pre-modernas, mucho más resistentes a los cambios, la innovación permanente, eso que se llamó Progreso.

Por tratar de proponer algunos ejemplos de híbridos: pensemos en la circulación de capital, los mercados financieros o los mercados en general, la vivienda o la producción de la energía – o estos días tan de actualidad –, todos ellos híbridos técnocosociales, diríamos ahora, que sin embargo, se siguen tratando de presentar como realidades puramente técnicas, pensemos en el caso de los mecanismos de fijación del precio de la electricidad que se comentan estos días  [en este caso serían de técnica económica en tanto que lo económico pretende explicarse como un espacio de lo técnico]. Ocurre que la crisis de lo moderno, para Latour, consistiría precisamente en que ya no es posible seguir ocultando estos híbridos, el carácter híbrido de estas realides… Y quizás por eso, treinta años después de la edición del libro, ya todos casi lo damos por supuesto: por ejemplo, que el mercado financiero es una realidad mixta, híbrida, que produce mundo, que produce precisamente Sociedad. Y que según Latour también produciría Naturaleza – más sobre esto en breve.

En algún momento del libro –tendría que recuperar la cita que ahora no encuentro– dice el autor que hablar de los híbridos llega a tener el carácter de un tabú. Me gustó muchísimo eso, sí. Basta ver cómo las diversas autoridades eluden considerar esta dimensión teconopolítica en la manera que promueven la llamada transición digital.

Más Latour: la proliferación de los híbridos tiene lugar a la luz del día, pero sin que se hable del asunto. Ocurre «por debajo de la mesa», lo que nos recuerda al over the counter del mundo financiero. Hay una rica variedad de procedimientos para mantener un velo sobre estas cosas… El argumento me recuerda en buena medida al de la sexualidad en el XIX según Foucault. En su Historia de la sexualidad proponía que en la era victoriana no es que la gente copulara menos, sino que lo que ocurría es que no se hablaba abiertamente de aquello. Y que ese no hablar del asunto le daba una presencia-ausencia y una potencia singular. El argumento es tan similar que me parece que funciona como una especie de doble elipsis; la de los modernos y la extraña elipsis del propio Foucault en el discurso de Latour – más sobre esto en los comentarios finales. Confirmo el significado de «elipsis» para la R.A.E. que dice: «Omisión intencionada de algún elemento del discurso para suscitar determinados efectos en el lector».

¿Y por qué los modernos habrían optado por esta extraña manera de organizar el mundo? La hipótesis de Latour es que éste no reconocer las redes de híbridos que producían el mundo, y en su lugar conducirse por el sistema más abstracto de Naturaleza y Sociedad, objetos y sujetos puros, era precisamente lo que permitía la transformación acelerada del mundo, la experimentación continua sin tener que tener en cuenta sus consecuencias más generales, el Progreso en fin. Se preguntaría uno si el avance arrollador del «capitalismo» – el otro compañero de Foucault en las elipsis, el otro innombrable, excluido del discurso en esta pieza de Latour. En un libro que trata sobre Modernidad y tecno-ciencia, intentando explorar sus relaciones con la sociedad y la cultura, el término capitalismo sólo aparece 3 veces hasta casi el final del libro. Hasta el punto de que parecería una especie de proyecto perec-iano – de Georges Perec – como el de aquella en que Perec escribió un libro entero sin usar la letra «e», la más frecuente en francés.

Volviendo una vez más al argumento de la invisibilidad de los híbridos. Se comprende bastante bien, con la explicación que da Latour sobre las sociedades pre-modernas. En éstas las relaciones entre híbridos, sociedad y naturaleza eran bien reconocidas, por lo que los cambios en las prácticas reales eran sometidos a una lenta reflexión: tendrá efectos negativos sobre nuestro medio natural, acabará con nuestra organización social tal como la conocemos, etc. [ver también, más abajo, el diagrama 5].
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[4] Híbridos y escala

Me limito a dejar apuntada una afirmación de Latour que me llamó la atención. Aparte de esta invisibilidad, la principal diferencia entre los híbridos modernos y los de las sociedades pre-modernas es la escala (scale). Las redes o híbridos modernos aspiran como sabemos a unas escalas o dimensiones nacionales, continentales, globales – mientras que los de las sociedades pre-modernas tenían por lo general un alcance mucho más local. Uno piensa que habrá otras diferencias, pero Latour lo deja ahí, quizás con la actitud un poco provocativa, por ejemplo, frente a las llamadas en aquellos años «grandes narraciones» que atraviesa el libro en su conjunto. –«grandes narraciones» que hablarían quizás de híbridos capitalistas o socialistas y cosas así.
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Diagrama 2: Bruno Latour, 1993, We Have Never Been Modern, Fig. 3.1, p. 51

Diagrama 3: Bruno Latour, 1993, We Have Never Been Modern, Fig. 3.4, p. 86

[5] Los ejes modernos y pre-modernos. El espacio del devenir

Del segundo y del tercer diagrama [Figure 3.1 Purification and mediation & Figure 3.4 The Modern Constitution and its practice] me limitaré a comentar el eje vertical, que Latour también llama el eje o la dimensión no-moderno, y el movimiento que se produce a lo largo de este eje, desde un estado inestable, de devenir [becoming], en la parte inferior, a un estado de estabilización o fijación, en la parte superior. En este eje vertical,  por debajo de su intersección con el eje horizontal indica Latour que se daría una condición de «existencia»; por encima una de «esencia».

Esto es que ocurre por debajo del eje moderno serían procesos de experimentación, y recombinación – algo parecido, se me ocurre, al estado «caosmótico», de orden inestable y cambiante, que decía Guattari. Los híbridos no tendrían una forma estable… Lo que ocurre por encima, correspondería a la fijación de ciertas modalidades de los híbridos, conceptualizados o comprendidos en esa parte superior como compuestos por entidades puras, claramente separadas, que estarán bien del lado de las cosas, bien del lado de los humanos – de la Naturaleza y las ciencias de un lado, o de la Sociedad, la cultura y la política del otro… En la figura 3.4 se representan la evolución de la máquina de vacío de Boyle, desde un dispositivo tecno-social en proceso de transformación — la propia máquina, los técnicos que participaban en los experimentos y fueron perfeccionando las prácticas, el público que asistía a las sesiones como productores de verdad…– hasta su «purificación» como un instrumento perfectamente definido como artefacto científico.

La cuestión es que ese estado de devenir, de experimentación, de recombinación entre los modernos, siempre según Latour, se haría de una forma proliferante, pero que cómo decíamos, a la vez, tiene una cierto carácter secreto, o al menos innombrable.

Podemos adelantar, que en sus conclusiones en este mismo libro, con lo que llama «Parlamento de las Cosas», y en trabajos posteriores, como el hecho para el ZKM con Peter Weibel, explícitamente titulado Making Things Public, su propuesta girará en torno a hacer visibles, debatibles y democráticos los procesos de producción de híbridos.

«La Constitución» que aparece en el título de la Figura 3.4 es como Latour llama al acuerdo tácito de la distribución entre Naturaleza-objetos, Sociedad-humanos e híbridos, y a las relaciones entre unos y otros, que venimos comentando. Como figura retórica o de pensamiento sería algo parecido al «contrato social» del que se habla en ciertas tradiciones de filosofía política, y al «contrato social» de su maestro o colega más veretano Michel Serres. (Ya lo había comentado en un post anterior, pero sirva como aclaración para los que no estén al tanto.)
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Diagrama 4: Bruno Latour, 1993, We Have Never Been Modern, Fig. 4.1, p. 95

[6] Partir de los híbridos para explicar la Naturaleza y la Sociedad, los objetos y los sujetos

Otra cuestión más del discurso de Latour, que se explicita en el cuarto diagrama [Figure 4.1 The principle of symmetry], tendría precisamente que ver con su propuesta de redistribución o recomposición –sorting, es uno de los términos que usa el autor con frecuencia– de las relaciones entre los tres componentes principales del diagrama, Naturaleza, Sociedad e híbridos (o redes): Naturaleza y Sociedad no serían realidades más o menos dadas a partir de las cuales explicaríamos el mundo, sino al contrario: sería a partir de los híbridos, las redes, a partir de los cuales explicaríamos la naturaleza y la sociedad, o los objetos y los sujetos. Los que sean estos pares, Naturaleza y Sociedad, objetos y sujetos, no estaría dado de partida, sino que serían, en cada situación, producto de los híbridos, de las redes.

Aquí, en esta idea de que objeto-y-sujeto, son productos de un proceso, más que datos a priori, me parece reconocer alguna semejanza con Whitehead, al quien espero dedicar algunas entradas del blog próximamente. También con Dewey.

naturaleza y sociedad (o cultura), como decía, tienen que ser explicados desde el estudio de los híbridos. Y se trataría, más precisamente, siempre según Latour, de «natur-culturas», pares de grandes sistemas conceptuales interdependientes — término que han adoptado, autoras como Donna Haraway o María Puig de la Bellacasa, que hemos comentando en este blog.

Tengo pendiente de lectura otro libro posterior de Latour, Poltics of Nature, en que entiendo que desarrolla más esta cuestión. Podemos aproximarla contrastando las ideas de naturaleza y cultura características del Progreso industrial moderno, y las de cualquier sociedad pre-moderna o las actualmente emergentes ligadas a la preocupación por la catástrofe ambiental o el decrecimiento.

En este mismo diagrama 4, se entiende también un nombre con que se autodenominaban hace unos años los participantes en esta línea de pensamiento, como era el de la «sociología simétrica». Viendo el diagrama creo que no es necesaria mucha explicación.
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[7] El último de los diagramas que aquí reproduzco, a continuación, estimo que presenta con claridad la que llamaba la hipótesis principal del libro que venimos comentando, contrastando diferentes nociones de los modernos [us / nosotros, según dice el diagrama] y los premodernos o no-modernos [them / ellos].

Diagrama 5: Bruno Latour, 1993, We Have Never Been Modern, Fig. 4.3, p. 102

[8] Comentarios finales

Como he ido sugiriendo, el aspecto que a mí particularmente me interesa de este Latour es su propuesta de fijarnos en lo que llama híbridos, cuasi-objetos-cuasi-sujetos o redes para desde ellos tratar de entender mejor cómo funciona el mundo. La singularidad de la conocida como escuela ANT [hormiga en inglés, por lo de trabajo de hormiga, pero a la vez Actor-Network Theory] sería su aproximación etnográfica, minuciosa y concreta al estudio de estos híbridos. Para mí sería como un nuevo empirismo nominalista, que en este segundo aspecto sostendría que todo lo que existe es particular, que rechazaría las grandes abstracciones. Para mí particularmente, de nuevo, que entiendo la mente en un sentido batesioniano o guattariano natural y material este empirismo me resulta de gran interés.

Por otra parte, esto de mirar las redes o los híbridos, que Latour parecía querer enunciar en 1991 como un hallazgo provocador, a mí me parece más bien un topos o un lugar común de nuestro tiempo. No en el sentido peyorativo moderno flaubertiano o nabokoviano de la idea de lugar común — las críticas de la sottise o el «filisteísmo», tan divertidas, de estos autores — sino en el sentido clásico de temas conocidos por la gente culta que cada autor trata de versionar o interpretar, generando así conjuntamente una cierta veta del pensamiento de una época. El tema de la vita beata para los humanismos, por ejemplo, que comentaba hace poco en otro post del blog.

Así, me parece y suelo citarlo de esas manera, que Latour con esta idea de los híbridos contribuye y dialogo con discursos parecidos sobre redes, máquinas, dispositivos, ensamblajes, ecosistemas, etc. y también con otros que tienen que ver con el proceso y el devenir y con el cuestionamiento de las ideas de sujeto y objeto clásicos.

Dejo aquí de momento estas notas, que serían un recordatorio más bien personal, pero que publico como vengo haciendo desde hace unos años, por si fueran de utilidad para otr*s.

Vale.

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Referencias

Bruno Latour [traducción de Catherine Porter], 1993 [1991], We Have Never Been Modern, Harvard University Press, Cambridge

____, 2004, Politics of Nature, How to Bring the Sciences into Democracy, Harvard University Press, Cambridge

____, 2007 [edición original de 2005], Reassembling the Social. An Introduction to Acto-Network Theory, Oxford

Bruno Latour & Peter Weibel (eds.), 2005, Making Things Public. Atmospheres of Democracy, ZKM Center for Art and Media Karlsruhe & MIT, Cambridge

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Fernando Broncano, 2021, El error de Latour, en: http://laberintodelaidentidad.blogspot.com/2021/08/el-error-de-latour.html

Gilles Deleuze and Félix Guattari, 1972, Balance-Sheet of Desiring-Machines, translated by Robert Hurley, Appendix to 2nd edition of Anti_Oedipe, Minuit, Paris; in: Félix Guattari, 2009, Chaosophy. Texts and Interviews 1972-1977, Semiotext(e), Los Angeles

Michel Foucault, 2009 [edición original en francés de 1976], Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber, Siglo XXI, Madrid

Félix Guattari, 1995 [traducción de Paul Baines & Julian Pefanis; edición original en francés 1992], Chaosmosis. An ethico-aesthetic paradigm, Indiana University Press, Bloomingdale-Indianapolis

Georges Perec, 1969, La Disparition

A.N. Whitehead, 1967 [1933], Adventures of Ideas, The Free Press, Nueva York

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Algunos posts mencionados en el texto en este mismo blog:

2021, Los cuasi-objetos de Bruno Latour explicados por Izaskun Chinchilla: https://arquitecturacontable.wordpress.com/2021/08/08/los-cuasi-objetos-latour-izaskun-chinchilla/

2021, «Tener madera de investigador», de Isabelle Stengers (2/3): el casto asceta y el sonámbulo fóbicos: https://arquitecturacontable.wordpress.com/2021/07/24/tener-madera-de-investigador-stengers-2-asceta_sonambulo/

Los cuasi-objetos de Bruno Latour explicados por Izaskun Chinchilla

Imagen: Solar Powered Toilet de Caltech, 2020, premiado por la Fundación Gates. La heces son transformadas, con la mediación de energía solar y del sistema que se ve en la imagen, en agua limpia, fertilizantes para plantas e hidrógeno para ser usado para producción de energía con fuel-cells. Me pareció un cuasi-objeto muy latouriano. / https://www.caltech.edu/about/news/caltech-wins-toilet-challenge-23635 — Twitter screenshot 08/08/2021

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Los cuasi-objetos de Bruno Latour explicados por Izaskun Chinchilla

Selección y comentario de José Pérez de Lama

Izaskun Chinchilla, 2020, La ciudad de los cuidados. Salud, economía y medio ambiente, Los Libros de la Catarata, Madrid

Bruno Latour, 1993 [edición original en francés de 1991; traducido por Catherine Porter], We Have Never Been Modern, Harvard, Cambridge

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Reproduzco a continuación unos párrafos del libro de Izaskun Chinchilla que me hicieron volver a querer leer el Nunca fuimos modernos de Bruno Latour, que comentaré aquí próximamente.

El libro de Chinchilla, por otra parte, es un libro muy interesante — trataré de usarlo en mis clases sobre la ciudad –, que me parece efectivamente muy latouriano en su planteamiento: se propone construir esto que llama «ciudad de los cuidados» desde los objetos — o cuasi-objetos –, desde el diseño de espacios públicos concretos, — mediante el ingenio, el talento y el oficio de arquitecta combinados con prácticas de autonomía y de participación ciudadana. La primera parte del libro en que cuenta trabajos en la ciudad con niños y niñas en el marco de lo que se conoce en inglés como public engagement fue la que más me gustó.

* Otro día trataré de escribir sobre esto del public engagement, que me recordó a la extensão universitaria en Brasil, y que a mí juicio sería algo a pensar seriamente como una política que introdujera en vector de transformación en nuestras universidades.

Transcribo el texto bastante completo de esta sección del libro de Izaskun Chinchilla, sin limitarme estrictamente a las referencias a Latour. Chinchilla presenta aquí un ejemplo que ilustra su interpretación de Latour, que lo hace muy comprensible – me parece –, mientras que en el libro original de Latour hay pocos ejemplos y a veces cuesta imaginar del todo a qué se refiere. En otros posteriores de Latour, como en Reassembling the Social, sí que me parece que lo explica mejor, con mayor detalle. Sigue la transcripción del texto de Izaskun Chinchilla, entonces, con algún comentario.

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Izaskun Chinchilla, 2020, La ciudad de los cuidados. Capítulo 4: Los bolardos frente al mobiliario de piezas sueltas [pp. 104-107]

Los bolardos. Prohibiendo con objetos

[…] La protesta contra las leyes que limitan la libertad en la ciudad es habitual (recordemos el «prohibido prohibir» de 1968), pero se protesta mucho menos contra lo que [se] considera natural en la ciudades: lo que llamaremos «las prohibiciones embebidas en objetos». Los bolardos son una especie de prohibición encarnada en un objeto. A priori, le dicen al conductor de un vehículo: «No está permitido que aparques en esta acera». Pero el mensaje va más allá. Si sólo se buscaratransmitir este mensaje habría bastado con una línea amarilla sobre el pavimento. Los bolardos son más contundentes en la comunicación implícita. Dicen: «La institución que gobierna esta ciudad desconfía de que vayas a cumplir esta regla y ha dispuesto un sistema para que, en caso de la desobediencia, tu vehículo resulte dañado».

Pero lo bolardos no hablan sólo a quienes conducen vehículos. También lanzan contundentes mensajes a las y los peatones. Las personas mayores, después de haberse golpeado la pierna y haberse garantizado un ostentoso moratón, o las madres y padres que tratan de moverse por la ciudad con un carrito de bebé (no hablaremos de los carritos para las y los gemelos) también reciben un contundente mensaje. Algo así como: «Esta calle ha sido diseñada para mediar en un conflicto permanente y cruento entre el vehículo y las instituciones. Este conflicto tiene un rango de importancia mayor que tu propio confort. Los problemas que te pueda causar este objeto son daños colaterales de importancia menor». Los bolardos, como el resto de señales de tráfico […] perpetúan y afianzan un mensaje político demoledor: «La ciudad se planifica y gobierna atendiendo fundamentalmente al diálogo con el vehículo privado. Al peatón se le dedica una atención menor porque se estima que podrá adaptarse al paisaje urbano que resulte del diseño urbano realizado para los vehículos».

Bruno Latour llama «cuasi-objetos» a estos objetos que afectan nuestra actuación, para distinguirlos de los objetos naturales [*] y hacer alusión a que son fruto de un largo proceso de diseño y fabricación donde el contenido social y su programa que busca un efecto sobre el colectivo han sido aspectos importantes en la toma de decisiones [Latour, 1993: 55]. Latour concede una importancia decisiva a este tipo de objetos en el entorno de convivencia y a su capacidad de persuasión implícita, y sostiene que estos cuasi-objetos son tan poderosos que configuran la sociedad mientras que las construcciones más políticas o científicas que forzaron su existencia permanecen invisibles. [1993: 53]

* Comentario: En We Have Never Been Modern Latour los llama inicialmente «cuasi-objetos-cuasi-sujetos» para expresar su carácter híbrido entre los objetos [la Naturaleza] y los sujetos [la Sociedad o la Cultura]. En el post que dedicaré al libro trataré de explicar algún detalle más sobre esto.

Volvamos a nuestros bolardos. Pensemos que antes de la colocación de los bolardos, un partido político presentara un proyecto de ley en el Parlamento donde se defendiera algo como: «En el espacio público se otorgará prioridad a la gestión de flujos del vehículo privado. Cuando ésta requiriese molestias importantes para el tránsito de peatones, se sacrificará el interés de éstos en favor de la buena gestión del tránsito vehicular». Esta ley sería objeto de un extenso debate y tendría pocas posibilidades de ser aprobada con esa redacción. Sin embargo, los bolardos invaden nuestras aceras y nos conforman como sociedad: nos hace aceptar, de facto, esa propuesta de ley, interiorizar que el vehículo tiene prioridad y el peatón tiene que resignarse. Incluso nos hace sentirnos con más derechos cuando conducimos que cuando caminamos. La presencia de objetos como los bolardos ha establecido la hegemonía del vehículo sobre el espacio común sin que nadie haya concitado un debate previo sobre ello, adaptando nuestras vidas y nuestra percepción de la ciudad a la ideología implícita que ostentan estos objetos.

Para Latour, estos efectos implícitos se han vuelto inmorales e «inconstitucionales» [*], ya que configuran nuestras vidas sin haber sido objeto de diálogo político. Es lógico que nos anime a reclamar: «Queremos una identificación meticulosa de los cuasi-objetos, que deje de hacerse extraoficialmente, que deje de hacerse por debajo de la mesa». Latour propone un «parlamento de las cosas» donde los equilibrios entre [¿en?] el espacio común se reconfiguren. Latour reclamaría que expertos independientes en movilidad, partidos políticos, asociaciones de vecinos, representantes de [personas] mayores y AMPA tuvieran que discutir el diseño de los bolardos y su normativa de colocación e incluso [su] sentido y conveniencia.

* Comentario: Esto de «inconstitucional», que quizás resulte algo pintoresco sin contexto, se debe a que Latour propone la idea de que en la Modernidad compartimos una «Constitución» que otorgaba lugares separados a la Ciencia y a la Política, a los objetos y los sujetos, y que ahora con la proliferación de lo que llama cuasi-objetos e híbridos ha dejado de funcionar. El uso del término Constitución sería similar al de «contrato social», algo más bien conceptual-ideal.

Latour, junto con otros autores como Michel Callon, sistematizó esta visión en lo que llamaron la Teoría del actor-red, donde se acepta que los agentes sociales son tanto humanos como no humanos (bolardos, semáforos, urnas de votar, vacunas), denominando a los primeros «actores» y a los segundos «actantes». [*] «Si limitamos lo que consideramos a acción a lo que hace un humano intencional y planificadamente resulta difícil ver como actúan un martillo, una cesta o una etiqueta». Sin dejar de afirmar que son los primeros, los humanos, los que siempre comienzan la acción, tenemos que tomar en consideración todo lo que afecta al desarrollo de la acción. [Volviendo al caso de los bolardos, l]as franjas resaltadas en el suelo hacen que los conductores reduzcan la velocidad, y deben ser consideradas, por tanto, como «actantes». La visión del mobiliario urbano bajo esta perspectiva cobra una nueva relevancia social y política que incide directamente en la filosofía de los cuidados.

* Comentario: A partir de aquí me he permitido editar un poco el texto original de IC para que se entienda con mayor claridad, en esta situación algo descontextualizada.

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Comentario final

El ejemplo de Izaskun Chinchilla a mi juicio nos permite entender mejor como los objetos y las construcciones y redes tecnológicas condicionan y limitan lo que podemos y no podemos hacer. Pienso en las plataformas digitales, por ejemplo, que se nos presentan como asuntos de eficacia o de entretenimiento y que, como explican Latour y Chinchilla, de manera más o menos velada incorporan dimensiones de mucha mayor complejidad y profundidad que afectan a nuestras formas de vida. A esto es a lo que venimos desde hace tiempo llamando «tecnopolíticas». En We Have Never Been Modern, Latour llega a decir en algún lugar que querer hacer ver y querer hablar de estas cuestiones en nuestras sociedades que siguen pensándose a sí mismas como modernas en ocasiones llega a parecer tabú.

Más sobre esto en un próximo post.

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Referencias

Izaskun Chinchilla, 2020, La ciudad de los cuidados. Salud, economía y medio ambiente, Los Libros de la Catarata, Madrid

Bruno Latour, 1993 [edición original en francés de 1991], We Have Never Been Modern, Harvard, Cambridge

__, 2007 [edición original de 2005], Reassembling the Social. An Introduction to Acto-Network Theory, Oxford

«Tener madera de investigador», de Isabelle Stengers (2/3): el casto asceta y el sonámbulo fóbico

Imagen: Virginia Woolf hacia 1937. Los comentarios de Woolf sobre la universidad inglesa de su época son una referencia central en este texto de Isabelle Stengers. Fuente de la imagen:  Harvard Theater Collection, Houghton Library, Harvard University https://es.wikipedia.org/wiki/Virginia_Woolf

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Segunda parte de reseña y traduccción de: Isabelle Stengers: Researchers With the Right Stuff, segunda parte: pp. 33-41, del libro, Another Science is Possible. A Manifesto for a Slow Science [traducción del francés de Stephen Muecke], 2018, Polity, Cambridge & Medford. La conferencia original en que se basa el texto fue pronunciada en la Universidad de Ginebra en el año 2009.

Traducción del inglés al español y comentarios de José Pérez de Lama

Comentario introductorio

Esta entrada es la segunda parte e la reseña del texto de Isabelle Stengers, Tener madera de investigador. La primera parte, en este mismo blog, puede verse aquí.

En el texto en su conjunto Stengers critica la figura del investigador (en parte como construcción generizada, masculinizada) asociado a lo que podríamos llamar capitalismo cognitivo, aunque ella usa preferentemente el término «neoliberalismo». En particular, como dice el título, expone dos figuras sucesivas, que antecederían a la actual, la del «asceta casto» y la del «sonámbulo fóbico» — ahora estaríamos en una cierta crisis de esta última figura.

En esta segunda parte de la reseña he optado por traducir el texto directamente, desde el inglés, para aportar un contrapunto a la traducción al español existente que me parece en ocasiones bastante confusa.

La idea general del texto es la de criticar la ciencia actual y la figura del investigador asociada, pero, para mí, en ningún caso se trataría de «anticientifismo», de una critíca de la ciencia como tal. Sino que de lo que trataría es de construir una ciencia «más científica», más racional, más conocedora de su alcance y de sus limitaciones, y también más consciente de los tipos de sociedades y relaciones y grupos dentro de esas sociedades a los que ha venido sirviendo.

Resistirse a estas figuras de la investigación, resistirse a encarnar nosotrxs mismxs estas figuras, interpretamos que eso es lo que plantea Stengers, sería, no sólo una forma de inteligencia, sino también una práctica de responsabilidad con el mundo.

He introducido algunos subtítulos de secciones para ayudar a la comprensión de la lectura. Sigue ya la traducción de la sección central del texto de Isabelle Stengers.

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La construcción de un verdadero investigador

Isabelle Stengers (2018/2013/2009)

[P. 33] Pensar en esta línea [along these lines] implica resistirse a la nostalgia. No hay duda de que las cosas eran mejores en el pasado, pero lo que está pasando ahora es bastante lógico, y esa lógica ya estaba en funcionamiento en el pasado. Esto es lo que me gustaría desarrollar haciendo un poco de historia, no de las ciencias pero sí de esta «madera de investigador», de este ethos que se pretende que sea sinónimo del espíritu de la ciencia, y que hoy se ha culminado con una definición de la excelencia «basada en hechos». Mi objetivo no es el de actuar como historiadora, sino tan solo tratar de de estimular el interés por otras posibilidades de entender las cosas que corren el riesgo de ser oscurecidas por los enunciados actuales, que se hacen en nombre de un pasado que con facilidad tendemos a idealizar.

[El asceta casto de los hechos]

Mi punto de partida es el trabajo de Elizabeth Potter, cuya importancia fue destacada por Donna Haraway en su libro Modest Witness [1997]. Potter muestra que el género estaba totalmente en juego [p. 34] en los modos de vida experimental que Robert Boyle trataba de promover. Más específicamente, Potter señala la cuestión del género como una dificultad que habría podido causar el colapso de todo el experimento.

En efecto, ¿cómo mantener las cualidades viriles de un hombre que no arriesga la vida heroicamente, que no cultiva su gloria personal o que no se deja llevar por sus propias pasiones y opiniones? ¿Cómo es posible hablar de la virilidad de un hombre que se presenta a sí mismo como un testigo modesto, que se subordina a los datos y no busca más gloria que revelarlos? ¿No estaría en peligro la reputación de un caballero dedicado a la vida experimental si reclamara para sí la modestia y la reserva que habitualmente se esperan del género femenino? Estos seres tan castos, ¿no irán a ser descalificados por falta de virtudes viriles si renunciaran a los placeres de las rimbombantes conquistas retóricas?

Pero resulta que la castidad y la modestia no sólo pertenecían a las mujeres; también definían la correcta disposición del servicio a Dios. Lo que propuso Boyle, entonces, fue el valor de la castidad y la modestia espiritual (no corporal), una disciplina de orígenes monásticos. Aquél que sigue el camino experimental sirve a Dios por la vía del ejercicio disciplinado de la razón. Y está razón es verdaderamente viril en el sentido de que es parte del heroísmo masculino el hacer abstracción de los propios intereses, de los propios prejuicios, y resistir las tentaciones y seducciones de las cuestiones, de las preguntas que lo llevarían a la perdición.

He experimentado personalmente el poder de esta construcción, la manera en que es capaz de asegurar que el orden disciplinario se imponga de manera suprema [rule supreme]. Sucedió cuando era estudiante de química, y renuncié a seguir investigando en el futuro, porque pensaba que me había descarriado irremediablemente. [p. 35] Nadie preguntó en ningún momento si tenía «madera de investigadora» – como en el caso de los pilotos de prueba [* esto de los pilotos de prueba viene de la primera parte del texto]. El juicio es retroactivo, sólo se produce «tras el accidente». En mi caso se produjo tras haberme interesado por los que los científicos llaman «las grandes preguntas», las así llamadas «cuestiones no científicas».

[El sonámbulo como siguiente modelo del científico]

Sin embargo, hay que distinguir entre el investigador casto y modesto de Boyle y lo que me llevó a mí a concluir que «me había perdido para la ciencia». El investigador de Boyle, de caer en la tentación, aún podía arrepentirse – y sin embargo yo consideré irreversible mi descalificación como investigadora. Se daba aquí otro tipo de ethos para definir al «verdadero investigador». Otro que se remonta al siglo XIX y puede ser representado por la imagen del «sonámbulo que no debe ser despertado». Yo me guiaba, aún, por aquella imagen cuando me di cuenta de que, habiéndome despertado, tenía que marcharme.

El sonámbulo está siempre andando a gran altura por la cumbrera de un tejado, subiendo y bajando sin vértigo, miedo o vacilación. No se plantea ninguna pregunta que puediera hacerle perder el equilibrio. La castidad al servicio del conocimiento ha sido sustituida por una especie de antropología de la creatividad, según la tesis de que el investigador debe tener una fe que «moverá montañas», esto es, de que no puede dejar que su camino en busca de la inteligibilidad se vea bloqueado por ningún obstáculo – especialmente cuando estos obstáculos ya han sido gloriosamente apartados como aquello que «cree la opinión» antes de que la «verdadera ciencia» intervenga [real science – antes, real researcher…]. A menudo esta fe se explicita a sí misma de manera negativa: si uno tomase seriamente estas otras dimensiones del problema, entonces la ciencia no sería posible. Y habitualmente termina confirmando la «parábola de la farola» en la que un paseante que se para a ayudar a alguien desesperado buscando [p. 35] sus llaves al pie de una farola en medio de la noche, acaba preguntando: «¿Está seguro que es aquí donde la perdió?» A lo que el otro lo responde: «Para nada, pero es que es la única zona bien iluminada».

«Tener madera», entonces, significa tener fe en que aquello que una pregunta científica hace que no cuente, en efecto, no cuenta; una fe que se define a sí misma contra la duda. La persona que ha sido mordida por la duda ya no recuperará la fe que el investigador necesita. Despertar al sonámbulo mata al investigador.

El científico experimental de Boyle era casto y evitaba cualquier inclinación hacia preguntas teológicas o metafísicas. El ethos de un científico sonámbulo, por otra parte, es más como una fobia. Rechaza cualquier cuestión que considera no-científica, de una manera que puede compararse con la misoginia fóbica del sacerdocio, en el sentido de que les atribuye un poder peligroso, seductor, capaz de llevar al camino sin retorno de la perdición. Más aún, el rango de esta cuestiones se ha hecho cada vez más amplio, puesto que ahora abarca, por ejemplo, cuestiones sobre el rol de las ciencias en la sociedad. Es cierto que estas cuestiones no pueden hacerse desaparecer oficialmente de la misma manera que es posible hacer con las teológicas y metafísicas. Pero aún así, son medio-implícitamente desechadas a través de la sonrisa sutil, la advertencia mal disimulada, o las risitas y el cotilleo sobre fulano de tal «que ha dejado de hacer ciencia». Por el camino, se convertirán en enemigos aquellos que insistan en que los científicos se pregunten a sí mismos ciertas preguntas, o que les pidan que expliquen precisamente qué es lo que están defendiendo en nombre de la ciencia. Lo sonámbulos se niegan a dudar cuando se trata de diferenciar entre lo que es importante para ellos y lo que juzgan secundario o anecdótico. Dejadnos [p. 36] libertad para ser obstinados y agresivos, para descifrar el mundo en términos de conquistas y obstáculos a superar — si no, ¡dejará de haber científicos! Este es el argumento al que se enfrentan aquellas que defienden una nueva aproximación a la formación de los científicos.

Por mi parte, dejé de creer en el interés de los cursos sobre historia de la ciencia, o sobre el papel social de las ciencias, al menos, tal como se imparten actualmente a los estudiantes de ciencias de ambos sexos. Porque todo estudiante matriculado en ciencias («duras») sabe perfectamente que estos cursos «no son ciencia», que, tan pronto como hayan completado las formalidades de los exámenes, lo que allí se ha estudiado no contará realmente [*]. En relación con estos cursos la mayoría son como los científicos invitados a las recepciones de Diotima en El hombre sin atributos de Robert Musil: sonriendo para sus adentros cuando los confrontaban las personas cultas [men of learning]. Los estudiantes escuchan con educación lo que reconocen como grandes ideas, pero ya saben que los «verdaderos científicos» nunca se dejarán infectar por este tipo de cosas.

[*] Nota: Tengo experiencias muy parecidas a lo que cuenta aquí la autora, en mi caso en los estudios de arquitectura — y debe ser una de las razones por las que me gusta tanto este texto. «Esas cosas que cuentas están muy bien, pero eso no es arquitectura». Sí tengo que decir, que como los estudiantes de Stengers, me suelen escuchar con educación, y a veces incluso, me parece sentir, que afecto.

Estas sonrisas sutiles, enraizadas en esta fobia, son una característica natural de las ciencias de las que la gente joven están actualmente desertando [*], para gran consternación de las diversas instancias de nuestros gobiernos. Son estas ciencias las que Thomas Kuhn, en The Structure od Scientific Revolutions, identificó que funcionaban paradigmáticamente, y que empezaba por caracterizar por las maneras en que los estudiantes eran formados. La formación en sociología y psicología contempla un panorama de escuelas rivales, cursos sobre diferentes metodologías, definiciones divergentes y debates, mientras que se introduce a los estudiantes en los textos fundacionales de sus disciplinas, aquellos que plantean las alternativas entre las que deberán optar. Por contra, enfatiza Kuhn, la fuerza del paradigma residen en su invisibilidad. La gente joven que está siendo formada [being trained] [p. 38] están en el camino de convertirse en sonámbulos para los que la manera correcta de hacer una pregunta no plantea ninguna duda: se relaciona con la evidencia incontestable. Desde esta perspectiva educativa, que un estudiantes de ciencias (duras) lea algo que no sean sus libros de texto no es sólo una pérdida de tiempo; es también una señal inquietante, un mal augurio para su futuro, que implica que puede que no tenga «madera de investigador».

[*] Nota: El texto se basa en una conferencia de 2009 y parte de plantear la pregunta de por qué había en la época una crisis de «vocaciones» científicas, especialmente entre las mujeres. No sabría decir si esa situación sigue siendo parecida hoy en nuestros entornos, aunque lo que plantea el  texto más en general sí que me parece que sigue estando muy vigente.

[La relación del sonámbulo fóbico con las fuerzas productivas]

El investigador casto de Boyle tiene una definición suficientemente general de los valores que corresponden a la objetividad científica: requiere la renuncia a «las grandes cuestiones» que seducen a la opinión, que «siempre está errada». Y esta castidad puede ser reclamada por todas las ciencias, en el nombre de no confundir «hechos» con «valores». Por su parte, el «sonámbulo fóbico» pertenece específicamente a aquellas ciencias que, desde el siglo XIX, pueden caracterizarse por su papel crucial en el desarrollo de las llamadas fuerzas productivas. Y esto no es ningún accidente. Los investigadores sonámbulos nacieron en un laboratorio que ya no era asimilable al de la disciplina monástica del cultivo del espíritu en el que perder el tiempo era un pecado. El laboratorio se define ahora por los imperativos del ganar tiempo, la competición y la velocidad. La disciplina ascética ya no es el motivo por el que los investigadores se abstienen de plantear «las grandes preguntas», sino más bien porque su formación, activamente, les ha hecho dar la espalda a estas preguntas. Todo lo que les pueda distanciar de su disciplina ha sido excluido, calificado como «pérdida de tiempo» o, peor, como camino hacia la duda. En otras palabras, el fóbico, para el que la duda es el enemigo, es antes que nada una persona que nunca aprendió a dar un paso hacia el lado, y que por tanto no sabe como reducir su velocidad sin perder el equilibrio.

[P. 39] Pero, a pesar de esto, los «verdaderos» investigadores sonámbulos no son completamente ciegos del mundo que los rodea. No lo ignoran, pero, ciertamente, no le otorgarán el poder de hacerlos vacilar. Descifran el mundo en término de oportunidades. Uno se los puede representar como en estado de alerta, atentos a la posibilidad de que se presente lo que para ellos cuenta, aquello que interesa a quien pueda extraer valor de sus resultados.  Y serán tanto más innovadores y emprendedores, cuanto más ignoren, con apropiado desprecio viril, los múltiples y entrelazados aspectos del problema que se supone que están considerando.

Un ejemplo reciente y llamativo es, por supuesto, la pretensión de los biólogos moleculares de que sus cepas [strains] de plantas genéticamente modificadas podrían resolver el problema del hambre en el mundo. La dimensión generizada [gendered dimension] estaba clara en el desprecio fóbico de las dudas de sus colegas que llamaban la atención sobre las razones socioeconómicas del hambre, las desigualdades sociales que corrían el riesgo de ampliarse, la destrucción de los modos de producción agrícolas existentes o las diferencias entre los OGM creados en el laboratorio y los que se plantan en cientos de miles de hectáreas. En este caso, los científicos sociales y los científicos que trabajan sobre el terreno eran como mujeres con demasiada sensibilidad, que solo pueden hablar de riesgos e incertidumbres. Si las hubiéramos escuchado en el pasado, habríamos pensado que la electricidad era peligrosa, y aún andaríamos en carros y a caballo. Un verdadero investigador debe saber como asumir los riesgos y como aceptar el precio del progreso. Pero en cuanto a saber quién puede quedar expuesto a estos riesgos… Bueno, esa es otra gran pregunta…

[El nuevo escenario y la dócil sumisión]

No confiemos demasiado en que los sonámbulos fóbicos vayan a despertarse debido a los daños de la [p. 40] economía del conocimiento. Puede decirse que de diferentes maneras se ha comunicado a los investigadores que «la fiesta ha terminado» – hoy tienen que someterse a las mismas normas que todo el mundo. Nadie puede escaparse de las exigencias de la flexibilidad y la competencia. Y esto significa la eliminación, en todas las ciencia sin excepción, de aquellos individuos que no tienen – o no hacen – lo necesario para mantener una carrera. La brutal redefinición de sus trabajos sin duda ha hecho refunfuñar a muchos investigadores. Aunque al final, lo hicieran bastante discretamente. Y de forma tragicómica muchos de ellos culparon a «la opinión pública» (sí, una vez más) por su incapacidad de entender que hay que dejar sola a la ciencia para que pueda dar fruto. Los políticos, infectados por esta opinión, han ratificado este «aumento de la irracionalidad» que significa que el «público» ya no respete la ciencia (de ahí la deserción en masa por parte de los jóvenes de los estudios científicos). La idea de que pudiera haber las más mínima relación entre este abandono de las ciencias y lo que está ocurriendo en el mundo parece casi indecible. El avance del conocimiento se debe a sí mismo el perseverar heroicamente en contra de todo tipo de hostilidades.

Es fácil prever que la nueva generación de investigadores sonreirá cínicamente ante las evocaciones de los viejos tiempos cuando los científicos eran los que planteaban sus propias preguntas. Pero no hay duda de que disfrutarán de una nueva «construcción generizada» [* nota pendiente] como recompensa por su coraje haciendo causa común con los empresarios mientas que las almas sensibles denunciaban devastaciones ecológicas y crecientes desigualdades sociales. El «verdadero investigador» será aquel que sepa que el destino humano exige terribles sacrificios y que nada debe obstaculizarlo. Mientras tanto, la nueva construcción tan solo prolongará la animadversión, ya cultivada en nombre del progreso, hacia aquellos «charlatanes de las grandes ideas», que difunden la duda, la preocupación y el desorden. [p, 41] Desde que empecé a comprender con más claridad lo que estaba pasando, incluidas la relativa sumisión y la pasividad de los investigadores, me tomo muy en serio lo que Virginia Woolf ya diagnosticó en su día como «prostitución intelectual» — la docilidad de aquellos que, sin estar atados como lo están los trabajadores asalariados, aceptan trabajar y pensar donde y como les digan. Aunque en realidad, ¿a qué podrían apelar cuando ellos mismos habían venido oponiendo de manera sistemática la objetividad científica y las preocupaciones políticas? ¿Cómo podrían discutir públicamente el desastre cuando no quieren que el público pierda la confianza en «su» ciencia o empiece a entrometerse en cosas que no le conciernen? La «madera del verdadero investigador» y su dependencia de las demarcaciones místicas les prohíben preguntarse, junto a otras, la pregunta de Woolf sobre esta civilización en la que nos encontramos [*]. Este «verdadero investigador» sólo puede quejarse e intentar – aunque siempre, cada hombre por sí mismo – encontrar caminos y medios para tratar de proseguir aquello que llama «buena investigación», aquello que hace que «la ciencia avance».#

[*] Nota: La referencia a Virginia Woolf, en la primera parte del texto, donde proponía la necesidad de que lxs universitarixs, lxs investigadorxs nunca dejarán de preguntarse por el tipo de mundo, de civilización, que con su trabajos y su actitud estaban construyendo.

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A partir de aquí empezaría la tercera parte, con la sección titulada Desmovilización, en la que se formula una cierta propuesta para tratar de mejorar la situación descrita.

Emily Dickinson: «Tan imperceptiblemente como el duelo» — traducción

Imagen: Daguerrotipo de Emily Dickinson, hacia 1846-47. La única foto que parece que nos queda de ella. Fuente: Wikipedia / Amherst College Archives & Special Collections.

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As Imperceptibly as Grief / Tan imperceptible como el duelo

Emily Dickinson

Notas y traducción de José Pérez de Lama

Este poema de Emily Dickinson (Norteamérica, 1830-1886), sobre el verano que pasa, pero también la vida — y quizás, se me ocurría traduciéndolo, sobre la amistad o el amor o las personas que pasan por nuestras vidas.

Va primero el original y luego una prueba de traducción, en proceso — más del sentido de lo que creo que dicen las palabras que con vocación de buscar una forma poética. No encontré de momento ninguna otra traducción al español en Internet. Sigue el poema, primero en inglés, y luego en español.

As Imperceptibly as grief
The summer lapsed away,—
Too imperceptible, at last,
To seem like perfidy.

A quietness distilled,
As twilight long begun,
Or Nature, spending with herself
Sequestered afternoon.

The dusk drew earlier in,
The morning foreign shone,—
A courteous, yet harrowing grace
As guest who would be gone.

And thus, without a wing,
Or service of a keel,
Our summer made her light escape
Into the beautiful.

Y ahora mi versión en español:

Tan imperceptiblemente como el duelo
El verano se iba yendo,—
Demasiado imperceptible, al fin,
Para parecer perfidia.

Una quietud destilada,
Como de anochecer avanzado,
O la Naturaleza, que se fuera deshaciendo
En la tarde secuestrada.

La oscuridad llegó temprano,
la mañana extraña brilló,—
Una cortés, pero dolorosa gracia
como de invitado que se fue.

Y así, sin ala alguna,
O ayuda de quilla,
Nuestro verano hizo su suave huida
hacia lo bello.

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Un par de comentarios sobre la traducción:

Con el Or Nature, spending with herself / Sequestered afternoon aventuré un poco con el deshaciéndose a sí misma — pensé también la posibilidad de consumiéndose, como el fuego o como una persona que se consume… pero la connotación económica-mercantil no me gustó.

En A courteous, yet harrowing grace / As guest who would be gone, el harrowing, el Merriam Webster dice: «acutely distressful or painful», esto es, «agudamente inquietante o doloroso», opté por el «doloroso». También podría ser «desasosegante», rimando con Pessoa, o «angustioso»…

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Nota final del autor de la entrada / traductor: Según informa la plataforma ésta es la entrada número 250 en este blog, ArquitecturaContable, que empezamos en 2014. Un modesto motivo de celebración para lxs editorxs. Nos tomaremos próximamente alguna copilla a la salud de todxs, en especial de lxs lectorxs.

También hoy, hace ocho meses que se murió mi padre. Y aunque él no fuera demasiado aficionado a la poesía, sirva este poema sobre el paso de los veranos y de la vida como testimonio de mi recuerdo.

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Referencias

Emily Dickinson en Wikipedia: https://en.wikipedia.org/wiki/Emily_Dickinson

Litcharts, una explicación en inglés del poema: https://www.litcharts.com/poetry/emily-dickinson/as-imperceptibly-as-grief

 

Pope y Cavafy: dos poemas sobre la soledad y la vida retirada


Grabado de J. Mason según Haeckel, 1749, de la la villa de Alexander Pope en Twickenham, aldea al oeste de Londres, donde vivió el poeta desde 1719 a 1744, fecha de su muerte. Fuente de la imagen: http://fulltable.dyndns.org/vts/a/artman/pope/a.htm

Dos poemas sobre la soledad y la vida retirada, cosas sobre las que vengo estudiando y que sobre todo vengo explorando, prácticamente, desde hace unos años.

Entre otros textos, como el ensayo De la Soledad, de Michel de Montaigne, he estado pensando sobre estos dos poemas.  Se trata de la soledad o la vida retirada como situaciones en que, ya sea por las circunstancias, ya por el carácter del que la busca, éstas se plantean como la mejor opción para tratar de hacer una vida virtuosa y rica. Aunque sí que conviene señalar el título del primero de los ensayos de Montaigne: Por diversos medios llegamos a parecidos fines. A unos en algún momento irán bien estos medios, a otros en otras circunstancias le irán bien otros.

Dicho esto, el primero de los poemas es el muy célebre de Alexander Pope (1688-1744), Oda a la soledad, también llamado Sobre la vida tranquila. No deja de llamarme la atención que el poeta lo escribió con doce años. Independientemente de las circunstancias de la vida de Pope que lo harían sensible al tema, incluso de niño, se trata de una versión de la fórmula clásica denominada beatus ille — felices o contentos aquellos — que debe su nombre al inicio de un poema de Horacio.

Pope, según leo, tradujo de bastante joven las obras de Homero, con lo que hizo fortuna, y se pudo comprar la villa de la imagen, para perfeccionar así su vida retirada. Una bonita historia — me parece. El poema, primero en inglés, y luego dos versiones en castellano / español.

Happy the man, whose wish and care
      A few paternal acres bound,
Content to breathe his native air,
                        In his own ground.

Whose herds with milk, whose fields with bread,
      Whose flocks supply him with attire,
Whose trees in summer yield him shade,
                        In winter fire.

Blest, who can unconcernedly find
      Hours, days, and years slide soft away,
In health of body, peace of mind,
                        Quiet by day,

Sound sleep by night; study and ease,
      Together mixed; sweet recreation;
And innocence, which most does please,
                        With meditation.

Thus let me live, unseen, unknown;
      Thus unlamented let me die;
Steal from the world, and not a stone
                        Tell where I lie.

Dos versiones en español / castellano. La primera de Antonio Lastra y Ángeles García Calderón (2017):

Feliz el hombre cuyos anhelos e inquietudes
se encierran entre unos pocos acres paternos,
contento de respirar el aire de su infancia,
en su propia tierra,

cuyas vacas le dan leche, pan los campos,
cuyas ovejas lo proveen de vestido;
en verano los árboles le proporcionan sombra,
en invierno fuego.

Bendito aquel que puede vivir sin cuidado
viendo pasar tranquilo horas, días y años;
rebosante de salud y serena la actitud, tranquilo
durante el día.

El sueño de noche, el estudio y la calma
se unen entre sí en dulce recreo,
y la inocencia, que tanto satisface
con la meditación.

Dejadme vivir, inadvertido, ignoto;
dejadme morir sin lamento
y abandonar el mundo sin que lápida alguna
delate mi reposo.

La segunda, la encuentro en una reseña de la anterior, según dice el autor, Juan de Dios Torralbo Caballero (2017), tratando de evocar algo más la métrica y el ritmo del original:

Feliz el hombre cuyos deseos y cuidados
están ligados a unos pocos acres paternos;
feliz por respirar el aire de su infancia,
allí en su propia tierra.

Cuyas vacas le dan leche y los campos pan,
sus ovejas lo surten de vestidos de lana;
en verano sus árboles le proporcionan sombra,
en el invierno fuego.

Bendito aquel que puede vivir despreocupado
viendo pasar tranquilo horas, días y años;
de salud rebosante y la mente serena,
durante el día tranquilo.

El silencio nocturno, el estudio y la calma
se funden entre ellos en un dulce recreo;
y la inocencia, que tanto satisface,
con la meditación.

Déjenme pues vivir, inadvertido, ignoto;
déjenme pues morir sin proferir lamentos;
abandonar el mundo y que ninguna lápida
delate mi reposo.

El intenso, romántico final del poema de Pope, «Steal from the world / and not a stone / Tell where i lie«, no deja de recordarme la máxima epicúrea que dice, «Vive oculto».

En tanto que fórmula clásica, mi propio abuelo había colocado en la puerta de su casa del campo, en la que mi madre y su familia vivieron bastante tiempo, un azulejo con una versión del beatus ille. El tema me era familiar desde siempre.

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El segundo de los poemas, Cuanto puedas, de C.P. Cavafy se corresponde menos con la fórmula clásica. A mi juicio sugiere más una retirada en uno mismo. Es más moderno, tal vez más actual en los sentimientos que expresa. Reproduzco una traducción clásica y algo libre de E. Vidal y J.A. Valente, una en inglés, posiblemente de un pariente, al menos alguien contemporáneo que tiene el mismo nombre. Estas versiones proceden de un post muy bello de Javier Sánchez, profesor de griego, con múltiples versiones del poema. En este post de J. Sanchez se puede leer y oír la versión original en griego. No me deja de sorprender la gran variedad de traducciones.  Añado, aprovechando esta circunstancia, una versión mía — poco poética, pero en la que he intentado expresar lo que yo interpreto del poema. Seguiré dándole alguna vuelta.

Cuanto puedas

Si imposible es hacer tu vida como quieres,
por lo menos esfuérzate
cuanto puedas en esto: no la envilezcas nunca
por contacto excesivo
con el mundo que agita movedizas palabras.

No la envilezcas nunca
en el tráfago inútil
o en el necio vacío
de los rostros diarios
y al cabo te resulte un huésped importuno.

E. Vidal y J. Á. Valente, en C. Cavafis, Veinticinco poemas, Caffarena & León, Málaga, 1964.

La versión en inglés:

All you can

Even if you cannot have the life you would,
endow the life you have with this at least:
do all you can to avoid debasing it
in the continuous contact with the world,
in the continuous restlessness and talk.

Do not debase it by walking it about —
by going often and exposing it
amid the daily trivialities
of your acquaintance and their gatherings,
till like some hanger-on it pesters you.

Traducción: J. Cavafy, en Poems by C. P. Cavafy, Ikaros, Atenas, 2003.

Y la mía, en proceso…

Y si no puedes hacer tu vida como la quisieras,
esto intenta al menos,
cuanto puedas: No la rebajes,
en los muchos compromisos mundanos,
en la inquietud y los muchos discursos.

No la rebajes llevándola de un lado a otro
sin parar, exponiéndola
ante los conocidos, en la reuniones,
— la banalidad cotidiana —,
hasta haberla convertido en una extraña carga.

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La vida retirada hoy no está demasiado valorada. Lo que solemos admirar es la vida activa. El pensamiento dominante diría que la valora como una especie de rendición. Uno que viene tanto del mundo del activismo como del mundo del compromiso y la responsabilidad con el tiempo que nos ha tocado vivir siente esa presión. Y sin embargo, cada vez más, lo piensa también como una manera de resistencia, o más precisamente de exploración de otras forma de vivir ajenas a la competencia, el consumo, el productivismo, la velocidad, la innovación, el crcimiento…, esenciales al sistema capitalista-tecnológico.

Esta discusión es bien larga y seguro que puede estar llena de matices. Subí a este mismo blog recientemente algunas entradas relacionadas.

Una, comentando una entrevista con David Graeber, poco antes de morir, en que se preguntaba si la obsesión con el trabajo no sería responsable de nuestra incapacidad de abordar la problemática del cambio climático: Recordando a David Graeber: ¿es la actitud moralista en relación con el trabajo la que está acabando con el planeta? , en: https://arquitecturacontable.wordpress.com/2020/09/10/graeber-actitud-trabajo-acabando-con-planeta/

Otra, comentando una máxima de Marco Aurelio en que proponía, desde el punto de vista del bienestar y la paz interior, prescindir en nuestra actividad de todo aquello que no fuera necesario: Emprende pocas cosas si quieres gozar de tranquilidad de ánimo, en: https://arquitecturacontable.wordpress.com/2021/04/01/emprende-pocas-cosas/

Estos días leía un artículo sobre los afectos (tristes) en que se planteaba la no acción o la vida retirada como forma de resistencia, como decía antes, a la hiperactividad que parece ser imperativo del capitalismo actual. La primera mitad de este texto me gustó mucho; la segunda menos. Gabriel Winant, 2015, We Found Love in a Hopeless Place. Affect theory for activists, en: https://nplusonemag.com/issue-22/essays/we-found-love-in-a-hopeless-place/

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#referencias

En construcción; pendientes de completar & ordenar:

Beatus ille: sociología divertida…

Fray Luis de León, Oda a la vida retirada: https://www.poemas-del-alma.com/fray-luis-de-leon-oda-i—vida-retirada.htm

https://en.wikipedia.org/wiki/Pope%27s_villa

https://www.poetryfoundation.org/poems/46561/ode-on-solitude

«Vive oculto»: Epicuro. Filosofía para

Pope, Alexander. Ensayo sobre el hombre y otros escritos. Antonio Lastra (ed., trad.), Ángeles García Calderón (trad.). Madrid: Cátedra. 2017. 322 pp. ISBN: 978-84-376-3711-2.

Javier Sánchez, 2020, Leyendo a Cavafis (Όσο Mπορείς): https://paulatinygriego.wordpress.com/2020/11/27/leyendo-a-cavafis-%CF%8C%CF%83%CE%BF-m%CF%80%CE%BF%CF%81%CE%B5%CE%AF%CF%82/

Oda a la soledad, versión de Maristany: http://nadiesalvoelcrepusculo.blogspot.com/2017/03/beatus-ille-15-oda-la-soledad-alexander.html

David Graeber: ¿De qué nos vale si no podemos pasarlo bien?

Imagen: Jardín chino con puente y dos amigos, como en la historia con que concluye el texto de Graeber:  Huxinting (湖心亭), ‘The Willow Pattern Tea House’, Shanghai (上海), fotografía de c. 1875, fuente: 2012 Billie Love Historical Collection, Universidad de Bristol, https://www.hpcbristol.net/visual/bl-s088

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Post en construcción

¿De qué nos vale si no podemos pasarlo bien?

Título original: What’s the Point if We Can’t Have Fun? — David Graeber, 2014, publicado en The Baffler, n.º 24, January: https://thebaffler.com/salvos/whats-the-point-if-we-cant-have-fun

También puede verse en: https://usa.anarchistlibraries.net/library/david-graeber-what-s-the-point-if-we-can-t-have-fun-2

Traducción provisional de José Pérez de Lama con la colaboración de Kamen Nedev / mayo-junio de 2021.

La traducción es homenaje y testimonio de nuestra admiración por el autor.  Agradecemos a Nika Dubrovsky su autorización para publicarla.

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¿De qué vale si no podemos pasarlo bien?

David Graeber

Una vez, mi amiga June Thunderstorm y yo pasamos media hora sentados en un prado cerca de un lago de montaña, mirando cómo una oruga – inchworm – se balanceaba colgando de una brizna de hierba, retorciéndose en todas las direcciones posibles, saltando a continuación a la siguiente hoja para volver a hacer lo mismo. Y así procedió, trazando un amplio círculo, en lo que tenía que ser un enorme gasto de energía, para lo que parecía que no tenía ninguna razón en absoluto.

«Todos los animales juegan», me dijo una vez June. «Incluso las hormigas». Se había pasado muchos años como jardinera profesional y había tenido muchas experiencias como aquella y hablaba con conocimiento de causa. «Mira», me dijo con aire de modesto triunfo, «¿ves lo que quiero decir?»

La mayoría de nosotros al oír esta historia, insistiríamos en la necesidad de pruebas. ¿Cómo sabemos que la oruga estaba jugando? Quizás los círculos invisibles que trazaba en el espacio eran realmente parte de la búsqueda de algún tipo desconocido de presa. O de un ritual de apareamiento. ¿Podemos probar que no lo eran? Incluso si la oruga hubiera estado jugando, ¿cómo sabemos que esa forma de juego no servía en última instancia a alguna finalidad práctica?, ¿que no era un ejercicio o un entrenamiento de cara a una posible futura emergencia «oruguil»?

Y esa sería también la reacción de la mayoría de los etólogos profesionales. En términos generales, un análisis del comportamiento animal no se considera científico si no se asume, al menos tácitamente, que el animal esté operando según el cálculo de medios y fines que uno aplicaría a una transacción económica. Bajo esta asunción, todo gasto de energía debe estar dirigido hacia algún objetivo, ya sea la obtención de comida, ya proteger el territorio, ya maximizar el éxito de la reproducción – a menos que uno pueda probar de manera absoluta que no sea así, y una prueba absoluta en este tipo de cuestiones es, como puede imaginarse, muy difícil de conseguir.

Tengo que enfatizar aquí que da igual qué tipo de teoría de la motivación animal sostenga la científica: lo que crea que un animal esté pensando, o si piensa que se pueda decir de un animal que «piense» algo. No estoy diciendo que los etólogos crean efectivamente que los animales sean simples máquinas racionales de cálculo. Estoy diciendo que los etólogos se han encasillado a sí mismos en un mundo en el que ser científico significa ofrecer una explicación de los comportamientos en términos racionales – lo que a su vez significa describir a los animales como si fueran actores económicos calculadores que intentan maximizar algún tipo de interés propio – sea cual sea su teoría de la psicología o de la motivación animal.

Por eso la existencia del juego animal es considerada un escándalo intelectual. Está poco estudiado, y aquellos que lo estudian son vistos como personajes más bien excéntricos. Como ocurre con muchas otras nociones especulativas que se perciben como vagamente amenazantes, se introducen criterios difíciles de satisfacer para probar que exista el juego animal. E incluso cuando la existencia del juego es aceptada, la mayoría de las veces, las propias investigadoras canibalizan sus intuiciones tratando de demostrar que el juego tiene que servir a largo plazo para alguna función de supervivencia o reproductiva.

Y a pesar de todo, las que estudian el asunto de manera invariable llegan a la conclusión de que el juego existe a través de todo el universo animal. Y que existe, no sólo entre criaturas notoriamente frívolas como los monos, los delfines o los cachorros, sino también en especies tan inesperadas como las ranas, los pececillos, las salamandras, los cangrejos violinistas, y sí, también entre las hormigas – que no sólo se dedican a actividades frívolas como individuos, sino que también han sido observadas desde el siglo diecinueve organizando simulaciones de guerras, aparentemente, solo por diversión.

¿Por qué juegan los animales? Bueno, ¿por qué no deberían hacerlo? La verdadera pregunta es: ¿Por qué nos parece misteriosa la existencia de acciones que se hacen por el puro placer de hacerlas? ¿O el ejercicio de capacidades por el puro placer de ejercitarlas? ¿Qué nos dice sobre nosotros mismos el que instintivamente asumamos que cosas así nos parezcan misteriosas?

Nota de los traductores: Este párrafo de cierre de la primera sección nos parece bien bonito. Muestra la brillantez de Graeber sorprendiendo a los lectores con sus hipótesis y preguntas.

La supervivencia de los inadaptados

La tendencia del pensamiento convencional a ver el mundo biológico en términos económicos ya estaba presente en los inicios decimonónicos de la ciencia darwiniana. Al fin y al cabo, Charles Darwin tomó prestado el término «supervivencia de los más adaptados» del sociólogo Herbert Spencer, tan querido por los robber barons.[nota] Spencer, a su vez, quedó impresionado por la concordancia entre las fuerzas de la selección natural según se describían en Sobre el origen de las especies y sus propias teorías económicas del laissez-faire. La competición por los recursos, el cálculo racional de los beneficios y la gradual extinción de los débiles fueron tomados como las principios organizadores del universo.

N. del T.: Siendo un término muy característico hemos preferido dejarlo en el original. Designa a los grandes empresarios monopolistas de finales del siglo XIX y principios del XX en los EEUU. Puede verse una entrada sobre el asunto en este mismo blog: https://arquitecturacontable.wordpress.com/2019/12/19/robber-barons-hobsbawm-sucesores-actuales/ 

Las implicaciones de esta nueva visión de la naturaleza como el teatro de la lucha brutal por la existencia eran importantes y enseguida se plantearon objeciones. En Rusia surgió una escuela alternativa al darwinismo, que enfatizaba la cooperación en lugar de la competición en tanto que principal fuerza impulsora del cambio evolutivo. En 1902 esta visión se difundió a través de un libro de éxito popular, La ayuda mutua: factor evolutivo, del naturalista y panfletista anarquista, Piotr Kropotkin. En una réplica explícita a los darwinistas sociales, Kropotkin argumentaba que todo el fundamento teórico del darwinismo social era erróneo: son las especies que cooperan con mayor eficacia las que tienden a ser más competitivas en el largo plazo. Kropotkin, que fue príncipe por nacimiento (renunció a este título de joven), había pasado muchos años en Siberia como naturalista y explorador antes de ser encarcelado por agitador revolucionario, para a continuación escapar e instalarse en Londres. El apoyo mutuo se basó en una serie de ensayos escritos en respuesta a Thomas Huxley, un conocido darwinista social, y resumía la posición rusa de la época sobre el asunto que sostenía que mientras que la competición era indudablemente un factor que impulsaba tanto la evolución natural como la social el papel de la cooperación era en última instancia el decisivo.

El desafío ruso – aunque raramente se lo llamara por este nombre – fue tomado muy en serio por la biología del siglo XX – particularmente por la emergente sub-disciplina de la psicología evolutiva. Pasó a ser estudiado incluyéndolo en el más amplio «problema del altruismo» – otra expresión tomada de los economistas, que se tiende a confundir con los argumentos de los teóricos de la «elección racional» en las ciencias sociales. Aquella era la cuestión que ya había preocupado a Darwin: ¿Por qué algunos animales sacrificaban su ventaja individual para favorecer a otros? Porque nadie puede negar que en ocasiones lo hacen. ¿Por qué razón un animal atraería hacia sí la atención potencialmente letal de un depredador para avisar a los otros miembros de la manada? ¿Por qué se matan a sí mismas las abejas trabajadoras para proteger el enjambre? Si proponer una explicación científica de este comportamiento supone atribuir motivos racionales, maximizadores – entonces, ¿qué, exactamente, es lo que trata de maximizar una abeja kamikaze?

Todos sabemos cuál fue la respuesta a esta pregunta, hecha posible por el descubrimiento de los genes: los animales simplemente trataban de maximizar la propagación de su propio código genético. Curiosamente, esta visión – que posteriormente recibiría el nombre de neo-darwinismo – fue principalmente desarrollada por figuras que se consideraban a sí mismas radicales de uno u otro tipo. Jack Haldane, biólogo marxista, ya andaba en la década de 1930 intentando molestar a los moralistas proponiendo que, como cualquier entidad biológica, él mismo habría estado contento de sacrificar su propia vida por «dos hermanos u ocho primos». La culminación de esta línea de pensamiento llegó con el libro del ateo militante Richard Dawkins, The Selfish Gene [El gen egoísta]. Esta obra insistía en que para pensar cualquier entidad biológica lo mejor era concebirla como un «torpe robot» [lumbering robot], programado por códigos genéticos y que, por alguna razón que nadie puede del todo explicar, actúa como un eficaz gánster chicagoano [successful Chicago gangsters]: extendiendo implacablemente sus territorios, impulsado por un inagotable deseo de propagación. Típicamente estas descripciones incluían expresiones tales como, «Por supuesto, esto es sólo una metáfora, los genes “en realidad” no quieren o hacen nada». Pero en la práctica los neo-darwinistas se dejaban conducir a las conclusiones por sus asunciones iniciales: que la ciencia exige una explicación racional, que esto significa atribuir motivos racionales a todos los comportamientos y que una motivación verdaderamente racional sólo puede ser aquella que si la observáramos en humanos sería normalmente caracterizada como egoísmo o codicia.

Como resultado, los neo-darwinistas fueron incluso más lejos que la variedad victoriana. Si los darwinistas de la vieja escuela como Herbert Spencer veían la naturaleza como un mercado, aunque fuera un mercado especialmente encarnizado, la nueva versión era definitivamente capitalista. Los neo-darwinistas no sólo asumieron la lucha por la supervivencia, sino, más aún, un universo de cálculo racional impulsado por un imperativo, aparentemente irracional, de crecimiento ilimitado.

Así fue, en cualquier caso, como se entendió el desafío ruso. El argumento real de Kropotkin es, sin embargo, mucho más interesante. En buena parte, por ejemplo, se preocupa por cómo la cooperación animal con frecuencia no tiene nada que ver con la supervivencia o la reproducción, sino que es una forma de placer en sí misma. «Echarse a volar en bandadas solo por placer es bastante común entre todo tipo de pájaros», escribió. Kropotkin multiplica los ejemplos de juego social: parejas de buitres que dan vueltas en el aire por diversión, liebres a las que les gusta tanto boxear con otras especies que a veces (y poco prudentemente) incluso se acercan a zorros, bandadas de pájaros que hacen maniobras de estilo militar, bandas de ardillas que se juntan para pelear y juegos similares [sigue cita larga]:

Sabemos en la actualidad que a todos los animales, empezando por las hormigas, pasando por los pájaros y acabando con los mamíferos superiores, les gustan los juegos, las peleas, perseguirse, tratar de alcanzarse unos a otros, picarse unos a otros [teasing ecah other] y cosas así. Y si bien muchos juegos son, por así decirlo, una escuela para el comportamiento de los jóvenes en su futura edad madura, hay otros que, además de sus propósitos utilitarios, son, junto con el bailar y el cantar, meras manifestaciones de un exceso de fuerzas – «la alegría de vivir», y un deseo de comunicarse de una u otra manera con otros individuos de la misma o de otras especies – en resumen, una manifestación de la sociabilidad propiamente dicha, que es una característica distintiva del mundo animal.

Ejercitar las propias capacidades en la máxima medida posible es disfrutar de la propia existencia, y en el caso de criaturas sociales, estos placeres se amplifican proporcionalmente cuando se ejercen en compañía. Desde la perspectiva rusa esto no necesita ser explicado. Es simplemente lo que la vida es. No tenemos que explicar por qué las criaturas desean estar vivas. La vida es un fin en sí mismo. Y si vivir consiste realmente en tener potencias [powers] – correr, saltar, volar por el aire – entonces es seguro que el ejercicio de estas potencias como un fin no tiene tampoco que ser explicado. Es sólo una extensión del mismo principio.

N. del T.: Otro párrafo extraordinario, sorprendente frente al pretendido «sentido común». Quizás sea éste el corazón del texto.

Friedrich Schiller ya había argumentado en 1795 que era precisamente en el juego donde encontramos los orígenes de la conciencia de nosotros mismos [de sí mismo], y por tanto de la libertad, y por tanto de la moralidad. «Los humanos juegan sólo cuando son en todo el sentido de la palabra humanos», escribió Schiller en Sobre la educación estética del ser humano [nota], «y sólo son completamente humanos cuando están jugando». Si esto fuera así, y si Kropotkin hubiera estado en lo cierto, entonces los centelleos de libertad, o incluso de vida moral, empezarían a aparecer por todo partes a nuestro alrededor.

N. del T.: El alemán más políticamente correcto, al menos en esto, dice Menschen: «seres humanos», «humanos» o «personas», en lugar de «hombres» que dice el inglés, que dificulta un poco la traducción: Über die ästhetische Erziehung des Menschen in einer Reihe von Briefen. Puede verse un comentario en este sentido aquí: https://sites.google.com/site/germanliterature/18th-century/schiller/on-the-aesthetic-education-of-man

Es poco sorprendente, así, que este aspecto del argumento de Kropotkin fuera ignorado por los neo-darwinistas. Al contrario que «el problema del altruismo», la cooperación por placer, como un fin en sí mismo, simplemente era imposible de recuperar para fines ideológicos. De hecho, la versión de la lucha por la existencia que emergió durante el siglo XX tenía incluso menos espacio para el juego que la antigua versión victoriana. El propio Herbert Spencer no tenía ningún problema con la idea del juego animal como mero disfrute de la energía sobrante: igual que un empresario o comerciante de éxito podía volver a casa y jugar una agradable partida de polo o de cartas, ¿por qué los animales que triunfaban en la lucha por la vida no iban a tener un rato de diversión? Pero en la nueva versión completamente capitalista de la evolución, en la que la pulsión [drive] de acumulación no tiene límites, la vida ya no era un fin en sí mismo, sino un mero instrumento para la propagación de las secuencias de ADN – y así la misma existencia del juego se convertía en un escándalo.

¿Por qué «yo»? [Why Me?]

No es solo que los científicos sean reacios a tomar un camino que podría llevarlos a tener que reconocer el juego entre lo animales – y en consecuencia, también, las semillas de la autoconciencia, la libertad y la vida moral. Lo que ocurre es que muchos ven cada vez más difícil adscribir cualquiera de estas cosas incluso a los propios seres humanos. Una vez que reduces a todos los seres vivos al equivalente de actores de mercado [market actors], máquinas racionales de cálculo que tratan de propagar su código genético, aceptas no sólo que las células que componen nuestros cuerpos carecen de cualquier cosa incluso remotamente parecida a la auto-consciencia, la libertad o la vida moral — sino también que todos los otros seres que habrían sido nuestros ancestros tampoco tenían nada de eso. Lo que, además, en primer lugar, hace difícil de entender cómo o por qué la conciencia (una mente, un alma) habría podido, en un momento dado, llegar a desarrollarse.

El filósofo estadounidense Daniel Dennett enmarca el problema con notable lucidez. Consideremos las langostas, argumenta – son meros robots. Las langostas pueden sobrevivir sin el menor sentido de sí mismas. No es posible preguntar cómo es ser una langosta. No es nada. [It’s not like anything]. Carecen de cualquier cosa que se parezca a una consciencia; son máquinas. Pero si esto es así, argumenta Dennett, lo mismo debe ser asumido en toda la escalera evolutiva, desde las células que forman nuestros cuerpos hasta criaturas tan elaboradas como los monos o los elefantes, acerca de los cuales, a pesar de sus cualidades tan parecidas a las de los humanos, no podemos probar que piensen sobre lo que hacen. Esto es así, hasta que de pronto, Dennett llega a los humanos, quienes – si bien flotan en piloto automático el 95 por ciento de su tiempo – sin embargo parecen tener este «yo», este yo consciente injertado encima suya, que aparece ocasionalmente para supervisar lo que ocurre, interviniendo para decirle al sistema que busque un nuevo trabajo, que deje de fumar o que escriba un artículo académico sobre los orígenes de la consciencia. En la formulación de Dennet [sigue cita larga]:

Sí, tenemos un alma. Pero esta hecha de muchos pequeños robots. De alguna manera, los billones de células robóticas (y sin consciencia) que componen nuestros cuerpos se organizan a sí mismas en sistemas interactivos que llevan a cabo las actividades que tradicionalmente se adjudican al alma, el ego o el uno-mismo [the self]. Pero habiendo aceptado que los robots simples carecen de consciencia, (que las tostadoras y los teléfonos carecen de consciencia), [podemos preguntarnos] ¿por qué no podrían equipos de robots de este tipo hacer proyectos algo mejores sin necesidad de componerme a mí? Si el sistema inmune tiene su propia mente, y el circuito de coordinación mano-ojo que coge pequeños frutos tiene su propia mente, ¿por qué molestarse en hacer una súper-mente que supervise todo eso?

La respuesta de Dennett no es particularmente convincente: sugiere que desarrollamos la consciencia para poder mentir, lo que nos proporciona una ventaja evolutiva. (Si fuera así, ¿no serían conscientes también los zorros?) Pero la pregunta se hace más difícil en orden de magnitud cuando nos preguntamos, ¿cómo sucede todo esto? – «el problema difícil de la consciencia», tal como lo denomina David Chalmers. ¿Cómo se combinan células y sistemas aparentemente robóticos para dar ocasión a experiencias cualitativas? ¿Para sentir desánimo, saborear vino, adorar la cumbia pero ser indiferente a la salsa? Algunos científicos son suficientemente sinceros como para admitir que no tienen la menor idea de cómo explicar este tipo de experiencias, y sospechan que nunca la tendrán.

¿Bailan los electrones?

Hay una salida al dilema, y el primer paso es considerar que nuestro punto de partida podría estar equivocado. Reconsideremos la langosta. Las langostas tienen una muy mala reputación entre los filósofos: las suelen proponer como ejemplo de criaturas puramente no pensantes y no sintientes. Presumiblemente esto sea así porque las langostas son el único animal que la mayoría de los filósofos han matado con sus propias manos antes de comérselas. Es desagradable meter a un animal que se resiste en una olla de agua hirviendo; uno necesita poder decirse a sí mismo que la langosta realmente no está sintiendo nada. (La única excepción a esta regla parece ser, por alguna razón, Francia, donde Gérard de Nerval solía pasear una langosta atada a una correa y donde Jean-Paul Sastrte, durante una temporada, se obsesionó eróticamente con las langostas tras haber tomar demasiada mescalina.) Pero, el hecho es que la observación científica ha revelado que incluso las langostas se implican en ciertas formas de juego – por ejemplo manipulando objetos según parece sólo por el placer de hacerlo. Si éste fuera el caso, llamar «robots» a criaturas así sería modificar el significado de la palabra «robot». Las máquinas no se dedican a hacer el tonto. Pero si al final resultara que las criaturas vivas no fueran robots, muchas de estas cuestiones aparentemente espinosas simplemente desaparecerían.

¿Qué pasaría si procediéramos desde la perspectiva opuesta y acordásemos tratar el juego no como una peculiar anomalía, sino como nuestro punto de partida, un principio ya existente no sólo en las langostas e incluso en todos los seres vivos, sino también en todos los niveles en los que encontramos lo que los físicos, químicos y biólogos denominan «sistemas auto-organizados»?

Esto no es ni mucho menos tan loco como puede parecer.

Los filósofos de la ciencia, enfrentados al rompecabezas de cómo la vida puede emerger de la materia muerta o cómo los seres conscientes pueden evolucionar de los microbios, han desarrollado dos tipos de explicaciones.

La primera consiste en lo que se denomina «emergentismo». El argumento aquí es que una vez que se alcanza un cierto nivel de complejidad, hay un tipo de salto cualitativo en el que pueden «emerger» tipos totalmente nuevos de leyes físicas – leyes que están basadas [en], pero que no se reducen a lo que hubo antes. De esta manera, las leyes de la química puede decirse que emergen de la física: las leyes de la química presuponen las leyes de la física, pero no pueden simplemente reducirse a éstas. Del mismo modo, las leyes de la biología emergen de la química: obviamente uno tiene que entender los componentes químicos de un pez para entender cómo nada, pero los componentes químicos nunca nos darán una explicación completa. Del mismo modo, la mente humana puede decirse que emerge de las células que la componen.

Aquellos que sostienen la segunda posición, habitualmente llamada «pan-psiquismo» o «pan-experiencialismo», están de acuerdo en que todo lo anterior pueda ser verdad, pero consideran que la emergencia no es suficiente. Tal como ha planteado recientemente el filósofo británico Galen Strawson, imaginar que se pudiera pasar de la materia insensible a ser capaz de discutir sobre la existencia de la materia insensible en sólo dos saltos es, simplemente, pedir demasiado a la emergencia. Tendría que preexistir ya algo «allí», en todos los niveles de la existencia material, incluso en el de las partículas subatómicas – algo, por mínimo y embrionario que fuera, que hiciera algunas de las cosas que estamos habituados a pensar que hace la vida (incluso la mente) – para que ese algo pudiera organizarse en niveles cada vez más complejos, y finalmente llegar a producir seres con consciencia de sí mismos. Ese «algo» podría ser, en efecto, algo mínimo: un sentido muy rudimentario de respuesta al propio entorno, algo como la anticipación, algo como la memoria. Por muy rudimentario que fuera, ese algo tendría que existir, para que sistemas auto-organizados como los átomos o las moléculas hubieran podido empezar a auto-organizarse, en primer lugar.

N. del T.: La teoría que se intuye es muy parecida a la teoría de la mente y de la forma de Gregory Bateson en los años 70. En Wikipedia se sugiere a Bateson, en efecto, como uno de los antecedentes de esta forma de ver las cosas, de lo que llaman «pan-psiquismo». También a A.N. Whitehead, que a su vez también sería un antecedente muy directo de Bateson. Sobre Bateson, véase en este mismo blog: https://arquitecturacontable.wordpress.com/2018/01/01/forma-sustancia-y-diferencia-gregory-bateson/

Todo tipo de cosas se cuestionan en este debate, incluyendo el peliagudo problema del libre albedrío [free will]. Tal como innumerables adolescentes habrán ponderando – con frecuencia estando «colocados» y contemplando por primera vez los misterios del universo – si los movimientos de las partículas que forman nuestro cerebro están ya determinados por las leyes naturales, entonces ¿cómo es posible decir que actuamos libremente? La respuesta común que conocemos desde Heisenberg es que los movimientos de las partículas atómicas no están predeterminados; la física cuántica puede predecir la posición a la que tenderán a saltar los electrones, por ejemplo, en conjunto, en una situación dada, pero es imposible predecir cómo vaya a saltar un electrón en particular en una situación concreta. Problema resuelto.

Excepto que no es realmente así – aún falta algo. Si todo esto significa que las partículas que forman nuestro cerebro están saltando aleatoriamente, uno aún tendría que imaginar alguna entidad inmaterial, metafísica (la mente), que interviniera para guiar las neuronas en direcciones no aleatorias. Pero esto sería circular: se necesitaría tener una mente, primero, para, después, hacer funcionar el cerebro como una mente.

Por contra, si estos movimientos no fueran aleatorios, se podría empezar a pensar, al menos, sobre una explicación material. Y la presencia en la naturaleza de inacabables formas de auto-organización – estructuras que se mantienen a sí mismas en equilibrio dentro de sus entornos, desde campos magnéticos a procesos de cristalización – ofrece en efecto a los «pan-psiquistas» gran cantidad de material con el que trabajar. Se puede insistir, argumentan, en que todas estas entidades, bien tienen que estar, simplemente, «obedeciendo» leyes naturales (leyes cuya existencia no necesita ser explicada), bien moviéndose de manera completamente aleatoria… Pero si se piensa así es porque ya se ha decidido que esa es la única manera en que se está dispuesto a considerar estos fenómenos. Lo cual deja como un perfecto misterio el hecho de que se tenga una mente capaz de tomar el tipo de decisiones que venimos discutiendo.

Por supuesto, esta aproximación siempre ha sido minoritaria. Durante la mayor parte del siglo XX, fue completamente dejada de lado. Es fácil tomarla a broma. («Un momento, ¿no estarás en serio cuando dices que las mesas piensan?» Pero no, nadie está sugiriendo eso; el argumento es que los elementos auto-organizados que constituyen una mesa, tales como los átomos, tienen en un nivel muy sencillo las cualidades que en un nivel exponencialmente más complejo, consideramos pensamiento.) Y sin embargo, en años recientes, especialmente con la nueva popularidad en ciertos círculos científicos de las ideas de filósofos como Charles Sanders Peirce (1839-1914) y Alfred North Whitehead (1861-1947), hemos empezado a ver algo como un renacimiento [revival] de estas maneras de ver las cosas.

Curiosamente, son sobre todo físicos los que se han interesados por estas ideas. (También matemáticos, quizás menos sorprendentemente, ya que ambos, Peirce y Whitehead, empezaron sus carreras como matemáticos.) Los físicos son criaturas más inclinadas al juego y menos taciturnas, que, digamos, los biólogos – en parte, sin duda, porque no suelen tener que enfrentarse con fundamentalistas religiosos que desafíen las leyes de la física. Son los poetas del mundo científico. Si alguien está ya dispuesto a aceptar objetos de trece dimensiones o un número ilimitado de universos alternativos o a sugerir casualmente que que el 95 por ciento del universo esté hecho de materia y energía oscuras sobre cuyas propiedades no sabemos nada, no parece un salto demasiado grande lo de considerar la posibilidad de que las partículas subatómicas tengan «libre albedrío» o incluso experiencias. Y en efecto, en la actualidad la existencia de libertad a nivel subatómico es objeto de agitado debate.

¿Tiene sentido decir que un electrón «elige» saltar de la manera que lo hace? Obviamente no hay manera de probarlo. La única evidencia que «podríamos» tener (la evidencia de que no podemos predecir lo que el electrón vaya a hacer), [efectivamente] la tenemos. Pero es apenas decisiva. Aún así, si se quiere una explicación materialista del mundo que sea consistente – esto es, si no se quiere tratar la mente como algo sobrenatural impuesto sobre el mundo material, sino más bien, poder imaginarla simplemente como una organización más compleja de procesos que ya existen en todos los niveles de la realidad material – entonces tendría sentido que algo que sea mínimamente parecido a una intencionalidad, algo que sea mínimamente parecido a una experiencia, algo que sea mínimamente parecido a la libertad, existiera también en todos los niveles de la realidad física.

Entonces, ¿por qué la mayoría de nosotros se echa atrás ante este tipo de conclusiones? ¿Por qué nos parecen locas y anti-científicas? O, más precisamente, ¿por qué estamos perfectamente dispuestos a reconocer agencia a unas secuencias de ADN (por muy metafóricamente que lo hagamos), pero consideramos absurdo reconocerle agencia también a un electrón, un copo de nieve o un «campo electromagnético coherente»? La respuesta, parece tener que ver con que resulta imposible pensar en un copo de nieve dotado de interés egoísta [self-interest].

Si hemos llegado a convencernos de que una explicación racional de la acción consista exclusivamente en tratar la acción como si hubiera detrás alguna clase de cálculo interesado que la justifique, entonces según esa definición, en ninguno de estos niveles se podrán encontrar explicaciones racionales.

A diferencia de una molécula de ADN, a la que podemos suponer persiguiendo algún tipo de proyecto gansteril de implacable expansión, un electrón, simplemente, carece de un interés material que perseguir, ni siquiera la supervivencia. En ningún sentido está compitiendo con otros electrones. Si un electrón está actuando libremente – si, como se supone que dijo Richard Feynman, «hace cualquier cosa que quiera» – tan sólo puede estar actuando libremente en tanto que un fin en sí mismo. Lo que significaría que en la base de la realidad física, encontraríamos la libertad como un fin en sí misma – lo que significaría que allí también se encontraría la más rudimentaria forma de juego.

N. del T.: Esto nos parece otro aspecto clave de la propuesta de Graeber aquí, que la libertad es hacer lo que sea que se elija hacer, como un fin en sí mismo, por el placer o el gusto de hacerlo, – en oposición a hacerlo debido a algún tipo de interés o cálculo. Una idea que sospechamos que podría ser incomprensible para muchos.

Nadar con los peces

Imaginemos un principio. Llamémoslo el principio de libertad – o, como las expresiones en latín parecen tener más peso en este tipo de asuntos, llamémoslo el principio de libertad lúdica. Imaginemos que este principio sostiene que el libre ejercicio de las potencias y capacidades más complejos de una cierta entidad, al menos en determinadas circunstancias, tiende a convertirse un fin en sí mismo. No sería obviamente el único principio activo en la naturaleza. Otros principios empujarían en otros sentidos. Pero en caso de no haber otra cosa, ayudaría a explicar lo que actualmente observamos: que, a pesar de la Segunda Ley de la Termodinámica, el universo parece hacerse cada vez más complejo, en lugar de menos. Los psicólogos evolutivos dicen que son capaces de explicar – como dice el título de un libro reciente – «por qué el sexo es divertido». Lo que no pueden explicar es por qué lo divertido es divertido [why fun is fun]. Esto podría explicarlo.

No niego que lo que he presentado hasta ahora sea sólo una salvaje simplificación de cuestiones muy complicadas. Ni siquiera digo que la posición que estoy aquí sugiriendo – que hay un principio de juego en la base de toda la realidad física – sea necesariamente verdadera. Tan sólo insistiría en que esta perspectiva es al menos tan plausible como la especulación extrañamente inconsistente, que en la actualidad pasa por ser la ortodoxia, según la cual un universo robótico sin mente, de pronto y como de la nada, produce poetas y filósofos. Tampoco pienso que adoptar el juego como un principio de la naturaleza signifique necesariamente la adopción de una utopía demasiado bienintencionada. El principio del juego puede explicar por qué el sexo es divertido pero también puede explicar por qué la crueldad es divertida. (Como cualquiera que haya observado a un gato jugar con un razón puede atestiguar, gran parte del juego animal no es particularmente bonito.) Pero lo que sí nos proporciona es un fundamento para pensar de otra manera el mundo que nos rodea.

Hace años, cuando daba clase en Yale, en ocasiones ponía como ejercicio una lectura que contenía un famoso cuento taoísta. Y ofrecía un sobresaliente automático al estudiante que fuera capaz de decirme por qué la última frase del cuento tenía sentido. (Nunca nadie lo logró.)

Zhuangzi y Huizi estaban paseando. Al cruzar un puente sobre el río Ho el primero observó, «¡Ves cuán veloces nadan los pececillos entre las rocas! Ésa es la felicidad de los peces».
«No siendo un pez», dijo Huizi, «¿cómo es posible que sepas lo qué hace feliz a un pez?»
«Y tú, no siendo yo», dijo Zhuangzi, «¿cómo es posible que sepas que yo no se lo que hace feliz a un pez?»
«Si yo, no siendo tú, no puedo saber lo que tú sabes», respondió Huizi, «¿no significará que por el propio hecho de que tú no seas un pez, tú no puedes saber lo que hace feliz a un pez?»
«Volvamos a tu pregunta inicial», dijo Zhuangzi. «Me preguntaste que cómo sé lo que hace feliz a un pez. El mismo hecho de que me preguntaras muestra que tú sabías que yo lo sabía – tal como lo se, de mis propios sentimientos sobre este puente».

La anécdota se suele interpretar como la confrontación entre dos aproximaciones al mundo que son irreconciliables: la del lógico y la del místico. Pero si esto fuera cierto, ¿por qué Zhuangzi, que fue quien la escribió, se habría mostrado derrotado por su amigo el lógico?

Tras pensar en este historia durante años, me di cuenta de que la historia trataba de esto de lo que venimos hablando. Según todo lo que sabemos, Zhuangzi y Huizi eran grandes amigos. Les gustaba pasar horas discutiendo. Es seguro que eso era lo que contaba Zhuangzi: cada uno de nosotros puede entender lo que el otro siente, porque discutiendo sobre los peces, estamos haciendo exactamente lo que los peces están haciendo: pasándolo bien haciendo algo que hacemos bien, por el puro placer de hacerlo. Jugando de alguna forma. El mismo hecho de que te vieras compelido a ganarme en la discusión, y estuvieras tan contento de lograrlo, muestra que la premisa que defendías tenía que ser falsa. Si los filósofos están motivados principalmente por este tipo de placeres, por el ejercicio de sus mayores poderes simplemente por el gusto de hacerlo, entonces es seguro que este principio existe en todos los niveles de la naturaleza – y esa es la razón por la que espontáneamente también pude identificarlo en los peces.

Zhuangzi estaba en lo cierto. Como también lo estaba June Thunderstorm. Nuestras mentes son una parte más de la naturaleza. Podemos entender la felicidad de los peces – o de las hormigas o las orugas – porque lo que nos impulsa a pensar y discutir sobre esas cuestiones es, en última instancia, exactamente lo mismo.

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