Posibilidades económicas de nuestros nietos, J.M. Keynes, 1930

Josseline Jara, Estrella Ruiz Martín y Luisa Montes Ruiz, estudiantes de Arquitectura, han tenido la iniciativa de traducir este – frecuentemente citado – texto de J.M. Keynes, que no se encontraba en castellano en la web. La actualidad del texto tiene que ver con los debates sobre el fin del trabajo/empleo relacionado con los avances tecnológicos y de la riqueza en las sociedades contemporáneas. La traducción la han hecho en el contexto de una asignatura que imparto en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Sevilla sobre la ciudad contemporánea (JPL).

john-maynard-keynes-1908_720pJohn Maynard Keynes, by Gwendolen Raverat (1908). Source: National Portrait Gallery

Posibilidades económicas de nuestros nietos

John Maynard Keynes (1930)

Traducción de Josseline Jara, Luisa Montes Ruiz & Estrella Ruiz Martín, 10/2016; revisión de José Pérez de Lama. Original procedente de: John Maynard Keynes, Essays in Persuasion, New York: W. W. Norton & Co., 1963, pp. 358-373.

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I

Sufrimos en la actualidad un ataque de pesimismo económico. Es común oír decir a la gente que la época de enorme progreso económico que caracterizó el siglo XIX se terminó; que la rápida mejora del nivel de vida va a empezar ralentizarse, sobre todo en Gran Bretaña; que una reducción de la prosperidad es más probable que su mejora en la década que tenemos delante.

Creo que esto es una interpretación tremendamente errónea de lo que nos está pasando. Estamos sufriendo, no por el reumatismo de la edad, sino por el dolor que producen los rápidos cambios, por el dolor de reajustarnos entre un período económico y otro.

El incremento de la eficiencia técnica ha estado ocurriendo con mayor velocidad de la que podemos tratar con el problema de la absorción de la mano de obra; la mejora del nivel de vida ha sido un poco demasiado rápida; el sistema bancario y monetario mundial ha estado tratando de impedir que los intereses caigan tan rápido como requeriría el equilibrio. Y aún así, el gasto y la confusión que vivimos afectan a menos de un 7,5% del ingreso nacional; hemos desperdiciado un chelín y seis peniques de cada libra, y ahora sólo tenemos 18s. 6d. [18 chelines y 6 peniques]  cuando podríamos tener una libra de haber sido más sensatos; y sin embargo, los 18s. 6d valen tanto como lo habría hecho la Libra hace cinco o seis años. [1] Olvidamos que en 1929 la producción industrial de Gran Bretaña fue la mayor de todos los tiempos, y que el excedente neto de la balanza de pagos disponible para nueva inversión externa, tras el pago de todas nuestras importaciones, fue mayor el pasado año que el de ningún otro país, siendo en efecto un 50% mayor que el correspondiente excedente de los Estados Unidos. O de otra manera – si es una cuestión de comparación – supongamos que si redujéramos nuestros salarios a la mitad, repudiáramos cuatro quintas partes de la deuda nacional, y convirtiéramos nuestra riqueza excedente en oro en lugar de prestarla al 6 por ciento o más, nos pareceríamos a la ahora muy envidiada Francia. Pero, ¿supondría una mejora?

La depresión mundial reinante, la enorme anomalía del desempleo y un mundo lleno de necesidades, los desastrosos errores que hemos cometido, nos impiden ver la verdadera interpretación bajo la superficie lo que está ocurriendo; la tendencia de las cosas. Pues predigo que dos de los errores pesimistas que están haciendo tanto ruido en el mundo se demostrarán equivocados en nuestro propio tiempo – el pesimismo de los revolucionarios que piensan que las cosas están tan mal que nada puede salvarnos sino el cambio violento, y el pesimismo de los reaccionarios que consideran tan precario el equilibrio de nuestra economía y vida social que no podemos arriesgarnos con experimentos.

Mi propósito en este ensayo, sin embargo, no es examinar el presente o el cercano futuro, sino librarme de un pensamiento de cortas miras y abrir la mente hacia el futuro. ¿Qué podemos razonablemente esperar del nivel de nuestra vida económica para dentro 100 años? ¿Cuáles son las posibilidades económicas de nuestros nietos?
Desde los tiempos más antiguos de los que tenemos registro, es decir desde 2000 años antes de Cristo hasta el comienzo del siglo XVIII, no hubo un gran cambio en el nivel de vida del hombre medio que vivía en los centros civilizados de la Tierra. Altos y bajos, sin duda. Plagas, hambrunas y guerra. Intervalos dorados. Pero ningún gran progreso o cambio violento. Algunos períodos, quizás, un pequeño tanto por ciento mejor que otros – como máximo un 1.00% mejor – durante los 4000 años que terminaron (digamos) hacia el 1700 d.C.

Este lento ritmo de progreso, o ausencia de progreso, fue debido a dos razones – la notable ausencia de mejoras tecnológicas importantes y incapacidad de acumulación de capital.

La ausencia de importantes invenciones tecnológicas entre la prehistoria y los tiempos más modernos es realmente notable. Casi todo lo realmente importante y lo que el mundo poseía al comienzo de la era moderna ya era conocido por el hombre en los inicios de la historia: el lenguaje, el fuego, los mismos animales domésticos que tenemos hoy en día, el trigo, la cebada, el vino y la aceituna, el arado, la rueda, el remo, la vela, el cuero, el hilo y los tejidos, el ladrillo y  la cerámica, el oro y la plata, el cobre, el estaño, el plomo, – y el hierro que fue añadido a la lista antes del año 1000 a.C. -, la banca, el estado, las matemáticas, la astronomía y la religión. No hay registro de cuándo poseímos por primera vez estas cosas.

En alguna época antes del inicio de la Historia, quizás incluso en algunos de los intervalos confortables antes de la última glaciación – tuvo que haber una era de progreso e invención comparable con la que vivimos hoy en día. Pero durante la mayor parte de la historia de la que tenemos registros  no existió nada parecido.
La era moderna se inició, pienso, con la acumulación de capital que comenzó en el siglo XVI. Creo, – por razones con las que no debo sobrecargar el presente argumento -, que esto fue debido, inicialmente, al aumento de los precios y los beneficios que esto supuso, resultantes del tesoro del oro y la plata que España trajo del Nuevo al Viejo Mundo. Desde aquellos tiempos hasta el presente el poder de acumulación mediante el interés compuesto, que parece haber estado dormido durante muchas generaciones, renació y renovó su fortaleza. Y el poder del interés compuesto durante 200 años es tal que hace desestabilizar la imaginación.

Permítanme mostrarles como ejemplo de esto unos cálculo que he hecho. El valor de la inversión externa actual de Gran Bretaña se estima en torno a los 4 mil millones de libras. Esto nos produce un ingreso sobre la inversión en torno al 6.5 por ciento. La mitad de esta cantidad la traemos a casa y la disfrutamos; la otra mitad, esto es, el 3,25 por ciento, la dejamos para su acumulación en el exterior mediante interés compuesto. Algo de este orden ha estado ocurriendo durante aproximadamente 250 años.

Puesto que dato el comienzo de la inversión externa británica al tesoro que Drake robó a España en 1580. En aquel año volvió a Inglaterra con el fabuloso botín del Vellocino de Oro. La reina Isabel era una importante accionista del sindicato que había financiado la expedición. De su parte pagó toda la deuda externa inglesa, equilibró su presupuesto y se quedó con 40.000 libras en mano. Esta cantidad la invirtió en la Levant Company – que prosperó. Con los beneficios de la Levant Company se fundó la East India Company; y los beneficios de esta gran empresa constituyeron la base de las subsiguientes inversiones externas de Inglaterra. Lo que ocurre es que 40.000 £ acumuladas al 3% de interés compuesto aproximadamente se corresponden con el volumen de la inversión externa de Inglaterra en diferentes fechas y supondría en efecto hoy el total de los 4.000 millones de libras que he mencionado como el valor de nuestra inversión externo en la actualidad. Así, cada libra que Drake trajo a casa en 1580 se ha convertido en 100.000 libras. ¡Tal es el poder el interés compuesto!

Desde el siglo XVI, con un crescendo acumulativo a partir del siglo XVIII, la gran era de la ciencia y las invenciones técnicas, que desde el principio del siglo XIX ha ido a toda velocidad – carbón, vapor, electricidad, petroleo, acero, caucho, algodón, industrias químicas, maquinaria automática y los métodos de producción en serie, la telegrafía sin hilos, la imprenta, Newton, Darwin y Einstein, y miles de otras cosas y hombres demasiado famosos y familiares como para catalogarlos.

¿Cuál es el resultado? A pesar del enorme crecimiento de la población mundial, a lo que ha sido necesario equipar con vivienda y maquinaria, el promedio del nivel de vida en Europa y los Estados Unidos se ha elevado,  creo que aproximadamente se ha cuadruplicado. El crecimiento del capital se ha producido a tal escala, que ha sido más de 100 veces de lo que había conocido ninguna era anterior. Y de ahora en adelante no hemos de esperar un aumento de la población de similar magnitud.
Si el capital crece, digamos, un 2 por ciento anual, el equipamiento de capital del mundo habrá crecido un 50% en veinte años, y siete veces y media en cien años. Pensemos lo que esto significa en términos materiales – casas, transporte y parecido.

Al mismo tiempo, los avances técnicos en fabricación y transporte se han desarrollado a un ritmo mayor durante la última década que nunca antes en la historia. La producción per cápita en las fábricas de Estados Unidos aumentó un 40% entre 1925 y 1919. En Europa estamos siendo frenados por obstáculos temporales, y aún así es seguro afirmar que la eficiencia técnica está aumentando por encima de un 1% anual compuesto. Hay evidencias de que los revolucionarios cambios técnicos, que a hasta ahora han afectado sobre todo a la industria, pronto atacarán a la agricultura. Podemos estar en el amanecer de mejoras en la producción de alimentos tan grandes como las que ya están teniendo ocasión en la minería, la manufactura y el transporte. En pocos años, – en el plazo de nuestras vidas quiero decir -, podríamos llevar a cabo todas las operaciones de la agricultura, la minería y la fabricación con la cuarta parte del esfuerzo humano al que hemos estado acostumbrados.

De momento, la misma rapidez de estos cambios nos está perjudicando y generando problemas difíciles de resolver. Aquellos países que están sufriendo menos son los que no están a la vanguardia del progreso. Padecemos una nueva enfermedad cuyo nombre quizás aún no sea conocido por algunos lectores, pero de la que oirán mucho en los años venideros – esto es, el desempleo tecnológico. Lo que significa un desempleo debido a nuestro descubrimiento de medios para economizar el uso del trabajo que supera el ritmo al que podemos encontrar nuevos usos para el trabajo.

Pero esto es sólo una fase temporal de inadaptación. Todo esto significa a la larga que la humanidad está resolviendo su problema económico. Podría predecir que el nivel de vida en los países avanzados dentro de cien años será entre cuatro y ocho veces más alto de lo que es hoy. No habría nada sorprendente en esto incluso a la luz del conocimiento actual. No sería desatinado contemplar incluso la posibilidad de un progreso mucho mayor.

II

Supongamos, para seguir con el argumento, que en cien años todos nosotros estaremos en una situación económica ocho veces mejor que la actual. Ciertamente, no debería haber nada que nos sorprendiera sobre esta posibilidad.

Es cierto que las necesidades de los seres humanos pueden parecer insaciables. Pero éstas pueden ser de dos clases – aquellas necesidades que son absolutas en el sentido de que las sentimos cualquiera que se la situación de los otros seres humanos que nos rodeen; y aquellas que son relativas en el sentido de que las sentimos sólo si su satisfacción nos eleva, nos hace sentir superiores, respecto de nuestros prójimos. Las necesidades de la segunda clase, aquellas que satisfacen nuestro deseo de superioridad, pueden ser en efecto insaciables; pues cuanto más alto sea el nivel general, más altas aún serán aquéllas. Pero esto no es tan cierto en cuanto a las necesidades absolutas – pronto podría alcanzarse un cierto punto, más pronto de lo que somos todos conscientes, en el que estas necesidades estén satisfechas en el sentido de que prefiramos dedicar nuestras energías adicionales a propósitos no-económicos.

Para concluir, lo que parecerá cada vez más sorprendente de lo que pensabas, asumiendo que no habrá más guerras importantes ni un aumento en la población el problema económico podría resolverse, o podría ser al menos una solución a la vista en menos de cien años.

Ahora, mi conclusión, que encontrarán, pienso, que se hace cada vez más sorprendente cuanto más se la imagina.

Mi conclusión es que dentro de cien años, asumiendo que no haya guerras importantes ni aumento importante de la población, el problema económico podría resolverse, o que por lo menos su solución podría estar al alcance. Esto significa que el problema económico no es – si miramos hacia el futuro – el problema permanente de la raza humana.

¿Por que – se podrían preguntar – resulta esto tan asombroso? Resulta asombroso porque – si en lugar de mirar al futuro, miramos al pasado – encontramos que el problema económico, la lucha por la supervivencia, ha sido desde siempre el primero y más acuciante de los problemas de la raza humana – no sólo de la raza humana sino de todo el reino biológico desde los principios de la vida en sus formas más primitivas.

Así es como hemos sido expresamente evolucionados por la naturaleza – con todos nuestros impulsos e instintos más profundos – dotados para lograr el objetivo de resolver los problemas económicos. Si el problema económico se resuelve, la humanidad se vería privada de su objetivo tradicional. [2]
¿Supondrá esto un beneficio? Si uno cree de  alguna manera en los valores reales de la vida, la perspectiva al menos abre una posibilidad de beneficio. Y sin embargo, pienso con temor en el reajuste de los hábitos e instintos del hombre común, cultivados en él a lo largo de incontables generaciones, que tendría que desechar en el plazo de unas pocas décadas.

Por usar el lenguaje de hoy – ¿no debemos esperar una “crisis nerviosa” general ? Ya tenemos una pequeña experiencia de esto a lo que me refiero – una crisis nerviosa del estilo de lo que ya es común en Inglaterra y los Estados Unidos entre las esposas de las clases altas, desafortunadas mujeres, muchas de ellas, que han sido privadas por su riqueza de sus tareas y ocupaciones tradicionales, – que no pueden encontrar suficiente satisfacción, privadas del aguijón de la necesidad económica, en cocinar, limpiar y coser – y que sin embargo son incapaces de encontrar otras cosas que le produzcan interés.

Para aquellos que ganan con su sudor el pan de cada día el ocio es un dulce anhelado – hasta que lo consiguen.

Hay un epitafio tradicional escrito para sí misma por la vieja sirvienta:

No duelen por mí, amigos, no lloren por mí nunca,
porque no voy a hacer nada por siempre jamás.

Éste era su cielo. Como otros que esperan disfrutar del ocio, ella concibió lo agradable que sería pasar su tiempo escuchando, pues había otro pareado en su poema:

Con salmos y dulce música los cielos sonarán,
pero no tendré nada que ver con el canto.

Sin embargo, sólo para aquellos que tengan que ver con el canto la vida será tolerable, ¡y que pocos de nosotros podemos cantar!

Así, por primera vez desde la creación el hombre ser enfrentará con su problema real, su problema permanente – cómo usar su libertad respecto de las preocupaciones económicas, cómo ocupar su ocio, que la ciencia y el interés compuesto habrán ganado para él, para vivir sabia y agradablemente y bien.

Son los esforzados y ambiciosos hacedores-de-dinero (money-makers) los que nos podrían llevar con ellos al regazo de la abundancia económica. Pero serán aquellas gentes que puedan mantenerse vivas y cultivar de una forma más plena el arte mismo de la vida, sin venderse a cambio de los medios para poder vivir, los que podrán disfrutar de la abundancia cuando ésta llegue.

Sin embargo no hay ningún país, ni ningún pueblo, creo yo, que pueda mirar hacia hacia la era del ocio y la abundancia sin temor. Porque hemos sido habituados durante mucho tiempo a esforzarnos y no a disfrutar. Es un problema pavoroso para la persona normal y corriente, sin talentos particulares, el darse una ocupación, especialmente si ya no tiene raíces en la tierra, en la tradición o en las amadas convenciones de la sociedad tradicional. A juzgar por el comportamiento y los logros de la clase rica hoy en cualquier parte del mundo, ¡el panorama es deprimente! Porque éstos son, por así decirlo, nuestra vanguardia – lo que están espiando la tierra prometida para el resto de nosotros, levantando allí su campamento. Porque la mayoría de ellos ha fracasado estrepitosamente, así me lo parece –  aquellos que  tienen un ingreso independiente pero ningún compromiso u obligaciones o lazos – resolviendo el problema que les ha sido planteado.

Estoy seguro de que con un poco más de experiencia usaremos el regalo redescubierto de la naturaleza, de forma muy diferente de la forma en que hoy lo usan los ricos, y de que nos trazaremos un plan de vida muy diferente al suyo.

Durante muchos años por venir el viejo Adán en nosotros será aún tan fuerte que todo el mundo seguirá necesitando hacer algún trabajo para poder sentirse satisfecho. Deberíamos de hacer más cosas por nosotros mismos de lo que es habitual entre los ricos de hoy, más que contentos con tener pequeños deberes, tareas y rutinas. Pero más allá de esto, debemos tratar de extender la mantequilla sobre el pan lo mejor posible, – para que el trabajo que aún hay que hacer sea tan compartido como fuera posible. Turnos de tres horas o semanas laborales de quince horas podrían resolver el problema durante un buen tiempo. ¡Y tres horas al día deberían ser suficientes para satisfacer al viejo Adán en la mayoría de nosotros!

Existen cambios en otras esferas que también debemos esperar. Cuando la acumulación de riqueza ya no sea de alta importancia social, habrá grandes cambios en los códigos morales. Podremos librarnos de los principios pseudo-morales que nos han atormentando durante 200 años, gracias a los que hemos exaltado algunas de las más desagradables cualidades humanas situándolas en el lugar de las más altas virtudes. Seremos capaces de permitiremos juzgar el dinero de acuerdo con su verdadero valor.

El amor al dinero como posesión – a diferencia del amor al dinero como medio para los goces y realidades de la vida – será reconocido por lo que es, una morbosidad más bien repugnante, una de esas propensiones semi-criminales, semi-patológicas de las que se encarga con estremecimiento a los especialistas en enfermedades mentales. Tendremos la libertad, por fin, de desechar, todo tipo de costumbres sociales y prácticas económicas que afectan a la distribución de la riqueza y las recompensas y sanciones económicas, que ahora mantenemos a toda costa, a pesar de lo desagradables e injustas que puedan ser en sí mismas, debido a su tremenda utilidad promoviendo la acumulación de capital.

Por supuesto todavía habrá muchas personas, con una intensa y e insatisfecha falta de propósito o sentido en sus vidas, que seguirán persiguiendo la riqueza ciegamente – hasta que logren encontrar un sustituto plausible. Pero el resto de nosotros ya no estará bajo ninguna obligación de aplaudirles y alentarles. Tenemos que indagar de una forma más curiosa, incluso más allá de lo que hoy parece seguro, sobre el verdadero carácter de este sentido de un propósito en la vida [3] con el que en mayor o menor grado la naturaleza parece habernos dotado a todos. Porque esta persecución de un propósito en la vida significa que estamos más preocupados con el resultado de nuestras acciones en un futuro remoto que con su calidad concreta o sus efectos inmediatos sobre nuestros propios entornos. El hombre con objetivos está siempre tratando de asegurarse una inmortalidad espuria e ilusoria para sus propios actos proyectando su propio interés hacia el futuro. Este tipo de hombre no ama a su gato; sino a los hijos de su gato; tampoco, en realidad, tampoco a los hijos, sino a los hijos de los hijos de su gato, y así hacia adelante para siempre hasta el fin del reino de los gatos. Porque su mermelada no es mermelada a menos que sea el caso de mermelada para el mañana y nunca mermelada para el hoy. Y de esta manera, proyectando su mermelada siempre hacia delante, hacia el futuro, se esfuerza por asegurar para su acto de cocción una participación en la inmortalidad.

Déjenme recordarles al profesor de Sylvie and Bruno [4]:

”Sólo el sastre, señor, con su pequeña factura”- dijo una voz sumisa detrás de la puerta.

”Ah, bien, puedo resolver pronto este asunto”- dijo el profesor a los niños – “Esperen un minuto”; “¿Cuánto es este año buen hombre?”- El sastre entraba mientras comenzaba a hablar.

”Bueno, se ha doblado durante tantos años, ya ve”- respondió el sastre, un poco molesto – “Y me gustaría poder cobrar ya. ¡Son 2.000 libras, esa es la cantidad!”

”¡Oh, no es nada!” – Contestó el profesor descuidadamente, tocándose el bolsillo, como si siempre llevara encima una cantidad así – ”Pero… ¿no preferiría esperar otro año más y que fueran 4.000? Piense sólo en lo rico que será. ¡Quizás como un rey, si quisieras!”

“No se si me gustaría ser un rey” – dijo el hombre pensativamente – “¡Pero sí que suena a un montón de dinero! Bueno, creo que esperaré.”

“¡Por supuesto que lo harás!” – dijo el profesor – “Veo que tiene usted mucho sentido común. Buenos días, amigo.”

”¿Tendrá para pagarle alguna vez esas 4.000 libras?” – Preguntó Sylvie cuando la puerta se cerró al salir el acreedor.

”¡Nunca hija mía!” – respondió el profesor con énfasis – “Él las seguirá doblando hasta que muera. Ya ves, siempre vale la pena esperar otro año más para conseguir el doble de dinero”.

Tal vez no sea un accidente que la raza que más hizo para traer la promesa de la inmortalidad al corazón y la esencia de nuestras religiones sea también la que más ha hecho por el principio del interés compuesto, y que ame especialmente esta institución, una de las que más trata sobre el futuro entre las humanas. [5]

Nos veo librees, entonces, para recuperar algunos principios más seguros y ciertos de la religión y la virtud tradicional – que la avaricia es un vicio, que la usura es una falta y que el amor por el dinero es detestable, que aquellos que van por los caminos de la virtud y la sana sabiduría de manera más verdadera son los que menos piensan en el mañana. Debemos de nuevo valorar el fin por encima de los medios y preferir lo bueno a lo útil. Debemos honrar a aquellos que pueden enseñarnos cómo aprovechar el día y la hora virtuosamente, y bueno, a la gente encantadora que es capaz de disfrutar directamente de las cosas, los lirios del campo que “no trabajan, ni hilan”.

¡Pero, cuidado! Aún no ha llegado el tiempo para todo esto. Durante otros 100 años, al menos, tendremos que convencernos a nosotros mismos y a todo el mundo que lo bueno es vil y que lo vil es bueno; porque los vil es útil y lo bueno no lo es [6]. La avaricia, la usura  y la precaución tendrán que ser nuestros dioses durante algún tiempo más, aún. Porque sólo éstas pueden conducirnos a través del túnel de la necesidad económica hasta alcanzar la luz del día.

Espero con interés, por tanto, a que en días no demasiado remotos tengan lugar los mayores cambios jamás ocurridos en el entorno material de los seres humanos en su conjunto. Pero, por supuesto, ocurrirá gradualmente, no como una catástrofe. En realidad, ya han comenzado. El curso de las cosas simplemente será que habrá clases y grupos de personas cada vez mayores para los que los problemas de necesidad económica habrán prácticamente desaparecido. Nos daremos cuenta de la diferencia crítica cuando esta condición se haya hecho tan común que la naturaleza de la obligación de cada uno con su prójimo haya cambiado. Pues aún será razonable para otros el continuar persiguiendo fines económicos después de que haya cesado de ser razonable para uno mismo.

El ritmo con el que podemos alcanzar nuestro destino de felicidad económica será gobernado por cuatro cosas – nuestro poder para controlar la población, nuestra determinación para evitar guerras y discordias civiles, nuestra disposición para confiar a la ciencia la dirección de aquellos asuntos que constituyen propiamente el cometido de las ciencias, y la tasa de acumulación fijada por el margen entre nuestra producción y nuestro consumo; la última de las cuales se resolverá por si misma, dadas las tres primeras.

Mientras tanto, no habrá nada de malo en hacer leves preparativos para nuestro destino, fomentando y experimentando con, las artes de la vida, así como con las actividades de propósito.

Pero, sobre todo, no nos permitamos exagerar la importancia del problema económico, o sacrificar a sus supuestas necesidades otros asuntos de mayor y más permanente significado. Debería ser un asunto para especialistas – como la odontología. Si los economistas lograran que pensáramos en ellos como gente humilde y competente, al mismo nivel que los dentistas, ¡eso sería espléndido!

***

#notas

[1] Sobre el sistema monetario pre-decimal inglés (£sd) puede verse: https://en.wikipedia.org/wiki/%C2%A3sd. Una libra (pound, £) es igual a 20 chelines (shilling, s); un chelín es igual a 12 peniques (penny, plural: pence, d).

[2] N. del T.: Keynes, especulando con la lógica darwiniana, usa el término purpose (propósito, objeto, fin…) como principio de orientación de la evolución humana.

[3] N. del T.: El término que usa Keynes aquí es purposiveness que, como ya comentamos antes, no resulta de fácil traducción, aunque su sentido en inglés y en el texto sea claro; nos transmite la idea de tener y experimentar que tenemos un propósito en la vida que orienta nuestras acciones y cuya consecución asociamos a la felicidad. En castellano es más frecuente el uso de los términos sentido de la vida u objetivo en la vida que no representan todos los matices sugeridos por el autor.

[4] Sylvie and Bruno es una novela del escritor inglés Lewis Carroll cuyo primer volumen fue publicado en 1889 y el segundo en 1893. Véase: https://en.wikipedia.org/wiki/Sylvie_and_Bruno

[5] Este pasaje parece referirse a los prestamistas judíos, y probablemente sería considerado políticamente correcto en el presente.

[6] N.del.T.: Los términos que usa aquí Keynes son fair y foul, probablemente más sofisticados que los que hemos acertado a traducir. Fair puede ser bueno y también bello, mientras que foul puede expresar un rango que va de vil a carente de belleza, pasando por sucio o asqueroso.

#referencias

John Maynard Keynes, Economic Possibilities for our Grandchildren, en: Essays in Persuasion, New York: W. W. Norton & Co., 1963, pp. 358-373. Disponible en: http://www.econ.yale.edu/smith/econ116a/keynes1.pdf

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