¿Y usted nunca quiso ser catedrático? No, yo siempre fui camarero…

Reseña (más personal que académica, y con algo de guasa, pero espero que con cariño) del libro Arquitectura y crítica, de Josep María Montaner (Gustavo Gili, 2014 — tercera edición revisada; primera edición de 1999).

Por José Pérez de Lama

Chiste viejo: Escena de barra de bar clásico, noche avanzada; ya sólo quedan el barman y un cliente, elegante pero desgastado. El cliente le pregunta al camarero con tono melancólico y confidencial, «Pepe, ¿usted se enamoró alguna vez?» Y Pepe le contesta, «No, don Manuel, yo siempre fui camarero».

El otro medio chiste o broma del que me acordé tras leer el libro, – el libro en cualquier caso me gustó mucho -, es uno, creo que se atribuye a Mark Twain, aunque repetido con variaciones en diversas ocasiones: I have never let my schooling interfere with my education. Una variante de George Bernard Shaw: From a very early age, I’ve had to interrupt my education to go to school. Y la de Einstein, que parece usar educación en el sentido opuesto al usado por Twain y Bernard Shaw: The only thing that interferes with my learning is my education.

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El libro, Arquitectura y crítica, de Josep María Montaner, es estupendo, lo dejo claro para empezar. Es un libro para arquitect*s y relacionados, eso sí; — aunque los comentarios que haré mas adelante serán más generales, sobre los cánones de conocimiento y sobre qué imagino que sea ser catedrático. En fin que como siempre he mezclado un poco varias cosas.

El libro lo he incorporado a mis bibliografías, y sugeriré a estudiantes y arquitectos-investigadores que empiecen a trabajar en tesis varias que lo estudien para situar su propio trabajo en el contexto más general de la disciplina y de sus diferentes tendencias ——– resulta que soy profesor Titular de Universidad de este área, y seguramente tendría que haberlo leído antes, pero andaba por mi biblioteca desde hace años y sólo recientemente, buscando algo de Tafuri o tal vez Benevolo o Rossi – los teóricos marxistas que me sonaban de mis estudios de juventud- se me ocurrió ojearlo, y terminé por leerlo un par de veces seguidas, con mucho atención. —— Tengo al menos otros tres libros de Montaner en mi biblioteca, en uno de los cuales,  titulado Del diagrama a la experiencia, hacia una arquitectura de la acción, incluso cita a hackitectura.net, —- sucintamente, eso sí —-, el equipo con el que trabajé durante bastantes años. También he leído con interés algunos de sus artículos en prensa, sobre Barcelona que recuerdo como muy interesantes y pertinentes.

Con Josep María Montaner creo que he hablado tan sólo en una ocasión, que me predispuso bastante a su favor. Fue en un Congreso de Arquitectura o Arquitectos de 2009, en Valencia, en plena crisis, al que debido a la confusión y el desorden de aquellos años nos invitaron a unos cuantos outsiders, – gracias Pacho Camino -, y en el que montamos con algunos colegas locales algún tipo de acción de protesta en el Cabañal, barrio tradicional y popular amenazado por las política municipales… Entre los agitadores, sospechosos habituales como Santi Cirugeda y varios amig*s más. Estábamos también pidiendo apoyo a algunos menos marginales [?], entre otros a Montaner, para que se apuntaran al asunto. (Un poco off topic: también apoyó Jarauta que a la hora de ir al sitio se perdió en un taxi o algo así y acabó en alguna de sus peculiares aventuras). Montaner, entonces, apoyó decididamente, e incluso, quizás escribió o revisó el documento que íbamos a emitir… En fin…

Luego, ya lo vi, más bien a través de las redes en la lista electoral de Colau y como concejal o teniente de alcalde de su primer equipo municipal, desarrollando o participando en el desarrollo de políticas que parecían de gran interés: vivienda,  posicionamiento crítico respecto del turismo, apoyo a centros sociales y culturales… en fin, uno se fija en las cosas que le gustan…

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El libro entonces… Leyéndolo me parece derivado de un proyecto docente o algo que ha formado parte de la documentación de un concurso de cátedra o de titularidad, en el que se expone un cierto posicionamiento respecto de la disciplina o el área (que se llama Composición Arquitectónica, pero incluye teoría e historia y asuntos relacionados) con la propuesta de centrarlo en, – o de darle importancia a -, la idea de crítica. Éste es un posicionamiento interesante, que se distancia de otros más tradicionales, aunque tampoco pueda decirse que sea súper radical. Por otro lado, el desarrollo supone la presentación del canon más o menos hegemónico en mi entorno, al menos de un cierto canon que a mi me resulta perfectamente  familiar: los más conocidos pre y protomodernos, los principales teóricos del Movimiento Moderno y de la llamada Tercera Generación, después la escuela izquierdista italiana y más adelante algunos referentes destacados de la Costa Este norteamericana. En algún momento Montaner afirma que si tuviera que elegir a tres autores, éstos serían Giedion, Rowe y Tafuri.

Leyéndolo pensaba que era el trabajo de un catedrático, por esta vocación de desarrollar y presentar un canon, que interpretaría como el marco de conocimiento, las principales ideas y autores y quizás también las obras que las representan, en este caso de la disciplina de la crítica arquitectónica, que según lo presenta su autor, podría incluir la teoría y la composición, incluso algunos aspectos de la historia.

Como tal canon, dice qué es lo importante, establece un orden y unas ciertas jerarquías, a la vez que por omisión establece también lo que es poco importante o irrelevante. Una cosa que me llama la atención es la estrecha relación con los catálogos de ciertas editoriales y temas de revistas – por ejemplo Gustavo Gili, tan destacada en mis años de estudiante. Aquí intuye uno un doble movimiento: la realidad y el panorama internacional dictando a las editoriales los temas de interés, y los directores de colecciones y revistas a su vez proponiendo a qué se debe prestar atención, qué leer, etc.

Llama también la atención la importancia de ciertos focos geográficos o culturales cuya influencia funcionaría de manera parecida a la de las editoriales: centro Europa, Inglaterra, las universidades de la Costa de Este de Estados Unidos, ciertas ciudades de Italia…

Otra cuestión que me ha llamado la atención… Yo que me considero razonablemente culto y que leo mucho, y siendo profesor del área, habré leído un 5 o un 10% de las obras mencionadas en este canon. Son muchas las mencionadas y tengo serias dudas  acerca de quién se las habrá leído todas. Es de suponer que Montaner habrá leído todas o la mayoría, y puedo imaginar a un par de profesores de mi departamento que quizás también. En eso deberá consistir lo de ser catedrático, en dominar el canon en cuanto que el conjunto de conocimientos que los miembros de una cierta disciplina consideran fundamentales. Últimamente, muchos de mis amigos/as son o se están haciendo catedráticos; muchos bastante más jóvenes que yo; alguno seguro que ha sido incluso estudiante conmigo. Y por eso me acordé del chiste del camarero, y de lo de Mark Twain y compañía. «¿Usted nunca quiso ser catedrático? Pues no, siempre fui camarero»… Estaba aprendiendo y haciendo otras cosas, digamos… —— aunque bueno, esto también es un lugar común más, y la verdad es que todos mis colegas catedráticos no son tal como uno se imaginaba a un catedrático cuando era joven… Hoy quizás, no sea tanto una posición desde la que hablar ex cátedra, sino un peldaño bastante alto de un escalafón que se va subiendo pasito a paso, con paciencia, dedicación, y no cabe duda que con un talento mucho mejor focalizado que el mío.

Tengo que decir finalmente, que en Arquitectura y crítica Montaner no me deja del todo mal – si uno quiere contentarse siempre se encuentra alguna forma de hacerlo. Algunos de los autores que mejor conozco y más he estudiado, se encuentran en una breve mención a lo que llama crítica radical estadounidense (pp. 107-109), como son, Edward Soja, Dolores Hayden, Mike Davis o Beatriz Colomina.

Y en la parte final, que intuye uno que debe ser parte de alguna revisión más reciente, presenta una relación de lo que considera que deberían ser los nuevos temas por los que se tendría que preocupar la crítica, casi todos aquellos de los que me vengo ocupando desde que era estudiante – y que pueden verse en mis proyectos docentes: medio ambiente, feminismos, subalternidades y desigualdades; faltando en la enumeración la cuestión de las tecnologías y la digitalización que sigo considerando como tema crítico de la actualidad. Este nuevo panorama con que Montaner cierra su breve libro, sugiere además una crítica menos ensimismada y hasta cierto punto fetichista que la presentada en lo que he venido llamando canon.

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Al final, o quizás desde el principio, el post se ha convirtió en una autojustificación… En fin… espero que de camino hayan aparecido algunos argumentos que puedan ser relevantes para algún amigo lector. Me encontré hace poco al padre de un reciente catedrático, amigo y 15 o 20 años más joven que yo, que respondió a mi felicitación por su hijo diciéndome que yo también lo lograría. No me dejé sorprender y le dije que, alegrándome por mi colega y amigo, yo iba por otro camino. Por suerte aún quedan diferentes caminos. Aunque con tantos rankings, índices de impacto, etc. no sepamos por cuanto tiempo.

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Cierro con una cita larga que me gustó mucho, en la que el autor describe el ensayo como forma principal en la que se expresa la crítica – lo que no deja de contrastar por otra parte, con la actual obsesión por los llamados papers. Dice así (Montaner, 2013, p. 10):

El ensayo como técnica de la crítica

El ensayo entendido como indagación libre y creativa, no exhaustiva ni especializada, sin un carácter sistemático, es la más genuina herramienta de la crítica. Todo ensayo debe intentar hilvanar razonamientos y comparaciones inéditas, hasta cierto punto heterodoxas, con elementos subjetivos. No tiene ningún sentido como reformulación e tópicos, sino que debe basarse en plantear preguntas, mostrando la arbitrariedad de las convenciones. El ensayo consiste en una reflexión abierta e inacabada que parte del desarrollo de la duda. Esta estructura abierta le debe permitir ir en la dirección de una concepción multidisciplinar del conocimiento humano, entendiendo la cultura y el arte como un todo, interrelacionando – como han hecho autores como Jacob Burckhardt, Mircea Eliade, Eugeni D’Ors, Ernst H. Gombrich, Mario Praz, Claude Lévi-Strauss, Joseph Rykwert o George Steiner – y entrecruzando referencias a muy diversos campos de la cultura: pintura, escultura, arquitectura, literatura y poesía, música, antropología, religión y ciencia.

El ensayo debe ser abierto en su estructura, de forma provisional, revocable, perfeccionable. Es una prueba, una tentativa, un acercamiento. Sugiere, apunta, esboza, enmarca, propone. Debe partir de las muy diversas metodologías de la duda sistemática, desde Sócrates a la deconstrucción, pasando por Descartes y Diderot.

Jacob Burckhardt sostenía el valor del ensayo como esbozo que sigue múltiples rutas, direcciones y posibilidades: Denis Diderot enlazaba un ensayo con otro con la siguiente consideración: «¿Quién sabe adónde me llevará el encadenamiento de las ideas?»; y José Ortega y Gasset insistió en que las ideas son hijas de la duda.

El ensayo, que nunca pretende agotar un tema, no posee la estructura de un poema o una narración, que pueden llegar a un resultado definitivo, sino que siempre debe estar dispuesto a la transformación, a la continuidad, al replanteamiento, al carácter discursivo y dialéctico.

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