Montaigne y la educación de un hombre (quizás demasiado) libre

Imagen: La torre del castillo de Montaigne, —- en la que se refugió del mundo durante diez años para meditar, estudiar y escribir. Foto de Henry Salomé; fuente: https://en.wikipedia.org/wiki/Montaigne%27s_tower#/media/File:St_Michel_de_Montaigne_Tour01.jpg

José Pérez de Lama

Michel de Montaigne, uno de los grandes humanistas franceses, noble de provincias, coetáneo de Cervantes y Shakespeare; —- su gran obra, los Ensayos: una colección de textos bastante personales en los que recoge sus pensamientos sobre muchas y diferentes cosas, entre otras, sobre cómo debería ser la educación de un niño. Los Ensayos, y éste texto de Zweig sobre su autor que cito a continuación, son algunos de mis libros preferidos. Tengo ambos extensamente anotados, pero me limitaré aquí a algún comentario introductorio sucinto.

Sobre la educación (la institution en el original francés). Se trata de la educación de un hombre libre, de un noble o un príncipe. El texto de Montaigne suena por una parte  tremendamente ilustrado y moderno; y por otra me hace preguntarme por esta especie de falacia moderna de pensar que cada persona es señor (o señora) de sí mismo, capaz y responsable de determinar la propia vida, los propios juicios, etc. ___ Al menos desde Foucault, pero seguro que mucho antes, también sabemos que la educación es una forma de producir un determinado tipo de individuos, individuos que son “productivos” para el propio sistema que diría Foucault. Por lo que esta educación que nos propone Montaigne no deja de generarme dudas. A favor de Montaigne cabe decir que esta educación que él propone, basada en el uso de la razón frente a las diversas autoridades tradicionales – también él, un par de siglos antes de Kant, usa el sapere aude horaciano – parece sugerirnos que un hombre que se condujera por la razón se daría cuenta de que forma parte de una sociedad respecto de la que tiene importantes responsabilidades y a la que está comprometido con diversos deberes…

Lo segundo que me llama la atención es el carácter experimental, – con situaciones que a veces puede llegarnos a hacer reír – con el que el padre de Montaigne, Pierre Eyquem, aborda la educación de su hijo, —- era el momento del Humanismo…—- y Eyquem que había obtenido un título nobiliario como soldado del rey Francisco I en la guerra de Italia, pretende que su hijo sea mucho mejor que él, —- algo que no está muy claro que consiguiera, aunque sí parece bastante cierto que Montaigne pasó a formar parte de la historia de la literatura occidental y gracias a esto aún seguimos hablando de su padre… La cosa me recordó otras lecturas sobre la educación, por ejemplo sobre la educación del filósofo pragmatista William James y su hermano el novelista Henry James; y un poco, también me recordó mi propia educación… con sus dudosos resultados… Cuando aún estaba en la cuna, mi padre me leía la teoría de la Relatividad de Einstein, – ya no se si la especial o la general – por si acaso aquello fuera a generar algún tipo de patrón en mi cerebro o por si se me quedaba algo, o qué se yo… bueno, eso es sólo una anécdota entre otras muchas… ____ Frente a aquellas extravagancias, estarían los consejos paternos característicos de la etapa franquista de no señalarse por nada, ni para bien ni para mal…

Al final, lo interesante de la manera en que Montaigne plantea la educación es que parte de qué es o qué debería ser un hombre —- y en función de ese objetivo es cómo se plantea la educación. Y ésta en su modo de ver no deberá ser tanto el aprendizaje de ciertas competencias o habilidades, como nos gusta decir ahora, como la formación de un cierta modo de ser, de un carácter, que en su caso se pretende radicalmente libre, guiado por la razón, de una cierta dureza estoica, a la vez que de una modestia discreta…

En fin, os dejo, la transcripción de unas cuantas páginas de Zweig en las que cuenta la educación del propio Montaigne, que me parecen muy bonitas. Se mezclan el en texto de Zweig la propia biografía de Montaigne, con las ideas que presenta y discute en su propio ensayo sobre la educación, donde no faltan algunas valoraciones sobre la educación que él mismo recibió. —- A ver si esto anima  a alguien a leerse el libro entero, y también a aproximarse a los Ensayos. (Las referencias – del libro de Zweig y varias de Montaigne al final).

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La evocación de la educación de Montaigne que hace Stefan Zweig

Fragmento del libro Montaigne, de Stefan Zweig, Acantilado, Barcelona, 1998, traducción de Joan Fontcuberta Gel, pp. 35-46

* Las notas del propio Montaigne aparecen entre comillas españolas. Las referencias exactas en los Ensayos pueden consultarse en el libro del que se reproduce el fragmento a continuación. Alguna nota del autor de este post aparecen entre corchetes en el texto y en cursivas.

Así como él mismo [Pierre Eyquem de Montaigne padre de Michel de Montaigne] había superado a su padre en formación, cultura y posición social, este hijo [Michel de Montaigne] deberá superarlo a su vez; doscientos cincuenta años antes de Jean-Jacques Rousseau, tres siglos antes de Pestalozzi, en mitad del siglo XVI y en un castillo solitario de la Gascuña, el nieto de un comerciante de pescado y ex-soldado reflexiona a fondo sobre la educación que dará a su hijo. Invita a sus eruditos amigos humanistas y les consulta respecto al mejor método de educarlo desde el principio hasta alcanzar un nivel extraordinario en el plano humano y social, y en muchos aspectos esta solicitud, desconcertante para su época, muestra más de una coincidencia con las ideas más modernas [Zweig escribía en 1942 en Brasil].

Ya los comienzos son asombrosos. El niño es arrancado pronto de la cuna y del seno materno y, en vez de hacer venir a un aya, como es costumbre en las casas reales y aristocráticas, es alejado, es alejado del castillo de Montaigne y confiado a gentes de condición inferior, unos [p 36] pobres leñadores de un minúsculo caserío propiedad del señorío de los Montaigne.

Con ello el padre no sólo espera educar al niño en la frugalité et austerité y fortalecer su cuerpo, sino que también prefiere desde el principio, en un arrebato democrático casi incomprensible para la época, «unir (al niño) al pueblo y a la clase de hombres que necesitan de nuestra ayuda». Tal vez Pierre Eyquem, en su época burguesa, antes de ostentar el título aristocrático, había sufrido con irritación en carne propia la arrogancia de los privilegiados. Así, quiere evitar que su hijo se sienta, desde el principio, «superior», miembro de una clase privilegiada, y que aprenda desde su tierna infancia a «mirar hacia quien me tiende los brazos más que hacia quien me da la espalda». Físicamente, Montaigne parece haber superado la época frugal y espartana en la miserable cabaña de carboneros, y cuenta que de niño se había habituado de tal manera a una alimentación frugal que, en vez de «azúcar, confituras y pastas», prefería la comida corriente de los campesinos, «pan moreno, tocino y ajo». Montaigne estuvo agradecido toda su vida a su padre por haberlo liberado de prejuicios desde el pecho de su madre y, mientras Balzac le reprocha a su madre el haberlo dejado en casa de un gendarme hasta la edad de cuatro años en vez de tenerlo con ella, Montaigne aprueba el bienintencionado experimento [p 37] con esta promesa: «Si yo tuviera hijos varones, les desearía de buena gana mi suerte».

El cambio resulta tanto más drástico en la medida en que, al cabo de tres años, el padre lleva al niño de nuevo al castillo de Montaigne. Siguiendo el consejo de sus sabios amigos, una vez vigorizado el cuerpo, hay que flexibilizar el alma. El joven Michel pasa del mundo proletario [sic] al humanístico como del calor al frío. En su ambición, Pierre Eyquem está decidido desde el principio a bi hacer de su hijo un noble ocioso que desperdicie el tiempo en los dados, el vino y la caza, como tampoco un simple y tacaño comerciante. Debe subir a los altos círculos de los que gobiernan el destino de la época gracias a su superioridad intelectual, su formación y su cultura, de los que forman parte del consejo del rey e influyen con su palabra en los acontecimientos, de quienes tienen su patria espiritual no en la estrechez de la provincia, sino en los vastos horizontes del mundo; pero la llave de este reino espiritual es, en el siglo del Humanismo, el latín, por lo que el padre de Montaigne decide poner en manos de su hijo este instrumento mágico lo antes posible. En este apartado castillo del Périgord [El Perigord es una región o comarca al este de Burdeos] se pone en escena un experimento de los más curioso, no desprovisto de ciertos rasgos teatrales. El padre de Montaigne manda traer con grandes costes a un sabio alemán, elegido ex profeso porque no comprende una palabra de francés, y a dos ayudantes no menos sabios que tiene estrictamente prohibido hablar al niño en otra lengua que [p. 38] no sea el latín. Los primeros y únicos vocablos y frases que el niño de cuatro años aprende son latinos, y para evitar que el piño pueda al mismo tiempo asimilar la lengua materna, el francés, y entorpecer con ello la pureza y la perfección de su dicción latina, se levanta un anillo invisible alrededor del pequeño Michel [Parece que los niños empiezan a hablar hacia los 18 meses y a los cuatro años ya hablan, normalmente, bastante bien; pero en fin, cabría recordad lo de si non e vero… ]. Cuando el padre, la madre o los criados quieren comunicar algo al niño, primero tienen que hacerse enseñar por los maestros cuatro migajas de latín. Y así se produce en el castillo de M una situación realmente cómica: a causa de un experimento pedagógico, una casa entera, padre, madre, criados y sirvientes se ven obligados a aprender latín por un niño de cuatro años, lo cual tiene la divertida consecuencia de que algunas palabras y algunos nombres propios latinos se propagan hasta los pueblos de la vecindad. De este modo se consigue fácilmente el resultado deseado. El futuro gran prosista francés es incapaz a los seis años de decir una sola palabra en su lengua materna, pero ha aprendido el latín en su forma más pura y perfecta sin libro, gramática ni obligación de ninguna clase, sans fouet et larmes (sin látigo ni lágrimas) [Recuerda las teorías del aprendizaje de Papert]. La antigua lengua universal se ha convertido para él en lengua original y materna de tal modo que durante toda su vida prefiere leer libros en esta lengua antes que en francés, y en momentos de sobresalto o de repentina exclamación involuntariamente le viene a la boca la palabra latina en vez de la francesa. Y si en su edad adulta no se hubiera encontrado ya en el ocaso del Humanismo, es probable que hubiese escrito sus ensayos exclusivamente en esta nueva lengua artificial, como [p 39] Erasmo, y Francia habría perdido uno de sus más sustanciales y magistrales escritores.

Este método de hacer aprender latín al hijo sin esfuerzo, sin libros y como un juego, no es sin embargo más que una consecuencia de la tendencia general y deliberada de educar a los hijos sin causarles la menor pena y, al contrario de la rígida educación de la época, que inculca estrictos principios a golpe de bastón, tratar de interesarlos y formarlos según sus inclinaciones personales. Los consejeros humanistas indicaron expresamente al previsor padre que, como cuenta M, le hiciera «probar la ciencia y el deber con una voluntad no forzada y por mi propio deseo, y que criara mi alma con total dulzura y libertad, sin rigor ni constricción». [Esto y otros detalles que siguen se narran bastante literalmente en el Ensayo 26 – o 25 según la ediciones]

Un detalle divertido da fe de hasta qué punto se cultivó a propósito en el singular castillo del Périgord este interés por desenvolver la voluntad individual. Uno de los preceptores había manifestado que era perjudicial para la cervelle tendre des infants (el tierno cerebro de los niños) despertarlos por las mañana tout a coup a par violence (de golpe y con violencia). Por esta razón se idea un sistema especial para ahorrara los nervios del niño este insignificante trastorno:en su pequeña cama infantil, Michel de Montaigne se despierta todos los días con música. Flautistas y violinistas rodean la cama a la espera de que les den la señal de despertar al durmiente Michel con una suave melodía, y esta delicada costumbre es observada con el cuidado más riguroso. «Jamás me faltó nadie para rendirme este servicio», cuenta M. Ningún príncipe [p 40] Borbón, ningún retoño del emperador de Habsburgo, ha sido criado con tantos miramientos como este nieto de comerciantes de pescado gascones y agentes de cambio judíos. [Aquí, ¿ tal vez algo de ironía sobre las clases emergentes y la burguesía posterior?].

Una educación tan individualizada, en la que nada se prohíbe al niño y se da vía libre a todas y cada una de sus inclinaciones, es una experiencia no exenta de peligros, pues esto de estar tan mal acostumbrado a no encontrar nunca oposición [Recuerda a Dewey aquí…] y no tener que someterse a ningún tipo de disciplina deja a un niño la posibilidad de cultivar todos sus caprichos tanto como sus vicios innatos. Y M reconocerá más tarde que no debe sino a una feliz coincidencia el que esta educación poco severa e indulgente fuera un éxit en su caso. «Mi virtud es una virtud, o una inocencia, para decirlo mejor, accidental y fortuita. Si hubiese nacido con un temperamento más desordenado, me temo que me habría ido lamentablemente». Algunas huellas de esta educación, para bien y para mal, son perceptibles a lo largo de toda su vida, sobre todo su contumaz resistencia a plegarse a cualquier autoridad, a someterse a una disciplina, y una cierta atrofia de la voluntad. Con semejante infancia M adquirió el mal hábito, para todos los años venideros, de eludir en lo posible toda tensión demasiado fuerte o violenta, todo lo que representaba una dificultad, una orden o una obligación, y de ceder siempre a su propia voluntad y sus caprichos. Esa mollesse (blandura), esa insouciance (despreocupación), de las que a menudo se lamenta, tal [p. 41] vez tengan su origen en aquellos años. Pero también su voluntad indomable de mantenerse libre y jamás someterse servilmente a la opinión de otros. Es precisamente gracias a la bondadosa solicitud de su padre que más tarde puede declarar con orgullo: «Tengo un alma libre, completamente independiente y acostumbrada a comportarse según le place». Pues quien en la infancia ha conocido todavía inconsciente la voluptuosidad y los beneficios de la libertad, nunca los olvidará ni los perderá.

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Esta educación indulgente de niño mimado representa un golpe de suerte decisivo para el desarrollo espiritual de M. Pero también una suerte para él que se terminara en el momento oportuno. Para poder apreciar la libertad hay que conocer la coerción, y la oportunidad para ello se le presenta muy pronto, cuando a los seis años es enviado al colegio de Burdeos, donde permanecerá hasta los trece. No es que allí el hijo del hombre más rico y burgomaestre de la ciudad sea tratado con dureza y energía; la única vez que recibe azotes los recibe bien doucement (con mucha suavidad). Sin embargo, se encuentra con una disciplina férrea que impone despóticamente [p. 42] sus opiniones al alumno sin pedirle las suyas en absoluto. Por primera vez tiene que aprender metódicamente y, de modo inconsciente, el instinto del niño, acostumbrado a aprender sólo d’après sa propre volonté (por propia voluntad), se revuelve contra un saber que, rígidamente formulado y preparado, le viene impuesto a la fuerza. «[Los maestros] no cesan de gritarnos en los oídos – se queja – como si vertieran agua en un embudo, y nuestro cometido se limita a repetir lo que han dicho». [Nos hace pensar aquí en Freire] En vez de dejar que los alumnos desarrollen provechosamente sus propias opiniones, los llenan de materia muerta. «Nos esforzamos sólo en llenar la memoria, y dejamos el entendimiento y la conciencia vacíos», se lamenta, y se pregunta irritado: «¿De qué nos sirve tener la barriga llena de alimento si no lo digerimos, si no se transforma en nosotros, si no nos aumenta ni fortalece?». Le irrita que los escolásticos del colegio lo obliguen a aprender hechos y cifras, [sic] leyes y sistemas – no en vano en aquella época llamaban pedantes a los directores de escuela –, y quieren imponer a la memoria un saber libresco, une suffisance pure livresque (una mera capacidad libresca) y le indigna que los maestros consideren el mejor alumno a aquel a aquel que por regla general y de buena gana aprende de memoria lo que le dictan. Precisamente el exceso de saber impartido ahoga la capacidad de formarse una imagen personal del mundo. «Así como las plantas se ahogan por exceso de agua y las lámparas por [p 43] exceso de aceite, lo mismo lo ocurre a la acción del espíritu por exceso de estudio y materias». El saber recibido es una carga para la memoria, no es una función del alma. «Saber de memoria no es saber; es poseer lo que se ha guardado en sta facultad». No es importante saber la fecha de la batalla de Cartago según Livio y Plutarco, sino conocer el carácter de Escipión y de Aníbal, no el frío dato histórico, sino su contenido humano y psicológico. Así, el hombre maduro pondrá más tarde mala nota y a la vez dará una buena lección a sus maestros, los cuales no querían sino inculcarle reglas y datos. «Nuestros maestros – dice en sus últimos años – debería juzgar sólo el progreso que un alumno ha hecho de acuerdo con el testimonio de su vida, no mediante la simple memoria. Dejad que el joven examine y pase por el tamiz todo lo que lee y no acepte nada por la simple confianza, fe o autoridad. Deben presentársele las más diversas opiniones. Si es capaz, sabrá escoger; si no, permanecerá en la duda. Quien sigue a otro, no sigue nada, no encuentra nada, ni siquiera busca algo». Los buenos maestros fueron incapaces de dar al obstinado muchacho esta educación liberal, aunque había entre ellos eminentes e incluso famosos humanistas, de modo que se despidió de la escuela sin agradecimiento; la dejó «sin fruto alguno que pueda ahora registrar».

[P 44] Si M no estaba satisfecho con sus maestros, tampoco éstos podían estarlo con su alumno, pues, aparte de su resistencia interior contra todo saber libresco, escolar y memorístico, contra toda coerción, orden y disciplina, a M —- como a tantas otras naturalezas destacadas en las que la intensidad intelectual no se despierta hasta la pubertad —- le falta una capacidad de comprensión rápida y flexible. Este espíritu más adelante tan despierto, vivaz y curioso permanece durante sus años de pubertad cautivo de una abulia considerable. Hay una cierta indolencia que es como una carga para él: « … aunque tuviera una salud firme y completa, y al mismo tiempo un natural dulce y tratable, era por lo demás tan torpe, blando y adormecido que no podían arrancarme de la ociosidad, ni siquiera para hacerme jugar». Poseía ya ciertamente una capacidad de observación penetrante, pero, por decirlo así, sólo en potencia y en raros momentos. «Lo que veía, lo veía bien, y bajo ese torpe temperamento alimentaba imaginaciones audaces y opiniones por encima de mi edad». Pero esos momentos favorables sólo operan hacia adentro. Apenas se hacen perceptibles a los maestros, y M no les reprocha en absoluto el haberlo menospreciado, antes bien presenta un duro testimonio de su juventud: «El ingenio, lo tenía lento, y no avanzaba sino en la medida que lo conducían; la aprehensión tardía, la invención floja, y, al cabo, una increíble falta de memoria». Pero nadie sufre el martirio de la escuela como el niño dotado, cuyo talento y alcance [p 45] los maestros, con sus métodos secos, no saben cultivar ni hacer fértiles, y si M sale indemne de esta prisión de su juventud, es sólo porque como tantos otros —- Balzac lo ha descrito magníficamente en su Louis Lambert, y otros mucho antes que él —- descubre la secreta ayuda y el consuelo: el libro de poesía al lado del libro de texto. Como Louis Lambert, una vez cautivado por la magia de la lectura libre, ya no pudo dejarla. El joven M lee entusiasmado las Metamorfosis de Ovidio, la Eneida de Virgilio, los dramas de Terencio y Plauto en la lengua original, que es su auténtica lengua materna. Y la comprensión de las obras clásicas, así como su dominio oral del latín, de manera curioso devuelven el honor al alumno mediocre y perezoso. Uno de sus maestros, George Buchanan, que más tarde tendría un papel relevante en la historia de Escocia, es el autor de tragedias latinas muy apreciadas en su época, y, en las representaciones escolares, M interpreta éstas y otras piezas de teatro en latín con mayor éxito que los actores, superando a todos los demás por su souplesse de voix (versatilidad de voz) y también por el dominio del latín adquirido precozmente. A los trece años, el niño ineducable ha completado su educación exterior; a partir de ahora, y a lo largo de toda su vida, será su propio maestro y alumno.

Después de la escuela, después del colegio, parece que al muchacho de trece años le espera una época de relativo descanso en la casa paterna antes de estudiar derecho en la Universidad de Toulouse, o tal vez en París. Sea como [p 46] fuere, a los veinte años considera que su educación ha terminado definitivamente. «Por mi parte, considero que las almas han desarrollado a los veinte años lo que debe ser, y que prometen todo aquello de que serán capaces … Tengo por cierto que, después de esta edad, tanto mi espíritu como mi cuerpo han disminuido más que aumentado, y retrocedido más que avanzado».

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#referencias

Stefan Zweig, 2014 (primera edición de 1998) traducción de Joan Fontcuberta Gel, Montaigne, Acantilado, Barcelona

Michel de Montaigne, 1580, De l’institution des enfans, Essais Libro I, edición on line de la U. de Chicago: https://artflsrv03.uchicago.edu/philologic4/montessaisvilley/navigate/1/3/27/

Inglés, la que he consultado sobre todo: M. de Montaigne,  On educating children, en, 2004, The Essays; A Selection (traducción y edición de M.A. Screech), Penguin, Londres, pp. 37-72.

Español: Ensayos I, 1985, (edición y traducción de Dolores Picazo & Almudena Montojo), Cátedra, Madrid.

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