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Haraway / Arendt sobre el no-pensamiento

Imagen: Edith Vonnegut, 2019, Oil Spill — serie sobre el cambio climático. Más de la autora en: http://www.edithvonnegut.com/

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Un fragmento de Donna Haraway comentando cosas de Hannah Arendt de Staying with the Trouble, 2016: 36; sobre la necesidad de pensar, y el no-pensar de los que tratan de seguir con el business as usual. Ya lo había citado antes en el blog, más sucintamente, pero aquí sigue la cita más completa, que estaba consultando y traduciendo para el principio de las clases. El inglés original, para los que prefieran y para contrastar lo que pueda no resultar demasiado claro, al final del post.

Varias de las expresiones usadas — respons-ability, compostar, caminante [wayfarer], astralizado y alguna más– son creaciones conceptuales de la propia Haraway, o de su red de pensadoras — matters of care –. Los que no estéis familiarizados con el lenguaje de Haraway tendréis que hacer un esfuerzo de imaginación para suponer qué significan, aunque creo que son cosas relativamente intuitivas, que más o menos se entienden.

Selección y traducción, José Pérez de Lama

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Fragmento sobre el no-pensamiento

Donna Haraway

Según me enseñó Valerie Hartouni, recurro al análisis que hizo Hannah Arendt sobre la incapacidad de pensar del criminal de guerra nazi, Adolf Eichmann. Es en este abandono del pensar donde reside «la banalidad del mal» – del tipo particular que podría hacer que llegara a verificarse el desastre del «Antropoceno», con sus acelerados genocidios y especicidios. El resultado de todo estos, sin embargo, aún no está determinado; ¡tenemos que hacerlo; tenemos que pensar!

En la interpretación de Hartouni, Arendt insistía en que el pensamiento era algo profundamente diferente de lo que podríamos llamar conocimiento disciplinar, o ciencia basada en la evidencia, o la clasificación de verdades y creencias o hechos y opiniones o bueno y malo. Pensar, en el sentido de Arendt, no es un proceso para evaluar informaciones y argumentos, en tanto que verdaderos o falsos, para juzgarnos a nosotros mismos y a otros como errados o en posesión de la verdad. Todo esto es importante, pero no es lo que Arendt tenía que decir sobre la maldad del no-pensamiento y que yo quiero traer a colación en relación con la coyuntura geohistórica que se viene denominando el Antropoceno.

Arendt no veía a Eichmann como un monstruo incomprensible, sino que veía algo mucho más terrorífico – lo que vio fue la situación mucho más ordinaria de alguien que no piensa. Esto es, allí había un ser humano que era incapaz de hacerse presente a sí mismo aquello que estaba ausente, aquello que no era él mismo; lo que es el mundo en su más sencillo aspecto de no-ser-uno-mismo, y las aspiraciones-a-ser de aquello diferente de nosotros.

Allí había alguien que no podía ser un caminante [a wayfarer], que no podía enredarse con otros y con el mundo [could not tangle], que no podía cultivar respons-[h]-abilidad, que no podía hacerse a sí mismo presente lo que estaba haciendo, que no podía vivir en consecuencia, no podía compostar.

Cumplir la función encomendada importaba, el deber importaba, pero el mundo no importaba para Eichmann. El mundo no importa en el no-pensamiento ordinario. Las casillas vacías se rellenan con las evaluaciones correspondientes, determinando amigos y enemigos, siempre ocupados con el trabajo; el cuestionamiento de toda esta actividad, es algo que no aparece, un asombroso abandono del pensamiento.

Esta condición no era falta de sentimientos, falta de compasión, aunque seguro que esto también ocurría con Eichmann, sino una entrega profunda a lo que yo llamaría inmaterialidad, inconsecuencialidad, o en el idioma de Atrendt y en el mío, no-pensamiento.

Eichmann estaba astralizado [mirando al cielo en lugar de a la tierra y a su alrededor, idea a la que da vueltas Haraway en este libro en relación con la noción de Chthuluceno], fuera del enredo confuso del pensamiento, entregado, en su lugar, al hábito de que el negocio siga como de costumbre [business as usual], pase lo que pase. Para Eichmannn y sus herederos – ¿nosotros? – no había manera de que el mundo pudiera convertirse en un asunto de cuidados [a matter of care]. El resultado de aquello fue la participación activa en un genocidio.

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Original en inglés:

Instructed by Valerie Hartouni, I turn to Hannah Arendt’s analysis of the Nazi war criminal Adolf Eichmann’s inability to think. In that surrender of thinking lay the “banality of evil” of the particular sort that could make a disaster of the Anthropocene, with its ramped-up genocides and speciescides, come true. This outcome is still at stake; think we must; we must think! In Hartouni’s reading, Arendt insisted that thought was profoundly different from what we might call disciplinary knowledge or science rooted in evidence, or the sorting of truth and belief or fact and opinion or good and bad. Thinking, in Arendt’s sense, is not a process for evaluating information and argument, for being right or wrong, for judging oneself or others to be in truth or error. All of that is important, but not what Aendt had to say about the evil of thoughtlessness that I want to bring into the question of the geohistorical conjuncture being called the Anthropocene.

Arendt witnessed in Eichmann not an incomprehensible monster, but something much more terrifying – she saw commonplace thoughtlessness.

That is, here was a human being unable to make present to himself what was absent, what was not himself, what the world in its sheer not-one-selfness is and what claims-to-be inhere in not-oneself [this is not very clear…].

Here was someone who could not be a wayfarer, could not entangle, could not track the lines of living and dying, could not cultivate response-ability, could not make present to itself what it is doing [?], could not live in consequence, could not compost.

Function mattered, duty mattered, but the world did not matter for Eichmann. The world does not matter in ordinary thoughtlessness. The hollowed-out spaces are filled with assessing information, determining friends and enemies, and doing busy jobs; negativity [??], the hollowing out of such positivity, is missed, and astonishing abandonment of thinking.

This quality was not emotional lack, a lack of compassion, although surely that was true for Eichmann, but a deeper surrender to what I would call immateriality, inconsequentiality [very Dewey again], or, in Arendt’s and also my idiom, thoughtlessness.

Eichmann was astralized right out of the muddle of thinking into the practice of business as usual no matter what. There was no way the world would become for Eichmann and his heirs – us? – a “matter of care.” The result was active participation in genocide.

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Referencia completa:

Donna Haraway, 2016, Staying with the Trouble. Making Kin in the Chthulucen (notas sobre “Thoughtlessness” – a partir de Hannah Arendt), capítulo 2, Tentacular Thinking, p. 36 — Duke University Press, Durham.

Recordando a David Graeber: ¿es la actitud moralista en relación con el trabajo la que está acabando con el planeta?

Imagen: captura de un tuit de David Graeber del pasado mes de julio de 2020
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José Pérez de Lama

*** Modesto homenaje de arquitecturaContable a David Graeber

[1] Trabajo, — ya sabemos –, como casi todos los términos interesantes significa cosas contradictoriamente polisémicas. Por un lado, significa lo que hacemos para transformar el mundo y adaptarlo a nuestras necesidades, para hacerlo más habitable,  para obtener los recursos necesarios para la vida. Por otra, en nuestro sistema social, en tanto que empleo, constituye una forma de sujeción y quizás explotación — desde Marx es difícil abandonar la sospecha de esto último. Casi todos necesitamos tener un trabajo porque constituye la forma en que la mayoría nos ganamos la vida, pero a la vez,  mucho de las cosas que tenemos que hacer en nuestros trabajos, por decirlo sin entrar en excesivas complejidades, no son las que haríamos si pudiéramos elegir libremente.

El mes pasado, con su característica brillantez, David Graeber, que murió pocos días después, ponía un par de tuits divertidos sobre este asunto del trabajo, sobre el que sus seguidores saben perfectamente que venía escribiendo durante los últimos años — muchos sabréis que su último libro publicado se tituló Bullshit jobs. A TheoryBullshit jobs es el nombre que inventó para describir la proliferación durante las últimas décadas de trabajos sin sentido, absurdos y poco útiles.

En este par de tuits que recordaba Graeber nos hacía sonreír con su inteligencia burlona y provocadora, haciéndonos dudar de la virtud del trabajar duro, que por temporadas algunos hemos llegado a considerar algo casi sagrado…

Decía así, entonces, el pasado 14 de julio (captura al principio del post del tuit original):

Serie Propuestas inmodestas en Radio 4: el trabajo está destruyendo el planeta. Para salvarnos a nosotros mism*s podemos empezar por

1. eliminar los trabajos inútiles (bullshit jobs)
2. parar de construir sin sentido (batshit construction)
3. terminar con la obsolescencia planificada.

[twitter.com/davidgraeber/status/1283053313735495692]

Y continuaba en el mismo hilo:

esto es,

la cuestión clave: "no es nuestro hedonismo el que está destruyendo el planeta, es nuestro puritanismo," el hecho de que sintamos que todo el mundo debe estar constantemente trabajando, independientemente de que se necesite que algo sea hecho, para justificar nuestros placeres de consumidores.

Por supuesto Graeber relacionaba esto con el debate sobre los trabajos que estos meses atrás, más que nunca, se habían demostrado como «esenciales» — y por contraste los que se revelaron como menos, o como prescindibles, los quizás bullshit jobs, como muchos de los nuestros que andamos leyendo y escribiendo blogs y tuits y cosas así… 🙂 (véanse las entrevistas enlazadas al final). Sigue leyendo Recordando a David Graeber: ¿es la actitud moralista en relación con el trabajo la que está acabando con el planeta?

La figura del “Privatgelehrter”, el intelectual privado, según Benjamin

Imagen: Benjamin (arriba a la derecha) con otros turistas / exiliados en 1933 en un barco en Ibiza. Fuente: https://elpais.com/cultura/2018/05/27/actualidad/1527444858_165788.html
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Las notas que siguen proceden de Hannah Arendt [traducción de Harry Zohn], 1968, Introduction. Walter Benjamin: 1892-1940, en: Walter Benjamin, Illuminations. Essays and Reflections, 2007 [1968], Schocken Books, Nueva York

Selección y comentario de JPL

Ando  entreteniéndome últimamente practicando un poco el alemán que aprendí de niño, y encontré estos días la palabra Gelehrter, – que se traduce al inglés como learned y al español, quizás con menos fortuna, como docto. Lehren es enseñar, pero en la fórmula aparece un poco en pasivo, algo así como los que han sido enseñados o los que han pasado por la enseñanza… La raíz doc – de docere, como en docencia – en doctos posiblemente sugiere también algo así… Lo de Gelehrter lo había encontrado recientemente en Kant en su texto sobre qué es la Ilustración, en el que los Gelehrter se presentaban como los protagonistas de la Aufklärung, y también del debate político público. Ahora lo volví a encontrar en este texto en el que Hannah Arendt intenta poner en valor a su amigo Walter Benjamin, más de 25 años después de su muerte, y tras una primera edición de sus trabajos por parte de T.W. Adorno que, parece ser, consideraba que no le había hecho justicia. Ardent aquí nos presenta a Benjamin, como un aspirante a Privatgelehrter, que podría traducirse quizás como intelectual privado. Esta última expresión la había leído si mal no recuerdo referida a Spinoza – y usada en oposición a la de intelectual público (Larrauri). Ya se ve que se mezclan un poco las cosas.

Arendt decía que Benjamin se había propuesto ser eso, — o argumentado al revés: con su formación y su biografía, no habría sido capaz de hacer o ser ninguna otra cosa –; el problema era que esa figura ya era anacrónica e inviable en su tiempo, a pesar de que él – y algunos otros de su generación – siguieran soñando con aquel tipo de vida. __ Y aun así, es posible que ciertos aspectos de esta figura fantasmática, la del Privatgelehrter, aún sigan presentes de una u otra manera.

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Arendt, 1968: 24

Entonces podría uno decir que Benjamin no se preparó para otra cosa que para la «profesión» de coleccionista privado y estudioso (scholar) totalmente independiente, lo que entonces se llamaba Privatgelehrter. […]

Sigue algunos párrafos más para volver sobre el equivalente en la tradición francesa que sería el homme de lettres:

[p.27] Hoy el homme de lettres nos resulta una figura más bien inofensiva y marginal, como si la debiéramos comparar con la figura del Privatgelehrter que tuvo siempre un cierto toque de comicidad. Benjamin […] probablemente supo del origen del homme de lettres en la Francia pre-revolucionaria así como de su extraordinaria recorrido en la Revolución Francesa. En contraste con los escritores y literati posteriores, los «escrivains et litterateurs», y así son descritos los hommes de lettres incluso por Larousse, estos hombres, aunque en efecto vivían en el mundo de la palabra escrita e impresa y estaban, sobre todo, rodeados [p. 28] por libros, no tenían la obligación ni la intención de escribir y leer profesionalmente, para ganarse la vida. A diferencia de la clase de los intelectuales que ofrece sus servicios al Estado en tanto que expertos, especialistas o funcionarios, o a la sociedad para la diversión o la instrucción, los hommes de lettres siempre se afanaron por mantenerse a distancia de ambos, Estado y sociedad.

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Otra nota de Arendt del mismo texto sobre esta condición de intelectual privado de Benjamin [pp. 3-4]:

[3] En el caso de Benjamin el problema (si es que lo era) puede diagnosticarse retrospectivamente con gran precisión; tras haber leído el ensayo largo sobre Goethe del que era autor alguien completamente desconocido, Hofmannsthal lo calificó como «absolutamente incomparable» (schlechthin unvergleichlich); y el problema es que tenía literalmente razón, no podía compararse con nada de la literatura existente. El problema con todo lo que escribiera Benjamin es que todo resultó ser sui generis.

La fama póstuma, entonces, parece ser lo que le toca a los inclasificables, esto es, a aquellos cuyo trabajo ni encaja en el orden existente ni introduce un género nuevo que se presta a una futura clasificación. Los innumerables intento de escribir à la Kafka, todos fracasos lamentables, sólo han servido para enfatizas la singularidad de Kafka, una absoluta originalidad de la que no pueden trazarse antecedentes ni sufrir seguidores. Esto es una de las cosas que a la sociedad le cuesta más aceptar y a la que será más difícil que de su sello de aprobación. Por expresarlo francamente, sería tan engañoso recomendar hoy a Walter Benjamin como ensayista y crítico literario como lo habría sido recomendar a Kafka en 1924 como novelista y escritor de relatos cortos. Para describir adecuadamente su trabajo y a él mismo como autor dentro de un marco de referencia habitual, uno tendría que hacer muchas enunciaciones negativas, tales como: su erudición era grande, pero no era un erudito [scholar]; su materia de estudio incluía textos y [4] su interpretación, pero no era un filólogo, sentía gran atracción, no por la religión sino por la teología y las interpretaciones de tipo teológico para las que el texto en sí mismo es sagrado, pero no era un teólogo y no estaba particularmente interesado en la Biblia; era un escritor de nacimiento, pero su gran ambición era producir un trabajo enteramente compuesto por citas; fue el primer alemán en traducir Proust (junto con Franz Hessel) y St.-John Perse, y antes de eso había traducido los Tableaux parisiens de Baudelaire, pero no era un traductor; reseñó libros y escribió algunos ensayos sobre escritores vivos y muertos, pero no era un crítico literario; escribió un libro sobre el barroco alemán y dejó inacabado un enorme estudio sobre el siglo diecinueve francés, pero no era un historiador, de la Literatura o de otro tipo; intentaré mostrar que pensaba poéticamente, pero no era ni poeta ni filósofo.

Y ésta era la particular vocación y oficio de Benjamin según Arendt, más allá de su intento de vivir o de ejercer como un Privatgelehrter… [sigue en pág. 4]:

Aun así, en los raros momentos en que se preocupó por definir lo que estaba haciendo, Benjamin pensaba de sí mismo como un crítico literario, y si pudiera decirse que hubiese aspirado a una posición en la vida ésta habría sido la del «único crítico verdadero de la literatura alemana» (tal como lo puso Scholem en una de sus pocas y muy bellas cartas al amigo que se han publicado), excepto que la misma noción de convertirse así en un miembro útil de la sociedad le habría repelido. No hay duda de que estaba de acuerdo con Baudelaire, «Être un homme utile m’a paru toujours quelque chose de bien hideux». En los párrafos introductorios de su ensayo sobre las Afinidades electivas, Benjamin explicó lo que entendía cómo la tarea del crítico literario. Empieza distinguiendo entre el comentario y la crítica. (Sin mencionarlo, quizás incluso sin ser consciente, usó el término Crítica, que en su uso normal tendría el significado de criticar [no funciona del todo la traducción / Kritik (en alemán) y critique], tal como Kant lo usó cuando habló de la Crítica de la Razón Pura). […]

El crítico como un alquimista que practica el oscuro arte de transmutar los elementos fútiles de lo real en el resplandeciente, duradero oro de la verdad, o más bien, que observa e interpreta el proceso histórico que genera esta mágica transfiguración – sea lo que sea que pensemos de esta figura, se corresponderá con dificultad con lo que normalmente podamos tener en la mente cuando clasificamos a un escritor como crítico literario.

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#referencias

Hannah Arendt [traducción de Harry Zohn], 1968, Introduction. Walter Benjamin: 1892-1940, in: Walter Benjamin, Illuminations. Essays and Reflections, 2007 [1968], Schocken Books, Nueva York __ puede encontrarse on line