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Mi querida España… maneras de querer tu propia tierra

Joaquín Sorolla, 1918 & A. González-Alba, 2009, (montaje de este autor), alberca en Sevilla. Fuente: https://www.flickr.com/photos/gonzalez-alba/3382648408/

Mi modesta, y me temo que no demasiado clara, contribución al debate nacionalista. España, Esp, Spain, el nombre que queramos usar, es lo que somos en buena parte muchos de nosotros, porque es el mundo que hemos participado en construir. No somos, por suerte o por desgracia entes encerrados en nosotros mismos, sino que en nuestro vivir transformamos y hacemos el mundo que nos rodea. Renegar de nuestra tierra es como renegar de nosotros mismos, y me resulta raro… Otra cosa es que algunos traten de hacernos extraños en nuestro propio país, y que lo estén logrando… Como siempre, más preguntas que respuestas.

Mi querida España

José Pérez de Lama

Mi querida España / esta España mía / esta España nuestra… canción de Cecilia de los 70. Me quedo hoy con este verso… Dulce tu promesa… Pensando por qué siento míos estos versos, me acordaba de cuando viajaba por todo el mundo, desde niño y hasta hace muy poco, – y aunque me emocionaba, y especulaba con que me quedaría a vivir en casi todos los sitios a los que iba -, al estar de vuelta, bajando en tren desde Madrid, sentía una gran alegría de volver a casa cuando veía los campos secos de La Mancha, y luego las dehesas rocosas pasando Despeñaperros, y finalmente las tierras amplias del Valle del Guadalquivir. Sigo pensando que son los paisajes más bellos, lo que más me dicen. Más que las aguas azules del Caribe o los campos verdes de Francia y cosas así de postal. Sin duda, es porque de alguna forma pertenezco a estos paisajes, y a la vez me pertenecen, de esa forma peculiar en que nos pertenece lo común, lo que hacemos y compartimos entre muchos.

De joven leía el libro de Fromm, El arte de amar, que por lo que recuerdo contaba que amar no era algo dado, sino un arte que había que cultivar: interés por el otro, conocimiento, interés por el otro, dedicación, realismo, indulgencia y cosas así. Pero recordaba estos días que la primera condición según Fromm era la de amarse a uno mismo, más o menos con las mismas premisas: conocerse a sí mismo and so on.

Extendiéndolo, un poco, para mí ser patriota – palabra difícil estos días – es eso de amarse a uno mismo, cuando ese mismo es un nosotros mismos: a los que te rodean, donde vives. Pues entiendo que nuestras sociedades no son cosas externas a nosotros, sino que son lo que hacemos/somos nosotr*s mism*s, entre tod*s, sobre lo que hicieron anteriormente nuestros padres y madres y antes nuestros abuelos y nuestras abuelas.

Recordaba estos días también lo de Kennedy, cuando decía a sus conciudadanos, “No se trata de lo que América pueda hacer por ti, sino lo que tú puedas hacer por América”. Y otro dicho con muchas versiones que reza más o menos así: “Hacemos nuestro mundo y luego éste nos hace a nosotros – en ciclo permanentemente recurrentes” – esta coletilla es de linaje más cíber, o al menos proto-cíber (Bateson, Mitchell…).

Y es por eso, que yo particularmente, me siento responsable y trato de sentirme orgulloso de donde vivo, porque es el mundo de cuya construcción participo. Aunque ciertamente, muchas veces, demasiadas, nos sintamos excluidos de este poder participar en el hacer el mundo en que vivimos. No tratar de querernos a nosotros mismos lo veo como un extraño masoquismo. Lo que no quita ser realista y crítico, o ultracrítico si hace falta. Entiendo que podamos tener resentimientos hacia parte de nuestra historia, porque nos duela lo que nuestros antepasados más o menos lejanos hayan hecho: guerras, matanzas, injusticias, explotación, etc. Pero cuando se estudia algo de Historia y se conocen otros países más allá del turismo superficial, se ve que todos los estados – especialmente los más desarrollados y los más o menos poderosos -, tienen sus pasados oscuros: genocidios, colonialismo, imperialismo, explotación, clasismo, necedad, egoísmo… Pero odiar o despreciar a tu propio país-tierra para mí, entonces, es como no amarse a sí mismo; bien por no reconocer que somos nosotros mismos quienes lo hacemos cada día, bien porque renunciamos a hacerlo: nuestra patria, al fin y al cabo, como decían estos días empieza por la propia casa, la familia, el barrio, el trabajo, los amigos y entornos por los que nos movemos… Y lo fácil es echarle la culpa a los otros y no ver ninguna responsabilidad en nosotros mismos…

Pero, bueno, algo de indulgencia con uno mismo y los amigos: este rendirnos impotentes no cabe duda que es parte de las estrategias de poder contemporáneas: las megaorganizaciones y burocracias, los partidos políticos, las tecnologías, los llamados mercados… Aunque claro, tu propio país, tu propia tierra, aunque hoy pudiera parecer que fuera así, no es, o no debería ser al menos, como un centro comercial o un restaurante en el que soy un cliente-usuario, que juzgo desde una posición completamente externa, y al que si no me gusta no vuelvo a ir… No todo el mundo quiere o puede migrar. Y al fin y al cabo, ¿adónde ir? ¿A Estados Unidos, a Alemania, a Suiza? Brrrr. Pero en eso nos están convirtiendo, en población-súbdita-usuaria, y habría que resistirse. Yo, desde luego, me resisto. No me rindo, – aunque muchas veces lo piense.

Para acabar esta divagación: un pariente lejano, el poeta cercano a la Generación del 27 Fernando Villalón, decía célebremente, – célebremente al menos para sus lectores -, que el mundo se dividía en dos partes: Sevilla y Cádiz. Se debe mencionar que era un poeta surrealista y aunque tremendamente andaluz, a la vez bastante cosmopolita. Por lo que esta afirmación, que no cabe duda que me hace gracia como bajo-andaluz, la suelo interpretar en un sentido cósmico-mítico. Sevilla y Cádiz son el valle y la costa, el campo y el mar. Sevilla-Cádiz es nuestra cosmogonía particular del mundo. Y este amar lo próximo – prójimo en lenguaje más arcaico, de connotaciones cristianas – es la forma en que cada cual ama el mundo y a sus habitantes, nuestros prójimos humanos y no-humanos. Este encontrar la belleza y la emoción en lo próximo, – el paisaje, la tierra, las gentes, el arte, las formas de vida -, es la manera de querer la vida, el mundo en que vivimos y de querernos a nosotros mismos. Para mi, paradójicamente, esta sería también la manera de ser universalista, incluso internacionalista. Algo así como el tal vez gastado eslogan del piensa global y actúa local. No debe ser ni bueno querer a los pueblos abstractos. Uno imagina que si Villalón hubiera sido catalán, que quizás resulte difícil imaginar por otra parte, habría dicho Barcelona y el Ampurdán en vez de Cádiz y Sevilla – por decir algo -, y si hubiera sido australiano, pues habría encontrado otros lugares.

Hasta ahora me había hecho sentir bien estar en mi querida Barcelona, como un lugar próximo y con el que me siento emparentado en tantas cosas, sentirme en casa también allí; – como por otra parte también me he sentido en Los Ángeles, bien lejos de aquí, durante bastantes años; y en algunos otros lugares.

Otra cosa diferente a las patrias del corazón, son las cosas de los políticos, los estados y las ideologías más o menos nacionalistas y las estrategias de poder entre grupos más o menos de interés. Al final, no creo que vaya a ser una gran diferencia para el españolito o el catalancito de a pie si Cataluña se independiza o no. Aunque yo preferiría que no sucediera. Y lo que sí preferiría sería un país en el que todos pudiéramos sentirnos más responsables de poder construirlo junt*s. Y, por último, eso sí, – o eso no -; estoy muy en contra del “155” y del españolismo rajoyano. Y aunque me llamen equidistante, tampoco tengo simpatía por el independentismo zorrocotroco catalán, aunque entienda que tienen, sin duda, sus razones. Pero es que no hay solo dos razones; es que hay muchas.

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