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El rechazo de la teoría del valor-trabajo por parte de Marx – según David Harvey

Figura 1: Diagrama de los ciclos de producción, (acumulación) y reproducción social, según David Harvey. Fuente: David Harvey, en el link que se indica más abajo.

El rechazo de la teoría del valor-trabajo por parte de Marx

David Harvey, 1 de marzo de 2018

Traducción del original en inglés disponible on line en:
http://davidharvey.org/2018/03/marxs-refusal-of-the-labour-theory-of-value-by-david-harvey/

Traducción de José Pérez de Lama, 08.2018

Comentario introductorio del traductor: un texto algo técnico, que me temo que no he comprendido del todo bien, pero que quizás por eso me ha intrigado mucho. Responde a juicio del traductor a  los actuales debates sobre creación de valor, trabajo y cambio tecnológico (la cuestión del “General Intellect”) y sobre la reproducción social… Y cuestiona lo que siempre había creído sobre el valor-trabajo en Marx, y que había aprendido estudiando al propio Harvey. 🙂

Harvey plantea, efectivamente, que Marx parte de la teoría del valor-trabajo de Ricardo, en primera instancia, dándole una mayor sistematización, para a continuación cuestionarla, pasando a plantear una nueva teoría del valor, más compleja, dinámica y dialéctica, en la que el valor sería el resultado de las interacciones de una red que trasciende el proceso de producción, y que incluiría, entre otras cuestiones, la innovación tecnológica y organizativa (el ámbito de la plusvalía relativa) y la reproducción social del trabajo (la capacidad adquisitiva de l*s trabajador*s, formas de vida, el estatus del ejército de reserva de trabajador*s…… Personalmente, tendré que pensar y profundizar más sobre el asunto, que en cualquier caso me parece de lo más interesante.

He añadido algún subtítulo al texto para, espero, facilitar su lectura. También una imagen/diagrama final. La presente es una traducción de trabajo.

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El rechazo de la teoría del valor-trabajo por parte de Marx

David Harvey

Es una creencia extendida el considerar que Marx adaptó la teoría del valor-trabajo (labour theory of value) de Ricardo como concepto fundamental de sus estudios sobre la acumulación capitalista. Dado que la teoría del valor-trabajo ha sido generalmente desacreditada, se suele afirmar con autoridad que las teorías de Marx no se sostienen. Pero en ningún lugar, de hecho, declara Marx su fidelidad a la teoría del valor-trabajo. Era una teoría de Ricardo, quien reconocía que era profundamente problemática aunque insistiera en que el valor constituía una cuestión crítica para el estudio de la economía política. En las pocas ocasiones en que Marx comenta directamente sobre este asunto, [1] se refiere a la “teoría del valor” y no a la teoría del valor-trabajo. Entonces, ¿cuál era la teoría del valor distintiva de Marx y cómo difiere de la teoría del valor-trabajo?

La respuesta (como es habitual) es complicada en sus detalles pero sus grandes líneas pueden ser reconstruidas a partir de la estructura del primer volumen del Capital. [2]

Marx empieza aquel trabajo examinando la apariencia superficial del valor de uso y el valor de cambio en el acto material del intercambio de mercancías y postula la existencia del valor (una relación inmaterial pero objetiva). Este valor es inicialmente considerado como una reflexión del trabajo social (abstracto) congelado en las mercancías (capítulo 1). En tanto que norma reguladora en el mercado, el valor puede existir, muestra Marx, sólo cuando el intercambio de mercancías se ha convertido en “un acto social normal.” Esta normalización depende de la existencia de las relaciones de propiedad privada, individuos jurídicos y mercados perfectamente competitivos (capítulo 2). Un mercado tal sólo puede funcionar con la emergencia de las formas monetarias (capítulo 3) que facilitan y lubrican las relaciones de intercambio de maneras eficientes, a la vez que ofrecen un vehículo conveniente para el almacenamiento de valor. El dinero, así, entra en el panorama como una representación material del valor. El valor no puede existir sin su representación. Entre los capítulos 4 y 6, Marx muestra que sólo en un sistema en el que la actividad económica tiene por finalidad y objeto la producción de mercancías el intercambio se convierte en un acto social necesario a la vez que normal. Es la circulación de dinero como capital (capítulo 5) la que consolida las condiciones para que la forma de valor distintiva del capital se convierta en norma reguladora. Pero la circulación de capital presupone la existencia previa del trabajo asalariado en tanto que mercancía que puede comprarse y venderse en el mercado (capítulo 6). El proceso a través del cual el trabajo se convirtió en esta mercancía antes de la emergencia del capitalismo es el objeto de la Parte 8 del Capital, que trata de la acumulación primitiva u original.

El concepto de capital como proceso – como valor en movimiento – basado en la compra de fuerza de trabajo y medios de producción está inextricablemente entretejido con la emergencia de la forma del valor. Una analogía simple aunque burda del argumento de Marx puede ser ésta: la vitalidad del cuerpo humano depende de la circulación de la sangre, que no tiene existencia fuera del cuerpo humano. Los dos fenómenos son mutuamente constitutivos. De manera parecida, la formación de valor no puede ser entendida fuera del proceso de circulación que la alberga. Lo que importa es la interdependencia mutua en el interior de la totalidad de la circulación de capital. En el caso del capital, sin embargo, el proceso aparece no solo como auto-reproductivo (cíclico) sino también como auto-expansivo (la forma espiral de la acumulación). Esto es así porque la busca de ganancia y plusvalía impulsa los intercambios de mercancías, que a su vez sostienen la forma de valor. De esta manera, el valor se convierte en una norma regulatoria embebida en la esfera del intercambio sólo en las condiciones de la acumulación de capital.

Aunque los pasos del argumento son complicados, Marx parece haber hecho poco más que sintetizar y formalizar la teoría del valor-trabajo de Ricardo embebiéndola en el conjunto de la circulación y acumulación según se presenta en la Figura 1 (presentada aquí al inicio del texto). La sofisticación y la elegancia del argumento han seducido a muchos de los seguidores de Marx haciéndoles pensar que éste era el final de la historia. Si esto fuera así, muchas de las críticas lanzadas en contra de la teoría del valor de Marx estarían justificadas. Pero éste no es el final. Es, de hecho, el principio. La esperanza de Ricardo era que la teoría del valor-trabajo pudiera ofrecer la base para entender la formación de precios. Es esta esperanza la que subsiguientes análisis han machacado implacable y correctamente. Marx entendió muy pronto que esto era una esperanza imposible, aunque frecuentemente intercambiaba en sus presentaciones (sospecho que por motivos tácticos) el uso de los términos valor y precio como si fuera aproximadamente la misma cosa. En otras instancias estudió las divergencias sistemáticas. En el Volumen 1, Marx reconoce que cosas como la conciencia, el honor o las tierras sin cultivar pueden tener un precio y sin embargo no tener valor. En el Volumen 3 del Capital, explora cómo la igualación en el mercado de la tasa de beneficio (rate of profit) conduciría a que las mercancías se intercambiaran no según su valor sino de acuerdo con los así-llamados “precios de producción.”

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Teoría del valor e innovación organizativa y tecnológica. Teoría del trabajo-valor

Pero el principal objeto de interés de Marx no era la formación de precios; él tenía una agenda diferente. Los capítulos 7 a 25 del Volumen 1 describen en intrincado detalle las consecuencias que tienen para los trabajadores y las trabajadoras [t1] el vivir y trabajar en un mundo gobernado por la ley del valor tal como es constituida por la generalización y normalización del intercambio en el mercado. Esta es la famosa transición, al final del capítulo 6, en la que Marx nos invita a abandonar la esfera de la circulación, “un verdadero edén de los derechos del hombre” en la que “gobiernan solas la Libertad, la Igualdad, la Propiedad y Bentham.” Y así nos sumergimos en “la morada escondida de la producción” en la que veremos “no sólo cómo produce el capital, sino también cómo el capital es producido.” Será sólo aquí, además, donde veremos cómo se forma el valor.

Las leyes coercitivas de la competición en el mercado fuerzan al capitalista individual a extender la jornada de trabajo lo máximo posible, amenazando la vida y el bienestar del trabajador en ausencia de fuerzas que la limiten tales como la legislación para acotar la duración de la jornada de trabajo (capítulo 10). En capítulos siguientes, estas mismas fuerzas coercitivas empujan al capital en busca de innovaciones tecnológicas y organizativas, para movilizar y apropiarse de las fuerzas inherentes a la cooperación entre trabajadores y a la división del trabajo, a diseñar maquinaria y sistemas de producción fabril, a movilizar las fuerzas de la educación, el conocimiento, la ciencia y la tecnología, todo en busca de la plusvalía relativa. El efecto agregado (capítulo 25) es el deterioro de la posición del trabajador, la creación de un ejército industrial de reserva, la imposición de condiciones de trabajo de miseria abyecta y desesperación entre las clases trabajadoras y la condena de mucha parte de los trabajadores a vivir en condiciones de reproducción social que son miserables en extremo.

Esto es a lo que Diane Elson, en su artículo seminal sobre el asunto, llama “la teoría del trabajo-valor” (value theory of labor), una teoría que se centra en las consecuencias del valor, funcionando como norma reguladora en el mercado, para los trabajadores que están condenados por su situación a trabajar para el capital. Estos capítulos también explican por qué Bertell Ollman considera que la teoría del valor de Marx es una teoría de la alienación del trabajo en la producción más que un fenómeno de mercado. [3]

Pero la productividad y la intensidad del trabajo están perpetuamente cambiando bajo las presiones de la competición en el mercado (tal como se describe en los capítulos posteriores del Capital). Esto significa que la formulación del valor en el primer capítulo del Capital es revolucionada por lo que viene después. El valor se convierte en una conectividad interna inestable y en permanente evolución (una relación interna o dialéctica) entre el valor según es definido en el mercado en el ámbito de la circulación y el valor en tanto que redefinido constantemente a través de las revoluciones en el ámbito de la producción. Anteriormente en los Grundrisse (pp. 690-711), Marx había especulado, en un famoso “fragmento sobre las máquinas,” que la incorporación del conocimiento humano en el capital fijo disolvería completamente el significado del valor a menos de que hubiera fuerzas o razones irresistibles que lo restaurasen. [4] En el Volumen 3 del Capital, Marx da mucha importancia al impacto de los cambios tecnológicos sobre el valor conduciendo a la tesis de los beneficios (rendimientos) decrecientes. La relación contradictoria entre el valor según es definido en el mercado y el valor reconstruido por las transformaciones en el proceso de trabajo es central en el pensamiento de Marx.

El cambio de productividad del trabajo, desde luego, es un aspecto fundamental en todas las formas de análisis económico. En el caso de Marx, sin embargo, no es la productividad física del trabajo enfatizada en la economía política clásica y neoclásica lo que cuenta. Lo que importa a Marx es la productividad del trabajo en relación con la producción de plusvalía. Esto sitúa la relación entre la busca de plusvalía relativa (a través de las innovaciones tecnológicas y organizativas) y los valores de mercado en el centro de la teoría del valor de Marx.

Una primera aproximación a la teoría del valor de Marx, concluyo, se centra en la unidad, constantemente cambiante y contradictoria, entre aquello que se refiere tradicionalmente como la teoría del valor-trabajo en la esfera del mercado (tal como se establece en los primeros seis capítulos del Capital) y la teoría del trabajo-valor en la esfera de la producción (según se analiza en los capítulos 7 al 25 del Capital).

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Teoría del valor y reproducción social

Pero los materiales presentados en el capítulo 25 del Capital sugieren que no es sólo la experiencia del proceso de trabajo lo que está en juego en la teoría del valor. Marx describe las condiciones de reproducción social de todos aquellos que han sido reducidos por el funcionamiento de la ley general de la acumulación de capital a formar parte del ejército industrial de reserva (el objeto del capítulo 25). Cita informes oficiales relativos a la salud pública en la Inglaterra rural (especialmente los de un cierto Dr. Hunter), así como otras informaciones sobre la vida diaria en Irlanda y Bélgica, junto con el estudio de Engels sobre La condición de la clase obrera inglesa en 1844. El consenso de todos estos informes es que las condiciones de la reproducción social para este segmento de la clase trabajadora eran peores que cualquier cosa oída bajo el feudalismo. Las aterradoras condiciones de alimentación, vivienda, educación, sobrepoblación, relaciones de género y perpetuo desplazamiento se veían exacerbadas por las políticas punitivas de asistencia social (notablemente las Poor Laws – Leyes del pobre – en Gran Bretaña). Se señala el dato angustioso de que la alimentación de los prisioneros en la cárcel era superior a la de los empobrecidos fuera de ésta (¡ay!, este sigue siendo el caso en los EEUU). Esto abre el camino hacia una importante extensión de la teoría del valor de Marx. Las consecuencias de la intensificación de la competición capitalista en el mercado (incluida la busca de la plusvalía relativa a través del cambio tecnológico) produce el deterioro de las condiciones de reproducción social de las clases trabajadoras (o segmentos significativos de ésta) si no se ponen en funcionamiento fuerzas compensatorias o políticas públicas que contrarresten estos efectos.

De la misma manera que la teoría del valor-trabajo es fundacional para la aproximación al valor de Marx, también la “teoría del valor de la reproducción social” emerge como un importante foco de estudio. Esta es la perspectiva que abre Marx en las últimas secciones del capítulo 25 del Volumen 1 del Capital. Y este es el foco de atención de aquellas marxistas feministas que han trabajado asiduamente durante los últimos cuarenta años en la construcción de una teoría adecuada de la reproducción social. [5]

Marx (Capital, Volumen 1, p. 827) cita un informe oficial sobre las condiciones de vida de la mayoría de los trabajadores en Bélgica, que se ven forzados “a vivir más económicamente que los presos” en las cárceles. Estos trabajadores “recurren a medidas cuyos secretos solo son conocidos (por ellos mismos): reducen sus raciones diarias; substituyen el trigo por pan de centeno; comen menos carne, o incluso ninguna carne, e igual con la mantequilla o los condimentos; se tienen que conformar con una o dos habitaciones en las que la familia se apretuja, en las que los niños y niñas duermen juntos, a veces en el mismo colchón; ahorran en ropa, lavado y decencia; abandonan las diversiones del domingo; en resumen, se resignan a las más dolorosas privaciones. Una vez que se alcanza este límite extremo, la más mínima interrupción del trabajo, la enfermedad más leve, aumenta la miseria del trabajador y lo lleva al desastre total; las deudas se acumulan, la ropa y los muebles más necesarios son empeñados, y finalmente la familia pide que se la apunte en la lista de los pobres.” Si este es el típico resultado del funcionamiento de la ley capitalista de acumulación, existe entonces una profunda contradicción entre las condiciones en deterioro de la reproducción social y la necesidad del capital de perpetua expansión  del mercado. Tal como señala Marx en el Volumen 2 del Capital, la razón real de las crisis capitalistas radica en la supresión de salarios y en la reducción de la masa de la población al estado de pobres absolutos (pennyless). Si no hay mercado, no hay valor. Las contradicciones planteadas desde el punto de vista de la teoría de la reproducción social a los valores en tanto que generados en el mercado son múltiples. Si, por ejemplo, en el ejército de reserva no hay trabajadores sanos, educados, disciplinados y capacitados éste ya no puede cumplir con su función.

Las relaciones dialécticas entre procesos competitivos de mercado, producción de plusvalía y reproducción social emergen como elementos de la formación de valor mutuamente constitutivos a la vez que profundamente contradictorios. Un marco de análisis de este tipo ofrece una manera intrigante de preservar a nivel teórico las especificidades y diferencias de la teoría del valor sin abandonar el concepto general de que el capital perpetuamente se reconstruye a sí mismo a través de sus prácticas.

Otras posibles consideraciones

Deben considerarse, además, otras modificaciones, extensiones y elaboraciones de la teoría del valor. La tensa y contradictoria relación entre producción y realización (venta, consumo) se sostiene sobre el hecho de que el valor depende de la existencia de carencias (wants), necesidades y deseos respaldada por la capacidad de pagar por parte de una población de consumidores. Estas carencias, necesidades y deseos están profundamente embebidas en el mundo de la reproducción social. Sin éstas, tal como Marx señala en el primer capítulo del Capital, no existe valor alguno. Esto introduce en las discusión la idea de “no-valor” o “anti-valor.” También significa que la disminución de los salarios a casi nada será contraproductiva de cara a la realización en el mercado del valor y el plusvalor. Subir los salarios para asegurar el “consumo racional” desde el punto de vista del capital y colonizar la vida diaria como campo del consumismo son cuestiones cruciales para la teoría del valor.

Aún más, lo que ocurre cuando la presunción de competición perfecta deja su lugar al monopolio en general y a la competición monopolística inherente a la organización social del espacio de la circulación de capital plantea otro conjunto de problemas que tienen que ser resueltos en el marco del valor. He sugerido recientemente, siguiendo algunas formulaciones relevantes de Marx, que la aceptación convencional de la idea de una única expresión del valor debería ser remplazada por el reconocimiento de regímenes de valor distintivos según las regiones de la economía global.

La forma del valor de Marx, concluyo, no es un punto de apoyo fijo y estable sobre el que se apoya la turbulenta circulación del capital alrededor del mundo, sino una métrica inestable y constantemente cambiante, que se desplazada hacía aquí y hacia allá por el empuje de la anarquía de los mercados, por las revolucionarias transformaciones de las tecnologías y formas de organización, por el despliegue concreto de las prácticas de reproducción y, por las masivas transformaciones en las aspiraciones, necesidades y deseos de poblaciones completas expresadas en sus culturas de la vida cotidiana. Esto va mucho más allá de lo que Ricardo tenía en mente y va igualmente mucho más allá de la concepción del valor que se atribuye convencionalmente a Marx.

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Figura 2: Diagrama del framework de cambio propuesto por Harvey (2010 y otros) en su interpretación de Marx (El capital). En este marco se reconocen los elementos que plantea el autor al final del presente texto como componentes del ecosistema – o campo rizomático – en el que se genera el valor, o se generan diferentes valores. En este diagrama, concebido en otro contexto, el traductor añadió un séptimo componente que sería el de las prácticas espaciales.

#notas del traductor

[t1] A partir de esta primera mención de los trabajadores y las trabajadoras he optado por traducir workers, que carece de género, por trabajadores, – evitando a partir de aquí el “los/las” -, asumiendo que a partir de aquí trabajadores incluye también trabajadoras. He preferido no usar los sinónimos aproximados Trabajo o clase trabajadora como quizás podría haberse hecho: trabajadores/as, para mí, señala más específicamente los cuerpos e individuos frente a los más abstractos Trabajo (Labour) y clase, que sí que son usados por Marx y Harvey, aunque, en mi opinión, con matices diferentes de cuando escriben workers. | [backToText]

#notas del autor

[1] Véase “Notes on Adolph Wagner,” en Marx, K., Value: Studies by Marx (ed. A. Dragstedt), London: New Park Publications, 1976 | [backToText]í

[2] Mucho de lo que sigue deriva de Harvey, D., Marx, Capital and the Madness of Economic Reason, London, Profile Books; New York, Oxford University Press, 2017 | [backToText]

[3] Elson, D., “The Value Theory of Labour,” in Elson, D. (ed.) Value: the Representation of Labour in Capitalism, London, CSE Books, 1979; Ollman, B., Alienation, London, Cambridge University Press, 1971. | [backToText]

[4] El llamdo “fragmento sobre las máquinas” ha sido ampliamente debatido en años recientes. Véase, Carlo Vercellone, “From Formal Subsumption to General Intellect: Elements for a Marxist Reading of the Thesis of Cognitive Capitalism,” Historical Materialism15 (2007) 13–36. | [backToText]

[5] Véase la reciente revisión y colección en Bhattacharya, T., Social Reproduction Theory: Remapping Class, Recentering Oppression, London, Pluto Press, 2017. | [backToText]

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Comentario sobre El Estado Emprendedor de Mariana Mazzucato

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Cartelera original de la película de Charlie Chaplin de 1936 Modern Times. Fuente: DesconocidoMore or Less Bunk website, Dominio público, Enlace

David Patiño

He estado leyendo este libro, uno de los más comentados en los últimos años en el ámbito económico, y sin duda alguna su contenido merece tanta expectación. La tesis de Mazzucato es rompedora, valiente, pero a la vez coherente y documentada, lo cual lo hace de lectura imprescindible. De hecho, Mazzucato aporta ideas destacadas para armar ideológicamente a la izquierda tan huérfana de planteamientos de política económica que sus propuestas han acabado diluyéndose en el liberalismo thatcherista. La evolución de los partidos socialdemócratas les ha llevado a recetar el mismo menú de medidas liberalizadoras, tan crueles como inútiles, con la única diferencia de hacerlo con formas dulcificadas o empleando en ocasiones, expresiones de lamento al admitir su renuncia a controlar al capitalismo. Mazzucato nos enseña que las cosas son radicalmente diferentes y establece directrices para la actuación gubernamental. La fuerza de su planteamiento consiste en dar la vuelta el argumentario convencional superando la visión progresista según la cual el estado debe ser un apoyo para la iniciativa privada. En el Estado Emprendedor, el sector público se transforma en el elemento esencial que dinamiza la economía y es la verdadera fuente de la innovación tecnológica.

Mazzucato rompe en su libro con la mayoría de los estereotipos sobre la génesis de la innovación y la tecnología. En especial, acaba con la idea de que la iniciativa privada es la generadora de la innovación y el estado es una máquina burocrática y pesada que obstaculiza el desarrollo económico. La literatura económica, incluida la progresista, insta al estado a retirarse par favorecer que la iniciativa privada pueda desarrollarse. Según el pensamiento convencional, la iniciativa privada es capaz de conseguir un mayor desarrollo y por consiguiente una mayor prosperidad para todos y su capacidad para conseguirlo será mayor cuanto más libre esté de cortapisas, regulaciones e impuestos. La única función que tiene el estado, según este relato, es la de establecer las bases para que la iniciativa privada pueda desarrollar su actividad e intervenir, exclusivamente, en las situaciones en las que existan fallos de mercado que dificulten la innovación por parte de las empresas.

Frente a ese relato, la conclusión de El Estado Emprendedor es clara: el Estado lejos de ser un lastre para la innovación es su principal motor. Al contrario de lo que nos han publicitado hasta la saciedad, el Estado es el agente que asume los riesgos y el que ha dirigido el desarrollo de las principales tecnologías actuales. Los países que han desarrollado un sector público que ha asumido el papel de líder han conseguido crear las tecnologías que han revolucionado el mundo actual. Paradójicamente, EEUU que es el paladín del liberalismo, es el principal ejemplo de país poseedor de un sector público que ha sido el verdadero emprendedor, innovador y valiente, y ha desarrollado alguna de las principales tecnologías actuales, en concreto las de la información.

La condición para que se creen tecnologías innovadoras pasa por un Estado que adopte un papel activo pues la iniciativa privada no las desarrolla. El capital riesgo, en realidad, no asume riesgos. Las empresas de capital riesgo se limitan a entrar en las industrias cuando han superado las peores etapas, los famosos valles de la muerte, y esto solo es posible con el apoyo decidido y el liderazgo del estado. También se desmonta a los innovadores de garaje descritos como un mero cliché inventado, precisamente, para justificar el papel que adopta el sector privado en el proceso. La ideología del valor del accionista ha extendido la idea de que asumía el riesgo al no tener garantizado un beneficio, dando por hecho que el resto de agentes que participaban en el proceso innovador, contribuyentes y trabajadores, lo tenían garantizado. Paradójicamente, el protagonista de la innovación y del desarrollo de las industrias más productivas ha sido expulsado por la visión extendida de su falta de acierto a la hora de tomar decisiones y de invertir.

Para ilustrar su visión, Mazzucato dedica la mayor parte de su libro a describir el origen y desarrollo de los actuales sectores más dinámicos: tecnología de la información, industria farmacéutica y energías renovables. Todos ellos tienen en común el papel fundamental que ha jugado el estado en su desarrollo (o en la ausencia del mismo). Mazzucato estudia el caso de Apple, y en concreto, del iPhone y cómo todas las tecnologías que emplea fueron desarrolladas por diversas agencias gubernamentales norteamericanas. No se trata de negar el acierto de Apple para ponerlas en común, agruparlas y vender un producto que ha revolucionado el mundo con su diseño. El libro no trata de negar su acierto como empresa, sino mostrar que este producto no se habría realizado sin los desarrollos tecnológicos nacidos de la iniciativa pública. El sector público es el que apostó, de manera revolucionaria, por iniciativas que generaron las pantallas táctiles o la aplicación siri. Aunque no es únicamente Apple, empresas como Google y su famoso algoritmo se desarrollaron originalmente desde lo público que posibilitó su despegue.

Del mismo modo se analiza la industria farmacéutica en la que el sector público es el único agente que desarrolla principios activos innovadores. Por el contrario, la industria se enfoca en el desarrollo de variantes de los fármacos más populares. La experiencia de esta industria permite a Mazzucato explicar que los procesos tecnológicos no son lineales, y no pueden ser explicados únicamente desde la inversión en I+D. El comportamiento de la industria farmacéutica constituye un claro ejemplo de por qué no es así. Lo que habitualmente se contabiliza como gasto en I+D se corresponde, en su mayor parte, en variaciones comercializables de productos ya existentes y comprende gastos en marketing y comercialización, casi en su totalidad. Los procesos tecnológicos exitosos se generan en redes complejas, entramados en los que aparecen múltiples protagonistas, caracterizados generalmente, por estar liderados por el sector público, especialmente en las fases incipientes que no son nunca emprendidas por la iniciativa privadas. La innovación ocurre como parte de un proceso global, no como un proceso individual o incluso organizativo y precisa la construcción de ecosistemas colaborativos. El tipo de gobernanza empresarial lleva a las empresas a invertir desmesuradamente en desarrollos con retornos rápidos, totalmente incompatibles con el desarrollo lento y pausado de tecnologías rompedoras. Por el contrario, las agencias gubernamentales más osadas son las que desarrollan apuestas verdaderamente innovadoras y son capaces, por ejemplo, de poner en funcionamiento a empresas que no habrían tenido la demanda suficiente para desarrollar sus productos si no la hubiera creado el sector público o de crear mercados inexistentes y que no se habrían generado sin su iniciativa.

El Estado Emprendedor también analiza la revolución de la energía verde, eólica y solar, y las razones por las que ha fracasado en algunos países y ha triunfado en otros, sobre todo en Alemania y China. En esta parte aparece fugazmente alguna mención a nuestro país, como ejemplo de los pobres resultados que han generado la política errática acometida de empezar-detener que no ha sido capaz de consolidar su industria. Esta situación también se ha producido en EEUU, país que retiró subsidios a la industria eólica y recortó el presupuesto de I+D, generando un estancamiento de la industria que emigró a Europa, y en especial a Alemania. Alemania y China han optado por realizar una apuesta decidida, a corto y largo plazo, por el sector de la energía solar y eólica y actualmente son los líderes tecnológicos indiscutibles. En concreto, en el caso de China, su banco de inversiones ha regado financieramente a las empresas del sector lo que ha propiciado una verdadera revolución tecnológica en muy pocos años.

El libro termina con una reflexión sobre la distribución de la renta generada por la innovación y cómo está desequilibrada totalmente a favor de las empresas. La situación está propiciada por el desequilibrio que existe entre riesgo y beneficio en la innovación. El riesgo se ha asumido de manera colectiva mientras que los beneficios se han distribuido de manera mucho menos colectiva. Las características del proceso innovador, en el que prima la verdadera incertidumbre, unos costes hundidos inevitables y una elevada intensidad de capital hacen que el sector privado huya de este tipo de actividad. El sector innovador se ha comportado de manera similar al financiero socializando riesgos y privatizando beneficios. Ello ha permitido a empresas como Apple han sido capaces de acaparar una proporción desmesuradamente grande del valor añadido por la tecnología que están explotando. El sector público no recibe buena parte de los frutos que ha propiciado ni de manera directa ni a través del sistema fiscal, diseñado para el capitalismo industrial e incapaz de gravar a las empresas del nuevo sistema productivo. Por tanto, se produce la paradoja de que el verdadero motor de la innovación sea el sector público, que los países que han hecho una verdadera apuesta por la innovación liderada por sus agencias gubernamentales han sido los motores del desarrollo tecnológico, pero a la vez, el conjunto de ideas que constituye la sabiduría convencional dificultan su actuación hasta el extremo de haberla cesado por completo en ocasiones. El resultado es la falta de sostenibilidad de un sistema de innovación que se basa en el gobierno, pero que no permite que éste reciba un sistema de recompensas adecuado. La reducción de la capacidad del estado para recaudar impuestos y para recibir una parte adecuada de los beneficios que propicia dificulta su capacidad para asumir riesgos adicionales.

La sostenibilidad del sistema de innovación precisa del desarrollo de mecanismos que posibiliten la rentabilización del riesgo asumido por el estado y que las empresas que están beneficiándose desmesuradamente de los desarrollos tecnológicos producidos por el sector público retornen una proporción razonable de los ingresos que están obteniendo. Ello implica un cambio radical de las políticas de innovación que no pueden seguir basándose en desgravaciones fiscales al I+D. Las décadas de inversión gubernamental para crear la base científica que ha propiciado el desarrollo de las TIC no ha generado un crecimiento “equitativo”. Es necesario diseñar formas que permitan distribuir los enormes beneficios que está generando este sector. Diseñar instituciones para que todos los agentes que asumen el riesgo del proceso innovador reciban una parte equilibrada del beneficio generado y revertir un sistema actual que es generador de desigualdad. Un primer paso debería ser incrementar la transparencia de la inversión del gobierno propiciando, por ejemplo, una participación privilegiada en las patentes generadas. Los préstamos o ayudas a la innovación deberían ser devueltos, en algún grado. Mazzucato aboga por emplear un esquema similar al de los préstamos a los estudiantes en el que se devuelve una vez que la empresa haya alcanzado un umbral mínimo de ingresos. El gobierno debería mantener la propiedad de parte de las empresas a las que apoya. Los bancos de inversión no se deberían limitar a financiar las inversiones que el sector privado no financia por su aversión al riesgo sino crear oportunidades para los productores. Por ejemplo, el banco de inversión chino financió con 3000 millones de dólares el mayor proyecto de energía eólica en Argentina, que utiliza turbinas chinas. Por último, se debe asegurar que se innova en cosas que necesitamos. En definitiva, estamos ante una guía imprescindible para diseñar un programa de política económica actual desde un enfoque progresista.

Mazzucato, M. (2014), El Estado Emprendedor, Mitos del sector público frente al privado, RBA, Barcelona.