La escritura como ejercicio espiritual, según Hadot

Imagen: Brazo robótico que escribe reproduciendo a distancia el movimiento exacto de un instrumento sobre una tablet – usado en 2021 por Isabel Allende para firmar ejemplares en una feria del libro desde su casa en California, según se daba cuenta en ctxt.es; fuente de la imagen: Abacus [ver referencias al final].

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La escritura como ejercicio espiritual, según Pierre Hadot

Selección y comentario de José Pérez de Lama

De las mejores lecturas e este año, el libro La ciudadela interior, de Pierre Hadot, en el que propone una lectura de enorme interés sobre las Meditaciones de Marco Aurelio, y más en general sobre nuestras relaciones con la literatura clásica. Es además una buena introducción a mi juicio sobre el estoicismo, incluyendo comentarios de interés sobre su posible actualidad. Hadot, lo descubri, vía un comentario algo oblicuo de Amador Fernández. Luego lo encontré en un libro sobre Epicuro, que también recomiendo,  Y finalmente, con esta idea de los ejercicios espirituales tan central en la interpretación de la filosofía clásica que hace Hadot, y que me sonaba tanto a Foucault, me animé a leer un par de libros suyos…

Desde hace tiempo quería escribir un comentario sobre estos libros que me han afectado tanto, pero de momento, más bien como una anécdota, adelanto estas notas sobre la escritura como ejercicio espiritual, que, por contraste, me recordó la imagen que acompaña la entrada del brazo robótico escribiendo. Y es que no cabe duda de que hay muchas «escrituras».

Va entonces la cita en que se presenta esta idea de «la escritura como ejercicio espiritual» [del prólogo de A.L. Davidson, pp. 16-17]:

La escritura como ejercicio espiritual explica las «incansables repeticiones» que se encuentran en las Meditaciones de Marco Aurelio y nos permite comprender su necesidad, a través de la escritura para sí mismo, de «reactualizar, de reavivar, de despertar sin cesar» un estado interior, un discurso interior que de otro modo correría el riesgo «de adormecerse y de apagarse». Y Hadot describe con brillantez el poder espiritual de este tipo de escritura:

Los dogmas [en este contexto: principios filosóficos o morales] no son reglas recibidas de una vez por todas y aplicadas mecánicamente. Se tienen que convertir, en cierto sentido, en tomas de conciencia, en intuiciones, emociones y experiencias morales que tiene la intensidad de una experiencia mística, de una visión. Pero esta intensidad espiritual y afectiva se disipa enseguida. Para despertarla no basta con releer lo que ya está escrito. Las páginas escritas están muertas. Las Meditaciones no están escritas para releerse. Lo que cuenta es formular de nuevo, el acto de escribir, de hablarse a sí mismo [uno de los diversos títulos con que a lo largo de la historia se conoció la obra es: Τὰ εἰς ἑαυτόν, romanizado: Ta eis he’auton, lit. inglés: things to one’s self], en el instante preciso en que tenemos necesidad de escribir; es también el acto de componer con el mayor cuidado, de buscar la versión que, en el momento, producirá el mayor efecto, esperando marchitarse casi instantáneamente, apenas escrita. Los caracteres trazados sobre un soporte no fijan nada. Todo está en la acción de escribir.

Hadot insiste a menudo en que todo «ejercicio espiritual» es dialógico en la medida en que supone un auténtico ejercicio de presencia, tanto ante uno mismo como ante los otros».

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Comentario: Uno no está por completo de acuerdo con todo esto, pero sin duda hay cosas muy sugerentes. Hoy me llamaba la atención el contraste entre la lectura y el conocimiento que derivaríamos de ésta, y esta escritura que trata de que ese conocimiento relativamente abstracto «se haga cuerpo».  También me llama la atención, cómo ese visión del mundo que se hace cuerpo, tiene que ser renovada permanentemente. Piensa uno, que en otros sentidos, es lo que hacen los anuncios, las televisión, etc.  — seguramente la educación, con el pensamiento dominante – quizás. Aunque ahí más que el esfuerzo personal del pensamiento-escritura se pongan en juego otras técnicas, otras «tecnologías –de producción– del yo» que diría Foucault. Foucault fue, por cierto, fue quien recomendó a Hadot para que fuera profesor del prestigioso College de France. Antes había sido un profesor relativamente poco conocido.

Esto de los «ejercicios espirituales» que suena tan raro por sus connotaciones religiosas… para mi tiene que ver con la idea de que tendremos que cambiarnos a nosotros mismos para transformar el mundo, para hacer posible otras formas de vida: ¡cambiar la vida y transformar el mundo, esa pareja! El yo, el nosotros… como el gran campo de batalla…

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Una segunda nota [que en el texto que cito precede inmediatamente a la primera; pp. 15-16]:

Si, como nos recuerda Hadot, la vida filosófica estoica consiste, en esencia, «en el dominio del discurso interior», podemos concluir que «Todo en la vida del individuo depende de cómo se representa las cosas, es decir, de cómo se las dice a sí mismo». Así como la meta de las lecciones filosóficas de Epicteto era «modificar el discurso interior de los que le escuchan», así también podemos ver que:

A esta terapéutica de la palabra que se ejerce de diversas maneras, gracias a fórmulas impresionantes y conmovedoras, con ayuda de razonamientos lógicos y técnicos, pero también de imágenes seductoras y persuasivas, responderá, pues, una terapéutica de la escritura que para Marco Aurelio, dirigiéndose a sí mismo, consistirá en retomar los dogmas y las reglas de acción, tal como fueron enunciadas por Epicteto, para asimilarlos, para que se convirtieran en los principios de su discurso interior.

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El discurso interior, lo que nos decimos a nosotros mismos, del mundo, de los acontecimientos; cómo lo interpretamos, como la valoramos… Una «disciplina del juicio», lo llama Hadot o Marco Aurelio en otros lugares; que complementa, en el sistema estoico a la «disciplina del deseo», y la «disciplina de la acción». Pero de esto, quizás hable otro día. Lo dejo de momento aquí.

Como despedida, reproduzco lo que leo que sería un saludo latino en torno a la expresión siglos después coloquializada, «vale». «Si vales, bene est; valeo» — esto es, «Si estás bien de salud, es algo bueno; yo estoy bien».

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Referencias

Pierre Hadot [prólogo de Arnold L. Davidson; traducción de María Cucurella], 2013 [1992] La ciudadela interior, Alpha Decay, Barcelona

Pierre Hadot [traducción de María Cucurella Miquel], 2009, La filosofía como forma de vida. Conversaciones con Jeannie Carlier y Arnold I. Davidson, Alpha Decay. Barcelona

Epicuro, [con introducciones de Carlos García Gual, Emilio Lledó & Pierre Hadot] -traducción de Carlos García Gual, 2016 [2013], Errata Naturae. Colección la Muchacha de Dos Cabezas, Madrid

La mención de Amador Fernández Savater a Hadot (2018, eldiario.es): https://www.eldiario.es/interferencias/don-juan-castaneda-brujeria-filosofia_132_1859967.html

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Sobre el brazo robótico escritor:

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Sobre el «vale» latino:

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