Los robber barons (según Hobsbawm) y sus – quizás – sucesores actuales

Imagen: G.W. & C.B. Colton & Co, 1882, Mapa del Atlantic & Pacific Railroad. Muestra rutas completadas, rutas en proceso y concesiones de tierras (land granst). Fuente: Wikipedia; https://en.wikipedia.org/wiki/Atlantic_and_Pacific_Railroad#/media/File:Atlantic_&_Pacific_Railroad_Map.jpg
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José Pérez de Lama, notas y traducción

Un pasaje de: Eric Hobsbawm, 1997 [1975], The Age of Capital (1848-1875), Abacus, Londres; (pp. 173-77).

Robber barons (barones ladrones es la traducción habitual al español), es un término usado habitualmente para denominar a los grandes capitalistas estadounidenses de la segunda mitad del siglo XIX. Este pasaje en Hobsbawm me llamó especialmente la atención en su peculiar libro (segunda entrega de la trilogía sobre la historia universal del siglo XIX). No entro demasiado a explicar mi adjetivo «peculiar». Digamos que es un libro interesante, pero irregular, y que adolece del problema casi inevitable que supone tratar de escribir una historia «universal», primero, y segundo, hacerlo desde la perspectiva de un país o una cultura concretas. El libro es muy interesante en cualquier caso; con algunas partes formidables a mi juicio, y una lectura bastante entretenida.

En cuanto a los robber barons. Hobsbawm se supone que es un historiador marxista – aunque a mi juicio en esta obra no se nota demasiado: quizás por tratar de escribir algo más «para todos los públicos». Aún así, titulándose el volumen, La Edad del Capital, por supuesto que presta atención al capitalismo y al trabajo y sus conflictos. Los robber barons fueron unos capitalistas, según se acepta generalmente, particularmente depredadores y despiadados. Lo explica un poco Hobsbawm en los párrafos a continuación. A pesar de eso, o por eso mismo, son algunos de los grandes nombres en la historia de los EEUU, — nombres que llegan con potencia hasta el presente –, en su economía, su política, sus instituciones culturales, sus universidades…

Leo estos días en la Wikipedia (en inglés) – no se acaba uno de dar cuenta de la maravilla que és – el origen del término:

“El término robber baron deriva de Raubritter (en alemán, caballeros ladrones), los señores medievales alemanes que cargaban tasas oficialmente ilegales (no autorizadas por el Sacro Imperio Romano) en los antiguos caminos que cruzaban sus tierras o tasas aún mayores a lo largo del (río) Rin.”

“La metáfora apareció en […] 1859, cuando el New York Times la usó para caracterizar las prácticas empresariales de Cornelius Vanderbilt. El historiador T.J. Stiles dice que la metáfora ‘conjura visiones de monopolistas titánicos que machacaban a sus competidores, amañaban mercados y corrompían gobiernos. Con su codicia y poder, sostiene la leyenda, mantenían bajo su control a una desvalida democracia ‘.”

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La combinación del control de ciertas pasos que se hacen obligados, que hoy llamaríamos quizás gateways, y de la ambición monopolista y el dominio sobre las democracias desvalidas, me hizo pensar en fenómenos mucho más actuales. No se si a algún lector o lectora se le ocurrirán cosas parecidas. Tal vez, robber barons en la era del biopoder…¿?

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Traducción, beta

Los robber barons en los Estados Unidos del siglo XIX

De: Eric Hobsbawm, 1997 [1975], The Age of Capital (1848-1875). Capítulo Winners, sección sobre los robber barons  pp. 173-77), Abacus, Londres;

[p. 173] El capitalismo estadounidense se desarrolló de forma impresionante y con dramática velocidad después de la Guerra Civil [1861-65], que si bien ralentizaría en algunos aspectos su crecimiento, también generó considerables oportunidades para sus grandes empresarios bucaneros, aptamente denominados robber barons. […] A diferencia de la Guerra Civil y el Salvaje Oeste la era de los robber barons no entró a formar parte de los mitos populares estadounidenses [*], salvo como parte de la demonología de los partidarios del partido demócrata y de los populistas, y, sin embargo, no deja de ser parte de la realidad estadounidense. Los robbers barons son aún una parte reconocible de la escena empresarial. Se han hecho intentos de defender o rehabilitar a [p. 174] estos hombres que llegaron a cambiar el vocabulario del idioma inglés: cuando empezó la Guerra Civil la palabra «millonario» aún se escribía en cursivas, pero en 1877, cuando murió el más grande de los ladrones de la primera generación, Cornelius Vanderbilt [1794-1877], su fortuna de 100 millones de dólares exigió la acuñación de una nuevo término, «multimillonario». Se ha argumentado que muchos de aquellos grandes capitalistas estadounidenses fueron de hecho innovadores creativos sin los cuales los triunfos de la industrialización estadounidense, que son en efecto impresionantes, no se habrían logrado con tanta rapidez. Su riqueza no se debía según estos argumentos al filibusterismo económico, sino a la generosidad con la que la sociedad retribuía a sus benefactores. Aunque estos argumentos no pueden ser aplicados a todos los robber barons, – pues hasta los apologistas no pueden sino asombrarse ante el descaro de estafadores como los financieros Jim Fisk o Jay Gould –, sería insensato negar que algunos de los magnates de aquel período [1848-1875] hicieron contribuciones positivas, incluso importantes, al desarrollo de la moderna economía industrial o (lo que no es exactamente lo mismo) al funcionamiento del sistema empresarial capitalista.

Sin embargo, estos argumentos están descaminados. Equivalen simplemente enunciar lo obvio, esto es, que los Estados Unidos del siglo XIX eran una economía capitalista, en la que el dinero – una cantidad muy grande de dinero – iba a hacerse, entre otras maneras, por medio del desarrollo y la racionalización de los recursos productivos de un país vasto y en proceso de rápido crecimiento, en el marco de una economía global también en rápido crecimiento.

Tres cosas distinguen la era de los robber barons estadounidenses de otras economías capitalistas igualmente florecientes durante el mismo período, que también criaron sus generaciones de millonarios, en ocasiones, también depredadores.

La primera fue la total ausencia de cualquier tipo de control sobre el funcionamiento de los negocios, por muy despiadados y deshonestos que fueran, y las espectaculares posibilidades de corrupción, nacionales y locales, – especialmente en los años posteriores a la Guerra Civil. En los Estados Unidos existía, en efecto, muy poco de lo que se habría llamado gobierno según los estándares europeos, por lo que el ámbito de acción de los ricos poderosos y sin escrúpulos era virtualmente ilimitado. De hecho, la expresión robber baron debería llevar el acento más en el segundo que en el primero de sus términos, porque, como en un débil reino medieval, las personas no podían esperar nada de la ley; sólo podían confiar en la propia fuerza – ¿y quién era más fuerte en una sociedad capitalista que los ricos? Entre los estados del mundo burgués, los Estados Unidos eran el único país con [p. 175] justicia privada y fuerzas armadas privadas, y esto fue así especialmente durante aquellos años. Entre 1850 y 1889, escuadrones de vigilantes, nombrados como tales por ellos mismos, mataron a 530 criminales, presuntos o reales, – o lo que es lo mismo, a seis de cada siete de las víctimas en toda la historia de este fenómeno característicamente estadounidense, que se extendió de 1760 a 1909 [**]. En 1865 y 1866 cada uno de los ferrocarriles, minas, fundiciones y fábricas de laminación (rolling mills) de Pensilvania tenía autoridad oficial para emplear tantos guardias armados como quisiera y para que actuaran según vieran necesario; aunque en otros estados eran los sheriffs y otras autoridades locales los que tenían que nombrar oficialmente a los miembros de estas policías privadas. Y fue durante este período cuando el más notorio de estos ejércitos de detectives y pistoleros privados, los «Pinkerton», se ganaron su oscura reputación, primero luchando contra criminales, pero cada vez más haciéndolo contra los trabajadores.

El segundo factor de diferenciación característico de esta era pionera de los grandes negocios, las grandes fortunas y los grandes poderes en los Estados Unidos fue que la mayoría de los que triunfaron, — en contraste con los grandes empresarios del Viejo Mundo, mucho de los cuales parecían obsesionados con la construcción tecnológica en sí misma –, parecía no estar comprometida con ninguna manera en particular de hacer dinero. Todo lo que querían era maximizar los beneficios; — aunque también sea cierto que la mayoría de ellos se encontraron en y a través del ferrocarril, el gran hacedor de fortunas de la época. Cornelius Vanderbilt tenía sólo 10-20 millones de dólares cuando se involucró en los ferrocarriles, con los que ganó unos 80-90 millones en dieciséis años. No es una gran sorpresa que los miembros del grupo de California – Collis P. Huntington (1821-1900), Leland Stanford (1824-93), Charles Crocker (1822-88) y Mark Hopkins (1813-78) – pudieran cobrar, sin el menor sonrojo,  tres veces más del coste real del Central Pacific Railroad, y que estafadores como Fisk y Gould pudieran apilar millones con tratos amañados y adelantos, sin  haber llegado a organizar realmente la colocación de una sola traviesa ni la salida de una sola locomotora.

[Y aún así] pocos de los millonarios de la primera generación hicieron su carrera en una única rama de actividad. Hungtington empezó vendiendo herramientas a los mineros de la fiebre del oro en Sacramento. Quizás entre sus clientes estuviera Philip Armour (1832-1901) que probó suerte en las minas de oro antes de dedicarse a los comestibles en Milwaukee, lo que a su vez le permitió dar un pelotazo con la carne de cerdo durante la Guerra Civil. Jim Fisk fue sucesivamente ayudante de circo, camarero de hotel, viajero y vendedor ambulante de productos textiles [p. 176], hasta que descubrió las posibilidades de los contratos de guerra y, más adelante, de la bolsa. Jay Gould fue sucesivamente cartógrafo y comerciante de pieles, antes de descubrir lo que podía hacerse con acciones para las empresas ferroviarias. Andrew Carnegie (1835-1919) no concentró su energía en el acero hasta que tuvo casi cuarenta años de edad. Primero fue telegrafista, continuó como ejecutivo ferroviario – con ingresos procedentes ya de inversiones cuyo valor se incrementaba rápidamente – hizo también algún negocio con petróleo (el campo de elección de John D. Rockefeller [1839-1937], que empezó su vida como oficinista y contable en Ohio), mientras que gradualmente se fue introduciendo en la industria que habría de dominar. Todos estos hombres eran especuladores que estaban listos para moverse hacia el gran dinero allí donde este estuviera. Ninguno tenía escrúpulos identificables o podía permitirse tenerlos, en una economía y en un tiempo en los que el fraude, el soborno, la difamación y, si llegaban a ser necesarias, las armas eran aspectos normales de la competición. Todos era hombres duros, y la mayoría habrían estimado la pregunta de si eran honrados considerablemente menos relevante para sus asuntos que la pregunta de si eran listos. No es por nada que el «darwinismo social», – el dogma de que aquellos que conseguían escalar hasta la cima eran los mejores, siendo que los mejor adaptados eran los que sobrevivían en la jungla humana –, se convirtiera en algo parecido a una teología nacional en los Estados Unidos de finales del siglo XIX.

La tercera característica de los robber barons ya deberá ser evidente, pues ha sido exageradamente enfatizada por la mitología del capitalismo estadounidense: una considerable proporción de ellos eran self-made men (hombres hechos-a-sí-mismos), que [sin embargo, una vez que triunfaron,] llegaron a no tener competidores en riqueza y posición social. Por supuesto, a pesar de la importancia de varios multimillonarios hechos-a-sí-mismos, sólo el 42 por ciento de los hombres de negocios de este período de entre los que entraron en el Diccionario de biografías americanas venía de familias de clases bajas o medias-bajas. La mayoría venía de familias del mundo de los negocios y profesionales. Y sólo el 8 por ciento de la «élite industrial de 1870» eran hijos de padres de clase trabajadora. Aún así, puede merecer la pena recordar como comparación que de los 189 millonarios británicos que murieron entre 1858 y 1879 algo así como un mínimo del 70 por ciento tenían que haber sido descendientes de al menos una y probablemente varias generaciones de riqueza, siendo más del 50 por ciento de ellos terratenientes. Por supuesto, Estados Unidos tenía sus Astors y Vanderbilts, herederos de dinero viejo, y el mayor de sus financieros, J.P. Morgan (1837-1913), [p. 177] era un banquero de segunda generación cuya familia se había hecho rica actuando como uno de los principales intermediarios de la canalización del dinero de la capital británica a los Estados Unidos. Pero lo que llamaba la atención eran, comprensiblemente, las carreras de jóvenes que simplemente veían la oportunidad, la agarraban y luchaban contra todos los que se le opusieran: hombres penetrados por encima de todo por el imperativo capitalista de la acumulación. Las oportunidades eran en efecto colosales para los hombres dispuestos a seguir la lógica del beneficio en lugar de vivir, y con la suficiente competencia, energía, implacabilidad y codicia. Las distracciones eran mínimas. No había vieja nobleza para tentar a los hombres con los títulos y la vida elegante del aristócrata terrateniente, y la política era algo más para comprar que para practicar, excepto, por supuesto, que como otra vía para ganar dinero.

En cierto sentido, por tanto, los robber barons sentían que representaban los Estados Unidos mejor que nadie. Y no estaban del todo equivocados. Los nombres de los mayores multimillonarios – Morgan, Rockefeller – entraron en el ámbito del mito, por lo que, junto con los de los pistoleros y marshals del Oeste, son probablemente los únicos nombres de estadounidenses individuales de este período (además, quizás, del de Abraham Lincoln) que son ampliamente conocidos en otros países, — con la excepción de aquellos que tengan un especial interés en la historia de los Estados Unidos. Y los grandes capitalistas impusieron su sello en su país. En el pasado, decía en 1874 el National Labor Tribune, los hombres en los Estados Unidos podían gobernarse a sí mismos. «Nadie podía o debía convertirse en sus amos». Pero ahora «esos sueños se han malogrado … La gente trabajadora de este país … de pronto ha encontrado que el capital es tan rígido como una monarquía absoluta».

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#notas

* Hobsbawm como tantos anglo-norteamericanos suelen escribir América y americanos para referirse a Estados Unidos de América y estadounidenses; en la presente traducción se ha preferido esta segunda fórmula. Otra cuestión que puede reseñarse de la traducción aquí presentada es que no se han incluido las escasas y sucintas notas a pie de página del original.

** Como quizás sepan los lectores, es dudoso que el fenómeno de los vigilantes terminara en 1909 en los Estados Unidos. En tiempos relativamente reciente Mike Davis ha comentado el asunto en Los Ángeles, y mucho más recientemente, con las derivas de lo que podría llamarse la derecha populista y la ultraderecha, parece que proliferan en diversos ámbitos sociales, y en particular, en algunas zonas frontera de EEUU con México.

#referencias

Eric Hobsbawm, 1997 [1975], The Age of Capital (1848-1875), Abacus, Londres

Wikipedia, robber barons: https://en.wikipedia.org/wiki/Robber_baron_(industrialist) | consultada 19/12/2019

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