Poner “la crisis de la universidad” en contexto, y los cinco pasos para destruir las universidades

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Imagen: Monumento al levantamiento de la Politécnica de Atenas contra la Junta de los Coroneles (1973). En la imagen se aprecia la puerta del centro derribada por un tanque, conservada como recuerdo de aquellos días. Foto:  Zimina CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=24390805

José Pérez de Lama

Hace un par de días, sentados una mañana soleada en la Alameda, mi amigo Antonio Sáseta me recordaba este artículo que habíamos leído hace unos años, que ahora retorno a comentar: How The American University was Killed, in Five Easy Steps. Como comenta su autor, Homeless Adjunct, se trata de cinco pasos fáciles de reconocer en nuestras vidas académicas que hacen o han hecho ya que parezca que la universidad esté sufriendo una grave crisis, cuyos motivos unos y otras se esfuerzan en debatir – que si la endogamia, que si la falta de competitividad, and so on -, cuando en realidad se trata de un proceso premeditado de destrucción del tipo de universidad que prosperó a mediados del siglo 20, mucho más culta, más democrática, más políticamente activa y más educadora de personas libres y críticas que el modelo que hoy se nos pretende imponer.

Los cinco pasos – y recomiendo la lectura del texto original a los que no lo hayáis leído – son los siguientes:

(1) Recortar la financiación de las universidades públicas

(2) Desprofesionalizar y empobrecer al profesorado (quizás podríamos escribir, precarizar)

(3) Incorporar una clase de gestores y administradores que van tomando el control del gobierno de las universidades

(4) Incorporar la cultura y el dinero corporativo

(5) Destruir a los estudiantes

Los pasos son claros y reconocibles en la reciente historia de nuestras universidades. Sin duda será posible matizar algunas cuestiones, como por ejemplo, la emergencia de una clase gestora que aún no ha venido de fuera sino que se extrae de entre los propios universitarios. Y aún así, reflexionando sobre la diferente situación de los estudiantes de hoy y de cuando empecé a dar clases hace unos 25 años, y leyendo-leyendo, se me ocurrían otras cosas más.

Otra lectura más amplia

Como uno es aprendiz-amateur de asuntos de historia y economía política quizás le llamen más la atención cosas que a los profesionales ya no tanto. Y considero que es conveniente o adecuado ensanchar aún más el marco desde el que aproximamos la cuestión para comprender mejor por qué, como escribía discretamente un compañero universitario, las universidades podrían ser mejores (Barberá, 2017). Y la salida neoliberal a la crisis con su vuelta a principios radicales del (neo)liberalismo económico, constituye este contexto ampliado en el que considero que es conveniente situar los análisis.___ Supongo que ya os lo imaginabais…

En 2010 andaba por Atenas con mi colega Pablo de Soto, y aprovechando nuestra estancia nos habían invitado a dar una conferencia en la escuela de Arquitectura que forma parte de Escuela Nacional Técnica de Atenas. Sin embargo, cuando llegamos al histórico campus neoclásico nos informaron que los estudiantes estaban en huelga, y que probablemente no la podríamos dar. Y efectivamente, nos entrevistamos con algunos representantes y así fue, no nos dieron permiso. A cambio, nos dieron un tour por el campus, enseñándonos entre otras cosas, el monumento que aparece en la foto de cabecera, y uno de los edificios que estaba ocupado desde hace años por los estudiantes, y en el que sólo en muy especiales condiciones se permitía la entrada a profesores. El espacio, una nave de dos plantas, estaba lleno de gente, que al menos aparentemente seguía trabajando en sus cosas. Aprendimos además que la universidad era gratuita para los estudiantes. Habiéndose ya iniciado la Gran Recesión, que ya afectaba muy gravemente a Grecia, pensé, por un lado, que aquello era una maravilla, y por otro, que no tardarían mucho en destruir aquel sistema que permitía un grado tan extraordinario de rebeldía y autonomía de los estudiantes.

Abordando esta cuestión desde otro ángulo, en España la subida de tasas a los estudiantes, en especial de las segundas, terceras y cuartas matrículas,  junto con la precarización económica de las familias, es una de las cosas que más ha hecho para cambiar la vida universitaria. Antes, cuando yo era estudiante, se podía tardar más o menos en hacer la carrera, y uno se dejaba llevar más por sus intereses y pasiones, universitarias y no universitarias, durante un período de la vida en que no sólo se estudia una carrera, sino que se construye una personalidad, se entablan formas de sociabilidad adultas y se establecen amistades duraderas, se descubren, – aquellos que tienen más suerte -, las grandes vocaciones, etc. Ser estudiante no era, como cada vez más se está haciendo hoy, ser un burócrata disciplinado y sumiso, sino algo bastante diferente.

Algo sobre la llamada ley de hierro de los salarios

Una cosa que leí últimamente en Polanyi iluminó un poco esto, y es la manera en que explicaba la llamada ley de hierro de los salarios. Esta supuesta ley económica dice que los salarios reales, en el largo plazo, tienden al salario mínimo necesario para sostener la vida del trabajador. Polany (2001: 172-3) escribía lo siguiente:

Aunque se reconocía que existía un estándar consuetudinario por debajo del cual ningún salario de trabajador podía recortarse, se pensaba que esta limitación sólo podía ser efectiva si el trabajador se veía reducido a la elección entre quedarse sin comer y ofrecer su fuerza de trabajo en el mercado al precio que fuera que pudiera conseguir a cambio. Esto explica, de paso, una por otra parte inexplicable omisión de los economistas clásicos, que nunca explicaron por qué sólo la amenaza de morir de hambre, y no el estímulo de sueldos más altos, se estimaba capaz de crear un mercado de trabajo eficiente. Lo confirmaba también la experiencia colonial. Cuanto más altos los salarios, menor era el estímulo al esfuerzo por parte de los nativos, quienes de forma diferente al hombre blanco no se sentían obligados por sus estándares culturales a ganar tanto dinero como les fuera posible. La analogía era tanto más llamativa cuanto que los primeros trabajadores (Polanyi se refiere a los primeros trabajadores industriales de los siglos XVIII y principios del XIX) también habían rechazado con horror la fábrica, donde se sentían degradados y torturados, como el nativo que, frecuentemente, sólo se resignaba a trabajar a nuestro modo cuando era amenazado con castigos corporales, si no, con mutilaciones físicas. Los fabricantes del Lyon del siglo XVIII demandaban salarios bajos principalmente por razones sociales. Sólo un trabajador agotado y oprimido dejaría de asociarse con sus iguales con el fin de escapar del estado de sumisión personal bajo el cual podía ser obligado a hacer lo que fuera que su patrón requiriera de él. La obligación legal o la servidumbre a la parroquias como en Inglaterra, el rigor de la policía laboral absolutista en el Continente, o los contratos de servidumbre (indentured labor)  como en la Norteamérica de aquellos años eran el pre-requisito de los “trabajadores dispuestos”. Pero la fase final se alcanzaba con la aplicación de las penas de la Naturaleza: el hambre. Para que pudiera aplicarse era necesario liquidar la sociedad orgánica, que se negaba a dejar que los individuos perecieran por inanición.

Hasta aquí la cita. Ciertamente, en el trabajo universitario no es frecuente que la gente se enfrente a la alternativa de morir de hambre, aunque algún caso dramático sí que se ha presentado en alguna asamblea de nuestra Universidad. Pero sí que funciona para la mayoría de los trabajadores la violencia de los salarios ajustados, que no permite por ejemplo dedicar el tiempo a los cuidados familiares salvo con grandes sacrificios – y que aún afecta a muchas madres profesionales, como sabemos, más que a sus parejas -, o que tampoco permite estudiar lo que sería mínimamente necesario para supuestos intelectuales, – que esa entiendo es una de las más importantes responsabilidades que nos encarga la sociedad en tanto que trabajadores universitarios.

Casi damos por supuesto que la cosa es necesariamente así, una ley de hierro de la Naturaleza, como argumenta Polanyi; pero como se ha visto en diferentes períodos históricos, y se ve en otros, aunque sean escasos, sistemas universitarios, en realidad no lo es.

Por el lado de las familias de los estudiantes, “la ley” también actúa con efectos convergentes. Tendiendo la evolución de los salarios a ajustarse a lo mínimo necesario para la supervivencia, y habiéndose aumentado las tasas para la permanencia en las universidades significativamente, a la vez que se han reducido la becas, la presión para aprobar con rapidez, aunque sea al precio de pasar de puntillas por los años de formación, es difícil de eludir. Esta circunstancia, que además se apoya en la supuesta exigencia de creciente eficiencia en la transmisión de competencias y habilidades y de productividad de la máquina producción de titulados, hace que ser universitario hoy, al menos en España, no se parezca mucho a lo que fue en otros tiempos.

Bueno, quizás no es exactamente esto de lo que hablaba la llamada ley de hierro de los salarios, pero la cita de Polanyi sí que es bien interesante y oportuna.

El ejército de reserva de trabajadores

La segunda es la cuestión del llamado ejército de reserva de trabajadores – y esto está en Marx como muchos sabréis -, que igualmente funciona tanto para profesores e investigadores como para estudiantes. La idea es que al capital, en el sistema capitalista, no le interesa, aunque pudiera lograrlo, que exista pleno empleo. Le interesa que exista una amplia bolsa de trabajadores desempleados o subempleados; _ por un lado, para reducir o eliminar el poder de negociación de los que sí tienen empleo; es decir, para mantener los salarios bajos, porque siempre habrá alguien que necesite trabajar aunque sea por un salario mínimo; por el otro, para poder someter de manera más eficiente a los trabajadores, ante el miedo de poder quedarse sin trabajo y sin sueldo con el que sobrevivir.

La existencia de esta reserva, de este gran número de desempleados y subempleados, tiene un efecto adicional, que es el de enfrentar a los trabajadores entre sí por los escasos puestos de trabajo, y someter a presiones a los que tengan trabajos medio-buenos. Este sería el caso del profesorado universitario, en mi opinión. En las épocas de bonanza el trabajo universitario no es especialmente deseable. Los sueldos son moderados, y hace falta una vocación no demasiado frecuente para disfrutarlo, y una personalidad orientada al estudio y la reflexión. Para la mayoría, seguramente se considerará un trabajo aburrido y de empollones. Sin embargo, llegada la crisis y el desempleo, bien la gente comienza a verlo mucho más deseable por su supuesta seguridad, bien critica a los profesores porque piensan que tienen un trabajo fácil o que no dedican el esfuerzo que suponen que debe estar asociado a un trabajo con el que te ganas la vida: el sudor de la frente y cosas así – cuando en realidad, siendo un trabajo no convencional, sí que exige, al menos para los que tratamos de hacerlo bien, una dedicación grande y un esfuerzo constante; aunque la forma que tomen no sea la más convencional de las 8 o 10 horas frente a una máquina, un mostrador o una mesa de oficina.

Y la propia presión del ejército de reserva es explotada por el sistema universitario, __ a mi me gusta hablar del ejército de reserva de doctores. En torno a un 30% de las plazas universitarias son actualmente desempeñadas por jóvenes profesores e investigadores precarizados, que en muchas ocasiones, siendo doctores, en otros tiempos un título altamente respetable, reciben sueldos ínfimos.

Para los estudiantes esta condición también se ha convertido en el escenario de fondo de sus vidas. Estudiar ya no es principalmente aprender para tener una vida más plena o más rica, en un sentido no crematístico del término, sino que se ha convertido en un medio para dotarse de competencias y habilidades, como reza el credo oficial, para poder competir por un puesto en el mercado de trabajo. A veces esto ya nos parece incluso lo “natural”, pero cuando leemos a autores como, por ejemplo, Montaigne, que pensaba la educación como una manera de hacerse un hombre (o mujer) libre, de alcanzar la virtud, de darse un arte propio de vivir; – a Paulo Freyre, a Seymour Papert, a John Dewey… recordamos que la educación y el aprendizaje podrían ser de otra manera. Y desearíamos que así fuera.

Una conclusión provisional

Está bien y es importante criticar los sistemas de acreditación, el sistema de evaluación de publicaciones, las tasas de reposición, el aumento de las dedicaciones docentes, o el nuevo sistema de evaluación de la docencia, – que algunos comparamos con la ruedita de los hámsters en su jaula más o menos weberiana -, los puestos en los rankings y demás cuestiones derivadas de las normas y dinámicas universitarias impuestas recientemente. Pero a veces, me da la sensación de que discutir sobre todo de estas cosas, es como asumir que siempre vamos a estar jugando en nuestra área, – por usar un símil futobolístico -, y que por muy bien que lo hagamos no van a parar de meternos goles y más goles.

La universidad que yo imagino es muy diferente de la que delimitan estas cuestiones. En un post reciente, citaba a  Anna Tsing que defendía la posibilidad de universidades que funcionen como ecosistemas colaborativos de aprendizaje e investigación, basados en la simbiodiversidad y en la calidad de vida… Cuestiones como, por ejemplo, la drástica reducción de las tasas de matrícula o la implantación de algo parecido a la renta básica serían las que harían que la universidad pudiera verdaderamente ser un espacio/tiempo para el aprendizaje y el cultivo pausado y profundo del conocimiento, en el que participaran tod*s aquell*s que sintieran vocación por estar allí, y en el que se podría ser universitario/a de múltiples maneras. Todo lo que sea seguir jugando, aunque lo hagamos lo mejor que podamos, en el marco de las reglas y los valores de la competitividad, la “productividad”, y bajo la violencia más o menos velada de los mercados libres, me parece que no nos lleva a ningún buen lugar.

 #referencias

Carlos Barberá, 2017, La universidad podría ser mejor, en: http://cuedespyd.hypotheses.org/2513

The Homeless Adjunct, 2012, How The American University was Killed, in Five Easy Steps, https://junctrebellion.wordpress.com/2012/08/12/how-the-american-university-was-killed-in-five-easy-steps/

Karl Marx, 2007 (edición original de 1867), El Capital. Crítica de la economía política. Libro I, Akal, Madrid

Michel de Montaigne, 1533-1592, On educating children, en: 2004, The Essays: A Selection, Penguin, Londres, pp. 37-73

Karl Polanyi, 2001 (edición original de 1944), The Great Transformation. The Political and Economic Origins of Our Time, Beacon Press, Boston; disponible online en: http://inctpped.ie.ufrj.br/spiderweb/pdf_4/Great_Transformation.pdf

Post mencionado: Anna Tsing sobre investigación y academia: las setas al final del mundo

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