El Plan De Estabilización De 1959 No Creó Las Bases De La Democracia

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Lucio Fontana, , 1966, ‘Concetto spaziale, Attese’. Fundación Lucio Fontana SIAE. Fuente: http://belengache.net/caramelosdevioletas/wp-content/uploads/fontana1.jpg

David Patiño

Una de las ideas más extendidas sobre nuestra historia reciente es la importancia vital que supuso el Plan de Estabilización del 59 del siglo pasado. Un grupo de jóvenes técnicos, dirigidos por Fuentes Quintana, desarrollaron un plan para modernizar y liberalizar la economía española y sacarla del colapso al que la autarquía y la inflación la habían llevado. Los resultados fueron espectaculares, poniendo las bases del desarrollismo con que se inició la década de los 60 que generaron una España próspera y de clase media y al que algunos analistas se refirieron como “milagro económico español”. Los profundos cambios sociológicos que provocó, posibilitarán la llegada de la democracia un par de décadas después. Este relato de los hechos, ha sido asumido, siquiera de modo tácito, incluso por las élites intelectuales de la izquierda. En esta breve entrada pretendo mostrar algunas razones por las que pienso que es totalmente falso y que en el fondo, es la forma más elaborada, por su factibilidad, de revisionismo franquista.

Uno de los aspectos que hace creíble esta visión se asemeja a una situación ampliamente debatida por los economistas que han estudiado la convergencia de economías. Buena parte de los estudios que la “demuestran” adolecen de un sesgo de selección. En realidad, parten de un grupo de éxito como la OCDE, y siguen su evolución histórica… hacia atrás. Al seleccionar el éxito se pone las bases de lo que se quiere demostrar. En el relato oficial, se parte de un éxito, la democracia española plenamente consolidada, y se buscan sus “causas históricas” que se encuentran en el Plan de Estabilización. Además, la estrategia que permite enlazar los dos acontecimientos históricos consigue a la vez romper lazos con acontecimientos anteriores a aquél, haciendo de una especie de tapón de la historia.

Es indudable que el Plan de Estabilización supuso un impulso destacadísimo a la economía española y una ruptura con el modelo anterior de crecimiento económico, que ciertamente era paranoico, por emplear un calificativo moderado. Pero con lo que en realidad se rompe es con el modelo implantado por los vencedores de la Guerra Civil, que con unas bases delirantes como la pretensión de autoabastecerse desconectándose del resto del mundo, había supuesto un absoluto desastre. El que el PIB del año 1935 no se volviera a alcanzar hasta 1953, casi 20 años después, puede servir como medida del desastre y refleja el cráter que la guerra y la política económica desarrollada en la inmediata postguerra generaron en la sociedad española. Por los años 50 existía un consenso generalizado entre las élites gobernantes y técnicas de la insostenibilidad de tal modelo económico y se empieza a diseñar la ruptura con el mismo. No podemos saber qué política económica habría desarrollado la II República pero su diseño se habría gestado desde planteamientos mucho más críticos y reflexivos, propios de una democracia parlamentaria. De este modo, es posible que afrontara alguno o todos los desequilibrios de los que adolecía la economía española, empezando por acometer una reforma agraria, apuntada con generalidad como punto de partida imprescindible para generar el salto al desarrollo, al menos del sur del país.

La falsedad de la premisa va mucho más allá. Al establecerse una relación directa entre Plan de Estabilización y las bases sociales de la democracia, se está negando de modo implícito la factibilidad de que ésta se hubiera podido desarrollar con anterioridad. Si el Plan de Estabilización creó las bases sociológicas de la democracia es que antes no existían y por tanto, la II República fue un intento prematuro de establecer la democracia en un país que sociológicamente no estaba preparado. El resultado del proceso tenía que ser irremediablemente, un fracaso y por tanto, la Guerra Civil fue la consecuencia lógica e inevitable. De nuevo, reconstruimos un pasado que descarga de responsabilidad a los golpistas. La supuesta relación de causalidad y sobre todo su corolario de “imposibilidad” sociológica de establecimiento de un sistema democrático constituye la principal justificación del golpe de estado que han esgrimido los defensores del franquismo, tesis que la actual generación de autores neofranquistas sigue sosteniendo.

La realidad es que la II República estableció una democracia asimilable a la de países del entorno a pesar de su corta duración. Se celebraron elecciones de diferentes ámbitos, se creó un sistema complejo de partidos políticos, se alternaron coaliciones de izquierda con otras de derechas, etc. Los niveles de participación en los comicios fueron elevados y al contrario de lo que la propaganda franquista nos ha hecho creer, los niveles de violencia política no fueron superiores, ni en relación a otros países, ni en relación a las primeras décadas del siglo, en las que alcanzaron niveles mucho más elevados. Además, buena parte de esa violencia procedió de la propia ultraderecha, buscando crear un escenario de inestabilidad. La realidad es que el golpe de estado fue perpetrado por sectores de la ultraderecha que representaban posiciones muy marginales como muestran algunas circunstancias. El gran partido de la derecha católica antiliberal, la CEDA, se opuso con fuerza a la Constitución y aceptaba ambiguamente la democracia liberal como instrumento para transformarla en una “democracia corporativa”. Tras gobernar en coalición con la derecha liberal del Partido Radical fue derrotada en las elecciones de febrero del 36 por una coalición de burgueses progresistas y partidos obreros. Esta derrota fue inesperada y dañó seriamente la carrera política de su líder, Gil Robles propiciando un intenso debate en el seno del partido, dirigido por sus líderes democristianos, Luis Lucia y Giménez Fernández, para que la coalición aceptara el sistema plenamente. Tales posiciones siguieron siendo minoritarias, pero avanzaron durante la primavera del 36 como reacción lógica al desastre electoral sufrido en febrero y hace pensar que las posiciones de la CEDA podrían haber evolucionado hacia la integración plena en la democracia burguesa. Por otro lado, Jackson apuntó la anécdota de que la aristocracia se quedó atrapada en sus residencias de veraneo de San Sebastián cuando se inició la contienda. A su juicio es representativa del estado de opinión que existía en el país a principios de verano del 36. Si el ambiente hubiera sido prebélico y presagiara el desastre, obviamente no se habría dado esta situación que más bien nos muestra un ambiente de normalidad. Además, otro de los mantras repetido machaconamente durante décadas por el franquismo es que la rebelión se produjo contra un gobierno de comunistas. En realidad, el gobierno del país en el verano de 1936 estaba, exclusivamente, en manos de una coalición de partidos burgueses y gozaba de cierta estabilidad. No había ninguna presencia de partidos obreros, dado que el PSOE se había negado a entrar en él, impidiendo que uno de sus líderes más carismáticos, Indalecio Prieto, formara parte del mismo, a pesar de sus intenciones. El PCE, si bien había logrado colocar en la coalición electoral a algunos de sus líderes y gracias a ello alcanzaron el Parlamento, no dejaba de ser un partido marginal, en ese momento.

Es evidente que los vencedores de la guerra, que fueron sus causantes, han empleado los enormes medios del poder político, económico y cultural para dictar un relato de los hechos que escondiera los motivos inconfesables y el profundo desastre humano e histórico que cometieron. Posiblemente, este énfasis por poner de relieve las virtudes del Plan de Estabilización constituye un elemento fundamental, por su plausibilidad, en su estrategia justificadora de lo injustificable.

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