El derecho a la ciudad, Henri Lefebvre, 1968

Una traducción, en proceso, del texto mencionado con enorme frecuencia en los últimos años, pero que no es tan fácil de encontrar (aunque hay sin duda una excelente traducción de Mario Gaviria de los años 60). La traducción la hice del inglés (*), por lo que puede tener imprecisiones. Esta lectura / traducción la hice para preparar una mesa redonda sobre el tema del derecho a la ciudad, en la que participaré próximamente en Málaga, organizada por La Térmica y amigos de la Casa Invisible. Es muy sorprendente la actualidad del texto publicado hace ya casi 50 años…

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Henri Lefebvre con familares bañándose en el Mediterráneo, 1973 (foto de Mario Gaviria; fuente/soruce: http://societyandspace.com/reviews/reviews-archive/gordillo/)

Traducción del inglés de José Pérez de Lama… 23/01/2015 /  revisión 22/02/16

Pongo en cursiva pasajes que me parecen dudosos, así como algunas palabras del original en inglés que me parece pertinente mantener por si alguien las prefiere interpretar de otra manera… Entre corchetes aparecen las páginas en el documento original. El término “ouvre”, como en la obra de un artista o autor, que resulta clave para Lefebvre, lo he mantenido en francés. He añadido unos subtítulos para ayudar, quizás, la lectura.

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Henri Lefebvre, 1968, El derecho a la ciudad

Ciudad y necesidades

[147] El pensamiento teórico tiene la obligación de redefinir las formas, funciones y estructuras de la ciudad (económicas, políticas, culturales, etc.), así como las necesidades sociales inherentes a la sociedad urbana. Hasta ahora, sólo han sido prospectadas aquellas necesidades individuales, motivadas por la llamada sociedad de consumo (una sociedad burocrática de consumo dirigido – managed consumption), siendo estas necesidades más bien manipuladas, que efectivamente conocidas y reconocidas. Las necesidades sociales tienen un fundamento antropológico. De manera opuesta y complementaria, incluyen la necesidad de seguridad y de apertura, la necesidad de certidumbre y de aventura, de organización del trabajo y de juego (play), la necesidad de lo predecible y de lo impredecible, de semejanza y de diferencia, de aislamiento y de encuentro, de intercambio y de inversiones, de independencia (incluso soledad) y de comunicación, de perspectivas inmediatas y de perspectivas a largo plazo. El ser humano tiene la necesidad de acumular energías y de gastarlas, incluso de derrocharlas jugando. Tiene la necesidad de ver, oír, tocar, saborear, y la necesidad de reunir estas percepciones en un “mundo”. A estas necesidades antropológicas que son elaboradas socialmente (esto es, a veces son separadas, otras reunidas, aquí comprimidas y allí hipertrofiadas), se pueden añadir otras necesidades específicas que no son satisfechas por aquellas infraestructuras comerciales y culturales que los urbanistas habitualmente consideran, incluso de manera parsimoniosa o avara: la necesidad de actividad creativa, de la obra personal – ouvre –(no sólo de productos y bienes materiales consumibles), o la necesidad de información y simbolismo, de lo imaginario y el juego. A través de estas necesidades especificadas vive y sobrevive un deseo fundamental, del cual el juego, la sexualidad, las prácticas físicas como el deporte, las prácticas creativas, el arte y el conocimiento son expresiones y momentos particulares, que pueden, más o menos, superar la división y fragmentación de la actividad humana. Finalmente, [148] la necesidad de la ciudad y la vida urbana sólo puede ser libremente expresada desde una perspectiva que aquí se trata de aclarar, y cuyo horizonte se trata de ampliar. ¿No serían estas necesidades urbanas específicas las de lugares (places) cualificados, lugares de simultaneidad y de encuentro, lugares en los que el intercambio no sea a través del valor de cambio, el comercio y el beneficio? ¿No habría también la necesidad de un tiempo para estos intercambios, para estos encuentros?

Crisis de la ciudad y el humanismo

En el presente, una ciencia analítica de la ciudad, que es necesaria, está sólo en un estado muy preliminar. Para esta elaboración, los conceptos y teorías sólo pueden avanzar con la realidad urbana en su propio hacerse, con la praxis (práctica social) de la sociedad urbana. Actualmente, y no sin esfuerzo,  las ideologías y prácticas que bloqueaban el horizonte y que constituían cuellos de botella para el conocimiento y la práctica están siendo superadas.

La ciencia de la ciudad tiene la ciudad como objeto. Esta ciencia toma prestados sus métodos, aproximaciones y conceptos de otras ciencias fragmentarias, pero la síntesis se le escapa, de dos maneras. Primero, porque esta síntesis, que se desearía a sí misma como total, partiendo de lo analítico,  puede ser sólo sistematización y programación estratégica. Segundo, porque el objeto, la ciudad como realidad consumada, se está descomponiendo (breaking apart). El Conocimiento se sitúa a sí mismo frente a la ciudad histórica ya modificada, para recortarla y volverla a recomponer a partir de fragmentos. Como texto social esta ciudad histórica carece ya de un conjunto coherente de prescripciones de uso del tiempo vinculado a símbolos y a un estilo; el texto se aleja (is moving away). Toma la forma de un documento, o una exposición, o un museo. La ciudad construida históricamente ha dejado de ser vivida y su práctica ya no es entendida. Es sólo un objeto de consumo cultural para los turistas, para un esteticismo ávido de espectáculo y de lo pintoresco. Incluso para aquellos que intentan entenderla con afecto (warmth), la ciudad histórica ya ha desaparecido. Sí, lo urbano permanece en un estado de alienada y dispersa actualidad, como corazón (kernel) y como virtualidad. Lo que los ojos y el análisis perciben, en el mejor de los casos, puede pasar por la sombra de un objeto futuro a la luz del amanecer. Es imposible imaginar la reconstitución de la ciudad antigua; ya sólo es posible imaginar la construcción de una nueva ciudad sobre nuevos cimientos, a otra escala y en otras condiciones, en otra sociedad. La prescripción es: no hay vuelta atrás (a la ciudad tradicional), tampoco es posible una huida hacia adelante, hacia la aglomeración colosal e informe. En otras palabras, en lo concerniente a la ciudad el objeto de la ciencia no está dado. El pasado, el presente y lo posible no pueden ser separados. Lo que se estudia es un objeto virtual, algo que tiene que ser pensado, que exige nuevas aproximaciones.

[149] La carrera del viejo humanismo clásico terminó hace tiempo. Y terminó mal. Está muerto; su cadáver momificado y embalsamado es una pesada carga que huele mal. Este cadáver ocupa muchos espacios, públicos y de todo tipo, que se han convertido así en cementerios culturales bajo el disfraz de lo humano: museos, universidades, publicaciones varias, por no mencionar nuevas ciudades y procedimientos urbanísticos. Trivialidades y tópicos se resumen en esta “escala humana”, según dicen, cuando de lo que deberíamos hacernos cargo es de los excesos, para crear “algo” a la escala del universo.

Este viejo humanismo murió durante las Guerras Mundiales, durante el crecimiento demográfico que acompañó las grandes masacres, y ante las brutales demandas del crecimiento económico, la competencia y la presión de las técnicas pobremente controladas. Ya no es siquiera una ideología; apenas un tema para discursos oficiales.

Recientemente hubo grandes gritos de “Dios ha muerto, el hombre también”, como si la muerte del humanismo clásico fuera también la muerte del hombre. Estas fórmulas difundidas en best-sellers y reproducidas por publicistas poco responsables no suponen nada nuevo. La meditación nietscheana, un oscuro presagio para la cultura y la civilización europeas, comenzó hace cien años durante la guerra franco-prusiana de 1870-1. Cuando Nietsche anunció la muerte de Dios y del hombre no dejó ninguna vía de salida, ni llenó este vacío con materiales improvisados, lenguaje o lingüística. Anunciaba también al Superhombre que pensaba que llegaría. Estaba superando el mismo nihilismo que identificaba. Los autores que ahora trafican con estos tesoros teóricos y poéticos, pero con un retraso de un siglo, nos lanzan de nuevo al nihilismo. Desde Nietsche, los peligros del Superhombre se han hecho cruelmente evidentes. Más aún, este “nuevo hombre” que emerge de la producción industrial y la racionalidad planificadora ha resultado más que decepcionante. Sin embargo, hay todavía otro camino, el de la sociedad urbana y de lo humano como obra – ouvre –, en una sociedad que sería obra (ouvre, creación) y no producto. También está la simultánea superación del viejo “animal social” y hombre de la ciudad antigua, el animal urbano, hacia un ser (man) urbano polivalente y polisensorial, capaz de relaciones complejas y transparentes con el mundo (con el medio ambiente y con él mismo). O si no, el nihilismo. Si el hombre ha muerto, ¿para quién vamos a construir? ¿Cómo vamos a construir? Da igual que la ciudad haya o no desaparecido, que tenga que ser pensada de nuevo, que tenga que ser reconstruida sobre nuevos fundamentos (foundations) o superada. Da igual que reine el terror, que sea lanzada la bomba atómica o que explote la Tierra. ¿Qué es lo importante¿ ¿Quién piensa? ¿Quién actúa? ¿Quién habla aún y para quién? Si el significado [150] y la finalidad desaparecen y no podemos siquiera declararlos en una praxis, entonces nada importa.  Y si las capacidades del “ser humano”, tecnología, ciencia, imaginación y arte, o su ausencia, se erigen como poderes autónomos y éste pensamiento reflexivo se conforma con esta apreciación, con la ausencia del “sujeto”, entonces, ¿qué hacer?

El viejo humanismo se aleja y desaparece. La nostalgia se aminora, y cada vez volvemos menos la cabeza para ver su forma yacente, cruzada en el camino. Fue la ideología de la burguesía liberal, con sus citas griegas y latinas salpicadas de Judeo-Cristianismo, que amparaban (bent over… hmmm) el sufrimiento humano, y que cubrían y respaldaban la retórica de conciencias claras y sentimientos nobles y de las almas sensibles. Un cóctel pavoroso, un combinado para hacer enfermar. Sólo unos pocos intelectuales de la Izquierda, – ¿pero quedan intelectuales de la Derecha? -, que no son ni revolucionarios ni abiertamente reaccionarios, ni dionisíacos ni abiertamente apolíneos, siguen aún gustando de esta triste poción.

Por esto tenemos que hacer el esfuerzo de alcanzar (reach out towards) un nuevo humanismo, una nueva praxis, un hombre nuevo, un hombre de la sociedad urbana. Tenemos que evitar los mitos que amenazan esta voluntad, destruir aquellas ideologías que obstaculizan este proyecto y las estrategias que nos desvían de esta trayectoria. La vida urbana está aún por empezar. Lo que estamos haciendo ahora es completar el inventario de los restos de una sociedad milenaria en la que el campo dominaba la ciudad, y cuyas ideas, valores, tabúes y reglas eran fundamentalmente agrarios, con características rurales y naturales dominantes. Unas pocas ciudades emergieron esporádicas, y con dificultad, del océano rural. La sociedad rural fue (y aún es) una sociedad de escasez y penuria, de necesidad (want) aceptada o rechazada, de prohibiciones controlando y regulando las privaciones. También era la sociedad de la Fiesta, de las festividades. Pero este aspecto, el mejor, se ha perdido, y en lugar de los mitos y las limitaciones, ¡éste es el que debería ser revitalizado! – un comentario decisivo: pues la crisis de la ciudad tradicional acompaña la crisis mundial de la civilización agraria, que también era tradicional. Depende de nosotros resolver esta doble crisis, especialmente, creando con la nueva ciudad una nueva vida en la ciudad. Las sociedades revolucionarias (entre ellas la URSS diez o quince años tras la Revolución de Octubre) insinuaron el desarrollo de una sociedad basada en la industria. Pero sólo llegaron a insinuarlo.

 

Una nueva ciencia de la ciudad

El uso del pronombre “nosotros” en las frases precedentes tiene sólo la relevancia de una metáfora que quiere significar a aquellos concernidos. El arquitecto, el urbanista, el economista, el filósofo o el político no pueden crear de la nada nuevas formas y relaciones. Más precisamente [151], el arquitecto no es un trabajador-milagroso como tampoco lo es el sociólogo. Ninguno de los dos puede crear relaciones sociales, aunque en ciertas condiciones favorables puedan ayudar a que ciertas tendencias sean formuladas (a que tomen forma). Sólo la vida social (la praxis) en su capacidad global tiene este poder – o no lo tiene. Los actores arriba mencionados pueden abrir el camino, individualmente o en equipos; también pueden proponer, ensayar y preparar formas. Y también (y especialmente), a través de una mayéutica alimentada por la ciencia, evaluar las experiencias adquiridas, contribuir con el aprendizaje derivado de los fallos y dar nacimiento a lo posible.

En el punto al que hemos llegado hay una urgente necesidad de cambiar las aproximaciones y herramientas intelectuales. Sería indispensable tomar ideas y aproximaciones de otros entornos que aún no son muy familiares:

Transducción. Ésta es una operación intelectual que pueda ser llevada a cabo de manera metódica y que difiere de los procedimientos clásicos de la inducción, la deducción, la construcción de “modelos”, la simulación, así como de la simple enunciación de hipótesis.  La transducción elabora y construye un objeto teórico, un objeto posible de información relacionada con la realidad y de una problemática planteada por esta realidad. La transducción asume una incesante retroalimentación entre el marco conceptual usado y la observación empírica. Su teoría (metodología) da forma a ciertas operaciones mentales espontáneas del urbanista, el arquitecto, el sociólogo, el político y el filósofo. Introduce rigor en la invención y conocimiento en la utopía.

Utopía experimental. ¿Quién no es hoy en día utópico? Sólo los profesionales más estrechamente especializados que trabajan según el orden establecido, sin el mínimo examen crítico de las normas y limitaciones estipuladas, sólo esta gente no demasiado interesante escapa al utopismo. ¡Todos son utópicos, incluyendo a aquellos futuristas y urbanistas que proyectan el París del año 2000 y los ingenieros que han hecho Brasilia! Pero hay diferentes tipos de utopismo. ¿No sería lo peor que el utopismo que no se reconoce como tal se recubra de positivismo y sobre esta base imponga las más duras constricciones y la más irrisible falta de rigor técnico?

La Utopía debe ser considerada experimentalmente a través del estudio de sus implicaciones y consecuencias sobre el terreno. Éstas pueden sorprender. ¿Cuáles son y cuáles podrían ser los mejores lugares? ¿Cómo pueden descubrirse? ¿De acuerdo con qué criterios? ¿Cuáles son los tiempos y los ritmos de la vida cotidiana que se inscriben y prescriben estos “buenos” lugares favorables a la felicidad? Estas son cuestiones interesantes.

[152] Hay otras aproximaciones intelectuales indispensables a identificar, evitando disociarlas, como son los tres conceptos teóricos fundamentales de estructura, función y forma, para conocer su importancia (import, significado), el alcance de su validez, sus límites y sus relaciones recíprocas. Hay que conocer que componen un todo, pero que los elementos de este todo tienen una cierta independencia  y autonomía relativa. No privilegiar uno sobre el otro; en caso contrario se da una ideología, esto es, un sistema cerrado y dogmático: estructuralismo, formalismo, funcionalismo. Para usarlos en la proporción adecuada y sucesivamente para el análisis de lo real (un análisis que nunca es exhaustivo y carente de residuos), así como para las operaciones conocidas como transducción. Es importante entender que una función puede ser llevada a cabo por medio de diferentes estructuras, y que no hay un vínculo inequívoco entre los términos. Esto es, que las funciones y estructuras se visten con formas que las revelan y las velan – que el carácter triple de estos aspectos compone un todo que es más que estos aspectos, elementos y partes.

Tenemos entre nuestras herramientas intelectuales una que no merece ni el desden ni el privilegio de lo absoluto: el sistema (o más bien el sub-sistema de significaciones).

Las políticas tienen sus sistemas de significaciones – ideologías – que les permiten subordinar a sus estrategias las acciones y eventos sociales sobre los que influyen. En el nivel ecológico, el humilde habitante tiene su sistema (o más bien sub-sistema) de significaciones. El hecho de vivir aquí o allí supone la recepción, adopción y transmisión de un cierto sistema, por ejemplo el de la vivienda en propiedad. El sistema de significaciones del habitante da cuenta de sus actividades y pasividades; – es recibido, a la vez que cambiado por la práctica. Es percibido. (** traducción dudosa)

Los arquitectos parecen haber establecido y dogmatizado un conjunto de significaciones, como tales, pobremente desarrolladas y etiquetadas como “forma”, “función” y “estructura”, o más bien, formalismo, funcionalismo y estructuralismo. No las elaboran a partir de las significaciones percibidas y vividas por los habitantes, sino a partir de sus propias interpretaciones del habitar. Son gráficas y visuales, tendentes al metalenguaje. Son grafismo y visualización. Dado que los arquitectos forman un cuerpo social, que se asocian en instituciones, su sistema tiende a cerrarse sobre sí mismo, a imponerse y eludir cualquier crítica. Hay motivos para denominar a este sistema, con frecuencia aplicado sin procedimiento (proceso) o precaución, planeamiento por extrapolación.

[153] Una teoría que pudiera legítimamente llamarse planeamiento, próxima al significado de las viejas prácticas del habitar (esto es, de lo humano), que pudiera añadir a los hechos parciales una teoría general de los espacios-tiempos, y que revelara una nueva práctica emergente de esta elaboración, tendría que ser imaginada como la aplicación práctica de una teoría comprehensiva de la ciudad y de lo urbano que vaya más allá de las actuales escisiones y separaciones, particularmente de aquellas existentes entre la filosofía y las ciencias de la ciudad, entre lo global y lo parcial. Los actuales proyectos urbanísticos podrían participar de este desarrollo – pero sólo desde una posición crítica inquebrantable de sus implicaciones estratégicas e ideológicas. Por mucho que tratemos de definirlo,  nuestro objeto, lo urbano, no llegaría hoy a estar presente por entero en nuestras reflexiones. Más que ningún otro objeto, lo urbano posee una compleja condición de totalidad en acto y en potencia; un objeto de investigación que sólo se descubre gradualmente, con suma lentitud, suponiendo que alguna vez pudiera llegar a agotarse. Tomar este objeto como una verdad dada es usar una ideología mistificadora. El conocimiento tiene que dotarse de un considerable número de métodos para comprender este objeto; no puede limitarse a una única aproximación. Las configuraciones analíticas fluirán tan próximas como sea posible a las articulaciones internas de esta “cosa” que no es una cosa; se acompañarán de reconstrucciones que no serán nunca realizadas. Las descripciones, análisis e intentos de síntesis nunca podrán ser considerados exhaustivos o definitivos. Todas estas nociones, todas esta batería de conceptos entrarán en juego: forma, estructura, función, nivel, dimensión, variables dependientes e independientes, correlaciones, totalidad, ensemble, sistema, etcétera. Aquí, como en otras situaciones, pero más que en otras situaciones, el residuo se revela de lo más precioso. Cada “objeto” construido debe ser a su vez sometido a examen crítico. Dentro de lo posible, esto debe realizarse, verificando experimentalmente. La ciencia de la ciudad necesita de un tiempo histórico para construirse y para orientar la práctica social.

Esta ciencia es necesaria pero no suficiente. Podemos percibir sus límites a la vez que su necesidad. El pensamiento urbanístico propone el establecimiento o reconstitución de unidades sociales altamente localizadas, particularizadas y centralizadas cuyas relaciones y tensiones restablezcan una unidad urbana dotada de un complejo orden interior, con su jerarquía, y estructura sutil. Más específicamente, el pensamiento sociológico persigue el entendimiento y la reconstitución de las capacidades integradoras de lo urbano así como de las condiciones de la participación práctica. ¿Por qué no? Pero sólo bajo una condición: nunca [154] proteger estos intentos fragmentados y por tanto parciales de la crítica, la evaluación práctica y la consideración global.

 

Sin la participación de la clase trabajadora nada será posible…

El conocimiento puede por tanto construir y proponer modelos. En este sentido, cada objeto no es sino un modelo de la realidad urbana. Sin embargo, la realidad urbana nunca será controlable (manageable) en tanto que cosa y nunca se convertirá en instrumental incluso para el conocimiento más pragmático (operational). ¿Quién no esperaría que la ciudad volviera a ser lo que fue, el acto y la obra (ouvre) del pensamiento complejo? Pero esto no puede quedarse en el nivel de los deseos y las aspiraciones, y una estrategia urbana no se define . Una estrategia urbana no puede partir de considerar las estrategias existentes  y los conocimientos adquiridos: los de la (actual) ciencia de la ciudad, con su disposición hacia la planificación del crecimiento y el control del desarrollo. Quien quiera que diga “estrategia” está hablando de la jerarquías de las variables a considerar, algunas de nivel estratégico y otras correspondientes al nivel táctico – y habla también del poder para materializar estas estrategias sobre el terreno. Sólo los grupos, las clases sociales y las fracciones de clase capaces de iniciativa revolucionaria pueden tomar el mando y llevar a su realización las soluciones de los problemas urbanos. Será por la acción de estas fuerzas sociales y políticas que la ciudad renovada se convierta en ouvre. Lo primero que hay que hacer es derrotar las estrategias e ideologías actualmente dominantes. La multiplicidad de grupos y estrategias divergentes en la sociedad actual (por ejemplo entre el estado y lo privado) no altera la cuestión. De los asuntos de la propiedad del suelo a los problemas de la segregación, cada proyecto de reforma urbana cuestiona las estructuras, las relaciones inmediatas (individuales) y cotidianas de la sociedad existente, pero también aquellas que se intentan imponer a través de los medios coercitivos e institucionales de lo que queda de realidad urbana. En sí misma reformista, la estrategia de la renovación urbana deviene “inevitablemente” revolucionaria, no por la fuerza de las circunstancias, sino en contra del orden establecido. La estrategia urbana que se basa en la ciencia de la ciudad necesita del apoyo social y de las fuerzas políticas para ser efectiva. No puede actuar por sí misma. No puede sino depender de la presencia y la acción de la clase trabajadora, la única capaz de poner fin a la segregación esencialmente dirigida en contra suya. Sólo esta clase, como clase, puede contribuir decisivamente a la reconstrucción de la centralidad destruida por una estrategia de segregación y que se vuelve a encontrar en la forma amenazante de los centros de toma de decisiones. Esto no significa que la clase trabajadora construirá la sociedad urbana sola por sí misma, pero sí que sin su participación nada será posible. Sin la clase trabajadora la integración carece de sentido y la desintegración continuará bajo el disfraz de la nostalgia. No sólo hay aquí una opción sino también un horizonte que se abre o se cierra. Cuando la clase trabajadora está callada, cuando [155] está pasiva y no puede lograr lo que la teoría ha definido como su “misión histórica”, entonces, faltan ambos, “sujeto” y “objeto”. La reflexión confirma esta ausencia; es por tanto apropiado considerar dos series de proposiciones:

1. Un programa político de reforma urbana no definido por el marco y las posibilidades de la sociedad hegemónica o subordinado a un “realismo”, aunque esté basado en el estudio de la realidad. En otras palabras, la reforma así entendida no se limita el reformismo. Este programa tendrá por tanto un carácter singular e incluso paradójico. Se establecerá para ser propuesto a las fuerzas políticas, los partidos. Puede añadirse que preferentemente se presentará a partidos de “Izquierda”, formaciones políticas que representan o quieren representar a la clase trabajadora. Pero no será establecido como una función de estas fuerzas y formaciones. Tendrá en relación con éstas un carácter específico que viene del conocimiento, del lado científico. Se propondrá (abierto para ser modificado) por aquellos que tomen el control del programa. Dejemos que las fuerzas políticas asuman su responsabilidad. En este dominio que aborda el futuro de la sociedad moderna y el de los productores, la ignorancia y los malentendidos suponen una responsabilidades ante la Historia.

2. Proyectos maduros de planificación que consisten en modelos y formas espaciales y tiempos urbanos sin preocupación por su actual viabilidad o su carácter utópico. No parece posible que estos modelos resulten de estudios simples de ciudades existentes o tipologías urbanas, ni de la combinación de elementos. Al contrario de lo que ocurre en la experiencia (duda en la traducción), la forma y el espacio y el tiempo serán inventados y propuestos a la práctica. Esta imaginación será desplegada, no como un imaginario de escape y evasión que transmite ideología, sino como un imaginario que se invierte en la apropiación (del tiempo, el espacio, de la vida fisio-local y el deseo). ¿Por qué no oponer ciudades efímeras a ciudades eternas, y centralidad móvil a centros estables? Todas las audacias pueden ser permitidas. ¿Por qué limitar estas propuestas solo a la morfología del tiempo y el espacio? Podrían también incluir las formas de vivir en la ciudad y el desarrollo de lo urbano sobre estas bases.

En estas dos series habrá propuestas de largo, medio y corto plazo, constituyendo una estrategia urbana entendida como tal.

La sociedad en que vivimos parece tender hacia la plenitud – o al menos hacia la abundancia (bienes y objetos duraderos, cantidad, satisfacción y racionalidad). De hecho permite la excavación de un foso colosal en el que [156] se agitan las ideologías y se extiende la niebla de la retórica. Habiendo dejado la especulación y la contemplación, el conocimiento incompleto y las divisiones fragmentarias, uno de los más grandes proyectos que el pensamiento puede proponerse a sí mismo es el de rellenar esta laguna – y no sólo de lenguaje.

 

Agujeros y grietas. Los lugares de lo posible

En un período en el que los ideólogos se pronuncian abundantemente sobre las estructuras, la desestructuración de la ciudad manifiesta la profundidad de los fenómenos, de la desintegración social y cultural. Considerada en su conjunto, esta sociedad se encuentra a sí misma incompleta. Entre los sub-sistemas y las estructuras consolidadas por diversos medios (compulsión, terror y persuasión ideológica) hay agujeros y grietas. Estos vacíos no está ahí por casualidad. Son los lugares de lo posible. Contienen los elementos flotantes y dispersos de lo posible, pero no el poder que podría ensamblarlos. Sin embargo, las acciones estructurantes y el poder del vacío social tienden a prohibir la acción y la misma presencia de este poder. Las condiciones de lo posible sólo pueden materializarse en el curso de una metamorfosis radical.

En esta coyuntura, la ideología reclama para sí la aportación de una calidad absoluta a la “cientificidad”, apropiándose de lo real, diseccionándolo, reconstituyéndolo, y por esta vía separándolo de lo posible y cerrando el camino. En esta coyuntura, sin embargo, la ciencia, que no es sino fragmentaria sólo puede llegar a tener un impacto programático. Aporta elementos a un programa. Si se concediera que estos elementos ya constituyen una totalidad, y se aspirara a ejecutar este programa literalmente, se estaría tratando el objeto virtual como un objeto técnico preexistente. Los proyectos se lleva a cabo sin crítica, satisfaciendo una ideología que proyecta sobre el terreno – el terreno de los tecnócratas. Aunque necesarias, las políticas no son suficientes. Cambian durante el curso de su implementación. Sólo la fuerza social, capaz de investirse a sí misma en lo urbano a través de una experiencia política prolongada, puede hacerse cargo de la realización de un programa  que concierna a la sociedad urbana. A la inversa, la ciencia de la ciudad aporta a esta perspectiva fundamentos teóricos y críticos, una base positiva. La Utopía controlada por la razón dialéctica sirve como salvaguarda frente a ficciones supuestamente científicas y visiones extraviadas. Además, esta base previene que la reflexión se pierda en puras políticas. Aquí el movimiento dialéctico se presenta como una relación entre ciencia y poder político, como un dialogo que actualiza las relaciones entre “teoría-práctica” y “crítica positiva-negativa”.

 

El arte, meditación sobre la vida como drama y placer

Tan necesario como la ciencia, pero no suficiente, el arte trae a la realización de la sociedad urbana su larga meditación sobre la vida como drama [157] y placer. Además, y especialmente, el arte restituye el significado de la ouvre, dándole múltiples facetas de tiempo y espacio apropiados; ni soportados ni aceptados por una resignación pasiva, metamorfoseados como ouvre. La música muestra la apropiación del tiempo, la pintura y la escultura la del espacio. Si las ciencias descubren determinismos parciales, el arte y la filosofía muestran como la totalidad surge (grows) a partir de determinaciones parciales. Constituye la responsabilidad de la fuerza social capaz de crear la sociedad urbana el hacer efectiva y eficaz la unión del arte, la técnica y el conocimiento. Tanto como la ciencia de la ciudad, el arte y la historia del arte son parte de una meditación sobre lo urbano que quiere hacer eficaces las imágenes que lo proclaman. Mediante la superación de esta oposición, esta meditación que persigue la acción sería a la vez utópica y realista. Se podría incluso afirmar que el máximo de utopismo puede unirse con un óptimo de realismo.

 

La contradicción del derecho a la naturaleza

Entre las contradicciones características de nuestro tiempo están aquellas (particularmente difíciles) entre las realidades de la sociedad y los hechos de la civilización. Por un lado genocidio, por el otro avances médicos y de otra índole que permiten salvar un niño o retrasar la muerte. Una de las últimas pero no menores contradicciones se ha mostrado en este ensayo: entre la socialización de la ciudad y la generalización de la segregación. Existen muchas otras, por ejemplo, la contradicción entre la etiqueta de revolucionario y la adhesión a un obsoleto racionalismo productivista. El individuo en el centro de las fuerzas sociales por la presión de las masas, se reafirma y no muere. Los derechos aparecen y se convierten en costumbres o normas, habitualmente seguidas por su promulgación como leyes. Y sabemos como, a través de gigantescas destrucciones, Guerras Mundiales, y el terror de las amenazas nucleares, estos derechos concretos vienen a completar los derechos abstractos del hombre y los ciudadanos y se inscriben en las fachadas de los edificios durante los inicios democráticos revolucionarios: los derechos de las edades y los sexos (la mujer, el niño y el anciano), los derechos de las diferentes condiciones (el proletario, el campesino), los derechos a la instrucción y la educación, al trabajo, a la cultura, al descanso, a la salud, a la vivienda. La presión de la clase trabajadora ha sido y sigue siendo necesaria (pero no suficiente) para el reconocimiento de estos derechos, para que entren a formar parte de las costumbres, para su inscripción en los códigos que están aún incompletos.

Durante los últimos años y de manera bastante extraña, el derecho a la naturaleza se ha incorporado a las prácticas sociales gracias al ocio (leisure), habiéndose abierto camino por medio de protestas que se han hecho comunes, en contra del ruido, del cansancio, [158] del universo aglomerativo (concentrational) de las ciudades  (mientras que las ciudades se están pudriendo y explotando). ¡Un extraño viaje sin duda! La Naturaleza entra en el mundo del valor de cambio y la mercancía, para ser comprada y vendida. Esta “naturalidad” que es falsificada y mercantilizada, es a su vez destruida por la comercialización, la industrialización y la organización institucional del ocio. La Naturaleza, o lo que se hace pasar por ésta o lo que sobrevive al proceso, se convierte en el gueto de la búsqueda del ocio, el lugar-separado del placer y el retiro para la “creatividad”. ¡Los habitantes de la ciudad llevan con ellos lo urbano incluso si no llevan consigo la planificación! Colonizado por los habitantes de la ciudad, el campo ha perdido las cualidades, características y encantos de la vida campesina.  Lo urbano destruye el campo: este campo urbanizado se encuentra con una ruralidad desposeída, el caso extremo de miseria profunda del habitante, del hábitat, del habitar. ¿No están los derechos a la naturaleza y al campo destruyéndose a si mismos?

 

El derecho a la ciudad

A la luz de este pseudo-derecho, el derecho a la ciudad es como un grito y una demanda. Este derecho traza suaves meandros entre las desviaciones de la nostalgia y el turismo, el retorno al corazón de la ciudad tradicional, y la llamada de centralidades existentes o recientemente creadas. La demanda de naturaleza y el deseo de disfrutarla desplazan el derecho a la ciudad. Esta muy reciente demanda se expresa indirectamente como una tendencia a huir de la ciudad deteriorada y abandonada, una tendencia a dejar atrás una vida urbana alienada para, por fin, poder vivir “realmente”. La necesidad y el “derecho” a la naturaleza contradicen el derecho a la ciudad sin tener la capacidad de evadirlo. (Esto no significa que no sea necesario preservar vastas espacios naturales.)

El derecho a la ciudad no puede ser concebido como una simple noche de visita o como un retorno a las ciudades tradicionales. Sólo puede ser formulado como un derecho a la vida urbana transformada y renovada. No importa si el tejido urbano rodea el campo y qué queda de la vida rural, mientras que lo “urbano”, lugar de encuentro, prioridad del valor de uso, inscripción en el espacio de un tiempo elevado al rango del recurso supremo entre los recursos, no encuentre su base morfológica y su realización práctica y material;  lo que supone una teoría integrada de la ciudad y la sociedad urbana, usando los recursos de las ciencias y el arte. Sólo la clase trabajadora puede convertirse en el agente, el cauce social o el apoyo para esta realización. Ahora de nuevo, como hace un siglo, la clase trabajadora niega y se opone, mediante su propia existencia, la estrategia de clase dirigida en su contra. Como hace cien años, aunque bajo nuevas condiciones, reúne los intereses (superando lo inmediato y lo superficial) de la sociedad en su conjunto y antes que de ningún otro, los intereses de aquellos que habitan. ¿Quién puede ignorar que los olímpicos de la nueva aristocracia burguesa ya no habitan? Van de gran hotel en gran hotel, o de castillo en castillo, dirigiendo una flota o un país desde un yate. Están en todos lados y en ninguno. Así es como fascinan a la gente, inmersa en la vida cotidiana. Trascienden la vida cotidiana, poseen la naturaleza y dejan a la policía la invención de una cultura artificial . Es esencial describir en detalle, además de las condiciones de la juventud, las de los estudiantes e intelectuales, de los ejércitos de trabajadores con y sin cuellos blancos, de la gente de las provincias, los colonizados y los semi-colonizados de todo tipo, las de todos aquellos que soportan una vida cotidiana dirigida, – es necesario aquí exhibir la miseria irrisoria y a-trágica del habitante, del residente suburbano y de la gente que permanece en guetos residenciales, en los centros de las ciudades viejas que se desmoronan y en las proliferaciones que se pierdan más allá de aquellos. Uno sólo tiene que abrir los ojos para entender la vida cotidiana de aquél que corre cada mañana de su vivienda a la estación, cerca o lejos, al vagón repleto del metro, la oficina o la fábrica, para volver por el mismo camino por la noche para recuperarse lo suficiente para poder empezar de nuevo al siguiente día. La imagen de este miseria generalizada no funcionaría sin una imagen de “satisfacciones” que la esconde y se convierte en el medio para eludirla y liberarse de ella.

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Fuente del texto en inglés: H. Lefebvre, The Right to the City, 1968; en: H.L. (traducción de Eleonore Kofman, Elizabeth Kebas), 1996,  Writings on Cities, Blackwell Publishers, Maiden, pp. 147-159 https://chisineu.files.wordpress.com/2012/09/lefebvre-henri-writings-on-cities.pdf

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