Valor añadido y nuevo modelo productivo

Muchos discursos sobre impulso de un nuevo modelo productivo y actividades que aporten mayor valor añadido, que no se si me equivoco, pero me parecen poco más que lugares comunes. De vueltas con Marx y El Capital, rememoro sus conceptos de plusvalía (valor añadido) absoluta y relativa, y hago algunos comentarios a partir de aquellas ideas… Como siempre, aproximaciones profanas para ver si los amigos economistas me iluminan sobre el asunto…

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Imagen: Wall-e en las ruinas del planeta del futuro; protagonista de la película del mismo nombre, Andrew Stanton (director), 2008

Valor añadido y nuevo modelo productivo

José Pérez de Lama

En los últimos meses se ha convertido en un mantra entre nuestros queridos políticos, los queridos de verdad y los “menos queridos”, decir que van a promover un cambio del modelo productivo hacia actividades generadoras de mayor valor añadido. El cómo piensan hacerlo ya es otra cosa, y habitualmente lo que dicen no pasa de generalidades bastante vagas. Me da la impresión, y ojalá esté equivocado, que no tienen mucha idea de qué están hablando; o que tienen más o menos la misma idea que yo, que soy un total aficionado…

Me atrevo una vez más a escribir unas reflexiones-preguntas sobre este nuevo asunto, – preguntas que dirijo a mis amigos economistas como siempre… o a algún experto en políticas públicas que ande por “la sala”.

Aunque se que es un modelo algo antiguo tomaré como base de estos comentarios la discusión del valor añadido, de la plusvalía, desarrollada por Marx en El Capital, libro primero. Como sugiere David Harvey, la tomo como un modelo en el sentido científico del término, esto es, algo que no pretende dar cuenta de forma exhaustiva o total de la realidad, sino simplemente explicar ciertos aspectos de ésta de manera consistente y dentro de ciertos límites, permitiendo su uso, el del modelo, para la interpretación e incluso la intervención sobre procesos reales; – más o menos.

El plusvalor o plusvalía para Marx sería el valor nuevo, adicional, resultante de un proceso de producción; es decir, la diferencia entre el valor de los elementos empleados en el proceso – inversión en capital fijo y salarios – y el valor total del producto resultante. El capital fijo , lógicamente se descompone en partes diferentes (maquinaria, materias primas, costes financieros, renta…), pero de momento no entraremos ahí.

Plusvalía absoluta
Marx estudia en primer lugar lo que denomina la plusvalía absoluta, que correspondería a un estado ideal en el que el precio de los diferentes inputs de un proceso productivo, especialmente los salarios, hubiera alcanzado un estado de equilibrio que correspondiera a su valor real. Para los salarios éste sería el valor o coste de la reproducción de la fuerza de trabajo en un contexto social y cultural dado; a su vez éste valor sería el resultado de las luchas y relaciones de fuerzas entre capital y trabajo, como decía, para un contexto dado; el salario mínimo junto a la renta indirecta de los servicios y prestaciones públicas representarían el valor de la fuerza de trabajo en nuestras sociedades actuales.

En este modelo de la plusvalía absoluta, como ya recordaba en un post anterior, toda la plusvalía o valor añadido es creada por la acción de la fuerza de trabajo sobre las materias a transformar, a través del uso de las herramientas y máquinas que constituyen también parte de lo que Marx llama capital fijo. Esta idea de que toda la plusvalía es creada por la fuerza de trabajo es lo que se denomina teoría del valor-trabajo). La conocida fórmula es:

c + v → c + v + s

en la que c es el capital fijo (inversión de capital menos salarios), v el capital variable (salarios) y s la plusvalía o valor añadido.

En este modelo de la plusvalía absoluta, el aumento del valor añadido o plusvalía de un proceso de producción dado, tiene lugar únicamente mediante la extensión de la jornadas de trabajo – considerando fijo el coste de la fuerza de trabajo, independientemente de que se aplique en jornadas de 8, 10 ó 12 horas. Según Marx, el trabajador vende su fuerza de trabajo por una jornada, siendo la mayor o menor extensión de ésta el resultado de las relaciones de fuerza entre trabajo y capital (la lucha de clases…). Ésta es una de las ideas que pueden parecer algo extrañas de Marx, pero que no lo son tanto viendo el mercado de trabajo actual – según leo últimamente -, en el que se hacen contratos formales de una hora (retribuida), en los que, sin embargo, los empresarios pretenden que el trabajo desarrollado dure muchas más horas…

Plusvalía relativa
Aquí la cosa se pone mucho más interesante, y más real; contradiciendo o cuestionando bastante lo que Marx había expuesto en su análisis de la plusvalía absoluta. En mi opinión, el carácter global de la producción actual y su acelerado dinamismo, hacen que la cuestión del valor añadido se juegue sobre todo en este terreno que en el análisis marxiano se llama de la plusvalía relativa. Esta idea se relaciona estrechamente con la cuestión de la innovación, estrictamente tecnológica, pero también de las tecnologías organizativas y de las tecnologías que rodean los procesos de producción y distribución, como son las de la información y la comunicación.

Escribo estas líneas más o menos de memoria, con unas notas tomadas hace un año. Plantea Marx que debido a la conflictividad de la lucha por la duración de la jornada de trabajo, entre otras cuestiones, el capital explora otras vías para aumentar la plusvalía, que se producen a través de lo que denomina la plusvalía relativa.

Cooperación y división del trabajo
Las dos primeras estrategias que describe Marx, y que en su análisis tienen que ver con modalidades iniciales del capitalismo serían el aprovechamiento por parte del capital de la cooperación y de la división del trabajo. Ambas fórmulas, que tendrían que ver con la organización del trabajo, resultan gratuitas, sin coste adicional, para el capital. La cooperación se incorporaría a los procesos de producción en la transición de la artesanía tradicional a la artesanía industrial, en la segunda parte del siglo XVIII. Aunque no trataré este asunto aquí, el análisis de Marx sobre la cooperación dentro del proceso de producción capitalista es de extraordinaria actualidad para los debates sobre la producción cooperativa en la cultura digital (tendría que dedicarle un post a este tema más adelante). En cualquier caso, llama la atención que mientras los scholars citan los Grundrisse (que por cierto significa fundamentos en alemán) como principal referencia marxiana para pensar el trabajo en la sociedad de la información, no he visto ninguna discusión de este capítulo de El Capital que trata específicamente sobre la cooperación. La división del trabajo, tan característica de Adam Smith, se facilita según Marx por la sustitución progresiva de las herramientas por máquinas que tiene lugar entre finales del XVIII y principios del XIX. Cooperación y división del trabajo serían formas de aumentar el valor añadido de un determinado proceso de producción, sin afectar necesariamente la extensión de la jornada de trabajo. Esto supondría según su aparato conceptual un aumento de la plusvalía relativa.

Plusvalía relativa e innovación tecno-científica
La tercera de las estrategias descritas por Marx tendría que ver con la introducción, en su tiempo, de lo que llama gran industria, en la que se produce de nuevo un cambio. mucho más radical, en la organización del proceso de producción, que se basa en una intensa innovación tecno-científica o tecnológica. Marx analiza en detalle y de manera sugerente los cambios que supone la gran industria en el proceso de producción, – un análisis que estimo que aún sigue siendo de gran interés. Me centraré sin embargo en lo relacionado con la plusvalía relativa, o aumento del valor añadido, derivado de la aplicación intensiva de los avances tecno-científicos a los procesos de producción.

En esta breve aproximación destacaré dos cuestiones principales. La primera de ellas sería que el aumento del valor añadido o plusvalía relativa derivado de la innovación tecnológica, fundamentalmente de la mayor inversión en maquinaria que sustituye o hace más eficiente el desempeño de la fuerza de trabajo, se produce solamente de manera temporal o transitoria, en la medida en que un cierto empresario en el momento de introducir una innovación técnica es capaz de producir a un precio más bajo los mismos bienes que otros industriales producen usando los métodos tradicionales hasta la fecha. Durante un cierto período, el empresario innovador puede vender sus productos a un precio algo más bajo que los de la competencia, y aún así, ganar más por unidad de producto, aumentando así el importe de la plusvalía obtenida. Esta ventaja competitiva le permitirá además, si dispone de capital, aumentar la cantidad de producto, al menos mientras dura su ventaja en el mercado. No obstante, según el análisis de Marx, al cabo del tiempo, el resto de la competencia incorporará las mejoras en el proceso de la producción introducidas por el empresario pionero, – u otras similares -, resultando en la bajada de precios general del producto en cuestión, desapareciendo así la plusvalía relativa de la que se benefició inicialmente el “innovador-emprendedor” inicial.

La segunda cuestión que quiero comentar es la relacionada con lo que entiendo que Marx denomina ley de los rendimientos decrecientes. Siempre según el modelo de Marx, los aumentos de productividad generados por las mejoras tecnológicas, suponen una mayor inversión relativa en maquinaria y materias primas, esto es, una mayor ratio entre capital fijo (equipos) y capital variable (salarios); – así es precisamente como Marx define la productividad: c/v, esto es, la cantidad de capital fijo que es capaz de procesar la fuerza de trabajo; un trabajador que produce 50 pantalones por hora será el doble de productivo que uno que produce 25. Quizás se intuya aquí la aparición de otro de los temas que discute Marx en relación con las máquinas, como es el de la intensidad del trabajo – diferente de la duración de la jornada -, y que no siendo necesariamente proporcional a la inversión en maquinaria/capital fijo, sí que es estimulada por ésta, como se sugiere en las imágenes de la cadena de montaje de las películas de Chaplin. Lo que señala Marx en cuanto a los rendimientos decrecientes, es que dado que la plusvalía sólo es creada por la fuerza de trabajo, cuanto menor sea su proporción en el proceso productivo, menor será el porcentaje de la plusvalía o valor añadido respecto del total del capital invertido. Aquí es importante señalar que para Marx la maquinaria por si misma no produce plusvalía en el proceso de producción en que se aplica. La plusvalía generada por la máquina como producto fue extraída en su propio proceso de producción; el empresario que la emplea, al comprársela al fabricante de la máquina, paga a éste la plusvalía generada en su producción. Éste es un punto complicado de entender si no se estudia con atención el desarrollo de la teoría del valor-trabajo según Marx, pero puede intuirse su verosimilitud en la manera en que se considera la amortización de máquinas, equipos, edificios, etc en la contabilidad empresarial. Es posiblemente también un aspecto de controversia de la teoría del valor-trabajo.

La cuestión paradójica, en la que típicamente se complace Marx – como en muchas otras paradojas que plantea -, es que, según esta ley o principio, mientras que la innovación tecnológica beneficia al capitalista individual que logra aunque sea temporalmente incrementar la plusvalía relativa, en el conjunto y en el medio-largo plazo perjudica a la clase capitalista que ve reducida la ratio de plusvalía a medida que va incorporando un mayor ratio de capital fijo (tecnología) en el proceso de producción. Marx se refiere a esto como imperativo capitalista de la competencia. Según esta interpretación, si se alcanzara la total automatización-robotización de los procesos de producción en el límite la plusvalía tendería a cero. – Esta hipótesis es la que defienden recientemente autores como Jeremy Rifkin; aunque la desarrolla usando la teoría del valor marginal y no la del valor-trabajo -. En estas condiciones hipotéticas en las que la plusvalía generada por los procesos de tendería a cero, el capitalismo dejaría de tener sentido. A trazos más gruesos la idea es que si no hay explotación no puede haber beneficio, y que el creciente uso de máquinas sustituyendo la fuerza (humana) de trabajo es a lo que conduce. Suena contra-intuitivo, pero también interesante y al menos consistente con el planteamiento de Marx, al menos hasta esa altura de El Capital.

Plusvalía relativa “social”
Por completar el panorama de la plusvalía según lo traza Marx, mencionaré un último aspecto que aparece en El Capital – que en realidad aparece de forma mucho menos relevante que la precedente, aunque David Harvey lo destaca en su propia lectura de la obra.

Plantea Harvey la idea de que otra forma de generar plusvalía relativa para el capital es la que se produce a través de la intervención del estado, subvencionando, haciéndose cargo o regulando aspectos del coste de la reproducción de la fuerza de trabajo. Quizás suene algo abstracto así expresado; intento aclararlo. La idea en que se basa toda la construcción de Marx es que el valor de la fuerza de trabajo en un momento y lugar dados, como el de toda mercancía, es el valor de los bienes y del trabajo necesarios para su producción. En el caso de la fuerza de trabajo se trataría de la reproducción de esta fuerza para que pueda aplicarse día tras día. Hay que señalar que se trata del valor no sólo de la reproducción de la fuerza del trabajador individual, sino de su reproducción social también, como grupo o clase social. Incluirá por tanto, no solo la alimentación, la vivienda y el vestido, sino también el coste de aquellos aspectos ligados a la familia, salud, educación, cuidados, etc. (Cabe señalar aquí, la crítica feminista de autoras como Silvia Federici que subrayan como parte del valor de la reproducción en nuestras sociedades en realidad no está pagado por el capital, sino subvencionado de alguna manera por el trabajo de las mujeres en el hogar.)

En este marco, se intuye de la lectura de Marx que si el estado contribuye a pagar o reducir estos gastos, el coste para la reproducción de la fuerza de trabajo del que debe hacerse cargo el capital será menor, o lo que es lo mismo, podrá pagar salarios inferiores, y por esta vía ampliar su ratio de plusvalía, o valor añadido; esto es, si los sueldos son más bajos sin causar conflicto social porque el coste de la vida es más bajo, la productividad del capital variable (salarios) será mayor.

Aquí posiblemente me he liado un poco extrapolando los temas de Marx a la actualidad – con la sugerencia de Harvey, eso sí. De lo que trata fundamentalmente Marx en relación con esta cuestión es del precio del pan, que constituía uno de los productos básicos de la alimentación de la clase trabajadora de su tiempo. Este tema fue muy relevante durante buena parte del siglo XIX en Inglaterra (1815, 1846), debido al conflicto en torno a lo que se llamaba las Corn Laws, que determinaban unos aranceles la importación de trigo en Gran Bretaña, defendiendo así los intereses de la clase terrateniente local, que podía mantener un precio alto para su propia producción. La clase industrial, apoyando a los trabajadores en una extraña alianza, se oponía a las Corn Laws por diversas razones – por un lado, por su tradicional lucha con los terratenientes por la hegemonía política – y por otro, porque un precio inferior del pan les permitía mantener unos salarios más bajos, entroncando aquí con la cuestión de la plusvalía relativa en su modalidad social según la llama Harvey.

El profesor Harvey traslada a la actualidad estas cuestiones, relacionándolas tanto con las importaciones baratas de productos chinos y las empresas de distribución tipo Walmart, que según su análisis han ayudado a la congelación o reducción de los salarios desde los años 70 en los EU. También podríamos hacer un análisis parecido con productos como los de Zara y toda la gama low cost en un entorno más próximo, que palían en cierta medida la precariedad cada vez más generalizada, manteniendo viva, en cierta medida, la ficción de un país de clases medias…

La planta de producción global
Una complejidad añadida, fundamental, que se produce en el mundo contemporáneo respecto de la Inglaterra del siglo XIX estudiada por Marx, es la derivada del proceso de globalización acelerada de la economía durante las últimas décadas. En su análisis Marx señala que el coste de la fuerza de trabajo es diferente según los diferentes países pero no elabora particularmente sobre la cuestión. Hoy, la variable valor de la fuerza de trabajo que Marx tiende, al menos en el Libro I de El Capital, a considerar como dada o semi-fija, para un lugar y momento dados, – y con las salvedades ya hechas -, se ha convertido en una variable central para analizar el valor añadido de un proceso de producción industrial en cualquier parte del planeta. Un hipotético proceso de producción que fuera materialmente idéntico en China y en España, tendría un coste en capital variable (salarios) radicalmente diferente, y en consecuencia lo que en China, en igualdad del resto de condiciones generaría un gran valor añadido, en España podría no generar ninguno. Esta circunstancia y sus implicaciones para la competencia global, especialmente en el ámbito de la producción industrial, son de sobra conocidos.

El nuevo modelo productivo
Considerando entonces los anteriores comentarios el discurso de promover un nuevo modelo productivo caracterizado por centrarse en actividades de mayor valor añadido, así sin más, me resulta simplista y problemático. No parece que sea algo que pudiera hacerse de un día para otro con algunas medidas más o menos puntuales, ni tampoco algo que pueda lograrse en el plazo de cuatro años de una legislatura. Ya que no parece viable ni conveniente tratar de competir en el ámbito de los salarios, necesariamente supondría competir en el ámbito de la innovación tecnológica y organizativa.

Sin excesiva reflexión, cabría observar que generar una cultura empresarial de la innovación tendría que estar relacionado con la investigación, por un lado, y es conocido que la inversión en innovación ha sufrido un retroceso de al menos 6 años con la crisis y las políticas aplicadas por los últimos gobiernos. Por otro tendría que ver con el propio tejido-medio empresarial, con lo que suele denominarse medios o ecosistemas de innovación y quizás también cultura creativa, campo en el que tampoco se observan políticas demasiado decididas. Tendríamos que competir, finalmente, con países como Alemania, Francia, Japón, Estados Unidos, Finlandia, con una larga y sólida tradición, y también con Corea o la propia China, lo que así de buenas a primeras no parece demasiado inmediato, aunque por supuesto no debería ser una misión imposible si se ponen los medios y la planificación necesarios… El presidente Nehru en India impulsó una nueva cultura de las ciencias y la ingeniería que tres o quizás cuatro décadas más tarde de trabajo constante ha logrado que India se convierta en un país de relevancia en estos ámbitos (Saini, 2011). No puede sino ser un proyecto a medio-largo plazo…

Por otra parte, también de las anteriores consideraciones, se deduce que este campo de la innovación no es un terreno firme en el que podría uno asentarse con tranquilidad una vez conquistado, sino un entorno dinámico e inestable, en el que una ventaja competitiva se pierde de manera rápida, especialmente en la actual situación de hípercomunicación.

Con mucha frivolidad, se le ocurre a uno que además de generar o profundizar en unas políticas a medio y largo plazo en esta línea de la innovación tecnológica y organizativa, habría que pensar en otras estrategias complementarias y paralelas a la participación en los mercados globales, que por ejemplo promovieran ciclos económicos de producción y consumo locales (ciclos cortos, circular economy), y que redujeran, como en el caso sobresaliente de la energía y quizás también el de las tecnologías (hardware, software), la dependencia de nuestra economía respecto de las importaciones.

Consideración final
Estimo que el modelo de Marx nos sigue siendo aportando interesantes perspectivas para analizar la producción industrial, aunque sin duda, la producción en el ámbito de los servicios, cada vez de mayor proporción en nuestras sociedades presenta características diferentes en muchos aspectos y en particular en cuanto a la producción de valor añadido. No me cabe duda de que existirán otros modelos más actuales que pongan de relieve otras cuestiones más pertinentes en estos ámbitos.

Seguramente, en las notas previas expongo cosas poco elaboradas, o sencillamente errores de aficionado. Aunque también es cierto, que no he leído durante los últimos meses de debates electorales y programas de gobierno sobre el futuro del país ningún documento sobre política industrial y nuevo modelo de producción que me haya impresionado particularmente; más bien lo que leído me ha parecido poco más que una colección de lugares comunes. Igual si algún lector, que seguramente será amigo, ha llegado hasta aquí, me podrá hacer aclaraciones sobre esto del valor añadido que me iluminen, o incluso recomendarme algún documento esencial que no haya llegado aún a mis manos.

#referencias

Karl Marx, 2007 (1867), El Capital. Crítica de la economía política. Libro Primero. Secciones tercera a quinta, Akal, Madrid

David Harvey, 2010, A Companion to Marx’s Capital, Verso, Londres

Silvia Federici, 2013, Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas, Traficantes de Sueños, Madrid

Angela Saini, 2011, Geek Nation. How Indian Science is Taking Over the World, Hodder & Stoughton, Londres

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