Lógica mentirosa

Obra del artista británico Banksy en East India Dock Road de Londres
Obra del artista británico Banksy en East India Dock Road de Londres. Fuente: http://banksy.co.uk/

David Patiño

Los que mandan aprendieron hace mucho que en las democracias burguesas no se podía emplear (siempre) la violencia para imponer las medidas que les favorecieran. Por ello, comenzaron a aplicar técnicas de persuasión que les permitieran hacer aceptables medidas o leyes que no se habrían podido aprobar de otro modo. La operación se puso en práctica a gran escala y a través de todos los medios. Tal inversión se ha rentabilizado con creces y ha sido tan exitoso que ha llegado a conseguir, en numerosas ocasiones, que los trabajadores defiendan medidas que les perjudican y en general, convencer a la opinión pública de que una cosa es otra, o dicho de otro modo, engañarla. El resultado se ha materializado en una serie de ideas que a fuerza de ser repetidas profusamente han acabado convirtiéndose en mantras aceptados por la generalidad que se repiten sin que nos paremos a reflexionar, siquiera un poco, sobre los mismos. El esquema se ha caracterizado repetidamente por basarse en unos planteamientos, aparentemente lógicos. Sin embargo, un poco de reflexión sobre estas ideas puede provocar bastantes dudas sobre los mismos.

La economía ha sido un campo en el que se ha producido algunas de las principales batallas de esta crucial guerra. Este post es el primero que voy a dedicar a repasar algunas de estas afirmaciones que me parecen especialmente destacadas, por la importancia que han llegado a tener y por sus graves consecuencias.

La primera de ellas es la necesidad de bajar los salarios para mejorar la competitividad. Esta idea ha sido etiquetada como devaluación salarial para hacernos creer que la solución habría sido relativamente rápida e indolora. Según la idea, la única salida a la crisis consiste en elevar la demanda externa, para ello debemos ser más competitivos y eso solo se puede conseguir bajando nuestros salarios. Esta cadena de razonamientos parece lógica y además se ha repetido hasta la saciedad. El resultado ha sido que hemos pasado a unir los conceptos salario y competitividad en un único pack. La realidad es que, cuando hay relación entre estas dos variables, se produce a través de una cadena de reacciones que no siempre se da.

La primera premisa del razonamiento es que siempre se compite en precios, lo que frecuentemente no es cierto. De hecho, es fácil ver que muchas empresas diversifican su producto, mejoran imagen, diseño, dan soluciones eficientes, seguridad y un largo etcétera. Todo esto les permite vender a precios mayores consiguiendo además generar un valor añadido mayor. La competencia en precios es fundamental en productos homogéneos pero en el capitalismo moderno hasta la fruta se comercializa bajo una marca. Si únicamente se compitiera en precios, nadie se compraría un mercedes. Los precios son importantes, en algunos sectores mucho más que en otros, y la medida habitual de la competitividad es la relación real de intercambio que compara los precios de un país con los del resto del mundo. Y es verdad que los grandes concursos de infraestructuras que han conseguido (y siguen consiguiendo) las empresas españolas se han logrado por ofrecer precios competitivos. Eso sí, tan solo tres o cuatro empresas en el mundo están capacitadas para acometer esas macroinversiones, y lo realmente importante es lograr esta capacidad. No creo que nadie tenga dudas de que la variable relevante en el tipo de competitividad que aporta valor añadido y genera riqueza es sobre todo la tecnología.

El siguiente paso en el razonamiento relaciona salarios con precios a través de los costes. Según el razonamiento, las empresas fijan sus precios estableciendo un margen sobre los costes laborales. Por tanto, bajar los salarios es imprescindible para conseguir reducir los precios a través de una reducción de los costes. Hemos visto numerosas veces al Presidente vendiendo la reducción de costes salariales que se habría conseguido gracias a la, catalogada por De Guindos, durísima reforma laboral. A estas alturas no queda duda de que reducir los costes laborales (que es otro modo engañoso de referirse a los salarios), ha sido su motivación. La propaganda oficial nos ha intentado convencer de que el sacrificio que se imponía a los trabajadores era necesario para que asegurar la supervivencia de la empresa en la que prestaba sus servicios. De este modo, el trabajador no iba a perder su puesto de trabajo. De nuevo estamos ante una idea fácil de vender, el problema es que, de nuevo, no tiene porqué ser cierta. Primero porque el salario no es el único coste de producción de las empresas, que también tienen que remunerar al capital. Si la reducción de costes laborales coincide, como ha sucedido, con un aumento en los márgenes empresariales, la supuesta reducción de costes empresariales queda reducida a cero. Si eso lo unimos a las políticas monetarias que ha venido desarrollando el BCE y que han propiciado un euro fuerte, el resultado es que la devaluación real se ha diluido en una apreciación monetaria y que las grandes empresas han incrementado su volumen de beneficios.

Pero además, en relación al salario, también se ha pecado por omisión. La lógica oficial ha puesto el énfasis en el carácter de coste del salario y a la vez han omitido su naturaleza de renta. Las empresas pequeñas estaban encantadas con esta bajada salarial pero no podían percibir que la consecuencia estaba siendo una reducción sin precedentes en el consumo, principal componente de la demanda, ahora y en el futuro. La reducción en los costes que ha supuesto la bajada salarial no ha compensado la caída en las ventas y el proceso las ha llevado masivamente a la quiebra. Por último, el proceso ha concentrado la renta a niveles similares a los que había en los años 40. Dado que los individuos reducen su propensión a consumir conforme se eleva su renta, la demanda se ha reducido aún más. El balance necesariamente tenía que ser tan negativo como el que venimos experimentando.

Pero entonces, ¿por qué la devaluación real parecía dar frutos en forma de mejora de la balanza comercial? La respuesta está en las importaciones y la coyuntura internacional. Durante unos trimestres Alemania estuvo creciendo a buen ritmo e hizo de locomotora produciendo un incremento de las exportaciones españolas. En los últimos meses, tristemente este empujón se ha parado. A esto hay que sumarle el efecto que ha generado el comportamiento de las importaciones. Las importaciones dependen del nivel de actividad económica. En general, el principal producto de importación son los combustibles fósiles, si las fábricas no tienen actividad, no es preciso comprar petróleo. La enorme crisis económica, agravada por la suicida política de austeridad y de reducción salarial, generó una caída sin precedente de la actividad económica. La consecuencia fue que dejáramos de tener necesidad alguna de comprar fuera y ambos factores “mejoraron” la balanza comercial. En el momento que la actividad económica se ha reactivado mínimamente (motivada por la relajación de la política presupuestaria), las importaciones han vuelto a crecer y el cacareado efecto de la devaluación real se ha esfumado.

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4 comentarios en “Lógica mentirosa

  1. Leo en el documento económico Navarro-Torres para la organización política Podemos lo siguiente en relación con el salario mínimo (p. 46):

    “Por tanto, para reactivar el consumo es imprescindible que, en lugar de seguir bajando, aumente el porcentaje de los salarios en la renta nacional y, sobre todo, el de las más bajas que son las que en mayor proporción se destinan al consumo.”

    Saludos, jose pl

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  2. Un poco más desarrollado lo que aparece en el documento de Navarro-Torres para Podemos sobre el asunto de los salarios (p. 46):

    Hoy día, todo lo que implique aumentar las rentas más elevadas y las del capital, que es lo que está sucediendo desde hace tres o cuatro decenios, solo consigue que aumente principalmente el ahorro, puesto que esas rentas son ya lo suficientemente elevadas como para que se haya satisfecho prácticamente toda la necesidad de consumo de quien las recibe.

    Por el contrario, aumentar el consumo familiar es fundamental para lograr que se reactive la economía española porque de él depende una gran parte de la actividad total (60% del PIB actualmente) y, sobre todo, porque el gasto en consumo se traduce en una gran parte en ingreso directo o indirecto para la pequeña y mediana empresa que es la que crea y mantiene cerca del 80% del empleo. Y, como es sabido, el gasto en consumo depende en la mayor medida del montante de los salarios.

    Por tanto, para reactivar el consumo es imprescindible que, en lugar de seguir bajando, aumente el porcentaje de los salarios en la renta nacional y, sobre todo, el de las más bajas que son las que en mayor proporción se destinan al consumo.

    En España, los salarios han perdido 15 puntos en su participación en el PIB español desde mediados de los años setenta. Por cada punto que ganasen a partir de ahora, la economía recibiría una inyección adicional de unos 15.000 millones de euros que se convertirían casi totalmente y de forma inmediata en gasto de consumo en las empresas, que así podrían crear empleo. Por el contrario, cada euro de mejora en las rentas de capital o en las salariales muy elevadas supone, prácticamente en su totalidad, solamente ahorro que, además, no se aplica en su mayor parte a la economía española.

    Es cierto que esa subida del peso de los salarios representaría mayor coste laboral y una merma de la retribución del capital, pero ni siquiera se puede afirmar que fuese perjudicial en su conjunto para las empresas puesto que su aumento incrementa a su vez el producto total, de modo que el montante de beneficios podría ser mayor que el de ahora, aunque bien es cierto que mejor distribuidos hacia la pequeña y mediana empresa.

    El objetivo de lograr un mayor peso de los salarios en la renta nacional se puede conseguir aumentando los salarios directos pero también los indirectos que se reciben en forma de servicios públicos y los diferidos en forma de pensiones. Y eso significa que hay que actuar tanto a través de políticas en el mercado de trabajo como de otras redistributivas o incluso sectoriales para aliviar cargas que suponen una merma muy considerable del poder de compra familiar.

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